Cómo dormir bien sin preocupaciones

Supongo que, unos con más frecuencia que otros, todos hemos sufrido esta situación. Por fin llegamos al final del día. Apagamos la luz. Ponemos la cabeza en la almohada… pero nuestro cerebro no se desconecta.

Pensamos en las cosas que pasaron durante el día: «A este le tenía que haber dicho tal cosa… cómo se me pudo olvidar esta tarea… ¿qué será lo que quiso decir Menganita con ese comentario?»

Pensamos en las cosas que tenemos por hacer: «Ay, la reunión de mañana, espero que vaya bien… qué querrá mi jefa, por qué me habrá llamado… que no se me olvide que tengo que ir a la reunión del colegio…»

Se nos ocurren grandes ideas, revisitamos nuestros peores fracasos, aparecen todos nuestros miedos… nuestra mente entra en «modo centrifugadora» y no hay manera de conciliar el sueño.¡Escucha el capítulo del podcast dedicado a «Cómo dormir bien sin preocupaciones»

El sueño como consecuencia

Que seamos capaces de dormir bien es el resultado de muchos factores. Y muchos de ellos comienzan mucho antes de la hora de acostarse.

¿Algunos ejemplos?

  • Cenar ligero y un buen tiempo antes de acostarse.
  • Evitar el alcohol, la cafeína, la nicotina…
  • Haber realizado algo de ejercicio durante el día (tampoco demasiado cerca de la noche).
  • Tener la iluminación y temperatura adecuados en la habitación.
  • Evitar la sobreestimulación de nuestro cerebro (con lecturas exigentes, actividad de trabajo, redes sociales, juegos, etc.) durante un rato antes de acostarse.
  • Apagar las pantallas (emiten un tipo de luz que pone a nuestro cerebro en estado diurno).
  • Generar una rutina que, ejecutada día tras días, mande señales al cerebro de que «es hora de dormir».
  • Alejar la tecnología del alcance de nuestra mano (el clásico «dejo el móvil aquí por si tengo que mirar algo» hace que tu cerebro permanezca en alerta).
  • Evitar utilizar la cama como zona de trabajo o de ocio… es importante que asociemos cama=dormir, de manera que se genere un condicionamiento que nos ayude a descansar.

En definitiva, hay que cuidar una serie de factores de higiene del sueño que ponen las condiciones necesarias (pero no suficientes, como veremos) a un buen descanso.

Cuanto más organización tengas, menos vueltas te dará la cabeza

Gran parte de las preocupaciones nocturnas tienen que ver con tareas que no están perfectamente definidas, con ideas que se nos ocurren, con prioridades que no tenemos claras, con cosas que tememos olvidar… En este sentido, tener una buena organización de trabajo puede descargar a nuestro cerebro de gran parte de ese esfuerzo. ¿Cómo, por ejemplo?

  • Acostumbrándonos a capturar, a lo largo del día, todas las ideas que vayamos teniendo. De esta forma, sabiendo que están a buen recaudo en nuestra libreta o aplicación en el móvil, el cerebro se puede «olvidar» de ellas sin culpabilidad.
  • Procesando todas las ideas que se nos ocurran de forma frecuente: decidiendo qué queremos hacer con ellas, anotando recordatorios (en la agenda, en nuestra lista de «to-do’s»…) que, de nuevo, eviten que sea el cerebro el que tenga que recordar todo eso.
  • Definiendo con mayor claridad las tareas que tenemos entre manos. Si por ejemplo durante el día sabemos que «tengo que hablar con mi jefe», pero no he hecho el trabajo de clarificar de qué vamos a hablar, qué argumentos voy a usar, qué materiales de apoyo, si tengo que buscar alguna información antes o no… el cerebro se va a poner a darle vueltas a todo ello.
  • Definir acciones concretas para resolver los temas que nos preocupan. Se trata de pasar ideas al mundo real. Porque si tenemos una tarea o una responsabilidad sin clarificar, y sin trasladar a acciones en el mundo real… ¿qué va a pasar? Exactamente: que al día siguiente seguirá en la misma situación, no habremos cambiado nada, y nos seguirá preocupando igual.
  • Dejar planificadas, al terminar nuestra jornada, las tareas importantes del día siguiente. De esta manera nos podemos ir a dormir con «los deberes hechos», y con la tranquilidad de que nuestro trabajo ya está definido.
  • Reservando un espacio, al final de cada día, para hacer todas estas cosas. Porque si no tienes ese espacio… adivina cuándo va a ser el momento en el que te salten a la cabeza…

En definitiva, tener un método de trabajo ordenado (quizás te interese el artículo sobre GTD para principiantes) nos puede ayudar a que el cerebro haga su labor en los momentos en los que lo tiene que hacer, y que llegue a la hora de acostarse con la satisfacción del deber cumplido y con menos preocupaciones.

Calmar la mente

Independientemente de que podamos cuidar el contexto del sueño, y organizar nuestro trabajo para que nos dé los menores quebraderos de cabeza, siempre podemos enfrentarnos a una mente inquieta a la hora de dormir.

¿Qué podemos hacer en esos casos?

  • Algo que a mí me funciona bien, cuando siento la cabeza alborotada, es trasladar mis pensamientos a papel. Ponerlos negro sobre blanco hace que se vean mucho menos liados, y que el bucle se detenga. Además, de esta forma los tengo disponibles si quiero revisarlos en un momento de menor agitación. En mi experiencia, esos pensamientos tan agobiantes durante la noche luego son mucho menos amenazadores durante el día, y se pueden gestionar mejor. Y no solo vale para «pensamientos negativos»: si se nos ocurre una gran idea, o un argumento para una conversación, o los detalles de una presentación… es mejor levantarse, apuntarlos, y dejar que nos esperen por la mañana (puedes leer más sobre esto en «Si la cabeza se te alborota, escribe«).
  • La meditación puede a yudarnos a calmar nuestra «mente de mono». Darle al cerebro algo en lo que fijarse (la respiración, un repaso a las sensaciones del cuerpo, ovejitas que contar, imaginar una escena tranquila, rezar el rosario…) ayuda a calmar el flujo de pensamientos. Y en el momento (inevitable) en el que esos pensamientos vuelvan a desbocarse, simplemente tenemos que ser conscientes, no perseguirlos y devolver nuestra atención al método de meditación que hayamos elegido (revisa el artículo «Meditación: primeros pasos» para entender mejor qué es y cómo te puede servir la meditación).
  • En última instancia, si sentimos que «no nos vamos a dormir», es casi mejor levantarse de la cama y buscar otro lugar en el que estar. El objetivo es, como decía más arriba, mantener la cama como «el sitio donde voy a dormir» y no contaminarla con la experiencia del insomnio.

Dormir bien es vivir bien

Hace tiempo escuchaba en un podcast a alguien hablar de lo ridículo que resulta que nos pasemos la vida buscando «pastillas» para casi todo… cuando hay una serie de «drogas naturales» (el ejercicio, la alimentación, el sol, el bienestar emocional… y sí, el sueño) que están en nuestra mano… y que dejamos de lado.

El sueño forma parte esencial de un sistema de bienestar. Todos tenemos la experiencia de qué pasa cuando no dormimos bien: estamos cansados, desenfocados, despistados, gruñones, desganados, irritables, desconcentrados… ¿Y qué pasa cuando esa situación se prolonga? Un desastre.

Y a la vez, como hemos visto, un buen sueño es el resultado de una serie de buenos hábitos. En definitiva, un círculo (vicioso o virtuoso, según el sentido en el que lo hagamos girar), y que tiene un gran impacto en muchas áreas de nuestra vida.

En este sentido, aunque hay indicaciones generales, no hay «recetas mágicas». Lo importante es que cada uno se dé cuenta de lo importante que es dormir bien y el impacto que tiene… y que a partir de ahí vaya experimentando y poniendo en marcha distintas medidas que, poco a poco, le ayuden a descansar mejor.

Dulces sueños…

Recomendaciones de networking para introvertidos

Estoy recogiendo experiencias de introvertidos e introvertidas a través de una sencilla encuesta. ¡Participa! Entre todos podemos ayudarnos a hacer networking para introvertidos.¡Participa en la encuesta!

