3 claves para una conversación fluida

Seguro que te ha pasado alguna vez. Empiezas a hablar con alguien y sientes que la cosa… no marcha. La otra persona responde con desgana, a ti se te quitan también el interés… miradas al infinito… monosílabos… vistazos al reloj o al móvil… silencios incómodos… y más pronto que tarde empiezas a pensar en dar por acabada la conversación y dedicarte a otra cosa.

Es una sensación terriblemente incómoda la de sentirse atrapado en una de esas conversaciones que no fluye. Y especialmente doloroso cuando la comparas con esas otras situaciones donde parece que todo marcha. Sin esfuerzo. Sin incomodidad. Esas conversaciones que parece que no acaban nunca, en la que se encadenan temas sin solución de continuidad, que terminan con la sensación de que no te importaría haber seguido un rato más…

Conversaciones y relaciones

Esto aplica a conversaciones puntuales. Pero también a relaciones consideradas más a largo plazo. Al fin y al cabo, las relaciones son un conjunto de conversaciones: más o menos frecuentes, más o menos intensas, síncronas o asíncronas, por un canal o por otro… Piensa en la relación con cualquier amigo que tengas: a veces os juntáis para tomar algo, otras veces os intercambiáis unos mensajes por el móvil, otras veces os dejáis comentarios en Facebook, una llamada de vez en cuando para tratar algún tema concreto, otra vez os encontráis por la calle… son esas «miniconversaciones» las que sostienen (o no) la relación.

Así que con las relaciones sucede lo mismo que con las conversaciones: hay algunas que fluyen, y otras que se atrancan sin remedio.

Clave 1: Pregunta con interés

Pocas cosas me ponen más nervioso que un «¿Qué tal todo?». Bajo una apariencia de interés (¿acaso no te estoy preguntando?) se esconde una pregunta genérica, inconcreta, carente de curiosidad… te pregunto «qué tal todo» porque no soy capaz de preguntarte por nada concreto, porque básicamente me da igual lo que me contestes. Pura fachada social, a la que esperamos que nos respondan «bien, todo bien» para poder seguir adelante con nuestras vidas.

Las conversaciones fluidas se construyen sobre lo concreto. Se trata de preguntar sobre un proyecto, sobre un viaje que sabes que la otra persona ha hecho, sobre un hobby que sabes que tiene, sobre algo que sabes que le ha pasado… o hacer una recomendación específica, o sugerir un plan determinado que sabes que a la otra persona le va a gustar… Se trata de seguir las pistas que la otra persona te ofrece. Quizás lo sepas (si prestaste atención) porque te lo contó en una ocasión previa. Puede que incluso en el transcurso de esta misma conversación. O lo has visto en sus redes sociales. O le conoces tan bien que sabes de qué pie cojea.

Para eso, claro, hay que estar atento. Uno no puede tener una conversación fluida si solo está pensando en su próxima pregunta y desconecta mientras la otra persona habla. No puede haber una relación fluida si te olvidas de esa persona en el momento en el que desaparece de tu vista. Escuchar lo que te cuentan, tomar nota (mental o incluso física) de detalles, ver lo que a la otra persona le interesa o le incomoda… de forma que el arsenal de «cosas de las que hablar» nunca se termine.

Y resulta que, al poner interés, haces sentir bien a la otra persona: «me pregunta, me escucha, se acuerda de las cosas que le cuento… ¡da gusto hablar con él!». Crece su predisposición a contarte más cosas, a confiar en ti, a mostrar un interés recíproco… Ya lo decía Carnegie, «to be interesting, be interested».

Clave 2: Responde con detalles

Puede parecer que la clave de la conversación fluida está en quien hace las preguntas. Pero no, la responsabilidad es compartida entre quien toma la iniciativa y quien la sigue.

Cuando respondes con monosílabos a una pregunta, se lo estás poniendo muy difícil a la otra persona. «Sí», «no», «mal», «muy liado», «estuvo bien»… son respuestas que muestran desinterés por tu parte, pocas ganas de compartir. Si conviertes a tu interlocutor en un interrogador, le pones en una situación muy desagradable. Puede que haya quien se sienta cómodo en el papel de «experto de la CIA en sonsacar información», pero en general no es así; y si la otra persona siente que se está dando contra un muro rápidamente perderá las ganas (para ahora y para futuras conversaciones).

Con tu respuesta se trata de recoger el balón que te ha lanzado la otra persona con su pregunta, jugar un poco con él, y devolvérselo en mejores condiciones. Se trata de dar detalles, de contar cosas concretas, anécdotas. De añadir color y profundidad a lo que la otra persona sabe de ti. De ofrecerle nuevos hilos de los que tirar, excusas para que te siga preguntando. De ponérselo fácil, en definitiva, de hacerle agradable su rol de «preguntador».

También tus respuestas son la oportunidad de redirigir la conversación, de llevarla a otros terrenos que te apetezcan más. Puede ser también la oportunidad de intercambiar roles, de tomar la responsabilidad de hacer preguntas, de mostrar interés.

Obviamente hay un equilibrio entre el monosílabo y «la turra», no se trata de enredarse en un monólogo interminable. Y para eso es bueno también prestar atención a las reacciones de la otra persona… ¿su atención se sostiene? ¿te sigue el rollo cuando le devuelves la palabra? Parte de tu cerebro tiene que estar elaborando tu respuesta, pero otra parte debe estar atenta al efecto que esa respuesta produce. Que seas «el que responde» no te exime de escuchar.

Clave 3: Mantén el equilibrio

Cada uno tenemos nuestras preferencias. Hay quien es más de «hablar» y quien es más de «escuchar». Hay quien es más «activo», y quien es más «pasivo». Pero en términos generales, y salvo casos muy extremos, no hay una conversación (ni una relación) verdaderamente fluida si no hay un equilibrio entre las dos partes. Eso implica que a veces le toca tomar la iniciativa a uno, y a veces a otro. Que a veces es uno el que propone planes, y a veces el otro. Que a veces es uno el que manda un mensaje, y a veces otro. Que a ratos uno es el que pregunta, y a ratos es el otro.

¿Qué sucede si no hay equilibrio, si una de las dos partes acaba con la sensación de que «siempre me toca tirar del carro»? Que más pronto que tarde esa persona se va a cansar, porque es muy desagradecida esa tarea y al final, si crees que a la otra persona no le interesas, tú mismo pierdes el interés.

Obviamente no se trata de ir con una libreta apuntando cuántas veces tira uno, y cuántas veces tira el otro, ni de buscar un equilibrio extremo. Como decía antes, hay personalidades, incluso hay épocas y momentos en los que uno se puede sentir con más energía para soportar la relación que el otro. Pero, sin ser tiquismiquis, sí hay que estar pendiente de que se mantenga un cierto balance, y no instalarse en la comodidad de pensar que el otro siempre va a estar ahí. Si de verdad tienes interés en la conversación, si de verdad tienes interés en la relación… tienes que arrimar el hombro.

