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Compartir contenidos interesantes

Hay algo que está pasando (y a mí estos días de confinamiento me está pasando con especial relevancia) y es que muchas veces hay gente que te comparte artículos interesantes que ha leído, un informe de no sé qué consultora, una charla interesante que ha visto no sé dónde… y simplemente te mandan un mensaje: por whatsapp, por correo electrónico…


«Échale un vistazo a esto que me ha resultado muy interesante»

Y claro, tú vas a hacer clic en el enlace y ves un documento de 80 páginas, una charla de una hora… contenidos que te exigen un montón de tiempo entrar a verlos sin saber realmente hasta qué punto te va a resultar interesante o no.

Por eso creo que sería interesante adoptar un par de buenas prácticas a la hora de compartir contenidos.

Añade un resumen ejecutivo

El primero: añade un resumen ejecutivo. Esboza en una frase o en un párrafo cortito cuáles son las ideas principales (y si me apuras la idea principal) que tú extraes de ese contenido.

¿Por qué? Por dos motivos: primero porque a mí me das contexto para saber si me merece la pena dedicar el tiempo que voy a tener que dedicar a consumir ese contenido. Y si por lo que se ha decidido no hacerlo pues al menos me puedo llevar una perlita de valor en forma de tu resumen. Si ya has dedicado una hora a leerte un documento no te cuesta nada dedicarle dos minutos a escribir tu conclusión relevante y compartirla con los demás.

Dale un toque personal

Y la segunda recomendación es que aproveches ese compartir ese documento para añadirle un toque personal. Y ese toque personal puede ser qué es lo que te ha aportado ese contenido a ti, por qué te ha resultado interesante, cómo lo estás aplicando… O también pensar en mí, decir «oye, he pensado que esto te puede resultar interesante para tu proyecto x o para cómo estás enfocando tu actividad comercial o cómo estás enfocando tu negocio o porque me dijiste en su día que estabas metido en este proyecto y he pensado que te puede resultar interesante».

Piensa que al compartir esa información estás teniendo una interacción, y es una excusa perfecta para para reforzar el nexo de vinculación personal que tenemos entre los dos. Y a lo mejor yo no acabo viendo el contenido, pero me quedo con la impresión de te conozco un poquito más a ti y/o que eres alguien que se preocupa por mí y me tiene en cuenta.

Así que nada, si quieres compartir contenidos adelante. Pero hazlo con un poquito de cabeza, porque los demás no tenemos tiempo para leer todo lo que nos sugerimos, y necesitamos criterios para decidir a qué le prestamos atención.

Dinámica de comunicación eficaz

Una de mis «obsesiones» recientes tiene que ver con la comunicación eficaz. Y una de las ideas clave es que, si quieres que tus ideas lleguen «alto y claro», tienes que empezar por reducir el número de ideas que comunicas. Es algo de lo que ya hablé por ejemplo en «Elige la historia que quieres contar«, «El reto del millón de dólares» o «Ideas pegajosas«.

Hace un tiempo conocí una dinámica muy sencilla, cortita, divertida y, sobre todo, con un mensaje muy claro. Desde entonces la he usado en varios de mis talleres cuando quiero ilustrar esa idea de que, al comunicar, menos es más.

He grabado un vídeo explicando la dinámica, que puedes ver en mi canal de Youtube.

Preparación y desarrollo de la dinámica

Para la dinámica, necesitarás un montón de pelotitas (mejor si son pequeñas, ligeras y blanditas), y un recipiente para contenerlas.

Elegirás a dos voluntarios. Uno de ellos será el lanzador (a éste le darás el recipiente con las pelotitas), y otro el receptor (al que situarás a unos metros de distancia del primero).

Cuando des la orden, el lanzador tendrá que lanzar todas las pelotitas a la vez en dirección al receptor. Y la misión de éste es atrapar tantas como pueda en el aire.

Lo que sucederá normalmente es que el receptor atrape solo una o dos pelotas, mientras el resto acaban rodando por el suelo entre las risas del resto de asistentes.

La moraleja es que, cuando hablamos de comunicación, sucede lo mismo. Si tratamos de lanzar un montón de ideas, los receptores de la comunicación se quedarán con una o dos en el mejor de los casos (mientras el resto se perderán irremediablemente). Y aún peor, tú no tienes ningún control sobre cuáles son las ideas con las que se quedan y cuáles las que no…

Por eso, si tienes muy claro cuál es la idea que quieres comunicar, es mejor que te centres en ésa y te asegures de que llega correctamente a sus destinatarios. Y aquí es cuando puedes hacer una segunda ronda del ejercicio, pero esta vez pidiendo al lanzador que lance una única pelota. Lo que sucederá es que el receptor la atrapará casi con total seguridad.

Lo dicho, se trata de una dinámica muy sencilla, pero que genera un anclaje muy interesante.

Comunicar: mucho a pocos o poco a muchos

Estaba escuchando el otro día un podcast cuando se dijo una frase que, en su simplicidad, me pareció brillante: «tienes que elegir si quieres comunicar mucho a pocos, o poco a muchos».

Comunicar mucho a pocos

Hace unos días participé en una cata de vinos. El que guiaba la cata era obviamente un experto. Y hablaba verdaderamente rápido. De su boca salieron montones y montones de conceptos. De forma divertida y agradable, sí, pero completamente excesiva para un neófito como yo (y, como imagino, muchos otros). Los taninos, los alcoholes, los aromas, el efecto de las barricas, o de los tapones, o cómo se almacena el vino, o cómo se hace un espumoso…

Quizás algunos pocos de los que estaban en la cata tenían un nivel de conocimientos suficiente como para apreciar todo lo que allí se dijo. Yo confieso que llegado un punto desconecté bastante, y me centré en picar jamón.

La cuestión es que éste es un ejemplo de comunicar mucho a pocos. Das muchas ideas, con muchos matices, mucha profundidad… pero el colectivo preparado para entenderte es pequeño. Esas personas saldrían seguramente encantadas. El resto… bueno, pues dos ideas y gracias (y jamón).

Lo que ocurre es que cuando uno es un experto, se le hace difícil luchar contra esa «maldición del conocimiento«; ponerse en el lugar del que sabe poco, y ceñirse a explicar no lo que uno sabe, sino lo que el otro puede llegar a entender.

Comunicar poco a muchos

Tomemos ahora el caso de alguien que es capaz de simplificar su mensaje hasta convertirlo en algo digerible por casi cualquiera. Es el trabajo de un buen divulgador, por ejemplo. Alguien que es capaz de ser un experto empático, ponerse en el lugar del otro, y darle solo aquello que está en condiciones de entender.