Una escena introvertida

Hace unos meses vi una llamada perdida en mi teléfono. Era de una persona con la que había trabajado en el pasado. Y cuando digo en el pasado, hablo de mínimo 15 años. No habíamos tenido más contacto desde entonces. Me extrañó, pero le devolví un whatsapp: «hola, he visto tu llamada». «Sí, me gustaría hablar contigo de un tema». Y quedamos en hablar los días siguientes.

La llamada se produjo. Hicimos un breve intercambio de «cómo te va», y sacó el tema. «Necesito que me ayudes con una cosa, no sé si me puedes poner en contacto con menganito que he visto que estáis conectados en LinkedIn». Ok, vale, lo hice. Y según pasaban los días, yo pensaba que «en mi vida se me habría ocurrido llamar a alguien con quien hace 15 años que no tengo relación para pedirle nada».

Pero es que yo tengo ese punto de introversión / ansiedad social. Y para mí eso es una barrera que para otros no existe. Como resultado, hay «favores» que yo no consigo… principalmente porque ni siquiera los pido. Mientras que otros sí.

Otra escena introvertida

El evento iba bien. Las exposiciones estaban siendo interesantes, entretenidas. Llegó media mañana y «venga, hacemos un descanso para un café, 20 minutos». Y se me cerró el estómago.

Yo había ido allí solo. Y ese momento de revuelo en el descanso siempre, siempre, me resulta muy incómodo. Siento la presión de «tener que relacionarme», pero… ¿cómo? ¿simplemente me acerco a alguien y me pongo a hablar? ¿y de qué? Empiezas a deambular, te acercas donde el café… buscas un rinconcito donde estar… mientras ves cómo otras personas se van juntando en corrillos, se intercambian tarjetas, se sonríen amigablemente…

Menos mal que ya existen los móviles, y te puedes abstraer unos minutos.

Llegó la hora de volver al evento, y ya me pude relajar. Pero de nuevo, mientras las charlas vuelven a comenzar, te da por pensar que en esas situaciones podría haber ocasión de conocer gente nueva, gente interesante, gente que en el futuro podría ser fuente de oportunidades… y tú te las has perdido.

Qué es el networking, y por qué es importante

Podríamos definir «networking» como la capacidad de crear relaciones con otras personas, cuidarlas y mantenerlas a lo largo del tiempo, y apoyarse en ellas para tu desarrollo profesional. Es decir, tres componentes:

  • Crear relaciones: que sí, que a veces se crean solas. El compañero de colegio con el que te sientas día tras día, la persona que se incorpora a tu círculo de amigos, la gente con la que colaboras en un proyecto de trabajo… La vida nos ofrece algunas oportunidades para relacionarnos. Pero hay muchas otras personas a nuestro alrededor. Personas interesantes con quienes las cosas no simplemente «surgen», sino que hay que tomar la iniciativa.
  • Cuidarlas y mantenerlas a lo largo del tiempo: porque no es solo cuestión de «hacer contactos» o «coleccionar tarjetas», sino de que ese contacto se mantenga a lo largo del tiempo. Y de nuevo, en algunas ocasiones la vida lo facilita (frecuentáis los mismos círculos, os veis de forma natural con cierta frecuencia…) pero en muchas otras no. Y hay que tomar la iniciativa para que esos «conocidos» no regresen, más pronto que tarde, a su condición de «desconocidos».
  • Apoyarse en ellas para tu desarrollo profesional: a veces es pedir un favor. A veces, que te presenten a alguien. A veces simplemente que se acuerden de ti cuando les surja una oportunidad, o que le hablen de ti a un tercero. Hay muchas formas en las que tu red de contactos puede afectar de manera positiva a tu devenir profesional. Pero si no activas ese potencial… lo estarás perdiendo.

Creo que a estas alturas de la vida todo el mundo es consciente de que, para todo en la vida, es mucho más fácil ir de la mano de un conocido que «a puerta fría». Ya no es solo cuando tú estás persiguiendo activamente un objetivo; es que de forma natural surgen oportunidades, ideas, proyectos, colaboraciones… abundancia, al fin y al cabo.

Pero para eso hay que cuidar esa red de contactos como quien cuida las plantitas de un huerto. Hay que plantar las semillas. Hay que regarlas y cuidarlas mientras crecen. Y, si lo hacemos bien, con el tiempo podremos recoger algunos frutos. Pero si fallamos en cualquiera de las fases anteriores… ni hay fruto ni hay nada.

Y todo eso requiere acción. Por eso el networking para introvertidos es más complicado…

Los problemas de los introvertidos para el networking

Si tú eres introvertido/a, seguro que identificas con algunos de estos rasgos:

  • Te cuesta tomar la iniciativa para hablar con una persona desconocida (¡incluso con muchas conocidas!), mejor si la iniciativa la toman otros
  • Te incomoda estar en grupos grandes, prefieres conversaciones en grupos pequeños
  • Te agota la «charla superficial», disfrutas más cuando la conversación se pone más interesante
  • Te resulta difícil intervenir en una conversación cuando hay otros que la dominan
  • Te agobian los entornos llenos de estímulos, prefieres lugares tranquilos
  • Después de un rato de interacción social sientes que te agotas y que necesitas «recargar pilas»

Si lo piensas bien, ninguna de estas circunstancias es especialmente útil para el networking.

  • Como se te hace difícil tomar la iniciativa para acercarte a otros, quedas a expensas de que sean los demás quienes den ese primer paso. Y si no lo dan… nada.
  • Algunas oportunidades de conocer a mucha gente son precisamente esos eventos que a ti te incomodan, y en los que no te desenvuelves bien.
  • No estás a gusto con las conversaciones triviales, que muchas veces son un paso necesario antes de llegar a generar esas conversaciones más profundas que sí disfrutas… y eso te hace quedarte a medio camino.
  • El número de interacciones sociales que te apetece tener a lo largo del día es limitado, así que tu capacidad de hacer y cuidar contactos se resiente.

Y como resultado:

  • Te cruzas con muchas personas en tu vida a las que podrías llegar a conocer… pero que pasan de largo.
  • Te cuesta hacer progresar las relaciones que estableces y hacer que pasen de «conocidos» a «amigos».
  • Incluso a los que ya consideras «amigos» te da apuro pedirles cosas cuando las necesitas.

En definitiva: muchas cosas que podrían suceder en tu vida no suceden, porque tu red de contactos no es tan amplia y madura como podría ser.

Cómo hacer networking si eres introvertido o introvertida

No todo está perdido. Hay cosas que podemos hacer. Y no todas consisten en «salir de nuestra zona de confort», o de obligarnos a hacer cosas que nos incomodan. Porque resulta que los introvertidos también tenemos ventajas en nuestra forma de ser.

Y es que, si lo piensas bien, nuestra preferencia por relaciones más profundas hace que, una vez que alguien entra en nuestro «círculo de confianza», la relación sea más significativa. Cuando hablamos es para algo realmente importante. Nos gusta tener esos espacios de intimidad donde se fortalecen los vínculos. Conectamos. Y eso es muy importante cuando uno piensa en una «red de contactos».

Porque «red de contactos» no es simplemente que tienes un nombre y un teléfono. O que os seguís en redes sociales. Es que, llegado el caso, esos contactos moverían un dedo por ti. Y no todas las «relaciones superficiales» son así.