Y si a pesar de todo no fluye…

¿Y si resulta que llegas a la conclusión de que la otra persona no tiene interés? ¿Y si tú haces todo lo que crees que está en tu mano, pero sientes que del otro lado no hay respuesta positiva? ¿Y si, a pesar de tus esfuerzos, la cosa no fluye? Es un trago amargo, que afecta al ego (¿no le intereso?), especialmente si esa situación sucede después de haber tenido una relación más equilibrada y satisfactoria. Pero así es la vida. Hay conversaciones que no fluyen, y hay relaciones que no fluyen, y de nada sirve emperrarse en que sea de otra forma. Si después de intentarlo acabas concluyendo que es así… lo mejor es dejarlas ir.

Hay un concepto que me gusta mucho y es el del «efortless doing»Hay cosas que encajan en tu vida, y cosas que no. Te das cuenta de que sin que tú hagas nada diferente, hay situaciones que fluyen, y situaciones que no. Proyectos que van para adelante, y proyectos que se enredan sin remedio. Personas con las que entras en una espiral positiva en las que las cosas van solas, y personas con las que por mucho que lo intentes acabas chocando contra un muro.

Y la mayoría de las veces es mucho más satisfactorio dedicar nuestras energías a buscar esas personas con las que las cosas fluyen, que a intentar revertir una situación en la que eso no sucede.

Para qué sirve redactar bien

¿Alguna vez te preguntas para qué sirve redactar bien? ¿Merece la pena el esfuerzo que hay que realizar?

The purpose of writing

Mmm…

Me di cuenta de que el objetivo de redactar era dar cuerpo a ideas endebles, disimular razonamientos superficiales y eliminar cualquier atisbo de claridad. Con un poco de práctica, tu redacción puede llegar a convertirse en una densa e impenetrable bruma.

Calvin

Hay demasiadas veces en que uno lee textos y siente ganas de darle la razón a Calvin. Parece que hay gente que utiliza la redacción para hacer los textos más difíciles de leer. Cuando en realidad, el objetivo es el contrario: redactar bien sirve para transmitir ideas de la forma más clara posible.

Primero lo primero: escribe correctamente

Imagina que llama a tu puerta un tipo andrajoso, sin afeitar. Le huele el aliento, toda su ropa está llena de lamparones, su pelo está sucio y descuidado. «Hola, buenos días, soy vendedor de seguros, ¿me dedica unos minutos de su tiempo?». Piensa en tu reacción. Apuesto a que, directamente, le dices que se marche. Y oye, puede que sea un fantástico vendedor, y que su cartera de productos sea inmejorable en el mercado. Pero la impresión que deja su aspecto lo condiciona todo: no le vas a dar la oportunidad de demostrarlo.

Faltas de ortografía. Errores gramaticales. Frases mal construidas. Todos éstos son factores que, directamente, inhabilitan nuestros textos. Da igual lo que tengamos que decir, dan igual lo buenas que sean nuestras ideas… el lector no se va a molestar en procesarlas. Va a prejuzgar el texto por su aspecto, y no va a ir más allá.

«Pero qué más da, si al final se me entiende». No, no da igual, por mucho que te empeñes. Si pretendes que valoren tus textos por su contenido, tendrás que esforzarte al menos en llegar a un mínimo de corrección.

Cuidando las formas

Escribir correctamente es necesario… pero no suficiente. Por ejemplo: esta frase está bien. Esta frase no tiene fallos. Esta frase está bien escrita. Esta frase es correcta. ¿A que no puedes encontrar errores en esta frase? Porque esta frase está bien. Esta frase no tiene fallos. Esta frase está bien escrita.

¿Ves? Si analizas el párrafo anterior, no encontrarás (¡espero!) ningún error. Frases bien construidas, respetando la ortografía y la gramática. Sujeto, verbo, predicado. Y sin embargo… es un párrafo que cuesta leer, ¿a que sí?

Aquí entramos en un terreno más sutil, en el que «redactar bien» empieza a ser una cuestión más de opinión que de «reglas». Sin embargo, todos tenemos una sensibilidad que hace que algunos textos nos resulten más agradables que otros. A la hora de escribir, se trata de encontrar ese tono, esa forma, que resulte satisfactoria. Un equilibrio entre lo demasiado simple y lo demasiado rebuscado. Utilizar la misma palabra una y otra vez puede ser un problema, pero también puede serlo utilizar sinónimos rarísimos que sólo se entienden acudiendo a un diccionario. Frases demasiado cortas pueden ser insuficientes, pero frases demasiado largas pueden ser difíciles de leer. Etc.

Es importante siempre tener en cuenta a quién nos dirigimos, y el contexto en el que lo hacemos. No es lo mismo dirigirse a unos niños de primaria, que a tu grupo de amigos, que al consejo de administración de tu empresa. No es lo mismo escribir un whatsapp que una tesis doctoral. Ser capaces de adaptar nuestra redacción al público objetivo y al contexto es fundamental.

En todo caso, suele ser interesante utilizar el principio de economía del lenguaje: cuantas menos palabras, mejor. Cuantas más sencillas, mejor. El objetivo es transmitir unas ideas: cuanto más fácil se lo pongamos al lector, mejor.

La importancia del fondo

Si el objetivo de redactar bien es transmitir unas ideas, tenemos que trabajar esas ideas. La forma del texto es sólo un vehículo. De nada sirve elaborar muchas frases muy bien escritas si después de leerlas la otra persona no ha conseguido entender lo que queríamos decirle.

Así que, antes de escribir ninguna palabra, tenemos que plantearnos: ¿qué queremos conseguir? ¿cuál es el resultado que perseguimos? ¿qué información tiene la otra persona, qué información le falta? ¿qué argumentos podemos utilizar? Se trata de construir un andamio argumental, donde unas ideas dan soporte a las siguientes, hasta llegar a la conclusión deseada. Sólo entonces tiene sentido empezar a redactar frases: cuando tenemos claro lo que queremos decir.

Redactar cada vez mejor

Como casi todo, redactar es una habilidad. Y como tal, se puede desarrollar. Hay verdaderos expertos en redactar bien. Orfebres del lenguaje, que trabajan los textos una y otra vez hasta conseguir un nivel de sutileza casi inapreciable, pero que sin embargo es muy efectivo. Palabras escogidas con mimo para persuadir, para transmitir matices, para dar fluidez y musicalidad a los textos…

Ese camino siempre está abierto si quieres profundizar en él. Pero para muchos de nosotros es suficiente lograr un nivel que nos permita conseguir unos textos aseados que comuniquen bien.

Transformar las ideas en acciones

El mundo de las ideas es fascinante. Realmente entretenido. Lees libros, lees artículos, reflexionas, analizas, das forma, matizas… puedes pasarte horas y horas dándole vueltas a conceptos, emocionándote a medida que van adquiriendo coherencia, y con la sensación de que “ahí hay algo realmente potente”. Es un ejercicio estimulante a nivel intelectual. Y también, reconozcámoslo, bastante intrascendente en sí mismo.

Da igual de lo que hablemos. Productividad, transformación digital, industria 4.0, knowmads, empresas centradas en los clientes, gestión relativa, estrategia, marca personal, storytelling, minimalismo, fotografía, educación… escoja usted la temática que más le motive, o la que más esté de moda. Se pueden llenar estanterías enteras de libros dedicados a rumiar una y otra vez sobre ella, habrá charlas y eventos donde se hable del tema, cursos, “expertos”, cientos y miles de artículos en blogs dando vueltas y más vueltas a conceptos, recomendaciones, presuntos “casos de estudio”…

Es fácil enredarse en esa maraña. Yo mismo lo hago con demasiada frecuencia. ¿Acaso no lo estoy haciendo ahora mismo, mientras escribo esto; y tú, mientras lo lees?

