Lo mejor del blog en 2016

12 años de blog, y creo que nunca había hecho esto: un post recopilatorio con «lo mejor del año».
Dice la ley de Sturgeon que «el 90% de todo es mierda«. He cerrado el año con casi 100 posts publicados, así que aplicando ese criterio solo 10 serían rescatables. No estoy necesariamente de acuerdo con Sturgeon, pero me he forzado a limitar mi lista a ese 10%; son éstos:

  • Cinco reflexiones sobre design thinking y Trece ideas de scrum que puedes aplicar en tu gestión reflejan mi acercamiento durante este año a las metodologías ágiles. Siempre me he sentido filosóficamente cercano a ellas, pero este año he hecho un esfuerzo por consolidar mi conocimiento y sobre todo por encontrar fórmulas para su aplicación.
  • Las historias de profesionales independientes me han permitido cambiar impresiones con un puñado de gente maja, y reflexionar sobre este rol (y sobre todo esta mentalidad) que estoy convencido de que representa el «futuro» (presente) para cada vez más personas. Estoy además muy agradecido a todos los participantes, por vuestra disposición para colaborar… en serio, significa un montón para mí.
  • Cuadernos Rubio para el desarrollo profesional es un texto que ha traído mucha cola. Muchas reflexiones sobre el aprendizaje han evolucionado a partir de él, y una «línea de acción» de cara al futuro a la que veo sentido y que me entusiasma. Desarrollar nuestras habilidades es algo fundamental, y a la vez algo a lo que prestamos (a nivel individual y corporativo) muy poca atención. Algo habrá que hacer al respecto.
  • Nos creemos cualquier mierda, una alerta (para los demás pero sobre todo para mí mismo) de nuestros sesgos cognoscitivos, de lo fácil que somos de manipular, y de la importancia del pensamiento crítico como herramienta fundamental para andar por el mundo
  • Siete reflexiones y una caldera estropeada. Porque la vida cotidiana puede ofrecernos un montón de momentos de reflexión y de aprendizaje, si la miramos con atención.
  • De las ideas al impacto: aterriza como puedas y Estoy moreno porque me pongo al sol. Dos apuntes sobre una idea que me ha obsesionado este año: pasar de «la mente» (donde estoy muy cómodo, muy calentito) a la acción. Sin acción no hay impacto, sin acción no hay cambio. Sin acción no pasa nada de lo que quieres que pase. Hay que hacer, aunque te lastimes en el proceso.
  • Manual de instrucciones para días nublados plasma otro vector sobre el que ha transcurrido mi vida durante este año: el autoconocimiento y la autogestión, especialmente a nivel emocional. Convencerse de que hay herramientas y metodologías para observarnos, para identificar qué nos pasa, para tomar perspectiva y para dar una respuesta qué más nos beneficie.
  • Y para cerrar la lista, el post de mi cumpleaños. Cuarenta. Una declaración de intenciones a la que espero seguir siendo fiel.

Aprovecho la ocasión para daros las gracias a todos los que me leéis, especialmente a los «habituales», y dentro de esos especialmente a los que lleváis más años haciéndome compañía. Escribir el blog es una de las cosas que más me gustan, y saber que estáis al otro lado es uno de los factores clave.
Nos vemos en 2017 🙂

¿Teson y constancia? ¿Yo?

