Kutxi Romero, un tipo afortunado

«Soy un tipo con mucha suerte, muchísima… recuerdo todo bien. ¿Sabes por qué? Porque yo nunca he tenido ambición. No había meta. Entonces, cada pequeño triunfo, éxito… yo solo quería cantar mis canciones, y eso el primer día que haces tu primera canción ya lo has conseguido. Por eso soy un triunfador. Un perdedor es el que tiene ínfulas, tiene ansia… y fracasa. Yo, como no tenía ninguna expectativa, ni tengo, pues todo… nunca he esperado nada, o sea que guay, venían las cosas y las cosas como iban viniendo pues no pasa nada, y si pasa se le saluda»

Gustándome el rock, nunca he sido especial fan de Marea. Sin embargo ayer, por un cúmulo de casualidades internáuticas, acabé escuchando una entrevista a su cantante Kutxi Romero. Un tipo interesante, con un discurso y un estilo de vida sencillo y con los pies muy pegados a la tierra que disfruta y valora cada pequeña o gran cosa que le sucede.

Olvídate de la marca personal; deja que se vea la persona

Llevo años peleándome conmigo mismo sobre mi «marca personal»; no sabiendo si soy capaz de definirme como producto, ni si sé venderme. Leo sobre «branding personal» y hay momentos en los que siento que sí, que tiene sentido (eso de tener un objetivo bien definido, y una estrategia, y un plan, y…) y otros en los que algo dentro de mí se rebela; y supongo que por eso cada vez que he intentado ir por ese camino me he atascado rápidamente.
Hoy leía un artículo al respecto que pone negro sobre blanco algunas de mis inquietudes relacionadas con la marca personal.
Empecemos cuestionando la autenticidad. Dicen los expertos en branding que la autenticidad es una de las claves de una buena marca personal. Y sin embargo, el proceso consiste precisamente en coger tu yo auténtico (que es el que eres cuando no te preocupa cómo te ven los demás) y pulirlo, encauzarlo, «ponerlo bonito». Tienes que tener una «estrategia», tienes que «focalizarte», tienes que dejar de hablar de cosas que distraigan de lo que quieres conseguir, siempre buscando la coherencia, los resultados. Pero claro, como dice la autora del artículo, «¿cómo vas a ser «auténtico» si te ves forzado a censurarte en aras de tu marca?«.
«Ya, pero lo que muestras es parte de ti, no estás engañando a nadie». Bueno… eso me hace recordar a esos reportajes de las revistas del corazón en los que se hace una foto de la protagonista de turno (¡es ella! ¡es auténtica!) y se retoca hasta límites insospechados, eliminando cualquier presunta imperfección para fabricar (sí, fabricar) la imagen que se quiere mostrar. ¿Es ella? Sí… pero no. De nuevo citando a la autora, «cuanto más pensamos en nosotros en términos de marca, menos personal se vuelve todo. En vez de tu yo real, con todas sus circunstancias, tenemos un yo pulido y artificial, la versión que lanzamos al mercado«.
Pero es que además tengo mis dudas de que sea una estrategia que funcione, más allá de que filosóficamente me pueda gustar más o menos. Imaginemos que desarrollas tu estrategia para tener una marca muy definida, darle visibilidad, etc… con el objetivo de posicionarte como experto y destacar en un determinado segmento. Quieres ser «el detergente que lava más blanco»… igual que lo quieren ser decenas de otros. ¿Pueden destacar todos a la vez? ¿Pueden conseguir todos aparecer en la primera posición cuando se busca en google? Es evidente que no. En el esfuerzo por destacar te conviertes en un commodity, difícilmente distinguible de tantos otros con un perfil básicamente igual que el tuyo. Todos con una foto similar estilo gurú, todos con una frase definitoria que combina el «experto en» con el «apasionado por», con una bonita web en la que se regurgitan una y otra vez los mismos temas, con una cuenta de twitter que retuitea a intervalos regulares los mismos links de las mismas fuentes, con uno, dos o tres libros publicados que se pierden en la marea de libros de la misma temática…
¿Realmente esto vende? Mmmm… Sí, es verdad que a veces tienes muy claro que necesitas un «experto en X», te vas a google y revisas los resultados. O intentas pensar en alguien a quien hayas visto en la tele, o cuyo libro se haya reseñado en la prensa del ramo, o que te suene de twitter. Y aun así, lo que ves no es suficiente. Puedes deducir un conocimiento técnico (al menos su apariencia; no olvidemos que estamos viendo la cara pulida que nos quieren mostrar), pero… ¿es alguien con quien vas a trabajar bien? ¿va a tener un encaje cultural con tu organización? ¿compartís unos códigos suficientes como para que la cosa funcione? El que va a contratar a un experto… ¿necesita que sea el «experto number one» (de hecho, ¿está capacitado para evaluarlo?), o le vale que sea un tipo solvente en lo suyo que además te ha dado pistas de que te vas a entender bien con él?
Creo que el CV es una herramienta muy pobre para establecer relaciones profesionales. Y creo que la «marca personal» así construída no deja de ser una evolución del CV: más amplio, multicanal… pero en el fondo una forma de «poner el escaparate» tratando de llevar la atención a un aspecto parcial y prefabricado de tu persona.
¿La alternativa? Creo en mostrarte tal y como eres sin estar continuamente pendiente de si es lo que los demás quieren ver. Creo en mezclar cuestiones profesionales con cuestiones personales, porque no somos compartimentos estancos. Compartir tus éxitos, y también tus tropiezos y tus dudas, porque nadie somos perfectos. Creo que hay que demostrar lo que haces y cómo lo haces, pero también quién eres y cómo eres. Creo que cuanto antes arrojes luz sobre todas tus características relevantes menos tiempo pierdes tú y menos tiempo haces perder a los demás. Creo que establecer conexiones personaleses un camino mucho más fiable para el éxito que el fabricar y publicitar un perfil brillante (y frío), y creo que para que las conexiones personales nazcan y fructifiquen hace falta mucho más que demostrar tu lado técnico; hace falta calidez, hace falta incluso un poquito de banalidad. Hace falta, en definitiva, ver a la persona más que al experto.

