Cómo usar la rueda de la vida

Curso nuevo, vida nueva

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Empieza el curso. Quién más quien menos disfruta, durante el verano, de unos días de descanso o, en el peor de los casos, de cierta sensación de ritmo más relajado en el ambiente. Y a medida que se aproxima su fin empieza a notarse el “runrún” de la vuelta a la actividad, el tráfico en la ciudad, los anuncios de centros comerciales y fascículos…

A mí, en general, no me gustan demasiado las divisiones artificiales del tiempo. Ni cumpleaños, ni año nuevo, ni principios de curso… creo más en la continuidad, en que hoy simplemente es un día después de ayer, y que no es razonable esperar “grandes cambios” de un día para otro.

Y sin embargo, es cierto que hay momentos en los que parece que el contexto sugiere hacer una especie de “alto en el camino”. En mi caso, más que el “año nuevo”, el principio de curso es el que más me sigue motivando. Y es que, aunque hace ya 20 años que hice mi último “principio de curso” en términos académicos, no he dejado de sentirme muy ligado a ese ciclo. Tiene que ver, supongo, con el reinicio de la actividad después del verano. Y en mi caso, además, tener hijos (con su “vuelta al cole”, su nuevo curso, nuevos libros, nuevos profesores…) me lo refuerza mucho más.

Así que… ¿por qué no aprovechar este “reinicio” para hacer un poco de reflexión?

¿Dónde estás? ¿A dónde vas?

Si quieres dar dirección a tu vida necesitas, primero, un destino. Un “hacia dónde voy”. Porque si no sabes dónde vas, da igual el camino que sigas. Y también saber dónde estás respecto a ese destino, claro. Solo así podrás saber cuáles son los pasos que debes ir dando para llegar a él. Y a partir de ahí, a caminar. Es el “empezar con un fin en mente” de Covey, los “niveles de perspectiva” del GTD

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La reflexión es obvia, casi da vergüenza escribirla. Y sin embargo… ¿cuántas veces, en nuestra vida, la perdemos de vista? Nos metemos en nuestra dinámica cotidiana, en atender nuestras responsabilidades a corto plazo, en levantarnos para ir al trabajo, volver cansados, apurar lo mejor posible los ratos de ocio… Sí, de vez en cuando nos viene un pequeño flash de que algo “no va como nosotros queremos”, pero enseguida se nos surge otro pensamiento y se nos olvida. Y pasa un día y luego otro, pasa una semana y luego otra, pasan los meses… y de repente nos damos cuenta de que llevamos media vida “en piloto automático”, dejándonos arrastrar por la corriente, sin ser conscientes de a dónde nos lleva nuestro día a día y sin tomar ninguna decisión para alterar el rumbo.

Hace unos días escuchaba la entrevista que le hacían Jeroen Sangers y Enrique Gonzalo a Matías Salom en el podcast de Kenso. Salieron muchos temas, ninguno de ellos “revolucionario”, pero sí de esos que merece la pena recordar de vez en cuando. Cuáles son tus objetivos, qué quieres de la vida, qué haces en tu día a día para avanzar hacia ellos, qué es lo que de verdad importa…

El caso es que, como bien decía Matías durante la entrevista, a veces parece que tengas que enfrentar una circunstancia traumática (en su vida fue un accidente de tráfico) para darte cuenta de que se te está yendo la vida y no estás haciendo lo que realmente quieres hacer. Y como dice él, “no deja de sorprenderme la cantidad de gente que nunca se sentó a pensar qué quiere realmente”.

La rueda de la vida

Así que es cosa de sentarse a pensar, de dedicar un tiempo a hacer repaso de las distintas áreas de tu vida y evaluar hasta qué punto estás satisfecho, hacia dónde quieres dirigirlas y qué tienes que cambiar para hacerlo.

Ya, ya sé. Es más fácil decirlo que hacerlo. Cuando te pones a pensar en ello, y más si no tienes costumbre, no tardas en atorarte. Demasiadas cosas, demasiado abstractas, demasiadas conexiones… y muchas veces, ante lo difícil de la tarea… desistimos. “Ya lo haré”. Y luego resulta que no…

Existen herramientas que ayudan a guiar ese proceso. Hace poco hice un vídeo hablando de “la rueda de la vida”, un modelo que popularizó Zig Ziglar.

La gracia del modelo de “la rueda de la vida” es que te “obliga” a pasar revista de manera sistemática a las distintas áreas de tu vida, a evaluar tu grado de satisfacción con ellas… y a partir de ahí pensar en cómo avanzar. Además, la forma de rueda no es casual; la idea es que debe existir un cierto equilibrio entre las distintas áreas. De nada vale tener mucho éxito en el ámbito profesional si tu vida personal es un desastre, o tener una salud de hierro si financieramente no te consigues mantener… etc.

Hay otro ejercicio que puede ser muy potente, que es la “proyección autobiográfica”, que puedes aplicar a un área concreta de tu vida o al conjunto. Se trata de proyectarte 10-15 años en el futuro, imaginar que tienes “tu vida soñada”, y describir libremente (y con esto quiero decir sin cuestionarte si eso es posible o no, sin dejar que tu “mente crítica” te corte las alas) cómo es esa vida. Qué haces, qué sientes, qué tienes. Hacerlo de la forma más vívida y concreta posible, como quien está describiendo realmente su día a día, con pelos y señales. Y no solo eso, sino describir cómo has llegado hasta ahí, qué has hecho en esos 10-15 años, qué proyectos abordaste y cuáles rechazaste, qué hábitos pusiste en marcha y cuáles abandonaste, con quién te relacionaste y cómo, qué aprendiste. Todo eso te puede dar pistas de por dónde avanzar…

Y ya, si quieres redoblar el impacto, puedes hacer un segundo ejercicio de proyección… imaginando que no has cambiado nada. Proyéctate en el futuro, y describe cómo es tu vida si sigues haciendo lo que haces ahora. Qué haces, qué sientes, qué tienes. ¿Estás satisfecho con lo que ves? A lo mejor es hora de cambiar…

Las áreas relevantes de tu vida

¿Cuáles son esas áreas relevantes de tu vida? Ziglar plantea una categorización de 7 áreas: carrera profesional, finanzas, espiritualidad, físico, intelectual, familiar y social. Que sí, están bien… pero para mi gusto demasiado genéricas, y hacen difícil llevarlas al terreno de lo concreto. Y es en lo concreto donde vas a encontrar más elementos de reflexión.

Yo hace tiempo que definí un esquema parecido, pero creo que más concreto y sobre todo adaptado a mí (obviamente, tus circunstancias pueden ser distintas y tiene sentido adaptarlo a ellas; de hecho yo mismo he ido adaptándolo a lo largo del tiempo). A día de hoy, es éste:

  • Físico/Salud
    • Alimentación
    • Descanso
    • Actividad física
    • Dolencias concretas (si las hay)
  • Desarrollo personal
    • Autoconsciencia
    • Mejora de habilidades
    • Hábitos
    • Productividad
    • Simplificación
  • Administrativo/Financiero
    • Balance ingresos/gastos
    • Planificación financiera a futuro
    • Patrimonio
    • Cumplimiento
  • Familiar
    • Relación de pareja
    • Relación con los hijos
    • Relación con la familia (padres, hermana, familia extendida)
  • Social
    • Relaciones de amistad (cantidad/calidad) en los distintos ámbitos
    • Relaciones sociales
  • Profesional
    • Relaciones profesionales
    • Marca personal (definición/visibilidad)
    • Actividad comercial / generación de oportunidades
    • Desarrollo de habilidades profesionales
    • Equilibrio personal/profesional
  •  Estilo de vida
    • Hobbies
    • Distribución del tiempo
    • Distribución del espacio
    • Relación con la naturaleza
    • Viajes
    • Redes sociales
    • Lectura y audiovisual
    • Relación con la actualidad
  • Contribución
    • Relación con la sociedad (local/general)
    • Contribución a otros (desarrollo, ayuda)

¿Y cómo hago la evaluación?

