No es mi circo, no son mis monos

Aranda de Duero, enero de 2023. Temperaturas rondando los 0º, viento gélido.

– «Pues yo no tengo frío. De hecho, me sobra el abrigo».

Me giro y la miro con incredulidad. Ahí va mi hija (casi 14 años) con su sudadera y su abrigo por encima, sin abrochar.

– «¡Pero cómo no vas a tener frío, si está casi helando!»

– «Pues no lo tengo».

Se encoge de hombros, y sigue caminando.

De verdad que parece un cliché eso del padre diciéndole a la niña que se ponga una rebequita.

Pero claro, uno es padre. Sabe lo que es bueno para ellos mejor que ellos mismos. Al fin y al cabo los has tenido en brazos, les has limpiado el culo, llevas aquí 30 años más que ellos… ¡por supuesto que sabes más!

El problema es que eso, que tiene sentido cuando tienen 3 meses, o 1 año, o… poco a poco va perdiendo vigencia. A media que tus hijos se transforman en seres independientes y autónomos son ellos quienes tienen que tomar sus decisiones… y apechugar con las consecuencias.

¿No te quieres poner el abrigo? Bueno, si pasas frío lo vas a pasar tú, no yo. Si te resfrías vas a sentirte mal tú, no yo. La próxima vez quizás aprendas… o quizás no. En todo caso, problema tuyo.

Puede que, de refilón, haya alguna consecuencia para ti. Quizás te toque, si se resfría, estar pendiente de su malestar. O incluso irte con ella al médico si la cosa se complica. Aparte, por supuesto, de la preocupación implícita que conlleva el ser padre. Pero si te pones a pensarlo bien, realmente las consecuencias para ti son muy secundarias (salvo lo de la preocupación; pero si no quieres que tus hijos te hagan preocuparte… no tengas hijos).

Lo que de verdad te jode es la sensación de que no haga lo que tú harías, lo que tú crees que está bien.

Somos tan egocéntricos…

Cuando hablamos de los hijos esta sensación aparece con mucha frecuencia (y más a medida que van creciendo). Pero también sucede con la pareja, con los amigos, con la gente con la que trabajamos, hasta con desconocidos. Vemos que toman decisiones, que hacen cosas… que «están mal». Que «se están equivocando». Y aunque a nosotros ni nos vaya ni nos venga nos cuesta reprimir el impulso de aconsejarles; a veces de manera bienintencionada, a veces desde la frustración… pero siempre desde la superioridad moral del «yo sé, tú no».

Y aquí es donde aparece este refrán, dicen que de orígen polaco (aunque bien podría haberlo dicho Einstein): «Not my circus, not my monkeys».

Imagina que alguien va a hacer algo que tú no harías, y que crees que tendrá consecuencias negativas para él o ella. Y notas cómo te sale el impulso del «salvador», esa urgencia por «llevarle por el buen camino». Pues antes de irte a darle tu opinión… recuerda, es su circo y son sus monos. Y si los monos se descontrolan, y se salen de su jaula, y se ponen a tirar excrementos a discreción… pues es su circo, y son sus monos. 

Te dará pena, te saldrá el «ya lo sabía yo»… pero es su circo, y son sus monos.

Y si te preocupan las consecuencias que esas decisiones puedan tener sobre ti, eres muy libre de expresar esa inquietud: «oye, me preocupa que si los monos se escapan la mierda me acabe salpicando». Y ten una conversación clara y asertiva sobre lo que sucederá en ese caso: «ten claro que yo no voy a ponerme a limpiar caca de mono, ¿estamos de acuerdo?».

Pero cuida de separar muy bien lo que es una inquietud legítima del puro impulso de «hacer cambiar a la otra persona de opinión para que haga lo que yo creo que es correcto».

Pd.- Un par de artículos por si quieres profundizar en esta idea: No critiques, no reproches y Cómo motivar a otra persona

He venido a hablar de mi libro: Efectividad KENSO

«Es que pasa el tiempo, se acaba el tiempo, entra la publicidad, entran unos vídeos absurdos que todos hemos visto ya, y no se habla de mi libro. Pues entonces, a qué he venido yo aquí».

He estado repasando la famosísima (al menos si estás en España, y si tienes ya una edad… porque esto fue hace ya 30 años, glups) escena que se produjo en un programa de entrevistas en las que el autor Francisco Umbral le reclamaba a la presentadora, Mercedes Milá, que cuándo se iba a hablar de su libro. La escena completa está aquí (es deliciosa).