Mejor no preguntar

Sucedió hace un tiempo. En aquel departamento de RRHH se discutía sobre los problemas de la compañía, y sobre posibles vías de actuación. La sensación para mí, espectador externo, era que había cierto «runrún» de fondo al que nadie acababa de poner nombre. «¿Qué dicen sobre esto las encuestas de clima?», se me ocurrió preguntar.
«¿Encuestas de clima? No, no hacemos encuestas de clima. ¿Y si salen opiniones muy marcadas? Nos obligaría a actuar».
La «lógica» de este argumento hizo que me explotase el cerebro.
Los problemas latentes no dejan de ser problemas, ni de tener consecuencias, por el hecho de ignorarlos. Mirar para otro lado no hace que desaparezcan. Mejor será disponer de toda la información (por cruda que resulte) para poder actuar que ir dando palos de ciego o avanzando en cuestiones secundarias mientras la principal se queda sin resolver.
Hay un argumento, sin embargo, que podría tener un pase. «La gente no tiene una visión global, y pueden poner encima de la mesa temas que en el fondo no son relevantes. Al hacer las encuestas de clima, nos veríamos obligados a poner eso como prioridad cuando realmente no lo es». Vale, puede ser. Pero incluso asumiendo la presunta omnisciencia de los directivos («yo sé cuáles son los problemas de la empresa, y ellos no»… lo cual es mucho asumir) hay que tener en cuenta que cuando una persona percibe algo como un problema (por mucho que desde fuera pensemos que es «una chorradilla»), ES un problema real. Ignorarlo de forma condescendiente lo único que hace es transmitir la sensación de «tus problemas no importan»… algo que no fomenta precisamente la motivación, la implicación y todas esas cosas que se suponen que perseguimos.
Mantener un pulso constante (y sistematizado; no a base de anecdotario) de cómo respira una organización me parece algo fundamental para poder gestionar correctamente. Pero sigue habiendo quien considera que es mejor no preguntar…

Con mi opinión, ¿aporto valor o aporto ruido?

