Urgencias en festivos

El día de Navidad tuvimos que ir a urgencias. Nada grave, pero mi mujer llevaba ya dos días con dolores fuertes en la garganta y toses. Y basta que esté embarazada para que cualquier precaución sea poca, a ver si por un quítame allá una infección va a tener más problemas. Así que allí nos fuimos, a las urgencias del centro de salud de Aranda de Duero.
Evidentemente, no éramos los únicos (aunque tampoco era un desmadre de gente). Varios niños pequeños con toses de esas que parece que se les salen los pulmones y con carita de fiebre, algún adulto con pinta de cólico… pero lo cierto es que allí estaban: las enfermeras atendiendo las admisiones, los médicos atendiendo pacientes… Día de Navidad, y mientras otros disfrutamos de las celebraciones con familia y amigos, otros se ponen al pié del cañón para darnos servicio si lo necesitamos.
Y si te paras a pensar, hay muchos como ellos a los que les toca sacrificar la fiesta: policías, servicios de transporte, retenes de quitanieves, bomberos… E igual que a veces usamos los blogs para protestar cuando algo no nos parece bien, esta vez he creído que merecía la pena usarlo para reconocerles y agradecerles el sobresfuerzo que supone trabajar cuando los demás no lo hacen.

Atraer, retener y motivar en la economía de la atención

Cuando me incorporé al mundo laboral, a finales de los 90, estábamos en pleno éxtasis de la nueva economía y por todos los sitios se oía hablar de la «guerra por el talento». Había un mantra que se repetía una y otra vez: «atraer, retener y motivar». Todas las políticas de gestión tenían ese triple objetivo: atraer, retener y motivar al talento. Atraer, de forma que ese «talento escaso» escogiese a nuestra organización (y ser el employer of choice). Motivarlo para explotar dicho talento al máximo en beneficio de la organización. Y retenerlo para evitar que se fuese con otros.
Luego llegó la crisis puntocom, el 11S… y pareció que todo aquel mantra desaparecía (aunque yo siempre he pensado que la guerra por el talento sigue siendo igual de vital ahora como entonces).
El caso es que, no sé por qué, en estos últimos días le daba vueltas a la cabeza y pensaba en cómo aquella cantinela del atraer, retener, motivar… puede aplicarse hoy, en la economía de la abundancia en la que vivimos, a la atención.
Efectivamente, vivimos en una economía en la que tecnología y globalización ponen a nuestra disposición, como consumidores, miles y miles de opciones entre las que elegir: para alimentarnos, para ir de vacaciones, para nuestro ocio, para leer, para encontrar colaboradores, para… lo cual como consumidor es bueno, pero pone en un brete a los que producen esos bienes y servicios. ¿Cómo conseguir ser los elegidos entre tantas posibilidades?
Atraer la atención es el primer paso. Es la diferencia entre existir en la mente del consumidor y, simplemente, no existir (¿y cómo van a consumir algo que no existe para ellos?). Pero además hay que buscar la forma en que esa atención ganada sea recurrente (¿de qué nos vale llamar la atención durante dos minutos para luego ver como el potencial cliente, después de echarnos un primer vistazo, pierde el interés y se va para nunca volver?) y, sobre todo, que se traduzca en una compra real; si no, todo el esfuerzo realizado por atraer y retener la atención habrá sido en vano.
De un tiempo a esta parte veo que las empresas hacen un gran esfuerzo por atraer la atención, con marketing hecho de cualquier forma y manera. Y parece que con eso se dan por satisfechas, cuando en realidad… consiguen atraer la atención inicial, pero luego no son capaces de retenerla ni de traducirla en transacciones. Y lo uno sin lo otro no vale para nada.

¡Felices fiestas!

Felicitación navidad blog

Como no podía ser de otra manera en estas «fechas tan señaladas» (sí, reíros, pero a ver cómo esquiváis vosotros los tópicos :D), voy a aprovechar el blog para desearos a todos, y especialmente a «los habituales», que paséis las mejores fiestas posibles y que, a pesar de los nubarrones, os lancéis a 2009 con el mejor de los ánimos para sacarle todo su jugo.
¡Salud y suerte!
PD.- También he hecho una felicitación exclusiva y con toque «2.0» en Digitalycia, por si os pica la curiosidad 🙂

Que se retire la marea

En casa estamos viendo El Ala Oeste de la Casa Blanca (The West Wing). Para quien no la conozca, es una serie que cuenta el devenir del gabinete de un presidente de los Estados Unidos a lo largo de dos legislaturas y que, incluso con sus fallos (que los tiene) me parece extraordinaria y absolutamente recomendable. El hecho es que el capítulo de hoy (5×19 – Talking points) me ha resultado una lección magistral de economía moderna condensada en apenas 40 minutos.
Hablan de globalización, de libre comercio, y del efecto que eso tiene sobre los empleos en Estados Unidos, y cómo algunos intentan frenarlo.
El Presidente Bartlet cuenta la historia del rey Canuto y de cómo, para demostrar a sus vikingos sus propias limitaciones, los reunió a todos en la orilla del mar y le pidió a la marea que se retirase. La marea, como es lógico, no se retiró. Y es que el poder de los gobernantes es mucho más limitado de lo que se quiere creer.
Y no puedo por menos que pensar en todos los que siguen insistiéndole a la marea para que se retire, convencidos (o intentando convencer a los demás) de que la marea les hará caso.

