Añadir información al contenido que compartes

Compartir contenidos interesantes

Hay algo que está pasando (y a mí estos días de confinamiento me está pasando con especial relevancia) y es que muchas veces hay gente que te comparte artículos interesantes que ha leído, un informe de no sé qué consultora, una charla interesante que ha visto no sé dónde… y simplemente te mandan un mensaje: por whatsapp, por correo electrónico…


«Échale un vistazo a esto que me ha resultado muy interesante»

Y claro, tú vas a hacer clic en el enlace y ves un documento de 80 páginas, una charla de una hora… contenidos que te exigen un montón de tiempo entrar a verlos sin saber realmente hasta qué punto te va a resultar interesante o no.

Por eso creo que sería interesante adoptar un par de buenas prácticas a la hora de compartir contenidos.

Añade un resumen ejecutivo

El primero: añade un resumen ejecutivo. Esboza en una frase o en un párrafo cortito cuáles son las ideas principales (y si me apuras la idea principal) que tú extraes de ese contenido.

¿Por qué? Por dos motivos: primero porque a mí me das contexto para saber si me merece la pena dedicar el tiempo que voy a tener que dedicar a consumir ese contenido. Y si por lo que se ha decidido no hacerlo pues al menos me puedo llevar una perlita de valor en forma de tu resumen. Si ya has dedicado una hora a leerte un documento no te cuesta nada dedicarle dos minutos a escribir tu conclusión relevante y compartirla con los demás.

Dale un toque personal

Y la segunda recomendación es que aproveches ese compartir ese documento para añadirle un toque personal. Y ese toque personal puede ser qué es lo que te ha aportado ese contenido a ti, por qué te ha resultado interesante, cómo lo estás aplicando… O también pensar en mí, decir «oye, he pensado que esto te puede resultar interesante para tu proyecto x o para cómo estás enfocando tu actividad comercial o cómo estás enfocando tu negocio o porque me dijiste en su día que estabas metido en este proyecto y he pensado que te puede resultar interesante».

Piensa que al compartir esa información estás teniendo una interacción, y es una excusa perfecta para para reforzar el nexo de vinculación personal que tenemos entre los dos. Y a lo mejor yo no acabo viendo el contenido, pero me quedo con la impresión de te conozco un poquito más a ti y/o que eres alguien que se preocupa por mí y me tiene en cuenta.

Así que nada, si quieres compartir contenidos adelante. Pero hazlo con un poquito de cabeza, porque los demás no tenemos tiempo para leer todo lo que nos sugerimos, y necesitamos criterios para decidir a qué le prestamos atención.

¿Para qué quiero redes sociales?

Las redes sociales y yo

«Y tú, ¿para qué quieres redes sociales?»
Mi compañero Alberto y yo estábamos sentados en un chiringuito en Mallorca. Habíamos tenido una reunión por la mañana, y un avión nos esperaba unas horas más tarde. Habíamos aprovechado a comer, dar un paseo junto al mar, y sentarnos a tomar una cerveza mientras veíamos a la gente disfrutar de la playa.
La conversación transitaba, como de costumbre, por muchos sitios distintos. Y se paró en el tema de las redes sociales. Yo, tan «2.0». Él, tan alérgico al tema. Creo que yo estaba intentando convencerle de que explorase un poco más su perfil digital. Y entonces fue cuando me hizo la pregunta.
redes sociales para que
Abrí este blog en 2004, dentro de poco se cumplirán 14 años (¡¡14 años!!). Después vinieron Facebook, Twitter o Linkedin. Más tarde, Instagram. Y más recientemente Youtube y los podcasts. Lugares todos ellos en los que publico contenido de forma habitual.
Se supone que, a estas alturas, debería haber un «para qué» bien definido. Sería lo esperable para algo que hago de forma tan frecuente, y que debería marcar (eso dicen los gurús) lo que hago y lo que dejo de hacer. Y sin embargo, no es algo que nunca haya sido capaz de acotar y poner «negro sobre blanco».
Así que hoy, aprovechando que estaba dándole una vuelta (una más) al diseño del blog, la portada, las secciones… me puse a hacer la reflexión, intentando clarificar «para qué quiero las redes sociales».

Motivos para mantener mis redes sociales

Estos son los elementos que he identificado como relevantes para mí a la hora de enfocar mi presencia en redes sociales:

