Reflexiones sobre mi newsletter

Desde hace un par de años vengo enviando, de forma habitual, un correo (semanal) a mi base de suscriptores. Este formato de newsletter ha «sustituído» en gran medida al blog, o le ha abierto un canal complementario, o lo que sea.

Al final son todo formas diferentes de expresarme, y de lanzar «mensajes en una botella».

El otro día me pasó una cosa.

Cuando envié mi newsletter más reciente, una persona se dio de baja.

No pasa nada, es algo que sucede de manera habitual. Y está bien.

Lo que pasa es que dejó un comentario: «Esperaba algo mejor», dijo.

Y ahí mi ego se resintió un poquito. Sentí la tentación de ponerme en contacto con él, agarrarle de la solapa, y decirle «no me abandones, ¿cómo puedo ser mejor para ti?».

Es curioso observarse cuando la cabeza te lleva por sitios así.

El caso es que después, pensándolo mejor, me di cuenta de que estaba poniendo el foco en el sitio equivocado. Que esa persona que se marchaba porque «esperaba algo mejor» no era tan importante. Y que los verdaderamente importantes no son los que se van dando un portazo, si no los que están día tras día, semana tras semana, a tu lado.

Así que pensé que tenía más sentido preguntarles a ellos.

Por eso envié un correo a un «grupo selecto» de suscriptores: aproximadamente un tercio del total, personas que llevan ya tiempo conmigo y que semana tras semana abren mis correos y leen las cosas que mando.

El objetivo era doble: por un lado agradecer, y por otro indagar: ¿qué te gusta de esta newsletter, qué te aporta, para qué te sirve? Y si pudieras hacer algo para mejorarla… ¿qué sería?

He recibido un buen puñado de respuestas, muy cercanas y cariñosas, que me han hecho reflexionar bastante.

Aquí algunas ideas:

  • De lo que más se repite: que «hace pensar». Que son pequeñas píldoras que remueven algo (obviamente no siempre, pero sí con frecuencia).
  • Me gusta mucho que se perciba y valore la honestidad en lo que escribo, y es algo que se repite bastante. Para mí es un valor fundamental, y me agrada que se transmita así.
  • También gusta el estilo: sencillo, cotidiano… muchas veces partiendo de una anécdota para llegar a una conclusión.
  • El «factor sorpresa», en dos sentidos: por un lado, porque las reflexiones que suelo plantear no son «las habituales», y eso genera un efecto refrescante en muchas personas. Y por otro lado, porque yo mismo debo ser bastante variable… y eso genera el efecto de «a ver por dónde sale Raúl hoy». Esto último me ha hecho gracia :D.
  • Hay una cierta «división de opiniones» respecto a los contenidos personales. Hay quienes los aprecian (como forma de establecer vínculo, compartir vulnerabilidad, etc.) mientras que a otros les «chirrían» un poco más y prefieren un poco más de distancia.
  • También hay variabilidad en cuanto a una parte del estilo: hay quienes gustan más de enlaces y sugerencias, y otros que valoran más las «ideas sencillas y al grano». Supongo que es algo que se puede equilibrar.

Al final, después de este ejercicio, recordé algo que escribí hace ya muchos años, y que sigue plenamente vigente:

«Estos días estoy dejando de seguir a algunas personas en twitter. Una pequeña limpieza de contenidos que han dejado de interesarme. Una de ellas lo ha visto (gracias a qwitter, una herramienta que sirve precisamente cuando un follower deja de seguirte) y se ha puesto en contacto conmigo para saber si había algún problema…

¿Problema? No, ninguno. Simplemente, por el motivo que sea (que es MI motivo) lo que cuentas ha dejado de interesarme tanto como para dedicarle parte de mi atención y prefiero dedicársela a otras cosas.

Que alguien deje de seguirte no significa ni que le caigas mal, ni que tenga ninguna animadversión, ni que no le parezcas un buen tipo… Y perder un follower tampoco debería hacerte dudar sobre si lo que cuentas en tu twitter es interesante o no: cuenta lo que quieras que para eso es tuyo, habrá a quien le guste y habrá a quien no (no se puede gustar a todos), y ya está.

Pero nadie debería pedirme cuentas de lo que leo o dejo de leer, de a quién sigo o a quién no. Si lo hace, se arriesga a que le conteste lo que hay: leo lo que me interesa, sigo a quien me interesa, y lo que tú cuentas ya no entra en esa definición. ¿Puede resultar hiriente? Quiero creer que no, pero si alguien se lo puede llegar a tomar a mal… mejor que no pregunte.

