¿Se puede empezar siendo freelance?

El otro día me hacían una entrevista para un proyecto universitario, hablando un poco sobre las perspectivas profesionales para un licenciado en estos días. Y una de las preguntas que me hacían era:

«¿Cree que antes de lanzarse al mercado como freelance, es necesaria cierta experiencia en una entidad empresarial?»

La verdad es que nunca lo había pensado. Pero la respuesta que me vino fue bastante clara: «SI».
Creo que para enfrentarse al mundo del trabajo, no vale con tener unos determinados conocimientos «técnicos», de esos que se pueden adquirir mediante una educación formal. El mundo del trabajo tiene también unos códigos, unas «formas de hacer»… que son mucho más difíciles (¿imposibles?) de adquirir mediante una transmisión explícita de conocimientos, sino que se aprenden por «imitación», eso que se ha dado en llamar «conocimiento tácito«. Por lo tanto, pasar una temporada trabajando en una «entidad empresarial» (en el fondo, rodeado de otros con más experiencia) permite observar, aprender, y en definitiva incorporar en nuestra «mochila» un conjunto de herramientas que nos permitirán movernos con más soltura cuando decidamos ir por nuestra cuenta.
Sí, claro, también podemos ir desde el principio solos, y acabaremos aprendiendo. Pero probablemente demos muchos más palos de ciego, y nos daremos bastantes más morrazos.
Si me pongo a pensar en el «yo» de 1999 y me cuesta verme como profesional independiente desde el minuto uno.

Está mal escrito

Hace unos meses, comentaba alguien por twitter (no recuerdo ya quién) que estaba leyendo planes de negocio. Y que en uno de ellos había detectado un número importante de faltas de ortografía… causándole una mala impresión y alterando de esta forma la percepción de todo el documento. Digamos que, desde ese momento, ya le había puesto una cruz.
Lo entiendo. Me pasa algo parecido. A mí me enseñaron que era importante escribir bien; tengo alguna lagunilla, de la que soy consciente, pero en general creo que escribo de una forma bastante correcta. Y me chirría enormemente cuando veo algo mal escrito. Llevo fatal el «lenguaje SMS» y similares. Y sobre todo llevo muy mal las personas que son incapaces de diferenciar cuándo están escribiendo un mensajito para sus colegas, y cuándo están en un entorno profesional.
Y sin embargo… ¿tenemos razón? ¿Hacemos bien en «quitar puntos» a alguien por el mero hecho de que no escriba con una ortografía perfecta? Si lo piensas bien, puede que esa persona, con sus faltas de ortografía, sea en realidad un profesional muy capaz, buena gente, con muchos conocimientos en su área de especialización, con grandes ideas y una actitud impecable. De hecho, incluso las faltas de ortografía no tienen ninguna implicación en la capacidad de comunicarse, de estructurar ideas y de trasladar mensajes a una audiencia, tanto por escrito como de forma verbal.
La cuestión es, ¿no estaremos dejando que un defecto formal, y en realidad superficial, nos nuble el juicio? ¿No estamos dando demasiada importancia a «escribir bien», por encima de otros factores más relevantes?
Yo tengo sentimientos encontrados. Porque racionalmente creo que sí, que no tiene por qué haber una correlación entre la forma de escribir y otros valores personales y profesionales. Y sin embargo, la reacción emocional ante algo mal escrito es de «repelús».