Desde entonces «yo he venido aquí a hablar de mi libro» ha quedado en el lenguaje popular como sinónimo de «yo vengo aquí con el único interés de hablar de lo mío, y lo demás me da igual».

Bueno, pues hoy yo he venido a hablar de mi libro, aunque no es que todo lo demás me dé igual.

Pero es que si todo va bien, este próximo miércoles 25 de enero llega a las librerías (físicas y virtuales, en formato papel y en formato ebook) mi (nuestro; de Quique, Jeroen y mío) libro «Efectividad KENSO». 

La cuestión es que, aparte de hacértelo saber (porque igual te resulta interesante su lectura: la info del libro la tienes aquí), quería aprovechar para compartirte una reflexión sobre eso de escribir un libro.

Porque, la verdad, nunca pensé que yo lo haría.

Es verdad que he autopublicado un par de cosas: pero Skillopment es una recopilación de artículos cortos, y La Rueda de la Vida es más un cuaderno de trabajo. También he participado en libros colectivos, aportando un capítulo.

Pero escribir un libro «de verdad» es otra cosa.

En mi mente, un libro era un proyecto demasiado difícil. No me tengo por una persona constante. Y una cosa es escribir cosas para el blog, o la newsletter (escribes, publicas y hasta luego Mari Carmen), y otra es pensar en una estructura, irle dando forma a lo largo de las semanas, que todo tenga coherencia, no perder la motivación en el camino… 

Buf.

Pero mira, está claro que era una creencia limitante. Apoyado en el trabajo conjunto con Quique y Jeroen, y haciendo una buena labor de «trocear» el contenido para poder ir avanzando de a poquitos… llegamos al final.

Siempre se dice que la mejor manera de comerse un elefante es, precisamente, a trocitos… y en este caso así ha sido.

No quiere decir que todo haya sido coser y cantar, pero al final el león (o en este caso el elefante) no era tan fiero como lo pintaba.

También hay una frase que me gusta repetir: «Nadie construye una casa; lo que haces es poner un ladrillo, luego otro, luego otro… y al final, como resultado, obtienes la casa».

Nadie «escribe un libro». Lo que haces es que, con eso en mente, trabajas para transformar ese objetivo de llegada en tareas mucho más manejables y concretas. Las más cercanas las puedes definir ya, las más lejanas las irás viendo… pero todo es un camino de acciones concretas que puedes abordar.

Pim, pam, pim, pam… hasta que llegas a donde querías.

Nadie «escribe un libro», pero si te lo montas bien acabas con un libro en las librerías.

Y yo, la verdad, me siento muy orgulloso del proceso.

Renacimiento

«Quiero poner fin al motín de mi mente y que mi alma vuelva a reinar».

Lo de que «quiero poner fin al motín de mi mente y que mi alma vuelva a reinar» no es mío.

Es de Kase.O, un rapero muy grande y muy maño.

Pero se ve que los raperos grandes y maños también pueden ser intensitos si se ponen.

Esta frase la incluye en su canción «Renacimiento», que últimamente escucho con fruicción.

Verás, de un tiempo a esta parte he sustituído lo de hacer «buenos propósitos de año nuevo» por algo más amplio: elegir una palabra, una idea, un concepto… que recoja el rumbo que le quiero dar a mi vida en los siguientes meses.

Lo bueno de este enfoque es que es un paraguas bajo el que puedes colgar muchas iniciativas a lo largo del año, en muchos ámbitos diferentes. Algunas que incluso ni siquiera puedes visualizar ahora. Es una «idea-fuerza», una especie de brújula que te señala el camino en cualquier situación. 

Y la idea de 2023 es, precisamente, «renacimiento».

Renacimiento es un periodo de luz y vitalidad después de una etapa oscura. Renacimiento es ilusión, es expansión, es ganas, es explorar, es descubrir, es probar. Es hacer las paces con el pasado, y dejarlo atrás. 

Es algo que quiero aplicar a mi vida personal, a mi vida profesional, a mi vida social, a mi vida intelectual, a mis hobbies, a mis relaciones sociales.

No será fácil, pero ahí es a donde quiero ir.

PD.- La canción de Kase.O es ésta
PD2.- Para acompañar esta idea de «renacimiento» estoy creando una playlist con canciones optimistas, vitalistas, energéticas… Si tienes alguna favorita que me quieras recomendar, ¡no te cortes!
PD3.- Estoy haciendo un cartel con la palabra «Renacimiento» para colgar en la pared que suelo tener enfrente y no perderla de vista. Cuando lo termine lo colgaré en Instagram (@rahego)

¿Año bueno? ¿Año malo?