Se trata de moverse por la zona de desarrollo proximal, esa zona que está ligeramente por encima de lo que uno sabe… suficientemente cerca como para que puedas entenderlo pero no tan lejos como para que resulte incomprensible.

Por supuesto, esto implica que el mensaje pierde «calidad». Habrá muchas simplificaciones, muchas cosas que no se dirán, muchos matices que ni se contemplarán, metáforas imperfectas. Brocha gorda que hará que muchos se lleven las manos a la cabeza.

A cambio, habrá muchas personas que serán capaces de entenderlo y que, gracias a ello, darán un pasito más en su comprensión. Y así, poco a poco, podrán ir llegando cada vez más arriba.

¿A quién te diriges? ¿Qué quieres conseguir con tu comunicación?

Ésa es la cuestión. Que antes de ponerse a comunicar, hay que pararse a pensar un poquito. ¿A quién me dirijo? ¿Qué saben estas personas? ¿Cómo puedo simplificar mi mensaje para llegar hasta ellos? No es lo mismo realizar una conferencia en una convención científica donde todo el mundo está a gran nivel, que hacer una charla para niños de secundaria.

En el libro «Made to stick» que reseñé no hace mucho se hacía énfasis en varios de estos conceptos: cómo, para conseguir que un mensaje llegue, se recuerde y se transmita… muchas veces hay que simplificarlo. Porque si no, comunicarás mucho… pero habrá pocos al otro lado. Y la comunicación nunca es completa si la otra parte no la recibe…

Fran Salomon lo dice con monos

Conocí a Fran Salomon a través de una búsqueda en internet. Creo que llegué a uno de los vídeos de su canal de Youtube, y me atrapó su estilo de comunicación, genuino y lleno de personalidad. Estuve revisando su trabajo, me suscribí a su newsletter… y desde muy temprano pensé que sería muy interesante tenerla en el podcast.

Fran es artista visual, y su proyecto Dilo con monos busca unir el mundo del arte y el mundo de los negocios. Fran enseña a comunicar a través del dibujo, a usar eso del «visual thinking» de una manera práctica. Pero además utiliza el dibujo como una metáfora de aprendizaje y superación personal que puede servir para muchas otras cosas.

En la entrevista, que puedes escuchar aquí mismo, hablamos de todo ello: de la capacidad del dibujo para comunicar ideas, de las reticencias que hay en el mundo de los negocios para aceptar esta forma tan natural de expresión, de las dificultades personales para desarrollar la habilidad de dibujar (y las peleas internas que eso genera)…

También me interesaba explorar la «marca personal» de Fran. Si dedicáis un rato a ver su perfil veréis que su estilo es realmente personal, y me parece que eso tiene un enorme potencial de llegar un público determinado y conectar. Y es que, frente a algunas tendencias «homogeneizadoras» que se ven por ahí (y cuyo resultado es un montón de «clones» indistinguibles unos de otros), apostar por tu estilo propio tiene la ventaja de que no tienes que fingir. Simplemente eres como eres. Habrá gente a quien no le gustes, pero a quien sí… le gustarás de verdad.

Por cierto, Fran acaba de editar un libro, «Mejor dilo con monos«, en el que relata su propio viaje dibujístico, y ofrece herramientas que nos puedan servir a los demás para hacer el nuestro.

Visual thinking: cómo usar en tu trabajo

El visual thinking es útil para tu trabajo

Bueno, supongo. Porque claro, en realidad no sé a qué te dedicas. Pero me atrevería a decir que, sea lo que sea lo que haces, el visual thinking es útil para tu trabajo. De hecho, apuesto a que ya lo estás aplicando en cierta medida incluso sin saberlo.

Visual thinking es uno de esos términos que pululan por ahí, y que a veces cuesta aterrizar. Desde que empecé a interesarme por el concepto he leído libros, he visto charlas, he hecho algún curso… Y siempre he tenido la sensación de no encontrar una explicación «que vaya al grano». Que te expliquen qué es y sobre todo cómo lo puedes usar sin irse mucho por las ramas, ni centrarse demasiado en la habilidad de dibujar…
Así que eso es precisamente lo que me planteo hacer con este post: contar en base a mi experiencia qué es para mí eso del visual thinking, por qué me parece importante y, sobre todo, cómo puedes usarlo en tu trabajo.

¿Qué es visual thinking?

Para mí, la esencia del visual thinking se resume en «pensar con ayuda de elementos visuales».
Todos (salvo los ciegos… y ni siquiera estoy muy seguro de eso) pensamos con los ojos. Más allá de las palabras leídas o escuchadas, los elementos visuales tienen significado para nosotros. Piensa, por ejemplo, en una señal circular roja con un rectángulo blanco en el medio. ¿A que tiene un significado? Piensa en una flecha pintada en la carretera, o en alguien señalando en una dirección. O en un ceño fruncido. Sin necesidad de palabras, estamos percibiendo significado a través de lo que vemos.
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Podrías pensar que bueno, eso son asociaciones aprendidas. Que si nadie nos enseña qué es una señal de «prohibido el paso», no sabríamos qué significa. Y es cierto. Pero también es cierto que hay señales visuales que parecen innatas en nosotros. Si ves cinco elementos iguales, y uno desigual… te va a llamar la atención. Si ves que una cosa es más grande que otra, le atribuyes más importancia. Si ves varios elementos agrupados en un sitio, y separados de otro grupo diferente… tu cerebro interpreta que los elementos del primer grupo tienen alguna relación entre sí. Y no necesitas «pensarlo», y nadie te lo ha enseñado; tu cerebro lo interpreta solo (y muchas veces de forma inconsciente).
Se suele decir que «una imagen vale más que mil palabras», y algo hay de cierto. Los elementos visuales tienen una gran capacidad de transmitir significado. Y si aprendemos a usarlo en nuestro favor, nos puede servir de mucha ayuda.

Visual thinking: mucho más que dibujos

Como ves, todos estamos dotados para el «visual thinking». Y es probable que ya lo estés aplicando en cierta medida en tu día a día. Lo que pasa es que muchas veces se asocia «visual thinking» con «hacer dibujitos». Y cuando digo «dibujitos» me refiero a representaciones más o menos bien hechas de muñecos, de objetos, de ideas… en definitiva, a algo «bonito» y casi artístico.
No ayuda, la verdad, el hecho de que todas las personas que hablan, escriben, dan cursos… sobre visual thinking dibujan muy bien. Ponen el listón muy alto (aunque digan que «dibujar no es lo importante»), porque luego te pones tú a hacer garabatos y monigotes… y no están a la altura. «Yo no sé dibujar», te dices, «así que el visual thinking no es para mí». ¡Error!
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En el visual thinking no hay que «saber dibujar bien». «Dibujar mal» también vale. De hecho, se pueden hacer muchísimas cosas útiles sin dibujar (ni bien, ni mal). Ése es uno de los mitos que juegan en contra de la adopción de más «visual thinking». ¡No dejes que te detenga!