No es tan fiera la tarea como la pintan

Llevo tres días rumiando, malhumorado, por una tarea pendiente (una presentación que tengo que hacer para este lunes). «Tengo que ponerme con ella». «Qué pereza». «Lo dejaré para luego». «Que no se me olvide» «Por qué me tocará a mí» «Joder, si luego no valdrá para nada». Al final, tras tres días, me he puesto a hacerla… y en un rato la he ventilado. Ya está.
Una de las ideas clave que pone encima de la mesa la «literatura» relacionada con la productividad personal (tipo «Get things done» y similares) es la importancia de abordar las tareas una por una, y concentrarse en la tarea que estás haciendo, y en nada más. De esta forma (y siempre que previamente hayas realizado el esfuerzo de planificar, priorizar, etc, etc…), las tareas «se van haciendo».
Una implicación de esta filosofía es que a una tarea no hay que dedicarle ni tiempo ni atención si no estás haciendo nada para resolverla (*). Es decir, que todos esos pensamientos típicos («buf, menudo marrón… a ver por dónde le meto mano… verás tú… y encima ya verás como… joder qué pereza… y si luego lo que hago no funciona… y… y…») no valen para nada más que para agobiarnos, para agotarnos la energía, para crearnos ansiedad. La tarea no avanza nada; es más, muchas veces a base de rumiarla se hace mucho más temible (como un cuento de la lechera, pero al revés). Y a cambio consigues que te estropée muchos momentos (en los que en vez de estar con la cabeza en lo que estás haciendo estás «raca-raca con la matraca»).
Volviendo a mi tarea del principio, ¿de qué me han servido tres días de gruñir? De nada. No digo que debiera haberla hecho el primer día; pero una vez que decides «dejarla para después», lo que no sirve de nada es mantenerla en la cabeza como una nube negra. Es infinitamente mejor meterla en el «cajón de tareas pendientes» para que no moleste, y cuando llegue su turno, pones toda tu atención en ella, la resuelves, y a otra cosa. No es fácil, pero es una habilidad que merece la pena desarrollar.
(*) Sí, a muchas tareas les viene bien una fase de «trabajo previo»; para analizarlas, identificar problemas, planificarlas… Pero, en su caso, ese «trabajo previo» no debe ser etéreo y difuso, sino que se constituye en una tarea en sí misma. Tarea a la que habrá que darle su espacio, y ejecutarla cuando llegue su momento, sin dejar que «contamine» nuestra atención de forma permanente.

Emprendedores para salir de la crisis

Este pasado fin de semana he estado en Sevilla, donde fui invitado para dar una charla en EventoBlogEspaña sobre el concepto de emprendedores online como soluciones a la crisis. A partir de esa base, elaboré una charla con varias ideas:

  • Emprender es una tarea noble, ilusionante… pero que entorno al «emprendedor» surge mucho ruido (cursos, concursos, subvenciones, eventos, libros, políticos) que distrae y despista de la realidad.
  • Emprender es, en realidad, nada más (y nada menos) que buscarse la vida. Y, como tal, está mucho más cerca de ser una «solución a la crisis» que quedarse en casa esperando a que la solución venga sola, o de manos de terceros (llámese Estado, llamesé «que me den trabajo»…).
  • Muchos fantaseamos con llegar a tener un negocio próspero. Pero el camino es largo y exigente, y la mayoría nos quedamos por el camino.
  • Un negocio (online u offline) tiene éxito cuando tiene beneficios sostenidos en el tiempo. Todo lo demás (premios, atención mediática, número de usuarios, eventos a los que te invitan, rondas de financiación…) son paparruchas.
  • Emprender online no es más fácil que offline. Lo que tiene de bueno (bajas barreras de entrada que permiten «probar» a cualquiera), lo tiene de malo (cualquiera te puede hacer la competencia).
  • La salida de la crisis pasa por tener negocios competitivos, rentables y sostenibles, que generen riqueza a sus propietarios, a quienes trabajen en él, y a toda la sociedad a través de los impuestos.
  • Emprender no es suficiente para salir de la crisis, ya que sólo los negocios que llegan a ese estadio de «éxito» contribuyen. Quedarse a medio camino, lamentablemente, no aporta nada.
  • Pero emprender es necesario, porque cualquiera que sea el negocio rentable que podamos imaginar, alguien tuvo que ponerlo en marcha.
  • Así pues, nuestra decisión es ver si queremos ser de los que lo intentan, o si queremos ser de los que nos quedamos esperando.

