Entrevistado en Kenso


Me hizo mucha ilusión que Jeroen y Enrique me propusiesen una entrevista para su podcast Kenso. Es un podcast que empecé a escuchar desde sus inicios, hace unos meses, y que me gusta por el tono, por el carácter variado de los invitados, y por los temas de los que trata. Me siento muy cercano a cómo enfocan la productividad, el desarrollo personal, la gestión de uno mismo…
Así que para mí fue un placer charlar durante un buen rato con ellos. Hablamos de consultoría artesana, de knowmads, de aprendizaje y de desarrollo de habilidades… Cuando acabó tuve la sensación de haber dejado un buen resumen de «mi forma de ver las cosas». ¡Mérito de los entrevistadores!
Puedes escuchar la entrevista en la web de Kenso, en cualquier aplicación de podcasts, o aquí mismo.

[Entrevista] Jacobo Feijóo sobre aprendizaje, narrativa y juegos

Te traigo un nuevo episodio del podcast de Skillopment, en esta ocasión con Jacobo Feijóo. Jacobo se define como «diseñador de juegos, storyteller, copywriter»… pero es toda una fuerza de la naturaleza, que habla con pasión desbordante de todo lo que le interesa. Se autodefine como un «toxicómano del conocimiento», y sobre esa base hablamos sobre aprendizaje, sobre la narrativa y cómo ésta es útil para aprender… y un montón de cosas más.
Recuerda que puedes revisar todos los episodios del podcast, y suscribirte al mismo tanto en iVoox como en iTunes.

Éstos son los temas que han ido saliendo en la conversación:

  • 00:50 – Presentación de Jacobo. ¿Cómo acaba un abogado de formación escribiendo novelas y dedicándose a diseñar juegos? Hablamos de perfiles poliédricos vs. la (mala) costumbre de intentar reducirnos a una etiqueta.
  • 05:15 – La comunicación como un elemento monolítico, único para todos… frente a la visión de la comunicación adaptada a cada persona y a cada momento. Somos cosas distintas para personas distintas en momentos distintos, y la mejor comunicación es la que mejor se adapta a esa realidad.
  • 08:30 – El uso de herramientas como la narrativa, los juegos… para facilitar el aprendizaje. Son mecanismos que permiten a los expertos transmitirles a los «no expertos» conceptos sin caer en la maldición del conocimiento.
  • 14:00 – Cualquier «arte» tiene sus herramientas, sus técnicas… que se pueden aprender, practicar… y así dar forma a los mecanismos de relojería que, desde fuera, parecen «arte de magia». Precisamente hablamos de magia, de narrativa, de comedia… como ejemplos de artes que se pueden aprender.
  • 19:55 – Las herramientas funcionan por cómo se adaptan al funcionamiento de nuestro cerebro. Y lo mismo pasa con las herramientas para el aprendizaje, siempre asumiendo la existencia de preferencias individuales. Por eso es tan importante el autoconocimiento, para así diseñar nuestros procesos de aprendizaje «a favor» de nuestras características.
  • 27:25 – Dentro de ese autoconocimiento, uno de los elementos claves es entender cuáles son nuestras motivaciones. Hay quien aprende por estatus, otros por competición, o por curiosidad, o por ganar autonomía, o por reto…
  • 32:55 – El aprendizaje con esfuerzo vs. sin esfuerzo. Si no hay esfuerzo, es muy probable que sea un aprendizaje superficial y fácil de olvidar. Riesgo del aprendizaje cómodo y vacío… y cómo romperlo.
  • 40:25 – ¿No tenemos tiempo para aprender? ¿O, si queremos, podemos encontrarlo?
  • 45:05 – El carácter de puzzle del conocimiento, como los distintos aprendizajes que hacemos a lo largo de la vida tienen la capacidad de combinarse (a veces de forma inesperada, e incluso inconsciente). La importancia de crear nuestro mosaico referencial, de los conocimientos dispersos tan propios de los aprendiadictos.
  • 53:10 – Importancia de plantearse objetivos a corto plazo en el aprendizaje, dar pequeños pasos alcanzables… porque eso nos abre puertas, nos muestra hilos de dónde tirar… y a partir de ahí ya veremos por dónde avanzar de forma orgánica.
  • 59:15 – El aprendizaje como puertas que se abren, como generación de posibilidades que antes no existían, como ampliación del abanico de futuros posibles.
  • 1:01:05 – Jacobo cuenta los aspectos esenciales de su metodología Lean Gamification, los tres pilares que la sostienen (matemático, narrativo y emocional) y las herramientas que utiliza para aplicarla. Esta metodología se puede aplicar al diseño de juegos, formaciones, comunicación, productos…
  • 1:10:15 – Además de su presencia web, Jacobo cuenta su experiencia en el grupo de Telegram «Diseño narrativo». Hablamos del aprendizaje social, y de cómo a través de la relación informal con otros surgen oportunidades constantes de aprendizaje de manera muy orgánica.
  • 1:17:35 – Finalizamos con una de las facetas curiosas de Jacobo, como autor de libros del estilo «elige tu propia aventura», y de cómo en realidad el aprendizaje es una suerte de «elige tu propia aventura» para todos.