Ayer este blog cumplió 12 años. 1730 entradas (1731 con ésta).
Comentándolo en mis redes sociales, unos cuantos amigos amables me felicitaban. «Enhorabuena por el tesón y la constancia», me decían. ¿Cómo? ¿Tesón y constancia? ¿Yo?
Cuando pienso en cosas en las que debería «seguir el ejemplo de otros», una de las primeras que se me vienen a la cabeza es precisamente esa. La constancia. La disciplina. El coger una cosa y mantenerla, pim, pam, pim, pam, hasta terminarla. Me pasa con demasiada frecuencia que cojo un tema, juego con él durante unos días/semanas, pierdo el interés y ya estoy buscando algo nuevo. Esa es la historia, al menos, que yo me cuento.
Pero luego aparece, como contraejemplo, el blog. 1730 entradas en 12 años. ¿No decías que no eres constante? Pues ya me explicarás…
Lo curioso es que yo nunca he vivido la experiencia del blog como un «sacrificio» que requiriese de «constancia», de «disciplina». No lo fue al principio, «tengo que poner en marcha un blog, tengo que tener un plan editorial, decidir de qué hablar»… era más bien un juguete con el que estaba encantado y disfrutaba como un enano. Tampoco lo fue en esas etapas menos productivas, en plan «venga, a ver si me pongo con el blog que lo tengo abandonado». He escrito en él cuando me ha apetecido, lo he dejado cuando no me llamaba decir nada, y he vuelto cuando me ha salido de dentro. Y así, de esa forma tan natural y orgánica, es como he llegado hasta aquí.
Esto me ha hecho reflexionar sobre la motivación, sobre cómo hay cosas que acaban saliendo de forma natural y casi inevitableefortless doing«) mientras otras no hay forma de conseguirlas. Cómo hay cosas que se adaptan mejor a la forma de ser de uno, y hasta qué punto podemos actuar para que sea de otra manera o si tiene sentido «emperrarse» en algo que no fluye.
También sobre los pensamientos limitantes, esas «historias que nos contamos a nosotros mismos» para las que no dejamos de encontrar ejemplos («¿Lo ves? Lo que yo decía») mientras ignoramos todo aquello que desmonta nuestra creencia. Y cómo un proceso consciente de «indagación apreciativa» puede ayudarnos a resquebrajar esas creencias, abriendo las puertas a aceptar que las cosas, quizás, son de otra manera.
Y así, reflexionando reflexionando, son ya 1731.