Así que, teniendo eso en cuenta, aquí van algunas recomendaciones de networking para introvertidos:

  • Usa a conocidos comunes: esas personas a las que ya conoces te pueden presentar a otras. Pueden tomar la iniciativa, incluso llevar el peso de la relación mientras tú vas ganando confianza y comodidad.
  • Usa otros canales: tienes el texto, el email. Canales asíncronos que reducen tu ansiedad y te permiten expresarte con calma y claridad.
  • Investiga primero: si sabes con quién te vas a juntar, intenta tener información previa. Su historia, sus proyectos, sus intereses. Es una forma de lanzar la conversación en un entorno cómodo para la otra persona, y hará que fluya más fácil.
  • Pregunta y escucha: a todos nos gusta mucho hablar de nosotros mismos, y sentir que resultamos interesantes para los demás. Así que sé tú esa persona que escucha lo que otra persona cuenta, que hace preguntas para profundizar, y que deja buen sabor de boca en el otro.
  • Ten preparada tu ru tina de conversación: hay algunas preguntas clásicas en busca de elementos compartidos (dónde has trabajado, qué has estudiado, tienes familia, etc…). Puedes sentir que son demasiado «artificiales», pero permiten iniciar una conversación sencilla y explorar puntos en común que te harán tener más comodidad.
  • Aprende unas cuantas anécdotas: utiliza experiencias de tu propia vida y aprende a contarlas como una historia, con su punto interesante, divertido… Practícalas en casa y así, cuando llegue el momento de tener esa fase de conversaciones «superficiales», tendrás recursos de los que tirar.
  • Ten preparadas escapatorias: algo tan sencillo como mirar el reloj y decir «perdona, tengo que dejarte que tengo que hacer una llamada». O cualquier otra fórmula que te permita dar por terminada una conversación cuando sientas que ya has tenido suficiente. Si ya le añades un «me ha encantado conocerte, me ha parec ido muy interesante lo que hemos hablado, me gustaría seguir profundizando», un intercambio de datos de contacto… quedas muy bien.
  • Mantente al día de la actividad de los otros, y aprovecha esa actividad para hacer un punto de contacto: si ves que alguien publica algo en redes sociales, haz un comentario. Si sabes que alguien se fue de vacaciones, pregúntale qué tal le fue. Si ves que alguien participa en un evento, deséale suerte.
  • Intenta aportar valor sin esperar nada a cambio: «leí esto y me acordé de ti», «vi este evento y pensé que podía interesarte», «estuve hablando con mi amigo Fulanito y me pareció que podría tener sentido que os conozcáis».

¿Y tú? ¿Tienes alguna táctica que te resulte útil?

Test de valores

Los valores, tu brújula interior

¿Alguna vez te has parado a pensar cuáles son tus «valores»?

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Imagina que estás recorriendo un camino, y llegas a una bifurcación. ¿Por dónde vas a ir, por la derecha o por la izquierda? Quizás puedas hacer un ejercicio racional de «pros y contras», y elegir en consecuencia. Pero muchas veces, aparte de ese pensamiento racional, tienes una intuición. Algo que, desde dentro, te señala cuál es el camino que debes seguir.

O bien conoces a una persona, y notas que algo no cuadra. Que no sientes que estéis en la misma onda. Que hay algo, no sabes muy bien qué, que no te encaja.

De alguna manera, eso son los «valores». Tu «brújula interior», lo que te ayuda a tomar decisiones muchas veces de forma inconsciente. Lo que hace que en unas situaciones te sientas agusto y en otras notes que… algo chirría.

El test de valores

Lo que te presento es un test sencillo que te permitirá reflexionar sobre cuáles son tus valores. Presenta una lista de hasta 100 valores con los que te puedes identificar más o menos. Y, como resultado, te hace un perfil de qué es verdaderamente importante para ti.

La sensación que yo tuve, la primera vez que hice el test, fue que así como algunos me dejaban un poco frío… en otros tenía una fuerte sensación de sentirme identificado. «Sí, esto claramente sí». O «no, esto claramente no». Y eso es de lo que se trata, de encontrar aquellos que realmente sientes significativos para ti.

¿Para qué sirve el test de valores?

Lo primero, claro, es para conocerte. Para ver, de una forma sistemática, qué te hace vibrar. Para entender por qué reaccionas como reaccionas, o por qué sientes más o menos cercanía con otras personas

Puede ser una manera útil, también, de darte a conocer a los demás. De explicar qué es importante para ti, y qué cosas no toleras. De hacer un ejercicio de transparencia, para que la gente sepa qué puede esperar de ti.

Y finalmente puede ser una forma curiosa de valorar tu compatibilidad con otras personas. Tu pareja, tus amigos, tus compañeros de trabajo. ¿Qué valores compartís? ¿Cuáles os diferencian? ¿En cuáles estáis en lados opuestos? Eso puede ser muy útil a la hora de navegar la relación, y entender hasta qué punto encajáis…

Instrucciones para rellenar el test de valores

Cuando descargues el archivo, encontrarás una hoja de cálculo para Excel (en formato .xlsx)

Al abrirla, verás que tiene dos pestañas principales:

  • Rating_Evaluacion: aquí podrás elegir primero el idioma (español / inglés). A continuación tienes todos los valores, con una breve descripción, y tendrás que evaluar cada uno del 1 («no me importa nada») al 4 («muy importante»).
  • Report_Informe: cuando hayas terminado, en esta pestaña tendrás un informe en el que verás los valores que has puesto en cada una de las categorías. Ése será tu perfil de valores, que puedes imprimir para tenerlos como referencia.

Cómo usar la rueda de la vida

Curso nuevo, vida nueva

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Empieza el curso. Quién más quien menos disfruta, durante el verano, de unos días de descanso o, en el peor de los casos, de cierta sensación de ritmo más relajado en el ambiente. Y a medida que se aproxima su fin empieza a notarse el “runrún” de la vuelta a la actividad, el tráfico en la ciudad, los anuncios de centros comerciales y fascículos…

A mí, en general, no me gustan demasiado las divisiones artificiales del tiempo. Ni cumpleaños, ni año nuevo, ni principios de curso… creo más en la continuidad, en que hoy simplemente es un día después de ayer, y que no es razonable esperar “grandes cambios” de un día para otro.

Y sin embargo, es cierto que hay momentos en los que parece que el contexto sugiere hacer una especie de “alto en el camino”. En mi caso, más que el “año nuevo”, el principio de curso es el que más me sigue motivando. Y es que, aunque hace ya 20 años que hice mi último “principio de curso” en términos académicos, no he dejado de sentirme muy ligado a ese ciclo. Tiene que ver, supongo, con el reinicio de la actividad después del verano. Y en mi caso, además, tener hijos (con su “vuelta al cole”, su nuevo curso, nuevos libros, nuevos profesores…) me lo refuerza mucho más.

Así que… ¿por qué no aprovechar este “reinicio” para hacer un poco de reflexión?

¿Dónde estás? ¿A dónde vas?

Si quieres dar dirección a tu vida necesitas, primero, un destino. Un “hacia dónde voy”. Porque si no sabes dónde vas, da igual el camino que sigas. Y también saber dónde estás respecto a ese destino, claro. Solo así podrás saber cuáles son los pasos que debes ir dando para llegar a él. Y a partir de ahí, a caminar. Es el “empezar con un fin en mente” de Covey, los “niveles de perspectiva” del GTD

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La reflexión es obvia, casi da vergüenza escribirla. Y sin embargo… ¿cuántas veces, en nuestra vida, la perdemos de vista? Nos metemos en nuestra dinámica cotidiana, en atender nuestras responsabilidades a corto plazo, en levantarnos para ir al trabajo, volver cansados, apurar lo mejor posible los ratos de ocio… Sí, de vez en cuando nos viene un pequeño flash de que algo “no va como nosotros queremos”, pero enseguida se nos surge otro pensamiento y se nos olvida. Y pasa un día y luego otro, pasa una semana y luego otra, pasan los meses… y de repente nos damos cuenta de que llevamos media vida “en piloto automático”, dejándonos arrastrar por la corriente, sin ser conscientes de a dónde nos lleva nuestro día a día y sin tomar ninguna decisión para alterar el rumbo.

Hace unos días escuchaba la entrevista que le hacían Jeroen Sangers y Enrique Gonzalo a Matías Salom en el podcast de Kenso. Salieron muchos temas, ninguno de ellos “revolucionario”, pero sí de esos que merece la pena recordar de vez en cuando. Cuáles son tus objetivos, qué quieres de la vida, qué haces en tu día a día para avanzar hacia ellos, qué es lo que de verdad importa…

El caso es que, como bien decía Matías durante la entrevista, a veces parece que tengas que enfrentar una circunstancia traumática (en su vida fue un accidente de tráfico) para darte cuenta de que se te está yendo la vida y no estás haciendo lo que realmente quieres hacer. Y como dice él, “no deja de sorprenderme la cantidad de gente que nunca se sentó a pensar qué quiere realmente”.