El resultado y el proceso

Muchas veces, el resultado de un ejercicio de visual thinking puede ser bonito. Puedes encontrar por internet centenares de ejemplos de mapas mentales, de sketchnotes, de graphic recording… que son verdaderas maravillas. Pero no te dejes engañar: ¡la gracia del visual thinking no está en el resultado!
Cuando lo hagas tú puede que te quede bonito, o que te quede un churro. Da igual, porque ése no es el factor clave de la utilidad del visual thinking. Lo importante es el proceso que te lleva allí.
Un proceso que empieza con ideas en tu cerebro, muchas veces difusas, que plasmas sobre un papel de la mejor manera posible. Algo que te obliga a rumiar, a organizar, a sintetizar…
 

Y entonces lo que hay en el papel alimenta de nuevo a tu cerebro: encuentras patrones, cosas que te chirrían, elementos que echas en falta. Y reflexionas un poquito más, y vuelves a plasmar una nueva versión en el papel. Y así una y otra vez, hasta que consigues algo satisfactorio.
De esta forma, el resultado final es un reflejo de lo que piensas (¡bien!), y además el camino que te ha llevado hasta allí te ha servido para clarificar lo que piensas (¡mejor!).
Me gusta mucho cómo lo expresa Brandy Agerbeck en este vídeo: un puente de ida y vuelta entre lo abstracto y lo concreto, entre las ideas en ebullición y la plasmación de esas ideas en algo tangible.

Cómo te ayuda el visual thinking

Como su propio nombre indica, una de las funciones principales es que te ayuda a pensar. Y esto sucede tanto en un entorno individual (cuando estás tú contigo mismo intentando poner orden en tus pensamientos), como en un entorno colectivo. Ahí el visual thinking tiene un enorme potencial. Fíjate, si a veces te resulta difícil aclararte tú solo… ¿cómo de difícil es poner de acuerdo varios cerebros diferentes?
Una pizarra, una pared llena de postits… hacen tangible el pensamiento de varias personas a la vez. «Yo no quiero decir eso», «a mí lo que me falta ahí es…», «para mí como tendría sentido es de esta otra forma», «¡ah, ahora veo lo que querías decir!». El mismo proceso que describía más arriba (del cerebro al papel, y del papel al cerebro) sucede aquí también, con el añadido de que involucra a varias personas.

Así, el visual thinking ayuda a recoger las distintas perspectivas sobre un problema. Y a servir de base para una conversación productiva para alcanzar un entendimiento común. Esto lo puedes aplicar a procesos de creatividad, de resolución de problemas, de toma de decisiones, de aprendizaje… ¡a casi cualquier cosa!
Otras ventajas (aunque ya no son estrictamente «thinking») tienen que ver con la capacidad de comunicar y de facilitar la retención. Efectivamente, como veíamos más arriba, el lenguaje visual permite transmitir significado de una manera muy poderosa.
¿Cuántas veces un esquema, una infografía bien hecha, un texto bien maquetado, una imagen evocadora… nos han ayudado a entender un concepto complejo? Y no sólo a entenderlo, sino también a recordarlo. Y es que a nuestro cerebro le resulta más fácil recordar imágenes que palabras.

Aplicaciones prácticas de visual thinking

Lo importante en esto, como en casi todo, no es la teoría sino la práctica. Así que mejor ver, con ejemplos, distintas formas en las que podemos usar visual thinking en nuestro trabajo:

Generar la estructura de un contenido

Me pasa con frecuencia. Tengo que escribir un artículo. O prepara los contenidos de un curso. ¿Cómo lo hago? En mi cabeza hay un montón de ideas dispersas sobre las que me gustaría hablar, pero necesito darles alguna estructura. Hacerlo «de cabeza» se me hace difícil (porque las ideas van y vienen, se ordenan de múltiples maneras y no hay forma de «congelarlas»). Apuntarlas en un papel directamente me ayuda pero solo en parte, porque una vez que están escritas me resulta difícil jugar con ellas.
Así que lo que hago es escribir cada una de las ideas individuales en un papelito, y luego extiendo todos esos papelitos en la mesa delante de mí. Y empiezo a jugar con ellos: «éste se parece a este otro… por aquí parece que sale otra idea… ¿y ésta? Podría encajar por aquí…» De esta manera, probando distintas configuraciones, va emergiendo una estructura con la que me siento conforme.
A veces, viendo esa estructura, veo «huecos», ideas que no había cubierto en mi primer barrido. ¡Perfecto! Ya tengo una excusa para plantear las ideas que faltan.
Esta técnica, llamada «affinity map«, también se puede utilizar en grupos. Por ejemplo, no hace mucho trabajábamos con un equipo de mandos intermedios en la definición de «cuáles eran las características ideales de un jefe». Cada persona escribía en postits las ideas que le venían a la cabeza. Y luego, a la hora de ponerlas en común, se iban viendo las que eras parecidas entre sí, las que unos habían puesto y otros no… con lo cual el conjunto quedaba muy rico.

Esto no sólo tiene la ventaja de que sales de allí con una estructura interesante y robusta… sino que los participantes sienten que es obra suya, que sus ideas están representadas. No es algo que hayas creado tú, es algo que se ha creado entre todos y con lo que todos están conformes. Hay visión común, hay alineación. Y eso tiene, como te puedes imaginar, un gran valor.

Un mapa mental para tener una visión global de un proyecto

Los mapas mentales son una herramienta básica de «visual thinking» que permiten ordenar, alrededor de un concepto principal, distintos aspectos relacionados que se van a su vez ramificando a niveles de detalle aún mayores. Puede hacerse sólo con conceptos, o reforzarlo con imágenes. Yo mismo he publicado algunos mapas mentales por aquí (como este mapa mental de hábitos saludables o un mapa mental sobre aprendizaje).
El caso es que a mí me resulta muy útil tener un mapa mental que recoja la visión global de un determinado proyecto, con todos los elementos a tener en cuenta. Me viene bien para hacer el seguimiento (y saber que no me estoy olvidando de nada), y también para comunicar.

En más de una ocasión he utilizado mi mapa mental, hecho a mano y «de andar por casa», y directamente le hice una foto y lo usé como base para hacer una presentación al equipo de proyecto. Lo bueno es que en una misma hoja estaba resumido todo lo relevante del mismo, y me permitía explicar cada una de las partes sin perder de vista el conjunto.