Me pasó algo curioso ayer. Tras publicar mi post sobre «ser o no ser español» y observar las reacciones, me puse un poco reflexivo. Fue el post más visto desde hace bastante tiempo, sobre todo gracias a que bastante gente lo ha compartido en Facebook. La mayoría de esas personas que lo han compartido no sé quiénes son (¿ni tengo forma de saberlo?), ni tampoco sé las discusiones que se hayan podido generar en los comentarios.
Pero independientemente de la repercusión, lo que me pregunto es… ¿qué aportó esa opinión mía sobre un tema así? ¿qué me aportó a mí? ¿qué aportó a los que la leyeron? ¿Buscaba algo, o fue simplemente «pienso esto y lo escribo, que para eso tengo un blog»? Si buscaba algo… ¿lo conseguí? Si no buscaba nada… ¿para qué lo escribí? ¿Realmente «para eso tengo un blog»? De hecho… ¿para qué tengo un blog?
Resulta un poco extraño hacerse estas preguntas después de más de 10 años de blog y otro puñado de twitter, facebook, instagram y otras plataformas en las que he ido volcando mis cosas, que se dice pronto. Sin embargo, estoy en una etapa en la que me estoy cuestionando qué cosas aportan valor a mi vida y, de forma inversa, cómo aporto yo valor a los demás. Y bajo ese prisma empiezo a cuestionarme cosas que «siempre han sido así».
Nunca compré la idea de tener una «estrategia de contenidos» en estas plataformas de expresión personal. Nunca vi esto como un medio con unos objetivos definidos, y por lo tanto con la necesidad de tener un «plan». Mi blog era mi blog y escribía en él lo que quería y cuando quería, sin marcarme una agenda, una frecuencia, unos contenidos. En twitter tres cuartas partes de lo mismo, Facebook, Instagram… mi visión es que eran medios de expresión natural, una forma de «mostrarme como soy», y quien quiera leerlo bien y quien no pues no. Como resultado se produce una especie de «filtrado natural» de personas: quienes son más afines a mí (les gusta cómo pienso, lo que cuento, etc…) se quedan a lo largo del tiempo (al fin y al cabo son ellos quienes deciden si me leen, si vuelven, si se suscriben, si se hacen followers, etc.), y quienes no se marchan. Y en ese sentido creo que es una forma de actuar útil, posiblemente poco eficiente pero bastante natural.
Aun así, vuelvo a las preguntas anteriores: ¿qué valor aporto a los demás, qué valor me aporta a mí? ¿soy un meformer o un informer? ¿refuerza lo que hago mi imagen de alguna manera? ¿lo hace de forma consistente? ¿De qué me sirve tener opiniones, ponerlas en público y en su caso discutirlas? Si siento la necesidad de escribir y publicar, ¿estoy satisfaciendo quizás alguna necesidad más subyacente (del tipo «eh, miradme, aquí estoy yo», «reafirmadme con vuestros likes», «dadme cariño en forma de comentario», «me siento conectado a gente aunque sea así»)? Si así fuera… ¿no sería una forma triste de hacerlo, no sería mejor buscar otras alternativas más sólidas? Lo que escribo, lo que publico… ¿por qué no lo hago en un «diario privado»?
Dentro de la «limpieza digital» a la que me estoy sometiendo tengo un caso quizás paradigmático con la app de compartir fotos Instagram. La idea inicial era eliminar del móvil todos los elementos que me estuvieran distrayendo: quitar twitter para no consultar nuevas publicaciones, Facebook lo mismo… e Instagram también. La diferencia es que mientras que en Facebook o Twitter puedo seguir publicando yo (a través de Buffer), en Instagram al quitar la aplicación del móvil perdí también la capacidad de publicar. Lo cual me está haciendo reflexionar sobre «qué pretendía poniendo mis fotos en Instagram». Porque las fotos las puedo seguir haciendo igual (y me las quedo para mí)… pero ¿hago las mismas fotos, o el hecho de «no poderlas poner en Instagram» hace que saque menos? ¿Servía Instagram como incentivo? ¿Y dónde radicaba el incentivo? ¿En conseguir cuatro o cinco likes? ¿En que cuatro gatos viesen «qué fotos puedo hacer» y mostar así «mi lado artístico»?
Extrapolemos esos dilemas a lo que publico en otros medios. ¿Para qué escribo posts en el blog? ¿Para qué actualizo twitter? ¿Para qué comparto las cosas que leo y que me parecen interesantes?
¿Qué valor me aporta a mí? ¿Qué valor aporto a los demás?

No soy español

No soy español. Bueno, sí, pero no demasiado. A ver si me explico.

Nací en Salamanca. Dado que Salamanca pertenecía entonces y sigue perteneciendo ahora a una unidad administrativa denominada España, yo soy español. Es la nacionalidad que me corresponde, como me correspondería la castellanoleonesa (si Castilla y León fuese la unidad administrativa que determina la nacionalidad; ¿o sería el País Lliunés?), la salmantina (si fuese ese el caso), o la europea (si fuese ése el contexto determinante), o una hipotética nacionalidad ibérica si se fusionasen las unidades administrativas que ahora son España y Portugal. Es también la que me corresponde siendo los límites territoriales de España los que son, igual que lo sería si esos límites fuesen distintos, si hubiese una frontera en el Ebro, o en Despeñaperros.

Quiero decir con esto que para mí «ser español» es un hecho casi administrativo, más que una «identidad». Quién soy yo, cómo me relaciono con los demás… no está definido por esa circunstancia. No le tengo más aprecio a fulano por ser español, ni le resta puntos a mengano el no serlo. Tampoco me siento agredido ni minusvalorado si alguien dice que no se siente español, o que quiere irse de España… no me hace ningún daño. Y si alguien me desprecia a mí por ser español, lo que opino de él es que es gilipollas por el hecho de despreciarme por un hecho como ése (sin conocer nada más sobre mí).

No creo que la historia de España sea más «grandiosa» que la de otros países; habrá habido momentos destacables, otros lamentables… Los «héroes españoles» no me parecen más héroes que los de otros países, y creo que tenemos nuestra ración de villanos y vilezas como todos los demás. Los escritores españoles no son mejores por el hecho de ser españoles; los que son buenos lo son, igual que los buenos de otra nacionalidad.

Veo de continuo muchos españoles que me dan absoluto repelús y vergüenza ajena, del mismo modo que veo personas ejemplares de cualquier otra nacionalidad con quienes me gusta colaborar, de quienes me gusta aprender. Incluso a nivel de cultura, costumbres… veo tal diversidad que me cuesta creer que se pueda concretar qué es «ser español», no digamos identificarme con ello. Al final hay gente con la que siento afinidad y gente con la que no, y la variable «nacionalidad» pesa entre poco y nada.

Veo «ser español» como una circunstancia que te ha caído encima, como ser diestro, como medir 1.68, como tener los ojos marrones… pues sí, es un hecho, pero ya está, no da para más.