Las ideas son un espejismo. Nos dan la (agradable y placentera) sensación de estar haciendo algo, cuando en realidad no estamos haciendo nada. Estamos dando vueltas y vueltas en el mismo sitio, sin ningún impacto.

Y es trasladar esas ideas a la vida real (de los individuos, de las organizaciones) es difícil. Requiere esfuerzo, tiempo. Mancharse las manos, enfrentarse a personas, a dinámicas preestablecidas. Supone contrastar esas ideas (tan sólidas, tan coherentes en su mundo ideal) con la realidad, mucho más compleja, más árida. Supone, en definitiva, ponerse a prueba con muchas probabilidades de no triunfar. Ser “el hombre que está en la arena, con el rostro desfigurado por el polvo, sudor y sangre; el que se esfuerza valientemente, yerra y da un traspié tras otro pues no hay esfuerzo sin error o fallo”. Demasiado polvo, demasiado sudor, demasiada sangre. Con lo fácil que es todo desde la barrera.

Hay quien hace del mundo de las ideas su “modus vivendi”. Quien se dedica a predicar, pero no a dar trigo. Investigadores, profesores, críticos, escritores de libros, conferenciantes y gurús varios. Elevados en sus púlpitos, desde donde es fácil dar consejos sin tener nunca que poner a prueba lo que aseveran. Como también acostumbran a hacer muchos (demasiados) consultores, y no pocos directivos de empresas. Proyectos que se quedan en conceptos de alto nivel, en “debería hacerse”, en reuniones llenas de divagaciones, en ideas que parecen muy coherentes y muy lógicas, pero que no son nada sin ser traducidas a las tripas, a tocar las palancas que realmente generan impacto. Pensadores que no se dignan a dedicar el esfuerzo y el tiempo necesarios, con su correspondiente cuota de sinsabores, contratiempos y fracasos. A respirar el polvo, a sudar, a sangrar. Todo eso es sucio, incómodo, lento; con lo bonitas y re lucientes que son las ideas. Normal que prefiramos quedarnos calentitos con nuestras pajas mentales.

Pero no hay transformación real si no hay acción. No hay impacto si nos quedamos atrapados en las ideas. El valor no está en las ideas, si no en lo que somos capaces de hacer con ellas.

Ideas. Acción. Transformación. Impacto.

Elegir el pensamiento más útil

El pasado fin de semana tuve un momento “bricomanía”. Estaba mi mujer preparando el típico vestido para la función fin de curso con la máquina de coser, cuando me dice “mira a ver si puedes ayudarme, anda”. Un hilo se había quedado pillado en alguna parte del mecanismo, y no éramos capaces de sacarlo simplemente tirando de él. Había que “operar”.

Pasé un rato sacando un par de tornillos de difícil acceso. Otro rato intentando ver cómo desmontar las siguientes piezas. El caso es que pude sacar el hilo… pero claro, llegó el momento de volver a montar. “Esperate que esto no encaja bien ahí”, “¿pero cómo narices estaba esta pieza antes?”. Y luego la odisea de los dichosos tornillitos, que si no intenté meter veinte veces (y venga a caerse el tornillo, “y ahora dónde coño ha ido a parar”) no lo intenté ninguna.

Al cabo de unos cuantos esfuerzos (y maldiciones por lo bajini, y un par de borderías tipo “niño, quita de aquí, ¿no ves que estoy haciendo cosas?”), conseguí poner todo en su sitio. No sobraban piezas. ¡Y la máquina funcionaba!

Volví a mis cosas, rumiando para mis adentros. ¿Me sentía mal, por lo torpe que había sido para resolver algo tan “evidente”? ¿O me sentía bien porque, al fin y al cabo, lo había resuelto?

Es curioso. Ahí estaba yo (más concretamente mi mente) diciéndome dos cosas contradictorias. Una me hacía sentir bien, otra mal. ¿A cuál iba a hacerle caso? Pues como dijo alguien en twitter, “si una te hace sentir bien y otra mal, y puedes elegir…”. Y claro que podía elegir. Yo (y nadie más) era quien podía poner el foco en una o en otra. Yo podía elegir, ante un mismo hecho objetivo, si sentirme bien o sentirme mal.

Me recordó a la historia india de los dos lobos que luchan en tu interior. Ante la pregunta de “cuál de los dos ganará”, la respuesta es “aquel al que tú alimentes”. Ganará aquel pensamiento (y por lo tanto el sentimiento derivado) al que le queramos poner foco. Y sí, digo “queramos”, porque es una elección. Muchas veces no evidente (porque nuestra mente funciona “en automático” y no tenemos costumbre ni de observarla ni de intervenir en sus procesos), ni sencilla (porque la mente tiene sus propios trucos enrevesados). Pero con práctica y esfuerzo, podemos aprender a dirigir nuestros pensamientos a aquello que nos haga sentir mejorIncluso e n situaciones dramáticas podemos hacer un encuadre positivo.

De todo lo que nos pasa, de todo lo que nos dicen, y especialmente de todo lo que nos contamos a nosotros mismos… podemos elegir con qué nos quedamos. Hagamoslo bien.

Tengo un mal día, ¿qué puedo hacer?

Un mal día es normal, pero se puede gestionar

Hay momentos en los que no estamos bien. Tristes, enfadados, nerviosos, irritables, agobiados, desanimados. A veces esos momentos se transforman en días completos, y los días en temporadas. Días grises, nublados, tormentosos. A mí, desde luego, me pasa.

Con el paso de los años he ido reflexionando bastante sobre estos momentos, intentando sobre todo ver qué puedo hacer no para evitarlos (somos humanos, y las emociones vienen de serie), si no para gestionarlos lo mejor posible: acotar su duración, su intensidad y su impacto. Fruto de esas reflexiones, y de lecturas variadas, he ido consolidando este “Manual de instrucciones para días nublados” que tiene cinco grandes líneas de acción.

Lo primero, toma consciencia

Nuestra mente es una máquina de pensamientos. Tenemos “mente de mono”. Y esos pensamientos, la forma en la que interpretamos la realidad, es la que nos hace sentirnos de una forma u otra. 

No es lo que nos pasa, si no lo que pensamos sobre lo que nos pasa. Y hay veces en que nos metemos en una dinámica negativa de pensamientos rumiativos, una espiral negativa de la que no tenemos control. Estamos dentro de nuestra mente, atrapados, zarandeados por ella.

En estas circunstancias es importante ser capaz de elevar la consciencia, de darse cuenta de lo que está pasando. Adquirir el rol del observador, ver los pensamientos que estamos teniendo desde una posición externa, ver cómo se suceden, tomar nota de las historias que nos contamos, ver el efecto que están teniendo en nosotros mismos y en nuestro entorno.

Desde esta atalaya ya no estamos encerrados en la dinámica de la mente, si no que somos capaces de verla desde fuera, como un autor que observa a los personajes de su novela. Ya no estamos retenidos por nuestros pensamientos, estamos un nivel por encima. Y desde ahí ya es más fácil actuar.