Mantener mensajes visuales durante una reunión

Nos pasamos media vida de reunión en reunión. Y en muchas ocasiones la dinámica de las reuniones es que uno habla, los demás escuchan… hay discusión… y pasado un tema, se pasa al siguiente y de lo hablado no queda más recuerdo que lo que cada uno haya apuntado por su cuenta.

El utilizar durante la reunión recordatorios visuales (por ejemplo con papeles colgados en la pared) de los aspectos tratados, del objetivo de la reunión, de las reglas del grupo, de la agenda prevista, de los planes de acción definidos… ayuda a dar continuidad y coherencia a las conversaciones, e incluso puede ser muy útil para volver a ellos en momentos posteriores.

Visualización de un proceso

Éste es un clásico… cuando tratas de mapear un proceso lo mejor es irlo «dibujando» (o representando con postits) a la vista de quienes te lo están describiendo. Al verlo, y al ir siguiéndolo paso a paso, es posible identificar las inconsistencias, los aspectos peor definidos… Y así ir tomando decisiones para irlo ajustando.
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Toma de notas visuales

Ya he hablado en alguna ocasión de la importancia que le doy a tomar notas (de reuniones, de contenidos que consumimos, etc.). Dentro de esa visión, hay quien apuesta por una toma de notas visuales o sketchnoting.
La idea es que, frente a una toma de notas más mecánica, el incorporar elementos del lenguaje visual te obliga a procesar más los contenidos, a identificar lo importante, a buscar la relación entre elementos… y además el resultado tiene mucho más impacto que un montón de letras escritas una detrás de otra.
Hace ya años que leí, por ejemplo, un libro de Schein sobre el que hice mi primer intento de sketchnoting. Pues bien, gracias al ejercicio visual que hice, recuerdo con claridad las ideas clave del libro… mucho más que otros libros más recientes con los que no hice el esfuerzo.
sketchnote
De nuevo, no hace falta hacer «dibujos» para añadir elementos visuales a unas notas. Hacer un pequeño esquema, utilizar iconos para señalar aspectos importantes, utilizar colores para dividir bloques relevantes, añadir una negrita o un subrayado, unas flechas por aquí o por allá… todo contribuye.
Esta «toma de notas visuales» tiene también una dimensión colectiva, el «graphic recording«, en el que una persona va reflejando en un mural las conversaciones e ideas que se van planteando.
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Éste es un ejercicio más exigente, que normalmente llevan a cabo expertos (y que, para mi gusto, tiene un valor relativo… porque el que hace el esfuerzo de sintetizar y dibujar es el profesional, no los asistentes).

La creación de modelos visuales

Cuando estuve dando vueltas a cómo contar mis ideas sobre aprendizaje eficaz, pasé muchos ratos emborronando papeles hasta encontrar una forma de representarlas que me satisfizo. Es el modelo Skillopment, que tiene su propia representación gráfica (que me ayuda a recordar y comunicar las ideas con facilidad).

De hecho, dentro del modelo utilizo una serie de metáforas visuales (como el océano infinito del conocimiento, la espiral creciente del aprendizaje o la columna central de la visión) que me permiten explicar conceptos más complejos de una manera sencilla.
Ya hablé en su día del poder de las metáforas para anclar ideas en nuestro cerebro. Si además les damos un carácter visual, su poder se multiplica.

La utilización de organizadores gráficos

No sé si me convence del todo el término de «organizador gráfico», pero a falta de algo mejor… Los organizadores gráficos son esquemas pre-definidos que ordenan el pensamiento. Y hay cientos, desde los más sencillos a los más complejos. ¿Algunos ejemplos?

¿Ves? Cualquiera de estos «organizadores gráficos» ayudan al pensamiento, dirigiéndolo a distintos elementos importantes a tener en cuenta y, en muchas ocasiones, poniendo en relación unas ideas con otras. En vez de pensar «desde cero», te van mostrando aspectos que tienes que tener en consideración. De nuevo, esto puede ser útil a nivel individual, y también en entornos colectivos.

En ocasiones estos organizadores gráficos tienen también un componente de «metáfora visual» (¡doble combo!). Sucede por ejemplo con el «río de la vida«, una dinámica que sirve para representar las distintas decisiones del pasado que te llevaron hasta aquí, y las opciones que se abren en tu futuro… las corrientes favorables que te ayudaron, las cataratas que evitaste, las rocas contra las que te encallaste, las épocas de aguas calmadas, lo que hiciste para llevar el barco por donde querías…

Utilizar imágenes para explorar aspectos difusos

Hace poco, en una sesión de trabajo, queríamos explorar con los asistentes «qué es para vosotros el coaching». Y lo que les propusimos fue… dibujarlo. Sí, como si fuera una partida del Pictionary. «Dibuja qué es para ti el coaching«. Y allí cada uno representó el concepto lo mejor que supo.

Lo curioso no fue el resultado «artístico» (que no lo era), sino los matices y perspectivas diferentes desde las que cada uno abordó la cuestión. Esos dibujos nos dieron un buen rato de conversaciones interesantes, aflorando ideas que de otra manera no habrían salido a la luz.
Hay métodos más enrevesados, que van por el mismo sitio de jugar con imágenes para hacer aflorar ideas. Como por ejemplo, pedir que los asistentes piensen «si el proyecto fuera un coche»… y que dibujen ese coche, y observar cómo lo han dibujado y sobre todo por qué. O «si se hiciese un reportaje en una revista sobre este proyecto, ¿cuál sería la portada?», y que la dibujen con imágenes, titulares, afirmaciones…
Otra herramienta en este sentido son las tarjetas de imágenes. De manera análoga a la de hacer dibujos, se pide a cada participante que elija una imagen que le recuerde al concepto que se esté tratando y que explique por qué. Y de nuevo, lo importante no es la imagen que elige… sino los razonamientos que afloran.

Comunicar

Lo incluyo, aunque desde mi punto de vista no es tanto «visual thinking» como «comunicación visual». Pero tiene relación, y puede ser un campo por el que empezar a trabajar. Nos pasamos el día comunicando: presentaciones, informes, mails… ¿por qué no darles un carácter más visual a nuestras comunicaciones?
Como ya he dicho más arriba, no se trata de hacerlo todo con dibujos, ni tampoco de hacerlo muy bonito. Podemos enriquecer visualmente nuestras comunicaciones con cosas tan sencillas como negritas y subrayados, estructura de párrafos con bullets en distintos niveles para marcar la jerarquía de las ideas, títulos que destaquen, líneas que separen unos temas de otros, imágenes y metáforas visuales que refuercen nuestras ideas, datos expresados con gráficas significativas…
En definitiva, se trata de huir del «simple texto», y de apoyarnos en todos esos elementos visuales que nos ayuden a dar significado a lo que decimos.