La rueda de la vida

Así que es cosa de sentarse a pensar, de dedicar un tiempo a hacer repaso de las distintas áreas de tu vida y evaluar hasta qué punto estás satisfecho, hacia dónde quieres dirigirlas y qué tienes que cambiar para hacerlo.

Ya, ya sé. Es más fácil decirlo que hacerlo. Cuando te pones a pensar en ello, y más si no tienes costumbre, no tardas en atorarte. Demasiadas cosas, demasiado abstractas, demasiadas conexiones… y muchas veces, ante lo difícil de la tarea… desistimos. “Ya lo haré”. Y luego resulta que no…

Existen herramientas que ayudan a guiar ese proceso. Hace poco hice un vídeo hablando de “la rueda de la vida”, un modelo que popularizó Zig Ziglar.

La gracia del modelo de “la rueda de la vida” es que te “obliga” a pasar revista de manera sistemática a las distintas áreas de tu vida, a evaluar tu grado de satisfacción con ellas… y a partir de ahí pensar en cómo avanzar. Además, la forma de rueda no es casual; la idea es que debe existir un cierto equilibrio entre las distintas áreas. De nada vale tener mucho éxito en el ámbito profesional si tu vida personal es un desastre, o tener una salud de hierro si financieramente no te consigues mantener… etc.

Hay otro ejercicio que puede ser muy potente, que es la “proyección autobiográfica”, que puedes aplicar a un área concreta de tu vida o al conjunto. Se trata de proyectarte 10-15 años en el futuro, imaginar que tienes “tu vida soñada”, y describir libremente (y con esto quiero decir sin cuestionarte si eso es posible o no, sin dejar que tu “mente crítica” te corte las alas) cómo es esa vida. Qué haces, qué sientes, qué tienes. Hacerlo de la forma más vívida y concreta posible, como quien está describiendo realmente su día a día, con pelos y señales. Y no solo eso, sino describir cómo has llegado hasta ahí, qué has hecho en esos 10-15 años, qué proyectos abordaste y cuáles rechazaste, qué hábitos pusiste en marcha y cuáles abandonaste, con quién te relacionaste y cómo, qué aprendiste. Todo eso te puede dar pistas de por dónde avanzar…

Y ya, si quieres redoblar el impacto, puedes hacer un segundo ejercicio de proyección… imaginando que no has cambiado nada. Proyéctate en el futuro, y describe cómo es tu vida si sigues haciendo lo que haces ahora. Qué haces, qué sientes, qué tienes. ¿Estás satisfecho con lo que ves? A lo mejor es hora de cambiar…

Las áreas relevantes de tu vida

¿Cuáles son esas áreas relevantes de tu vida? Ziglar plantea una categorización de 7 áreas: carrera profesional, finanzas, espiritualidad, físico, intelectual, familiar y social. Que sí, están bien… pero para mi gusto demasiado genéricas, y hacen difícil llevarlas al terreno de lo concreto. Y es en lo concreto donde vas a encontrar más elementos de reflexión.

Yo hace tiempo que definí un esquema parecido, pero creo que más concreto y sobre todo adaptado a mí (obviamente, tus circunstancias pueden ser distintas y tiene sentido adaptarlo a ellas; de hecho yo mismo he ido adaptándolo a lo largo del tiempo). A día de hoy, es éste:

  • Físico/Salud
    • Alimentación
    • Descanso
    • Actividad física
    • Dolencias concretas (si las hay)
  • Desarrollo personal
    • Autoconsciencia
    • Mejora de habilidades
    • Hábitos
    • Productividad
    • Simplificación
  • Administrativo/Financiero
    • Balance ingresos/gastos
    • Planificación financiera a futuro
    • Patrimonio
    • Cumplimiento
  • Familiar
    • Relación de pareja
    • Relación con los hijos
    • Relación con la familia (padres, hermana, familia extendida)
  • Social
    • Relaciones de amistad (cantidad/calidad) en los distintos ámbitos
    • Relaciones sociales
  • Profesional
    • Relaciones profesionales
    • Marca personal (definición/visibilidad)
    • Actividad comercial / generación de oportunidades
    • Desarrollo de habilidades profesionales
    • Equilibrio personal/profesional
  •  Estilo de vida
    • Hobbies
    • Distribución del tiempo
    • Distribución del espacio
    • Relación con la naturaleza
    • Viajes
    • Redes sociales
    • Lectura y audiovisual
    • Relación con la actualidad
  • Contribución
    • Relación con la sociedad (local/general)
    • Contribución a otros (desarrollo, ayuda)

¿Y cómo hago la evaluación?

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Esa es otra pregunta importante. Ziglar plantea una escala de 0 a 10 para “ponernos nota” en cada una de las áreas, pero… ¿cómo llegamos a esa nota?

  • El propio Ziglar plantea una especie de “test” que ayuda a ir haciendo la reflexión, pero de nuevo peca (en mi opinión) de genérico. Los detalles de mi vida no tienen que ser iguales que los de la tuya, ni la importancia relativa que le damos a cada una. Por lo tanto, pretender automatizar eso en una herramienta que nos genere unos resultados satisfactorios es muy difícil. Pero puede ser un buen punto de partida.
  • A mí una técnica que me resulta muy útil es la de “escritura libre”. Tomar un folio en blanco, poner el título del área en la parte de arriba… y empezar a escribir sin preocuparse demasiado de si lo que vas poniendo tiene sentido o esta perfectamente redactado. De lo que se trata es de ir hilando ideas, de trasladar tus sensaciones al papel, de poner lo que es importante para ti, lo que te está funcionando bien y lo que no, de lo que te sientes satisfecho y lo que echas en falta… es un papel para ti, nadie lo va a leer, así que tienes la oportunidad de ser absolutamente sincero contigo mismo sin temor a las críticas.
  • También puedes ir guiando tu reflexión al estilo de las retrospectivas ágiles, con preguntas como: ¿qué está funcionando bien? ¿qué me gustaría hacer más? ¿qué me gustaría hacer menos? ¿qué me gustaría hacer de forma diferente? ¿qué sería para mí el éxito en este área?
  • Si quieres ir un paso más allá, y eres valiente, puedes hacer un ejercicio de imagen pública. Porque claro, tú puedes tener una visión de ti mismo… y los demás tener otra muy distinta. Es curioso cómo en ocasiones somos tremendamente condescendientes con nosotros mismos, y cómo en otras somos excesivamente duros. Por eso viene bien mirarse con otros ojos que te ayuden a ajustar tu percepción y, quizás, te ayuden a descubrir cosas de ti mismo que ni siquiera tú sabías. Obviamente éste es un ejercicio más exigente, ya que supone salir del secreto de nuestro escritorio y exponerse a los demás. Pero si consigues dar el paso, puedes obtener un gran retorno.

Y después, a actuar

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La reflexión sirve de poco si no lleva a la acción. Las cosas sólo suceden en el mundo real, no en el mundo de las ideas. Hay que superar ese efecto retiro espiritual, y llevar las buenas intenciones al terreno de lo concreto. ¿Qué vas a hacer en los próximos días, semanas, meses… para mejorar en cada una de las áreas y acercarte más a tu ideal? ¿Qué vas a hacer de forma diferente? ¿Qué acciones/proyectos vas a poner en marcha? ¿Qué hábitos vas a adoptar, y cuáles vas a abandonar? Trasladar tu visión a una serie de “objetivos” y “planes de acción” es el primer paso para que se hagan realidad , y no se queden en el terreno de los buenos propósitos.

Y entonces llega la verdadera dificultad. Hay que alejarse del escritorio, y ponerse manos a la obraRemangarse, pringarse de barro. Enfrentarse a la cruda realidad, a los inconvenientes, a la incomodidad, al desánimo… y además hacerlo no un día, ni dos, sino de forma persistente y consistente a lo largo del tiempo.