Yo tengo muy claro que cada uno somos los dueños de nuestra atención, la empleamos como mejor nos parece y no tenemos que dar explicaciones a nadie por ello

Pues eso. Que de lo que se trata es de hacer lo que a uno le apetezca. Y, de manera natural, la gente afín se quedará (durante el tiempo que quiera, mientras le resulte útil o apetecible), y los que no encajen, o se cansen, o se aburran… se irán.

Y está bien así.

Hay otro factor sobre el que también he estado reflexionando, y tiene que ver con el carácter «marketiniano» de la newsletter. Es decir, «en teoría» aparte de ser un mero canal de expresión también me gustaría que sirviese como vía para vender(me). Que los suscriptores pudieran pasar, en algún momento, a ser «clientes».

Seguramente, si viniese a auditarme algún «experto», me diría que no lo estoy haciendo muy bien :D. Quizás hago mal por no tener un «buyer persona», y debería tener más el objetivo de la venta en mente, y buscar sus «necesidades ocultas», y eso me haría machacar más determinados contenidos y evitar otros, y fijarme en tasas de conversión, y blablabla…

Pero me voy dejando de pelear con eso.

Porque sigo otras newsletter que van de ese palo, y no me gustan: no puedo evitar la sensación del «vendedor de seguros» que finge ser tu amigo para endosarte, en cuanto puede, un seguro de vida.

Al final, lo que a mí me gusta es generar conexión con las personas que me leen. Ésa es su característica común: les gustan los temas que toco, les gusta la forma en que lo hago, aprecian a la persona que hay detrás. Creo que es algo que, para lo que yo hago (coaching, consultoría, formación) es esencial: no te lanzas en brazos del primer fulano que se te pone enfrente, necesitas confianza.

Y luego alguna de esas personas que me lee estará, además, en una posición en la que pueda acabar siendo cliente: porque le surge la necesidad y tiene el dinero, porque se mueve en un entorno corporativo con presupuesto disponible, o porque conoce a alguien así. Y entonces se acordará de mí, y hablaremos.

Mientras tanto, no pasa nada; seguimos cultivando la relación. Sin presión, sin prisa, sin un objetivo finalista. De persona a persona, no de proveedor a potencial cliente.

Me gusta que me guste escribir en mi newsletter. Creo que es lo que lo hace sostenible y satisfactorio. Del otro lado hay cada vez más gente con la que estoy convencido que disfrutaría de tomar un café largo hablando de mil cosas. Esas personas, a su vez, ven en mí a alguien cercano, sensato, de confianza.

Y eso es un fin en sí mismo, no hace falta que sea un medio para nada más.

El sufrimiento (y la satisfacción) de aprender algo nuevo

Hace un año quedé a comer con mis amigos en Salamanca.

Después de un rico arroz, y un par de copas de sobremesa, pasamos por delante de un conocido local. En la puerta, una relaciones públicas trataba de captar clientes. «Chicos» (dijo con extrema generosidad para con ese grupo de cuarentones), «ahora empieza un concierto, ¿os animáis?».

Y para allá que fuimos. Bueno, técnicamente fui yo muy emocionado, y mis amigos entraron a regañadientes.

La cosa es que disfruté mucho del concierto.

A lo largo de estos meses he ido varias veces a escuchar de nuevo a esta banda. ¡Hasta un día me dejaron cantar una canción!

El caso es que investigando un poco sobre ellos, a través de su Instagram y del de sus componentes, vi que el guitarrista daba clases. Y yo lo de tocar la guitarra lo tengo ahí como espinita clavada. Así que me puse en contacto con él y hace un par de semanas empezamos a dar clases.

En estas dos semanas he vuelto a recordar lo que es enfrentarse a un reto de aprendizaje. Esa sensación de que «todo es difícil» (y es verdad, todo es difícil hasta que se vuelve fácil… pero hay que trabajar). Esa frustración cuando las cosas no te salen, incluso cuando vas muy despacio. Ese ser consciente de todo lo que no estás haciendo bien a la vez. Esas molestias derivadas de corregir la postura de la mano (porque nunca te habías fijado, o nunca te habían dicho, que la ponías mal).

Y también esa sensación tan gratificante cuando las cosas van saliendo. Esos momentos «eureka» cuando descubres la lógica interna de lo que estás haciendo. Ese subidón cuando te das cuenta de que ahora haces con cierta soltura lo que dos semanas antes veías casi imposible.

Hay una viñeta que me encanta, en la que un tipo le dice a otro que está tocando el piano: «Tienes que dejarlo, no eres bueno».

A lo que el otro responde: «Si lo dejo, nunca seré bueno».

