La dura vida de un concejal

Hace poco más de un año, en las elecciones municipales de 2023, saltó la sorpresa en Aranda de Duero: una agrupación de electores de nueva creación consiguió ser la lista más votada superando a los partidos tradicionales, y como resultado acabó ganando la alcaldía y liderando el gobierno municipal.

Yo iba el número 13 de la lista, de manera testimonial y como apoyo al proyecto. No salí de concejal, ni estoy en el día a día de la actividad municipal. Pero, a lo largo de estos meses, sí he estado lo suficientemente cerca como para sacar una serie de conclusiones/intuiciones sobre lo que significa «ser concejal».

La burocracia es un océano de arenas movedizas

La burocracia interna en un Ayuntamiento es difícil de creer, y de entender, desde fuera. Cada paso que quieres dar está limitado por procedimientos, por figuras de control (Secretario, Tesorero, Interventor), por legislación, por vinculación a un presupuesto…

Todo esto tiene una buena causa, claro: evitar que llegue cualquiera y haga de su capa un sayo. Es un procedimiento garantista (más o menos) para dar tranquilidad a los ciudadanos.

Y, en ese sentido, está bien.

Pero tiene una parte muy oscura. Primero, por la complejidad/dificultad que supone para «alguien de la calle» ponerse al día de todo ello, y navegar en esas aguas.

Y segundo, por la terrible lentidud y falta de flexibilidad existente a la hora de abordar problemas. Cosas que para una persona en su casa se tendrían que resolver de un día para otro («pues se decide, se coge el dinero y se hace») requieren un expediente complejo, autorizaciones, plazos…

El resultado es que los ciudadanos se desesperan al ver que desde el Ayuntamiento «no se resuelve» (y protestan, claro), y los concejales se frustran hasta el infinito porque por mucho que quieran no pueden hacer más cosas ni avanzar más rápidos.

El funcionamiento interno es dantesco

Esto no sé si es cosa de este Ayuntamiento en concreto, o es algo más generalizado. Pero los problemas de procesos, de falta de recursos y herramientas, de limitaciones tecnológicas, de falta de personal… son de no creerse.

En muchos aspectos es una organización que está todavía en el siglo pasado… y no precisamente en las últimas décadas.

Parece mentira que una institución pueda funcionar medianamente, y prestar unos servicios básicos a los ciudadanos, con tanta precariedad y desorganización.

Por lo tanto, cuando llegas e intentas hacer cosas, te das cuenta de que tu «maquinaria» está obsoleta, oxidada y se cae a pedazos. Así que lo primero, antes casi de poder lograr nada de puertas hacia afuera, es intentar que el motor funcione.

Pero claro, eso los ciudadanos no lo ven. Solo ven «que no se hace nada».

¿Y si quieres cambiar todo eso? Pues échale un vistazo al punto anterior y al punto posterior.

Los concejales pintan menos de lo que nos creemos

Uno se piensa que, una vez que se consigue «el poder», vas a poder ponerte a los mandos y decidir lo que se hace, cómo se hace, a la velocidad que se hace…

Pero la realidad es que la capacidad de intervención de los concejales es bastante limitada.

Muchas de sus actividades dependen de contratos y convenios ya firmados, de planes ya comprometidos, en los que no puedes más que seguir la corriente.

Muchas de sus labores dependen de técnicos y funcionarios que tienen sus procesos, sus procedimientos, sus costumbres, sus agendas, sus «reinos de taifas». Ellos están allí´antes que tú, y van a seguir allí cuando tú te vayas. Si tienes suerte y «te los ganas» quizás puedas conseguir un poco de cambio en su actividad; si no, tendrás que lidiar con su indiferencia («habla chucho, que no te escucho») o hasta en algunos casos con su animadversión manifiesta («te voy a poner tantos problemas como pueda»).

¿No te gusta? Pues te aguantas, porque con los empleados públicos tu margen de maniobra es… limitado por decirlo suavemente.

Una agenda de locos

Entre compromisos institucionales, reuniones internas, reuniones externas, comisiones, plenos, atención a la prensa, resolución de marrones, coordinación de proyectos y equipos… la agenda de un concejal está prácticamente «vendida» al 100% antes de levantar la persiana.

Con poco tiempo para pensar, o para impulsar activamente proyectos diferentes.

Y todo eso, en su inmensa mayoría (en nuestro caso sólo el Alcalde tiene una dedicación exclusiva; el resto de concejales ni exclusiva ni parcial) solo en tus «ratos libres», teniendo que mantener tu trabajo (el que te da de comer) y atendiendo a tus responsabilidades familiares.

Imagina cómo es la sensación de estar todo el día axfisiado, y encima sin lograr avanzar en nada significativo mientras todo el mundo te observa y te critica.