Actívate para cambiar la dinámica

Levantarse, salir a la calle a caminar, hacer ejercicio, ponerse con algunas tareas domésticas, ponerse música y cantar y bailar, quedar con alguien, ver una comedia. Elige lo que más te apetezca… incluso aunque no te apetezca.

La acción precede a la emoción. Si sonreímos, aunque no nos apetezca, acabamos sintiéndonos contentos. Si respiramos como cuando estamos tranquilos, acabamos estando tranquilos. Si hacemos cosas aunque no nos apetezcan, acabaremos disfrutándolo. Unas pocas endorfinas para ayudar al cóctel químico de nuestro cerebro. Este es un pensamiento poco intuitivo: cuando no tenemos ganas de hacer, parece que lo lógico es “hacernos caso” y quedarnos así, dejarnos llevar por la inercia. Sin embargo eso no ayuda a invertir el sentido de la espiral.

Claro, para poder activar este recurso debemos estar en ese nivel de consciencia superior, donde somos capaces de abstraernos de nuestra cadena de pensamientos y “ordenarnos” hacer algo diferente.

Concéntrate en otra cosa

Si el problema es que tu mente está enredada en su dinámica de pensamientos negativos… dale otra cosa en la que pensar.

Puede ser una meditación más canónica, centrándose en la respiración o en un recorrido mental por las sensaciones del cuerpo. O puede ser algo más prosaico: hacer un dibujo, ponerse a hacer bricolaje, jugar a un videojuego. Cualquier cosa que atrape nuestra atención con la mayor intensidad posible en el aquí y el ahora.

El objetivo es interrumpir los pensamientos que nos están provocando el malestar, y para eso hay que darle a la “mente de mono” algo distinto en lo que fijarse.

Amplía tu perspectiva

Mirar desde otros sitios es otra forma de salir del bucle de nuestros pensamientos.

Puedes ampliar la perspectiva pensando en los otros, haciendo un ejercicio de empatía. ¿Cómo ven la situación que tanto te está agobiando los demás? ¿Por qué han actuado como han actuado? ¿Es posible que ellos tengan también sus batallas, que lo que sucede no tenga que ver contigo? ¿Has caminado en sus zapatos? ¿Es posible que, en sus circunstancias, tú hubieses hecho lo mismo?

Procura analizar los hechos puros y duros, despojándolos de interpretación: qué sucedió, qué se dijo.

Haz un esfuerzo de indagación apreciativa, de buscar evidencias que contradigan tu pensamiento negativo y que por el contrario refuercen lo positivo. Recuerda todas las veces que las cosas te salieron bien, que otras personas actuaron bien contigo, que conseguiste tus objetivos. Probablemente no es verdad que “nadie te quiera”, que “siempre te salga todo mal”, que “todo el mundo esté contra ti”. Nada es verdad ni mentira, si no del color del cristal con que se mira.

En vez de regodearte en tus desdichas cuenta tus bendiciones.

Y otra forma más de ampliar la perspectiva es situarse en un plano temporal mayorthis too shall pass, no hay mal que cien años dure. Ya te has sentido así otras veces, y sabes que detrás de la borrasca viene el sol.

Diseña un plan

Una vez que has contenido los pensamientos negativos, y que la emoción asociada se va diluyendo, puede entrar a funcionar la parte más racional, analítica y ejecutiva de tu cerebro.

Repasa la situación, ¿qué puedes hacer al respecto? Deshecha la preocupación, ya sabes: “si puedes hacer algo al respecto, ¿por qué te preocupas? Y si no puedes hacer nada, ¿por qué te preocupas?”. Busca las que están en tu círculo de influencia y actúa sobre ellas; y asume con deportividad lo que no. Coraje para cambiar lo que puedo cambiar, serenidad para aceptar lo que no, y sabiduría para distinguir la diferencia.

Hay que salir del mundo de las ideas y actuar, solo así cambian las cosas. Y quizás, la próxima vez, las circunstancias sean distintas.

Cómo evitar una espiral de pensamientos negativos

Llorando en el portal

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Ayer, cuando volví de mi paseo por los viñedos (que no son míos, pero paseo por ellos como si lo fueran :D), me encontré a mi hijo llorando en el portal de casa, muy nervioso.

Temía que fuese así. Minutos antes me había llamado mi mujer. Al salir del colegio, el niño había ido para casa mientras ella se quedaba un rato más “haciendo patio” con la niña. Ya sabía que yo había salido a caminar, pero contaba que para entonces ya habría vuelto o que, en el peor de los casos, tardaría poco más en volver. El crío ya estaba avisado de esto: si no está tu padre, esperas en el portal que llegará enseguida.

Pero yo me había retrasado, así que el uno por el otro… el crío había pasado un rato más largo del previsto esperando. Más de lo que, en su cabeza, “era normal”.

El cerebro en busca de sentido

Así que su cabeza se puso a buscar posibles explicaciones. Ah, el cerebro, esa maravillosa máquina de “buscar sentido”, que tantas veces nos ayuda… y otras tantas nos lleva por el camino equivocado.

El caso es que su cerebro había decidido que nos había pasado algo terrible. Que nos habían atropellado, secuestrado, o asesinado. Que nunca más volvería a vernos. De todas las posibles explicaciones al retraso, decidió que ésa era la más válida. Y ese pensamiento generó una reacción emocional en consonancia. Pura angustia.

La parte del cerebro más racional (estuve viendo una conferencia muy interesante sobre ese “cerebro ejecutivo”) no fue capaz de parar y analizar la situación con frialdad. De controlar la respiración. De desviar la atención a otra cosa. De buscar otras explicaciones alternativas. En definitiva, no pudo contener la avalancha de pensamiento y emoción que se le vino encima.

Las historias que nos contamos a nosotros mismos

Claro, es un niño. Y un poco tremendista, podéis pensar. Y quizás lo sea. Pero si te fijas bien… esto es algo que nos pasa a todos continuamente.

Nos pasa algo. Quizás un cliente rechaza nuestra propuesta. Quizás tenemos una discusión de pareja. Quizás un compañero nos suelta “una bordería”. O alguien no nos contesta a un mensaje y nos deja “en visto”. Y nuestro cerebro se lanza, muchas veces de forma inconsciente, a dar explicación a ese suceso: “no tengo habilidades comerciales”, o “nuestros productos no son atractivos”. O “no me quiere”, o “siempre me critica y nunca me aprecia”. O “éste tío es gilipollas”. O “está pasando de mí”. Esas explicaciones generan emociones, y generan nuevos pensamientos, y lo más importante generan comportamientos. Como dudamos de nuestra habilidad comercial dejamos de salir a vender. Como pensamos que la pareja “no nos quiere” empezamos a pensar en separarnos. Como “éste tío es gilipollas”, la próxima vez que me pida ayuda le van a dar morcilla. Como no nos contesta, le envío un mensaje desagradable .

Se nos nubla el día, y si no hacemos nada para remediarlo, no sólo lo pasamos mal sino que con nuestras acciones podemos hacer que las cosas empeoren.