En esas estamos.

PD.- En mi libro «Skillopment» tienes una colección de reflexiones sobre el aprendizaje que quizás te interesen.

Agilidad emocional de Susan David – resumen

Hace unos días estuve viendo esta entrevista a Susan David sobre el concepto de Agilidad Emocional (que también es el título de su libro), y me pareció muy recomendable.

He hecho este breve resúmen sobre algunas de las ideas de las que habla en la entrevista:

  • Contexto:
    • Sudafricana blanca en tiempos del apartheid… le hace pensar en los procesos mentales de la gente que valida una situación tan evidentemente injusta e intolerable.
    • Muerte del padre por cáncer con 15 años. Dificultad para procesar esas emociones (vs. la expectativa de emociones siempre positivas, de no tener conflictos…)
  • Definiciones:
    • Agilidad emocional: mantener una relación sana con nuestras emociones («convivir con nuestros pensamientos, emociones y recuerdos») para poder sacar lo mejor de nosotros mismos («siendo coherentes con nuestros valores») para ser «la persona que queremos ser»
    • «Rigidez emocional» (por contraste); quedarse atascado en pensamientos, emociones o recuerdos… actuar con patrones de actuación en piloto automático… y no poder actuar/avanzar conforme a nuestros valores.
    • Agilidad emocional vs. inteligencia emocional:
      • la inteligencia emocional como «tipo de inteligencia» (conocer emociones propias y ajenas) vs. agilidad emocional con un carácter moral, «acercarnos a unos valores»
  • Ejemplos de mala gestión emocional:
    • Embotellar: «no debería tener estas emociones», se intentan apartar… genera depresión, ansiedad, capacidad de gestionar racionalmente los problemas, afecta a relaciones (carencia de vulnerabilidad e intimidad).
    • Incubar: rumiar al exceso las emociones, rebozarse en ellas, buscar causas, tratarlas como hechos, actuar en automático (muchas cosas que has aprendido de niños), victimismo… te centras en ti mismo, en el victimismo, la inacción…
    • El punto correcto es el medio: no ignorar, pero tampoco dejarse llevar
  • Prácticas centrales de la agilidad emocional:
    • Exteriorizar / Aceptar / Validar:
      • entender que los humanos tenemos emociones, que son útiles («el sistema de señalización que nos ayuda a sobrevivir»).
      • Ser compasivos con nosotros mismos: «Hay que soltar la cuerda», ser compasivos con nosotros mismos, «está bien sentirse mal», «hacemos todo lo que podemos contando con quienes somos, la educación que hemos recibido, las circunstancias vitales a las que nos enfrentamos y los recursos con los que contamos».
      • Entender que no estamos en combate con una versión ideal con nosotros… abrirnos a la experiencia real.
      • Aceptar que no podemos estar felices todo el tiempo (aunque la sociedad parece que es lo que nos intenta trasladar), que una vida con sentido implica también aceptar el malestar. No podemos forzar la felicidad, porque entonces no desarrollamos las habilidades necesarias para enfrentarnos a una vida que por naturaleza va a generarnos malestar y dificultades. No podemos elegir vivir solamente buenas experiencias. «Tienes los objetivos de una persona muerta» (los muertos son los únicos que no sufren decepciones, no se estresan, no se les parte el corazón). No puedes tener una carrera significativa, o una familia, sin malestar. «El malestar es el precio a pagar por una vida plena».
    • Distanciar: ver las emociones como lo que son, entender que no son hechos sino pensamientos, emociones y recuerdos… y que podemos tratarlos como tal.
      • Expresarlas: p.j. usar diario para escribir emociones (o terapia, o amigos)… «exteriorizar el dolor», «correspondencia secreta conmigo misma». Ejemplos de trabajadores que se quedan sin empleo… a los que les piden que escriben sobre el tema muestran mejor adaptación, más acción, y más sensación de felicidad y menos de depresión, ansiedad… Se activa el «potencial de disposición del cerebro» (te orienta a la acción).
      • Observar cómo fluyen: os pensamientos, las emociones, las sensaciones… vienen y se van.
      • Etiquetarlas
      • También investigar matices (ejemplo del consultor que usaba «rabioso» para todo… pero cuando empezaron a investigar matices empezaron a salir conversaciones diferentes, distintos significados para una misma etiqueta…).
      • Investigar qué hay detrás de ellas. Las emociones son señales de lo que nos importa, no nos emocionamos por cosas que no nos importan. Cada emoción difícil lleva asociado un valor (¿una necesidad?) que es importante para nosotros, y sobre los que debemos construir. «¿Qué me está diciendo esta emoción que es importante para mí?»
    • Preguntarte tus por qués: ¿cuáles son tus valores? ¿quién quiero ser en esta situación? Identificar qué es importante para ti, y a partir de ahí plantearse la acción.
    • Elegir acción, avanzar:
      • «¿cuál es la manera más eficaz de sacar partido a esta situación?».
      • Un pequeño arreglo, un micromomento de cambio (ese momento, ese día… e incorpora más momentos de esos en tu día a día). Los pequeños cambios funcionan mejor que los grandes cambios.
  • Situación de las emociones en el mundo actual:
    • Niveles crecientes de depresión, ansiedad, suicidios… también en población juvenil
    • Nuestros niños están creciendo en un mundo en el que las dificultades ya eran grandes, y quizás lo vayan siendo más… y sin embargo no les damos herramientas (cuando tiene un impacto muy grande en nuestra capacidad de lograr objetivos, )
    • Cómo ayudar a niños: no solucionar problemas, no enseñarles a «obviar» las emociones malas… darles espacio para que expresen, reconozcan, vean que son pasajeras