Siempre vas a quedar mal

En un pueblo hay miles de personas, y decenas de colectivos. Peñas, asociaciones, clubes, ciudadanos individuales. Cada uno quiere una cosa del Ayuntamiento: subvenciones, que me arreglen mi calle, que me den un local, que las fiestas se hagan así o asao, que se corte la hierba en el jardín que tengo debajo de casa, que si la verbena tiene que terminar a las 3 o a las 5, que si las terrazas fomentan el negocio u obstaculizan el paso a personas con discapacidad, que si peatonalizas el centro es cómodo para los viandantes pero perjudica al comercio, que si….

¿Y qué sucede? Que, hagas lo que hagas, siempre será insuficiente. Si das una subvención, habrá quien dice que por qué. Y otros dirán que por qué no a mí. Y otros dirán que es mucho dinero, y otros dirán que no es suficiente. Si no cortas la hierba te dirán que qué dejadez, pero si la cortas te dirán que la has cortado demasiado y que perjudicas los ecosistemas. Si pones a la policía a vigilar te dicen que solo quieres recaudar, pero si no la pones que dónde está y por qué no actúa.

Como seas una persona con un mínimo de aversión al conflicto, y que no soporte «quedar mal» con nadie… estás fastidiado. Porque, hagas lo que hagas, siempre va a haber alguien quejándose y protestando (y probablemente con razón).

Y eso es muy pesado, un día tras otro.

Haters gonna hate

Yo pensaba que, en un pueblo, sería más o menos fácil que la gente (más allá del obvio derecho a la crítica) respetase los intentos por hacer bien las cosas y, por lo menos, mantuviese el respeto y las formas.

Y de lo que te das cuenta es de que no.

Que hay grupos y personas que, por intereses políticos, mediáticos, empresariales… simplemente te quieren quitar de enmedio. Y no les importa cómo. La manipulación, la mentira, la agitación… todo vale. Te deshumanizan, y te atizan como a un muñeco del pimpampum.

Hace falta estar hecho de una pasta especial para soportar eso.

La exposición pública

Pasar de ciudadano anónimo a «personaje público» es un cambio radical.

Ir por la calle y que las cabezas se giren. No poder hacer vida normal sin miedo a que alguien esté escuchando, o mirando, o grabando con un móvil. Tener que pararte con cada persona que quiere que le dediques unos minutos: si es con suerte será breve y educada, pero no siempre es así. Ver cómo hablan de ti en tertulias, medios de comunicación y redes sociales, muchas veces para ponerte a caer de un burro.

De nuevo, hay que estar hecho de una pasta especial (o desarrollar una coraza) para soportarlo.

En conclusión…

La inmensa mayoría de los días no les arriendo la ganancia a mis compañeros del Ayuntamiento. Ni, para ser justos, a los actuales ni a los que estuvieron antes ni a los que vendrán después.

Ser concejal supone echarse encima de los hombros un montón de responsabilidades y un montón de inconvenientes que, francamente, no están pagados (y en muchos casos no es metafórico). Es meterse en una «picadora de carne» por amor al arte, una tarea en la que es muy difícil conseguir cosas relevantes y, a cambio, tienes la seguridad de que vas a sufrir un desgaste y una frustración enormes.

Eso me lleva a preguntarme qué tipo de personas son las que son capaces no ya de meterse (porque puede que te dejes llevar por el idealismo… hasta que te das de bruces con la realidad), sino de mantenerse a medio/largo plazo en ese ecosistema.

¿Qué rasgos de la personalidad tienen? ¿Qué incentivos hacen que les merezca la pena?

De las respuestas que me vienen a la cabeza, algunas no me resultan muy alentadoras.

Y eso me lleva también a preguntarme si el sistema que tenemos para gestionar «lo público» es el más adecuado. Aunque tampoco tengo clara cuál podría ser la alternativa.

Los beneficios de la especialización

Mirando hacia atrás…

En breve se cumplirán 25 años desde que empecé mi carrera profesional.

25 años, se dice pronto, manda narices.

Llevo un tiempo bastante reflexivo («¿cuándo no, Raúl?», dirán algunos). Con sensación de estancamiento, bastante parecida a la de hace unos años (supongo que eso mismo es la definición de estancamiento). Pensar en mi futuro profesional (que, aunque por mí me iría a una cabañita en el bosque, siento que tendré que plantearme por otros 20-25 años más) es inevitable que me haga pensar en mi pasado.

Y en el que, probablemente, es el gran error de mi carrera.

La inquietud por el debate especialista/generalista me viene de lejos. Ya en los albores de este blog hablaba de que la especialización es para los insectos, del orgullo generalista, de que «cómo se presentaría Leonardo«, cómo me sentía una nube de tags, y a la vez de las dificultades para destacar como generalista, o lo bien que funciona la especialización de cara al mercado.

En fin, creo que es uno de los grandes temas recurrentes sobre los que llevo reflexionando durante casi toda la vida, y en el que chocan dos intuiciones.

Orgullo generalista

Por un lado, siento que mi naturaleza es generalista.

Lo cierto es que no he conseguido, a lo largo de mis ya casi 50 años de vida, encontrar ese «algo» que me haga sentir una pasión permanente e irrefrenable. No he tenido una vocación, una actividad o un área de conocimiento en el que sintiese que «podía instalarme».