¿Reacciones? En directo pocas… vía twitter (en el momento) y comentarios (después) parece que, dentro de su caracter de «recordatorio básico», gustó (aunque no faltó gente a quien no). Pero bueno, lo mejor es verlo y opinar, ¿no?
Aquí el video de la charla

Aquí la presentación que utilicé como respaldo

Aquí una entrevista que me hicieron a posteriori, donde volví sobre los mismos temas

Los quesos que volaron

Leí el libro «¿Quién se ha llevado mi queso?» cuando salió (¿hará 10-12 años, quizás?). Por aquel entonces hizo furor. Yo recuerdo que en su momento me pareció un libro tontorrón. Y es que nunca me ha gustado ese estilo de «fábula» (al que pertenecen otros tipo «La Buena Suerte») que, para contarte una moraleja que cabría en un post de un blog, o incluso en un tuit de 140 caracteres, se inventan una metáfora esquemática y escrita (con perdón) para tontos. En este caso, dos ratones y dos liliputienses acostumbrados a comer queso en un sitio determinado, y cómo reacciona cada uno el día que el queso desaparece.
El caso es que, a pesar de todo, la moraleja en su día sí me gustó. Que las cosas cambian, y que ante el cambio tienes dos opciones: quedarte como un pasmarote, enfadarte, patalear… o buscarte la vida para salir adelante (¿Veis? Cabía en un tuit). Aun así, esta filosofía de vida por aquel entonces la entendí digamos de forma «racional», no «visceral». Como un aviso a navegantes, que sí, que vale, que las cosas cambian y tal… pero mirando alrededor tampoco parecía una cuestión de urgencia. No había muchos quesos desapareciendo.
Sin embargo, en los últimos tiempos me viene a la cabeza cada vez con más frecuencia la historieta del queso. Porque, ahora sí, veo alrededor que los quesos vuelan sin parar. Cada vez más sectores, más empresas, más individuos… se enfrentan al hecho de que sus quesos, los quesos que daban por supuestos, de los que se venían alimentando toda la vida y de los que esperaban vivir para los restos, desaparecen. Y veo muchas reacciones «al estilo liliputiense Hem»: que era el que se enfadaba, se enrocaba en que él quería su queso como siempre, y que de ahí no salía.
En definitiva, hace 10 años el libro tenía un carácter de aviso («ojito, que las cosas están cambiando, que no te pille desprevenido…»). Ahora tiene, desde mi punto de vista, el sabor amargo de la crónica de lo que está pasando. Ya el aviso («un día el queso desaparecerá») no procede. Porque los quesos, para muchos, ya han desaparecido.

Éste es el mundo que nos espera; acostúmbrate

Me ha encantado este artículo de Seth Godin, llamado «La recesión permanente; y la próxima revolución«. Y me ha gustado porque representa muy bien mis sensaciones respecto a esta «crisis» que estamos viviendo. Él habla sobre los dos tipos de recesiones («desaceleraciones» que llaman algunos) que tenemos encima. Una la cíclica, la que viene y va. Y otra que ha venido para quedarse, la que tiene que ver con la desaparición de un mundo que ya no volverá.. Como dice Godin, «esto representa una discontinuidad significativa, una decepción vital para la gente trabajadora deseosa de una estabilidad que difícilmente van a tener».
Un cambio de perspectiva complejo, estresante, para el que nadie nos ha preparado y que muchos, lamentablemente, no serán capaces de abordar. Un cambio de escenario que nos obliga a «ponernos las pilas», y que nos lleva a un mundo distinto, donde también habrá oportunidades para quienes sepan adaptarse. Seguro que todos preferiríamos un mundo más estable, pero como eso no va a pasar, cuanto antes lo aceptemos, antes dejemos de lamentarnos y antes nos pongamos manos a la obra, mejor nos irá.

Fideliza… ¿que algo queda?