Resumen

La autora define su concepto de «agilidad emocional» como la capacidad de convivir sanamente con pensamientos, emociones y recuerdos… y actuar de la mejor manera posible sin obviarlos ni dejarse arrastrar por ellos.

Inside Jokes: resumen y aprendizajes

Atraído por la comedia

Desde hace tiempo me siento atraído por el mundo de la comedia y, para ser más específico, con el stand-up (o «los monólogo» que diría Broncano). Aparte de que me resulta en general divertido de ver (¡hay gente muy ingeniosa!) me llama mucho la atención el proceso que siguen los cómicos. Porque parece que simplemente son «gente divertida» que agarra un micrófono y se pone a hablar y a hacer chistes… pero hay mucho más que eso.

Escribir humor es a la vez un arte y un oficio, y además implica todo un viaje desde una idea a la que se le va dando forma, que evoluciona, que se prueba y se cambia (a veces con detalles imperceptibles, pero que marcan la diferencia entre el silencio incómodo y la carcajada).

Y además es un ejemplo de autogestión. Porque eso de salir a un escenario sin más cobertura que un micrófono… uf, hay que tener mucha valentía, y mucha fuerza para vencer la inseguridad, y mucha resiliencia para aguantar cuando las cosas no salen tan bien como te gustarían (que suele ser con frecuencia).

Inside Jokes, una miniserie documental

Por eso, cuando descubrí una miniserie llamada «Inside Jokes» sobre «lo que hay detrás de los cómicos», me lancé a por ella. La serie sigue a un grupo de cómicos en su proceso de selección para la sección «New Faces» de un famoso festival de comedia en Canadá. Es una gran oportunidad, porque supone una puesta de largo ante gran parte de la industria (la que luego les contrata para grandes especiales en las cadenas de streaming, las que les ponen en contacto con estudios para películas y series…). O sea, «la gran oportunidad». Pero, como dice la biblia, «muchos son los llamados pero pocos los elegidos».

La serie recorre las semanas previas a la selección, y finalmente (para los escogidos) el momento de la verdad.

Ideas y aprendizajes de Inside Jokes

Y aquí van algunas ideas que me han resonado después de verla al completo:

  • La pasión de esta gente por hacer comedia. Para la inmensa mayoría es un «hobby» (es decir, se ganan la vida con otra cosa) al que le dedican horas y horas, mucho esfuerzo y sacrificio… pero hay algo dentro de ellos que les lleva a seguir y seguir.
  • Vinculado con lo anterior, la persistencia. Alguno de los aspirantes es la octava o novena vez que se presenta al proceso de selección, después de haber sido rechazados en años anteriores. Eso no les quita el empeño, y siguen intentándolo.
  • La obsesión por conseguir «stage time». Es decir, cuantas más actuaciones mejor. Y no por «hacer dinero» (la mayor parte del tiempo no cobran), sino por poder pulir y repulir su material. Practicar, practicar y practicar, una y otra vez, exponerse al público y sus reacciones…
  • La repetición. Una cosa que me fascina es que, en sus actuaciones, repiten una y otra vez su material. Y sin embargo consiguen hacerlo fresco, como si lo estuvieran casi improvisando en el momento. Es una habilidad que me parece impresionante (¡y que no les aburra me parece todavía más impresionante!).
  • La forma de trabajar el material, desde la idea inicial a la final, con múltiples evoluciones, pequeños retoques, descartes… son como orfebres trabajando con mimo y detalle una pieza de alta joyería. Y, sin embargo, desde fuera parece que «esto podría hacerlo mi primo».
  • La gestión de los nervios, la inseguridad, la angustia... esos momentos previos a la salida al escenario, las caras de concentración, las distintas estrategias que cada uno utiliza para llevarlo lo mejor posible… y la sensación de que, por muchas horas de vuelo que tengan, eso sigue ahí.
  • Lo que en el argot llaman «booming«, es decir, los días en los que el material no fluye, el público no entra a las bromas, y los cómicos quedan encima del escenario teniendo que remar contracorriente. Es algo tan impredecible, y a la vez inevitable de vez en cuando (hasta el mejor escriba tiene un borrón). El ver cómo gestionan esos días también es una lección interesante.
  • El glamour vs. el backstage. Un cómico de éxito puede parecer que tiene una vida estupenda, siempre en el escenario, aplaudido por cientos de personas… pero detrás hay alguien que se pasa el día viajando de acá para allá, muchas veces en soledad. Y eso por no hablar de la cantidad de sitios inmundos donde habrá tenido que actuar en su camino.
  • La competitividad de ese mundillo (o de cualquier otro, en realidad). Todos podemos tener la imagen de algunos cómicos de renombre. ¿Pero cuántos se han quedado en el camino? ¿Cuántos de los que llegaron al festival no han tenido continuidad? ¿Cuántos no llegaron ni a presentarse?
  • Y, en paralelo con la competitividad, la camaradería. Es verdad que unos triunfan y otros no, pero a la vez se pueden dar soporte unos a otros. Gestionar esa dualidad tiene su mérito.
  • Hay un tema interesante que tiene que ver con «encontrar tu propia voz». Es decir, utilizar la comedia no como un «artesano» (que lo mismo hace chistes de una cosa que de otra) sino como un «artista», alguien que utiliza ese vehículo para explorarse a sí mismo y para compartir su realidad, su forma de ver el mundo… con otros.
  • La importancia de «ser memorable». Cuando hay cómicos por centenares hay que buscar la forma de diferenciarse. Puede ser el tono de tus chistes, la forma de hablar, tu aspecto físico… pero claramente de todos los que vi hay algunos que recuerdo más, y otros que se quedan en el olvido.

En definitiva, un documental entretenido y que da para pensar en unas cuantas cosas.

Tu basura no miente

Esta mañana, mientras cerraba la bolsa amarilla de envases para bajarla al contenedor, miré de reojo su contenido.

«¿Qué conclusiones sacaría un arqueólogo que se pusiese a revisar mi basura?»

Puede parecer una pregunta peculiar, pero es que justo ese es el tema de un podcast que había estado escuchando la noche anterior (por recomendación de mi amigo Alberto, que de vez en cuando me sugiere cosas curiosas).

Por lo visto hay una rama de la arqueología que, en vez de explorar tumbas egipcias, se dedica a rebuscar en vertederos y a sacar conclusiones sobre la vida cotidiana de las personas.

Sobre la vida real, no sobre la vida inventada.

Porque ésa es una de las conclusiones que me pareció más interesantes: «la basura no miente», decía el arqueólogo Alfredo González-Ruibal.

Por ejemplo, contaba cómo en los estudios originales realizados en los años 70 y 80 en Estados Unidos, se concluyó que la gente consumía mucho más alcohol y mucha menos comida sana de la que afirmaban consumir.

Vamos, que una cosa es de lo que vamos presumiendo, y otra la cruda realidad.

Y tu basura no miente.

Lo que pasa es que normalmente no enseñamos nuestra basura. Es más, la ocultamos tanto como podemos.

Lo que hacemos en su lugar es cuidar mucho lo que enseñamos en el escaparate: nuestras fotitos en Instagram, nuestras sesudas publicaciones en LinkedIn, nuestros éxitos en las revistas sectoriales, nuestro salón convenientemente ordenado cuando vienen visitas. De la cara B, ni rastro.

Ni siquiera hace falta mentir (que también lo hacemos): basta con seleccionar lo que mostramos y lo que ocultamos.

Y no lo hacemos sólo de cara a los demás; también hacia nosotros mismos. Decía Richard Feynman que «tú eres la persona más fácil de engañar»… porque no hay peor ciego que el que no quiere ver. 

Ray Dalio, en su libro «Principios«, hace mucho énfasis en la importancia de conocer la verdad: sobre los demás, y sobre nosotros mismos. Porque solo a partir de la verdad es posible tomar buenas decisiones y conseguir buenos resultados.

Esa verdad no está en el escaparate que montas para que otros vean.