Nada me ha interesado lo suficiente como para dedicar esas 10.000 horas de las que hablaba Malcolm Gladwell que son necesarias para ser un experto; al contrario, me siento más cerca del «picaflor» que disfruta tocando superficialmente distintos temas por breves periodos de tiempo. Mi curiosidad se satisface rápido (en las primeras etapas de la curva de aprendizaje – las 20 horas de Josh Kaufman), y luego busca otra cosa diferente a la que prestar atención.

Océano infinito del conocimiento.

Me falta la capacidad de «centrarme», de elegir un campo y profundizar en él más y más ,de cerrar los ojos a las posibles alternativas, de «apretar los dientes» y perseverar más y más hasta alcanzar ese nivel de experto/maestría, de repetir una y otra vez los mismos mensajes sin aburrirme.

Ejemplos te podría dar muchos: la fotografía, la magia con cartas, el aprendizaje, hacer nudos, la formación, las herramientas de RRHH, la programación, la psicología, el desarrollo personal, el coaching, los negocios online, el dibujo, la guitarra, la meditación, el diseño…

Soy un aprendiz de mucho y maestro de nada.

Y eso tiene sus satisfaciones, no te voy a engañar. Sin duda es más divertido. Y te da una perspectiva mayor del mundo. Incluso, teóricamente, te podría dar cierta ventaja competitiva al encontrar relaciones entre distintas temáticas y poder aplicar esa visión amplia a la resolución de problemas.

Pero también tiene sus desventajas.

El mundo compra especialización

Hay una corriente que defiende a los generalistas/multipotenciales, pero la realidad es tozuda.

Si tú, como cliente, vas a comprar un producto o servicio… buscas al experto.

Si tú, como empleador, vas a contratar a alguien… buscas al que tiene experiencia previa en el puesto, en el sector y en el tamaño de empresa.

Buscas al que se ha enfrentado ya cien veces al problema que tú te tienes. Al que domina los matices que a ti se te escapan. Al que es capaz de hacerlo rápido y barato porque ya lo ha hecho antes.

Especializarte en algo ayuda a que «el mercado» (los potenciales clientes / empleadores) te encuentren, identifiquen, te reconozcan, te compren.

Y te ayuda también a ti a buscar clientes (aquellos que tienen el problema que tú sabes resolver), y descartar a otros.

Te ayuda a elaborar tu propuesta de negocio, tus acciones de marketing, lo que pones en tu web.

Te ayuda a destilar tu comunicación.

Te ayuda a elegir qué conocimientos seguir cultivando, qué libros leer, a qué eventos acudir, qué formaciones hacer.

Especializarte, en definitiva, te da un plan que seguir.

Y te genera más ingresos.

También tiene sus riesgos (¿y si aquello en lo que te has especializado deja de ser relevante?), y sus lados negativos (qué aburrido estar hablando siempre de lo mismo). Todo tiene siempre una cara A y una cara B.

Pero ajá.

¿El gran error de mi carrera?

Decía, al inicio del post, que estoy por cumplir 25 años de trayectoria. Y que, mirando atrás, creo que soy capaz de identificar el gran error de mi carrera: no ser un especialista.

Porque resulta que, tras 25 años… ¿qué soy? ¿cómo me presento al mundo? ¿En qué temática/sector puedo decir que soy un experto? ¿A qué he dedicado el número suficiente de horas como para poder «competir»?

Sí, seguro que soy una excelente compañía para una sobremesa. Que puedo hablar un poquito de esto y un poquito de aquello, y tener opiniones mínimamente fundadas sobre distintos temas. Que incluso, en un entorno profesional, puedo ser muy útil porque sirvo «para un roto y para un descosido».

Pero, a la hora de la verdad, el mercado no me reconoce. No soy capaz de decir «me dedico a esto, soluciono este tipo de problemas para este tipo de clientes, y lo hago mejor que nadie porque llevo años profundizando en ello».

Creo que lo he hecho al revés de lo que debería.

Mis primeros 25 años deberían haberse centrado en cultivar una especialización, en sacarle rendimiento económico para, una vez llegada a la «mediana edad» y con la vida más o menos resuelta, abrir la mente a otras inquietudes.

Pero siempre fui un adelantado a mi edad biológica, y mis «crisis de identidad» me llegaron muy pronto. O quizás es que no dediqué el tiempo suficiente a buscar un área donde realmente me pudiese interesar (o le viera sentido) especializarme, y me vi metido en un mundo que no era para mí, y mi salida fue la dispersión.

O quizás vengo genéticamente averso a la especialización.

Lo cierto es que me encuentro a estas alturas de la vida con la sensación de haberme equivocado, de estar lejos de tener la vida resuelta, y lejos de tener un plan.