Tus próximos pasos con visual thinking

En fin, ya has visto que hay muchas formas en las que puedes usar visual thinking en tu trabajo. De hecho, seguro que hay más de una y más de dos que ya aplicabas, y que quizás te has dicho «pues no sabía yo que a esto se le llamaba así». ¡Estupendo!
Es más que posible que haya cosas que tú estés haciendo y que yo no haya mencionado… ¡déjame un comentario y así podré completar el post!
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En todo caso, sea cual sea tu nivel, ya sabes que no se trata de que ahora te conviertas en «supervisualthinker», te armes de rotuladores de colores y pretendas llenar todo de dibujitos. Si crees que te puede resultar útil, simplemente identifica un área en la que puedas introducir un poco más de «visual thinking»… y ¡a probar!
Si te ha interesado el tema, te dejo aquí una serie de enlaces que quizás te sirvan para seguir explorando.

    • El libro The Doodle Revolution es uno de tantos que exploran eso del lenguaje visual aplicado al pensamiento. Sin ser perfecto, me pareció una buena introducción, ligera y estructurada.
    • El libro Visual Meetings, sin ser «redondo», me gusta porque explora bastante la cuestión de la «facilitación de reuniones con elementos visuales» (postits, organizadores gráficos…) sobre las que otros autores suelen pasar de puntillas.
    • En la web Gamestorming hay una gran biblioteca de dinámicas para facilitación de reuniones, entre las que se encuentran bastantes que utilizan elementos visuales.

Consejos (advertencias) para empezar en Youtube


Quizás hayas visto a personas que utilizan Youtube para darse a conocer, o para apoyar sus proyectos profesionales, y te haya picado el gusanillo. Quizás has pensado que, por qué no, tú podrías hacer lo mismo…
Algo parecido pensé yo hace unos meses. Y después de darle un par de vueltas, me lancé. Ahora, pasado un tiempo y basado en mis sensaciones, comparto contigo una serie de consejos (¿o advertencias?) por si quieres tenerlas en consideración…

Sobre el esfuerzo de subir vídeos

Lo primero: subir vídeos a Youtube es extremadamente sencillo. Una cámara (cualquier móvil de hoy en día vale), grabar, y subir. Ya está.
Lo que pasa… es que esos vídeos suelen ser un coñazo. ¿Cuántos vídeos de «persona hablando a la cámara durante minutos» consumes tú? La gracia de los vídeos es que tengan un poquito de variedad, de ritmo, de estímulos diferentes… y el problema es que añadir todo eso cuesta trabajo. Te empiezas a preocupar de la iluminación, y del sonido, y de grabar escenas de recurso, y del montaje, y de añadir sonidos, e insertar vídeos e imágenes… y el esfuerzo se incrementa exponencialmente.
Comparado con otro tipo de contenidos (como publicar en redes sociales, en un blog, o incluso un podcast), el vídeo es notablemente más exigente en términos de dedicación (tanto en la planificación como en la post-producción…) si quieres conseguir un resultado no ya extraordinario, sino medianamente digno.

Sobre tu público objetivo

¿A quién te vas a dirigir? Ya sé, ya sé, la tentación es decir que «yo los subo, y cuanta más gente me vea mejor». Pero eso no suele funcionar… necesitas centrar el tiro. No es lo mismo hacer un vídeo para niños de 12 años (como mi hijo) que para señores de 42 (yo mismo) o para señores de 70 (mi padre). Cada uno tenemos nuestros gustos, nuestras inquietudes, nuestras referencias. Antes de lanzarte a subir vídeos, conviene que pienses a quién le estás hablando, porque eso determina muchas cosas del proceso.

Sobre el contenido que funciona

Uno tiene la tendencia a pensar en los canales de contenidos como herramientas utilitaristas. «Yo quiero hacer vídeos para hablar de mí, o para hablar de mi curso, o para hablar de mi trabajo, o para hablar de mi libro». Lo cual está muy bien… pero no funciona. La gente no va a Youtube pensando en ti, sino pensando en ellos mismos. En buscar algo que les entretenga, o que les resulte útil A ELLOS, o que responda a alguna inquietud que ellos tengan. Es importante tener esta perspectiva antes de ponerse a sacar vídeos…
Pero claro, tú no te pegas esta currada «para nada». También quieres hacer algo útil para ti. Se trata, por tanto, de encontrar esa intersección entre «lo que es útil para los demás» y «lo que es útil para ti». Verás, cuando te pongas a pensar en ello, que no es tan sencillo como pudiera parecer, y que es muy fácil deslizarse hacia cualquiera de los dos extremos: contenido que te interesa a ti pero que nadie ve porque les da igual, y contenido que interesa a los demás pero que a ti no te aporta nada (acabas siendo un «mono de feria» capaz de hacer cualquier cosa por un like… y seguro que se te ocurre más de un ejemplo).

Sobre el impacto esperado

En cualquier caso, vete asumiendo que no te va a ver ni el tato. Sí, ya sé, hay «youtubers» que tienen cientos de miles de suscriptores, y millones de reproducciones acumuladas… Pero es como cualquier otro campo: en el fútbol están Messi y Cristiano Ronaldo, pero la mayoría de personas que juegan al fútbol lo hacen en liguillas de bares. Los «superéxitos» son la excepción.
Ajusta bien tus expectativas, porque tarde o temprano vas a tener que enfrentarte a una pregunta: «¿Realmente merece la pena todo este esfuerzo para conseguir unas decenas, quizás un par de cientos, de reproducciones?». Por ejemplo, en un año mi vídeo más visto acumula poco más de 700 reproducciones. ¿Merece la pena? La verdad es que me gusta pensar en una sala llena de 700 personas, y pienso «mmm… tampoco está mal».
Así que no te metas en esto pensando que vas a conseguir miles de visitas, y a generar cientos de nuevos seguidores/potenciales clientes. Lo normal será que tus primeros vídeos los vea tu madre, tu pareja, y quizás algún amigo al que le des la turra por Whatsapp. Ni siquiera te creas que por tener seguidores en redes sociales van a venir todos en peregrinación a verte a ti…

Sobre la incomodidad de la cámara

Ah, la cámara. Hay gente que es supernatural, pero si eres como yo y tienes cierto sentido del ridículo… eso de ponerse delante de la cámara, y hablar, y hacer muecas… es una barrera tremenda. Te grabas, te ves, y quieres meterte debajo de la cama. ¡Es horrible! ¡Me veo fatal! ¡Y esa voz! ¡Por dioooos!.
Pues tengo una mala y una buena noticia. La mala es que no hay forma de evitar esa sensación al principio. Vas a tener que pasar por ella. Una vez, otra vez… sufrir viéndote, vencer tus reticencias a subir el vídeo, tener la sensación de que haces el ridículo… La buena noticia es que, con el tiempo, te acostumbras. Te das cuenta de que no pasa nada, de que nadie está con una escopeta esperando para criticarte. Tu voz empieza a sonar «normal», te acostumbras a verte en la cámara… y cada vez lo harás mejor.