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Esa es otra pregunta importante. Ziglar plantea una escala de 0 a 10 para “ponernos nota” en cada una de las áreas, pero… ¿cómo llegamos a esa nota?

  • El propio Ziglar plantea una especie de “test” que ayuda a ir haciendo la reflexión, pero de nuevo peca (en mi opinión) de genérico. Los detalles de mi vida no tienen que ser iguales que los de la tuya, ni la importancia relativa que le damos a cada una. Por lo tanto, pretender automatizar eso en una herramienta que nos genere unos resultados satisfactorios es muy difícil. Pero puede ser un buen punto de partida.
  • A mí una técnica que me resulta muy útil es la de “escritura libre”. Tomar un folio en blanco, poner el título del área en la parte de arriba… y empezar a escribir sin preocuparse demasiado de si lo que vas poniendo tiene sentido o esta perfectamente redactado. De lo que se trata es de ir hilando ideas, de trasladar tus sensaciones al papel, de poner lo que es importante para ti, lo que te está funcionando bien y lo que no, de lo que te sientes satisfecho y lo que echas en falta… es un papel para ti, nadie lo va a leer, así que tienes la oportunidad de ser absolutamente sincero contigo mismo sin temor a las críticas.
  • También puedes ir guiando tu reflexión al estilo de las retrospectivas ágiles, con preguntas como: ¿qué está funcionando bien? ¿qué me gustaría hacer más? ¿qué me gustaría hacer menos? ¿qué me gustaría hacer de forma diferente? ¿qué sería para mí el éxito en este área?
  • Si quieres ir un paso más allá, y eres valiente, puedes hacer un ejercicio de imagen pública. Porque claro, tú puedes tener una visión de ti mismo… y los demás tener otra muy distinta. Es curioso cómo en ocasiones somos tremendamente condescendientes con nosotros mismos, y cómo en otras somos excesivamente duros. Por eso viene bien mirarse con otros ojos que te ayuden a ajustar tu percepción y, quizás, te ayuden a descubrir cosas de ti mismo que ni siquiera tú sabías. Obviamente éste es un ejercicio más exigente, ya que supone salir del secreto de nuestro escritorio y exponerse a los demás. Pero si consigues dar el paso, puedes obtener un gran retorno.

Y después, a actuar

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La reflexión sirve de poco si no lleva a la acción. Las cosas sólo suceden en el mundo real, no en el mundo de las ideas. Hay que superar ese efecto retiro espiritual, y llevar las buenas intenciones al terreno de lo concreto. ¿Qué vas a hacer en los próximos días, semanas, meses… para mejorar en cada una de las áreas y acercarte más a tu ideal? ¿Qué vas a hacer de forma diferente? ¿Qué acciones/proyectos vas a poner en marcha? ¿Qué hábitos vas a adoptar, y cuáles vas a abandonar? Trasladar tu visión a una serie de “objetivos” y “planes de acción” es el primer paso para que se hagan realidad , y no se queden en el terreno de los buenos propósitos.

Y entonces llega la verdadera dificultad. Hay que alejarse del escritorio, y ponerse manos a la obraRemangarse, pringarse de barro. Enfrentarse a la cruda realidad, a los inconvenientes, a la incomodidad, al desánimo… y además hacerlo no un día, ni dos, sino de forma persistente y consistente a lo largo del tiempo.

Las reflexiones, los objetivos, los planes… no pueden lanzarse una vez y luego quedarse en un cajón durante meses. Hay que incorporar la rutina de reflexión a nuestro día a día, hacer microevaluaciones y correcciones continuas. Verificar si estamos haciendo lo que dijimos que íbamos a hacer, si está funcionando, si tenemos que cambiar algo… y vuelta a empezar. De hecho, si sólo te planteas este ejercicio una vez al año… mala señal. Porque es la reflexión permanente la que da estructura a nuestra acción.

Solo así el curso que viene, cuando llegue el momento de una nueva evaluación, podrás tener una mejora. Si no, probablemente te mirarás al espejo y estarás en el mismo sitio… solo que con un año menos de tiempo para alcanzar lo que quieres.

Los cuentos del ganador

“Y ahora, recibamos con un gran aplauso a este hombre que no necesita presentación, ¡Fulanito!”. La sala aplaudió a rabiar, los ojos de los asistentes muy abiertos y las sonrisas en las caras, con la sensación de estar asistiendo a un momento mágico. Allí estaba él, Fulanito en carne y hueso, y en los siguientes minutos iba a compartir con ellos los secretos de su éxito.

Fulanito era un reconocido “business angel”. Hizo fortuna en la época de las “puntocom”, cuando una de las pequeñas startups que había ayudado a financiar fue vendida a una gran empresa, una de esas “brick&mortar” que en la época estaban como locas por subirse al carro de la novedad. Desde entonces, Fulanito había ascendido a los cielos del sector: decenas de planes de negocio llegaban a su mesa, era un invitado recurrente en los eventos del sector, y allí donde iba todo el mundo quería conocer dónde radicaba su magia. Y él compartía su conocimiento en forma de consejos: “haced como yo… tenéis que diversificar… tenéis que apostar por los equipos… tenéis que buscar proyectos rompedores… ”

Aquel día, su charla transcurrió por los derroteros habituales. Hasta que al final, durante el turno de preguntas, un hombre al fondo de la sala se levantó y dijo: “Verás, Fulanito. Hace unos años yo empecé a invertir en startups. Hice todo lo que has recomendado: invertí de forma diversificada, aposté por grandísimos equipos, había proyectos muy prometedores… pero ocurrió que ninguno de ellos dio el pelotazo… y la realidad es que perdí toda mi inversión… ¿qué hice mal?”.

Se hizo un silencio incómodo. Fulanito se escabulló con un “bueno, sin conocer el caso concreto no te podría decir, y esto es algo que ahora no podemos analizar… ¿siguiente pregunta?”. Un par de preguntas más, ronda final de aplausos y fin del evento.

Hay una narrativa habitualmente asociada al éxito que resulta muy peligrosa. Cogemos el ejemplo de un triunfador, y pretendemos extrapolar su experiencia. Estamos tan fascinados por la idea del éxito que nos agarramos a cualquier apariencia de método para emularlo. Y muchas veces son los propios triunfadores los que alimentan (con mayor o menor inocencia) esta dinámica: “yo comparto mi historia para que sirva de ejemplo”. Y así, nos parece que si hacemos A, B y C (como hicieron ellos), obtendremos el mismo resultado. Luego vienen la frustración.

Pocos triunfadores son capaces de evadirse de esta poderosa narrativa de control. Logré lo que logré a base de pasión, o de esfuerzo, o de conocimiento, o de sacrificio. Logré lo que logré porque hice lo que hice, y estoy en condiciones de darte lecciones. Pocos introducen en su relato del éxito la influencia de la suerte, o de las centenares de circunstancias sobre las que no tuvo ningún control y que de una u otra forma contribuyeron a llevarle donde está. ¿Qué hay, convendría preguntar, de todos aquellos que hicieron lo mismo que tú hiciste, que se esforzaron, se sacrificaron, se apasionaron, trabajaron… y no consiguieron los mismos resultados? ¿Será entonces que “el método” no es tal?