Está en la basura que ocultas.

¿Qué dice tu basura (la literal, y la metafórica) sobre ti?

Herramienta de autoconsciencia: nubes y sol

¿Qué nubla tu vida? ¿Y qué la ilumina?

Estos días escuchaba una entrevista de Cal Fussman a Alex Banayan (autor de «La Tercera Puerta») en la que explicaban una sencilla herramienta de reflexión personal: las nubes y el sol.

Consiste en dividir una hoja en dos, y utilizar siete minutos para hacer un listado de todas las cosas que «nublan» tu vida, y otros siete minutos para listar todas las que le dan «luz y calor».

Siete minutos es una cantidad de tiempo suficientemente corta como para que no se haga pesado, pero también suficientemente larga como para que te obligue a rascar un poquito más allá de la superficie.

El reto no consiste solo en elaborar este listado sino que, en el curso de los siguientes 7 días, dediques un par de minutos a releer las dos listas.

¿Cuál es el objetivo?

Obligarte a parar y a pensar.

Obligarte a ver las dos caras de la moneda (dependiendo de tu personalidad puede que tengas tendencia a ver demasiadas nubes, o demasiado sol).

Obligarte a poner por escrito esas cosas que están dando vueltas en tu mente.

Y, a través de los días, apreciar hasta qué punto son temporales o permanentes e ir poniendo foco en despejar las nubes y disfrutar más el sol.

A veces las cosas más sencillas pueden ser tremendamente útiles.

Por cierto, he hecho un vídeo explicando el funcionamiento de esta dinámica, y compartiendo los aprendizajes que he sacado de ella. Si te pasas por allí y le das un «like», ¡fantástico! Y si te suscribes al canal te unirás a las casi 4.000 personas que ya lo han hecho.

La turra de Mbappé

Que Mbappé viene. Que Mbappé no viene. Que puede ser. Que seguro que sí. Que ojo que no. Que ya verás como sí. Que…

¡Madre mía, cuánta turra!

¿Cuántas horas de tertulias, debates, «información»… ha generado este culebrón? ¿Cuántas portadas, cuántas especulaciones, cuántos dimes y diretes? Y sobre todo… ¿cuántas horas de atención ha robado?

Y total… ¿para qué?

Todo ese ruido no aportaba nada.

La decisión sobre dónde jugaría Mbappé el año que viene es algo que se iba a producir en su momento, y todo el cacareo intermedio daba igual.

Incluso si esa decisión es algo relevante para ti (por lo que sea) todo el proceso previo no te aporta nada más que distracción.

Y eso es un problema.

Porque puede ser Mbappé, o la guerra de Ucrania, o el «tema político de la semana», o el scroll infinito de Instagram. Hay un montón de ruido sobre temas sobre los que no tienes ninguna influencia y/o que te impactan entre poco y nada.

Pero, a la que te descuidas, se meten en tus pantallas y en tu cabeza robándote el foco y la energía.

Ojo, que está bien entretenerse, y cada uno se entretiene con lo que quiere. No es ahí donde quiero llegar.

El problema es cuando ese entretenimiento se nos va de las manos. Y el hecho de que haya gente muy interesada en que eso pase y que se aprovecha de que la carne es débil.

Yo hace unas semanas que decidí poner una barrera a todo ese ruido. Me instalé un bloqueador de webs y de apps que me impiden entrar a las redes sociales, a los medios de comunicación… durante la mayor parte del día. Sólo me he dejado tres momentos (de 8 a 9 de la mañana, de 2 a 3 de la tarde y de 8 a 10 de la noche) en los que me permito entrar a curiosear.

El resto del día, paz.

Porque la gracia de esto es que, aunque tengas el impulso de entrar (y a fe mía que lo tengo)… la aplicación te lo bloquea. «Vuelve a lo que estabas haciendo, anda».

Mano de santo.

No eliminas el 100% del ruido (al final te acabas enterando de lo del puñetero Mbappé), pero sí un porcentaje muy importante. Y eso es distracción que te ahorras.

La app se llama Freedom. Tiene una versión gratuita (que, sobre todo, limita el número de sitios y apps que puedes bloquear). Yo me compré una suscripción vitalicia, y creo que es una de las mejores inversiones que pude hacer.

Cambiar de problemas

Cuando la pandemia empezó a relajarse un poquito, Pedro Mairal y su familia metieron cuatro cosas en una maleta y se fueron a vivir de Argentina a Uruguay.

«Me invitaron a dar unos seminarios… habíamos estado todos esos meses encerrados en el departamento… hicimos el bolsito y ¡pim! volamos… y después como que nos empezamos a quedar».