La otra mañana estaba disfrutando de un estupendo café en una bonita cafetería de Valladolid. Era una de esas cafeterías acogedoras, llenas de detallitos de madera, de cuadros en las paredes y de música agradable. El dueño, al decirle «buenos días», contestaba «¡buenos días, y buen café!». 

Sí que estaba bueno.

La cosa es que estaba allí sentado, echando un ojo al móvil, cuando me crucé con una encuesta que lanzaba Fernando de Córdoba (aka Gamusino) en twitter. Preguntaba «¿Cómo ha sido tu año?» y daba cuatro opciones: muy malo, más o menos malo, más o menos bueno, muy bueno.

Y me hizo pensar… ¿cómo ha sido mi año?

Así que, como tenía tiempo (y un cuaderno y un lápiz), me puse a hacer el ejercicio de «el sol y las nubes» del que hablaba en este vídeo.

Lo que salió fue lo esperable: unas cuantas cosas en el lado de las nubes, unas cuantas cosas en el lado del sol.

Hace tiempo me topé con una interpretación del yin y el yang que me gustó mucho.

Me gustó tanto que es uno de los carteles que ilustran mi lugar de trabajo (de hecho, en el vídeo que enlazo más arriba se puede ver).

Viene a decir que lo blanco es lo bueno de la vida, y lo negro es lo malo… y ambos caminan juntos. De hecho, dentro de lo negro hay una parte blanca («lo bueno dentro de lo malo») y dentro de lo blanco hay una parte negra («lo malo dentro de lo bueno»).

Y eso es la vida: un conjunto de cosas buenas y malas que se combinan y que experimentamos sin solución de continuidad, y que muchas veces dependen más de cómo las enfoquemos que de su carácter intrínseco.

Así ha sido este año.

Y así será el siguiente.

PD.- ¡Feliz Navidad!

Un pony con camiseta roja

Cuando allá por 1996 el Atlético consiguió su «doblete» se produjo, probablemente, mi pico de pasión por el fútbol. Mis amigos del Colegio Mayor seguramente todavía me recuerdan encogido en el sofá («mi» sofá) de la sala temiendo cualquier desgracia, arrancándome pelos de la patilla o gritando goles desencajado por la ventana.

Pero eso fue hace mucho tiempo, y el fútbol apenas me interesa ya.

Pero claro, llega un Mundial y no te puedes abstraer del todo. Hasta me vi el partido de España contra Marruecos. El que supuso la eliminación de España en los penalties.

Aunque, la verdad, la eliminación se produjo bastante antes.

Es muy interesante el concepto de «one-trick pony», o «caballito de un solo truco». Según la definición del diccionario de Oxford, es «aquel que solo es bueno haciendo una cosa o trabajando en un área determinada».

España jugaba a una cosa, y una sola. Si enfrente se pone Costa Rica… ¡les metemos 7! Si enfrente se pone Marruecos… no somos capaces de hacer un gol. Si Japón nos remonta, no somos capaces de arreglar el partido.

Los mismos jugadores, haciendo lo mismo… aunque era evidente que no funcionaba.

One-trick ponys con camiseta roja (o azul).

Nadie puede negar los beneficios de hacer una cosa bien. Lo malo es que dependes de que el contexto se alinee para que eso que haces bien te funcione. Porque si el contexto cambia, y tú no tienes la capacidad de adaptarte… acabas eliminado.

Porque no todos los días son Costa Rica.

Hay que cultivar la versatilidad, la habilidad para reconocer cuándo tu receta no funciona y para aplicar soluciones distintas a contextos distintos. Vivir con «mentalidad de crecimiento» para entender que siempre puedes evolucionar y añadir nuevas herramientas a tu bolsa de trucos.

Porque cada herramienta que añades es una situación distinta más en la que puedes sobrevivir.

No vale decir eso de «yo es que soy así, y con esta idea muero».

Porque efectivamente, con esa idea mueres.

PD.- Esta idea de que «cuantas más habilidades tienes y más desarrolladas están, más fácil es tener suerte» es la base de mi libro Skillopment

Reflexiones sobre mi newsletter

Desde hace un par de años vengo enviando, de forma habitual, un correo (semanal) a mi base de suscriptores. Este formato de newsletter ha «sustituído» en gran medida al blog, o le ha abierto un canal complementario, o lo que sea.

Al final son todo formas diferentes de expresarme, y de lanzar «mensajes en una botella».

El otro día me pasó una cosa.