Dice Scott Adams en su libro “How to fail at almost everything and still win big” (un libro sorprendentemente interesante para venir, como él dice, “de un dibujante de un cómic”) que “la suerte puede ser manipulada”, que si bien no puede ser controlada al 100% sí que puedes tomar decisiones que aumenten tus probabilidades de éxito. Y estoy muy de acuerdo, pero esto implica dos cosas:

  • Que “el camino correcto” no nos lo tiene que marcar un ejemplo concreto, si no la estadística. Hace tiempo hablaba de cómo, para luchar contra la falacia de la excepción, es necesario analizar la realidad por encima de las anécdotas sin dejarse cegar por el brillo del triunfador y su falsa narrativa. Hay acciones y decisiones que tienen más probabilidades de resultar bien que otras, sí, pero no va a ser con uno o dos casos con los que podamos evaluar cuáles son esas probabilidades. Así que, cada vez que alguien nos venda un “método” o un “caso de éxito”… mejor tomárnoslo con un granito de sal.
  • Que incluso si identificamos ese “camino correcto” no podemos asegurar el éxito. Porque estamos hablando de probabilidades. Porque las correlaciones perfectas apenas existen. Porque habitamos un mundo complejo, en el que hay infinidad de factores que escapan a nuestro control y que afectan al resultado final. Así que actuemos, sí, pero siendo conscientes de que el resultado final no está tan en nuestras manos como a veces nos quieren vender. Si las cosas salen mal no es necesariamente porque lo hayas hecho mal; simplemente pasa.

La cara B

Hace unos días me encontraba, navegando por ahí, una publicación en la que entrevistaban a un conocido mío acerca de las bondades de su empresa. Le mandé un mensajito para comentárselo, «eh, qué bien sales en el artículo!». Su respuesta, la siguiente: «Sip… Lo malo es ver que ni el artículo ni los entrecomillados tienen demasiado que ver con la realidad».

Ay, la diferencia entre el escenario y lo que hay detrás de las bambalinas.

Obviamente mi amigo, sujeto a la «disciplina corporativa», no tenía mucha libertad de movimientos. Aunque todos tenemos tendencia a contar siempre lo bueno, y callar lo malo. De endulzar la realidad cuando se la contamos a otros, cuando estamos en público. De pregonar los éxitos a los cuatro vientos, y de barrer los fracasos bajo la alfombra a ver si nadie se entera. De poner la «cara A», y ocultar la «cara B». Y no es por casualidad o por maldad, sino que hay una fuerte presión social para que las cosas sean así; nadie quiere verse «retratado» tal y como es, sino salir guapo en la foto a toda costa, porque si no enseguida es señalado con el dedo. ¿Alguien se imagina cuánto hubiera tardado mi amigo en recibir una reprimenda, o perder directamente el trabajo, si hubiese contado «toda la verdad»?

La cuestión es que, como resultado, la inmensa mayoría de lo que uno lee y escucha por ahí es totalmente irrelevante: porque directamente es mentira, o porque mostrando una visión sesgada nos ocultan una porción importante de la realidad. Puras estrategias de promoción, un juego en el que todos participamos en menor o mayor medida y que dibuja una realidad idílica, pero falsa.

No sé, a mí me atrae más quien me pinta un cuadro con claroscuros, con las partes buenas y con las partes malas, que quien sólo me vende la parte maravillosa. Le doy más valor al primero, con todos sus errores, dudas e imperfecciones, que al segundo, al «perfecto», al «excelente», al «impecable». Porque lo perfecto, lo excelente, lo impecable… no existe.

Quiero cambiar de vida

“¿Te imaginas vivir en el campo? En una granja, alejado del mundanal ruido, viviendo al ritmo de la naturaleza, levantándote con el sonido de los pajaritos, disfrutando de la tranquilidad, cultivando tu propia comida… ¡ah, qué paraíso! Pero aquí estoy, en esta ciudad, siempre con prisas, con agobios, con ruidos, todo lleno de gente… El día menos pensado me lío la manta a la cabeza y…”

Fantasías escapistas para todos los públicos

Ésta podría ser, verbalizada, mi fantasía escapista. Una de ellas, en realidad, porque tengo más. Pero no soy el único. Está el que le encantaría poner un chiringuito en Tarifa, o una chupitería en Benidorm. Los que ojalá pudiera recorrer el mundo con una mochila al hombro. O irme a vivir en una autocaravana. O dedicarme a tiempo completo a ser artista, o fotógrafo, o cantante de rock. Si tuviera pareja entonces sí sería feliz. O si tuviera una pareja distinta de la que tengo. O si no tuviera pareja y pudiera ser libre. Si dejase este trabajo de mierda y tuviese ese otro trabajo maravilloso. Si mi jefe fuese de otra manera, en vez de ser como es. O si no tuviese jefe. O si pudiese trabajar en una gran empresa, en vez de en este chiringo. O si pudiese trabajar en una empresa pequeña, más humana, en vez de en este monstruo impersonal. Si ganase más dinero, o mejor aún, la lotería. Si pudiese tener un coche, o tres. Entonces sí, mi vida sería mucho mejor…

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Tenemos tendencia a imaginar escenarios alternativos para nuestra vida, situaciones que sin duda alguna nos harían estar mejor de lo que estamos. Nuestros problemas y dificultades se evaporarían casi como por arte de magia, todo saldría a pedir de boca. Y sin embargo míranos, aquí atrapados en nuestra realidad infeliz.

El jardín del vecino siempre es más verde

Nos fijamos en los demás, y más ahora que las redes sociales nos abren una ventana a sus maravillosas vidas. Qué viajes tan alucinantes hacen, qué de amigos tienen, qué bien se lo pasan, qué aficiones tan entretenidas, qué familias tan estupendas, qué trabajos tan interesantes. Normal que nos sintamos inferiores. Nos decimos que deberíamos seguir su ejemplo y olvidamos con facilidad que poca gente cuenta su cara B, sus dudas, sus frustraciones, las cosas que les salen mal, lo que les cuesta, lo que no tienen. Nos olvidamos también de todos los que hicieron lo mismo y no les salió bien. Nos enseñan (igual que hacemos nosotros) la cara bonita, nos lo venden como una gran historia. No porque quieran presumir; pero el que quiera divertirse, que se vaya al circo.

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Pero no son sólo los demás los que nos “engañan”. Nosotros mismos también nos engañamos cuando idealizamos el pasado, haciendo una selección de nuestros recuerdos, dulcificándolos e incluso inventándonoslos (y la tecnología cada vez refuerza más esa tendencia). O cuando idealizamos el futuro, dibujando una versión en la que minimizamos los posibles problemas o riesgos y donde todo sale bien, y atribuyéndole a ese futuro la capacidad de proporcionarnos unos determinados niveles de felicidad. Somos ajenos a la tozuda realidad en la que nos adaptamos con extrema rapidez a los cambios, tanto para bien como para mal. Creemos que si hacemos esto y aquello podremos encontrar la felicidad, cuando en realidad la felicidad es algo con lo que tropezamos (y gracias).

El peligro de la fantasía

Las fantasías no están mal, siempre que seamos conscientes de que lo son. Lo malo es cuando actúan como lastre en nuestras vidas, proporcionándonos un elemento de comparación que nos genera frustración en el día a día. Es imposible que nuestra cruda realidad pueda resultar satisfactoria cuando la estamos permanentemente comparando con una potencial alternativa. Si nos empeñamos en hacerlo, estaremos condenándonos a nosotros mismos a un estado de infelicidad.

Y eso no es lo peor. Porque encima, embriagados por los cantos de sirena de ese futuro alternativo, podemos llegar a tomar decisiones radicales en nuestra vida. Si en esa realidad alternativa todo va a ser fácil y satisfactorio, ¿por qué seguir atados a nuestras miserias?

Pero es más que probable que luego, una vez emprendido el camino, nos demos cuenta de que no era oro todo lo que relucía. De que esta realidad alternativa tiene sus cuotas de problemas. Que no todo era tan idílico como parecía en nuestra mente. Y que quizás empezamos a echar de menos cosas que ahora hemos perdido. Quién nos mandaría. Ahora ya tenemos otra realidad alternativa (nuestro “pasado que no estaba tan mal”) para torturarnos.

