¿Cuánto pagarías por trabajar menos?

Recuerdo la escena. Estábamos tomando unas cañas después del trabajo, celebrando la despedida de alguien del grupo. La conversación derivó a los horarios de trabajo que teníamos, y una compañera dijo «Yo pagaría por trabajar menos». «Hazlo», le respondí. «¡No se puede!». «Mentira. Por supuesto que puedes. Otra cosa es que no quieras».
Por supuesto que podía trabajar menos. Si no dentro de la misma empresa, en otra. Si no en el mismo sector, en otro. Si esa era su prioridad, era cuestión de ponerse a buscar la fórmula. El problema es que ese «trabajar menos» tenía un precio. A buen seguro medido en términos económicos: menor retribución, menos poder adquisitivo… ergo renuncias a determinados elementos de su estilo de vida. Y posiblemente también medido en términos de proyección profesional, o incluso en satisfacción intrínseca con su trabajo. En definitiva, si no trabajaba menos es porque consideraba que el precio a pagar era demasiado alto para lo que iba a obtener a cambio.
Poco tiempo después, yo mismo tomé decisiones en ese sentido. Dejé mi posición (renunciando con ello a un jugoso sueldo, y a determinada carrera profesional), buscando otra forma de vida. Y en ello estoy. El caso es que llegó un momento en el que lo que podía conseguir con el cambio se volvió lo suficientemente valioso para mí como para pagar el precio que me pedían.
Por cierto, lo último que supe de esta chica es que se casó, dejó el trabajo y se dedicó a «sus labores» de esposa y madre. Está claro que podía trabajar menos, si quería. Sólo era cuestión de desearlo lo suficiente como para aceptar la contrapartida.
Foto: 1suisse .ch

¿Quién te enseña a emprender?


El otro día me comentaba un conocido que iba a plantear, en el instituto de su hija, la posibilidad de hacer una sesión con «emprendedores». Están en esa edad en la que tienen que ir pensando «qué van a ser de mayores», y la inmensa mayoría tiene en mente (algo que me sorprendió; pensaba que a estas alturas habíamos avanzado algo) las opciones clásicas de «médico, abogado, ingeniero, etc.»; y le parecía que merecía la pena abrirles la mente a otras realidades, para que al menos las pudiesen valorar.
«Y demasiado tarde me parece», le dije. Efectivamente, creo que «emprender» es algo que hay que enseñar desde pequeños, desde la escuela, y también en casa. Ya escribí en su momento que creo que aquellos que han «mamado» en sus casas esa actitud emprendedora es más fácil que la desarrollen. Porque diría que «emprender» no es una serie de conceptos y conocimientos, sino más bien un conjunto de actitudes que, cuanto antes interiorices, mejor.
Lo comparaba con mi propia experiencia. Desde luego yo no vi en casa emprendimiento; no culpo a mis padres, simplemente fueron sus circunstancias. Ni en el colegio. Ni en el instituto. Más grave aún, tampoco en la universidad. Y eso que hice «Administración y Dirección de Empresas», donde se supone que más sentido tendría. Pero no. A mí me enseñaron muchas cosas para ser «administrador y director de empresas». En el área financiera, en el área de marketing, en el área de control de gestión… todo pensado para convertirnos en «hombres de empresa», posiblemente en el sector industrial o financiero. Recuerdo muchas charlas de directivos bancarios, y de directivos de grandes conglomerados industriales, pero ni una sola charla de un emprendedor, nadie que nos contase su experiencia. Desde luego, tampoco recuerdo ningún profesor así. Por supuesto que muchas de las enseñanzas que recibimos podían ser aprovechadas por un emprendedor (desde hacer un plan de marketing a entender el marco normativo, pasando por definir la contabilidad de costes o entender los ratios financieros), pero nadie se encargó de alentar ese espíritu emprendedor en nosotros.
Bueno, sí, en teoría la «memoria fin de carrera» consistía en elaborar un «plan de negocio» (podía ser de una empresa de nueva creación, o hacerlo como proyecto sobre empresa existente). Puro emprendizaje de salón, que consistía en elaborar un «tocho» bien gordo, y defenderlo ante un tribunal compuesto por profesores que no es que no fuesen emprendedores; es que creo que ninguno había trabajado nunca en ningún sitio que no fuese la universidad. Recuerdo que una de las objecciones que pusieron a nuestro proyecto fue que el desglose del coste unitario de un producto (que habíamos obtenido de la propia empresa que nos sirvió de base para el trabajo) «no se ajustaba a lo que nos habían enseñado en clase». Valiente gilipollez. En todo caso, una vez finiquitado el proyecto, palmadita en la espalda, y ahora vayan poniéndose en fila en los procesos de selección de grandes bancos, grandes consultoras, grandes auditoras.
Hablando de mí, ójala alguien me hubiese alentado en toda esa primera etapa de mi vida ese espíritu emprendedor. Ójala me hubiesen animado a experimentar, a no desanimarme cuando algo sale mal, a intentarlo tantas veces como sea necesario, a perder los miedos en un entorno controlado, a desarrollar habilidades y actitudes; tendría mucho camino recorrido.
Y a nivel de la sociedad general, ójala alguien alentase eso mismo en todos los jóvenes. Así no tendríamos generaciones enteras viviendo a la «sopaboba», esperando que alguien les solucione las papeletas, y quejándose porque con sus estudios, sus universidades, y sus másteres… nadie «les da trabajo», creyendo que el bienestar es un «derecho adquirido» en vez de una conquista diaria. Porque sí, la situación de dificultad económica puede ser un hecho objetivo; pero la actitud con la que nos enfrentamos a ella puede marcar una gran diferencia.
Foto: Katie Weilbacher