La intervención consciente

En todo este proceso muchas veces apenas tenemos conciencia. La avalancha de pensamientos y emociones se desencadena, y nos lleva a actuar… sin que nos demos cuenta. Cuando quizás, si fuésemos capaces de intervenir con nuestro cerebro ejecutivo, podríamos parar y cuestionarlo todo.

¿Realmente las cosas han sucedido como estamos pensando? ¿Realmente la explicación que le estamos dando es la que mejor se ajusta a la realidad? ¿Realmente las acciones que estamos desencadenando son las más útiles para nosotros?

Esta intervención consciente no es fácil. Requiere entrenamiento. A veces la emoción y el pensamiento rumiativo forman una turbulencia muy poderosa, y ni siquiera eres capaz de decirte a ti mismo “para, respira, piensa en otra cosa, tranquilízate, vamos a ver las cosas desde otra perspectiva, vamos a cuestionar lo que estás pensando, veamos qué tiene sentido hacer”. En teoría puedes elegir, pero en la práctica no es tan sencillo. Ésta es una habilidad que no es fácil para los adultos, no digamos para los niños.

Y sin embargo, es posiblemente una de las habilidades más importantes a nivel de autogestión.

De todo esto hablaba ayer a mi hijo, después de que subiésemos a casa y se tranquilizase. De lo importante que es que aprenda a observarse, y a tomar el control. Y del impacto que eso tendrá en su vida.

Consciencia para mejorar tu vida (y la de los demás)

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Llevo ya tiempo explorando temas relacionados con la meditación, el “mindfulness” y otras gaitas. No, todavía no me he afeitado la cabeza (aún tengo esa posibilidad) y me he puesto una túnica color azafrán. Pero voy dando pasos en ese viaje interior que, la verdad, es muy interesante.

Hace unos días, durante una meditación guiada de HeadspaceAndy Puddicombe planteaba una reflexión. ¿Qué te aporta la meditación a ti, y a los demás? El objetivo era vincular la práctica de la meditación a unos determinados efectos.

Mientras respiraba con los ojos cerrados, la imagen que vino a mi mente fue la de un filtro. Una especie de ecualizador.

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Muchas veces, en la vida, funcionamos con el piloto automático. Lo que percibimos, lo que interpretamos, cómo reaccionamos, lo que hacemos… sucede a un nivel por debajo de la consciencia. El resultado es que no podemos actuar sobre ello, porque ni siquiera nos damos cuenta de lo que está pasando.

Sin embargo, a medida que cultivamos la consciencia (de lo que pasa a nuestro alrededor, y de los procesos que nos llevan a pensar, sentir y actuar), ganamos poder de observación primero, y de intervención después. Ahí es donde aparece nuestro poder como “ecualizador”: somos capaces de modular lo que percibimos, lo que nos provoca y nuestra reacción. Podemos reducir, e incluso eliminar, aquellas cosas que generan (en nosotros y en los demás) consecuencias negativas. Y podemos potenciar aquellas otras que generan consecuencias positivas.

Como un filtro que purifica el agua, como una depuradora que evita verter al río la suciedad, como unos riñones que limpian la sangre… nuestra consciencia cada vez más despierta nos ayuda a intervenir en el flujo de las cosas, y a orientar nuestra acción hacia donde queremos.

No, eso no quiere decir que de un día para otro te conviertas en un “maestro zen” con un autodominio completo de ti mismo. Pero cada pasito que avanzas en ese sentido, es un pasito en la buena dirección.

Cómo llegar a un buen compromiso

La importancia de los compromisos

Hay un chiste que dice: “Si un hombre dice que va a hacer algo, lo hará; no hay necesidad de estar recordándoselo cada seis meses”. Más allá de lo acertado o no del chascarrillo (pido específicamente a mi mujer que se abstenga de comentar), esta frase refleja una de las fuentes fundamentales de malos entendidos y frustraciones en las relaciones humanas: la mala gestión de los compromisos.

¿Cuántas veces nos pasa, en relaciones personales o profesionales, que alguien haga algo y “no sea lo que nosotros esperábamos”? Una llamada que no se produjo, un trabajo que no se ajustaba a lo que habíamos pedido, una prioridad no correspondida… “Dijiste que ibas a hacer esto, y no lo has hecho”. Quizás se lo echemos en cara (con ciertas dosis de rabia y decepción). O quizás nos lo quedemos en nuestro interior, rumiándolo y dejando que intoxique nuestra relación.

Y también sucede al revés: de repente te encuentras con que alguien está molesto contigo, y resulta que es porque esperaba que hiciésemos algo y nosotros no nos dimos por aludidos, o no entendimos exactamente lo mismo, o no habíamos asumido esa obligación. Si hay suerte, nos lo dirá y podremos hablar de ello. Pero probablemente no lo haga, nosotros simplemente notaremos que algo no va bien y empezaremos a montarnos películas sobre el motivo.

El uno hace el juicio de que el otro no ha cumplido, sacando conclusiones sobre el por qué (“no me quiere”, “no es un buen trabajador”, “no se lo toma en serio”, “no me escucha”) y empieza a actuar en consecuencia. El otro ve el comportamiento y también empieza a emitir juicios sobre los motivos (“no confía en mí”, “está borde conmigo”, “me tiene manía”) y a ajustar su comportamiento. Y al final el uno por el otro la casa sin barrer.

En “El arte de soplar brasas“, un libro que me parece bastante interesante sobre coaching, su autor Leonardo Wolk dedica unas interesantes páginas a reflexionar sobre este aspecto. Al final, dentro de la visión del coaching ontológico, las “promesas” son uno de los actos lingüísticos fundamentales. Es una de las herramientas que sirven para generar acuerdos (entre varias personas, incluso con uno mismo). Y de hacerlo bien o mal se desprenden importantes consecuencias.

Una cosa de dos

Empezando por el principio, hay que entender que en un compromiso siempre es necesario que haya dos partes:

  • “El que ejecuta”, que va a ser quien asuma la responsabilidad de cumplir con el compromiso.
  • “El que recibe”, que será el receptor del resultado de la acción del otro.

En este sentido, y a efectos de explicar mejor los conceptos, a lo largo del post voy a hablar de un compromiso “simple” (donde uno ejecuta y otro recibe). Pero debemos tener en cuenta que en muchísimas ocasiones los compromisos son recíprocos: por ejemplo, yo me comprometo a hacer un trabajo, y tú te comprometes a pagarme. Es decir, ahí las dos partes hacen el rol de “ejecutor” y de “receptor”.

El origen del compromiso: ofertas y pedidos

El compromiso puede tener su origen en cualquiera de las dos partes que participan en él:

  • Un pedido sucede cuando “el que recibe” pide al “que ejecuta”. Por ejemplo, un jefe que pide un informe a una persona de su equipo. El padre que pide a su hijo que recoja la habitación. El amigo que pide a otro que le lleve al aeropuerto. Etc.
  • En una oferta, por el contrario, es “el que ejecuta” el que toma la iniciativa de ofrecer algo a “el que recibe”. Por ejemplo, cuando alguien se presta voluntario a realizar una tarea (“yo me encargo de hacer la presentación”), cuando le dices a tu pareja “este fin de semana podemos salir a cenar” o cuando te ofreces a llevar a tu amigo al aeropuerto.