Pero… ¿no tengo derecho a mejorar?

Por supuesto que tenemos derecho a mejorar. Una vida mejor es una aspiración legítima para cualquier ser humano. Y de hecho nuestros cerebros son máquinas estupendas para visualizar, proyectar, planificar… Gracias a ellos hemos sido capaces de llegar a donde estamos. Lo importante es utilizarlos bien, de forma analítica y racional. Que en nuestra fase de visualización no caigamos en la fantasía y en la idealización, si no que intentemos ser ecuánimes respecto a los pros y los contras que nos vamos a encontrar. Que también seamos ecuánimes en el análisis de nuestra situación actual: no, no todo es un desastre, no todo es malo.

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Y sobre todo, si queremos una vida mejor, debemos orientar nuestro pensamiento a la acción. De nada valen las ensoñaciones, ni los planes, ni los proyectos… si no los ponemos en marcha y les damos continuidad. Si de verdad queremos cambiar nuestra realidad, debemos actuar sobre ella. Porque si seguimos haciendo lo mismo, obtendremos los mismos resultados y seguiremos rumiando hasta el infinito. Menos lamentos, menos “y si”, menos soñar y más hacer.

Ocho herramientas para protegerte de tus fantasías

  • Toma conciencia. La mente nos juega malas pasadas, y es capaz de meternos en espirales muy dañinas. Pero son solo pensamientos. Si somos capaces de adquirir una postura de observador sobre nuestros propios pensamientos, tendremos mayor capacidad de analizarlos con frialdad y de actuar sobre ellos.
  • Haz un análisis de tu situación actual, buscando sobre todo identificar todo lo bueno que sí tienes, y que quizás das por hecho con demasiada facilidad. Fuérzate a realizar una lista exhaustiva de todas las cosas positivas que vives a día de hoy.
  • Identifica también qué cosas concretas son las que te frustran de tu situación actual. Plantéate cuánto tienen de circunstancias externas, y cuánto de cómo te las tomas tú, y hasta qué punto un cambio de escenario puede (o no) resolverlo.
  • Piensa críticamente en la realidad alternativa que te parece idílica. Empieza a buscarle las cosquillas. Oblígate también a buscarle los aspectos negativos que hasta ahora has minimizado o pasado totalmente por altoPonte el sombrero negro para ver todo lo que podría salir mal, todas las lagunas de tu razonamiento. Usa esa lista para reducir la capacidad de fascinación de esa realidad alternativa.
  • Busca información, cuanto más de primera mano mejor, de cómo es esa fantasía en la realidad. Busca testimonios de quienes ya vivan así, de quienes tomaron decisiones parecidas a las que tú quieres tomar. Que te cuenten lo que hay, lo bueno y lo malo, si se arrepienten o no. Esfuérzate en no restar importancia a lo menos agradable. Si además de casos concretos puedes encontrar datos, mucho mejor.
  • Los experimentos, con gaseosa. Antes de volverte loco, y de darle un giro radical a tu vida, haz pruebas. Busca la forma de hacer compatible esas pruebas con tu vida actual. Así podrás ir sacando conclusiones de hasta qué punto tu fantasía estaba idealizada o no.
  • Cambia de forma realista las cosas que no te gustan. Decide qué pequeñas acciones puedes poner en marcha hoy que te acerquen a ese futuro que imaginas. Elimina hábitos que te estén limitando, e instaura nuevas rutinas que te lleven a donde quieres ir. Paso a paso, deja que fluya. Tus acciones son las que construyen tu destino.
  • Asume que no hay solución perfecta. Que lo bueno y lo malo conviven, que todo tiene pros y contras. Elijamos lo que elijamos, con cada elección siempre asumimos también una serie de “contras”. Al final, lo que podemos elegir es con qué “contra” nos quedamos.
  • En todo caso, aprende a ser feliz donde estás. No olvides que, si no eres feliz con lo que tienes, es probable que tampoco lo seas con lo que deseas.

Deberías seguir su ejemplo

No fumo. Nunca he fumado, si exceptuamos el puñado de cigarros experimentales que me llegaron ya (afortunadamente) mayor. Deberías seguir mi ejemplo, y no fumar. Supongo que si esto lo lee un fumador empedernido, de los de paquete o más diario, se revolverá cabreado. “¡Es muy difícil dejar de fumar!”. Qué va, a mí me resulta muy fácil no fumar. Es lo natural para mí.

Deberías seguir su ejemplo. Esa es la frase que nos decimos unos a otros constantemente. Y a nosotros mismos. “Mira a Fulano, deberías intentar ser más como él”. Hacer más deporte, trabajar más, ser más simpático y sociable, ser mejor compañero, ser mejor trabajador, tener más disciplina, tener más hobbies, madrugar más, despistarse menos, ser más constante. Ser innovadores, y productivos. Tener dinero, y tener tiempo libre, y tener trabajos fascinantes. Viajar. Salir. Leer. Miramos alrededor, y todo son ejemplos de cosas que podríamos hacer mejor.

Deberías seguir su ejemplo. Poco importa por qué los demás son como son, qué conjunción de naturaleza y experiencias les han llevado a estar donde están, y a actuar como actúan. Olvidamos que “yo soy yo y mis circunstancias”, y comparamos cosas que no son comparables. Soy como soy por muchas razones, es absurdo aspirar a ser otra persona así, con el chasquido de los dedos.

Deberías seguir su ejemplo. O al menos la parte que vemos, la parte que se nos muestra. La cara B normalmente se esconde. Nos comparamos con una visión parcial, lejana, que idealizamos en nuestras mentes. Esas vidas de revista, esos salones “para las visitas”. La tristeza del payaso se la guarda para el camerino.

Deberías seguir su ejemplo. Pero sólo en lo bueno, no en lo malo. Deberíamos ser creativos como aquel, disciplinados como aquella, buenos padres como los de allí, deportistas como las de allá. Fabricamos un ser ideal con lo mejor de cada uno, y nos comparamos. Y salimos perdiendo, claro. Y nos fustigamos.

Deberías seguir su ejemplo. Ponemos el foco en todo lo que no somos, y olvidamos lo que somos. Aquellas cosas en las que no estamos tan mal, no importan. Hay quien dice que somos un ejemplo para ellos. Qué tontería, no merecemos reconocimiento, tenemos tanto que mejorar, tantos ejemplos que seguir…

Los 8 errores que cometemos al tomar notas

Tomar notas

¿Tienes costumbre de tomar notas cuando consumes contenidos? Quizás estás viendo un vídeo en youtube, leyendo un libro, asistiendo a una charla, siguiendo un curso online… o quizás leyendo un post en internet, como éste. Al final, dedicamos muchas horas de nuestra vida a exponernos a nuevos conocimientos y fuentes de información. Y en el momento, a medida que lo procesamos, parece que todo tiene sentido. Lo entendemos y nos parece evidente que lo recordaremos pasado un tiempo. Pero tras unos días, incluso unas horas… ¿cuántas de esas cosas que nos parecían tan claras nos lo siguen pareciendo? ¿Cuántas hemos, directamente, olvidado? Y si lo hemos olvidado… ¿de qué ha servido?