Funda casera para el Kindle

Creo que no lo dije por aquí, pero después de mis dudas sobre si comprar un Kindle o un iPad, al final me decidí por el Kindle. Mi experiencia hasta ahora es muy agradable; quizás lo mejor que se puede decir de este dispositivo es que, mientras lo usas, te olvidas de él. Simplemente, lees. Y eso es de lo que se trataba.
El caso es que con su uso me di cuenta enseguida de un «fallo» de Amazon: venderlo sin una funda. Es un dispositivo que, por su naturaleza, anda todo el día de acá para allá. Lo coges, lees un rato, lo dejas encima del sofá, necesitas metérlo en una bolsa para llevártelo por ahí, terminas de leer y lo dejas por cualquier sitio… expuesto al polvo, a la suciedad, a las rayaduras. Realmente, creo que debería venderse de serie con una funda, por cutre que fuese. Por supuesto, luego hay decenas de modelos a la venta… otro sacacuartos.
Así que fui madurando la idea de hacer una funda con mis propias manos. No es que yo sea precisamente «manitas», pero me parecía que no debía ser muy difícil. Estuve mirando algunas opciones, pero al final la que me llamó la atención fue ésta… así que me puse manos a la obra. Y aquí está el resultado: rápido de hacer, barato, y resultón (al menos eso creo, incluso siendo consciente de las mejoras que se le podrían introducir en un segundo intento), y permite usarlo de forma permanente (leer con la funda) o simplemente para guardarlo/transportarlo.

La idea es muy sencilla, y por supuesto es totalmente aplicable a cualquier lector de ebooks, o al propio iPad.

  • Buscar un libro viejo con tapas duras que tengamos en casa, y cuyas dimensiones (no sólo de alto/ancho de la cubierta, sino también el grosor) sean adecuadas para nuestro dispositivo.
  • Con un cutter, «deslomarlo»: es decir, quitarle las páginas para quedarnos únicamente con las tapas.
  • Forrarlo: esto es opcional (también nos podríamos quedar con las tapas tal cual), pero a efectos estéticos y prácticos merece la pena. Yo he usado una tela plastificada (que seguro que es resistente, y además fácil de limpiar si se necesita) con pegamento de contacto; pero igual se puede usar un papel que nos guste, añadir forro transparente autoadhesivo… en fin, cada uno lo que le apetezca.
  • Utilizar goma elástica (de la de las mercerías) para crear una sujección para cada una de las esquinas del dispositivo. Yo las pegué a la tapa directamente, pero luego pensé que hubiera sido mejor haberlas pegado a la la parte trasera de la goma EVA (ver siguiente punto), hacer unos agujeritos para que salieran a la superficie… y así se podía haber forrado el interior de una sola vez.
  • Utilizar goma EVA (tiendas de manualidades) para forrar el interior de las cubiertas. Con un triple objetivo: cubrir las «imperfecciones» (tanto los sobrantes del forro como los «pegotes» de la cinta elástica), servir como «relleno» para que el dispositivo vaya más ajustado dentro de las tapas, y además proporcionar una superficie suave para proteger al dispositivo.