  • Son un ejercicio de autoreflexión: publico cuando algo me interesa o llama mi atención. Me obliga a estructurar aunque sea mínimamente mi razonamiento, a buscar y ordenar información, a explorar un poco más allá de la superficie.
  • Son un ejercicio de estilo: para escribir, para el lenguaje hablado, para el audiovisual, para hacer sketchnoting, para las fotos… cuando publico no estoy entrenando solo «el fondo», también «la forma». Publicar es una excusa para afilar mis capacidades.
  • Son un altavoz de ideas: no se trata de «ser la referencia mundial» en nada, ni de «cambiar el mundo». Pero si con mi labor puedo hacer que una serie de ideas, recursos, herramientas, reflexiones… que creo que pueden ser útiles y positivas lleguen a otras personas, creo que merece la pena hacerlo. Se trata de hacer de «infomediario», de amplificar esas ideas y hacérselas llegar a las personas (muchas o pocas) que me lean. De sembrar, dentro de mis posibilidades, lo que creo que merece la pena.
  • Son un medio para relacionarse con gente afín: llega alguien, te lee, compartes un par de conversaciones… el contenido es una excusa estupenda para iniciar y mantener relaciones con personas afines. No se me puede olvidar la cantidad de gente guay que he conocido a lo largo de los años gracias a todo esto.
  • Son un escaparate de mi marca personal: porque expresas lo que te interesa, porque muestras tu forma de ser y de pensar, de qué pie cojeas… no, no es una marca personal al estilo de «tengo definido mi producto y mi público objetivo y me diferencio de mis competidores y me posiciono para que me compren», sino la de «este soy yo, así soy con lo bueno y con lo malo… ¿me ajuntas?». Hace tiempo alguien dijo «no sé bien a qué se dedica, pero Raúl es alguien con quien me gustaría tomarme una cerveza y charlar». Y me encantó.

No-motivos para mantener mis redes sociales

  • Satisfacer el ego: a ver, a nadie le amarga un dulce y una palmadita en la espalda. Pero la carrera por ser un «influencer» (en su día lo llamábamos A-list bloggers :D), por tener muchos likes y muchas visitas… no, no creo que sea una medida de éxito. Vale más una conversación individual de calidad con alguien afín que un volquete de likes.
  • Posicionarme como producto: no. No es mi objetivo, y eso que a veces he coqueteado con ese «lado oscuro» que tanto se promociona desde la visión del «marketing online» y de la «marca personal». No quiero posicionarme ni como experto en aprendizaje, ni como consultor, ni como coach, ni como nada. No quiero ser un «producto» para un «público objetivo». Soy una persona completa, un knowmad, que tiene su actividad y sus inquietudes profesionales y también personales, y que quiere compartirlas con libertad sin estar pensando si esto «contribuye al negocio o no». Que tiene curiosidad y múltiples intereses, y que quiere compartir su viaje. «Diarios de un knowmad», como título para el blog, me gusta cada vez más. ¿Que luego surge un proyecto concreto en el que cabe hacer un enfoque más «de negocio online»? Pues tendrá que tener su propio espacio.
  • Ganar dinero: consecuencia lógica de las otras dos. Ni por volumen, ni por «infoproductos», ni por «servicios». Por supuesto, si derivado de mi actividad en las redes surge alguna posibilidad de involucrarme en algo lucrativo… ¡perfecto! ¿Una charla? ¿Un taller? ¿Un proceso de coaching con alguien afín? ¿Un proyecto de consultoría? ¡Hablemos! Pero una cosa es que de tu actividad (y de las relaciones derivadas) surjan oportunidades, y otra es poner tu actividad al servicio de ese objetivo de lucro…

Cada red tiene su matiz

No todas las redes son iguales. En cada una hay una audiencia, un contexto. El blog, el podcast, youtube… son los sitios donde más «conscientes» son los contenidos. Linkedin es una versión «más reducida», muchas veces sirviendo como altavoz de lo que he rumiado en los anteriores especialmente con matices más «profesionales». Twitter es más «la máquina del café», donde se mezclan reflexiones al vuelo y chascarrillos. Facebook tiene un carácter más personal (y cada vez menos peso), e Instagram más visual (aunque con las Stories a veces voy experimentando).
Pero en conjunto, con sus matices, todas forman parte de una misma forma de ver las redes sociales. Son una extensión online de mis inquietudes, un escaparate de lo que soy, y un «mensaje en la botella» que, con suerte, me permite conectar con otras personas interesantes.

El declive de las redes sociales

Cuando nacieron las redes sociales profesionales

Cuando aparecieron las «redes sociales profesionales», allá por mediados de la década anterior, parecían una buena idea. Es verdad que, al principio, sólo las usábamos los «frikis de internet». Hablarles de eConozco o de Linkedin a gente «normal» sólo provocaba gestos de incomprensión y cierta burla. Sí, es verdad, al principio tenían un punto endogámico. Pero poco a poco se fueron abriendo paso hacia el público en general.
Parecían una buena idea, digo. En cierto modo consistía en una versión digital del clásico «rolodex» pero con un añadido clave: que podías empezar a explorar los «rolodex» de tus contactos. No era solo «poner en internet a la gente que yo conozco», sino también «ver a la gente que conoce la gente que yo conozco».

El poder de los vínculos débiles

Se trataba de dar visibilidad a esas relaciones débiles, a esos «amigos de mis amigos». La teoría de los seis grados de separación decía que podíamos contactar con cualquier persona del mundo en solo seis saltos de amigo en amigo. Lo cual no dejaba de ser muy ambicioso y un poco naif (¿alguien ha contactado realmente con alguien a seis grados de distancia?). Pero activar el segundo grado de separación es algo mucho más fácil: no hay más que pedir a un amigo común que nos ponga en contacto con otro de sus amigos.
¿Y a qué te daba acceso esa nueva visibilidad? A contactar con profesionales valiosos, a oportunidades que antes estaban ocultas, a ampliar de forma orgánica tu círculo de contactos… Podías poner luz sobre un territorio antes en penumbra, y explorar opciones razonablemente fáciles de aprovechar. No era muy diferente a lo que se hacía toda la vida, solo que ahora tenías un «mapa de relaciones» para guiarte.