Lo cierto es que tomar notas es una de las claves del aprendizaje eficaz, pero hay que hacerlo bien. Éstos son los errores más habituales que cometemos al tomar notas:

  • No tomar notas: vale, es una pequeña trampa. Pero es sorprendente la cantidad de personas que se pasan la vida consumiendo contenidos sin tomar notas. Puede que a ti también te pase. ¿Y por qué es un error? Primero porque el mero hecho de tomar notas nos involucra de una forma mucho más activa en la comprensión de lo que estamos leyendo/escuchando. Focaliza nuestra atención. Y por si fuera poco, las notas resultantes se convierten en una herramienta muy interesante. Nos sirven de referencia futura, base para el recuerdo, la relación y la acción.
  • Tomar notas literales: hay veces que nos esforzamos en que nuestras notas sean una transcripción casi literal de lo que leemos/escuchamos. Y eso inhabilita en gran medida el poder de la herramienta. Cuando estamos transcribiendo nos convertimos en máquinas de «registrar palabras», sin que medie un esfuerzo de compresión, filtrado, priorización, relación… de la información que estamos recibiendo. Así que en realidad estamos trasladando a un momento posterior esa labor (si es que llegamos a hacerla), perdiendo un tiempo precioso.
  • No dejar espacio: quizás por una mala concepción del «aprovechamiento del espacio», podemos tender a abigarrar nuestras notas. Márgenes estrechos, poca separación entre párrafos y entre líneas… El problema es que, por un lado, conseguimos un resultado denso y visualmente poco atractivo. Y eso tiene impacto a la hora de trabajar con nuestras notas (¿a quién le apetece enfrentarse a una página de texto pequeño y apretado, sin estructura aparente, sin espacio para respirar?). Y por otro, estamos quedándonos sin margen de maniobra para completar, añadir información o elementos gráficos… en un momento posterior.
  • No procesar las notas: como en algunos sistemas electorales, las notas requieren de una «segunda vuelta». No es suficiente con el trabajo que hacemos en el momento de consumir el contenido (si bien no es lo mismo leer un libro que asistir a una charla). Es bueno volver sobre ellas para revisarlas, completarlas, resaltar las ideas clave, identificar elementos accionables (¿hay información en la que quiera profundizar? ¿hay cosas concretas que puedo aplicar? )… En definitiva, se trata a la vez de hacer un segundo ejercicio de incorporación del conocimiento, y a la vez de pulir la nota de cara a su utilidad futura.
  • No añadir elementos gráficos: el texto es importante, pero no es la única forma en la que nuestros cerebros procesan la información. De hecho, las imágenes pueden incorporar mucha información de forma directa, y añadir estructura a nuestras notas. Diagramas, separadores, llamadas de atención, dibujos metafóricos… sin necesidad de irse al extremo del sketchnotingañadir elementos visuales a nuestras notas las enriquece y las hace más útiles.
  • Abusar de destacados, subrayados y colores: recordando el viejo aforismo, «cuando todo es importante, nada es importante». La misión del subrayado (o de cualquier elemento visual asimilable) es destacar las ideas principales. Por propia definición, tienen que ser una proporción pequeña del total del contenido. El objetivo es poder procesar la información de forma rápida, y si destacamos casi todo no estaremos cumpliendo con nuestro objetivo.
  • No archivar las notas: tomamos notas, las procesamos… ¿y luego qué? ¿Dónde acaban? Papeles sueltos, cuadernos amontonados, archivos desperdigados en nuestro disco duro… Sí, han cumplido parte de su misión, pero en el medio y largo plazo las notas tienen también una función. Si no somos capaces de tenerlas ordenadas y accesibles perderemos esa parte de su poder. Tampoco hace falta un sistema complejo de archivo: basta con que, en formato físico o digital, seamos capaces de recuperarlas y trabajar con ellas.
  • No trabajar con las notas: una vez elaboradas y procesadas, las notas siguen teniendo una función. La primera, es que nos sirven para consolidar el conocimiento a través de la repetición espaciada; es decir, se trata de integrar una rutina de «repaso de notas» a lo largo del tiempo de forma que seamos capaces de trasladar esa información a nuestra memoria a largo plazo. Pero además, si las hemos procesado adecuadamente, las notas son la base para fases posteriores del proceso de aprendizaje, como la relación de conceptos, la identificación de acciones prácticas que se deriven de ese conocimiento o de áreas en las que profundizar a futuro.

El aprendizaje eficaz tiene dos componentes importantes: uno, que nos permita incorporar conocimientos y desarrollar habilidades de forma sólida y utilizable a largo plazo. Y dos, que se haga de la manera más eficiente posible, sacando el máximo partido del tiempo y esfuerzo que dediquemos. Para ambos objetivos, tomar notas es un elemento clave.

Meditación: primeros pasos

Eso de la meditación, ¿qué es?

Hace unos días estaba sentado en mi sofá, con la mirada perdida. Se acercó mi mujer y me dijo: «qué estás, ¿meditando?». «En realidad no, solo estaba un poco abstraído», le respondí. «Ya, bueno… de todas formas… eso de la meditación… ¿qué es exactamente?»

No es una mala pregunta. De hecho, yo mismo conviví con ella durante la mayor parte de mi vida. Oías «meditación», y a la cabeza se te venían distinto tipo de imágenes: monjes budistas vestidos con túnicas de color azafrán y diciendo «ommmm», música new age, mente en blanco, incienso, una cosa llamada «iluminación» que no sabías bien qué era… Lugares comunes que, francamente, a mí me hacían «arrugar el morro».

Tampoco me ayudaba el hecho de que, en castellano, también se use «meditar» para reflexionar. «Voy a meditar sobre ello» implica que vas a pensar (muy sesudamente, claro, poniendo cara de esfuerzo y todo) sobre un tema. ¿Era eso meditar?

No fue hasta hace pocos años que decidí investigar un poco más y hacerme una idea más precisa de qué era eso de la meditación.

Meditar no es dejar la mente en blanco

Esa fue para mí el gran mito que se desveló una vez que empecé a leer. La meditación no tenía como fin «dejar la mente en blanco» (algo que a mí me parecía muy difícil), sino simplemente «observar tus pensamientos». Es decir, no se pretende que la mente deje de funcionar: siempre va a estar generando pensamientos. La cuestión es que normalmente nos enganchamos a esos pensamientos sin darnos cuenta, y entonces toman el control de nosotros, nuestras emociones y nuestras acciones. Como dice este monje, es la mente de mono, todo el rato saltando de aquí para allá.

Lo que nos propone la meditación es salirnos de ese flujo de pensamientos, y observar. Es como si nos situásemos en el borde de una carretera, y los pensamientos son los coches que circulan por ella. Los vemos llegar, pasar delante de nosotros… e irse. Y nosotros quietos, tranquilos, observando. Sin caer en perseguir ese pensamiento que, tal y como vino, se fue.

¿Y para qué me va a servir meditar?

Hace tiempo hablaba de la consciencia como base de la mejora personal. ¿Por qué? Porque habitualmente funcionamos en un esquema de estimulo-pensamiento-emoción-acción que se desarrolla de forma prácticamente inconsciente. Pasa algo, lo interpretamos, y reaccionamos. Visto y no visto. Reacción sin apenas capacidad de intervenir.

La consciencia lo que permite es darse cuenta de cómo se produce esa reacción en cadena. Podemos observar el estímulo, podemos darnos cuenta de qué pensamientos se nos generan a partir de ese estímulo, podemos observar la emoción que se desata, podemos ver la acción con la que parece que vamos a responder… y, cuanto más conscientes seamos de cada uno de esos elementos, más capacidad tendremos de actuar sobre ellos. Ya no reaccionamos, sino que respondemos.

Pongo un ejemplo: llegas al trabajo. Dices «buenos días», y un compañero ni levanta la vista ni, por supuesto, devuelve el saludo. «Este tío es idiota», pensamos. Nos cabreamos. Nos sentamos en nuestro sitio pensando que vaya compañeros tenemos. Y cuando más adelante en el día pide ayuda para algo, respondemos con desgana «no puedo ayudarte» (porque «valiente capullo, después de haber sido un borde y un desagradable ahora viene pidiendo ayuda»).