Y ya está. Evidentemente, viendo el resultado de este primer intento se aprecian detalles mejorables, y seguro que podría tener mejor acabado (yo no soy especialmente paciente ni meticuloso)… pero oye, no creo que me haya costado 5 euros (algo más si se tiene en cuenta que tienes que comprar materiales que luego te sobran: tela, goma EVA, pegamento…), además de proporcionarme un rato de entretenimiento la mar de divertido.

I+D personal

El otro día leí un tuit de Andrés Pérez que me gustó mucho. Decía: «Propósitos del nuevo curso. Crea tu plan de I+D Personal. Selecciona 4 temas (1 por trimestre), infórmate y escribe sobre lo que aprendas». Idea concisa, contundente, que demuestra que muchas veces 140 caracteres son suficientes.
Soy un firme defensor del aprendizaje permanente. No sé si alguna vez tuvo sentido lo de aprender sólo durante una época de nuestra vida y luego vivir de las rentas; pero desde luego aquel mundo, si alguna vez existió, ya es cosa del pasado. Y además, debía ser bastante aburrido. Aunque sólo fuera por curiosidad intelectual, uno debería estar siempre aprendiendo («como si fueras a vivir para siempre», que dijo Ghandi). Y no necesariamente sobre una misma temática: es más, creo que es muy sano interesarse por materias diversas que a priori no tengan nada que ver entre sí, pero que sin embargo nos abren la mente.
También soy muy partidario del autoaprendizaje; cursos y formación «reglada» pueden venir bien, pero a día de hoy tenemos todos los recursos del mundo a nuestro alcance para acercarnos a prácticamente cualquier temática que nos apetezca. Con cuatro clicks podemos acceder a conferencias, libros, apuntes, blogs, foros, expertos… de todo lo imaginable, y a cualquier nivel de profundidad que busquemos. A la hora que queramos, donde queramos.
Creo que lo que muchas veces nos falla es la planificación. Como en tantas otras cosas, falta reflexionar y definir una estrategia, unos objetivos. Podemos aprender de muchas cosas, pero como no hemos hecho ningún propósito concreto, al final vamos «picoteando» de aquí y de allá, sin ningún orden ni ningún fin. Pasamos superficialmente sobre los temas, y no dejamos que penetren en nosotros. O simplemente dedicamos nuestro tiempo a distraernos/embrutecernos sin más. Como resultado, pasa el tiempo y aprender, lo que se dice aprender, poquito.
Por eso me gustó la idea de Andrés. Seleccionar un tema, y comprometerse a dedicarle un tiempo con cierta constancia. Quizás al cabo de tres meses ya hayamos llegado a saber todo lo que nos apetecía saber sobre el tema, o quizás descubramos que queremos seguir profundizando. Pero seguro que ese tiempo no cae en saco roto: de una manera u otra, habremos enriquecido nuestro espíritu.
Lo tengo decidido. Este año, voy a definir mi plan de I+D personal.
Foto: Rafael Anderson Gonzales Mendoza