Cuando envié mi newsletter más reciente, una persona se dio de baja.

No pasa nada, es algo que sucede de manera habitual. Y está bien.

Lo que pasa es que dejó un comentario: «Esperaba algo mejor», dijo.

Y ahí mi ego se resintió un poquito. Sentí la tentación de ponerme en contacto con él, agarrarle de la solapa, y decirle «no me abandones, ¿cómo puedo ser mejor para ti?».

Es curioso observarse cuando la cabeza te lleva por sitios así.

El caso es que después, pensándolo mejor, me di cuenta de que estaba poniendo el foco en el sitio equivocado. Que esa persona que se marchaba porque «esperaba algo mejor» no era tan importante. Y que los verdaderamente importantes no son los que se van dando un portazo, si no los que están día tras día, semana tras semana, a tu lado.

Así que pensé que tenía más sentido preguntarles a ellos.

Por eso envié un correo a un «grupo selecto» de suscriptores: aproximadamente un tercio del total, personas que llevan ya tiempo conmigo y que semana tras semana abren mis correos y leen las cosas que mando.

El objetivo era doble: por un lado agradecer, y por otro indagar: ¿qué te gusta de esta newsletter, qué te aporta, para qué te sirve? Y si pudieras hacer algo para mejorarla… ¿qué sería?

He recibido un buen puñado de respuestas, muy cercanas y cariñosas, que me han hecho reflexionar bastante.

Aquí algunas ideas:

  • De lo que más se repite: que «hace pensar». Que son pequeñas píldoras que remueven algo (obviamente no siempre, pero sí con frecuencia).
  • Me gusta mucho que se perciba y valore la honestidad en lo que escribo, y es algo que se repite bastante. Para mí es un valor fundamental, y me agrada que se transmita así.
  • También gusta el estilo: sencillo, cotidiano… muchas veces partiendo de una anécdota para llegar a una conclusión.
  • El «factor sorpresa», en dos sentidos: por un lado, porque las reflexiones que suelo plantear no son «las habituales», y eso genera un efecto refrescante en muchas personas. Y por otro lado, porque yo mismo debo ser bastante variable… y eso genera el efecto de «a ver por dónde sale Raúl hoy». Esto último me ha hecho gracia :D.
  • Hay una cierta «división de opiniones» respecto a los contenidos personales. Hay quienes los aprecian (como forma de establecer vínculo, compartir vulnerabilidad, etc.) mientras que a otros les «chirrían» un poco más y prefieren un poco más de distancia.
  • También hay variabilidad en cuanto a una parte del estilo: hay quienes gustan más de enlaces y sugerencias, y otros que valoran más las «ideas sencillas y al grano». Supongo que es algo que se puede equilibrar.

Al final, después de este ejercicio, recordé algo que escribí hace ya muchos años, y que sigue plenamente vigente:

«Estos días estoy dejando de seguir a algunas personas en twitter. Una pequeña limpieza de contenidos que han dejado de interesarme. Una de ellas lo ha visto (gracias a qwitter, una herramienta que sirve precisamente cuando un follower deja de seguirte) y se ha puesto en contacto conmigo para saber si había algún problema…

¿Problema? No, ninguno. Simplemente, por el motivo que sea (que es MI motivo) lo que cuentas ha dejado de interesarme tanto como para dedicarle parte de mi atención y prefiero dedicársela a otras cosas.

Que alguien deje de seguirte no significa ni que le caigas mal, ni que tenga ninguna animadversión, ni que no le parezcas un buen tipo… Y perder un follower tampoco debería hacerte dudar sobre si lo que cuentas en tu twitter es interesante o no: cuenta lo que quieras que para eso es tuyo, habrá a quien le guste y habrá a quien no (no se puede gustar a todos), y ya está.

Pero nadie debería pedirme cuentas de lo que leo o dejo de leer, de a quién sigo o a quién no. Si lo hace, se arriesga a que le conteste lo que hay: leo lo que me interesa, sigo a quien me interesa, y lo que tú cuentas ya no entra en esa definición. ¿Puede resultar hiriente? Quiero creer que no, pero si alguien se lo puede llegar a tomar a mal… mejor que no pregunte.

Yo tengo muy claro que cada uno somos los dueños de nuestra atención, la empleamos como mejor nos parece y no tenemos que dar explicaciones a nadie por ello

Pues eso. Que de lo que se trata es de hacer lo que a uno le apetezca. Y, de manera natural, la gente afín se quedará (durante el tiempo que quiera, mientras le resulte útil o apetecible), y los que no encajen, o se cansen, o se aburran… se irán.