Ahora pensemos en un ejemplo alternativo, en el que tenemos más consciencia. Llegas al trabajo, dices «buenos días» y el compañero no responde. «Este tío es idiota», te das cuenta que te viene a la mente. Pero te fuerzas a cuestionar ese pensamiento: «Espera, igual está concentrado en lo que está haciendo. Igual tiene los auriculares puestos. Igual ha tenido mala noche. La verdad es que yo hay días que tampoco estoy del mejor humor». Con esos pensamientos, la emoción ya es distinta. Ya no hay enfado. Te vas a tu sitio y trabajas. Cuando más adelante el compañero pide ayuda, piensas «bueno, puedo pasar de él; pero también puedo echarle un cable, y así seguro que mañana está de buen humor; además, así me debe una». En vez de reaccionar automáticamente, elegimos una respuesta.

La cuestión es que la meditación ayuda a entrenar la consciencia. Haciendo ese ejercicio, día tras día, de observar nuestros pensamientos… nos acostumbramos a situarnos al margen. A romper esa cadena de automatismos. A conectar con lo que está pasando aquí y ahora. A ganar margen de maniobra darnos cuenta de lo que está pasando y elegir una respuesta diferente.

Y ahora, piensa en cómo eso te podría ser útil en tu día a día. En tus relaciones contigo mismo y con los demás. En tu ámbito personal y profesional. Si pudieras ganar aunque fuera un 10% de más capacidad de maniobra… ¿qué podrías hacer distinto?

Cómo empezar a meditar

Confieso que para mí lo de meditar tenía muchas barreras. La primera, como digo, era toda la parafernalia que mi mente asociaba al concepto (el incienso, el misticismo oriental, los cuencos tibetanos, etc, etc.), y la dificultad que a priori encontraban en eso de «apagar mi mente» (que, como hemos visto, era algo que yo no tenía bien entendido).

También venían a mi mente imágenes sobre «cómo había que meditar» (posición del loto, silencio monacal, etc…), o sobre «cuánto había que meditar» (una hora sentado con la mente en blanco… uf…)

Y en realidad lo que se propone del ámbito de la meditación es mucho más sencillo, y mucho más accesible. Puedes empezar por algo muy fácil. Puedes empezar ahora. Tal y como estés, donde estés leyendo esto. Hacer una inspiración profunda, y una expiración larga. Repetir. Concentrarse solo en eso, en el hecho de inspirar y expirar. Ya estás haciendo el ejercicio de «domar la atención de tu cerebro». Ya estás ganando músculo.

Luego hay más técnicas (que si la respiración de un tipo u otro, o el escáner corporal, o el etiquetado de pensamientos, o meditar mientras caminas, o mientras dibujas, o…), o un incremento progresivo de la duración de las prácticas, pero en realidad todo forma parte del mismo concepto: ser capaces de parar, de asumir un rol de observador, de darnos más cuenta de las cosas y de ganar capacidad para dirigir conscientemente el foco de nuestros pensamientos.

No tiene mucho más. Quizás sea más importante la perseverancia, el hacerlo (aunque sea un poquito) todos los días, que pensar que existe la técnica maravillosa. Simplemente el hábito, una y otra vez, una y otra vez.

Un par de recursos

A lo largo de los años he leído varios libros que hablan sobre meditación. Pero quizás el que más me ha gustado sea el más atípico de ellos. Porque no viene de un maestro oriental, ni de un occidental que intente explicar la visión oriental.

Se trata de «10% happier», de Dan Harris. El tipo es un periodista americano, que se mueve en el hipercompetitivo mundo de las noticias, reportajes de guerra incluidos. La vida más alejada del misticismo que uno se pueda imaginar. Y en el libro narra su viaje de descubrimiento de la meditación desde ese punto de vista, desde el escéptico resabiado que, sin embargo, encuentra cosas interesantes en el camino.

Me gustó porque me pude sentir identificado. Es fácil empatizar con su punto de partida, y así ir haciendo el viaje con él. Y además lo cuenta de forma muy entretenida, así que da gusto.

También pueden resultarte útiles algunas apps de meditación, como Headspace (que yo usé durante unos meses). Son aplicaciones que te van llevando en tu proceso de descubrimiento, con meditaciones guiadas, vídeos en los que se explican conceptos, etc… sobre todo al principio puede ser útil para ir asentando ideas.

Algo un poquito más estructurado y completo: el curso de MBSR (Mindfulness Based Stress Reduction) de Palouse Mindfulness. Es gratuito, y tiene un buen montón de meditaciones para ir avanzando semana a semana.

Y ya para terminar, una conversación que tuve con mi amigo Alberto Mallo (que tiene un poco más de recorrido con la meditación que yo) en la que exploramos estos y otros aspectos sobre esta práctica.

¿Por qué me cuesta tanto aprender?

¿Tienes la sensación de que te cuesta aprender? ¿Echas de menos la etapa de estudiante, cuando parece que aprender era más fácil?

Yo siempre fui un buen estudiante. En el colegio las cosas (menos la “educación física”, ¡ouch!) se me dieron bien sin demasiado esfuerzo. Terminé el instituto con matrícula de honor. En la Universidad no fue tan bien (¡hasta llegué a suspender dos o tres asignaturas!), pero acabé “Licenciado con Sobresaliente”. Otras cosas igual no tanto, pero estudiar se me daba bien (“¡Empollón!” – sí, soy culpable, deténganme).

Buen estudiante

Luego empecé a trabajar. Y ahí la cosa cambió. No es que no haya aprendido nada, claro; pero sobre todo aprendes “sobre la marcha”, a medida que te vas enfrentando a responsabilidades y desafíos. Aprender “como lo hacías en el colegio” es más difícil, cuesta mucho más trabajo. Es complicado poner en marcha procesos de “aprendizaje sistematizado”, y acabas teniendo la sensación de que te dispersas con facilidad, que vas picoteando de aquí y de allá, que eres incapaz de concentrarte durante el tiempo necesario, que vas a salto de mata… y al final tus esfuerzos no dan los resultados apetecidos. Sí, algo aprendes, claro; pero de forma poco eficaz. ¿Por qué?

Aprender cuando eres estudiante

Aprender siendo estudiante

Lo cierto es que, aunque no nos demos cuenta, cuando eres estudiante estás inmerso en una dinámica que juega a tu favor en muchos frentes:

  • Estás sometido a una sistemática y a unas rutinas: hay que ir a clase, hay unos horarios, hay que hacer ejercicios y deberes, hay que presentar trabajos, hay exámenes… hay alguien que va marcando el paso, y tú sigues el ritmo.
  • El aprendizaje (o su ausencia) tiene consecuencias directas: si no aprendes hay una mala nota, un examen suspendido, una charla en familia, la sensación de fracaso. También hay consecuencias positivas, claro; la satisfacción de una buena nota, la palmadita en la espalda, la posibilidad de acceder a una beca o a determinados estudios…
  • No hay otras prioridades en colisión: vale, sí, a todo el mundo le apetece más dedicarse a estar con sus amigos y a disfrutar de tiempo libre. Pero a la hora de la verdad (en términos generales; ya sé que hay gente que trabaja para poder pagarse los estudios, o que estudia mientras tiene cargas familiares) tu mayor responsabilidad como estudiante es… estudiar.
  • Le dedicas horas: al final, incluso si tienes tendencia a “saltarte clases” o a vaguear, hay un importante número de horas a la semana que dedicas a escuchar, leer, estudiar, practicar…
  • No estás solo: estás rodeado de decenas de otros estudiantes que están en la misma dinámica que tú. Y aunque también puedan ser fuentes de distracción (“¿una pocha?”, “¿una cerveza rápida y nos volvemos?”)… al final todos tienen clases, todos tienen deberes, todos tienen exámenes, y es más fácil “ir con la corriente”.
  • Hay unos planes de estudios: por mucho que los critiquemos, y por mejorables que puedan ser, al final están ahí. Hay alguien que se ha ocupado de definir qué conocimientos tiene sentido aprender, cómo se relacionan unos con otros, qué materiales le dan soporte, qué actividades y ejercicios conviene realizar, qué bibliografía interesa investigar…