Las reflexiones, los objetivos, los planes… no pueden lanzarse una vez y luego quedarse en un cajón durante meses. Hay que incorporar la rutina de reflexión a nuestro día a día, hacer microevaluaciones y correcciones continuas. Verificar si estamos haciendo lo que dijimos que íbamos a hacer, si está funcionando, si tenemos que cambiar algo… y vuelta a empezar. De hecho, si sólo te planteas este ejercicio una vez al año… mala señal. Porque es la reflexión permanente la que da estructura a nuestra acción.

Solo así el curso que viene, cuando llegue el momento de una nueva evaluación, podrás tener una mejora. Si no, probablemente te mirarás al espejo y estarás en el mismo sitio… solo que con un año menos de tiempo para alcanzar lo que quieres.

Los cuentos del ganador

“Y ahora, recibamos con un gran aplauso a este hombre que no necesita presentación, ¡Fulanito!”. La sala aplaudió a rabiar, los ojos de los asistentes muy abiertos y las sonrisas en las caras, con la sensación de estar asistiendo a un momento mágico. Allí estaba él, Fulanito en carne y hueso, y en los siguientes minutos iba a compartir con ellos los secretos de su éxito.

Fulanito era un reconocido “business angel”. Hizo fortuna en la época de las “puntocom”, cuando una de las pequeñas startups que había ayudado a financiar fue vendida a una gran empresa, una de esas “brick&mortar” que en la época estaban como locas por subirse al carro de la novedad. Desde entonces, Fulanito había ascendido a los cielos del sector: decenas de planes de negocio llegaban a su mesa, era un invitado recurrente en los eventos del sector, y allí donde iba todo el mundo quería conocer dónde radicaba su magia. Y él compartía su conocimiento en forma de consejos: “haced como yo… tenéis que diversificar… tenéis que apostar por los equipos… tenéis que buscar proyectos rompedores… ”

Aquel día, su charla transcurrió por los derroteros habituales. Hasta que al final, durante el turno de preguntas, un hombre al fondo de la sala se levantó y dijo: “Verás, Fulanito. Hace unos años yo empecé a invertir en startups. Hice todo lo que has recomendado: invertí de forma diversificada, aposté por grandísimos equipos, había proyectos muy prometedores… pero ocurrió que ninguno de ellos dio el pelotazo… y la realidad es que perdí toda mi inversión… ¿qué hice mal?”.

Se hizo un silencio incómodo. Fulanito se escabulló con un “bueno, sin conocer el caso concreto no te podría decir, y esto es algo que ahora no podemos analizar… ¿siguiente pregunta?”. Un par de preguntas más, ronda final de aplausos y fin del evento.

Hay una narrativa habitualmente asociada al éxito que resulta muy peligrosa. Cogemos el ejemplo de un triunfador, y pretendemos extrapolar su experiencia. Estamos tan fascinados por la idea del éxito que nos agarramos a cualquier apariencia de método para emularlo. Y muchas veces son los propios triunfadores los que alimentan (con mayor o menor inocencia) esta dinámica: “yo comparto mi historia para que sirva de ejemplo”. Y así, nos parece que si hacemos A, B y C (como hicieron ellos), obtendremos el mismo resultado. Luego vienen la frustración.

Pocos triunfadores son capaces de evadirse de esta poderosa narrativa de control. Logré lo que logré a base de pasión, o de esfuerzo, o de conocimiento, o de sacrificio. Logré lo que logré porque hice lo que hice, y estoy en condiciones de darte lecciones. Pocos introducen en su relato del éxito la influencia de la suerte, o de las centenares de circunstancias sobre las que no tuvo ningún control y que de una u otra forma contribuyeron a llevarle donde está. ¿Qué hay, convendría preguntar, de todos aquellos que hicieron lo mismo que tú hiciste, que se esforzaron, se sacrificaron, se apasionaron, trabajaron… y no consiguieron los mismos resultados? ¿Será entonces que “el método” no es tal?

Dice Scott Adams en su libro “How to fail at almost everything and still win big” (un libro sorprendentemente interesante para venir, como él dice, “de un dibujante de un cómic”) que “la suerte puede ser manipulada”, que si bien no puede ser controlada al 100% sí que puedes tomar decisiones que aumenten tus probabilidades de éxito. Y estoy muy de acuerdo, pero esto implica dos cosas:

  • Que “el camino correcto” no nos lo tiene que marcar un ejemplo concreto, si no la estadística. Hace tiempo hablaba de cómo, para luchar contra la falacia de la excepción, es necesario analizar la realidad por encima de las anécdotas sin dejarse cegar por el brillo del triunfador y su falsa narrativa. Hay acciones y decisiones que tienen más probabilidades de resultar bien que otras, sí, pero no va a ser con uno o dos casos con los que podamos evaluar cuáles son esas probabilidades. Así que, cada vez que alguien nos venda un “método” o un “caso de éxito”… mejor tomárnoslo con un granito de sal.
  • Que incluso si identificamos ese “camino correcto” no podemos asegurar el éxito. Porque estamos hablando de probabilidades. Porque las correlaciones perfectas apenas existen. Porque habitamos un mundo complejo, en el que hay infinidad de factores que escapan a nuestro control y que afectan al resultado final. Así que actuemos, sí, pero siendo conscientes de que el resultado final no está tan en nuestras manos como a veces nos quieren vender. Si las cosas salen mal no es necesariamente porque lo hayas hecho mal; simplemente pasa.

La cara B

Hace unos días me encontraba, navegando por ahí, una publicación en la que entrevistaban a un conocido mío acerca de las bondades de su empresa. Le mandé un mensajito para comentárselo, «eh, qué bien sales en el artículo!». Su respuesta, la siguiente: «Sip… Lo malo es ver que ni el artículo ni los entrecomillados tienen demasiado que ver con la realidad».

Ay, la diferencia entre el escenario y lo que hay detrás de las bambalinas.

Obviamente mi amigo, sujeto a la «disciplina corporativa», no tenía mucha libertad de movimientos. Aunque todos tenemos tendencia a contar siempre lo bueno, y callar lo malo. De endulzar la realidad cuando se la contamos a otros, cuando estamos en público. De pregonar los éxitos a los cuatro vientos, y de barrer los fracasos bajo la alfombra a ver si nadie se entera. De poner la «cara A», y ocultar la «cara B». Y no es por casualidad o por maldad, sino que hay una fuerte presión social para que las cosas sean así; nadie quiere verse «retratado» tal y como es, sino salir guapo en la foto a toda costa, porque si no enseguida es señalado con el dedo. ¿Alguien se imagina cuánto hubiera tardado mi amigo en recibir una reprimenda, o perder directamente el trabajo, si hubiese contado «toda la verdad»?

La cuestión es que, como resultado, la inmensa mayoría de lo que uno lee y escucha por ahí es totalmente irrelevante: porque directamente es mentira, o porque mostrando una visión sesgada nos ocultan una porción importante de la realidad. Puras estrategias de promoción, un juego en el que todos participamos en menor o mayor medida y que dibuja una realidad idílica, pero falsa.

No sé, a mí me atrae más quien me pinta un cuadro con claroscuros, con las partes buenas y con las partes malas, que quien sólo me vende la parte maravillosa. Le doy más valor al primero, con todos sus errores, dudas e imperfecciones, que al segundo, al «perfecto», al «excelente», al «impecable». Porque lo perfecto, lo excelente, lo impecable… no existe.