Mis fracasos llevando diarios

Recuerdo la primera vez que intenté llevar un diario. Calculo que tendría… ¿13 años? Fue un cuadernito normal, de los cuadriculados del colegio. No recuerdo por qué lo empecé. Curiosamente, recuerdo al menos dos de los temas sobre los que escribí. Recuerdo dónde lo escondía, debajo de la cadena de música que tenía junto al cabecero de la cama. También recuerdo que no escribí mucho más, y me parece que pasados no muchos días arranqué lo que había escrito y lo tiré: demasiado personal como para estar por ahí rondando.
Supongo que ése fue uno de los factores de «rozamiento» que impidieron que el hábito se formase. Esa sensación de falta de privacidad, de tener un cuaderno por ahí suelto con pensamientos muy personales que pudiera caer en manos de mi hermana o de mis padres. Incluso el hecho de que me vieran escribiendo en un cuaderno, o guardándolo, y verme en la tesitura de explicar que estaba llevando un diario, ya me suponía una barrera. Quería que fuese algo de mí para mí, sin que su contenido ni su mera existencia fuese algo conocido.
A lo largo de los años me he sentido atraído varias veces por esa idea de «llevar un diario». De alguna manera, el blog (esta semana cumplirá 12 años. 12 años, manda huevos) o el twitter han cumplido parte de su función. Pero claro, no es lo mismo. Su naturaleza pública hace que en temáticas y en tono sean vehículos muy acotados. De vez en cuando se escapan algunas gotitas de sentimiento, de obsesiones… pero pasadas por el tamiz de la conciencia de que es algo que otros pueden ver. Así que hay todo un mundo de intimidad que se queda fuera.
Dicen que llevar un diario es beneficioso. Que poner por escrito lo que tienes en la cabeza ayuda a ser más consciente, a interrumpir las rumiaciones, a poner orden. Que el proceso reflexivo que se produce al escribir ayuda a tener más claridad, a descubrir nuevos enfoques. La revisión a pasado ayuda a recordar, a detectar patrones en tu pensamiento y en tu comportamiento, a poner en perspectiva las cosas.
Todo esto son cosas que, en mis (siempre breves) experiencias sí he sentido. Y sin embargo, hasta hoy no he sido capaz de sostener el hábito. Me da el punto, empiezo… pero a los pocos días el esfuerzo se va espaciando, y acaba por diluirse por completo. He probado a utilizar aplicaciones como Journey, he probado con el cuaderno tradicional, incluso con un formato gráfico (acompañando las palabras de dibujos). He leído sobre bullet journaling, sobre 5 minutes journaling, sobre morning pages. Me he enfrentado a la sensación de «bueno, y qué se escribe aquí»; pero cuando he intentado seguir formatos un poco más dirigidos tampoco me he sentido cómodo («esto es demasiado rígido, siento que me estoy repitiendo»). Cuando escribo mucho tengo la sensación de que «me enrollo demasiado»; formatos más breves me dan la sensación de que no capto todo, ni con toda la profundidad y matices. Cuadernos bonitos, cuadernos feos. Grandes y pequeños. En el fondo, da igual; tengo claro que el problema no es por no haber dado con «la herramienta/formato perfecto», si no por una falta de hábito. ¿Y por qué? Buena pregunta. Está claro que no he conseguido encontrar un hueco, un ritual que pueda utilizar de forma consistente para hacer esa reflexión diaria. Llega la noche (que es cuando siento que debo hacerlo por aquello de «recapitular el día», aunque hay quienes sugieren que hacerlo por la mañana también es útil), y ya me he desentendido del escritorio, y voy del sofá a la cama. No soy de escribir en la cama (algo que hay quienes sí hacen) así que ese rato se me escapa.
Pero seamos serios. «If there’s a will, there’s a way». El que realmente quiere algo busca la forma de hacerlo, y el que no quiere se busca una excusa. Hoy, repasando un puñado de hojas de uno de mis intentos (de 2014) me ha dado por pensar una cosa: he visto una serie de «pensamientos recurrentes». Cosas que me preocupaban en 2014, igual que recuerdo que me preocupaban años antes, igual que me preocupan ahora. He tenido la sensación de «no avanzar», y no me ha gustado. Esto me lleva a sospechar que llevar un diario me obliga a enfrentarme a cosas que no me gustan de mí mismo. Esa exigencia de reflexionar pone de manifiesto incoherencias, lados oscuros, limitaciones. Cosas que no son cómodas. Y como no me gusta verlo, lo más fácil es «matar al mensajero». Y luego racionalizarlo con una excusa a elegir.
Precisamente hoy leía en una de esas anotaciones una frase: «Si no te gusta lo que ves en el espejo, no le culpes a él». Vaya con el diario.

Locales

Cuando voy caminando por la calle, me gusta ir fijándome en los locales comerciales. En los ocupados, y en los vacíos.
Me gusta echar un vistazo dentro, ver qué venden, cuánta gente hay. Mi mente de «economista» intenta hacer un bosquejo de la viabilidad del negocio: ¿cuáles son los costes? ¿cuáles los ingresos? ¿esto da para ser rentable? Reconozco que muchas veces no me salen las cuentas. ¿Cómo es posible que este chiringuito salga adelante? He tenido contacto con algunos pequeños negocios, y sé que hay que remar mucho para que las cuentas cuadren. Y hay «negocios» que me llaman mucho la atención, porque soy incapaz de entender qué cuentas de la lechera se habrá hecho el promotor para meterse en ese lío. Luego la realidad se impone y, cuando al cabo de unos meses ves el negocio cerrado, piensas: «joder, si es que era de cajón». Aunque he de reconocer que otras veces veo cómo el negocio permanece (¿ganando dinero?), y pienso «algo hay que me estoy perdiendo».
También suelo mirar los locales vacíos (¡cuántos hay!). Me da por elucubrar: «¿y si abriese yo un negocio?». Lo he pensado muchas veces a lo largo de los años, pero siempre llego al punto de bloqueo. ¿Qué negocio podrías poner, que «funcionase»? ¿Qué necesidad no cubierta existe? ¿Qué valor puedes aportar? Como cliente… ¿qué negocio echas en falta, por qué estarías dispuesto a pagar (a ser posible mucho y de forma recurrente)? Y no me salen demasiadas respuestas claras.
Siempre me ha llamado mucho la atención la mentalidad del «emprendedor», del «negociante», del que se lía la manta a la cabeza y dice «venga, yo abro y a ver qué tal va». Y se mete en gastos, reformas, decoración, publicidad, stock (las inversiones en el «mundo físico» siempre me impresionan)… y hala, a torear. Y luego si sale, bien; y si no pues a cerrar y a probar otra cosa.
Hay algo cierto, y es que a algunos les funciona. Pero no puedo dejar de pensar en todos aquellos a los que no, los que reman como locos para al final tener que rendirse, con suerte sin haber perdido demasiado dinero en la aventura.