Contactos reales vs. contactos vacíos

Parecía una buena idea. Pero para eso hacía falta que todos fuésemos muy cuidadosos en la gestión de nuestras redes sociales. Se trata de «tener como contacto» solo a aquellas personas que realmente lo son. Personas a las que conocemos, y que nos conocen. Personas a las que en un momento dado podemos llamar por teléfono, o poner un mail, y que nos van a responder. Personas que, en definitiva, moverían un dedo por nosotros si se lo pedimos y por las que nosotros moveríamos un dedo si nos lo piden.
Ése era el plan. Pero rápidamente empezó a torcerse. Las redes sociales empezaron a convertirse en una jungla en la que pareciera que «tener más contactos» era sinónimo de «tener más éxito». Así que empezaron a volar las invitaciones para contactar «con cualquiera». Sin ni siquiera un poquito de vaselina… «invitar a todas las direcciones de email» y otras herramientas similares produjeron una avalancha de peticiones sin sentido, sin un mínimo cariño, sin un triste mensaje de presentación… Y del otro lado, la tentación de aceptarlas: «¿Por qué no? Nunca se sabe… así me ve más gente… así tengo más contactos y parezco más importante… así tengo más audiencia…»
¿El resultado? Un montón de contactos falsos, vacíos. Gente que no sabes quién es, ni qué hace, ni de qué palo va, ni cuándo ni por qué la añadiste… Gente de quien no te interesa lo que pueda decir o hacer (porque, recuerda, apenas sabes quién es), gente a la que no le responderías un mail ni le cogerías el teléfono ni le darías una hora de tu tiempo. Y eso es recíproco, claro: a ellos no les interesas tú, ni te responderían un mail ni te cogerían el teléfono ni te darían una hora de su tiempo. Porque lo único que os une es que «sois contactos en Linkedin». Menudo mérito.

La resistencia es fútil

Yo procuro seguir siendo escrupuloso, hasta el punto de poder resultar antipático. Pero sé que estoy cada vez más solo en ese empeño. Y que de poco vale si la inmensa mayoría va por otro lado. Soy como uno de los violinistas del Titanic, intentando que suene la melodía mientras todo se hunde alrededor.
Y qué pena. Porque parecía una buena idea…

PD.- Como ves, he añadido un episodio del podcast Diarios de un knowmad dedicado a este tema. Si te gusta, puedes suscribirte en iVoox y en iTunes, comentar, recomendar, compartir…

Cuatro imprescindibles para tu mochila profesional

Esta semana participé en la «III Semana Empresa en el Aula» organizada por la Facultad de Ciencias Empresariales y del Trabajo de Soria. Mi objetivo era trasladar a los estudiantes universitarios algunas ideas sobre su futuro profesional con la esperanza de que les sirviese como llamada de atención.

Tras una vida de certidumbres…

La vida del estudiante no es fácil: clases, apuntes, trabajos, horas de estudio, exámenes… por supuesto, todo eso está ahí. También, no nos vamos a engañar, una nada desdeñable parte lúdica. Pero si algo caracteriza la vida del estudiante es la certidumbre. Desde que entras en el sistema educativo, todo está diseñado como un camino perfectamente delimitado. Empiezas en la educación infantil, luego va la primaria, luego va la secundaria, el bachillerato, la universidad… cada una de esas etapas con los pasos bien claros: primero, segundo, tercero… hay alguien que define «qué tienes que estudiar», «de qué te vas a examinar»… y quitando un par de decisiones puntuales el resto del tiempo sabes a qué atenerte.

Pero eso llega a su fin. Estás a punto de terminar la carrera… ¿y después qué? Algunos buscan en un master la prolongación de la vida del estudiante. Y funciona, sí. Durante unos meses. Pero al acabarlo, la pregunta es la misma. ¿Y ahora qué?
Hice un ejercicio con los asistentes a la charla, en el que les pedía que expresasen con palabras concretas las sensaciones que tenían respecto al futuro. Y éste es el resultado…

Miedo, incertidumbre. Normal…

Yo he estado allí

¡Cómo no empatizar con ellos! No hace tanto (bueno, el tiempo es relativo) yo era un jovencito universitario exactamente en la misma situación. Después de años con una visión bastante clara de lo que deparaba el futuro, me enfrentaba a lo desconocido, a un viaje con destino incierto.

Y ahora, veinte años después, estoy en condiciones de contarles qué es lo que hay al otro lado. Lo que no sé es si les gustará lo que tengo que decirles… porque son una serie de verdades incómodas.