Quiero cambiar de vida

“¿Te imaginas vivir en el campo? En una granja, alejado del mundanal ruido, viviendo al ritmo de la naturaleza, levantándote con el sonido de los pajaritos, disfrutando de la tranquilidad, cultivando tu propia comida… ¡ah, qué paraíso! Pero aquí estoy, en esta ciudad, siempre con prisas, con agobios, con ruidos, todo lleno de gente… El día menos pensado me lío la manta a la cabeza y…”

Fantasías escapistas para todos los públicos

Ésta podría ser, verbalizada, mi fantasía escapista. Una de ellas, en realidad, porque tengo más. Pero no soy el único. Está el que le encantaría poner un chiringuito en Tarifa, o una chupitería en Benidorm. Los que ojalá pudiera recorrer el mundo con una mochila al hombro. O irme a vivir en una autocaravana. O dedicarme a tiempo completo a ser artista, o fotógrafo, o cantante de rock. Si tuviera pareja entonces si sería feliz. O si tuviera una pareja distinta de la que tengo. O si no tuviera pareja y pudiera ser libre. Si dejase este trabajo de mierda y tuviese ese otro trabajo maravilloso. Si mi jefe fuese de otra manera, en vez de ser como es. O si no tuviese jefe. O si pudiese trabajar en una gran empresa, en vez de en este chiringo. O si pudiese trabajar en una empresa pequeña, más humana, en vez de en este monstruo impersonal. Si ganase más dinero, o mejor aún, la lotería. Si pudiese tener un coche, o tres. Entonces sí, mi vida sería mucho mejor…

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Tenemos tendencia a imaginar escenarios alternativos para nuestra vida, situaciones que sin duda alguna nos harían estar mejor de lo que estamos. Nuestros problemas y dificultades se evaporarían casi como por arte de magia, todo saldría a pedir de boca. Y sin embargo míranos, aquí atrapados en nuestra realidad infeliz.

El jardín del vecino siempre es más verde

Nos fijamos en los demás, y más ahora que las redes sociales nos abren una ventana a sus maravillosas vidas. Qué viajes tan alucinantes hacen, qué de amigos tienen, qué bien se lo pasan, qué aficiones tan entretenidas, qué familias tan estupendas, qué trabajos tan interesantes. Normal que nos sintamos inferiores. Nos decimos que deberíamos seguir su ejemplo y olvidamos con facilidad que poca gente cuenta su cara B, sus dudas, sus frustraciones, las cosas que les salen mal, lo que les cuesta, lo que no tienen. Nos olvidamos también de todos los que hicieron lo mismo y no les salió bien. Nos enseñan (igual que hacemos nosotros) la cara bonita, nos lo venden como una gran historia. No porque quieran presumir; pero el que quiera divertirse, que se vaya al circo.

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Pero no son sólo los demás los que nos “engañan”. Nosotros mismos también nos engañamos cuando idealizamos el pasado, haciendo una selección de nuestros recuerdos, dulcificándolos e incluso inventándonoslos (y la tecnología cada vez refuerza más esa tendencia). O cuando idealizamos el futuro, dibujando una versión en la que minimizamos los posibles problemas o riesgos y donde todo sale bien, y atribuyéndole a ese futuro la capacidad de proporcionarnos unos determinados niveles de felicidad. Somos ajenos a la tozuda realidad en la que nos adaptamos con extrema rapidez a los cambios, tanto para bien como para mal. Creemos que si hac emos esto y aquello podremos encontrar la felicidad, cuando en realidad la felicidad es algo con lo que tropezamos (y gracias).

El peligro de la fantasía

Las fantasías no están mal, siempre que seamos conscientes de que lo son. Lo malo es cuando actúan como lastre en nuestras vidas, proporcionándonos un elemento de comparación que nos genera frustración en el día a día. Es imposible que nuestra cruda realidad pueda resultar satisfactoria cuando la estamos permanentemente comparando con una potencial alternativa. Si nos empeñamos en hacerlo, estaremos condenándonos a nosotros mismos a un estado de infelicidad.

Y eso no es lo peor. Porque encima, embriagados por los cantos de sirena de ese futuro alternativo, podemos llegar a tomar decisiones radicales en nuestra vida. Si en esa realidad alternativa todo va a ser fácil y satisfactorio, ¿por qué seguir atados a nuestras miserias?

Pero es más que probable que luego, una vez emprendido el camino, nos demos cuenta de que no era oro todo lo que relucía. De que esta realidad alternativa tiene sus cuotas de problemas. Que no todo era tan idílico como parecía en nuestra mente. Y que quizás empezamos a echar de menos cosas que ahora hemos perdido. Quién nos mandaría. Ahora ya tenemos otra realidad alternativa (nuestro “pasado que no estaba tan mal”) para torturarnos.

Pero… ¿no tengo derecho a mejorar?

Por supuesto que tenemos derecho a mejorar. Una vida mejor es una aspiración legítima para cualquier ser humano. Y de hecho nuestros cerebros son máquinas estupendas para visualizar, proyectar, planificar… Gracias a ellos hemos sido capaces de llegar a donde estamos. Lo importante es utilizarlos bien, de forma analítica y racional. Que en nuestra fase de visualización no caigamos en la fantasía y en la idealización, si no que intentemos ser ecuánimes respecto a los pros y los contras que nos vamos a encontrar. Que también seamos ecuánimes en el análisis de nuestra situación actual: no, no todo es un desastre, no todo es malo.

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Y sobre todo, si queremos una vida mejor, debemos orientar nuestro pensamiento a la acción. De nada valen las ensoñaciones, ni los planes, ni los proyectos… si no los ponemos en marcha y les damos continuidad. Si de verdad queremos cambiar nuestra realidad, debemos actuar sobre ella. Porque si seguimos haciendo lo mismo, obtendremos los mismos resultados y seguiremos rumiando hasta el infinito. Menos lamentos, menos “y si”, menos soñar y más hacer.

Ocho herramientas para protegerte de tus fantasías

  • Toma conciencia. La mente nos juega malas pasadas, y es capaz de meternos en espirales muy dañinas. Pero son solo pensamientos. Si somos capaces de adquirir una postura de observador sobre nuestros propios pensamientos, tendremos mayor capacidad de analizarlos con frialdad y de actuar sobre ellos.
  • Haz un análisis de tu situación actual, buscando sobre todo identificar todo lo bueno que sí tienes, y que quizás das por hecho con demasiada facilidad. Fuérzate a realizar una lista exhaustiva de todas las cosas positivas que vives a día de hoy.
  • Identifica también qué cosas concretas son las que te frustran de tu situación actual. Plantéate cuánto tienen de circunstancias externas, y cuánto de cómo te las tomas tú, y hasta qué punto un cambio de escenario puede (o no) resolverlo.
  • Piensa críticamente en la realidad alternativa que te parece idílica. Empieza a buscarle las cosquillas. Oblígate también a buscarle los aspectos negativos que hasta ahora has minimizado o pasado totalmente por altoPonte el sombrero negro para ver todo lo que podría salir mal, todas las lagunas de tu razonamiento. Usa esa lista para reducir la capacidad de fascinación de esa realidad alternativa.
  • Busca información, cuanto más de primera mano mejor, de cómo es esa fantasía en la realidad. Busca testimonios de quienes ya vivan así, de quienes tomaron decisiones parecidas a las que tú quieres tomar. Que te cuenten lo que hay, lo bueno y lo malo, si se arrepienten o no. Esfuérzate en no restar importancia a lo menos agradable. Si además de casos concretos puedes encontrar datos, mucho mejor.
  • Los experimentos, con gaseosa. Antes de volverte loco, y de darle un giro radical a tu vida, haz pruebas. Busca la forma de hacer compatible esas pruebas con tu vida actual. Así podrás ir sacando conclusiones de hasta qué punto tu fantasía estaba idealizada o no.
  • Cambia de forma realista las cosas que no te gustan. Decide qué pequeñas acciones puedes poner en marcha hoy que te acerquen a ese futuro que imaginas. Elimina hábitos que te estén limitando, e instaura nuevas rutinas que te lleven a donde quieres ir. Paso a paso, deja que fluya. Tus acciones son las que construyen tu destino.
  • Asume que no hay solución perfecta. Que lo bueno y lo malo conviven, que todo tiene pros y contras. Elijamos lo que elijamos, con cada elección siempre asumimos también una serie de “contras”. Al final, lo que podemos elegir es con qué “contra” nos quedamos.
  • En todo caso, aprende a ser feliz donde estás. No olvides que, si no eres feliz con lo que tienes, es probable que tampoco lo seas con lo que deseas.