Lo que es importante entender en este punto es que ni el pedido ni la oferta constituyen un compromiso por sí mismos. Tienen que pasar más cosas para que sea un verdadero compromiso. Y aquí radica una de las claves de todo este asunto, porque muchas veces lanzamos una oferta o un pedido y asumimos que la contraparte lo entiende y lo asume igual que nosotros… y no es verdad.

Por no hablar, claro, de todas esas veces en las que el pedido o la oferta están solo en nuestra cabeza: “yo esperaba que tú te dieras cuenta…”, “contaba con que saliera de ti…”, “se sobreentendía…”, “estaba implícito…”, “yo lo dejé caer…”. No, eso no vale. Los pedidos y las ofertas tienen que ser explícitos.

Tres elementos de un buen compromiso

¿Cómo pasamos de la oferta/pedido al verdadero compromiso?

Una comprensión compartida

En primer lugar, es importante compartir el contexto. Cuanta más información compartida haya entre las dos partes, más fácil es que el compromiso sea sólido y llegue a buen puerto. Imaginemos que mi jefe me pide un informe con unos datos. Si no me dice más, yo haré lo mejor que esté en mi mano. Pero sus expectativas no serán iguales si esos datos los necesita para hacer una comprobación rutinaria, o si los necesita para presentárselos al director general en un Comité. No será lo mismo si me los pide “en genérico” que si me explica el problema que está intentando resolver. No es lo mismo si lo necesita “para ya” porque de ello depende algo muy importante, que si son datos que quiere tener a mano para algo en lo que está trabajando a medio plazo. Etc.

Las condiciones de satisfacción

En segundo lugar, hay que definir claramente unas condiciones de satisfacción. ¿Cómo sabremos si el compromiso se ha cumplido? Cuanto más claras, detalladas y explícitas sean esas condiciones, más fácil será luego tener la conversación sobre si se ha cumplido o no. ¿Cuándo tiene que haberse cumplido la promesa? ¿Cómo? ¿Quién? ¿Dónde? Todas esas variables deben acotarse al máximo.

La aceptación

En realidad, contexto y condiciones de satisfacción forman parte de una negociación. Yo expongo mi situación, tú expones la tuya, y buscamos llegar a un acuerdo sobre el contenido del compromiso. Porque, y éste es el tercer punto fundamental, el compromiso sólo nace cuando hay una aceptación del mismo por parte de ambas partes. Yo, “ejecutante”, me comprometo a hacer una serie de cosas de una determinada manera para una fecha determinada. Y tú, “receptor”, te comprometes a validar el cumplimiento si efectivamente se dan las condiciones pactadas, a sentirte satisfecho y a no reclamarme nada fuera de ahí.

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Ahora ya tenemos un compromiso. El que ejecuta se dedica a poner los medios para efectivamente cumplir con el compromiso, y el receptor espera. Llegado el momento, si todo va bien, el que ejecuta presentará el resultado de sus acciones, el que recibe validará que todo es conforme se había pactado, y ambos quedarán satisfechos.

Disculpas, reclamos y recompromisos

La satisfacción llega cuando todo sale bien. Pero no siempre sucede así…

La disculpa

A veces es el que ejecuta el que se da cuenta de que no va a poder cumplir con lo prometido. Las circunstancias pueden ser múltiples, pero al final el resultado es el mismo: ha fallado al compromiso adquirido. Llega entonces el momento de pedir una disculpa.

La disculpa es un reconocimiento del no cumplimiento del compromiso, y es importante si uno está en esa situación asumirla cuanto antes, de cara a reconducir la situación y minimizar sus efectos. Para que sea lo más efectiva posible, la disculpa debe partir del reconocimiento del compromiso existente, y de asumir que no se ha podido cumplir con él. A partir de aquí cabe exponer los motivos desde la honestidad y, muy importante, indagar en las consecuencias del incumplimiento para la otra parte. Es decir, se trata de “no escurrir el bulto” y de asumir desde la empatía y la responsabilidad las consecuencias de los propios actos.

El reclamo

Por otra parte, puede que sea el que recibe el que no está conforme con cómo se han producido las cosas, y entonces es el momento de hacer un reclamo. Un reclamo efectivo también debe partir de recordar el compromiso existente (que además estará bien definido gracias a las fases previas) y de declarar en qué parte se entiende que no se ha cumplido. A partir de aquí cabe indagar (también desde la empatía) cuáles han sido los motivos que han llevado a la otra persona a no cumplir, y exponer (desde la asertividad y la honestidad) las consecuencias que el incumplimiento tiene para uno mismo. Recordemos que hay un compromiso sólido, negociado, declarado y aceptado… y por lo tanto el que recibe está en su derecho de reclamar.

Lo importante en ambas situaciones es que, al haber un compromiso bien definido de forma previa, la conversación es mucho más fácil de llevar por la vía de la objetividad, y el espacio para los malos entendidos es mucho menor.

El recompromiso

El caso es que, bien sea por la vía de la disculpa o bien sea por la vía del reclamo, al final las dos partes han podido poner encima de la mesa el incumplimiento y explorar conjuntamente los motivos y las consecuencias. Con todo esto es factible entrar en una fase de recompromiso, es decir, de buscar la manera de volver a fijar un compromiso satisfactorio para ambas partes. Por supuesto, esto no es siempre posible, pero al menos estaremos seguros de que hemos hecho todo lo posible por reconducirlo sobre bases de hechos/observaciones, y no de opiniones/juicios.

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Conclusión

¿Sabéis lo que pienso yo cuando leo todo esto? “¡Buf, cuánto trabajo!”. Tener que explicitar y concretar nuestras expectativas, dar explicaciones sobre el contexto, asegurarnos de que la otra persona nos entiende bien (y viceversa), negociar y llegar a un acuerdo… es exigente, y no estamos demasiado acostumbrados.

Y sin embargo, se me ocurren montones de situaciones de mi vida personal y profesional en las que me he sentido decepcionado cuando otras personas no han hecho lo que yo esperaba. Me doy cuenta de que a veces les di poca información, y en ocasiones incluso ni siquiera les hice peticiones concretas y todo estaba en mi cabeza en forma de presunciones sobre “cómo deberían ser las cosas”. Me doy cuenta como esa decepción a veces la expresé (sin ser capaz de esgrimir argumentos objetivos para ella), y otras veces me la guardé y la rumié, generando un montón de juicios sobre la otra persona, y actuando en consecuencia.

También me doy cuenta de otro buen puñado de situaciones en las que percibí la decepción y las malas caras enfrente, sin saber muy bien por qué. O cambios de actitud a los que no encuentras justificación, y que posiblemente tengan detrás unos presuntos compromisos no cumplidos por mi parte.

Cuando analizo todas esas situaciones bajo este esquema de “cómo deberíamos haber gestionado el compromiso”, me doy cuenta de que pude haber hecho mucho más para definir mejor esos compromisos, y que eso nos hubiese dado una base mucho más sólida para validar o no su cumplimiento, y cauces mucho más sanos y productivos para resolver las discrepancias.

Emociones en el mundo profesional

¿Emociones y negocios? Bah…

Cuando terminé mi carrera de Administración y Dirección de Empresas, hace 20 años, había adquirido conocimientos de contabilidad, control de gestión, econometría, derecho, microeconomía, macroeconomía… ¿Y de emociones? ¿Alguien había hablado de emociones? En cinco años, apenas una mención en una asignatura “maría” de primero.