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¿Para qué quiero redes sociales?

Las redes sociales y yo

«Y tú, ¿para qué quieres redes sociales?»
Mi compañero Alberto y yo estábamos sentados en un chiringuito en Mallorca. Habíamos tenido una reunión por la mañana, y un avión nos esperaba unas horas más tarde. Habíamos aprovechado a comer, dar un paseo junto al mar, y sentarnos a tomar una cerveza mientras veíamos a la gente disfrutar de la playa.
La conversación transitaba, como de costumbre, por muchos sitios distintos. Y se paró en el tema de las redes sociales. Yo, tan «2.0». Él, tan alérgico al tema. Creo que yo estaba intentando convencerle de que explorase un poco más su perfil digital. Y entonces fue cuando me hizo la pregunta.
redes sociales para que
Abrí este blog en 2004, dentro de poco se cumplirán 14 años (¡¡14 años!!). Después vinieron Facebook, Twitter o Linkedin. Más tarde, Instagram. Y más recientemente Youtube y los podcasts. Lugares todos ellos en los que publico contenido de forma habitual.
Se supone que, a estas alturas, debería haber un «para qué» bien definido. Sería lo esperable para algo que hago de forma tan frecuente, y que debería marcar (eso dicen los gurús) lo que hago y lo que dejo de hacer. Y sin embargo, no es algo que nunca haya sido capaz de acotar y poner «negro sobre blanco».
Así que hoy, aprovechando que estaba dándole una vuelta (una más) al diseño del blog, la portada, las secciones… me puse a hacer la reflexión, intentando clarificar «para qué quiero las redes sociales».

Motivos para mantener mis redes sociales

Estos son los elementos que he identificado como relevantes para mí a la hora de enfocar mi presencia en redes sociales:

  • Son un ejercicio de autoreflexión: publico cuando algo me interesa o llama mi atención. Me obliga a estructurar aunque sea mínimamente mi razonamiento, a buscar y ordenar información, a explorar un poco más allá de la superficie.
  • Son un ejercicio de estilo: para escribir, para el lenguaje hablado, para el audiovisual, para hacer sketchnoting, para las fotos… cuando publico no estoy entrenando solo «el fondo», también «la forma». Publicar es una excusa para afilar mis capacidades.
  • Son un altavoz de ideas: no se trata de «ser la referencia mundial» en nada, ni de «cambiar el mundo». Pero si con mi labor puedo hacer que una serie de ideas, recursos, herramientas, reflexiones… que creo que pueden ser útiles y positivas lleguen a otras personas, creo que merece la pena hacerlo. Se trata de hacer de «infomediario», de amplificar esas ideas y hacérselas llegar a las personas (muchas o pocas) que me lean. De sembrar, dentro de mis posibilidades, lo que creo que merece la pena.
  • Son un medio para relacionarse con gente afín: llega alguien, te lee, compartes un par de conversaciones… el contenido es una excusa estupenda para iniciar y mantener relaciones con personas afines. No se me puede olvidar la cantidad de gente guay que he conocido a lo largo de los años gracias a todo esto.
  • Son un escaparate de mi marca personal: porque expresas lo que te interesa, porque muestras tu forma de ser y de pensar, de qué pie cojeas… no, no es una marca personal al estilo de «tengo definido mi producto y mi público objetivo y me diferencio de mis competidores y me posiciono para que me compren», sino la de «este soy yo, así soy con lo bueno y con lo malo… ¿me ajuntas?». Hace tiempo alguien dijo «no sé bien a qué se dedica, pero Raúl es alguien con quien me gustaría tomarme una cerveza y charlar». Y me encantó.

No-motivos para mantener mis redes sociales

  • Satisfacer el ego: a ver, a nadie le amarga un dulce y una palmadita en la espalda. Pero la carrera por ser un «influencer» (en su día lo llamábamos A-list bloggers :D), por tener muchos likes y muchas visitas… no, no creo que sea una medida de éxito. Vale más una conversación individual de calidad con alguien afín que un volquete de likes.
  • Posicionarme como producto: no. No es mi objetivo, y eso que a veces he coqueteado con ese «lado oscuro» que tanto se promociona desde la visión del «marketing online» y de la «marca personal». No quiero posicionarme ni como experto en aprendizaje, ni como consultor, ni como coach, ni como nada. No quiero ser un «producto» para un «público objetivo». Soy una persona completa, un knowmad, que tiene su actividad y sus inquietudes profesionales y también personales, y que quiere compartirlas con libertad sin estar pensando si esto «contribuye al negocio o no». Que tiene curiosidad y múltiples intereses, y que quiere compartir su viaje. «Diarios de un knowmad», como título para el blog, me gusta cada vez más. ¿Que luego surge un proyecto concreto en el que cabe hacer un enfoque más «de negocio online»? Pues tendrá que tener su propio espacio.
  • Ganar dinero: consecuencia lógica de las otras dos. Ni por volumen, ni por «infoproductos», ni por «servicios». Por supuesto, si derivado de mi actividad en las redes surge alguna posibilidad de involucrarme en algo lucrativo… ¡perfecto! ¿Una charla? ¿Un taller? ¿Un proceso de coaching con alguien afín? ¿Un proyecto de consultoría? ¡Hablemos! Pero una cosa es que de tu actividad (y de las relaciones derivadas) surjan oportunidades, y otra es poner tu actividad al servicio de ese objetivo de lucro…