Conclusiones

Si has pensado en lanzarte a hacer vídeos en Youtube, ajusta tus expectativas. Es un curro notable. Requiere un esfuerzo importante a la hora de definir qué quieres contar, y a quién se lo quieres contar. Los resultados probablemente no serán espectaculares. Y en el camino tendrás que enfrentar momentos de incomodidad.
Y aun así… si te pica el gusanillo, ¿por qué no haces la prueba?. Dale un par de vueltas (pero no muchas más), graba un vídeo, y súbelo. A ver qué tal te sientes. Porque quien sabe… igual te acaba gustando.

Matrix y las referencias compartidas

Matrix

Una película que todo el mundo conoce

Hace algunas semanas estuve haciendo una charla para universitarios. Se enmarcaba en unas jornadas de «Universidad y empresa», y el objetivo era acercar el mundo profesional a los alumnos, para que supieran «lo que viene después». Cuando diseñé mi intervención, quise darle un tono de «aquí vengo yo a contaros las verdades». Quería generar una cierta incomodidad, un impulso para «que se pusieran las pilas» y viesen que, por mucho que la vida universitaria les parezca un agobio, lo que viene después son «tiros de verdad».
El caso es que, dentro de esa línea argumental, me pareció que había una escena de película que encajaba muy bien. Se trata de Matrix, en ese momento en el que Morfeo se sienta con Neo y le cuenta que la vida tal y como la conoce no es la realidad. Y le da la opción («pastilla roja o pastilla azul») de decidir si quiere seguir profundizando en su conocimiento de «la verdadera realidad», o si prefiere seguir sumido en la ignorancia. Tú eliges, amigo.
En fin, veis cómo encajaba, ¿no?
El caso es que hago mención a esa película y veo caras de haba. «Habéis visto la peli, ¿no?» (silencio incómodo). «Pero… al menos os suena, ¿no?» (silencio incómodo número dos).
Pero… ¿cómo es posible? ¡Es Matrix! ¡Todo el mundo conoce Matrix! ¿O no?

Mis referencias no son tus referencias

Este momento fue auténticamente revelador para mí. Por un lado, me hizo sentir terriblemente mayor. Y es que esa peli se estrenó en 1999… que para mí es «antes de ayer», pero es que entonces la mayoría de mi audiencia en esa charla llevaba pañales, en el mejor de los casos. Y claro, lo que para mí es una referencia ineludible, un mito generacional, algo que todo el mundo conoce… para ellos es insignificante.
El caso es que me hizo pensar mucho sobre la importancia de las referencias compartidas, y sobre la facilidad con la que tendemos a dar por hecho de que nuestras referencias son también las de nuestro interlocutor. Estas referencias son las que nos permiten interpretar el mundo, darle significado. Y dependen de nuestras experiencias, de nuestro entorno, de nuestras lecturas, de lo que hemos visto y oído…
El salto generacional es una de las fuentes principales de «referencias incompatibles», pero no es la única. Puedes observar esas diferencias entre distintos colectivos dentro de una empresa (p.j. «los de administración vs. los de marketing», o «los de la fábrica vs. los de la oficina», o «los de la central vs. los de la sucursal»). O entre diferentes grupos sociales («los de barrio vs. los pijos», «los del norte vs. los del sur», «los de este pueblo vs. los del otro pueblo»). O incluso entre miembros de una misma familia («el hermano mayor vs. el hermano pequeño»).
Nuestra experiencia vital está mediatizada por nuestras «gafas». Y estas gafas son personales e intransferibles, como una huella dactilar. Hay ocasiones en las que podemos tener más o menos afinidad con otra persona, pero en ningún caso va a ser exacta.

A ver si nos entendemos…

Por eso es importante entender el impacto de esas diferencias en la comunicación. El hecho de que compartamos un mismo idioma no asegura que la comunicación vaya a ser fluida. Necesitamos entender cuáles son nuestras distintas referencias, nuestros modelos mentales… para a partir de ahí generar un «diccionario», una especie de «piedra Rosetta» que nos permita entendernos y transmitir con eficacia lo que queremos decir.
Todo lo que tiene que ver con la empatía, la escucha activa, el design thinking… tiene mucho que ver con eso. Con «entender al otro». Con descifrar cuáles son sus referencias, cuál es su mosaico referencial, cuál es su mundo interpretativo… para a partir de ahí ser capaces de «hablar el mismo idioma».
PD.- Como ves, he añadido un episodio del podcast Diarios de un knowmad dedicado a este tema. Si te gusta, puedes suscribirte en iVoox y en iTunes, comentar, recomendar, compartir…

Presentaciones eficaces: el reto del millón de euros


Imagínatelo: estás preparando una presentación, y le estás dando vueltas. ¿Cómo lo hago? ¿Qué cuento? ¿Qué ideas, qué ejemplos, qué imágenes, qué gráficos?
Entonces llega alguien, y te dice: «Te ofrezco un millón de euros, pero con una condición: cuando acabe tu presentación, escogeré a cinco personas de tu audiencia y les pediré que me digan cuáles eran tus tres ideas clave. Si responden correctamente, el dinero es tuyo».
¿Cómo sería tu presentación si te ofreciesen este reto? Seguro que te dejas de florituras, y vas mucho más al grano. Seguro que defines los mensajes de forma clara y concisa. Y te encargarás de machacarlos una y otra vez para que queden bien claritos. ¿A que sí?
Una presentación es eficaz cuando consigue transmitir un mensaje de forma clara y contundente. Cuando la gente que la escucha se lleva a casa, al terminar, unas pocas ideas clave. ¿De qué narices sirve si no la presentación? De nada.
Por lo tanto, a la hora de plantear cualquier presentación, la pregunta principal es: ¿qué tres cosas quiero que mi audiencia se lleve sí o sí?. A partir de ahí ya vendrá la estructura, el diseño, las imágenes, el storytelling y lo que queramos. Pero siempre subordinados a esas ideas clave que nos obsesiona transmitir… como si nos jugásemos un millón de euros.
PD.- Esta idea la leí en un artículo de Joey Asher en FastCompany, y me encantó. Joey Ascher es el presidente de Speechworks