Y está bien así.

Hay otro factor sobre el que también he estado reflexionando, y tiene que ver con el carácter «marketiniano» de la newsletter. Es decir, «en teoría» aparte de ser un mero canal de expresión también me gustaría que sirviese como vía para vender(me). Que los suscriptores pudieran pasar, en algún momento, a ser «clientes».

Seguramente, si viniese a auditarme algún «experto», me diría que no lo estoy haciendo muy bien :D. Quizás hago mal por no tener un «buyer persona», y debería tener más el objetivo de la venta en mente, y buscar sus «necesidades ocultas», y eso me haría machacar más determinados contenidos y evitar otros, y fijarme en tasas de conversión, y blablabla…

Pero me voy dejando de pelear con eso.

Porque sigo otras newsletter que van de ese palo, y no me gustan: no puedo evitar la sensación del «vendedor de seguros» que finge ser tu amigo para endosarte, en cuanto puede, un seguro de vida.

Al final, lo que a mí me gusta es generar conexión con las personas que me leen. Ésa es su característica común: les gustan los temas que toco, les gusta la forma en que lo hago, aprecian a la persona que hay detrás. Creo que es algo que, para lo que yo hago (coaching, consultoría, formación) es esencial: no te lanzas en brazos del primer fulano que se te pone enfrente, necesitas confianza.

Y luego alguna de esas personas que me lee estará, además, en una posición en la que pueda acabar siendo cliente: porque le surge la necesidad y tiene el dinero, porque se mueve en un entorno corporativo con presupuesto disponible, o porque conoce a alguien así. Y entonces se acordará de mí, y hablaremos.

Mientras tanto, no pasa nada; seguimos cultivando la relación. Sin presión, sin prisa, sin un objetivo finalista. De persona a persona, no de proveedor a potencial cliente.

Me gusta que me guste escribir en mi newsletter. Creo que es lo que lo hace sostenible y satisfactorio. Del otro lado hay cada vez más gente con la que estoy convencido que disfrutaría de tomar un café largo hablando de mil cosas. Esas personas, a su vez, ven en mí a alguien cercano, sensato, de confianza.

Y eso es un fin en sí mismo, no hace falta que sea un medio para nada más.

El sufrimiento (y la satisfacción) de aprender algo nuevo

Hace un año quedé a comer con mis amigos en Salamanca.

Después de un rico arroz, y un par de copas de sobremesa, pasamos por delante de un conocido local. En la puerta, una relaciones públicas trataba de captar clientes. «Chicos» (dijo con extrema generosidad para con ese grupo de cuarentones), «ahora empieza un concierto, ¿os animáis?».

Y para allá que fuimos. Bueno, técnicamente fui yo muy emocionado, y mis amigos entraron a regañadientes.

La cosa es que disfruté mucho del concierto.

A lo largo de estos meses he ido varias veces a escuchar de nuevo a esta banda. ¡Hasta un día me dejaron cantar una canción!

El caso es que investigando un poco sobre ellos, a través de su Instagram y del de sus componentes, vi que el guitarrista daba clases. Y yo lo de tocar la guitarra lo tengo ahí como espinita clavada. Así que me puse en contacto con él y hace un par de semanas empezamos a dar clases.

En estas dos semanas he vuelto a recordar lo que es enfrentarse a un reto de aprendizaje. Esa sensación de que «todo es difícil» (y es verdad, todo es difícil hasta que se vuelve fácil… pero hay que trabajar). Esa frustración cuando las cosas no te salen, incluso cuando vas muy despacio. Ese ser consciente de todo lo que no estás haciendo bien a la vez. Esas molestias derivadas de corregir la postura de la mano (porque nunca te habías fijado, o nunca te habían dicho, que la ponías mal).

Y también esa sensación tan gratificante cuando las cosas van saliendo. Esos momentos «eureka» cuando descubres la lógica interna de lo que estás haciendo. Ese subidón cuando te das cuenta de que ahora haces con cierta soltura lo que dos semanas antes veías casi imposible.

Hay una viñeta que me encanta, en la que un tipo le dice a otro que está tocando el piano: «Tienes que dejarlo, no eres bueno».

A lo que el otro responde: «Si lo dejo, nunca seré bueno».

En esas estamos.

PD.- En mi libro «Skillopment» tienes una colección de reflexiones sobre el aprendizaje que quizás te interesen.

Agilidad emocional de Susan David – resumen

Hace unos días estuve viendo esta entrevista a Susan David sobre el concepto de Agilidad Emocional (que también es el título de su libro), y me pareció muy recomendable.