Deberías seguir su ejemplo

No fumo. Nunca he fumado, si exceptuamos el puñado de cigarros experimentales que me llegaron ya (afortunadamente) mayor. Deberías seguir mi ejemplo, y no fumar. Supongo que si esto lo lee un fumador empedernido, de los de paquete o más diario, se revolverá cabreado. “¡Es muy difícil dejar de fumar!”. Qué va, a mí me resulta muy fácil no fumar. Es lo natural para mí.

Deberías seguir su ejemplo. Esa es la frase que nos decimos unos a otros constantemente. Y a nosotros mismos. “Mira a Fulano, deberías intentar ser más como él”. Hacer más deporte, trabajar más, ser más simpático y sociable, ser mejor compañero, ser mejor trabajador, tener más disciplina, tener más hobbies, madrugar más, despistarse menos, ser más constante. Ser innovadores, y productivos. Tener dinero, y tener tiempo libre, y tener trabajos fascinantes. Viajar. Salir. Leer. Miramos alrededor, y todo son ejemplos de cosas que podríamos hacer mejor.

Deberías seguir su ejemplo. Poco importa por qué los demás son como son, qué conjunción de naturaleza y experiencias les han llevado a estar donde están, y a actuar como actúan. Olvidamos que “yo soy yo y mis circunstancias”, y comparamos cosas que no son comparables. Soy como soy por muchas razones, es absurdo aspirar a ser otra persona así, con el chasquido de los dedos.

Deberías seguir su ejemplo. O al menos la parte que vemos, la parte que se nos muestra. La cara B normalmente se esconde. Nos comparamos con una visión parcial, lejana, que idealizamos en nuestras mentes. Esas vidas de revista, esos salones “para las visitas”. La tristeza del payaso se la guarda para el camerino.

Deberías seguir su ejemplo. Pero sólo en lo bueno, no en lo malo. Deberíamos ser creativos como aquel, disciplinados como aquella, buenos padres como los de allí, deportistas como las de allá. Fabricamos un ser ideal con lo mejor de cada uno, y nos comparamos. Y salimos perdiendo, claro. Y nos fustigamos.

Deberías seguir su ejemplo. Ponemos el foco en todo lo que no somos, y olvidamos lo que somos. Aquellas cosas en las que no estamos tan mal, no importan. Hay quien dice que somos un ejemplo para ellos. Qué tontería, no merecemos reconocimiento, tenemos tanto que mejorar, tantos ejemplos que seguir…

Los 8 errores que cometemos al tomar notas

Tomar notas

¿Tienes costumbre de tomar notas cuando consumes contenidos? Quizás estás viendo un vídeo en youtube, leyendo un libro, asistiendo a una charla, siguiendo un curso online… o quizás leyendo un post en internet, como éste. Al final, dedicamos muchas horas de nuestra vida a exponernos a nuevos conocimientos y fuentes de información. Y en el momento, a medida que lo procesamos, parece que todo tiene sentido. Lo entendemos y nos parece evidente que lo recordaremos pasado un tiempo. Pero tras unos días, incluso unas horas… ¿cuántas de esas cosas que nos parecían tan claras nos lo siguen pareciendo? ¿Cuántas hemos, directamente, olvidado? Y si lo hemos olvidado… ¿de qué ha servido?

Lo cierto es que tomar notas es una de las claves del aprendizaje eficaz, pero hay que hacerlo bien. Éstos son los errores más habituales que cometemos al tomar notas:

  • No tomar notas: vale, es una pequeña trampa. Pero es sorprendente la cantidad de personas que se pasan la vida consumiendo contenidos sin tomar notas. Puede que a ti también te pase. ¿Y por qué es un error? Primero porque el mero hecho de tomar notas nos involucra de una forma mucho más activa en la comprensión de lo que estamos leyendo/escuchando. Focaliza nuestra atención. Y por si fuera poco, las notas resultantes se convierten en una herramienta muy interesante. Nos sirven de referencia futura, base para el recuerdo, la relación y la acción.
  • Tomar notas literales: hay veces que nos esforzamos en que nuestras notas sean una transcripción casi literal de lo que leemos/escuchamos. Y eso inhabilita en gran medida el poder de la herramienta. Cuando estamos transcribiendo nos convertimos en máquinas de «registrar palabras», sin que medie un esfuerzo de compresión, filtrado, priorización, relación… de la información que estamos recibiendo. Así que en realidad estamos trasladando a un momento posterior esa labor (si es que llegamos a hacerla), perdiendo un tiempo precioso.
  • No dejar espacio: quizás por una mala concepción del «aprovechamiento del espacio», podemos tender a abigarrar nuestras notas. Márgenes estrechos, poca separación entre párrafos y entre líneas… El problema es que, por un lado, conseguimos un resultado denso y visualmente poco atractivo. Y eso tiene impacto a la hora de trabajar con nuestras notas (¿a quién le apetece enfrentarse a una página de texto pequeño y apretado, sin estructura aparente, sin espacio para respirar?). Y por otro, estamos quedándonos sin margen de maniobra para completar, añadir información o elementos gráficos… en un momento posterior.
  • No procesar las notas: como en algunos sistemas electorales, las notas requieren de una «segunda vuelta». No es suficiente con el trabajo que hacemos en el momento de consumir el contenido (si bien no es lo mismo leer un libro que asistir a una charla). Es bueno volver sobre ellas para revisarlas, completarlas, resaltar las ideas clave, identificar elementos accionables (¿hay información en la que quiera profundizar? ¿hay cosas concretas que puedo aplicar? )… En definitiva, se trata a la vez de hacer un segundo ejercicio de incorporación del conocimiento, y a la vez de pulir la nota de cara a su utilidad futura.
  • No añadir elementos gráficos: el texto es importante, pero no es la única forma en la que nuestros cerebros procesan la información. De hecho, las imágenes pueden incorporar mucha información de forma directa, y añadir estructura a nuestras notas. Diagramas, separadores, llamadas de atención, dibujos metafóricos… sin necesidad de irse al extremo del sketchnotingañadir elementos visuales a nuestras notas las enriquece y las hace más útiles.
  • Abusar de destacados, subrayados y colores: recordando el viejo aforismo, «cuando todo es importante, nada es importante». La misión del subrayado (o de cualquier elemento visual asimilable) es destacar las ideas principales. Por propia definición, tienen que ser una proporción pequeña del total del contenido. El objetivo es poder procesar la información de forma rápida, y si destacamos casi todo no estaremos cumpliendo con nuestro objetivo.
  • No archivar las notas: tomamos notas, las procesamos… ¿y luego qué? ¿Dónde acaban? Papeles sueltos, cuadernos amontonados, archivos desperdigados en nuestro disco duro… Sí, han cumplido parte de su misión, pero en el medio y largo plazo las notas tienen también una función. Si no somos capaces de tenerlas ordenadas y accesibles perderemos esa parte de su poder. Tampoco hace falta un sistema complejo de archivo: basta con que, en formato físico o digital, seamos capaces de recuperarlas y trabajar con ellas.
  • No trabajar con las notas: una vez elaboradas y procesadas, las notas siguen teniendo una función. La primera, es que nos sirven para consolidar el conocimiento a través de la repetición espaciada; es decir, se trata de integrar una rutina de «repaso de notas» a lo largo del tiempo de forma que seamos capaces de trasladar esa información a nuestra memoria a largo plazo. Pero además, si las hemos procesado adecuadamente, las notas son la base para fases posteriores del proceso de aprendizaje, como la relación de conceptos, la identificación de acciones prácticas que se deriven de ese conocimiento o de áreas en las que profundizar a futuro.

El aprendizaje eficaz tiene dos componentes importantes: uno, que nos permita incorporar conocimientos y desarrollar habilidades de forma sólida y utilizable a largo plazo. Y dos, que se haga de la manera más eficiente posible, sacando el máximo partido del tiempo y esfuerzo que dediquemos. Para ambos objetivos, tomar notas es un elemento clave.

Meditación: primeros pasos

Eso de la meditación, ¿qué es?