El mejor momento para plantar este árbol

Dicen que el mejor momento para plantar un árbol fue hace 20 años, y el segundo mejor momento es ahora. Quizás haya llegado el momento de plantar ese árbol (aunque estoy convencido de que esta sensación ya la he tenido antes, y aquí estamos).

Y, a la vez, siento que esa decisión es una derrota para mi espíritu generalista, esa identidad a la que me aferro con uñas y dientes.

Cada vez que pienso en especializarme en algo, mis entrañas lo rechazan: «qué pereza», «qué aburrimiento», «¿realmente aporto algo?», «es que no me interesa», «ése no soy yo».

Pero, a la vez (como decía más arriba) la realidad es tozuda.

Tu cerebro necesita su tiempo de reposo

Una tarde me dio un arrebato.

Uno de esos momentos de ansiedad que se traducen en «quiero comer cualquier cosa con hidratos de carbono».

«Pero ten zanahorias para esos casos, que es más healthy»

PERO QUIERO HIDRATOS DE CARBONO.

La cosa es que no tenía nada por casa. Y lo de bajar a la calle me daba pereza.

Así que mi cerebro dijo: «pues haz un pan».

Tenía harina, tenía agua, tenía levadura… así que me busqué una receta por internet y «p’alante». Es verdad que todas las recetas hablaban de reposar la masa, de fermentar… pero yo no quería un pan para mañana, ni para pasado mañana. LO QUIERO YA.

Cuando mandé el resultado al grupo de whatsapp familiar, mi hermana (cocinera y «panarra») me preguntó: «¿cuánto ha fermentado la masa?». Mi respuesta (el emoji de la falsa sonrisa enseñando los dientes) provocó a su vez la suya: un gif de «facepalm».

¿Que si me comí el pan? Sí, porque un arrebato es un arrebato.

Pero «bueno», lo que se dice «bueno», no estaba.

Si tú lees o escuchas a cualquier especialista en hacer pan, te van a decir lo mismo: uno de los ingredientes principales es el tiempo (o la paciencia, dicen otros). Porque el proceso de elaboración del pan requiere su tiempo. No es tanto «tiempo activo» (que te tires diez horas amasando), sino los tiempos de reposo necesarios entre proceso y proceso.

Formas la masa… reposo. Amasas… reposo. Vuelves a amasar… reposo.

No es algo que puedas hacer en una tarde, pim, pam.

O sea, poder puedes, pero el resultado no es el mismo ni de lejos.

Pensaba en esto estos días en los que estoy preparando un curso sobre «Gestión del cambio».

Porque es algo que también requiere tiempo y paciencia.

Un día te pones y haces un primer esbozo de «temas que podría tratar». Y lo dejas reposar.

Otro día te pones y añades cuatro o cinco temas que se te han ocurrido entre medias. Y lo dejas reposar.

Otro día buscas inspiración en lecturas, en tu archivo, en cosas que miras por internet… otro día piensas en actividades que podrías incluir en el curso para hacerlo más participativo y más dinámico… otro día empiezas a añadir ejemplos, metáforas y citas que ilustren los conceptos…  otro día empiezas a darle forma al orden de los contenidos, a un primer nivel… otro día haces cambios en esa estructura… otro día empiezas a crear diapositivas… 

Y entre medias, reposo y reposo.

¿Podría hacer lo mismo todo de una tacada? Supongo que, por poder, podría. Igual que pude hacer el pan. Pero el resultado sería bastante mediocre.

El cerebro trabaja en dos modos: el modo focalizado, y el modo difuso (lo explicaba muy bien Barbara Oakley en su curso «Learning how to learn«). El aprendizaje (y la creatividad, y el trabajo cerebral en general) requiere que los dos se vayan alternando. No podemos estar en modo focalizado de manera constante, porque nuestro rendimiento disminuye.

Supongo que a ti también te ha pasado eso de estar un rato mirando un papel, o la pantalla, y pensando «llevo media hora para escribir una frase, no doy más de mí». O eso de no ver nada claro lo que tienes entre manos. Y te vas a casa, lo retomas el día siguiente, y lo ves con una claridad meridiana y lo resuelves en dos minutos.

Pues eso: que al cerebro, como a la masa, hay que dejarlo reposar para que el resultado sea óptimo.

Y que cuando planifiques tienes que tenerlo en cuenta… porque si no acabarás comiendo un pan mediocre en el mejor de los casos.

Yo tengo un mes por delante antes de la fecha prevista del curso. Eso no significa que vaya a trabajar a tiempo completo en él (menudo negocio estaría haciendo…). Pero sí me va a permitir darle el tiempo suficiente de reposo entre «sesión de trabajo» y «sesión de trabajo» como para que «fermente» bien… y el resultado sea delicioso.

Lebron James y los móviles

El otro día Lebron James hizo historia.

Recibió el balón cerca de la línea de personal, botó un par de veces de espaldas a su defensor, se elevó cayendo un poco hacia atrás… y pam, canasta. 

2 puntos.