Los pesados del Facebook

Este verano, como ya es tradicional, intenté (confieso que cada día lo hago con menos brío) evangelizar un poquito con esto de las redes sociales entre mi grupo de amigos «de siempre» (algunos desde parvulitos, no digo más). Con el mismo poco éxito que otras veces, por cierto.
El caso es que uno de los argumentos que utilizaban para justificar su falta de interés en el tema era que «lo de Facebook está lleno de pesados». Se referían a ese tipo de personas que se están continuamente apuntando a grupos, e invitándote a ti, te invitan a eventos que no tienen nada que ver contigo, juegan a jueguecitos y te comunican cada uno de sus avances, comparten cada canción que les gusta o cada pensamiento que se les pasa por la cabeza… que es verdad, que hay mucha gente «pajúa». «Por ejemplo, tenemos un amigo que es que está todo el día dando el coñazo», me decían.
A lo que yo les pregunté… ¿y cómo es ese amigo cuando os encontráis en la «vida real»? «Pues la verdad es que es un pesado, el pobre». Pues claro, hombre. El que es un pesado, un cansino o un poco tontolaba en el día a día, es muy probable que traslade esa misma personalidad a las redes sociales. O a lo mejor es que, simplemente, es un conocido del que tampoco te interesa su vida con tanto detalle. Pero para eso existen los filtros. Puedes eliminarle de tu timeline por completo, o eliminar actualizaciones procedentes de determinada aplicación, o clasificar a tus contactos en listas para verlos por separado… y así configurar tu Facebook como tú quieras, independientemente de lo «pesado» que pueda ser alguno de tus contactos. A quien, en última instancia, podrías desagregar. En definitiva, que depende de uno mismo el hacer más o menos cómodo el uso de la red social.
Pero sea por desconocimiento o por desinterés, la gente se queda en el «es que facebook tiene muchas chorradas» o «es que hay gente muy pesada», y deja de aprovechar (quizá porque tampoco ha llegado a apreciarlo) todo lo positivo que tiene. Pero como decía al principio, yo voy perdiendo ya el ímpetu evangelizador: el que quiera verlo que lo vea, y el que no pues nada.
Foto: Maks Karochkin

Las decisiones que podemos tomar

Durante el verano «futbolero», uno de los temas estrella ha sido la turbulenta salida de Ibrahimovic del Barça. El que justo hace un año llegó en loor de multitudes por una cifra millonaria, se va doce meses después de un rendimiento limitado, enfrentado con el entrenador, por un tercio del valor de compra. «Un negocio ruinoso», dice la gente.
En realidad, lo que se está criticando ahora es la decisión de ficharle hace un año. A un año vista, es muy fácil decir si uno acertó o se equivocó; todos podemos hacerlo. La cuestión es que los que toman decisiones no tienen esa capacidad de ver la jugada completa. Si Ibrahimovic se hubiese salido como delantero centro, y hubiese encajado en el vestuario, ahora todo el mundo diría que fue una gran decisión el ficharle. Cuando uno decide, normalmente arriesga. A veces sale bien, a veces sale mal.
El caso es que en agosto de 2010, «no fichar a Ibrahimovic» no era una de las opciones disponibles. Eso pertenecía al pasado. Las decisiones que se podían tomar era «venderlo por lo que podamos» o «quedárnoslo un año más». La primera decisión implicaba un «negocio ruinoso» (vender algo por mucho menos de lo que costó). ¿Pero cuál era la alternativa? ¿Tener un tío envenenando el vestuario durante un año completo, a cambio de un sueldo de 9 millones de euros? ¿Cuál iba a ser el impacto en el rendimiento del equipo? ¿Y cuál iba a ser el valor de mercado de ese jugador un año después, un año más viejo, probablemente habiendo jugado poco y mal?
Probablemente podamos calificar una solución como «mala» y otra como «peor». El caso es que no había más. Ésas eran las opciones que se tenían en agosto de 2010. Y entre ésas había que elegir.
Dicen los que saben de bolsa que uno, a la hora de vender unas acciones, tiene que olvidarse de cuánto le costaron. Porque en realidad es irrelevante. Lo único que importa es el precio actual, y el precio que creamos que puede alcanzar en el futuro. Vender ahora, o mantener para vender más tarde. Ésas son las únicas decisiones que podemos tomar.
Muchas veces nos encontraremos con situaciones parecidas, en las que no tendremos una alternativa buena, sino simplemente una mala y otra peor. Pero igualmente hay que elegir.

¿Cuánto vale una atención correcta?