Hace unos días me llegaba a casa una carta de mi compañía de seguros (la cansina del «soy, soy, soy»). Me informaban de su «Club» y me enviaban una tarjeta con «descuentos y ventajas». A saber, veinte euros en una cadena de ópticas, un 7% en una cadena de electrodomésticos, 15% en clínica estética, 25% en unos trasteros… en fin, que apriori podrías pensar «vaya, qué interesante».
¿Cuál es el partido real que le voy a sacar? Podría afirmar, sin riesgo de equivocarme mucho, que entre CERO y NADA.
No es ya que mi cartera tenga un espacio reducido para tarjetas variadas, que lo tiene. Es que mi atención está mucho más limitada. Francamente, bastantes cosas tengo en la cabeza a diario como para acordarme, el día que tengo que comprarme unas gafas, de que en alguno de los programas de (presunta) fidelización que tengo por ahí podría obtener un 10% de descuento. El día que necesito unas gafas, voy a la óptica, las compro, y punto pelota. Mucha casualidad tiene que ser para que vea algo que quiero/necesito y tenga en mente la existencia por ahí de un cupón descuento.
Iba a decir que envidio a las personas que son capaces de ir por la vida a base de cupones y tarjetas descuento, con un inventario perfectamente actualizado de dónde pueden hacer uso de todas esas ventajas. Pero creo que no. Es posible que al cabo del tiempo puedan ahorrar unos euros más que yo con su estrategia, pero creo que el coste (oculto) de actuar así es también notable y se suele pasar por alto. Qué de tiempo, y qué de atención, dedicada a esto.
Y para las empresas… francamente, si me quieres fidelizar, dame un buen servicio a un precio ajustado. Y déjate de zarandajas.

Esto no es jolibú: control y jerarquía vs. dinamismo

Esta mañana he tenido la ocasión de tener una charla peculiar. A saber, un alemán que lleva 40 años en los Estados Unidos, jubilado tras una carrera en Sillicon Valley. Ocurre que vive en Roseburg, una ciudad del estado de Oregón hermanada con Aranda de Duero, y que han aprovechado un viaje a Europa para conocer el pueblo. Habíamos contactado a través de twitter, y hemos aprovechado su visita para conocernos en persona y compartir un café.
El caso es que, entre otras cosas, hemos hablado de empresas. Me contaba cómo el clima para los negocios en Estados Unidos es, en comparación con Alemania (¡con Alemania!), mucho más dinámico. Y no se refería sólo a una cuestión normativa, a la Administración, a la facilidad para crear empresas o a la legislación laboral. Se refería, sobre todo, a cultura. Contaba que en su carrera profesional, en un puesto intermedio de una empresa tecnológica (es decir, nada de «gran jefe»), había gestionado con frecuencia presupuestos de cientos de miles de dólares. Y «gestionado» significa eso, es decir, asumir la plena responsabilidad sobre un proyecto, sobre sus costes y sus beneficios, tomando decisiones. Mientras tanto, contaba, en Alemania cualquier movimiento necesita tres firmas de tres superiores jerárquicos distintos.
Otro rasgo diferencial que me comentaba es que mientras en Alemania la «obediencia» era un valor, en Estados Unidos la discrepancia, el libre pensamiento… son más apreciados. Que tú puedes ir a un jefe y decirle que no estás de acuerdo con algo por una serie de motivos y que, lejos de sentirse intimidado, reconoce el valor de la aportación y te felicita por ello. Mientras tanto, en Alemania da miedo discrepar porque en seguida te empiezan a señalar con el dedo como «el díscolo», o «el conflictivo».
Inisito, la comparación era con Alemania. Así que si comparamos con España…
Claro, luego oyes gente diciendo que «ójala estuviéramos como en Estados Unidos». Se refieren sobre todo a que tuviésemos leyes flexibles en lo laboral, o facilidades en el proceso de abrir una empresa. Pero lo cierto es que eso no sería suficiente. Mucho tiene que cambiar nuestra cultura (a todos los niveles: propietarios de negocios, gestores, mandos intermedios, trabajadores…) para tener una economía dinámica, negocios ágiles y productivos. Gente que asuma sus propias responsabilidades, y gestores que confíen en sus equipos y les dejen hacer. Vamos, igualito que aquí.