Aprender cuando trabajas

Aprender cuando trabajas

La realidad es que, una vez estás en el mundo laboral, toda aquella dinámica que antes jugaba a tu favor desaparece, y de hecho se ve sustituida por muchos elementos de fricción que juegan en tu contra:

  • No hay sistemática ni rutina: tu rutina tiene que ver con “ser productivo”en tu trabajo, con llevar el día a día familiar y con distraerte, y no hay ni rastro de sistemáticas exógenas orientadas a tu aprendizaje. Eso es una inversión a largo plazo que depende de ti (y de nadie más) poner en marcha.
  • No hay consecuencias directas: ¿qué sucede si no aprendes algo esta semana? En realidad, nada; tu vida sigue. ¿Si no aprendes algo en un mes? Lo mismo. ¿En un año? Pues en realidad tampoco… hasta que un día las consecuencias aparecen de golpe. Porque por supuesto que hay consecuencias si dejas de aprender: pero son más difusas, indirectas y a largo plazo… y ésas suelen tener menos poder incentivador.
  • Hay otras prioridades en colisión: tienes unas responsabilidades profesionales, unas responsabilidades familiares, la presión por pagar las facturas… ya no es una cuestión de ocio o de pasarlo bien; hay otras cosas “serias” que no puedes ignorar y que compiten por tu atención y tu tiempo.
  • No le dedicas horas: como consecuencia de lo anterior (hay otras prioridades, y no hay un sistema que te lleve), el número de horas que dedicas a aprender y desarrollarte es mucho menor. E inconstante. Básicamente cuando puedes, y eso si llegado el momento te apetece; que no suele apetecerte.
  • Estás solo: alrededor de ti la gente está pensando en otras cosas, no en aprender. ¿Que no puedes salir de fin de semana porque estás estudiando? ¿Que no sigues la serie de moda porque dedicas tu tiempo a formarte? Eres el raro, el que va nadando contra corriente. Y eso no ayuda.
  • El plan de estudios lo defines tú: salvo que estés yendo a algunas clases, o siguiendo algún plan formativo, lo cierto es que tú te lo guisas y tú te lo comes. A la responsabilidad de “estudiar” le tienes que añadir la de “diseñar tu aprendizaje”, filtrar, priorizar, crear ejercicios. Y lo normal es que no tengas esa habilidad desarrollada.
  • Los adultos aprendemos de forma diferente: llegados a la edad adulta, nuestras circunstancias (experiencia, roles, expectativas, etc…) no son las mismas que cuando somos niños. Por lo tanto, necesitamos adaptar nuestra forma de aprender a esta nueva realidad. La andragogía plantea una serie de ideas para adaptar el aprendizaje a los adultos.

¡Con razón tenemos la sensación de que “ahora nos cuesta más”! Y es que son muchos los factores que, sin darnos cuenta, antes jugaban a nuestro favor y ahora lo hacen en nuestra contra. ¿Podemos hacer algo para cambiar las condiciones y transformarlas en más favorables?

Recupera la dinámica del buen estudiante

Me temo que, salvo muy contadas excepciones, no será posible replicar todas las condiciones de las que disfrutabas cuando eras estudiante. Aun así, sí hay algunas cosas que puedes hacer para, aunque sea en parte, volver a activar alguna de esas palancas para favorecer el aprendizaje “como cuando eras estudiante”:

  • Sigue un método y/o busca un maestro: valoro mucho el autoaprendizaje, pero creo que un maestro y/o un método siempre nos van a facilitar mucho el camino. Sobre la base de la experiencia habrán hecho un filtrado de contenidos, habrán diseñado un itinerario, incluirán ejercicios relevantes… subirnos en ese tren hará que podamos centrarnos más en aprender, y menos en “diseñar el aprendizaje”. Si uno de nuestros problemas es el tiempo, dediquémoslo a lo fundamental.
  • Crea rutinas: acostúmbrate a tomar notas de determinada manera, lleva un archivo con todo lo que aprendas, haz revisiones frecuentes, haz una planificación semanal. Se trata de hacer hueco en nuestra vida a esos hábitos, de forma que no tengamos que plantearnos cada día “si lo vamos a hacer”, si no que simplemente los automaticemos y los hagamos.
  • Busca un hueco, aunque sea pequeño: de acuerdo, tenemos trabajo. Y tenemos familia. Y en general no vamos a renunciar a ninguna de esas cosas por aprender. Pero… ¿hay otras cosas que hagamos a las que sí podamos renunciar? Busquemos un hueco en nuestro día a día para dedicarlo a aprender (si realmente es importante para nosotros) y defendámoslo; se trata de sumar horas de forma constante, aunque sea poco a poco.
  • Establece consecuencias: comprométete con alguien a hacer algo relacionado con tu aprendizaje (¿dar una charla? ¿escribir un libro? ¿presentarte a una certificación?). Se trata de transformar esas consecuencias difusas, indirectas y a largo plazo… en cosas mucho más concretas y con un plazo definido.
  • Rodéate de gente que aprenda: bien sea de forma presencial, bien sea a través de tus relaciones online, busca un colectivo que esté inmerso en procesos de aprendizaje y acércate a él. La interacción con ellos hará que entres en una dinámica de refuerzo positivo. Y resultará más fácil dar continuidad a tus esfuerzos si ves que otros también lo hacen y no eres “el bicho raro”.

En definitiva, se trata de poner en marcha cambios ambientales y de hábitos que, sin necesidad de hacer un “ejercicio de voluntad” en el día a día, nos lleven hacia donde queremos ir, en vez de dejar que la inercia nos siga arrastrando. Difícilmente vamos a poder replicar nuestra “vida de estudiante” pero intentaremos, al menos, que se le parezca lo más posible.

Plantilla para resumir contenidos

Cómo aprovechar mejor los contenidos

¿Cuántas veces te ha pasado? Vas a un evento, asistes a una conferencia, lees un artículo o un libro… te parece muy interesante, pero resulta que al cabo de unas horas apenas recuerdas alguna idea. En cuanto pasen unos días, lo habrás olvidado casi todo. En cuanto pasen unos meses, ni siquiera recordarás que pasó por tu mente.

Siempre he defendido que consumimos muchos contenidos, pero los aprovechamos poco. Una de mis obsesiones es hacer que aprovechemos mejor el tiempo que dedicamos a aprender. Que le saquemos más partido.

Hay varias técnicas y recursos que contribuyen a eso. Tomar notasel método KWL, los resúmenes “a la Feynman”... Ahora te presento un recurso que combina varias de ellas en un único sitio: mi plantilla para resumir contenidos.¡Descarga ahora!

Para qué sirve la plantilla

Esta plantilla te permite resumir, en una única hoja, los aspectos esenciales del contenido que consumes. Pero no solo eso: te pone a trabajar antes de consumir el contenido (para que pienses en “para qué” lo estás haciendo), y después (para que se transforme en algo útil).

¿Vas a asistir a una conferencia? Puedes usar la plantilla. ¿Vas a leer un artículo? Puedes usar la plantilla. ¿Vas a ver un vídeo en Youtube? Puedes usar la plantilla. ¿Vas a leer un libro? Puedes usar la plantilla. En definitiva, puedes usarlo para cualquier contenido que vayas a consumir.