He hecho este breve resúmen sobre algunas de las ideas de las que habla en la entrevista:

  • Contexto:
    • Sudafricana blanca en tiempos del apartheid… le hace pensar en los procesos mentales de la gente que valida una situación tan evidentemente injusta e intolerable.
    • Muerte del padre por cáncer con 15 años. Dificultad para procesar esas emociones (vs. la expectativa de emociones siempre positivas, de no tener conflictos…)
  • Definiciones:
    • Agilidad emocional: mantener una relación sana con nuestras emociones («convivir con nuestros pensamientos, emociones y recuerdos») para poder sacar lo mejor de nosotros mismos («siendo coherentes con nuestros valores») para ser «la persona que queremos ser»
    • «Rigidez emocional» (por contraste); quedarse atascado en pensamientos, emociones o recuerdos… actuar con patrones de actuación en piloto automático… y no poder actuar/avanzar conforme a nuestros valores.
    • Agilidad emocional vs. inteligencia emocional:
      • la inteligencia emocional como «tipo de inteligencia» (conocer emociones propias y ajenas) vs. agilidad emocional con un carácter moral, «acercarnos a unos valores»
  • Ejemplos de mala gestión emocional:
    • Embotellar: «no debería tener estas emociones», se intentan apartar… genera depresión, ansiedad, capacidad de gestionar racionalmente los problemas, afecta a relaciones (carencia de vulnerabilidad e intimidad).
    • Incubar: rumiar al exceso las emociones, rebozarse en ellas, buscar causas, tratarlas como hechos, actuar en automático (muchas cosas que has aprendido de niños), victimismo… te centras en ti mismo, en el victimismo, la inacción…
    • El punto correcto es el medio: no ignorar, pero tampoco dejarse llevar
  • Prácticas centrales de la agilidad emocional:
    • Exteriorizar / Aceptar / Validar:
      • entender que los humanos tenemos emociones, que son útiles («el sistema de señalización que nos ayuda a sobrevivir»).
      • Ser compasivos con nosotros mismos: «Hay que soltar la cuerda», ser compasivos con nosotros mismos, «está bien sentirse mal», «hacemos todo lo que podemos contando con quienes somos, la educación que hemos recibido, las circunstancias vitales a las que nos enfrentamos y los recursos con los que contamos».
      • Entender que no estamos en combate con una versión ideal con nosotros… abrirnos a la experiencia real.
      • Aceptar que no podemos estar felices todo el tiempo (aunque la sociedad parece que es lo que nos intenta trasladar), que una vida con sentido implica también aceptar el malestar. No podemos forzar la felicidad, porque entonces no desarrollamos las habilidades necesarias para enfrentarnos a una vida que por naturaleza va a generarnos malestar y dificultades. No podemos elegir vivir solamente buenas experiencias. «Tienes los objetivos de una persona muerta» (los muertos son los únicos que no sufren decepciones, no se estresan, no se les parte el corazón). No puedes tener una carrera significativa, o una familia, sin malestar. «El malestar es el precio a pagar por una vida plena».
    • Distanciar: ver las emociones como lo que son, entender que no son hechos sino pensamientos, emociones y recuerdos… y que podemos tratarlos como tal.
      • Expresarlas: p.j. usar diario para escribir emociones (o terapia, o amigos)… «exteriorizar el dolor», «correspondencia secreta conmigo misma». Ejemplos de trabajadores que se quedan sin empleo… a los que les piden que escriben sobre el tema muestran mejor adaptación, más acción, y más sensación de felicidad y menos de depresión, ansiedad… Se activa el «potencial de disposición del cerebro» (te orienta a la acción).
      • Observar cómo fluyen: os pensamientos, las emociones, las sensaciones… vienen y se van.
      • Etiquetarlas
      • También investigar matices (ejemplo del consultor que usaba «rabioso» para todo… pero cuando empezaron a investigar matices empezaron a salir conversaciones diferentes, distintos significados para una misma etiqueta…).
      • Investigar qué hay detrás de ellas. Las emociones son señales de lo que nos importa, no nos emocionamos por cosas que no nos importan. Cada emoción difícil lleva asociado un valor (¿una necesidad?) que es importante para nosotros, y sobre los que debemos construir. «¿Qué me está diciendo esta emoción que es importante para mí?»
    • Preguntarte tus por qués: ¿cuáles son tus valores? ¿quién quiero ser en esta situación? Identificar qué es importante para ti, y a partir de ahí plantearse la acción.
    • Elegir acción, avanzar:
      • «¿cuál es la manera más eficaz de sacar partido a esta situación?».
      • Un pequeño arreglo, un micromomento de cambio (ese momento, ese día… e incorpora más momentos de esos en tu día a día). Los pequeños cambios funcionan mejor que los grandes cambios.
  • Situación de las emociones en el mundo actual:
    • Niveles crecientes de depresión, ansiedad, suicidios… también en población juvenil
    • Nuestros niños están creciendo en un mundo en el que las dificultades ya eran grandes, y quizás lo vayan siendo más… y sin embargo no les damos herramientas (cuando tiene un impacto muy grande en nuestra capacidad de lograr objetivos, )
    • Cómo ayudar a niños: no solucionar problemas, no enseñarles a «obviar» las emociones malas… darles espacio para que expresen, reconozcan, vean que son pasajeras