La buena gestión empieza por uno mismo

¿Qué es un gestor? Hace tiempo reflexionaba que

La gestión es un “área técnica” en sí misma, una serie de conocimientos, habilidades, herramientas… que tienen que ver más con “la labor de dirigir” que con el contenido específico de “lo que estoy dirigiendo”

Sobre esta base, creo que ser un «buen gestor» es sobre todo cuestión de saberse gestionar a uno mismo. Si eres capaz de dominarte a ti mismo, serás capaz de adquirir y desarrollar esa serie de habilidades necesarias para gestionar. Y luego, en tu día a día, serás capaz de aplicarte en el uso de esas técnicas y herramientas. No tienes que inventar, no tienes que tener «talento». Simplemente seguir las instrucciones.
Hay infinidad de recursos que te explican cómo hacer un análisis de negocio, cómo definir una estrategia, cómo hacer unos presupuestos, cómo gestionar equipos, cómo ejecutar un plan, cómo establecer objetivos, cómo gestionar conflictos, cómo realizar entrevistas… lo que quieras. Ahí están, a un click de distancia. Solo hay que poner foco, y ejecutar. Solo con eso seguro que alcanzas un nivel de solvencia notable.

Me atrevería a decir que es un importante factor de éxito, que está al alcance de cualquiera. Cíñete al puñetero guión. Elige la metodología, el proceso, la herramienta… que te de la gana, y luego cíñete a lo que has elegido. Hazlo el tiempo suficiente, y con el rigor necesario, como para poder valorar si funciona o no. Consolida. Y luego, si tienes que refinar, refina. Si puedes adaptar, adapta. Pero para entonces seguro que ya estás varios pasos más cerca de lo que querías conseguir, y desde luego mucho más cerca que si vives a base de improvisación e impulsos.

Así pues, más que encontrar la herramienta definitiva o la idea brillante, la labor del gestor es sobre todo la de desarrollar sus habilidades y la de aplicarlas de forma consistente, buscar la «maestría» en ese ámbito específico de la gestión.