¿Sabes usar el powerpoint?

«¿Sabes usar el powerpoint?«. Esta pregunta me la formularon en una entrevista dentro del proceso de selección que me llevó, allá por 1998 (el proceso fue a finales del 97) a mi flamante puesto de becario en una consultora. «Bueno, lo básico, no lo he dado mucho uso hasta ahora», respondí.
Mentira. No lo había usado nunca. Pero al menos sabía lo que era. El programita ése que venía junto con el Excel y el Word, que alguna vez había abierto para curiosear a ver de qué iba… y que había cerrado aburrido tras cinco minutos.
Pero eso, al parecer, ya era una ventaja competitiva. Una compañera que también estaba en el mismo proceso me dijo «¿a ti te han preguntado no sé qué de un pogüerpoin?» «Pues sí» «¿Y sabías lo que era?» «Sí, algo me sonaba» «Pues yo ni idea».
Aquella misma tarde, al volver a mi cuarto del Colegio Mayor, me puse a trastear un rato con el ordenador y el dichoso Powerpoint (sí, lo tenía instalado, merced a uno de esos discos piratas con el Office completo), a ver si me enteraba bien qué narices era aquello. Supongo que aquel día haría mi primera presentación, mis primeras transparencias. Y hasta ahora.
Todavía de vez en cuando alguien ve alguna de mis presentaciones más «tradicionales» y dice «vaya, cómo se nota que eres consultor». Pues sí, debe ser eso. Powerpoint y consultor, esa pareja.

El efecto Medici

Florencia

El otro día estuve en el «Workshop sobre Innovación y Emprendizaje» organizado por el Instituto de Empresa (un evento de captación para la venta de uno de sus masters), en el que me gustó especialmente la charla que dio Salvador Aragón (al que no conocía previamente) sobre innovación. Una intervención muy dinámica y participativa.
Uno de los conceptos que manejó fue el de Efecto Medici. Algo de lo que ya viene hablando hace tiempo a raiz de la publicación del libro homónimo de Frans Johansson. Viene a contar cómo en la Florencia del Renacimiento, bajo los auspicios de los Medici, se produjo una de las mayores explosiones conocidas del conocimiento y la creatividad, y que uno de los factores determinantes de este hecho fue la convergencia e interacción, en un mismo espacio y tiempo, de perfiles diversos tanto del mundo del arte, la ciencia, la economía, la política…
Y yo me creo, basándome en mis sensaciones, que es muy cierto. Cuando abro los ojos a realidades distintas (escucho una charla sobre un tema que desconozco de un ámbito radicalmente distinto al mío, o charlo con una persona de perfil muy diferente, etc.) siento como si se abriesen las ventanas y entrase aire fresco en mi mente. Se me ocurren otras ideas, se ensancha mi mundo, adquiero nuevas perspectivas.
Me pasó cuando descubrí esto de la blogosfera. Viniendo de un entorno muy corporativo (rascacielos, traje y corbata, etc.) me entusiasmó ver la enorme diversidad de gente que contaba sus cosas en internet. No sólo podía leerles, sino también interactuar con ellos. ¡Era fantástico! Lamentablemente, con el paso del tiempo empiezas a centrarte en los mismos temas, a rodearte de la misma gente… supongo que es una inercia que hay que romper a base de voluntad; al final es difícil no dejarse guiar por «lo útil» y «lo inmediato», y dedicarle tiempo a, simplemente, explorar otras formas de ver el mundo sin un objetivo predeterminado es algo que va quedando en segundo plano.
Mmmm… esto suena a propósito de año nuevo…
Foto | untipografico

Cuatro años de blog

Y ya está aquí otro 15 de diciembre. El quinto que ven las páginas de este blog, desde aquel ya lejano 15 de diciembre de 2004 en el que hice el post inaugural. Recuerdo que unas semanas después asistí a un «sarao» en el IE sobre blogs y empresas, en el que Loïc Le Meur me dijo que «a ver si superaba la barrera de los 4 meses». Pues va a ser que sí.
Este año también ha sido intenso, cómo no. Pero divertido también. El blog vió su nuevo rediseño, y nació la Comunidad VDC (que actualmente tiene 145 «fans»… ¡gracias a todos!), 7 de los cuales se han ido presentando en estas páginas (¡gracias dobles!).
Lo cierto es que, con cada año que pasa, el «aniversario» va siendo algo menos especial. Simplemente, otro año más, otro día más compartido a través del blog. Espero que sigan pasando los días así.
Para acabar, me autocito las palabras que usé el año pasado:

Del otro lado, un montón de gente que ha pasado por aquí, que ha leído lo que contaba, que ha dejado comentarios… gente a la que he conocido, con la que he charlado o intercambiado vida digital, o gente a la que no conoceré nunca, gente habitual y gente de paso, gente que, como vino, se fue… gente que, en definitiva, son lo más valioso de este blog.

Lo dicho, gracias a todos, me alegro de compartir éste y otros espacios con vosotros.

Powerpoints sin hilo argumental

Si hace unas semanas hablábamos de los milagros del powerpoint, varias experiencias recientes me llevan a reflexionar sobre uno de los aspectos, para mí, más necesarios para poder hacer una presentación efectiva: el hilo argumental.
He asistido en los últimos tiempos a algunas presentaciones que me han resultado embarulladas y un tanto caóticas, en las que se saltaban de unos temas a otros sin solución de continuidad y sin una relación clara, en las que te llegabas a preguntar en algún momento «¿y esto qué tiene que ver con lo anterior?» o «¿Y esto a qué viene ahora»?. Y al ir avanzando las piezas tampoco acababan de encajar. En algunos casos llega a dar la sensación de que el orador ha cogido trozos de diferentes presentaciones, las ha juntado y hala, a contarlas.
Para mí, una presentación requiere un guión claro, con una conclusión concreta que se quiera alcanzar («¿a dónde quieres ir a parar?») y un conjunto de argumentos que vayan guiando la atención del que la escucha hacia esa conclusión final. En fin, una estructura narrativa medianamente lógica y coherente.
Creo que es, muy por encima de colores, tipografías o fotos bonitas, la esencia de una buena presentación. Y es lo que intento trabajarme en primer lugar cuando me toca a mí preparar una.
Y me atrevería a decir que la prueba del nueve es sencilla: si en el último minuto de tu presentación puedes hacer una recapitulación lógica de todo tu discurso, en la que puedas demostrar cómo tus argumentos han ido fluyendo hacia la conclusión (al estilo de «hemos empezado viendo A, luego hemos visto cómo influye B y cómo, por lo tanto, llegamos a la conclusión C»), entonces lo has logrado. Si tú no consigues darle lógica a lo que cuentas… entonces imagínate cómo se quedarán los que te escuchan.

Gestión de personas, cuestión de detalles

Un gesto en la cara, una mirada, una palmadita en la espalda, una llamada a tiempo o la falta de ella, un saludo o su ausencia, una palabra bien o mal dicha, un tono de voz, el tiempo que tardas en responder cuando alguien te manda un mail, devolver o no una llamada, cosas de las que te enteras por terceros en vez de directamente, un comentario amable… Soy de los que piensa que los detalles importan, y mucho. Yo soy una persona de detalles. Y no me refiero a que los tenga (seguramente pudiera tener más de los buenos y se me escapen demasiados de los malos), sino a que soy muy sensible a ellos. Es verdad que he oído decir a unos cuantos eso de «a mí me da igual, mientras me paguen…»; pero luego la realidad les desmiente cuando se cabrean porque alguien no les informó, o porque les hablaron en no sé qué tono, etc.
Gestionar personas en una organización es, en gran medida, cuestión de detalles. Que una persona se sienta a gusto, conseguir su implicación y que dé lo mejor de sí mismo no puede lograrse con las llamadas políticas de RRHH. Sistemas retributivos, gestión de nóminas, estructura organizativa, convenios, comunicación interna, sistemas de evaluación, etc… no pueden sustituir nunca al poder de los detalles. Como mucho pueden aspirar a ser un marco en el que desarrollar la verdadera gestión de personas, que es la que tiene que hacer cada uno con los que tiene alrededor: su equipo, sus colaboradores… y no sólo de arriba abajo (del «jefe» al «subordinado») sino en todas las direcciones.
Pero esto, claro, no escala. Es decir, no se puede aplicar por una misma persona a una cantidad creciente de empleados, sino que hay que crear una cultura en la que todo el mundo se sienta «gestor de personas» y cultive la «calidez del detalle». Pero en muchas organizaciones eso se obvia, y se deja todo en manos de un departamento de RRHH que, con sus políticas (que sí escalan: lo mismo valen para 10, para 100 y para 1000 personas), se dan por satisfechos.
No, la gestión de personas no es cuestión de políticas. Es cuestión de calidez humana. De calidad humana.