Que sumados a los 38.386 que ya llevaba anotados en su vida daban un total de 38.388, record de todos los tiempos en la NBA superando al mítico (para los de nuestra generación) Kareem Abdul-Jabbar.

El momentazo, si lo quieres ver (incluyendo la incomparable habilidad de los estadounidenses para pararlo todo y hacer el show) está aquí

38.386 puntos es meter muchos puntos durante muchos años.

La cosa es que en estos días circulaba una imagen del momento en el que Lebron está en el aire, con el balón saliendo de sus manos. De fondo, el público puesto en pie… móvil en mano, captando el momento. ¿Todos? Todos no, hay un hombre en primera fila sin móvil que simplemente mira la escena.

Al hilo de esta foto leía un comentario en LinkedIn.

Hablaba de que el móvil nos ha robado la capacidad de vivir las experiencias, de disfrutar del momento. Todos ahí alienados con sus teléfonos, y el hombre de la primera fila sí que sabe vivir la vida.

Pues discrepo.

Verás, que utilices el móvil en sí mismo no quiere decir nada.

¿Quién te dice a ti que las personas que están usando su móvil para grabar la escena están menos atentas que tú, o que están disfrutando menos el momento que tú? No, están usando el móvil como herramienta para disfrutar la escena, y es tan legítimo como hacerlo sin él. De hecho, en ocasiones incluso enriquece la experiencia.

Y en última instancia, ¡es su vida!

A mí, por ejemplo, me gusta hacer fotos con el móvil cuando visito algún sitio chulo. ¿Significa eso que no estoy prestando atención al sitio? ¡Para nada! Las fotos me ayudan a disfrutarlo incluso más, buscando los detalles, apreciando las formas, los equilibrios de las composiciones, dándome una excusa para observar desde distintos puntos de vista. Encima, esas fotos me ayudan después a recordar lugares y momentos. Y por supuesto soy perfectamente capaz de hacer unas fotos y después guardarme el teléfono en el bolsillo y «disfrutar de la realidad».

Al final, como casi todo en la vida, depende; lo importante de las herramientas es cómo las utilizas.

Se trata de ponerle consciencia, de darte cuenta cuándo la herramienta te enriquece y cuándo te entorpece.

De cuándo la utilizas para «el bien», y cuándo para «el mal».

En su libro «Indistractable«, Nir Eyal habla de los conceptos de «tracción» (cuando lo que haces te acerca a tus objetivos y a la vida que quieres) y «distracción» (lo contrario). Cada momento, cada acción, cada herramienta… puede llevarnos por el buen camino, o por el malo.

Es cosa de cada uno.

El equilibrio no existe

Cuando yo era pequeño había un espectáculo que me llamaba mucho la atención: los equilibristas.

Yo no sé si es que ya no hay tantos espectáculos de equilibristas, o si seré yo que «solo veo series», pero desde luego hace mucho que no veo uno.

Fuese en un programa de circo para niños, o en uno de variedades, de repente salía un tipo que colocaba un rodillo en el suelo, y una tabla encima… y ahí se subía, a intentar no caerse.

Por supuesto, eso era nivel básico: la gracia era cuando empezaba a colocar unos vasitos, y encima otra tabla, y luego otro rodillo, y otra tabla, y otros vasos para poner otra tabla más…

Al final acababa subido a una altura considerable, encima de una estructura imposible… ¡y sin caerse! (¿puede que yo secretamente estuviera esperando a que se cayese? Ni confirmo ni desmiento ese extremo).

La cuestión es que el equilibrista nunca alcanzaba, paradójicamente, el equilibrio. Era raro verle completamente quieto. Al contrario, lo que veías era movimiento permanente, con los brazos extendidos, cambiando ligeramente (o a veces no tan ligeramente) el peso de su cuerpo de un lado a otro.

En el libro «Lo único«, Gary Keller afirma tajantemente: «una vida equilibrada es una mentira».

Nada está nunca en perfecto equilibrio. Lo que sucede en realidad es una acción permanente «hacia el equilibrio», pero no se alcanza nunca. «Equilibrio» lo definimos como sustantivo, pero en realidad tenemos que pensar en él como un verbo.

Estamos constantemente re-equilibrándonos.

Porque lo natural es que estés en desequilibrio.

Que haya partes de tu vida que estén requiriendo más tiempo, atención, energía… que otras. Es normal, es lo esperable. De hecho, es hasta deseable: porque quien mucho abarca, poco aprieta… y a veces toca sacrificar unas cosas en favor de otras.

Y si ves que ese desequilibrio es excesivo… entonces tendrás que hacer como el tipo subido en el tablón: desplazar parte de ese tiempo, atención, energía… a aquello que habías desatendido.

Pero, por supuesto, con un coste: porque no hay supermanes ni superwomanes capaces de hacerlo todo a la vez durante todo el tiempo.