Cada red tiene su matiz

No todas las redes son iguales. En cada una hay una audiencia, un contexto. El blog, el podcast, youtube… son los sitios donde más «conscientes» son los contenidos. Linkedin es una versión «más reducida», muchas veces sirviendo como altavoz de lo que he rumiado en los anteriores especialmente con matices más «profesionales». Twitter es más «la máquina del café», donde se mezclan reflexiones al vuelo y chascarrillos. Facebook tiene un carácter más personal (y cada vez menos peso), e Instagram más visual (aunque con las Stories a veces voy experimentando).
Pero en conjunto, con sus matices, todas forman parte de una misma forma de ver las redes sociales. Son una extensión online de mis inquietudes, un escaparate de lo que soy, y un «mensaje en la botella» que, con suerte, me permite conectar con otras personas interesantes.

Tengo una oportunidad profesional: ¿qué hago?

Hoy publiqué un podcast un poco diferente a lo habitual. En vez de ser una reflexión genérica, más o menos inspirada en cosas del día a día, se trata de una «reflexión concreta». Resulta que ha aparecido en el horizonte una oportunidad profesional que, en los últimos días, me está haciendo rumiar de lo lindo. Baste decir que es la primera vez, en los últimos… ¿12 años?… que me estoy planteando en serio volver al redil corporativo
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Me pedía el cuerpo hacer la reflexión en voz alta, y eso he hecho.

¿Qué factores intervienen en la rumiación?

  • Lo económico (son unas condicionas majas, aunque luego te pones a quitar costes asociados y se limita un poco…)
  • El potencial de aportación de valor (al menos a priori la actividad encajaría en gran medida con cosas en las que yo puedo ser útil)
  • El impacto en el estilo de vida (básicamente volvería a gravitar de forma mucho más intensa en Madrid, base de operaciones incluida, con la familia en Aranda… con todo lo que eso supone)
  • Mi ambivalencia respecto al entorno corporativo (con una parte positiva, relacionada con lo social, con tener una organización que tira de ti… y otra negativa relacionada con la pérdida de grados de libertad, acrecentada por tantos años asilvestrado por mi cuenta)
  • El miedo (¿y si voy por ello, y sale mal? ¿y si no voy por ello y sale mal?)
  • El reconocimiento (está guay que haya quien te reconoce un valor)
  • Las posibles alternativas («si no hago esto… ¿qué? ¿lo que estoy haciendo me satisface? ¿es sostenible? ¿qué tengo que hacer para que lo sea? ¿tengo lo que hay que tener?»)
  • Cómo afecta a otras personas
  • Cómo afecta a la identidad que he ido construyendo todo este tiempo (¿es una renuncia? ¿una contradicción?), o a mis «proyectos alternativos» (o a la posibilidad de tenerlos)
  • Cuánto de lo que hago es inercia y cuánto decisión consciente
  • Si es (o no) una decisión hell yeah, si «hell yeah» es un criterio realista o una fantasía escapista

Decía en un tuit que «Hay decisiones evidentes para las que no hace falta usar ninguna herramienta de «toma de decisiones». Y hay otras complejas que ninguna herramienta te va a solucionar…» Y ésta es una de ellas.
Y aunque esto de rumiar puede ser (y lo es) agotador… también es una oportunidad de repensar cosas, una «piedra de toque» que debe servir para romper la inercia y tomar decisiones conscientes.
¡En esas estoy!

Cuando no hacemos lo que hacemos

¿Qué es lo que hacemos?

«Somos buenos cuando hacemos lo que hacemos por todo lo que hacemos cuando no hacemos lo que hacemos»

Espera, ¿qué es este trabalenguas?
Tiene sentido. Creo. A ver si soy capaz de explicarlo.
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Hablábamos el otro día mi amigo/compinche Alberto y yo. Hacíamos revisión de estos últimos meses de trabajo conjunto, y uno de los elementos que salían a la palestra era la «productividad», o mejor dicho, el volumen de horas «efectivamente trabajadas».
En consultoría, a la hora de hacer el reporte de horas, había un concepto que era el de «cargabilidad«. De todas las horas de tu jornada laboral… ¿cuántas son directamente imputables («cargables») al cliente? Obviamente, desde el punto de vista de la empresa, el ideal sería el 100%; ése sería un recurso aprovechado hasta el último segundo. Cuanto más alejado estés del 100%, más problemas… quiere decir que muchas de tus horas «no las está pagando el cliente». Y si eso se generalizaba, o duraba mucho tiempo… estabas en peligro.