Y tampoco me parecía mal. Al fin y al cabo, eso de las emociones… es de gente sensible, o de psicólogos ¿no? Aquí estamos hablando de empresas, de negocios, ¿qué pintan las emociones en todo eso? Como he oído decir más de una vez “aquí venimos a trabajar, hay que venir llorado de casa”.

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Y entonces pasan los años, acumulas experiencia, y te das cuenta de hasta qué punto las emociones son importantes, y afectan al mundo de la empresa y del trabajo. Hasta qué punto están presentes en el día a día, en decisiones grandes y decisiones pequeñas, en las relaciones cotidianas con compañeros, con jefes, con clientes, con proveedores…

Hace unos días grabé para mi podcast una entrevista con Ana Belén Fernández Pelayo (de La Llave Emocional) en la que hablábamos de emociones y su presencia en el mundo profesional. En la entrevista, hacíamos una ronda de “un, dos, tres responda otra vez” concretando situaciones en las que las emociones tenían un papel relevante. Y podríamos haber estado medio podcast sacando ejemplos…

Las emociones, ¿de quita y pon?

Durante la entrevista, me preguntaba Ana: “¿Tú te sueles dejar el brazo en casa cuando vas a trabajar?”. “Procuro no hacerlo”, le respondí entre risas. El brazo forma parte de ti, y va contigo allá donde tú vas. Y las emociones, exactamente igual: forman parte de ti, y van contigo allá donde vas. Pretender que las personas podemos “dejar las emociones en casa” es una expectativa absurda (un poco en línea con la tendencia del management a tratar a las personas como si no fueran personas.

Y sin embargo, cuando uno mira alrededor, a las políticas, sistemas, procesos de gestión, etc… que inundan nuestras organizaciones, parece que la «humanidad» brilla por su ausencia. Este enfoque industrial de la gestión de personas trata siempre de reducirnos a todos a un número, a un cuestionario, a un número determinado de competencias, a unos resultados en un test prefabricado. Lo importante es que sea fácil de procesar, de grabar en un ERP, de extraer informes con un toque de botón.

¿Qué tiene que ver esto con la gestión real, la del día a día, la de cada uno con sus compañeros cercanos, donde todos sabemos de qué pie cojea cada uno? ¿Qué tiene que ver con la conexión emocional, con las filias y fobias, con la motivación, con el más que evidente trasvase entre las circunstancias personales y las profesionales? ¿Qué tiene que ver con nuestra humanidad en el trabajo?

El problema es que todo eso es imposible de reducir a un número, a un campo en un formulario. Es una gestión mucho más artística, compleja. Difícil de medir. Y como es difícil de medir (y ya se sabe que lo que no se mide no se gestiona… ¡cuánto daño ha hecho este «axioma»!), lo obviamos. ¡Asunto arreglado! Me recuerda el chiste aquel del ingeniero que para hallar el volúmen de una vaca, empieza con «supongamos la vaca esférica«. ¡Pero no lo es! Con esta asunción («supongamos que los humanos no son humanos») estamos perdiéndonos la parte fundamental.

Y sin embargo, ahí seguimos, profundizando en ese modelo «deshumanizado» del management. Porque al final nos sentimos más cómodos gestionando «personas reducidas a números», que gestionando personas de verdad. Y porque la gestión artística de personas no escala, no permite agregar la información, no permite generar informes que entregar a los grandes jefes, no está abierta a la toma de decisiones centralizadas.

Por esta mezcla de cobardía, comodidad y afán de control, hemos industrializado la gestión de personas. La hemos deshumanizado… y en el consecuencia, la hemos despojado de casi todo su sentido. Y mientras tanto nos creemos, en nuestra miopía, que estamos haciendo un buen trabajo.

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Si hay personas, hay emociones. Punto. No podemos obviarlo, y cualquiera que lo haga está condenado a darse contra una pared más pronto que tarde.

¿Por qué a veces actuamos como si las emociones no existieran? Imagino que hay una parte de ignorancia. Al menos en mi generación no nos enseñaron qué eran eso de las emociones, cómo afectaban o cómo se podían gestionar. Como resultado, la “inteligencia emocional” la hemos desarrollado cada uno por nuestra cuenta con resultados diversos.

Pero creo que también hay un punto de pereza. Y es que introducir el factor emocional en las relaciones (con los compañeros, con los equipos, con los clientes, con los colaboradores…) es exigente. Implica dedicar tiempo a indagar y a escuchar, implica afrontar situaciones incómodas, implica incertidumbre y vulnerabilidad… Es mucho más cómodo actuar “como si las personas fuesen robots” (perfectamente racionales, sin distorsión debida a las emociones). El problema, claro, es que como no lo somos… luego pasa lo que pasa.

Pero, ¿qué son las emociones?

Todos tenemos emociones, y por lo tanto estamos familiarizados con ellas. Aunque quizás nos falte “vocabulario” para hablar de ellas, de cuáles son y de cómo funcionan.

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Cuando hace frío, temblamos. Cuando hace calor, sudamos. Son reacciones automáticas de nuestro cuerpo ante estímulos externos.

Del mismo modo, las emociones son reacciones automáticas de nuestro cuerpo ante estímulos externos (y también internos, como ahora veremos). El cuerpo reacciona, lanza una serie de hormonas que activan nuestros órganos en un sentido u otro. ¿Te has parado a observar qué pasa en tu cuerpo cuando te enfadas? ¿O cuando algo te da asco? ¿O cuando te sorprenden? Mira por ejemplo estos “mapas de calor” que revelan en qué partes del cuerpo se notan las emociones… Pues eso, pura acción-reacción.

Desde ese punto de vista, se puede entender que las emociones no son “gestionables”. Suceden, y tenemos que convivir con ellas. Lo que sí podemos hacer, como veremos más adelante, es gestionar los detonantes de nuestras emociones, y cómo actuamos cuando se presentan.

El detonante de las emociones

Las emociones se desatan como reacción a un estímulo. Y este estímulo tendrá un origen externo, interno… o muchas veces una combinación de los dos. Y me explico.

Si alguien te da un susto, hay un estímulo externo casi al 100%. El cuerpo reacciona de forma automática, instintiva. El corazón se acelera, los músculos se tensan. Pura respuesta “lucha o huída”, común con tantos otros seres vivos.

Ahora bien, si recibes un email de tu jefe convocándote a una reunión inesperada… ¿qué sucede? Hay un estímulo externo (el email), pero también entra en juego tu cerebro. Es él el que le añade significado a ese email, el que se monta una película pensando qué quiere decir, qué puede implicar… La emoción ya no es solo función del estímulo externo, sino también de la interpretación que hacemos de él.

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De hecho, a veces ni siquiera hace falta un estímulo externo. ¿Cuántas veces te ha pasado que eres capaz de ponerte triste, o de enfadarte… simplemente recordando algo del pasado? ¿O imaginando situaciones de un futuro que ni siquiera sabes si se va a producir? Tu cerebro imagina, y tu cuerpo reacciona… sin que haya pasado nada.