Lo que hay que aceptar (y es algo que también refleja Oliver Burkeman en sus «4000 horas«) es que tienes recursos finitos, y que no vas a poder llegar a todo. Siempre va a haber aspectos de tu vida que estén desatendidos. Si te centras en el trabajo posiblemente sufra tu familia, o tus hobbies, o tu descanso. Si quieres dedicar más tiempo a tu familia, sufrirá tu trabajo. Si te centras en un proyecto, otros languidecerán.

De lo que se trata es de que ese desequilibrio sea consciente.

Y de que, cuando sientas que te has escorado demasiado, sepas corregir el rumbo.

Un fracaso que me hace feliz

«Bueno, pues a ver qué tal funciona».

Respiré hondo, y le di a enviar. Ya no había vuelta atrás (es lo que tienen las newsletters, que no hay Ctrl+Z).

Esta escena se produjo hace algunas semanas, cuando mandé el mail en el que hablaba de «La rueda de la vida». Pero no hablaba solo en general, sino que ofrecía mis servicios para un «Programa de Acompañamiento»: unas sesiones 1 a 1 para hacer el ejercicio de evaluación vital con esa herramienta (hablo de este email).

Vamos, que estaba vendiendo (¡dios mío, ha dicho «vender»!).

Nunca he sido un flipado (al menos no en esto), y no esperaba de repente vender centenares de sesiones.

Pero sí quizás un puñado de ellas.

Al menos recibir un par de correos pidiendo más información.

¿Pero sabes cuántas peticiones me llegaron?

C-E-R-O.

La nada más absoluta.

Y te voy a contar una cosa: de alguna manera, eso me hace feliz.

«Pues Raúl, no es un resultado como para sacar pecho», dirás.

Ya, ya.

Pero déjame que me explique.

Verás, tenía la idea de sacar ese producto desde hace meses, más bien años. Pero siempre lo retrasaba, una y otra vez.

Me ponía mil excusas, pero la puñetera realidad es que sólo había una razón: el miedo.

El miedo a lanzar algo, y que no funcionara. El miedo a no despertar interés, a recibir un golpe de realidad, un mensaje de «lo que ofreces no lo quiere comprar nadie».

El miedo a que pasara justo lo que ha pasado.

Y estoy feliz por dos motivos: el primero es que, en primera instancia, conseguí (¡por fin!) vencer al miedo y lanzar ese email a pesar de tenerlo ahí taladrándome el cerebro.

No solo eso, sino que sucedió el peor de los escenarios que yo imaginaba… y eso me ha permitido comprobar que «no pasa nada». ¿Esto era todo lo que me detenía? ¡Menuda chorrada!

De este «fracaso» saco dos conclusiones:

  • Una: el planteamiento que hice no ha tenido éxito. Ahora puedo investigar por qué (por cierto, si tú tienes algún feedback al respecto… ¡soy todo oídos!), puedo darle una vuelta, puedo cambiar el enfoque… Pero lo importante es que si no lo hubiera lanzado todo seguiría en mi cabeza, sin contraste con la realidad. ¡Y ahí no me permite aprender nada!
  • Dos: el miedo que tanto tiempo me frenó no estaba justificado. Incluso produciéndose «la peor de las consecuencias», no es para tanto. Es algo que me voy a recordar una y otra vez en el futuro, para reírme un poco más de mis miedos y para dar más pasos hacia adelante. Porque la mayor parte de las veces, incluso si sale mal… estaré bien.

PD1.- Justo estos días estoy leyendo el libro «El método«, de Barry Mitchels y Phil Stutz donde, precisamente en el primer capítulo, se habla del miedo. Phil Stutz es, por cierto, el protagonista del documental «Stutz» que ha realizado el actor Jonah Hill (que por ahí gusta mucho, aunque a mí me ha resultado un poco meh).

PD2.- Otra cosa que me daba un poco de miedo: enviar este email. «¿Qué pensará la gente de mí?» «¿Qué imagen estaré dando al contar mi fracaso?». Pues mira, miedo, lo voy a enviar igualmente :).

PD3.- A lo mejor, con este enfoque, empiezo a hacer más cosas diferentes… también con la newsletter. Pero todavía le tengo que dar una vuelta.

No es mi circo, no son mis monos

Aranda de Duero, enero de 2023. Temperaturas rondando los 0º, viento gélido.

– «Pues yo no tengo frío. De hecho, me sobra el abrigo».

Me giro y la miro con incredulidad. Ahí va mi hija (casi 14 años) con su sudadera y su abrigo por encima, sin abrochar.

– «¡Pero cómo no vas a tener frío, si está casi helando!»

– «Pues no lo tengo».

Se encoge de hombros, y sigue caminando.

De verdad que parece un cliché eso del padre diciéndole a la niña que se ponga una rebequita.

Pero claro, uno es padre. Sabe lo que es bueno para ellos mejor que ellos mismos. Al fin y al cabo los has tenido en brazos, les has limpiado el culo, llevas aquí 30 años más que ellos… ¡por supuesto que sabes más!

El problema es que eso, que tiene sentido cuando tienen 3 meses, o 1 año, o… poco a poco va perdiendo vigencia. A media que tus hijos se transforman en seres independientes y autónomos son ellos quienes tienen que tomar sus decisiones… y apechugar con las consecuencias.