8 ideas básicas de marketing de contenidos para profesionales independientes


Va a hacer 13 años que abrí este blog (¡se dice pronto!). Durante la mayor parte de este tiempo he sido bastante inconsciente respecto a llevar una «estrategia editorial». Básicamente, no ha existido, y nunca me preocupó que existiera. Yo era una persona que tenía un blog, en el que volcaba mis reflexiones y mis inquietudes, y ya. Claro que siempre me ha hecho ilusión que se me leyera, y que tuve mi época de mirar las estadísticas con ansia; pero eso nunca se trasladó a un plan para hacer las cosas de una u otra manera.
Pero desde a un tiempo a esta parte he venido reflexionando un poco más sobre el papel del blog como «plataforma de visibilidad profesional», y sobre qué contenidos tiene sentido hacer, y cómo hacerlos… Mucho se ha hablado del «marketing de contenidos«, y francamente creo que especialmente muchas empresas y marcas lo han llevado bastante al terreno del absurdo. Y sin embargo, creo que especialmente en el ámbito del «profesional independiente», puede ser una herramienta fantástica para generar un vínculo con una audiencia que, llegado el caso, pueden llegar a convertirse en clientes (o prescriptores, que para el caso lo mismo da). Como personas individuales tenemos una ocasión estupenda de diferenciarnos de marcas y empresas que, por mucho que lo intenten, no pueden tener una «personalidad» que a nosotros nos viene de serie.
Seré sincero. Para mí, ése es un cambio de chip que estoy teniendo que trabajar. Pensar en mí mismo como «un profesional que ofrece servicios», y que está «utilizando el blog para conseguir clientes»… a veces me hace sentir raro, casi «sucio», como si estuviera prostituyendo el sentido del blog. Y sin embargo, me doy cuenta de hasta qué punto esa mentalidad es una barrera mental. Creo que soy un profesional valioso, capaz de aportar cosas positivas. Y no hay nada de malo en pretender vivir de ese valor, ¡todo el mundo vive del valor que aporta a los demás! ¿Qué prejuicio tonto es ése? ¡Vender es humano! Quizás he tenido muy mal concepto de «vender» durante mucho tiempo, asociándolo a prácticas intrusivas y manipuladoras, y lo que necesito es un cambio de perspectiva, una redefinición de la idea de vender
De hecho, el marketing de contenidos es una forma de «vender» que apenas tiene que ver con la imagen tradicional que tenemos de la venta. La idea básica es que si tú generas valor en forma de contenidos para una audiencia de «clientes potenciales», conseguirás establecer con ellos una relación en la que tú no les «empujas»; son ellos los que vienen a ti en busca de ese contenido que disfrutan. Y así, teniéndolos cerca, estableciendo con ellos una relación de confianza… es cuando puede surgir en ellos la intención de comprarte.
Aquí tienes una serie de ideas básicas para desarrollar una estrategia de marketing de contenidos:

1. Clarifica qué es lo que vendes

Puede parecer una obviedad, pero no lo es tanto… ¿Cuál es tu portfolio de productos/servicios? ¿Qué forma concreta toman? Es algo con lo que yo he luchado durante mucho tiempo… ¿cuál era «mi producto»? Es evidente que todos somos poliédricos, que podemos hacer más de una cosa. Y cuando estamos por libre, a veces nos puede el agobio de no cerrarnos puertas. Pero de cara a un potencial cliente tienes que poner algo en el escaparate. Cuando te visite, tiene que ser fácil para él saber «qué puedo comprar». ¿Un libro? ¿Un taller? ¿Un proyecto de consultoría para resolver tal problema? ¿Unas sesiones de coaching? ¿Qué? Si no eres capaz de concretar tu valor en algo tangible, le estás poniendo muy difícil comprarte.
Tampoco hay que volverse loco. Tu portfolio de productos/servicios puede ir evolucionando en el tiempo. Puedes inventarte otros productos, y dejar caer alguno que veas que no tenía mucho sentido. Pero tienes que empezar por algún sitio.

2. Identifica a tu cliente objetivo

No hay nada en el mundo que sea «para todos los públicos». Por mucho que queramos un mercado lo más amplio posible, tenemos que acotarlo. ¿Cuál es el colectivo que podría tener interés en lo que nosotros ofrecemos? ¿Cuáles son las variables que nos permiten segmentarlo? ¿Cuál es su perfil en definitiva?
La técnica de la «persona» puede ser muy útil de cara a fijar nuestros esfuerzos. Definir una persona concreta, con un nombre y una historia detrás, que represente al colectivo de nuestros compradores potenciales. ¿Cómo es? ¿Qué le sucede? ¿Por qué, en definitiva, podría querer comprar lo que nosotros vendemos?
Quizás suceda que tu producto/servicio es útil para más de un colectivo. Está bien, piensa en dos o tres «personas» diferentes que representen a esos colectivos diferentes. Es posible que tengas que modular tus mensajes para cada uno de ellos, y te vendrá bien tener un interlocutor simulado con el que contrastar tus ideas.

3. Piensa en qué interesa a tu cliente objetivo

Éste es el quid de la cuestión. A nadie le mueve «comprar tus productos». Lo que les mueve es otra cosa: una problemática, una aspiración, un interés más difuso. De llegar a conocer tu producto, y de llegar a comprarlo, ése sería un medio y no un fin en sí mismo.
Lo que tienes que entender es cuál es ese «fin» que persigue tu cliente objetivo. A qué aspira. De qué manera quiere reafirmarse, de qué manera quiere crecer. Cual es, en definitiva, su inquietud (que, repito, nunca es «comprarte un producto»). Es a esa inquietud a la que tienen que dar respuesta tus contenidos. Ése es el tema del que tiene sentido hablar.

4. Crea contenidos relevantes

Hemos identificado cuál es nuestra oferta, a quién se dirige, y nos hemos esforzado en entender cuál es la inquietud que mueve a ese colectivo de potenciales compradores. Ahora es el momento de darles contenidos relevantes.
¿Qué es un contenido relevante? Algo que encaja con su inquietud, entendida de manera amplia. Algo que alimenta quién es, o quién quiere ser. Algo que le permite reafirmarse en sus visión del mundo, o vislumbrar el futuro al que aspira. Algo que le resuelve un problema, que responde a un «runrún» interno.
A veces esos contenidos tomarán la forma de ideas para poner en práctica, otras veces de reflexiones, de recursos, ejemplos inspiradores, «guiaburros», críticas de libros, experiencias propias, entretenimiento puro y duro… hay decenas de contenidos que pueden encajar, siempre que orbiten alrededor de ese leit motiv.
Lo importante es entender que existe un interés previo, y tú simplemente le estás dando contenido que es relevante para ese interés.