Claro, socialmente nos han inoculado desde pequeñitos vínculos de unión «ficticios» entre los españoles. Nos dan una educación más o menos homogénea, nos enseñan a dibujar «nuestra bandera», a reconocer «nuestro himno», nos enseñan «nuestra historia», nos centramos en «nuestra literatura», nos aprendemos «nuestros mapas»… Nos enseñan a animar a «nuestros equipos», a ver desfilar a «nuestros ejércitos»… Las noticias se contextualizan en lo «nacional»… Poco a poco, como una gota malaya, se va forjando esa «identidad nacional» (exactamente igual que han hecho algunas regiones, oh sorpresa), procurando inflamar ese sentimiento «patriótico», esencialmente tribal, de que el mundo se divide en «nosotros» y «ellos». Porque un colectivo tribal es mucho más manejable que un conjunto de individuos. Llegado el momento se puede apelar a esos sentimientos para distraer (¡gol de España!), para movilizar… en definitiva manipular al rebaño y llevarlo por donde interese.

Leo lo que he escrito y pienso que ojalá fuese más aséptico todavía de lo que realmente soy. Porque sí, pese a todo lo que he dicho, en realidad todavía hay momentos y situaciones en los que la «españolidad» me sale, y por ejemplo veo los partidos del Eurobasket y no me da igual quién gane. Inconsistencias humanas de las que no me enorgullezco especialmente, pero que ahí están.

Soy español porque es lo que me ha tocado ser, y eso no me hace ni mejor ni peor que nadie. Pienso en España porque es aquí donde vivo, porque son sus leyes las que delimitan mi capacidad de actuación. Y quizás me quede ese poso «sentimental», diría que residual pero inevitable, derivado de la educación y la exposición mediática durante casi 40 años.

Por lo demás, hay muchísimas cosas que definen mejor mi identidad.

Vender, regalar, tirar

Vivo últimamente una fiebre «antichismes». De repente parece que me molesta el exceso de cosas que tengo a mi alrededor. Siento «repelús» ante la idea de seguir acumulando cosas, soy mucho más crítico con las cosas que tengo y que no uso (¿por qué narices me empeñé en su día en comprar esto? ¿por qué lo sigo teniendo, cuando no lo he usado en años?), y siento una necesidad casi física de quitar cosas de enmedio. Pero quitar de verdad, no de «las guardo en un armario o las bajo al trastero, que si no lo veo es como si no estuviera».
Ante esto, el mantra de los minimalistas es algo parecido a «vender, regalar, tirar». Vender lo que puedas vender, regalar lo que no puedas vender, y tirar lo que no puedas (o no tenga sentido) ni regalar. Y me he sumergido en este proceso… más farragoso de lo que parece.
Lo fácil es, sin duda, tirar. Arramplas con todo, lo llevas al punto limpio (en la confianza, no sé hasta qué punto fundada, de que allí se inicia el proceso de tratamiento de residuos que minimiza el impacto ambiental), y aquí paz y después gloria. Hay objetos para los que no cabe duda de que este es su destino… cosas rotas o tan desgastadas que no admiten un segundo uso medianamente decente.
Pero luego hay otras cosas que piensas «joder, si esto está en perfecto estado… seguro que a alguien le sirve». No tienes interés en ganarle ni medio céntimo, simplemente pretendes hacer algo bueno: tanto para el beneficiado directo (mira, si le sirve y lo disfruta… eso que gana) como para el mundo en general (retrasas el momento en el que ese objeto se convierta en residuo). A veces incluso, en un pensamiento absurdamente animista, te dices que «así el objeto tiene una segunda vida» (qué vida ni que vida, si es un objeto… aunque detrás lleva el sacrificio de las personas que lo fabricaron, o de los elementos que sirvieron para su fabricación… ¿no es una forma de darle un sentido?).
El problema es que encontrar a quién quiera esos objetos es más complicado y farragoso que el rápido y contundente «tirar». Salvo algunas cosas muy concretas (p.j. «la ropa usada se va a Cáritas»), el resto de chismes… ¿qué haces con ellos? En su día, por ejemplo, me deshice de cd’s antiguos llevándolos a la biblioteca (bueno, «fonoteca») municipal. Sin embargo, cuando fui a llevarles libros me dijeron que buf, que ya tenían muchos… que no me los cogían. Intenté el bookcrossing, pero tampoco es tan evidente (¿el libro que abandonas lo recoge alguien? ¿lo usará? ¿o simplemente estás engañándote dejando libros por ahí cuando en realidad casi mejor sería que los echaras al reciclaje de papel?). La última vez, llevé libros a una librería Melior (pero con la duda de si alguien comprará esos libros que donas…). Y si ya vas a otros chismes… pues más difícil aún. La iniciativa Nolotiro.org parece que tiene buen ritmo, pero me da la sensación de que está más extendido en grandes ciudades (donde casar oferta y demanda es más fácil, y el «me paso a recogerlo» es una posibilidad; al final el tema logístico, incluyendo los costes tanto del envío como de la preparación, etc… son una barrera). En Aranda hemos «colocado» algunas cosas (una plancha de cocina, una cafetera a la que le faltaba la jarra, un juego de té…) a través de un grupo creado en Facebook. El caso es que el proceso tiene ya su engorro (saco fotos, pongo anuncio, atiendo a los que lo quieren, quedas para entregarlo, etc…), y acabas poniendo en la balanza los costes y los beneficios. Al final, te acaba dando rabia pero acabas tirando cosas que crees que a alguien le podrían haber valido.
Y claro, luego están las cosas que crees que puedes vender. Cosas cuyo valor, incluso de segunda mano, crees que merece la pena rescatar aunque sea solo en parte. Aquí el proceso de «engorro» es aun mayor… buscar cómo venderlo (yo pruebo segundamano, ebay, alguna cosa en el grupo local de Facebook del que hablaba), gestionar los anuncios, etc. Ahora mismo tengo en venta un par de puzzles y un par de juegos de mesa, unos packs de libros, un helicóptero de radiocontrol, una grabadora de sonido… Y la sensación es bastante descorazonadora, muy poco interés incluso cuando les pones un precio ridículo. Sé perfectamente que las cosas no valen nada más que lo que alguien esté dispuesto a pagar por ellas, pero aun así te dices «joder, si esto es un chollo, ¿no voy a encontrar quien lo compre?». Terminas pensando que total, para cuatro perras no te merece la pena tanto lío.
Acaba teniendo uno la sensación de que, en el mundo de la segunda mano (incluso de los regalos/donaciones) hay más gente intentando sacarse de encima chismes que gente interesada en hacerse con ellos. Que al final somos más a quienes nos sobra, quienes no sabemos qué hacer con todo lo que consumimos en exceso, que gente que lo necesite. Que la cultura de «lo usado» no está todavía suficientemente extendida (venimos de una generación de vacas gordas, donde nos hemos podido permitir comprar las cosas de primera mano con sobreabundancia de oferta sin «rebajarnos» a tener que buscar alternativas). Y que en el fondo esto es un síntoma de una sociedad con unos valores que dan para reflexionar (sociedad de la que uno forma parte, indudablemente, con lo que eso conlleva de corresponsabilidad).
En fin, esto es un proceso. De lo que se trata al fin y al cabo es de que, como en el clásico diagrama de la bañera, salgan de casa (por una u otra vía) más cosas de las que entran.