Hace unos días estaba sentado en mi sofá, con la mirada perdida. Se acercó mi mujer y me dijo: «qué estás, ¿meditando?». «En realidad no, solo estaba un poco abstraído», le respondí. «Ya, bueno… de todas formas… eso de la meditación… ¿qué es exactamente?»

No es una mala pregunta. De hecho, yo mismo conviví con ella durante la mayor parte de mi vida. Oías «meditación», y a la cabeza se te venían distinto tipo de imágenes: monjes budistas vestidos con túnicas de color azafrán y diciendo «ommmm», música new age, mente en blanco, incienso, una cosa llamada «iluminación» que no sabías bien qué era… Lugares comunes que, francamente, a mí me hacían «arrugar el morro».

Tampoco me ayudaba el hecho de que, en castellano, también se use «meditar» para reflexionar. «Voy a meditar sobre ello» implica que vas a pensar (muy sesudamente, claro, poniendo cara de esfuerzo y todo) sobre un tema. ¿Era eso meditar?

No fue hasta hace pocos años que decidí investigar un poco más y hacerme una idea más precisa de qué era eso de la meditación.

Meditar no es dejar la mente en blanco

Esa fue para mí el gran mito que se desveló una vez que empecé a leer. La meditación no tenía como fin «dejar la mente en blanco» (algo que a mí me parecía muy difícil), sino simplemente «observar tus pensamientos». Es decir, no se pretende que la mente deje de funcionar: siempre va a estar generando pensamientos. La cuestión es que normalmente nos enganchamos a esos pensamientos sin darnos cuenta, y entonces toman el control de nosotros, nuestras emociones y nuestras acciones. Como dice este monje, es la mente de mono, todo el rato saltando de aquí para allá.

Lo que nos propone la meditación es salirnos de ese flujo de pensamientos, y observar. Es como si nos situásemos en el borde de una carretera, y los pensamientos son los coches que circulan por ella. Los vemos llegar, pasar delante de nosotros… e irse. Y nosotros quietos, tranquilos, observando. Sin caer en perseguir ese pensamiento que, tal y como vino, se fue.

¿Y para qué me va a servir meditar?

Hace tiempo hablaba de la consciencia como base de la mejora personal. ¿Por qué? Porque habitualmente funcionamos en un esquema de estimulo-pensamiento-emoción-acción que se desarrolla de forma prácticamente inconsciente. Pasa algo, lo interpretamos, y reaccionamos. Visto y no visto. Reacción sin apenas capacidad de intervenir.

La consciencia lo que permite es darse cuenta de cómo se produce esa reacción en cadena. Podemos observar el estímulo, podemos darnos cuenta de qué pensamientos se nos generan a partir de ese estímulo, podemos observar la emoción que se desata, podemos ver la acción con la que parece que vamos a responder… y, cuanto más conscientes seamos de cada uno de esos elementos, más capacidad tendremos de actuar sobre ellos. Ya no reaccionamos, sino que respondemos.

Pongo un ejemplo: llegas al trabajo. Dices «buenos días», y un compañero ni levanta la vista ni, por supuesto, devuelve el saludo. «Este tío es idiota», pensamos. Nos cabreamos. Nos sentamos en nuestro sitio pensando que vaya compañeros tenemos. Y cuando más adelante en el día pide ayuda para algo, respondemos con desgana «no puedo ayudarte» (porque «valiente capullo, después de haber sido un borde y un desagradable ahora viene pidiendo ayuda»).

Ahora pensemos en un ejemplo alternativo, en el que tenemos más consciencia. Llegas al trabajo, dices «buenos días» y el compañero no responde. «Este tío es idiota», te das cuenta que te viene a la mente. Pero te fuerzas a cuestionar ese pensamiento: «Espera, igual está concentrado en lo que está haciendo. Igual tiene los auriculares puestos. Igual ha tenido mala noche. La verdad es que yo hay días que tampoco estoy del mejor humor». Con esos pensamientos, la emoción ya es distinta. Ya no hay enfado. Te vas a tu sitio y trabajas. Cuando más adelante el compañero pide ayuda, piensas «bueno, puedo pasar de él; pero también puedo echarle un cable, y así seguro que mañana está de buen humor; además, así me debe una». En vez de reaccionar automáticamente, elegimos una respuesta.

La cuestión es que la meditación ayuda a entrenar la consciencia. Haciendo ese ejercicio, día tras día, de observar nuestros pensamientos… nos acostumbramos a situarnos al margen. A romper esa cadena de automatismos. A conectar con lo que está pasando aquí y ahora. A ganar margen de maniobra darnos cuenta de lo que está pasando y elegir una respuesta diferente.

Y ahora, piensa en cómo eso te podría ser útil en tu día a día. En tus relaciones contigo mismo y con los demás. En tu ámbito personal y profesional. Si pudieras ganar aunque fuera un 10% de más capacidad de maniobra… ¿qué podrías hacer distinto?

Cómo empezar a meditar

Confieso que para mí lo de meditar tenía muchas barreras. La primera, como digo, era toda la parafernalia que mi mente asociaba al concepto (el incienso, el misticismo oriental, los cuencos tibetanos, etc, etc.), y la dificultad que a priori encontraban en eso de «apagar mi mente» (que, como hemos visto, era algo que yo no tenía bien entendido).

También venían a mi mente imágenes sobre «cómo había que meditar» (posición del loto, silencio monacal, etc…), o sobre «cuánto había que meditar» (una hora sentado con la mente en blanco… uf…)

Y en realidad lo que se propone del ámbito de la meditación es mucho más sencillo, y mucho más accesible. Puedes empezar por algo muy fácil. Puedes empezar ahora. Tal y como estés, donde estés leyendo esto. Hacer una inspiración profunda, y una expiración larga. Repetir. Concentrarse solo en eso, en el hecho de inspirar y expirar. Ya estás haciendo el ejercicio de «domar la atención de tu cerebro». Ya estás ganando músculo.

Luego hay más técnicas (que si la respiración de un tipo u otro, o el escáner corporal, o el etiquetado de pensamientos, o meditar mientras caminas, o mientras dibujas, o…), o un incremento progresivo de la duración de las prácticas, pero en realidad todo forma parte del mismo concepto: ser capaces de parar, de asumir un rol de observador, de darnos más cuenta de las cosas y de ganar capacidad para dirigir conscientemente el foco de nuestros pensamientos.

No tiene mucho más. Quizás sea más importante la perseverancia, el hacerlo (aunque sea un poquito) todos los días, que pensar que existe la técnica maravillosa. Simplemente el hábito, una y otra vez, una y otra vez.

Un par de recursos

A lo largo de los años he leído varios libros que hablan sobre meditación. Pero quizás el que más me ha gustado sea el más atípico de ellos. Porque no viene de un maestro oriental, ni de un occidental que intente explicar la visión oriental.

Se trata de «10% happier», de Dan Harris. El tipo es un periodista americano, que se mueve en el hipercompetitivo mundo de las noticias, reportajes de guerra incluidos. La vida más alejada del misticismo que uno se pueda imaginar. Y en el libro narra su viaje de descubrimiento de la meditación desde ese punto de vista, desde el escéptico resabiado que, sin embargo, encuentra cosas interesantes en el camino.

Me gustó porque me pude sentir identificado. Es fácil empatizar con su punto de partida, y así ir haciendo el viaje con él. Y además lo cuenta de forma muy entretenida, así que da gusto.

También pueden resultarte útiles algunas apps de meditación, como Headspace (que yo usé durante unos meses). Son aplicaciones que te van llevando en tu proceso de descubrimiento, con meditaciones guiadas, vídeos en los que se explican conceptos, etc… sobre todo al principio puede ser útil para ir asentando ideas.

Algo un poquito más estructurado y completo: el curso de MBSR (Mindfulness Based Stress Reduction) de Palouse Mindfulness. Es gratuito, y tiene un buen montón de meditaciones para ir avanzando semana a semana.

Y ya para terminar, una conversación que tuve con mi amigo Alberto Mallo (que tiene un poco más de recorrido con la meditación que yo) en la que exploramos estos y otros aspectos sobre esta práctica.