5. Defiende una idea

Los contenidos tibios, blancos, asépticos… tienen una ventaja: que no molestan a nadie. Pero también tienen una desventaja: que no despiertan la pasión, ni las ganas de volver a por más. La clave del fracaso es intentar contentar a todo el mundo.
Cuando vayas a crear contenido, toma partido. Ten una línea editorial. Defiende una determinada posición, una forma de ver el mundo. Pon pasión en lo que digas. Por supuesto, eso alejará a algunas personas, pero acercará a otras que se sentirán identificadas con lo que defiendes.
No se trata de ser un macarra, ni de pasarse el día generando polémicas. Pero no hay que tener miedo a levantar la voz por lo que uno cree; es la única forma de generar un vínculo.

6. Sé personal

Como profesionales independientes, tenemos una ventaja respecto a marcas y empresas: somos una persona. Tenemos nuestras experiencias, nuestras anécdotas. También nuestra forma de ser. No es una desventaja competitiva, ¡al contrario! Por eso, en tus contenidos, está más que bien que dejes traslucir quién eres, que puedas poner en juego todas esas pequeñas cosas que te hacen ser tú.
Cuenta tus anécdotas, utiliza tu forma de hablar. Cuenta también tus meteduras de pata, tus reflexiones más personales. Todo eso te humaniza, te hacer más cercano.
No se te olvide que en el otro lado también hay una persona, y que se trata de establecer una conexión real, genuina, con ella.

7. Ten paciencia

Esto no va de que tú escribes un artículo, y la gente se vuelve loca a comprarte. No, estás forjando relaciones de confianza, y las relaciones llevan tiempo. Es más, la inmensa mayoría de las personas que te lean (o te escuchen, o te vean…) no te van a comprar nada nunca. ¡No importa! Esas relaciones son importantes en sí mismas, te están dando (con su atención continuada en el tiempo) muchas oportunidades. Te están permitiendo conocerles, te ofrecen la oportunidad de afinar tus productos, tu discurso…
Y también te están ayudando a expandir tu visibilidad, porque si realmente conectan contigo es más fácil que le hablen de ti a otras personas que, quizás, sí acaben comprándote.

8. ¿Y cuándo ofrezco mis productos?

Nunca.
Bueno, casi nunca. Tus productos y servicios deben estar ahí, y está bien que quienes consumen tus contenidos sepan que los vendes. Pero eso se dice muy fácil y muy rápido, y no hay que estar dando la turra con ello cada dos por tres. Quizás de vez en cuando, el contexto de lo que les cuentas puede hacer muy lógico que les deslices un pequeño recordatorio (¡muy rápido!), y ya está.
Recuerda que tus productos y servicios te interesan a ti, no a la persona que consume tus contenidos. Ellos vienen aquí a otra cosa, y si tú te excedes (y es muy fácil excederse) en tus acciones «de venta» van a sentirse (con razón) no como alguien con quien estás construyendo una relación genuina, sino como una presa a la que le has puesto el cebo para abalanzarte sobre ella en cuanto puedas.
Y a nadie le gusta sentirse una presa.
 
 

La autoestopista asertiva


Ayer hice algo que no había hecho nunca en mis 41 años de vida. Y que francamente, jamás pensé que nunca fuese a hacer. Recogí a una autoestopista. Todavía estoy sorprendido.
Volvía de Madrid, y el indicador del aceite empezó a protestar. Así que paré en una gasolinera a ponerle solución. Según iba a entrar en la zona de la tienda, una chica se me acercó: «Hola, buenas tardes. ¿Va a usted hacia el norte? ¿Sería posible llevarme, si no le importa, y no le da miedo y todo eso?».
Pongámonos en situación. No soy persona especialmente «abierta a las sorpresas», en general. Ni de mucho socializar, ni de «dejar que las cosas pasen», ni de disfrutar de los imprevistos. Me gusta tener la sensación de control (ya sé, ya sé, es pura «ilusión de control», pero bueno), y el ir a mi aire. Interacciones las justas. Un rancio, vaya (en realidad es introversión, que a veces disimulo pero que está ahí). Yo aquí, tu allí, cada uno en su casa y dios en la de todos. Prefiero ir a un hotel que a un airbnb «donde los anfitriones te hacen sentir como en casa» (de hecho incluso me incomoda quedarme a dormir en casas ajenas, incluso de amigos), no concibo esos viajes donde «hay que compartir mesa con otra pareja», no me gustan las «visitas sorpresa» ni los planes improvisados, en los eventos donde no conozco a nadie no sale de mí el acercarme y ponerme a hablar (y por lo tanto acabo siendo «ese que pasa los descansos mirando al móvil»), si voy en autobús o en tren cruzo los dedos para que el asiento de al lado vaya libre, estoy la mar de feliz conduciendo solo, con mi musiquita y mis pensamientos… La perspectiva subir en mi coche a alguien así, sin más, y de compartir kilómetros con alguien desconocido, y la charla así «por pasar el rato» no me seduce lo más mínimo, y eso incluso en el mejor de los escenarios de que sean gente maja y agradable (que podrían no serlo).
Así cuando en vez de pasar de largo y murmurar un «no, lo siento» me vi preguntándole «¿Hasta dónde vas? Yo voy hasta Aranda» me quedé francamente alucinado conmigo mismo. Ella iba más lejos, pero le venía bien ir avanzando así que, después de preguntar a otros posibles coches mientras yo compraba el aceite, se vino conmigo. La dejé en otra gasolinera a la entrada del pueblo, donde nada más bajarse se dirigió a otros coches en busca de alguien que la ayudase a seguir el viaje.
Llevo unas horas dándole vueltas a «qué demonios pasó». Y creo que, sin duda, la actitud de la chica fue bastante determinante.
En primer lugar, tomaba la iniciativa. No estaba parada con un cartel en la mano, esperando a ver si alguien lo leía y se ofrecía, si no que era ella la que se dirigía uno por uno a cada coche. Y eso implica superar el apuro de establecer contacto con un desconocido (quizás estoy proyectando aquí; desde luego para mí es una barrera), superar el temor a un posible rechazo («un posible» no; una certeza absoluta de que te van a rechazar un montón de veces). Y lo hacía con educación, saludando, preguntando, exponiendo su petición, haciéndose cargo de las posibles resistencias…
A lo tonto, me ha hecho pensar. En cómo soy, en cómo podría ser, y en qué hay que hacer para aumentar las posibilidades de que «las cosas pasen».
Y con este pensamiento, me voy de vacaciones. Esta vez con el coche lleno, sin espacio para autoestopistas.