Quitando el chupete digital

Ayer hice algo que tuvo una mezcla de impulsivo y de reflexivo. Supongo que es la típica cosa que lleva fraguándose un tiempo en tu cabeza, y que de repente ves de forma tan clara que te impulsan a la acción. Las cosas suceden «poco a poco, y de repente».
El caso es que cogí mi móvil, y desinstalé varias aplicaciones: Twitter. Facebook. Tumblr. Instagram. Feedly. Adios… muerto el perro, se acabó la rabia. De paso, quité otro puñado adicional de aplicaciones sin uso habitual. Fuera.
Ya cuando hice mi experimento de desconexión a principio de verano sacaba algunas conclusiones:

También estuve pensando en esa parte “inútil”. ¿Por qué siento el impulso de “estar al día” de lo que pasa en el mundo? ¿Por qué dedico tanto tiempo y atención a leer cosas irrelevantes que publica gente a la que apenas conozco? ¿Por qué siento la necesidad de hacer una foto y publicarla, de que se me venga algo a la cabeza y ponerlo en twitter, de dar mi opinión sobre cualquier cosa (sí, me descubrí varias veces pensando “¡esto merece un tuit!”). Mi yo “racional” sabe que no tiene ningún sentido. Que a (casi) nadie le importa lo que yo pueda opinar de casi nada. Que poco o nada de lo que yo lea por ahí va a tener ningún impacto en mi vida. Pero mis actos no son coherentes con mi razonamiento y he estado rascando en el “por qué”, que supongo que no es muy distinto al de cualquier conducta de evasión. Porque es lo que haces: evadirte, huir a una realidad alternativa en la que tienes la falsa sensación de “estar haciendo algo” (aunque sea algo tan inane), la falsa sensación de “estar conectado” (con unas conexiones tan débiles que no soportarían un soplido), la falsa sensación de que lo que haces/piensas le importa a “la gente” (cuando en el mejor de los casos te otorgan la misma “lectura diagonal” que tú les otorgas a ellos). Y te evades ahí porque hacer cosas “de verdad” es mucho más difícil (para empezar, te obliga a pensar en qué es lo que quieres hacer, a buscar sentido a tus actos y a tomar las riendas de tu vida… con lo fácil que es dejarse llevar por la inercia…), porque tener conexiones “de verdad” es más exigente, porque asumir tu insignificancia es un golpe duro para el ego. Buf. Aquí hay tomate.