Baja cargabilidad

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La cuestión es que, si tomásemos esa medida de «cargabilidad», la nuestra podríamos decir que es baja. O sea, que el tiempo dedicado a sesiones de trabajo con el cliente, a elaboración de documentos, a trabajo «tangible»… podría ser mayor. Hay tiempo dedicado a la lectura, a pasear, a estar con la familia, a rumiar, a explorar, a divagar… y ahí es donde vino la frase: «somos buenos cuando hacemos lo que hacemos por todo lo que hacemos cuando no hacemos lo que hacemos».
«Lo que hacemos» es el trabajo para los clientes. Lo «facturable».
«Lo que hacemos cuando no hacemos lo que hacemos» es todo lo demás. Y la tesis es que, para hacer bien «lo que hacemos», es importante dedicar tiempo a «lo que hacemos cuando no hacemos lo que hacemos».

¿Y qué hacemos cuando no hacemos lo que hacemos?

Si la cargabilidad es baja, si hay muchas horas que no dedicamos a «hacer lo que hacemos»… ¿A qué dedicamos el resto del tiempo?

  • Prepararnos: cada reunión, cada sesión de trabajo, cada documento… conlleva tiempo de darle vueltas, de plantear enfoques alternativos, de planificación. Por eso, cuando llega el momento, las cosas salen bien.
  • Reflexionar: después de cada interacción con el cliente hay un tiempo para pensar, para hacer una retrospectiva y ver qué fue bien, qué podríamos hacer diferente, cómo conseguimos que la siguiente vez sea mejor. Eso beneficia a este cliente en concreto (si hay más interacciones), y a los que vengan después.
  • Formarnos: porque la vida es un aprendizaje continuo, porque no te puedes quedar atrás. Hay que leer, hay que practicar, hay que seguir profundizando en tus conocimientos y habilidades, ampliando tu caja de herramientas… para estar en la mejor disposición posible cuando llegue el momento de ponerlas en acción.
  • Explorar: porque el mundo no deja de girar, y de generar novedades. Hay que estar con un ojo abierto en lo que sucede, para ver por dónde van las tendencias, qué cosas puedes incorporar a tu forma de ver el mundo, cómo afectan a lo que haces…
  • Experimentar: plantearte cosas nuevas, darles forma, ver qué tal salen… algunas cuajan, otras no. Pero si no dedicas tiempo a esto, luego no puedes esperar que las cosas aparezcan de la nada.
  • Diverger: dedicar tiempo a otras cosas que a priori no tienen nada que ver. Satisfacer nuestra curiosidad por otros sectores, otras actividades. Ficción. Música. Viajes. A veces el silencio. Nunca sabes dónde la serendipia te va a ofrecer conexiones; o, simplemente, oxigenas y dejas que el cerebro vaya trabajando en segundo plano.
  • Conectar: cuidar tus relaciones. Tu familia, tus amigos. Tiempo para estar con ellos, para escucharles, para ayudarles, para compartir. Tu red social (la de verdad, no la de las apps) es tu sostén, fuente de energía, y también (a veces) fuente de oportunidades.
  • Reconectar: con nosotros mismos. Con nuestro estado emocional, con nuestros valores, con nuestros objetivos, con nuestros hábitos. Parar, escuchar, y gestionar. Consciencia para dirigirnos a nosotros mismos.
  • Movernos: mens sana in corpore sano. Mover el cuerpo, sacarlo a la calle, ejercitarlo, exponerlo al sol y al aire fresco. Afilar los sentidos y el pensamiento.
  • Descansar: dormir, relajarse, recuperar. Alejarnos del mundanal ruido siguiendo, como decía Fray Luis de León, la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido.

El delicado equilibrio

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Todas estas cosas contribuyen a que, cuando «hacemos lo que hacemos», salga bien. Estamos descansados, frescos. Equilibrados con nosotros, con nuestro entorno. Preparados, con nuestras herramientas afiladas, con atención plena. Con capacidad de incorporar aprendizajes, evolucionar, mejorar. Y cada vez mejor.
Claro, todo necesita de un adecuado término medio. Porque dedicar todo tu tiempo a «producir» hace que, más pronto que tarde, acabes fundido, obsoleto, desanimado. Pero dedicar todo tu tiempo a «todo lo demás» será muy estimulante, pero no te da de comer.
La cuestión es… ¿dónde está tu equilibrio?
 