Me encanta que los planes salgan bien

¿Qué tal funcionó mi charla del otro día? Bueno, recibí reacciones positivas tanto en directo como en la red, pero asumo que eso no es significativo. Seguro que también hubo a quien no le convenciera, y no dijo nada (tampoco me tiraron tomates, eso es verdad). Yo desde luego estoy satisfecho, como siempre pensando en cómo hacerlo mejor la próxima vez. Pero hay algo de lo que estoy seguro: salió exactamente como estaba previsto que saliese.
Seguí el guión que tenía planificado. No divagué, ni me perdí, ni me dejé ningún punto relevante en el tintero. Encajé un par de chascarrillos. En definitiva, trasladé el mensaje que quería trasladar, y me ceñí rigurosamente al tiempo previsto, sin tener que hablar deprisa, ni saltarme ningún trozo, sin dar vueltas en bucle para ganar unos segundos porque me hubiese quedado corto.
¿Casualidad? No. Tampoco talento. Simple preparación, algo que está al alcance de cualquiera.
Hace semanas que empecé a pensar «qué quería contar«, cuál era la idea principal que quería transmitir y cómo montar el hilo argumental que me permitiera darle soporte. Porque de eso se trata, uno se sube a un escenario para contar algo. Sobre esa base he ido profundizando, afinando el discurso, añadiendo un poco de aquí y quitando un poco de allá, buscando datos y anécdotas, intentando darle equilibrio, coherencia y sentido.
En paralelo he ido trabajando el aspecto gráfico de la presentación: sencillo pero aparente, visual, coherente con el discurso. Lejos de las «plantillas estándar», cuidando un poco los detalles. Aplicando algunos criterios básicos de diseño que no cuestan nada.
Muchos días antes recibí las instrucciones de la organización: 20 minutos, 11 slides, una plantilla estándar. Contrasté con ellos si el asunto de la plantilla era «negociable». Lo era, así que pude seguir con mi plan original. Si no lo hubiera sido, hubiese tenido tiempo más que de sobra para adaptarme, nada de sorpresas de última hora. La restricción de minutos y slides sí me hizo aligerar la charla, y busqué cómo hacerlo manteniendo el espíritu y la lógica argumental; algo más sencillo cuando la diseñas «de arriba abajo», puedes eliminar niveles de detalle manteniendo los grandes bloques.
Pasé la charla a dos o tres personas de confianza, para que me dieran su feedback. Incluso pregunté en twitter por un par de matices, a ver qué tal sonaban. Cambié un par de cosas en función de las aportaciones recibidas; es algo que me cuesta en general, pero cuatro ojos ven más que dos, y alguien «de fuera» puede ver tu trabajo con más claridad que tú mismo.
Y ensayé. Cogí la presentación, y la recité durante varios días, varias veces en mi cabeza, otras más en voz alta. Primero leyendo, luego siguiendo de memoria. Midiendo tiempos, siendo consistente en lo que contaba y en cómo lo contaba, asegurando que siempre tardaba más o menos lo mismo en cada bloque y, por extensión, en el total. Tomando referencias que me permitiesen saber, en vivo y en directo, si iba ajustado o no y corregir si fuese necesario.
La presentación la envié a la organización con varios días de antelación a la fecha límite. No había lugar a cambios de última hora, ni a volverles locos. El trabajo ya era de puro repaso, y así fueron los últimos días: asegurarse de que todo estaba en mi cabeza y que salía con fluidez. Incluso durante el viaje pude repasar mentalmente el hilo otro par de veces.
Y llega el momento de subirse al escenario. Y claro, hay nervios, porque da igual las veces que lo hayas hecho un auditorio con decenas de personas impone respeto. Pero empiezas a contar lo que has contado ya tantas veces en tu cabeza, y entras casi en «modo automático». Y mientras hablas, como lo tienes automatizado, tienes tiempo para ver reacciones, para controlar el tiempo, para meter una pequeña improvisación. Y miras al reloj y ves que vas justo sobre el timing previsto. Y llegas al final y ves que quedan 30 segundos, los justos para hacer el cierre. Y después de un par de preguntas, te bajas satisfecho pensando que has hecho justo lo que querías hacer.
Habrá quien piense que «menudo repelente», que qué asco doy :D. No podría importarme menos. Para mí era importante que saliese bien, por prurito profesional y por respeto a quienes me van a escuchar. Y por eso le dediqué tiempo y cariño a la preparación. No quería, en una presentación de 20 minutos, excederme 10 o quedarme 5 por debajo. No quería dejar cojo el argumento porque me olvidase de algo. No quería hacer una presentación frankenstein a última hora, mientras iba en el tren. No quería hablar muy rápido y atropellando ideas porque intentas meter en 20 minutos una presentación diseñada para 50. No quería amontonar texto en una diapositiva para que todo encajase. Simplemente, quería que saliese bien.
Decía Bill Walsh que, con la adecuada preparación, «score takes care of itself». La mayor parte en esa preparación no hay magia, ni talento especial, ni herramientas maravillosas… solo diligencia. Woody Allen lo expresa diciendo «80% of success is showing up». Las cosas pueden salir mejor o peor, pero que no sea porque tú no has hecho tu parte.