Antes de hacer el equipaje…

Si vas a iniciar un viaje… ¿qué metes en tu maleta? Pues depende, claro. Depende del tiempo que vaya a hacer, porque no es lo mismo ir a un destino soleado, con 25 grados de temperatura, que ir a un escenario de viento, lluvia y frío.
¿Qué metemos en el equipaje para nuestro viaje profesional? Pues veamos qué dice la previsión del tiempo…

  • La incertidumbre no termina: podría existir la esperanza de que, pasados unos primeros momentos de adaptación al mundo laboral, la cosa se calma y puede uno volver a estar tranquilo. Vana esperanza. La incertidumbre es la norma, y cada vez más. La tecnología, la demografía, los cambios sociales… todo se acelera. Las normas cambian cada dos por tres. Tendremos muchos trabajos, en muchos ámbitos distintos. No hay forma de relajarse y dejarse llevar. Seremos como Sísifo, condenados una y otra vez a reinventarnos.
  • Nadie nos debe nada: no, da igual que tengas dos carreras y un master. Nadie te debe nada. Nadie tiene por qué asumir la responsabilidad de solucionarte la vida. ¿Es un desengaño para ti? Quizás alguien te prometió lo contrario. O quizás a ti te resultó más cómodo entenderlo así. El caso es que no sucede. Y si te quedas esperando a que te den «lo que te deben»… lo llevas crudo.
  • Hace falta valor: pero no del de «ser valiente», sino del de «ser valioso». «De la petanca no se puede vivir», parece claro. ¿Y qué te hace pensar que de «lo que haces tú» sí, así por decreto? No, las cosas no funcionan así. ¿Por qué alguien va a desprenderse de parte de su dinero? Sólo si lo que tú le aportas a cambio le compensa, si le aportas un beneficio mayor que aquello a lo que renuncia. Ése es el punto de partida. Y luego a ver cómo está la oferta y la demanda en ese campo… porque el que tiene más alternativas para elegir tendrá la sartén por el mango.

Al mal tiempo… paraguas

Ojalá la previsión del tiempo fuese diferente. Pero es la que es, y el viaje hay que hacerlo de todas maneras. Así que veamos, ¿qué metemos en nuestro equipaje? ¿Qué habilidades y herramientas nos pueden ser útiles para afrontar un futuro profesional incierto? Aquí van cuatro:


 
No están todas las que son, pero seguro que sí son todas las que están. Meter todas estas cosas en tu mochila no hará que el tiempo cambie, pero te ayudará a sobrellevarlo mejor. Y desde luego, éstos no son consejos que valgan sólo a «jóvenes universitarios». La previsión del tiempo es la misma para todos. Y en realidad todos estamos haciendo el mismo viaje.
Sigamos caminando.

No tengo nada que aportar

Si está todo inventado…

Hace unos días comentaba alguien en twitter su dilema respecto a la creación de contenidos (en este caso hablaba de un podcast, pero podríamos extenderlo a cualquier otro formato). Por un lado estaban sus ganas/apetencias de hacerlo. Y por otro una vocecita interior que decía: «¿Qué aportaría yo a ese tema? Nada, seguramente. Siempre concluyo que no tengo nada que aportar que no esté aportado.»
No es una reflexión que me resultara ajena. Hace algunos años, mi mujer me preguntó: «¿Qué buscas cuando haces una foto? ¿No la habrá hecho alguien antes que tú, y posiblemente mejor?«. Vaya, pues seguramente sí (y además hay gente que se encarga de demostrártelo). «Está todo inventado», «nada nuevo bajo el sol». Sumémosle internet y su capacidad de poner en nuestras pantallas lo mejor de todo el mundo… y es fácil tener esa sensación de futilidad.
Y sin embargo…

Tú lo haces especial

Quiero decir… a ver, no voy a caer en el cliché de que cada uno somos un copo de nieve especial e irrepetible. Que sí, que es verdad, pero al final todos somos copos de nieve, y somos varios miles de millones. O sea, que no nos flipemos. Pero aun así… cada uno tenemos nuestra personalidad, nuestras experiencias, nuestra forma de expresarnos… y todo ello constituye un filtro que le da un matiz diferente a todo lo que hacemos.
¿Hasta qué punto ese matiz es relevante? Pues depende de cómo lo quieras mirar. Si lo haces desde una perspectiva global… pues no, no va a ser diferente. El post que tú escribas no va a ser muy distinto del que escribe un fulano de Oklahoma o de Bangalore, o de tantos otros miles. Puestos uno al lado del otro las diferencias serán prácticamente inapreciables, y para alguien que no te conozca lo mismo le va a dar consumir uno que otro.

Tu red social

La cuestión es que hay otra forma de mirarlo. Y es que, salvo para los que hacen búsquedas genéricas en google (donde sí, eres una commodity), normalmente no se produce esa situación de «competencia perfecta». Cada uno tenemos nuestros círculos sociales tanto en el mundo analógico como en el digital. Amigos, y amigos de amigos. Es a ésos a los que nosotros llegamos, y ahí la competencia se reduce. Porque esos amigos te leen a ti, y no al tipo de Oklahoma ni al de Bangalore.
Sí, en el mundo global eres una commodity indistinguible, pero para tu círculo ya eres identificable. Cuando ven un contenido tuyo, el hecho de que sea tuyo les aporta un matiz relevante y reconocible. Porque hay por debajo una conexión personal (no hace falta que sea profunda ni que seáis amigos del alma) que consigue que, para ellos, sea diferente.
Piénsalo. El hecho de salir a tomar una cerveza con alguien… en realidad, ese «alguien» podría ser cualquiera. Total, la actividad en sí, las conversaciones que se tienen… hay miles de personas sólo en tu ciudad con las que podrías hacer lo mismo. Y sin embargo, no tiene nada que ver hacerlo con unos amigos que con un grupo de desconocidos, ¿verdad?