Darse contra una pared

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Sonó una notificación, y miró el teléfono. Le cambió la cara.
– «Joder, es que siempre estamos con lo mismo».
– «¿Qué ha pasado?»
– «Fulanito, que me la ha vuelto a hacer. Mira que lo hemos hablado veces, y me dice que sí, que vale… pero al final volvemos a caer en la misma historia. ¡Es como darse de golpes con una pared!»
Me quedé mirándolo.
– «¿Tú te sueles dar muchos golpes contra las paredes?», le pregunté.
– «¿Cómo? ¿Qué?»
– «Que si te sueles dar muchos golpes contra las paredes. De las de verdad, de las de ladrillo, digo».
Me miró con extrañeza.
– «Pues no, no me doy golpes contra las paredes».
– «¿Ah, no? ¿Y por qué?»
– «Pues vaya pregunta… ¿por que son de ladrillo, y si me doy un golpe me hago daño? Tienes unas cosas…»
No, no solemos darnos golpes contra las paredes, salvo por despiste. Sabemos que, si lo hacemos, nos haremos daño en una escala que va desde el coscorrón hasta un buen porrazo. Nadie en su sano juicio ve una pared y dice «allá voy». Si quiere pasar al otro lado, no intentas atravesarla; en el mejor de los casos buscas una puerta.
Esto, que con las paredes físicas nos resulta muy evidente, parece que nos cuesta aceptarlo cuando hablamos de las personas. Tenemos a alguien que tiene tendencia a comportarse de una manera, y nos lanzamos contra ella esperando que esta vez sea diferente. Y cuando nos damos el golpe, nos quejamos: «¡es como darse contra una pared!». Qué sorpresa.
Cuando nos damos un golpe contra una pared (física), a nadie se le ocurre echarle la culpa a la pared por ser dura, impenetrable… por ser una pared, al fin y al cabo. Nadie se sorprende de que, si te das contra una pared, el que se hace daño es uno mismo. Si le pedimos peras al olmo, nos vamos a decepcionar y a frustrar. Las peras se las podemos pedir al peral, y del olmo lo que podemos esperar es… lo que sea que da el olmo. Pero no peras.
«Pero es que yo quiero ir hacia allí», dirá alguno. Ya, bueno, pues hay una pared en medio. Puedes insistir en intentar atravesarla… pero no te quejes luego del golpe.
PD.- No quiero decir con esto que las personas seamos de una manera concreta, y no podamos cambiar. Por supuesto que podemos cambiar (aunque nuestras preferencias siempre están ahí… ya sabes, «la cabra tira al monte»). La cuestión es que los demás cambian cuando quieren, y en el sentido que quieren… y no cuando nosotros queremos y en el sentido que nosotros queremos. Puedes ir por el mundo asumiendo que los demás se comportarán como tú quieres que se comporten… o aceptar que cada uno se comporta como se comporta, e irte adaptando.

No necesitas más contenidos para aprender

Más contenidos, es la guerra

Hace unos días me llegó una oferta para suscribirme a una plataforma de contenidos con «miles de libros» y «cientos de expertos a los que seguir». Y durante unos minutos estuve valorando inscribirme hasta que me di cuenta: ¿cuántos libros tengo YA en mi lista de pendientes? ¿cuántos artículos tengo guardados en el pocket esperando a ser leídos? ¿cuántos cursos interesantes he visto pasar por delante de mis narices?
¿Realmente, si tengo un problema de aprendizaje, se soluciona con «más contenidos»?

Aprendizaje eficaz es actuar diferente

En mi discurso sobre el aprendizaje, enfatizo mucho el concepto de «aprendizaje eficaz». El aprendizaje eficaz es aquel que me sirve para actuar de forma diferente. Una formación, un curso, un libro… sólo son aprendizaje en la medida en que, después, yo cambio alguno de mis comportamientos.
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La cuestión es… ¿cuántas veces es así? En muchas ocasiones, nos apuntamos a cursos, o compramos libros para leer… y pensamos que ya estamos aprendiendo. Nuestra conciencia se queda tranquila, «sí, mira en todo lo que estoy metido». A veces incluso vamos a las clases y leemos los libros. ¿Y luego qué? Ésa es la pregunta clave.
Hace tiempo hablaba del mapa del aprendizaje, y de cómo hay diversas rutas que podemos elegir. Algunas nos llevan hacia el aprendizaje deseado, y otras… son como un placebo que tranquiliza nuestra conciencia, pero que no nos llevan a ningún sitio.

El burladero de los contenidos

Hacer un curso, leer un libro… son opciones satisfactorias para la mente, y de muy bajo riesgo. No hay que «actuar», y por lo tanto no hay incomodidad, error, frustración… Nos da la sensación de que estamos contribuyendo a nuestro aprendizaje, pero sólo estamos haciendo un simulacro que no aporta nada.
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Nos estamos refugiando tras «otra formación» para evitar salir al ruedo y torear. «No, cuando esté realmente preparado». ¿Cuándo va a ser eso? Nunca vas a estar 100% preparado. Siempre vas a tener que enfrentarte a la incomodidad. Siempre vas a equivocarte cuando te pongas manos a la obra. Siempre vas a tener que gestionar tu frustración.