La otra tarde nos acercamos a una tienda de muebles. El peque crece, y ya se va mereciendo un escritorio en condiciones para hacer sus cosas. Total, que nos recibe una vendedora entre seca y borde que, con notable desgana, nos enseña el modelo que queremos (de la misma línea que el dormitorio que les compramos tres años atrás), responde a nuestras dudas y nos hace un presupuesto. Todo ello, insisto, con una actitud de esas que te hacen preguntarte si es que en vez de venderte lo que quieren es que te vayas y no les molestes.
Al día siguiente, nos acercamos a otra tienda, a ver qué tenían. Y resulta que son distribuidores del mismo fabricante, por lo que disponen del mismo modelo. La chica que nos atiende lo hace con cordialidad y corrección. Tampoco nada extraordinario, pero en comparación con el día anterior parecía el colmo de la amabilidad. Total, que nos hace el presupuesto… que resulta ser un 10% más caro (sobre un presupuesto de unos 200 euros… más o menos 20 euros de diferencia).
¿En qué ha quedado la cosa? En que un día después regresamos a la primera tienda (vendedora borde, pero 10% más barato) y confirmamos el pedido.
Realmente me he quedado con un sabor agridulce, al darme cuenta de que a pesar de todo soy demasiado sensible al precio. Que la bonita idea de «prefiero que me atiendan bien» tiene la coletilla de «siempre que no me cueste más». Ojo, estamos hablando de la mera atención en la compra de un producto (no de los servicios asociados a dicha compra; en este caso, el producto y los servicios eran los mismos en los dos lados). ¿Singifica eso que una buena atención no marca la diferencia?
Reflexionando a posteriori, creo que algo sí influye. Creo que si la atención en la primera tienda hubiese sido más correcta, posiblemente no hubiésemos pensado en ir a una segunda, ni siquiera buscando precio más barato (personalmente no soy muy amigo de dedicar mi tiempo a ir «de tiendas»; ahí sí que asumo pagar un cierto sobreprecio a cambio de no enredarme). Y creo que si el precio de la segunda hubiese estado más igualado, la atención correcta hubiese decantado la balanza hacia ellos.
Pero lo cierto es que, al final, acabamos comprando donde nos atendieron regular.
Foto: Darren Hester

Productividad de cortas miras

De un tiempo a esta parte vengo interesándome por eso que llaman la «productividad«; cómo ser más eficiente en tu gestión de «cosas que hacer» tanto en el ámbito profesional como el personal. Tengo cierta tendencia a la dispersión, y encontrar herramientas que me ayuden a contrarrestarla me viene indudablemente bien.
Sin embargo, hay una «corriente dogmática» entre los «gurús» de la productividad que no acabo de compartir. Me refiero a lo que tiene que ver con «no prestar atención ni dedicar tiempo a lo que no es importante». Se supone que tú tienes unos objetivos, y unas «tareas más importantes» que realizar para completar tus objetivos. Lo que viene a decir esta corriente es que todo lo que no contribuya a eso, es una pérdida de tiempo. ¿Te entra una llamada? Salvo que sea de algo que estés esperando, no contestes. ¿Alguien ha dejado un mensaje en el contestador? Si no es para algo que necesitas, no devuelvas la llamada. ¿Tienes un email que te pide algo que no encaja con tus tareas importantes? Ignóralo. Si necesitas hablar o interactuar con alguien, ve al grano y no parlotees de temas insustanciales. No preguntes qué tal estás, ni te intereses por la familia, ni qué tal las vacaciones. Nada de trivialidades y banalidades. Y desde luego, no pierdas el tiempo en redes sociales en internet; facebook o twitter son herramientas diseñadas para hacerte perder el tiempo.
Me parece una visión egoista, miope y cortoplacista. Es verdad, si cortas todas esas «distracciones» es muy posible que seas capaz de abordar tus tareas de forma más «eficiente». Me pongo mis orejeras, yo a lo mío, y lo demás como si no existiera. ¿Pero cuál es el resultado a medio plazo de esa estrategia? Para mí, hay dos efectos negativos bastante relevantes.
Por un lado, las relaciones personales. Creo que las «amistades», o las relaciones de confianza, se construyen poco a poco a lo largo del tiempo. Muchas veces a base de comentar trivialidades, de escuchar desinteresadamente al otro, de conocer detalles intrascendentes de su vida, o de hacerse favores. Si simplemente nos dedicamos a ir «a lo nuestro», sólo recurrimos a los demás cuando queremos que sirvan a nuestros intereses y tendemos a ignorarles el resto del tiempo… ¿qué imagen proyectamos a los demás? ¿qué relación de confianza puede surgir de ahí? Y ya no es una cuestión de pensar que cuando cuentas con una red sólida de relaciones personales tu vida es más rica… es que incluso visto de forma egoista, parece una buena estrategia. ¿Quién va a tener más ganas de ayudarte en el futuro? ¿Quién se va a tomar más molestias en hacer algo por ti cuando lo necesites?
Por otro lado, la permeabilidad al mundo exterior. Si nuestro mundo es nuestra «lista de tareas», si nos cerramos a toda influencia exterior que no aporte de forma inmediata a las mismas… estaremos perdiendo un input relevante sobre cómo es el mundo que nos rodea, la gente que vive en él, tendencias… que puede que no sirvan para nada a corto plazo, pero no sabemos qué impacto puede tener a medio plazo, qué nuevos horizontes nos pueden descubrir, cómo pueden enriquecer nuestra propia visión del mundo o qué enfoques nuevos y creativos puede aportar a nuestros objetivos y tareas.
En definitiva, creo que es importante definir objetivos. Y trabajar en las tareas que nos permitan alcanzarlos. Y hacerlo de forma eficiente. Pero todo dentro de un orden. Porque si nos convertimos en unos obsesos de la productividad a corto plazo, estaremos poniéndonos zancadillas a nosotros mismos.
Foto: Paul Stevenson