Las comparaciones son odiosas

Cuando uno se plantea crear un contenido, puede pensar… ¿habrá alguien en el mundo que lo haga mejor? La respuesta, en el 99,9999% de los casos, es que SÍ. Hay alguien mejor. Y además es fácil de encontrar, en un par de clics puedes hacerlo.
Pero, ¿sabes qué? También hay mucho contenido peor. Muchísimo más de lo que imaginas. Aunque tú te sientas un mediocre comparado con ese experto de talla mundial, es probable que lo que tú llamas «mediocridad» esté por encima del 80% del nivel de la población mundial. O del 90%. Lo malo es que tendemos a creer que lo que nosotros sabemos hacer… lo sabe hacer todo el mundo. Y no es así, y es algo de lo que te das cuenta en cuanto empiezas a rascar. Piensa en la gente que te rodea, y haz números.
Si a esto le unimos la visión de «red social» de la que hablábamos antes… es más que posible que aunque no seas un «experto a nivel global», sí que seas un «experto para tu círculo social». Son gente que ni ha dedicado el tiempo que tú has dedicado el tema (aunque a ti te parezca una chorrada), ni tiene referencias de quiénes son esos expertos mundiales que tú crees que todo el mundo conoce.
Aunque tengas la sensación de que tú no puedes aportar nada «al mundo»… sí que puedes aportar muchas cosas «a tu mundo».

La zona de desarrollo proximal

Porque esa es otra. Tendemos a creer que un «experto de talla mundial» es el que mejor puede explicar las cosas a cualquiera. Y no es verdad. Las personas somos capaces de entender y aprender cosas sólo en la medida en la que nos las explican «para nuestro nivel». Y muchas veces eso es más fácil de hacer para alguien que está en ese nivel (o uno ligeramente superior) que para el experto de talla mundial, al que se le hace muy difícil ponerse a esa altura (no necesariamente por ego, sino porque la empatía se hace más complicada).
Que no seas el que más sabe del mundo no te inhabilita para contar cosas relevantes a la gente que tienes cerca. Primero porque es posible que tú seas la única referencia que tengan a mano, y segundo porque es posible que tú seas capaz de contar las cosas de forma más asequible y conectada con su realidad concreta.

Hay quienes conectan contigo

Y aun así, ya he dicho alguna vez que hay que ser consciente de que lo que haces no le importa a (casi) nadie. Creo que es un error hacer cosas pensando que van a «impactar» en los demás, porque es una expectativa poco realista y que lleva a la decepción. Hay que hacer cosas porque a uno le gustan, sin esperar nada.
Y aunque parezca paradójico resulta que es posible que haya un puñado de personas con las que conectes incluso sin buscarlo. Gente a la que le gusta lo que haces, tu forma de expresarte, las cosas que cuentas…
Cuando eso sucede, cuando encuentras aunque sea una persona con la que conectas en base a lo que haces sin expectativa, a lo que te sale de dentro… la sensación es estupenda. Porque esa conexión es genuina, no forzada. Porque desvela una afinidad de esas que son difíciles de generar en un mundo lleno de postureo, y eso es algo gratificante en sí mismo. Algo que se puede producir o no, pero que seguro que si te quedas encerrado en casa sin hacer nunca nada no va a pasar.

Disfrutar del camino

En última instancia, tenemos que plantearnos si realmente tenemos que hacer las cosas «para algo». Si es necesario darle un matiz finalista/utilitarista. Si no podemos simplemente hacer las cosas porque nos apetecen, disfrutar del proceso, experimentar, jugar, aprender. Hacerlo por nosotros mismos, sin más.
Y si luego resulta que «aporta algo a alguien», miel sobre hojuelas. Pero que no sea ése el elemento de validación.

PD.- Como ves, he añadido un episodio del podcast Diarios de un knowmad dedicado a este tema. Si te gusta, puedes suscribirte en iVoox y en iTunes, comentar, recomendar, compartir…