Regurgitando conocimientos

De hecho, en demasiadas ocasiones esas formaciones transcurren sobre territorios conocidos. Nos refrescan cosas que ya sabemos, nos dicen cosas que nos suenan… El «cognitive ease» hace que nuestro cerebro acoja esas actividades con regocijo: es mucho más fácil digerir cosas «que ya nos suenan» que enfrentarnos de verdad a un conocimiento/habilidad que no tenemos cultivado.
Total, que hemos dedicado tiempo, energía, dinero… a una actividad que no ha contribuido a que realmente hagamos las cosas de forma diferente.

Más acción, menos formación

Cuando tengamos la tentación de apuntarnos a un nuevo curso, o de leer otro libro, deberíamos preguntarnos: ¿realmente he exprimido/puesto en práctica todos los contenidos que he consumido antes? ¿qué me va a aportar esto que quiero consumir? ¿tengo el compromiso de ponerlo en práctica, o sólo quiero calmar mi conciencia?
A partir de ahí, cada uno toma sus decisiones. Pero si no tienes una respuesta clara a todas esas preguntas… con mucha probabilidad, estarás perdiendo el tiempo.
PD.- Si te interesan los contenidos sobre aprendizaje y desarrollo eficaz de habilidadessuscríbete a la lista de correo de Skillopment. O pulsa aquí si quieres saber más sobre el proyecto Skillopment.
PD2.- He editado este contenido como un episodio para el podcast Skillopment. Recuerda que puedes revisar todos los episodios del podcast, y suscribirte al mismo tanto en iVoox como en iTunes.

Cómo gestionar juniors

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En muchos sitios surge la oportunidad de contratar a gente joven, con poca o ninguna experiencia, a coste relativamente bajo (o, directamente, muy bajo). «¡Qué bien, mano de obra barata que nos sacará trabajo por poco dinero!». ERROR. Los juniors son un perfil interesante para las empresas, pero no por su bajo coste sino por su potencial de desarrollo. Y aunque el salario que cobren sea pequeño, el coste de gestionarlos es mucho.

Mi experiencia como junior

Yo desarrollé el inicio de mi carrera profesional en Arthur Andersen. Allí desembarcábamos cada año decenas de jóvenes recién licenciados creyéndonos muy listos, solo para descubrir enseguida que no teníamos ni idea de nada. Nos encargaban trabajos poco elaborados, con mucha supervisión, y poco a poco adquiríamos experiencia como para hacer cosas más complejas.
Enseguida pasaba un año, y llegaba una nueva camada de recién licenciados a los que ya podías empezar a enseñar alguna cosa… y a aprender lo que supone enseñar y supervisar a otros.
El caso es que tuve esa experiencia en un buen sitio, acostumbrado a gestionar este tipo de perfiles. Y aun así… no es fácil.

¿Qué es un junior?

Un junior es alguien con poca o ninguna experiencia que, básicamente, no tiene ni idea de nada. Sí, es probable que traiga una formación determinada, pero no sabe nada del mundo real, de cómo se trabaja, de conocimientos prácticos… A veces les faltan nociones elementales de comportamiento y estándares profesionales.
Lo que pueden hacer de forma autónoma es muy poco. No puedes pensar que les vas a decir «hazme esto» y te lo van a saber hacer bien a la primera, ni a la segunda. Aunque a ti te parezca lo más sencillo y evidente del mundo, para él no lo es. En muchas ocasiones no sabrá ni de lo que le estás hablando.
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¿Es culpa suya? ¡Por supuesto que no! Todos hemos estado ahí, entrando en un mundo nuevo, desconocido para nosotros, con códigos que apenas empezamos a captar… y necesitamos que nos enseñen. Ni más, ni menos.
Hay gente que acepta esta realidad con humildad, y con disposición de aprender. A otros les cuesta más asumirlo.

¿Cómo gestionar a un junior?

Éstas son, a partir de lo que yo he ido viviendo, algunas cosas que debes tener en cuenta a la hora de gestionar personal con poca experiencia.

  • Tendrás que dividir tus procesos de trabajo en tareas sencillas, y empezar por asignarles las más sencillas a ellos. Eso puede suponerte un lío (porque tú no tienes problema en abordar el proceso como un todo), pero es que ellos no pueden asumir tareas complejas de inicio.
  • Aunque te parezcan cosas muy sencillas y muy evidentes, tendrás que dedicar tiempo a explicar las cosas. Posiblemente no una vez, ni dos. Y estar abierto a sus preguntas, a sus dudas…
  • Igualmente, aunque te parezca que «es imposible que puedan hacerlo mal» o «es imposible que no me hayan entendido», tendrás que dedicar tiempo a supervisar su trabajo. Identificar qué no han hecho bien, dar feedback productivo (nada de «lo has hecho mal, torpe»), indagar en los motivos y ponerles solución.
  • Es necesario ser paciente y empático. Te va a tocar explicar las cosas varias veces, insistir y reforzar. Todos sabemos que «me cuesta más explicarlo que hacerlo yo mismo», eso se da por descontado. Recuerda que estás haciendo una inversión, y que ahora toca «poner» para luego poder «ganar».
  • Tienes que aceptar el error. El error es un subproducto del aprendizaje, y estas personas están aprendiendo. Si te pone nervioso el error, si no puedes permitírtelo… tendrás que poner una estructura de supervisión y control aún mayor. Porque errores va a haber.
  • A medida que van adquiriendo solvencia en su trabajo, tendrás que irles abriendo los ojos a nuevas responsabilidades. El proceso es el mismo… empezar poquito a poco, con mucho acompañamiento y supervisión… y soltar progresivamente la cuerda.