Run to the hills: aprender (más y mejor) como estrategia de supervivencia profesional

En noviembre en Sevilla «estrené» la charla que he había estado preparando durante semanas. «Run to the hills: aprender (más y mejor) como estrategia de supervivencia profesional»

La idea fuerza es que vivimos en un mundo complicado, que nos obliga a reinventarnos constantemente. Y que, en este escenario, desarrollar nuestras habilidades es una estrategia que incrementa nuestras posibilidades de que nos vaya bien. Pero es importante definir «qué aprender», y sobre todo, «cómo aprender» para que los resultados sean los mejores posibles.
La charla pivota sobre varias de mis «obsesiones» últimamente: la tecnología y su relación con el empleo (aunque no es solo la tecnología; es la demografía, es la globalización, es el ritmo acelerado de la innovación…), y el desarrollo profesional como respuesta. Pero no «cualquier desarrollo profesional», si no uno que de verdad permita expandir nuestras capacidades.
Creo que el resultado está bastante bien armado. Estoy disfrutando al profundizar en esta temática, y además creo que es uno de los «grandes temas» del futuro. Mi enfoque, además, se centra en lo que podemos hacer cada uno de nosotros, aquí y ahora.
Mi objetivo es seguir tirando de este hilo. La charla, tal y como la tengo, permite hacer intervenciones cortas (como los 20 minutos de esta charla) o profundizar más en sesiones más largas. Estoy buscando activamente ocasiones para darle visibilidad (tanto en el ámbito educativo como en el profesional; creo que en ambos contextos tiene sentido como llamada de atención y como guía de actuación), así que si lees esto y crees que puede resultar interesante estaré encantado de que hablemos.
También he puesto en marcha un espacio en Facebook (Skillopment) para compartir allí recursos, enlaces y demás cosas de interés relacionadas con esta idea (como dicen los youtubers, «like & suscribe» :D).
Irán viniendo más cosas. De momento, me gusta el color que está cogiendo :).

Los sueños de Jiro

Jiro hace sushi. Lleva haciéndolo 80 años. Tiene un pequeño restaurante (10 asientos) en Tokio. Y tres estrellas Michelin.
Jiro’s dreams of sushi cuenta su historia, y su filosofía de trabajo. Esa que le lleva a seguir trabajando a diario a sus 85 años (en el momento del documental), esa que le lleva a seguir pensando en mejorar, esa que le ha llevado a la excelencia.
Éstas son algunas de las cosas que me parecen destacables de la historia de Jiro:

  • El camino a la maestría: a través de su propia historia, y de la de quienes trabajan con él (incluyendo sus hijos), Jiro transmite la idea del «shokunin«. El conjunto de dedicación, de pasión, de exigencia, de constancia… que te impulsa siempre a mejorar. El aprendizaje es largo, nunca termina.
  • El valor de la experiencia: «veo cosas que otros no ven, porque llevo décadas haciéndolo»; «lleva años desarrollar esa intuición». El aprendizaje (el de verdad) deriva en esto, en que acabas desarrollando superpoderes. En que terminas haciendo de forma natural y «fácil» cosas que a otros les parecen imposibles.
  • Excelencia es exigencia: cuenta uno de sus cocineros cómo, durante su aprendizaje, tuvo que repetir decenas y decenas de veces un plato hasta que se lo aprobaron. Cuando van al mercado, descartan montones de piezas porque solo quieren lo mejor; y si eso implica volver sin ese producto, vuelven sin ese producto. El pulpo se masajea durante 50 minutos para que se haga tierno. Todos los platos se prueban y, si no están perfectos, se rehacen. Etc. Si quieres ser excelente, el listón debe estar alto y debes respetarlo.
  • El poder de la especialización: Jiro hace sushi. Y nada más que sushi. No hay aperitivos, no hay distracciones. Su restaurante es especializado, trabaja solo con proveedores especializados. Solo así, mediante el foco, consigue elevar su nivel de conocimientos y, a través de eso, incrementar su valor.
  • Lo pequeño es hermoso: Jiro tiene un restaurante pequeño. No ha sucumbido a la tentación de tener un restaurante más grande. O de franquiciar. De dedicar tiempo a otras cosas que no fuesen su oficio. Quizás hubiese ganado más dinero, pero quizás el dinero no es lo más importante.
  • La cultura de lo personal: Jiro está en su restaurante. Todos los días, mañana y noche. Atiende a los clientes, les despide. Sigue haciendo tareas en el día a día. Enseña y supervisa a su pequeño equipo. Está encima de los detalles. Quizás de forma obsesiva. Pero así es como consigue que las cosas sean exactamente como quiere que sean.