Sin embargo, una vez vuelto al día a día, me encontré sumergido en las antiguas rutinas. Es verdad que reduje significativamente el número de personas a las que seguía en twitter… pero aun así me encontraba cada dos por tres con el móvil en la mano, iniciando la aplicación, refrescando el timeline a ver qué novedades había. De ahí a Facebook. De ahí a Instagram. A ver qué noticias hay en los periódicos. Vuelta a empezar, en un ciclo sin fin de «entretenimiento» vacío. Fue leyendo «Everything that remains» (el relato hacia el minimalismo de The Minimalists) cuando me inspiré en su experiencia para tomar esta decisión. Su metáfora del «chupete» me parece tremendamente acertada. Recurrimos a estos «entretenimientos» (como hay quien recurre a otros mecanismos) como evasión a la incomodidad. Estando el chupete a mano no nos enfrentamos a lo incómodo.
Y al menos en mi caso, por mucho que pensara que «yo lo puedo controlar», la realidad es que no era así. El dedo se me iba, y mi mente se sumergía feliz en el arroyo siempre fluido de las redes sociales, por muy irrelevante que fuese su contenido. Así que decidí cortar por lo sano. Fuera las aplicaciones del móvil, y se acabó el consumir contenidos de forma semi inconsciente. Es curioso, todavía no han pasado 24 horas, y ya me he descubierto en varias ocasiones con mi dedo lanzándose a donde durante años ha estado el icono de twitter o de facebook. Así de automatizado lo tengo. Y sospecho que me va a costar un poquito pasar «el mono».
¿Y ahora qué? Pues no lo sé. Sin duda he reducido las opciones de consumo irracional de contenidos, por lo que espero ser capaz de focalizarme más y mejor, centrarme en contenidos que quiero leer en vez de ir «a golpe de tuit». Hacer, en definitiva, un uso más consciente y productivo de mi tiempo y de mi atención. Y si el problema es que no sé qué hacer con mi tiempo y mi atención… atacar ese problema, en vez de acallar mi conciencia con la solución fácil del chupete digital.
Mantengo las cuentas abiertas (y de hecho la posibilidad de publicar desde el móvil a través de Buffer), de momento no he llegado al punto de «abandonar por completo». Hace años que hablaba de lo útil que era tener amigos con vida digital, y lo mantengo… aunque quizás lo que toque reevaluar es a quién sigo y por qué, porque hay conexiones cuya presencia digital no se ajusta a la importancia relativa que tienen para mí. Y también el cuándo, o la frecuencia, con la que me mantengo al día.
Respecto a lo que yo publico, no sé qué impacto podrá tener; es posible que siga publicando más o menos lo mismo, o puede que reduzca algo. La siguiente gran reflexión sería «qué publicas, y para qué», ¿qué intereses satisface?. Por ejemplo, me pasa con Instagram… ¿para qué cuelgo fotos allí? ¿qué espero obtener? ¿es solo una forma vacía de alimentar el ego, o le aporta algo a alguien? Extrapolamos a Twitter, o a Facebook…¿no estoy, en el fondo, engañándome pensando que «lo que hago, lo que pienso… le importa a alguien» cuando en realidad no es así? A lo mejor es el momento de ser un poco más selectivo con lo que uno comparte.
Como todo en la vida, esto es un camino, un proceso. Veamos a dónde nos lleva.