Admiro (y a veces envidio) esa capacidad de ponerse el mundo por montera.

Esto lo contaba el propio Pedro Mairal en una entrevista que le hacían Hernán Casciari y su socio y amigo Chiri Basilis en el podcast dedicado a la producción de la película (basada en su libro) «La uruguaya» (una novelita corta ideal para varones en la crisis de la mediana edad, ups).

Pero lo que me gustó de la entrevista fue la siguiente respuesta.

«¿Y está bueno vivir en Uruguay?», le preguntaban.

«Cambiás de problemas».

Una de mis ideas favoritas es la de la «fantasía escapista»

«Tenemos tendencia a imaginar escenarios alternativos para nuestra vida, situaciones que sin duda alguna nos harían estar mejor de lo que estamos. Nuestros problemas y dificultades se evaporarían casi como por arte de magia, todo saldría a pedir de boca.»

Quizás sea mudarse a Uruguay, como Pedro Mairal. Cambiar de trabajo, o cambiar de casa. Irse a vivir de la ciudad a un pueblo. O quizás del pueblo a una ciudad. Tener pareja, o dejar de tener pareja. Montar un negocio y ser tu propio jefe, o quizás encontrar un trabajo por cuenta ajena y dejar de sufrir en tu propio negocio.

Lo que sea.

Siempre estamos anhelando ese cambio que nos saque de este pozo de insatisfacción en el que vivimos… sin darnos cuenta de que lo único que haremos será cambiar unos problemas por otros.

Esto me llevó a plantearme (y ahora a plantearte a ti)… ¿de qué problemas quieres huir en tu vida? ¿cuál es la alternativa que te estás planteando?

Y lo más importante (y que muchas veces obviamos)… ¿qué nuevos problemas vas a encontrarte allí?

PD.- Esto no es un alegato en favor del conformismo. Está bien querer cambiar… siempre y cuando no nos hagamos trampas al solitario.

Pausa y duelo

Cuenta Tara Brach, en su libro Aceptación Radical, la historia de los primeros vuelos militares que, allá por los años 50, buscaban batir records de altitud. Enfrentados a condiciones desconocidas los pilotos intentaban aplicar su entrenamiento para controlar los aviones… con catastróficos resultados. Hasta que un día Chuck Yeager, en medio de las turbulencias, sufrió un golpe y se desmayó. 

Y claro, desmayado no puedes controlar un avión.

¿Qué sucedió? 

Que el avión inició un peligroso descenso… hasta altitudes donde las maniobras aprendidas por los pilotos sí servían. Chuck Yeager se despertó a tiempo, recuperó el control de la aeronave, y consiguió regresar.

Y en el proceso aprendió algo importante: a veces lo mejor es dejar de intentar controlar las cosas y dejar que pase lo que tenga que pasar. Porque nuestros intentos de control no solo no ayudan, sino que pueden incluso entorpecer.

Tara Brach utiliza esta historia para ilustrar la importancia de «la pausa»: momentos (o etapas) en las que dejamos de pelearnos con el mundo, intenando controlarlo, y dejamos que las cosas fluyan.

Si sigues habitualmente esta newsletter quizás hayas notado algo: en las últimas semanas no te ha llegado.

Cosas de la pausa.

Según la escala de estrés de Holmes y Rahe un divorcio es el segundo evento vital más estresante, solo por detrás de la muerte de la pareja. 

Y es que, por muy bien que lo quieras llevar, y por muy civilizado y sereno que lo afrontes, divorciarse implica muchos reajustes: logísticos, emocionales, relacionales, económicos, identitarios. 

Implica, sobre todo, gestionar una pérdida.

Un duelo.

Elizabeth Kübler-Ross habla de cinco etapas del duelo: la negación, el enfado, la negociación, la depresión y la aceptación. Pero, aunque resulte útil hablar de «etapas», lo cierto es que no es un proceso lineal. Las etapas se mezclan unas con otras, a veces en el curso del mismo día. Por semanas parece que estás más cerca de la aceptación, y luego algún evento te vuelve a echar para atrás, y te encuentras dando tumbos por el enfado o la tristeza.

Un cacao que, salvando las distancias, se parece a las condiciones desconocidas que enfrentaban los pilotos de los años 50 cuando se elevaban miles de metros sobre el suelo. Un cacao en el que, a lo mejor, una pausa es lo mejor que puedes hacer.

Te confieso que, desde la autoconsciencia, es curioso verse metido en esas turbulencias. Ir identificando las emociones y las sensaciones, y asociándolas a las distintas etapas.