La importancia de mantener el tono

Con esto del lanzamiento del curso para aprender mejor, estoy explorando el proceloso mundo del «email marketing«, algo que hasta ahora nunca había hecho (y que, confieso, siempre había mirado con cierta distancia). Aprendiendo cosas como el «lead magnet», las «landing pages» o el «funnel de ventas».
El caso es que, en ese proceso de aprendizaje, me he acercado a ver cómo lo hacen otros. Me he apuntado a listas de correo, he visto sus landing pages, me he descargado sus «lead magnets», y he recibido sus comunicaciones automatizadas. Como es lógico, he visto cosas que me han parecido mejor y otras que me han parecido peor. Y dentro de éstas, ha habido una que me ha llamado mucho la atención.
En sus comunicaciones post-suscripción, la mayoría tiene un tono cercano, cordial, campechano… ¡mola! A ver, tú sabes que son mails automáticos, pero están escritos de manera que te hacen sentir afinidad por quien los escribe. Y de eso se trata: de que además de proporcionarte «información de valor», lo hagan estableciendo contigo un «feeling», una relación de confianza creciente, que les permita en el futuro seguir «dándote la chapa» sin generar rechazo y abrir la puerta a que les compres algo.
¿Cuál es el problema? Que ese tono hay que mantenerlo después. En un caso, por ejemplo, me decidí a escribir un mail al final del «curso gratuito» para darle la enhorabuena, hablarle de un conocido común (que era el que me había recomendado apuntarme) y poco más. Lo que me encontré fue una respuesta automática, diciendo algo así como que «si quería contratarle lo sentía mucho pero estaba con la agenda llena para varios meses» y que «no respondía dudas salvo a clientes de pago». Pues vale… En otro caso, la persona se mostraba encantada de «interactuar en twitter»; le puse un reply por allí, y todavía estoy esperando una respuesta (de hecho, mirando su timeline, es 100% broadcast y 0% interacción).
A ver, soy plenamente consciente de los problemas de foco y escala. Creo que cada uno es muy libre de «proteger su atención» limitando los canales de interacción. ¿No quieres contestar emails? Perfecto, si yo hace años que leí a Tim Ferriss y su estrategia de autoresponders, y me pareció que tenía todo el sentido del mundo. Llega un momento en el que no puedes contestar todo lo que recibes sin volverte loco, o que un porcentaje elevado de las comunicaciones no te aportan valor y prefieres ignorarlas. Lo acepto.
El problema son las expectativas. Te has pasado una semana «siendo cordial y cercano», generando un clima de cercanía, invitando al contacto… y a las primeras de cambio cierras la puerta. O te muestras muy «encantada de interactuar y responder a tus preguntas», y luego ignoras el canal que tú misma has abierto. Con lo fácil que sería decir, desde el principio, «no siempre puedo responder, espero que lo entiendas»… que oye, a lo mejor también me da rabia, pero al menos sé a qué atenerme.
¿Consecuencias? Borrados de mi mente. La próxima vez que reciba un correo electrónico tuyo, en vez de pensar que «qué tipo más majo» o «qué chica más maja», pensaré «éste es el que me respondió con un mail automático» o «ésta es la que nunca contestó en twitter». Y de nada valdrá el «tono cercano», porque mi cerebro ya te ha etiquetado. Y a lo mejor los que pensamos así somos minoría y el sistema funciona, pero en mi caso han perdido la oportunidad de venderme nada.
PD.- Otro caso alternativo: envío un mail a una persona que tiene un blog de éxito, que también vende cosas, y que intuyo/sé que tiene un volumen muy elevado de correo entrante. Nos conocimos hace años, pero no hemos interactuado desde hace bastante. Me responde agradable y cordial. ¿Consecuencia? Mi predisposición a comprarle algo aumenta…
PD2.- Ojo, que yo disto de ser perfecto. Alguna vez me han «tirado de las orejas» porque acostumbro a dejar sin responder comentarios en el blog, o a alguien le ha parecido mal que no le acepte en Facebook o que no le siga en twitter, o tardo más de la cuenta en contestar un mail…

Son aquellas pequeñas cosas

«Experto en procesos de transformación y coach ejecutivo». Estoy seguro de que si metes esta cadena de búsqueda en LinkedIn te salen tres millones de personas que se autoetiquetan de forma muy parecida. «A global professional services firm supporting world leading businesses with strategy execution and leadership development», apuesto a que hay miles de empresas de consultoría que se anuncian con esta frase, o con una combinación parecida de las mismas palabrejas. Blah, blah, blah.
Pero claro, es que cuando haces el esfuerzo por «ponerte una etiqueta» resulta dificilísimo no caer en el cliché. A veces tratas de introducir un matiz, y te parece que has conseguido «ser diferente»; pero en realidad, visto desde fuera, eres básicamente indistinguible de todos los demás. Es como cuando ves esas «referencias de clientes anteriores» y todo el mundo ha trabajado para Telefonica, BBVA, Repsol…
Hace muchos años que vengo pensando que es muy difícil diferenciarse en los rasgos generales. Que el potencial de diferenciación está en las pequeñas cosas, los pequeños matices que solo se aprecian en el día a día. Detalles personales. Opiniones. Gustos. Reacciones. Puede que incluso banalidades y chorradas del día a día que, inadvertidamente, dicen mucho más de nosotros de lo que creemos. Además de mostrar lo que haces y cómo lo haces, también poner el foco en quién eres y cómo eres.
Claro, para eso hace falta mucho roce. No son cosas que quepan en una tarjeta de visita, ni en una web corporativa, ni en un perfil de LinkedIn. Es necesario el contacto sostenido en el tiempo. Por eso siempre he disfrutado tanto de los blogs primero, y de las redes sociales después, y de cualquier otro vehículo que permita tener ese «roce» de una manera natural y no intrusiva. Por eso siempre en mi presencia online he intentado ser «muy yo». Incluso a riesgo de parecer «menos serio» o «menos focalizado». Me aburre la gente que se ciñe a su personaje profesional, siempre tan correctos y tan dentro de su «área de conocimiento», siempre construyendo y cuidando esa imagen prefabricada, esa fachada de cartón piedra para las visitas. No soy así. No quiero ser así. Y no creo que sea positivo ser así. Porque a base de cuidar tanto al personaje te transformas en uno más, indistinguible de todos los demás que hacen lo mismo.