Qué encontrarás en la plantilla

La plantilla está dividida en cuatro módulos:

  • Datos: éste no tiene mucho truco. Título, autor… a mí me gusta incluir la fecha en la que estoy trabajando con ese contenido, y también el contexto (p.j. “conferencia en el evento de tecnología al que fui en Madrid”, o “vídeo de Youtube que encontré buscando” o “artículo que recomendó fulanito en twitter”. Me ayuda a recordar cuándo y por qué lo usé.
  • Antes de empezar: aquí empieza el trabajo. Rescato las ideas de la técnica KWL para preguntarme “qué sé” sobre el tema, y “qué quiero saber”. Y también me hago una pregunta crítica: ¿qué espero encontrar en este contenido? Lo ideal sería que, siempre que vayamos a una conferencia, veamos un vídeo, leamos un libro… lo hagamos con un objetivo en mente, con unas expectativas, con una intención. Si no, corremos el riesgo de pasarnos el día saltando de contenido en contenido, sin rumbo, por el mero hecho de entretenernos. Y eso no es eficaz.
  • Contenidos: el meollo de la cuestión. Se trata de recoger las ideas principales del contenido. No hay mucho espacio, así que tendremos que hacer un esfuerzo en condensar y quedarnos con lo esencial. Y después hacer el ejercicio de resumen supremo: explicar en un párrafo, con nuestras propias palabras, de qué va el contenido.
  • Qué me llevo: hemos terminado el contenido, ¿y ahora qué? Pues toca ver qué es lo que nos ha aportado. Qué ideas han resonado más en nosotros, qué ha cambiado en nuestra forma de ver el tema, qué hemos aprendido. Puede suceder que la respuesta sea “nada; me he entretenido, pero me he quedado igual que estaba”. No pasa nada, simplemente es una señal para que la próxima vez busquemos mejor… Dentro de este apartado hay un espacio para las “acciones”. Y es que un buen contenido nos impulsará a hacer cosas: quizás profundizar en algún aspecto, quizás poner en práctica algo de lo que hemos aprendido, quizás compartir algo con alguien, quizás buscar un nuevo contenido… ¡acción! Recuerda que las ideas están muy bien, pero que hay que “hacer cosas”.

En resumen

Resumiendo (valga la redundancia): la plantilla para resumir contenidos te permite trabajar un contenido desde antes de consumirlo, condensar sus ideas principales y valorar qué te ha aportado y cómo lo vas a aplicar. Y así exprimirlo al máximo.¡Descarga ahora!

Método KWL

Desde hace tiempo vengo utilizando, tanto en talleres que facilito como en mi propio autoaprendizaje, una técnica que me parece muy interesante: KWL

Qué es la técnica KWL

La técnica KWL consiste en provocar tres reflexiones cuando abordamos un impacto de aprendizaje; puede ser un curso como en este caso, pero es perfectamente aplicable a la lectura de un libro, asistir a una conferencia…

Dos de estas reflexiones se producen antes de realizar la actividad, y la última se produce al finalizar. Se puede articular en un mural (si por ejemplo estamos en el entorno de una clase colectiva), o en un folio (si buscamos un trabajo individual), y en general en el formato que se nos ocurra. Porque lo importante es el fondo, no la forma.

La “K” de Know… ¿qué sé?

La primera reflexión tiene que ver con lo que “ya sé”. Cuando nos disponemos a hacer un curso sobre un tema, o leer un libro, o lo que sea… es raro que vengamos con la mente “a estrenar”. Seguramente, de una forma más o menos consciente, tenemos una serie de conocimientos previos que vienen al caso. ¿Cuáles son esos conocimientos? ¿Qué “sé”?

Dedicar unos minutos a explorar en nuestra mochila, a ver qué traemos, cumple un doble objetivo. Por un lado, nos sirve para refrescar ese conocimiento previo y traerlo a nuestra mente consciente. Ese conocimiento es sobre el que se va a construir nuestro aprendizaje (recordemos que aprender en el fondo es conectar cosas nuevas con cosas que ya sabemos). Y además nos pone en situación, es un precalentamiento que nos va a hacer mucho más receptivos a los contenidos que vamos a consumir.

La “W” de Wonder… ¿qué me pregunto?

He visto referida la “W” también a What o a Want… pero francamente, Wonder me parece un verbo fantástico que tiene un cierto matiz de ensoñación, de inquietud intrínseca. El caso es que partiendo de lo que ya sé… ¿Qué quiero saber? ¿Qué inquietud hay dentro de mí? ¿Qué me llama la atención? ¿Qué es lo que quiero explorar?

Esta reflexión tiene un carácter aspiracional, y nos conecta con los “agujeros” que hay en nuestro conocimiento, con aquello que realmente nos motiva al aprendizaje. Nos activa el radar, y nos hará consumir el contenido (curso, libro, charla… lo que sea) con un objetivo consciente, de forma mucho más intencional. Igual que al perro de rastreo se le da a oler una muestra de lo que tiene que buscar, a nuestro cerebro le viene bien tener una idea de qué está buscando.

La “L” de Learnt… ¿qué he aprendido?

Ya está. Ya ha terminado el curso, ya me he leído el libro, ya he escuchado la charla, ya finalizó el vídeo… ¿Y bien? ¿Qué me ha aportado? ¿Qué he aprendido?

Esta reflexión de cierre contribuye a identificar y consolidar el aprendizaje. Puede que nos haya servido para refrescar y matizar cosas de las que ya sabíamos. Puede que nos haya dado una perspectiva diferente que nos ayude a ver las cosas de otra manera. Puede habernos dado respuestas a algunas de las inquietudes que planteábamos en la reflexión del “Wonder”. Puede incluso que nos haya abierto unas puertas a nuevo conocimiento que no esperábamos.

En todo caso, es importante hacer un trabajo de procesado de todo ese nuevo aprendizaje, con el fin de relacionarlo con lo que ya sabíamos y de consolidarlo de cara al futuro.

Lo interesante, además, es que esta fase de cierre tiene un componente de continuidad. Efectivamente, cuando hemos aprendido cosas (“L”)… lo que sé (“K”) resulta que ha cambiado. Y seguramente lo que me pregunto (“W”) también. Por lo tanto, estamos en una situación diferente y la siguiente vez que abordemos un contenido lo haremos desde esa nueva situación.

KWL, conectando el pasado y el futuro

Quizás lo que más relevante me parezca de la técnica KWL es esa capacidad de poner de manifiesto la continuidad del proceso de aprendizaje. Un evento concreto (curso, libro, vídeo, etc…) no empieza y termina en sí mismo. Es una baldosa más en nuestro camino del aprendizaje. Las reflexiones del KWL nos ayudan a conectarlo con lo anterior, y a proyectarlo en el futuro.

KWL, personalizando el aprendizaje

Lo digo con frecuencia: todo aprendizaje es autoaprendizaje. Cada uno somos de nuestro padre y de nuestra madre, venimos de sitios distintos, con experiencias diferentes, tenemos formas de ser distintas, tenemos cada uno nuestras inquietudes… una de las claves de la andragogía es precisamente el reconocimiento de esas diferencias, y la necesidad de habilitar espacios para que se personalice el aprendizaje.

La técnica KWL permite precisamente eso: cada individuo explicita en las reflexiones iniciales su punto de partida y sus inquietudes (personales e intransferibles), y en la fase de cierre lo aprendido que, necesariamente, será distinto para cada uno.

En resumen…

Esta técnica es enormemente sencilla, pero a la vez muy potente en la media en que cumple varios objetivos:

  • Nos ayuda a poner foco en el consumo de contenidos.
  • Nos pone en un modo mucho más intencional.
  • Nos ayuda a conectar lo que aprendemos con lo que ya sabemos.
  • Nos ayuda a personalizar la experiencia de aprendizaje.

Y en definitiva, nos permite incrementar el aprovechamiento de ese tiempo que estamos dedicando a aprender.