En resumen: un junior es una inversión

Si te fijas, todas estas ideas se van a resumir en una sola: vas a tener que dedicar tiempo. En general, mucho más tiempo del que tardarías a hacer las cosas tú mismo. Los juniors no son un «recurso barato» que te «libera». Exigen tiempo, foco, disponibilidad, paciencia, método… si sumas todo eso, lo del «recurso barato» desaparece.
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Trabajar con juniors es una inversión que sólo vale la pena si lo haces con vocación de futuro, para desarrollar a esas personas y lograr que vayan adquiriendo conocimientos, experiencia, autonomía… Y entonces sí estarás en condiciones de «liberarte», de tener recursos bien modelados capaces de asumir un montón de trabajo.

El declive de las redes sociales

Cuando nacieron las redes sociales profesionales

Cuando aparecieron las «redes sociales profesionales», allá por mediados de la década anterior, parecían una buena idea. Es verdad que, al principio, sólo las usábamos los «frikis de internet». Hablarles de eConozco o de Linkedin a gente «normal» sólo provocaba gestos de incomprensión y cierta burla. Sí, es verdad, al principio tenían un punto endogámico. Pero poco a poco se fueron abriendo paso hacia el público en general.
Parecían una buena idea, digo. En cierto modo consistía en una versión digital del clásico «rolodex» pero con un añadido clave: que podías empezar a explorar los «rolodex» de tus contactos. No era solo «poner en internet a la gente que yo conozco», sino también «ver a la gente que conoce la gente que yo conozco».

El poder de los vínculos débiles

Se trataba de dar visibilidad a esas relaciones débiles, a esos «amigos de mis amigos». La teoría de los seis grados de separación decía que podíamos contactar con cualquier persona del mundo en solo seis saltos de amigo en amigo. Lo cual no dejaba de ser muy ambicioso y un poco naif (¿alguien ha contactado realmente con alguien a seis grados de distancia?). Pero activar el segundo grado de separación es algo mucho más fácil: no hay más que pedir a un amigo común que nos ponga en contacto con otro de sus amigos.
¿Y a qué te daba acceso esa nueva visibilidad? A contactar con profesionales valiosos, a oportunidades que antes estaban ocultas, a ampliar de forma orgánica tu círculo de contactos… Podías poner luz sobre un territorio antes en penumbra, y explorar opciones razonablemente fáciles de aprovechar. No era muy diferente a lo que se hacía toda la vida, solo que ahora tenías un «mapa de relaciones» para guiarte.

Contactos reales vs. contactos vacíos

Parecía una buena idea. Pero para eso hacía falta que todos fuésemos muy cuidadosos en la gestión de nuestras redes sociales. Se trata de «tener como contacto» solo a aquellas personas que realmente lo son. Personas a las que conocemos, y que nos conocen. Personas a las que en un momento dado podemos llamar por teléfono, o poner un mail, y que nos van a responder. Personas que, en definitiva, moverían un dedo por nosotros si se lo pedimos y por las que nosotros moveríamos un dedo si nos lo piden.
Ése era el plan. Pero rápidamente empezó a torcerse. Las redes sociales empezaron a convertirse en una jungla en la que pareciera que «tener más contactos» era sinónimo de «tener más éxito». Así que empezaron a volar las invitaciones para contactar «con cualquiera». Sin ni siquiera un poquito de vaselina… «invitar a todas las direcciones de email» y otras herramientas similares produjeron una avalancha de peticiones sin sentido, sin un mínimo cariño, sin un triste mensaje de presentación… Y del otro lado, la tentación de aceptarlas: «¿Por qué no? Nunca se sabe… así me ve más gente… así tengo más contactos y parezco más importante… así tengo más audiencia…»
¿El resultado? Un montón de contactos falsos, vacíos. Gente que no sabes quién es, ni qué hace, ni de qué palo va, ni cuándo ni por qué la añadiste… Gente de quien no te interesa lo que pueda decir o hacer (porque, recuerda, apenas sabes quién es), gente a la que no le responderías un mail ni le cogerías el teléfono ni le darías una hora de tu tiempo. Y eso es recíproco, claro: a ellos no les interesas tú, ni te responderían un mail ni te cogerían el teléfono ni te darían una hora de su tiempo. Porque lo único que os une es que «sois contactos en Linkedin». Menudo mérito.