La pregunta es… ¿podemos ser tú o yo como Jiro? ¿Deberíamos seguir su ejemplo? ¿O es que Jiro ha acabado siendo así porque estaba en su naturaleza, y solo desde ahí se entiende su forma de ser y de actuar? ¿Es su camino al éxito el único camino posible?

Sistemática-mente: la importancia de ceñirse al guión

Cuando el otro día extraía 13 ideas sobre Scrum que puedes aplicar en tu gestión, hubo una que se me quedó dando vueltas. En concreto, la de «Respeta los procesos y las herramientas, aunque parezca aburrido»
Podemos hablar de Scrum. O de GTD. O de cómo gestionar una reunión. O de cómo hacer un brainstorming. O como gestionar tu información. O de un proceso de gestión comercial, o de calidad total. O de una rutina de entrenamiento. O de una dieta de adelgazamiento. O de una fórmula para ordenar tus armarios. Da lo mismo. Hay decenas de situaciones para las que se han definido «fórmulas» para guiar la acción y que, si se siguen adecuadamente, dan resultados.
«Si se siguen adecuadamente». Y ahí está el quid de la cuestión.
Muchas veces nos encelamos en buscar «la herramienta perfecta», o «el proceso perfecto». Aquella que sí, de una vez, nos permita obtener los resultados que queremos. Y lo que suele pasar es que las herramientas, las instrucciones, ya existen; quizás no perfectas, pero sin duda más que suficientes. Pero no seguimos las instrucciones, no nos ceñimos al guión. Quizás sí al principio, pero rápidamente nos desenganchamos: porque nos aburrimos, porque «lo damos por sabido», porque «bueno, esto no es tan importante y me lo puedo saltar», porque «esto lo voy a hacer a mi manera», porque «a mí me gusta ser más flexible». Pedimos herramientas pero, cuando las tenemos, no las usamos como debemos, nos dejamos ir. La cabra tira al monte, y pasados un tiempo volvemos a estar donde estábamos. Y entonces le echamos la culpa a la herramienta, «es que no funciona», y vuelta a empezar. Algo perfecto para los fabricantes de métodos y herramientas, que te venderán la enésima regurgitación de lo mismo («eh, pero ahora sí, éste sí que es el método definitivo y revolucionario»). Pero el problema no está ahí. La mayoría de los problemas, y de sus soluciones, tienen las letras gordas. Solo hay que seguir las instrucciones.
No sé hasta qué punto estoy proyectando aquí mi forma de ser (porque sí, éste es uno de mis talones de Aquiles), pero lo cierto es que cuando miro alrededor creo que es algo bastante generalizado.
Y me atrevería a decir que es un importante factor de éxito, que está al alcance de cualquiera. Cíñete al puñetero guión. Elige la metodología, el proceso, la herramienta… que te de la gana, y luego cíñete a lo que has elegido. Hazlo el tiempo suficiente, y con el rigor necesario, como para poder valorar si funciona o no. Consolida. Y luego, si tienes que refinar, refina. Si puedes adaptar, adapta. Pero para entonces seguro que ya estás varios pasos más cerca de lo que querías conseguir, y desde luego mucho más cerca que si vives a base de improvisación e impulsos.