Hablar por rellenar

Un periódico tiene que rellenar un número determinado de páginas. Una televisión o una radio tienen que rellenar 24 horas de programación. Rellenar. En eso consiste su labor, para así maximizar los ingresos por publicidad. ¿Y cómo se rellena? Pues como sea, pero hay que hacerlo.
Digo esto porque tengo la sensación (desde hace mucho tiempo) de que en los medios tradicionales, sujetos a esta necesidad de «rellenar», los contenidos vienen a dar igual. Se trata de llenar minutos y páginas «al peso». Si hay que dar noticias irrelevantes, se dan. Si hay que alentar debates absurdos e interminables, se alientan. Si hay que centrarse en detalles absurdos, pues sea. Si hay que tirar de refritos, se tira. Todo es cuestión de rellenar. Y en algunos «medios digitales» se detecta una tendencia similar. No se trata de rellenar un espacio determinado, pero sí de «generar tráfico». Así que si para eso hay que hacer contenidos de cualquier pelaje por docenas, pues se hacen. Todo sea por maximizar el tráfico, y la relevancia en buscadores, o sea, las impresiones publicitarias. Porque al final, el objetivo es el mismo.
Lo que me sorprende es ver otro tipo de «medios», más personales y/o profesionales en los que esa pulsión «publicitaria» no existe, pero que sin embargo caen en estrategias similares. Veo blogs que repiten una y otra vez las mismas ideas expresadas de forma ligeramente distinta una de otra, que se empeñan en darle vueltas y más vueltas a detalles y casos irrelevantes tratando de hilar finísimo en temas que no aportan gran cosa. ¿Para qué? No lo sé. A mí se me hacen aburridos, intrascendentes y repetitivos… y acaban cayéndose de mi lista de lecturas.
A mí, como lector, me gusta que se vaya al grano. Que me den las ideas importantes, de la forma más clara posible. Pin, pan, y a otra cosa. En una palabra, síntesis. Eso, trasladado a los medios tradicionales, podría ser un periódico de 4 páginas, un informativo de 5 minutos. Eso, el día que haya algo interesante… porque puede que haya días, o semanas, en los que no sea el caso. Decir lo que tengas que decir, y callar cuando no tengas nada relevante que ofrecer.
Por eso, suelo desconfiar mucho de cualquier medio que tenga establecido una «frecuencia de publicación». Que me van a meter un debate de 3 horas, un programa semanal, un informativo de 35 minutos, un periódico de 48 páginas, o 50 posts por semana… si es con cosas interesantes bien, y si no, con material de relleno. Idem con aquéllos a quienes se les nota la preocupación porque «hace mucho que no escribo», «no se me ocurre de qué escribir», «me he propuesto escribir un post semanal». Porque cuando uno siente que tiene algo interesante que decir, no necesita forzarse. Y si tiene que recurrir a la «fuerza de voluntad»… malo.
Foto: Luc de Leeuw