Cuatro meses de vacaciones

Llevo unos meses metido «de hoz y coz» en un proyecto muy interesante. Y una de las cosas que lo hacen interesante es su carácter transversal. Es decir, estoy en contacto con muchas personas de muchas áreas de la empresa cliente. Eso incluye recursos humanos, administración, control de gestión, sistemas, y también operaciones, con muchos centros de trabajo distribuídos y con distintos niveles de supervisión.
Pero durante este verano, ese hecho se ha vuelto en mi contra. Y me explico.
En mi época de «consultor corporativo», todo el mundo se cogía vacaciones en agosto. Alguno las adelantaba una o dos semanas en julio, y alguno las dejaba para irse la primera quincena de septiembre… pero vamos, en general estaban muy concentradas. Se daba por hecho que los clientes (en general) se iban en agosto, por lo que era el mes que nosotros también aprovechábamos (o nos hacían aprovechar, ya me entendéis).
Sin embargo, en este proyecto todo se ha complicado. Para empezar, este cliente no cierra en agosto, ni mucho menos. Por lo tanto, ni en las operaciones ni en los servicios centrales hay ningún incentivo para concentrar las vacaciones en agosto. De hecho, se organizan para irse unos antes, otros después, solapándose más o menos para dejar cubiertas las responsabilidades (insisto en el «más o menos»; el que se queda «de guardia» puede apagar los fuegos de sus compañeros ausentes, pero siempre de forma reactiva… y eso en el mejor de los casos). Total, que algunos empezaron con las vacaciones en junio, y otros terminarán bien entrado octubre. Y alguno se guardará alguna semanita para más adelante.
El problema lo tengo yo, el del «proyecto transversal». Avanzar durante estas semanas ha sido complicado. No es ya que algunas cosas concretas se queden casi paradas durante las tres o cuatro semanas que su responsable se va. Es que cuando intentas coordinar asuntos que afectan a varios departamentos, resulta que cuando no falta uno falta el otro. Y cuando el uno se incorpora, es el otro el que «yo ya la semana que viene me voy». Y todo se enfanga, se ralentiza… y aquí seguimos.
Ah, si alguien se pregunta por mis vacaciones… se limitaron a una semana (que incluía un festivo; o sea, cuatro días en realidad). Pero con el patio como está, no es algo de lo que uno se pueda quejar.

¿Que la empresa vende menos? A mí plin

«A mí plin». Esta frasecilla que suena un poco añeja (y que todos los «viejunos» vinculamos a una publicidad de colchones, ¿a que sí?) podría traducirse a un lenguaje más actual como un «me la suda». Igual incluso hay una forma más moderna de decirlo, pero yo es que ya no estoy al día 🙂
Me contaban el otro día de una empresa que, como tantas, está pasando una época «achuchá». No tiene mucho misterio; básicamente, venden menos de lo que vendían antes. «Los clientes no entran tanto como entraban, ni se gastan tanto como se gastaban». Así de sencilla es la letra de la crisis, mucho más que debates interminables sobre «los mercados», el déficit, la bolsa o el Banco Central Europeo. El caso es que yo preguntaba «bueno, y la gente (por los empleados), ¿cómo lo lleva?». «Algunos preocupados, claro, pero luego hay otros… que te dicen que por ellos fenomenal, que como hay menos trabajo están más relajados».
Fascinante. O sea, la empresa para la que trabajas está atravesando dificultades, ¿y tu pensamiento es «qué bien, así vivo más tranquilo»?. Me resulta inconcebible semejante miopía, por no decir ceguera. ¿No se da cuenta esa gente que, si la empresa no tiene beneficios, deja de existir? ¿Y que si deja de existir desaparecen con ella los puestos de trabajo, incluyendo el suyo? ¿En qué mundo viven?
Hace poco vi en una empresa un pasillo donde colgaban algunos rótulos en grande con mensajes. Uno de ellos decía algo así como que «la rentabilidad es sinónimo de éxito presente y garantía de futuro para todos». Si no hay rentabilidad, no hay empresa. Ni beneficios para los «capitalistas», ni trabajo para los «obreros». Pero parece que hay quien no lo entiende…