Entornos de roce para que un desconocido acabe siendo tu amigo

El pasado miércoles estuve viendo el fútbol con unos amigos, pasando un buen rato. Lo cual tiene mérito a estas alturas, teniendo en cuenta que nos conocemos desde hace más de media vida; en concreto desde el inicio del curso del 94, cuando llegamos a Bilbao para iniciar la etapa universitaria. Por aquel entonces éramos auténticos desconocidos, a los que el azar había asignado a un mismo piso del Colegio Mayor. Todavía recuerdo nuestro primer encuentro, cuando ellos (que sí se conocían entre sí; venían del mismo colegio en Logroño) aparecieron en el piso por la noche, después de haber estado «escaqueándose» todo el día de la presión de los veteranos.
Obviamente no nos hicimos amigos en ese mismo momento. Fue algo gradual, poco a poco, a base de «mareos» compartidos, cenas, pochas, pelis, farras, partiditas al Civil… primero en grupos grandes, luego en grupos más pequeños… Un largo camino en el que otros fueron cayendo, un proceso a lo largo del cual se van identificando y fortaleciendo afinidades, y donde se produce una especie de «selección natural» que hace que acabes siendo amigo de unos y no de otros.
¿Y por qué cuento esto? Resulta que a raíz de mi «historia de dos tuiteros» del otro día surgió una conversación interesante sobre «el ámbito privado» y «el ámbito público», y la transición que hacen las relaciones desde el uno hasta el otro. De acuerdo a este enfoque, tendríamos el «ámbito público» en el que todos aparecemos como desconocidos, y nos comportamos con pulcritud exquisita, ciñéndonos a nuestro «personaje». No decimos nada que pueda parecer ni remotamente inapropiado, ni dejamos apenas que nuestra personalidad aflore. Aplicado a internet, sería el uso de twitter que yo veía el otro día con malos ojos; cero riesgos, que las redes las carga el diablo. Y por otro lado tendríamos el «ámbito privado», donde ya somos colegas y podemos comportarnos tal y como somos sin peligro, sabiendo que eso no va a salir de allí. Chistes, chorradas, comentarios inapropiados, charlas a «calzón quitao»… todo tiene cabida, al fin y al cabo ya somos amigos; alguien mencionaba «los grupos de Whatsapp» como representación.
Por supuesto que estoy de acuerdo en esta categorización. Hay un espacio para la interacción con desconocidos, y hay un espacio para la interacción con amigos. La cuestión es que para mí no es algo binario (o estás en un entorno o estás en otro), si no que son más bien los dos extremos de un continuo; todos iniciamos las relaciones como desconocidos, y lo interesante es ver cómo esas relaciones van progresando hacia la amistad.
Esto es algo que cada uno puede validar con su propia experiencia. Las amistades del colegio… ¿cómo se forjan? A base de horas y horas de pupitre compartido, de juegos en el patio, de paseos de ida y de vuelta. Las amistades del trabajo, lo mismo; proyectos compartidos, horas de pradera y de máquina de café, viajes… En definitiva, se trata de entornos «de roce», donde todo el mundo empieza «tieso como un palo» y poco a poco va relajándose, dejando traslucir su personalidad, juntándose con los afines y alejándose de los que no lo son, tomando iniciativas y viendo si hay reciprocidad… un proceso largo, no exento de idas y vueltas, en el que mucha gente se va quedando por el camino. Defiendo, además, que en el ámbito de las relaciones personales pesa mucho lo «banal», lo cotidiano, las «chorradillas del día a día», y que es ahí donde calibras lo «a gusto» que estás con alguien. Uno no se hace amigo de otro por lo bien que hace los powerpoints, o lo bien que escribe artículos, o lo listo que sea. Necesitas detectar algo de «chispa» en su forma de comportarse, de afinidad en la forma de ver el mundo y transitar por él, que es difícil de detectar cuando nos ceñimos a nuestro personaje intachable, que solo habla «de cosas serias» y siempre en un tono «apropiado».
Para mí es importante que en el ámbito de las redes sociales exista también ese «entorno de roce», ese espacio donde poder hacer una transición entre «desconocido» y «amigo». Creo que «el twitter de los primeros años» era un poco así, y creo también que se está perdiendo. Lo cual es una pena, porque de esta forma resulta muy difícil hacer esa transición. Puedo identificar a un perfil interesante por lo que cuenta, pero si no me abre la puerta a interactuar, si no me deja ver «cómo es», si no puedo hacer una cata de su forma de ver el mundo, de sus ideas, de su comportamiento… difícilmente voy a dar pasos (y hacen falta muchos) para acercar posiciones. Si se limita a hablar de «su tema» se restringen también las oportunidades de interacción.
Me recomendaban que, si creo que alguien es interesante, debería explorar esa relación sin esperar a «testarla» antes. «Hola, mira, te sigo en twitter y me parece interesante lo que publicas sobre #insertetema, puede que seas una persona agradable aunque igual no, pero… ¿quedamos a tomar unas cañas a ver qué tal?». Yo sé que peco de introvertido, pero ¿soy el único al que un salto de este tipo le resultaría violento, tanto si soy yo quien lo promueve como si alguien me viene con esto?
En conclusión: creo en las redes sociales como «medio de conexión entre personas». No aspiro a tener, como decía Roberto Carlos, «un millón de amigos»; pero sí a rodearme de una buena nube de esas conexiones que llaman «difusas» o «débiles», que no llegan a ser amigos del alma (y si es así, ¡bienvenido sea!) pero que sí son más que un avatar y un personaje «siempre pulcro», gente con la que puedas compartir en un momento dado algo más que un intercambio formal de ideas sobre una temática restringida. Y creo que para que esas relaciones fructifiquen y se mantengan hacen falta esos «entornos de roce» donde poder interactuar (poco a poco, de forma natural) como las personas completas e imperfectas que somos.