¿No te quieres poner el abrigo? Bueno, si pasas frío lo vas a pasar tú, no yo. Si te resfrías vas a sentirte mal tú, no yo. La próxima vez quizás aprendas… o quizás no. En todo caso, problema tuyo.

Puede que, de refilón, haya alguna consecuencia para ti. Quizás te toque, si se resfría, estar pendiente de su malestar. O incluso irte con ella al médico si la cosa se complica. Aparte, por supuesto, de la preocupación implícita que conlleva el ser padre. Pero si te pones a pensarlo bien, realmente las consecuencias para ti son muy secundarias (salvo lo de la preocupación; pero si no quieres que tus hijos te hagan preocuparte… no tengas hijos).

Lo que de verdad te jode es la sensación de que no haga lo que tú harías, lo que tú crees que está bien.

Somos tan egocéntricos…

Cuando hablamos de los hijos esta sensación aparece con mucha frecuencia (y más a medida que van creciendo). Pero también sucede con la pareja, con los amigos, con la gente con la que trabajamos, hasta con desconocidos. Vemos que toman decisiones, que hacen cosas… que «están mal». Que «se están equivocando». Y aunque a nosotros ni nos vaya ni nos venga nos cuesta reprimir el impulso de aconsejarles; a veces de manera bienintencionada, a veces desde la frustración… pero siempre desde la superioridad moral del «yo sé, tú no».

Y aquí es donde aparece este refrán, dicen que de orígen polaco (aunque bien podría haberlo dicho Einstein): «Not my circus, not my monkeys».

Imagina que alguien va a hacer algo que tú no harías, y que crees que tendrá consecuencias negativas para él o ella. Y notas cómo te sale el impulso del «salvador», esa urgencia por «llevarle por el buen camino». Pues antes de irte a darle tu opinión… recuerda, es su circo y son sus monos. Y si los monos se descontrolan, y se salen de su jaula, y se ponen a tirar excrementos a discreción… pues es su circo, y son sus monos. 

Te dará pena, te saldrá el «ya lo sabía yo»… pero es su circo, y son sus monos.

Y si te preocupan las consecuencias que esas decisiones puedan tener sobre ti, eres muy libre de expresar esa inquietud: «oye, me preocupa que si los monos se escapan la mierda me acabe salpicando». Y ten una conversación clara y asertiva sobre lo que sucederá en ese caso: «ten claro que yo no voy a ponerme a limpiar caca de mono, ¿estamos de acuerdo?».

Pero cuida de separar muy bien lo que es una inquietud legítima del puro impulso de «hacer cambiar a la otra persona de opinión para que haga lo que yo creo que es correcto».

Pd.- Un par de artículos por si quieres profundizar en esta idea: No critiques, no reproches y Cómo motivar a otra persona

He venido a hablar de mi libro: Efectividad KENSO

«Es que pasa el tiempo, se acaba el tiempo, entra la publicidad, entran unos vídeos absurdos que todos hemos visto ya, y no se habla de mi libro. Pues entonces, a qué he venido yo aquí».

He estado repasando la famosísima (al menos si estás en España, y si tienes ya una edad… porque esto fue hace ya 30 años, glups) escena que se produjo en un programa de entrevistas en las que el autor Francisco Umbral le reclamaba a la presentadora, Mercedes Milá, que cuándo se iba a hablar de su libro. La escena completa está aquí (es deliciosa).

Desde entonces «yo he venido aquí a hablar de mi libro» ha quedado en el lenguaje popular como sinónimo de «yo vengo aquí con el único interés de hablar de lo mío, y lo demás me da igual».

Bueno, pues hoy yo he venido a hablar de mi libro, aunque no es que todo lo demás me dé igual.

Pero es que si todo va bien, este próximo miércoles 25 de enero llega a las librerías (físicas y virtuales, en formato papel y en formato ebook) mi (nuestro; de Quique, Jeroen y mío) libro «Efectividad KENSO». 

La cuestión es que, aparte de hacértelo saber (porque igual te resulta interesante su lectura: la info del libro la tienes aquí), quería aprovechar para compartirte una reflexión sobre eso de escribir un libro.

Porque, la verdad, nunca pensé que yo lo haría.

Es verdad que he autopublicado un par de cosas: pero Skillopment es una recopilación de artículos cortos, y La Rueda de la Vida es más un cuaderno de trabajo. También he participado en libros colectivos, aportando un capítulo.

Pero escribir un libro «de verdad» es otra cosa.

En mi mente, un libro era un proyecto demasiado difícil. No me tengo por una persona constante. Y una cosa es escribir cosas para el blog, o la newsletter (escribes, publicas y hasta luego Mari Carmen), y otra es pensar en una estructura, irle dando forma a lo largo de las semanas, que todo tenga coherencia, no perder la motivación en el camino… 

Buf.