De los problemas del mundo

La pasada semana se produjo una gran conmoción social a cuenta de la foto del cuerpo sin vida del niño sirio tendido en la playa turca a donde su familia ansiaba llegar en su huída de su país de origen. La foto es sin duda desgarradora, pero las reacciones que se desataron me generaron un desasosiego que he estado rumiando durante días.
La foto provocó reacciones en cadena. La foto. Como sociedad, y como individuos, parece que nos da igual el drama existente en el mundo… hasta que queda reflejado en una imagen. Y entonces sí, nos lanzamos a un festival de indignación, de golpes en el pecho, de «qué horror, qué desastre, qué vergüenza». No, joder, no. El horror, el desastre… existía antes. Sigue existiendo ahora. El drama, la miseria, la violencia, la muerte… están ahí afectando a millones de personas en todo el mundo, algunas aquí a nuestro lado. ¿Dónde está nuestra indignación entonces? ¿Por qué es una foto (un hecho concreto, una muestra ínfima de todo lo que sucede) la que nos remueve, y no el hecho subyacente?
«Nos remueve». ¿O solo nos incomoda? ¿Qué acciones concretas, más allá del lamento y de la queja, ponemos en marcha para aportar siquiera un granito de arena que intente cambiar en alguna medida la situación? ¿Cuántas de nuestras comodidades, cuánto de nuestro bienestar, hemos transformado en una aportación mensual para organizaciones que trabajan en mejorar las condiciones de las personas en todo el mundo? Obviamente esto es algo que cada uno sabe de sí mismo; pero la sensación es que nos quedamos con facilidad en la conmoción, en el «alguien debería hacer algo»… sin contribuir con ninguna acción mínimamente relevante.
Sorprende también la facilidad que tenemos para «pedir soluciones». Como si los problemas fuesen resolubles. Como si hubiese un botón de «arreglar las cosas» y el problema fuese que alguien no quiere darle. Joder, el mundo es complejo. Y jodido. No hay soluciones fáciles, que no tengan un «lado negativo» a considerar. Es fácil pedir «que lo arreglen», es más difícil asumir que hay cosas que no tienen arreglo. En el mejor de los casos tenemos que elegir entre opciones malas. ¿Dejamos entrar a todos los migrantes que lo necesiten? ¿Cuántos miles de millones de personas están en una situación de necesidad? ¿Cuántos recursos podemos (queremos) destinar a esta situación? ¿Qué sacrificios estamos dispuestos a hacer para sostenerlos, en términos de impacto económico y social? ¿En qué momento vamos a trazar una raya? En última instancia… ¿a quién vamos a ayudar y a quién vamos a dejar morir? ¿Hay que ir a una guerra (y financiarla, y asumir las víctimas propias y ajenas incluyendo las colaterales) para resolver esto? ¿Contra quién hay que hacer la guerra? Parece que lanzar este tipo de preguntas incomoda (y probablemente te acaben señalando como una especie de cabrón insensible); es más fácil apelar a los absolutos, a la «humanidad», a «hacer el bien», a hablar en términos de blanco y negro… aunque la tozuda realidad se empeñe en su interminable gama de grises.
Desasosiego. He usado esa palabra al inicio del post. Miro a un lado, y veo un mundo de miseria inasible, de dramas y tragedias, de violencia, hambre, enfermedad y muerte… con la certeza de que, si bien podemos hacer cosas, nunca vamos a poder salvar a todos. Siempre habrá un niño ahogado tendido en una playa, y con esa realidad tenemos que convivir. Y miro al otro lado (al de nuestra sociedad) y veo actitudes y comportamientos seguramente bienintencionados pero en los que echo mucho en falta sustancia, capacidad crítica, realismo, coherencia… Nos dejamos llevar por la conmoción del momento a ritmo de portadas y tuits, nos inflamamos durante breves segundos, lanzamos uno o dos lemas muy sentidos… y mañana ya será otro día, otro día en el que no haremos nada. ¿Acaso no nos hemos conmovido ya, puede que incluso lágrima incluida? ¿No hemos ya comentado lo triste que es todo durante la sobremesa? ¿No hemos puesto ya un tuit, incluso puede que más, con su correspondiente hashtag? Joder, ¿qué más quieres?
Con el curso de los días he ido deglutiendo estas sensaciones. Al principio era puro cinismo, del que todavía hay restos. Pero el cinismo tampoco es constructivo. Hay que vivir en este mundo tal y como es, con todas sus miserias, pero eso no quiere decir que no podamos hacer nada. Hay que asumir que no habrá nunca soluciones perfectas, pero eso no quiere decir que no podamos hacer que las cosas mejoren. Hay que saber que la contribución individual puede ser ínfima, pero es más que nada. El análisis, el pensamiento crítico, el rascar por debajo de la superficie, la persistencia, la voluntad. Seguirá habiendo problemas que no podemos resolver y seguirá habiendo gente que no quiera meterse en el barro. Que eso no nos detenga.
Algunos enlaces a opiniones que, de una u otra forma, sintonizan con esta sensación mía:

Las lecciones ilustradas de Johnny Bunko

El otro día cayó en mis manos un libro curioso, «Las aventuras de Johnny Bunko» de Daniel Pink. Su curiosidad radica no tanto en su contenido, si no en su forma. Y me explico.
«Las aventuras de Johnny Bunko» es una reflexión orientada a todos aquellos que se sienten atrapados en una carrera profesional que no es lo que ellos esperaban. Contiene seis lecciones muy concretitas:

  • No hay plan: no es verdad que la vida tenga «caminos predefinidos» ni guía de instrucciones. No es cierto que «si hago esto y aquello, obtendré tales resultados». Así que no te dejes limitar por ello, busca tu propio camino.
  • Confía en tus fortalezas: identificar aquellas cosas que haces bien, y construir sobre ellas, es mejor que darse de cabezazos con lo que se nos da mal.
  • Contribuye al éxito de los demás para tener éxito tú: es más fácil que obtengas recompensas si aportas valor a otros (clientes, compañeros, jefes) que si estás permanentemente pensando en ti mismo.
  • La perseverancia vence al talento: insistir, insistir y volver a insistir es la mejor fórmula para lograr el éxito; el mundo está lleno de gente talentosa que tiró la toalla demasiado pronto.
  • El error es parte del proceso de aprendizaje: fallar, ser consciente de dónde están los errores, rescatar de ellos el aprendizaje necesario y aplicarlo en los siguientes intentos es consustancial a la mejora.
  • Deja huella: vincula tus esfuerzos a algo más grande que tú mismo, intenta aportar de forma significativa a algo que le dé sentido a tu contribución.

En fin, como decía antes, seis cosas bastante concretas y diría (sin restarles importancia o validez) que bastante «manidas».
Lo curioso es que he sido capaz de recitar los seis puntos de carrerilla; que se me han quedado grabados. Y todo ello gracias al formato del libro: una historia plasmada en un cómic (estilo manga japonés). Efectivamente, los seis puntos están hilados dentro de una historia (debe ser esto a lo que llaman storytelling) en la que Johnny Bunko es el protagonista junto con una especie de «hada madrina» bastante llamativa que aparece cuando rompe unos palillos de madera para darle consejos. Encima el formato desenfadado del dibujo lo hace de fácil digestión… y fácil recuerdo.
En definitiva, si nos ciñésemos a las «seis lecciones», el libro sería básicamente uno de tantos libros de «autoayuda profesional». Es su formato el que lo hace destacar en tu memoria… lo cual es una valiosa lección a tener en cuenta.