La parte buena es que sabes que es un proceso y que, en algún momento, las turbulencias cesarán y volverás a alcanzar cierta estabilidad.

La parte mala es que ser consciente del proceso no te libra de vivirlo con toda la intensidad.

Esta newsletter tiene también una parte buena y una mala.

La buena es que es «de autor», muy personal y muy honesta. Aquí no hay refritos, ni «publicar por publicar», ni asepsia. Todo nace de la reflexión personal y de las ganas de compartir.

La mala es que es «de autor», muy personal y muy honesta. Y eso implica que el contenido de la newsletter (incluso su propia existencia) va ligada al momento vital de quien la escribe, a sus inquietudes e intereses en cada momento. Y eso a veces hace que las temáticas no sean tan «estables», o tan ceñidas a la promesa inicial, o tan «estrictamente profesionales» como a lo mejor alguien podría esperar.

Si me llevas leyendo un tiempo esto es algo de lo que ya te habrás dado cuenta. Y como sigues por aquí puedo concluir que no te disgusta del todo. Gracias por eso 🙂

Lo digo porque básicamente eso va a seguir siendo así: no concibo esta newsletter de otra forma.

¿Y a partir de aquí qué?

Pues como suele suceder en la vida… lo iremos descubriendo, yo el primero :).

La hostia de Will Smith

Hoy quiero hablarte de la h*stia de Will Smith a Chris Rock (o el sopapo, o el soplamocos, o la bofetada a mano abierta, ¡placa, placa!).

Y es que no siempre un tipo gana el Oscar al mejor actor protagonista y al mejor actor de «reparto» la misma noche (este chiste lo vi en internet, me pareció glosioso).

Dirás, no sin razón, que «a buenas horas mangas verdes». Que este tema ya está muy pasado (tres semanas ya!), y que ya se ha dicho todo lo que había que decir al respecto.

Que si el machismo tóxico, que si la violencia, que si los límites del humor, que si los traumas pasados, que si la alopecifobia…

Puede ser.

Pero a mí me sigue dando vueltas una idea.

Porque verás, a mí Will Smith siempre me ha caído bien. Ya no es solo la nostalgia del Príncipe de Bel Air. Es que a lo largo de los años el tipo ha mostrado una imagen cercana, siempre a favor del show business. Y además tiene por ahí un montón de entrevistas y vídeos donde hace reflexiones bastante interesantes a nivel de desarrollo personal.

Y entonces va, se levanta, y le arrea un guantazo a Chris Rock.

No me jodas, Will.

Ya no me puedes caer bien.

¿O sí?

Resulta que nuestro cerebro es un vago. Si puede, prefiere entender el mundo en términos duales: bueno/malo, amigo/enemigo, blanco/negro, a favor/en contra.

Etiquetas que le agilicen el trabajo de pensar.

«Déjate de matices, y dime si A o B».

Y cuando se produce un hecho que desafía esa dualidad… sufre.

Es lo que llamamos disonancia cognitiva (hablé de ello hace un tiempo aquí), y el cerebro la suele resolver a martillazos: en este caso, o «Will Smith ya no nos cae bien, y en realidad nunca nos cayó bien» o «en realidad esa torta se la tenía merecida Chris Rock» / «el pobre Will Smith tenía un trauma de infancia» / «estaría nervioso»… (porque Will Smith nos tiene que seguir cayendo bien y de alguna manera hay que casar su comportamiento con eso).

Y así el cerebro vuelve a su dualidad y se queda tranquilo.

Si te fijas, gran parte del debate posterior fue en este sentido.

Pero… ¿y si todo fuese más complejo?

Ya Robert Louis Stevenson exploraba esta idea con el Doctor Jekyll y Mister Hyde.

Walt Whitman iba más allá, y decía que «contenemos multitudes».

¿Y si Will Smith no es ni bueno ni malo?

¿Y si es complejo, caótico, multifacético, cambiante, contradictorio?

¿Y si es, simplemente, humano?

«Por eso las historias nos gustan; nos dan la claridad y simplicidad de la que nuestras vidas carecen».

Ésta es una cita de la novela «El nombre del viento», de Patrick Rothfuss. Y me gusta porque refleja esa idea: que las etiquetas y simplificaciones, por mucho que le gusten a nuestro cerebro, difícilmente representan la realidad. 

Así que si te descubres cayendo en ese pensamiento dual… piénsatelo dos veces.

PD.- Will Smith me sigue cayendo bien Y me parece completamente fuera de lugar lo que hizo. Mi cerebro sufre al escribir estas dos frases juntas… pero que se fastidie.