Esconderse tras la letra pequeña

Llevo trabajando con la misma empresa de hosting desde que, en 2006, decidí «independizarme» de blogspot, tener mi propio dominio y mi propio blog en wordpress. Durante este tiempo, mi satisfacción en general ha venido siendo razonable, y los pocos problemas que han surgido se han resuelto de manera bastante eficaz. En fin, podríamos decir que soy un «cliente satisfecho».
Hace unos días me llegó un mail del proveedor de hosting, en el que ofrecían («sólo para clientes actuales») un cambio en el plan de precios; un «hosting para toda la vida», con más espacio y más transferencia, a cambio de un pago inicial único. Me lo pensé, eché números… y acepté. Fue después cuando caí en una cosa: yo venía pagando el hosting de forma semestral, y había hecho un pago apenas hacía seis semanas. Es decir, que todavía me quedaba por disfrutar 4,5 meses del hosting que ya tenía pagado… ¿cómo iban a resolverlo? ¿Harían algún ajuste? Les envié un mail preguntando al respecto. La respuesta llegó rápida y cordial (como habitualmente), pero con una negativa: los pagos realizados previamente no podían ser tomados en cuenta de cara al pago de esta oferta promocional.
Les respondí que no me parecía del todo razonable; y que en todo caso no hubiera estado de más avisar previamente de ese hecho y que, pese a ser un «cliente satisfecho» de bastante tiempo, este tipo de cosas me parecía que no contribuían mucho a mantener esa sensación… y la respuesta fue que «de hecho, en las FAQ venía especificado el tema de los pagos… pero que de todas maneras se alegraban de que en general estuviera satisfecho con ellos». Tap, tap, palmadita en la espalda y a correr.
No sé si en las FAQ estaba tratado ese asunto; puede ser (no puedo comprobarlo, porque era una oferta limitada en el tiempo y ya han eliminado la web promocional), aunque seguro que no lo leí. Pero de todas formas… Una respuesta positiva a mi cuestión les hubiera costado un pequeño puñado de dólares. Y el efecto en mi percepción hubiese sido notable: «vaya, realmente me aprecian como cliente». Y tendrían un cliente encantado. Escondiéndose tras la letra pequeña de las FAQ, han dejado nuestra relación en una mera transacción comercial. ¿Estoy satisfecho con el servicio que me proveen? Sí, pero es por lo que pago; ni más ni menos. Observaréis que en ningún momento he mencionado cuál es la empresa. No es casual. Un cliente encantado posiblemente tendría la iniciativa de gritar a los cuatro vientos el nombre de la empresa por quien se siente tan bien tratado. Pero si jugamos a las FAQ y a la letra pequeña, jugamos todos. Y no hay ninguna letra pequeña que diga que yo tengo que hacerle publicidad gratis.
Para una empresa, el reto de tener clientes satisfechos es importante, y está basado en proveer de un buen producto/servicio. Hacer que esos clientes satisfechos pasen a estar encantados normalmente no supone un coste marginal muy relevante, en la medida en que lo que se aprecia sobre todo son esos «pequeños detalles» que te hacen sentir especial. Y por contra el beneficio marginal que proporciona un cliente encantado (en términos de recurrencia, de proporcionar visibilidad ante terceros, etc.) es notablemente superior. Es una lástima que una empresa que lucha tanto por llegar a tener clientes satisfechos luego falle a la hora de conseguir que queden encantados.
Conmigo, en este caso, han perdido una buena oportunidad.
Foto: Paco Alcántara