Crisis migratorias y vasos comunicantes

Todavía recuerdo el dibujo hecho en la pizarra. El profe de física nos explicaba el principio de los vasos comunicantes, cómo si en dos recipientes comunicados se vertía un líquido, éste se distribuía en los recipientes hasta alcanzar la misma altura en ambos independientemente de su forma y también (y esto me maravillaba) de su volumen. Si los recipientes están convenientemente separados cada uno se comporta de forma autónoma, pero en el momento en el que se unen la presión del líquido se distribuye de forma homogénea hasta el punto en que (y aquí recurro a la wikipedia), «la presión hidrostática a una profundidad dada es siempre la misma».
El concepto de los vasos comunicantes viene con frecuencia a mi cabeza cuando leo noticias y veo imágenes relacionadas con los movimientos migratorios. Estos días nos asaltan de forma explosivamente dramática (los naufragios en el Mediterráneo, las multitudes a las puertas de Macedonia, los cadáveres en un camión en Austria…), pero no dejan de ser parte de un fenómeno mucho más amplio que se desarrolla de forma continua y habitualmente lejos de las portadas de los medios de comunicación (y por lo tanto de nuestros ojos).
Vivimos en un mundo compartimentado. Recipientes poco y mal conectados. De los 7.000 millones de habitantes del mundo (*), unos 1.000 viven con unas condiciones de «ricos» (medido en términos de PIB per cápita están aproximadamente en $45.000), mientras que los 6.000 millones restantes viven en condiciones de «pobres» (la décima parte del PIB per cápita que los ricos, del orden de $4.500). Eso haciendo una separación muy gruesa (que tiene no poca dispersión dentro de cada grupo). En mi metáfora, esto son dos recipientes separados. Uno estrecho (el de los 1.000 millones de ricos) donde el líquido (la riqueza per cápita) llega muy arriba, y otro muy ancho (el de los 6.000 millones de pobres) donde el líquido cubre el fondo y poco más.

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Pero no, es ilusorio pensar que esos recipientes están efectivamente separados. A pesar de los controles fronterizos, las personas se mueven (tanto de forma legal como ilegal) entre países. Y no solo huyendo de guerras y persecuciones, sino simplemente buscando unas mejores condiciones de vida. Y así nos encontramos con miles de personas dispuestas a trabajar por una fracción de lo que pedimos nosotros (pero aun así, varias veces lo que conseguían en su país de origen a donde incluso son capaces de enviar fondos), «quitándonos nuestros trabajos» (odio esa expresión), «aprovechándose de nuestros servicios» (otra que tal), etc.
Y en realidad ni siquiera hace falta que se muevan: basta con que en sus países de origen empiecen a prosperar para que los flujos económicos empiecen a cambiar de signo. Si un país pobre empieza a montar fábricas y a producir más barato que los países ricos, gracias al mercado mundial (recordemos que la Tierra es plana) se incrementa su producción y disminuye la del país rico. Más trabajo y mejores condiciones de vida para el pobre (todavía a años luz de los ricos, pero más cerca que antes), empeoramiento en el país rico.
Claro, el segmento que comunica los dos recipientes no es muy ancho. Hay fronteras, hay «inmigrantes irregulares» a los que se expulsa, hay restricciones al comercio internacional, etc. Pero no hay una separación total (creo que es imposible que la haya… ni cuando se construyen muros físicos se consigue), así que lo lógico es que los acontecimientos sigan (despacito, pero de forma inexorable) su curso.Y que acabemos en una situación parecida a esta otra en la que los dos recipientes se han unido. El volumen total de líquido (la riqueza mundial) se reparte de forma homogénea entre los 7.000 millones de habitantes del mundo. Eso implica que los pobres mejoren su situación (pasando de 4.500$ hasta los 10.000$ de media mundial… parece poco, pero supone que 6.000 millones de personas dupliquen su riqueza), a costa los ricos, que verán como esa transferencia de riqueza a «los pobres» tiene un impacto brutal en su riqueza per cápita (de los 45.000$ a los 10.000$)

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Desde luego, las personas no son «líquidos». La demografía no es «física». Podemos esperar que el progreso haga que la riqueza mundial se expanda, que la tarta se haga más grande. Lo que queráis. Pero sea como sea, a mí me parece de cajón que en un mundo como en el que vivimos las cosas vayan tendiendo al equilibrio. No vivimos «crisis migratorias» (como quien tiene un resfriado que se cura) sino un proceso crónico, que a veces cursará de forma más silenciosa y que a veces tendrá estallidos de notoriedad. Y podemos esperar que ese equilibrio supondrá un impacto brutal para nosotros «los ricos» (… sí, porque si estás leyendo esto es muy probable que estés en este grupo). Ellos («los pobres») son muchos más, y quieren prosperar. Y nosotros somos menos, y tenemos lo que ellos quieren.
(*) Las cifras son aproximadas; no buscaba «exactitud» sino órdenes de magnitud