Dos formas de discutir

Hace un tiempo estaba pasando un rato en Facebook, y me crucé con un contenido de un tipo (el típico «amigo de un amigo») que decía algo con lo que no estaba de acuerdo o que, cuanto menos, me parecía matizable. Y me dio por ponerle un comentario.
«Error de novato», diréis. Bueno, no sé. Es verdad que entrar en una conversación con un desconocido no sabes dónde te va a llevar, pero esa incertidumbre opera también en positivo: quién sabe, igual de ahí sale un intercambio interesante, un aprendizaje, una nueva relación. En fin, que de ese primer paso no me arrepiento.
El caso es que el tipo respondió con aspavientos, exageraciones y un par de falacias de libro. Me sorprendió la virulencia de la respuesta. Aun así (y aquí sí, error total) volví a contestar, intentando señalar sus falacias y volver a llevar la conversación al terreno del «intercambio de ideas». Por supuesto, en vano. El tipo volvió a sacar sus recursos de tahúr dialéctico. Ahí ya le señalé su evidente falta de voluntad, y di por perdida la conversación, a la que además se habían unido un par de palmeros de esos que solo buscan aprobación del líder de la manada. Aun así añadí un par de argumentos pero ya sin esperanza ninguna, simplemente por acabar de pasar el rato.
Aquel intercambio me dejó bastante pensativo. Al final te das cuenta de que en el mundo hay dos tipos de personas a la hora de discutir.
Hay unos que discuten de buena fe. Son los que plantean argumentos, los que escuchan al otro, los que están dispuestos a asumir que puede que estén equivocados y que el otro tenga razón, los que buscan entender razones ajenas, los que intentan explicarte las suyas con paciencia y buena voluntad. Son los que mantienen la conversación dentro de los límites del respeto y que tras terminar, se llegue a una conclusión conjunta o no, son capaces de apreciar el valor de esa conversación. Una discusión de este tipo es enriquecedora, es satisfactoria por sí misma. Te da la oportunidad de aprender, de poner a prueba tus convicciones y tus argumentos, de entender otros puntos de vista, de cambiar de opinión o de reafirmarte en la que ya tenías.
Y luego hay otros que no buscan nada de eso. Solo «ganar», a cualquier precio. Solo escuchan al otro para ver por dónde pueden manipular lo que dicen, prestos a señalar los errores ajenos pero incapaces de reconocer (y no digamos rectificar) los propios. Los que en cuanto pueden usan trucos sucios, falacias argumentales. Los que entienden cualquier concesión como una debilidad. Los que se victimizan, los que hacen aspavientos, los que buscan a otros para meter bulla. Y con esta gente no merece la pena discutir. Nada, cero. No tienes nada que ganar, no vas a convencerlos de nada, no vas a aprender nada. Como se suele decir, «no pelees con un cerdo; acabaréis los dos llenos de barro solo que el cerdo lo disfruta». Lo mejor que puedes hacer cuando detectas este tipo de personajes es hacer mutis por el foro, «pa ti la perra gorda» y santas pascuas. No llevarte ni medio sofoco.
Quiero creer que yo estoy en el primer grupo, al menos la mayor parte del tiempo (igual desde fuera se ve distinto). Ocurre que, a pesar de toda esta reflexión, me sigo viendo de vez en cuando en situación de discutir con el segundo tipo. Imagino que me puede la vehemencia, la seguridad de «tener razón» o la petulancia de demostrar que «te equivocas». O quizás sea la ilusión de creer que a lo mejor es de los primeros, de los que me va a dar una conversación satisfactoria. A lo mejor tardo demasiado en detectar las señales, y acabo dándome cuenta de que he perdido el tiempo y la energía en una discusión inane, y me siento bastante estúpido.
Hace tiempo me planteé que no tenía sentido «intentar convencer a nadie» de mis puntos de vista ni hacerles ver que están equivocados. Que no gano nada, que para qué perder el tiempo, que allá cada uno. Que debería guardar mis opiniones para mí, y dedicarme a lo mío. Me temo que no siempre lo consigo, como atestiguan 12 años de blog y más de 37.000 tuits :/ . Aun así, procuro evitar «temas polémicos» (de nuevo, no siempre lo consigo) o evitar discusiones del segundo tipo. Espero hacerlo cada vez mejor; viviremos todos más tranquilos.