Es en ese ejercicio del cerebro (cuando interpreta situaciones externas, o cuando directamente las inventa) donde tenemos capacidad para influir. Si adquirimos consciencia de nuestros pensamientos, podemos observar sus efectos y también intervenir en ellos para cambiarlos. No podemos controlar nuestra reacción emocional, pero sí los estímulos que la provocan.

De la emoción a la acción

El origen de la palabra emoción ya nos da una pista: emoción es el impulso que induce a la “moción”, al movimiento, a la acción. Las distintas emociones tienen un impacto en nuestro comportamiento. ¿Qué hacemos si estamos enfadados? ¿O si tenemos miedo? ¿O si algo nos repele?

Imagínate que tienes una bronca con alguien del trabajo. Tu emoción sube, “te calientas” y empiezas a soltar sapos por la boca. O peor aún, te sale agarrar la grapadora que tienes más a mano y lanzársela a la cabeza. La emoción ha tomado el mando, y “te ha hecho” actuar de determinada manera.

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Vale, esta es una situación quizás extrema (aunque seguro que has vivido, o al menos visto, alguna situación “tensa” asimilable). No todas tiene que ser así. A lo mejor te da miedo hablar con un cliente, y eso implica que vas posponiendo la conversación hasta provocar un problema. O que te comunican un ascenso y te entra tal alegría que vas dando saltos por la oficina (sin reparar en las miradas de odio profundo de quienes se sienten agraviados). O que te comunican que el proyecto en el que has trabajado durante meses ha sido cancelado, y te entra tal tristeza que te pones a llorar desconsoladamente.

Las emociones nos impulsan a reaccionar de determinadas maneras. Pero ahí es donde puede entrar nuestro cerebro consciente primero para “ver lo que está pasando”, y segundo para intervenir y cambiar nuestra conducta. En vez de aceptar como válida nuestra primera reacción, el cerebro puede escoger una reacción alternativa que sea más útil, más adaptativa. Sí, lo que me sale es estamparte la grapadora en la cabeza, pero mejor voy a contar hasta diez y a expresar mi emoción de otra manera que no implique una denuncia.

Para eso, de nuevo, hace falta conscienciaSólo podemos actuar sobre aquello de lo que somos conscientes. Y ésa es una habilidad que podemos desarrollar.

Tus emociones y las de los demás

Tú eres un ser emocional. Los estímulos externos, en combinación con tu cerebro, te provocan determinadas emociones. Y esas emociones te impulsan a actuar de una u otra manera, según tus automatismos o tu capacidad de intervenir.

La cuestión es que todos los que te rodean también son seres emocionales, exactamente igual que tú. Cada uno con sus sensibilidades, con sus interpretaciones, con su repertorio de conductas, con sus distintos niveles de consciencia y su capacidad (mayor o menor) de regularse.

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Cuando eres consciente de esta realidad, te das cuenta de la complejidad de las relaciones entre personas. No solo tiene uno que “gestionarse a uno mismo”, sino también tener en cuenta el impacto de lo que hace y dice en los demás. ¿Por qué esa persona reacciona como reacciona? ¿Qué está viendo? ¿Qué está interpretando? ¿Cuáles son recursos para reaccionar?

Y si al menos todo el mundo fuese como tú tendrías un “manual de instrucciones”… pero no, cada uno somos de nuestro padre y de nuestra madre. Así que toca dedicar tiempo, energía y cariño a entender a los demás, a reducir malos entendidos, a reconducir situaciones…

Entrenamiento básico en gestión emocional

Vuelvo la vista atrás, y me parece inaudito que nadie nunca me hablase de todo esto. Que haya tenido que aprenderlo por mi cuenta. ¿Cuánta gente hay en el mundo que no conoce el ABC de cómo funcionamos las personas? ¿Cuánta gente hay trabajando en el mundo de la empresa, formando parte de equipos, gestionando grupos de trabajo, interactuando con personas… sin haber tenido nunca un entrenamiento básico? ¿Actuando “como dios les da a entender”?

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Creo que la “gestión emocional”, o la “inteligencia emocional”, es una de esas habilidades transversales de las que un profesional puede beneficiarse muchísimo. Un “superpoder” que tiene un gran impacto en muchos aspectos: liderazgo, comunicación, trabajo en equipo, organización, ventas, diseño de procesos…

Y sí, actuar teniendo en cuenta el factor emocional de las personas puede ser cansado. Y “poco eficiente”. Pero teniendo en cuenta la mala costumbre de las personas de ser personas… ¿hay alternativa?

Los siete hábitos de la gente altamente efectiva (resumen)

Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva” es un libro publicado a finales de los 80 por Stephen Covey, y uno de los “clásicos” del desarrollo personal. Confieso que pasaron varios años entre el momento en el que oí hablar por primera vez de él y el momento en el que lo leí. El título, la verdad, me daba toda la pereza del mundo. Autoayuda, bestseller de aeropuerto… pfff.

Y sin embargo, cuando lo leí me arrepentí de no haberlo hecho antes. Creo que tiene mucha “chicha”, a mí me generó unas cuantas reflexiones interesantes y de alto impacto, y desde entonces se convirtió en uno de mis libros de cabecera que revisito de vez en cuando.

¿Cuáles son esos siete hábitos (aunque más que hábitos, para mí son “mentalidades”) de los que habla Covey?

  • Ser proactivo: darse cuenta de que, en cualquier circunstancia, tenemos capacidad de acción y asumir la responsabilidad de ejercerla.
  • Empezar con un fin en mente: tener claro hacia dónde queremos ir, para que nos sirva de orientación a la hora de actuar.
  • Hacer primero lo primero: reconocer que no todas las acciones tienen el mismo impacto (medido en la capacidad de acercarnos a la visión que hemos definido en el segundo hábito), y centrar nuestra atención, nuestro foco, nuestra energía, nuestro tiempo… en las acciones que más impacto tienen.
  • Crear relaciones win-win: entender que sólo se pueden establecer relaciones provechosas y duraderas en el tiempo con otras personas si éstas generan beneficios para las dos partes, y buscar siempre crear esos espacios de aprovechamiento mutuo.
  • Comprender antes de ser comprendido: superar nuestro egocentrismo y realizar un ejercicio de empatía para entender al otro, sus motivaciones, sus objetivos, su forma de ver el mundo… para a partir de ahí poder crear relaciones efectivas.
  • Explotar sinergias: buscar en las colaboraciones todos esos elementos que son producto exclusivo de la propia colaboración, y que van más allá de una mera suma de fuerzas.
  • Afilar la sierra: dedicar tiempo al descanso, a la reflexión, a tomar perspectiva… para poder afrontar nuevos ciclos de acción de forma mucho más efectiva.

Los tres primeros hábitos conforman lo que Covey llama “victoria privada“: el paso de una situación de dependencia (donde estamos presos de la inercia, las circunstancias, los deseos de los demás) a una situación de independencia (responsables de nuestra capacidad de acción, con un fin en mente y buscando el mayor impacto posible). Pero como no vivimos solos en el mundo, necesitamos los hábitos 4, 5 y 6 para lograr la “victoria pública“, donde la efectividad adquiere una visión colectiva, y que nos permite pasar de la independencia a la interdependencia.

En definitiva, una lectura muy recomendable.