Resumen

La autora define su concepto de «agilidad emocional» como la capacidad de convivir sanamente con pensamientos, emociones y recuerdos… y actuar de la mejor manera posible sin obviarlos ni dejarse arrastrar por ellos.

Inside Jokes: resumen y aprendizajes

Atraído por la comedia

Desde hace tiempo me siento atraído por el mundo de la comedia y, para ser más específico, con el stand-up (o «los monólogo» que diría Broncano). Aparte de que me resulta en general divertido de ver (¡hay gente muy ingeniosa!) me llama mucho la atención el proceso que siguen los cómicos. Porque parece que simplemente son «gente divertida» que agarra un micrófono y se pone a hablar y a hacer chistes… pero hay mucho más que eso.

Escribir humor es a la vez un arte y un oficio, y además implica todo un viaje desde una idea a la que se le va dando forma, que evoluciona, que se prueba y se cambia (a veces con detalles imperceptibles, pero que marcan la diferencia entre el silencio incómodo y la carcajada).

Y además es un ejemplo de autogestión. Porque eso de salir a un escenario sin más cobertura que un micrófono… uf, hay que tener mucha valentía, y mucha fuerza para vencer la inseguridad, y mucha resiliencia para aguantar cuando las cosas no salen tan bien como te gustarían (que suele ser con frecuencia).

Inside Jokes, una miniserie documental

Por eso, cuando descubrí una miniserie llamada «Inside Jokes» sobre «lo que hay detrás de los cómicos», me lancé a por ella. La serie sigue a un grupo de cómicos en su proceso de selección para la sección «New Faces» de un famoso festival de comedia en Canadá. Es una gran oportunidad, porque supone una puesta de largo ante gran parte de la industria (la que luego les contrata para grandes especiales en las cadenas de streaming, las que les ponen en contacto con estudios para películas y series…). O sea, «la gran oportunidad». Pero, como dice la biblia, «muchos son los llamados pero pocos los elegidos».

La serie recorre las semanas previas a la selección, y finalmente (para los escogidos) el momento de la verdad.

Ideas y aprendizajes de Inside Jokes

Y aquí van algunas ideas que me han resonado después de verla al completo:

  • La pasión de esta gente por hacer comedia. Para la inmensa mayoría es un «hobby» (es decir, se ganan la vida con otra cosa) al que le dedican horas y horas, mucho esfuerzo y sacrificio… pero hay algo dentro de ellos que les lleva a seguir y seguir.
  • Vinculado con lo anterior, la persistencia. Alguno de los aspirantes es la octava o novena vez que se presenta al proceso de selección, después de haber sido rechazados en años anteriores. Eso no les quita el empeño, y siguen intentándolo.
  • La obsesión por conseguir «stage time». Es decir, cuantas más actuaciones mejor. Y no por «hacer dinero» (la mayor parte del tiempo no cobran), sino por poder pulir y repulir su material. Practicar, practicar y practicar, una y otra vez, exponerse al público y sus reacciones…
  • La repetición. Una cosa que me fascina es que, en sus actuaciones, repiten una y otra vez su material. Y sin embargo consiguen hacerlo fresco, como si lo estuvieran casi improvisando en el momento. Es una habilidad que me parece impresionante (¡y que no les aburra me parece todavía más impresionante!).
  • La forma de trabajar el material, desde la idea inicial a la final, con múltiples evoluciones, pequeños retoques, descartes… son como orfebres trabajando con mimo y detalle una pieza de alta joyería. Y, sin embargo, desde fuera parece que «esto podría hacerlo mi primo».
  • La gestión de los nervios, la inseguridad, la angustia... esos momentos previos a la salida al escenario, las caras de concentración, las distintas estrategias que cada uno utiliza para llevarlo lo mejor posible… y la sensación de que, por muchas horas de vuelo que tengan, eso sigue ahí.
  • Lo que en el argot llaman «booming«, es decir, los días en los que el material no fluye, el público no entra a las bromas, y los cómicos quedan encima del escenario teniendo que remar contracorriente. Es algo tan impredecible, y a la vez inevitable de vez en cuando (hasta el mejor escriba tiene un borrón). El ver cómo gestionan esos días también es una lección interesante.
  • El glamour vs. el backstage. Un cómico de éxito puede parecer que tiene una vida estupenda, siempre en el escenario, aplaudido por cientos de personas… pero detrás hay alguien que se pasa el día viajando de acá para allá, muchas veces en soledad. Y eso por no hablar de la cantidad de sitios inmundos donde habrá tenido que actuar en su camino.
  • La competitividad de ese mundillo (o de cualquier otro, en realidad). Todos podemos tener la imagen de algunos cómicos de renombre. ¿Pero cuántos se han quedado en el camino? ¿Cuántos de los que llegaron al festival no han tenido continuidad? ¿Cuántos no llegaron ni a presentarse?
  • Y, en paralelo con la competitividad, la camaradería. Es verdad que unos triunfan y otros no, pero a la vez se pueden dar soporte unos a otros. Gestionar esa dualidad tiene su mérito.
  • Hay un tema interesante que tiene que ver con «encontrar tu propia voz». Es decir, utilizar la comedia no como un «artesano» (que lo mismo hace chistes de una cosa que de otra) sino como un «artista», alguien que utiliza ese vehículo para explorarse a sí mismo y para compartir su realidad, su forma de ver el mundo… con otros.
  • La importancia de «ser memorable». Cuando hay cómicos por centenares hay que buscar la forma de diferenciarse. Puede ser el tono de tus chistes, la forma de hablar, tu aspecto físico… pero claramente de todos los que vi hay algunos que recuerdo más, y otros que se quedan en el olvido.

En definitiva, un documental entretenido y que da para pensar en unas cuantas cosas.

Tu basura no miente

Esta mañana, mientras cerraba la bolsa amarilla de envases para bajarla al contenedor, miré de reojo su contenido.

«¿Qué conclusiones sacaría un arqueólogo que se pusiese a revisar mi basura?»

Puede parecer una pregunta peculiar, pero es que justo ese es el tema de un podcast que había estado escuchando la noche anterior (por recomendación de mi amigo Alberto, que de vez en cuando me sugiere cosas curiosas).

Por lo visto hay una rama de la arqueología que, en vez de explorar tumbas egipcias, se dedica a rebuscar en vertederos y a sacar conclusiones sobre la vida cotidiana de las personas.

Sobre la vida real, no sobre la vida inventada.

Porque ésa es una de las conclusiones que me pareció más interesantes: «la basura no miente», decía el arqueólogo Alfredo González-Ruibal.

Por ejemplo, contaba cómo en los estudios originales realizados en los años 70 y 80 en Estados Unidos, se concluyó que la gente consumía mucho más alcohol y mucha menos comida sana de la que afirmaban consumir.

Vamos, que una cosa es de lo que vamos presumiendo, y otra la cruda realidad.

Y tu basura no miente.

Lo que pasa es que normalmente no enseñamos nuestra basura. Es más, la ocultamos tanto como podemos.

Lo que hacemos en su lugar es cuidar mucho lo que enseñamos en el escaparate: nuestras fotitos en Instagram, nuestras sesudas publicaciones en LinkedIn, nuestros éxitos en las revistas sectoriales, nuestro salón convenientemente ordenado cuando vienen visitas. De la cara B, ni rastro.

Ni siquiera hace falta mentir (que también lo hacemos): basta con seleccionar lo que mostramos y lo que ocultamos.

Y no lo hacemos sólo de cara a los demás; también hacia nosotros mismos. Decía Richard Feynman que «tú eres la persona más fácil de engañar»… porque no hay peor ciego que el que no quiere ver. 

Ray Dalio, en su libro «Principios«, hace mucho énfasis en la importancia de conocer la verdad: sobre los demás, y sobre nosotros mismos. Porque solo a partir de la verdad es posible tomar buenas decisiones y conseguir buenos resultados.

Esa verdad no está en el escaparate que montas para que otros vean.

Está en la basura que ocultas.

¿Qué dice tu basura (la literal, y la metafórica) sobre ti?