Pero mira, está claro que era una creencia limitante. Apoyado en el trabajo conjunto con Quique y Jeroen, y haciendo una buena labor de «trocear» el contenido para poder ir avanzando de a poquitos… llegamos al final.

Siempre se dice que la mejor manera de comerse un elefante es, precisamente, a trocitos… y en este caso así ha sido.

No quiere decir que todo haya sido coser y cantar, pero al final el león (o en este caso el elefante) no era tan fiero como lo pintaba.

También hay una frase que me gusta repetir: «Nadie construye una casa; lo que haces es poner un ladrillo, luego otro, luego otro… y al final, como resultado, obtienes la casa».

Nadie «escribe un libro». Lo que haces es que, con eso en mente, trabajas para transformar ese objetivo de llegada en tareas mucho más manejables y concretas. Las más cercanas las puedes definir ya, las más lejanas las irás viendo… pero todo es un camino de acciones concretas que puedes abordar.

Pim, pam, pim, pam… hasta que llegas a donde querías.

Nadie «escribe un libro», pero si te lo montas bien acabas con un libro en las librerías.

Y yo, la verdad, me siento muy orgulloso del proceso.

Renacimiento

«Quiero poner fin al motín de mi mente y que mi alma vuelva a reinar».

Lo de que «quiero poner fin al motín de mi mente y que mi alma vuelva a reinar» no es mío.

Es de Kase.O, un rapero muy grande y muy maño.

Pero se ve que los raperos grandes y maños también pueden ser intensitos si se ponen.

Esta frase la incluye en su canción «Renacimiento», que últimamente escucho con fruicción.

Verás, de un tiempo a esta parte he sustituído lo de hacer «buenos propósitos de año nuevo» por algo más amplio: elegir una palabra, una idea, un concepto… que recoja el rumbo que le quiero dar a mi vida en los siguientes meses.

Lo bueno de este enfoque es que es un paraguas bajo el que puedes colgar muchas iniciativas a lo largo del año, en muchos ámbitos diferentes. Algunas que incluso ni siquiera puedes visualizar ahora. Es una «idea-fuerza», una especie de brújula que te señala el camino en cualquier situación. 

Y la idea de 2023 es, precisamente, «renacimiento».

Renacimiento es un periodo de luz y vitalidad después de una etapa oscura. Renacimiento es ilusión, es expansión, es ganas, es explorar, es descubrir, es probar. Es hacer las paces con el pasado, y dejarlo atrás. 

Es algo que quiero aplicar a mi vida personal, a mi vida profesional, a mi vida social, a mi vida intelectual, a mis hobbies, a mis relaciones sociales.

No será fácil, pero ahí es a donde quiero ir.

PD.- La canción de Kase.O es ésta
PD2.- Para acompañar esta idea de «renacimiento» estoy creando una playlist con canciones optimistas, vitalistas, energéticas… Si tienes alguna favorita que me quieras recomendar, ¡no te cortes!
PD3.- Estoy haciendo un cartel con la palabra «Renacimiento» para colgar en la pared que suelo tener enfrente y no perderla de vista. Cuando lo termine lo colgaré en Instagram (@rahego)

¿Año bueno? ¿Año malo?

La otra mañana estaba disfrutando de un estupendo café en una bonita cafetería de Valladolid. Era una de esas cafeterías acogedoras, llenas de detallitos de madera, de cuadros en las paredes y de música agradable. El dueño, al decirle «buenos días», contestaba «¡buenos días, y buen café!». 

Sí que estaba bueno.

La cosa es que estaba allí sentado, echando un ojo al móvil, cuando me crucé con una encuesta que lanzaba Fernando de Córdoba (aka Gamusino) en twitter. Preguntaba «¿Cómo ha sido tu año?» y daba cuatro opciones: muy malo, más o menos malo, más o menos bueno, muy bueno.

Y me hizo pensar… ¿cómo ha sido mi año?

Así que, como tenía tiempo (y un cuaderno y un lápiz), me puse a hacer el ejercicio de «el sol y las nubes» del que hablaba en este vídeo.

Lo que salió fue lo esperable: unas cuantas cosas en el lado de las nubes, unas cuantas cosas en el lado del sol.

Hace tiempo me topé con una interpretación del yin y el yang que me gustó mucho.

Me gustó tanto que es uno de los carteles que ilustran mi lugar de trabajo (de hecho, en el vídeo que enlazo más arriba se puede ver).

Viene a decir que lo blanco es lo bueno de la vida, y lo negro es lo malo… y ambos caminan juntos. De hecho, dentro de lo negro hay una parte blanca («lo bueno dentro de lo malo») y dentro de lo blanco hay una parte negra («lo malo dentro de lo bueno»).

Y eso es la vida: un conjunto de cosas buenas y malas que se combinan y que experimentamos sin solución de continuidad, y que muchas veces dependen más de cómo las enfoquemos que de su carácter intrínseco.

Así ha sido este año.

Y así será el siguiente.

PD.- ¡Feliz Navidad!