La resistencia es fútil

Yo procuro seguir siendo escrupuloso, hasta el punto de poder resultar antipático. Pero sé que estoy cada vez más solo en ese empeño. Y que de poco vale si la inmensa mayoría va por otro lado. Soy como uno de los violinistas del Titanic, intentando que suene la melodía mientras todo se hunde alrededor.
Y qué pena. Porque parecía una buena idea…

PD.- Como ves, he añadido un episodio del podcast Diarios de un knowmad dedicado a este tema. Si te gusta, puedes suscribirte en iVoox y en iTunes, comentar, recomendar, compartir…

El knowmad y las despedidas

Cabalgando hacia el ocaso

Hay una imagen muy del cine clásico. El cowboy, una vez arreglados sus asuntos en el pueblo de mala muerte al que el destino le llevó, se monta su caballo y se dirige hacia el ocaso, sin mirar hacia atrás…
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Es una imagen que me viene a la cabeza cada vez que termino un proyecto profesional. Pasas varias semanas, meses, a veces incluso años… vinculado a un proyecto, a un grupo de personas… y llega un día que el proyecto termina. Y tú ya no pintas nada allí, es el momento de subirte a tu caballo y marchar en busca de nuevas aventuras.
Estas despedidas nos suceden a todos, en la vida personal y en la profesional. Pero en la vida del knowmad son consustanciales a nuestra forma de trabajar. Nuevos clientes, nuevos proyectos, relaciones intensas por periodos definidos de tiempo… que luego se diluyen irremediablemente.

No es culpa de nadie

Hace unos días precisamente comía con una persona «del pasado», compañera de fatigas en uno de mis proyectos con la que sí he mantenido buena relación. Después de un rato me preguntó: «oye, y de aquí de la empresa, ¿con quién tienes contacto?». Y me puse a contar… y me sobraban dedos de una mano.
Durante mucho tiempo viví esa realidad con cierta frustración. ¿Por qué era incapaz de mantener esas relaciones a lo largo del tiempo? Si, alguna mantienes, pero la mayoría se van difuminando. ¿Será culpa mía, debería haber hecho más esfuerzo? ¿O son los demás, que también podían poner algo de su parte?
Tardé en darme cuenta de que no es culpa de nadie. Que simplemente las cosas son así. Cada uno tenemos nuestro camino. Ocasionalmente otros caminos se acercan al nuestro, y transcurren paralelos durante un tiempo. Y luego se separan. Pero no es uno el que se separa del otro, ni el otro del uno… es que cada uno sigue su trayectoria.

Cotidianidad

Hablaba Javier Marías en una columna de las amistades desaparecidas. Y cómo, si bien hay relaciones que sabes por qué desaparecen (un malentendido, una discrepancia…) hay otras que simplemente se diluyen como azucarillos en el agua.

«Pero demasiadas veces no sabemos por qué se desvanece una amistad […] No ha habido riña ni roce, ofensa ni decepción. Poco a poco desaparece de nuestra cotidianidad, o él nos hace desaparecer de la suya»

Quizás sea ése el concepto clave. La «cotidianidad». Las relaciones necesitan del sustrato de un tiempo y un espacio compartidos. Sin ellos, por mucha buena voluntad que pongamos, la relación se marchita. Y al final, nuestro tiempo y nuestro espacio son limitados, y cambian, y no dan para mantener en ellos a todas las personas que alguna vez los habitaron.
Así que, en vez de sentir frustración, resentimiento… quizás lo que toca es aceptarlo como una realidad inevitable, y sentirse afortunado por el tiempo compartido sin descartar, quién sabe, que los caminos se vuelvan a cruzar en el futuro…

Así me despedí yo…

En la despedida de uno de mis proyectos más intensos redacté unas líneas. El último párrafo decía así…

«Termino ya; ha llegado el momento de separar nuestros caminos. He hecho esto el número de suficiente de veces como para saber lo que va a pasar. Con suerte, el tiempo me permitirá mantener un puñado de amigos de toda esta etapa; pero con la mayoría, las ocasiones de vernos irán desapareciendo. En todo caso, me daré por satisfecho si pasados los años os queda un recuerdo agradable, personal y profesional, de mí. Por mi parte no tengo claro qué me deparará al futuro; lo que sí os puedo asegurar es que cuando recuerde estos días sentiré un pellizco de nostalgia, y pensaré en lo afortunado que he sido por compartir este tiempo con vosotros.»

Y así, con estas palabras, me subí a mi caballo y me dirigí al ocaso.

PD.- Como ves, he añadido un episodio del podcast Diarios de un knowmad dedicado a este tema. Si te gusta, puedes suscribirte en iVoox y en iTunes, comentar, recomendar, compartir…