Historia de dos tuiteros

R y M coincidieron hace algunos años por esos «mundos de internet», y se cayeron bien. Tenían un perfil personal parecido, por edad, por formación, por intereses… aunque claro, cada uno tenía su vida y no era fácil el poder mantener el contacto, y tampoco es que tuviesen una relación tan cercana como para andarse llamando cada dos por tres.
Pero ocurrió que por aquella época aparecía una herramienta llamada «twitter», una especie de sitio donde podías responder a la pregunta «qué estás haciendo» para que la gente que decidiese seguirte (tus «followers») pudieran saber de ti, y tú a su vez podías seguir a otras personas para enterarte de lo que ellos hacían. La gente lo usaba de forma muy ingenua («me voy a tomar un café», «pues hoy estoy cansado» y cosas por el estilo), pero cogió fuerza primero en el mundillo de internet, y luego poco a poco pasó a ser más de uso generalizado.
La cuestión es que R y M se dieron de alta, y entre muchos otros se hicieron seguidores el uno del otro. Allí iban contando sus cosillas para el que quisiera leerlas. A veces comentaban alguna noticia, o se mojaban con algún asunto polémico, o se empanaban con el fúbtol… otras veces compartían un enlace que les había parecido interesante o recomendaban un libro o una película… pero en realidad la mayor parte del tiempo compartían banalidades cotidianas respecto a su vida profesional, o a sus aficiones, a su ocio, a sus viajes o a su familia. Muchas cosas «sin chicha», pero que les permitían al uno saber del otro, interactuar de vez en cuando con un reply o un retuit… y así mantener un cierto contacto cotidiano. Claro, poder quedar a tomar cañas hubiese sido un mejor plan (de hecho alguna vez cuando se alineaban los astros pudieron hacerlo), pero ya sabemos todos cómo son las cosas en la vida real; el trabajo, la familia, los amigos, las obligaciones… y ellos tampoco es que fuesen «amigos del alma», simplemente conocidos que se caían bien.
Así estuvieron durante un tiempo. Pero al cabo de los meses, M empezó a cambiar su forma de usar la herramienta. Cada vez eran menos frecuentes las chorradillas cotidianas, parecía como si se hubiese autoimpuesto algún tipo de censura. Seguía tuiteando, sí, pero se limitaba casi al 100% a temas profesionales, además en un tono neutro, aséptico… Un día R le preguntó, «oye, hace tiempo que no cuentas nada». «Bueno, es que estoy intentando darle un poco de valor a lo que publico por aquí… ¿no has pensado nunca que esto es nuestra imagen digital, y que tenemos que cuidarla, ponerle un poco de foco? ¿Construir nuestra marca? ¿A quién le interesa lo que yo haga o deje de hacer en mi día a día?» R asintió, aunque por dentro pensó «pues a mí me interesaba»…
R siguió leyendo la cuenta de M. Lo que publicaba seguía siendo interesante, sí, aunque muy limitado a una faceta de su vida. Echaba de menos los chascarrillos, la oportunidad de intercambiar algún comentario sobre el fútbol, o sobre la política, o saber cómo andaban las cosas por casa…
Con el paso de los meses, R empezó a notar un incremento en la frecuencia de publicación de M. Pero no fue una buena noticia. Aquello estaba lleno de retuits que, al pinchar en ellos, llevaba a noticias que no tenían demasiada chicha. Los enlaces que retuiteaba eran repetitivos, volvían una y otra vez sobre los mismos temas, eso sí siempre acompañados con su correspondiente hashtag. Cuatro o cinco veces al día, como un martillo pilón, la cuenta de M escupía nuevos contenidos. Bueno, nuevos… cuando no eran tuits antiguos repescados (a veces avisando, y a veces sin avisar). R dejó de hacer click en ellos, porque la mayor parte del tiempo eran completamente intrascendentes. Muy focalizados, eso sí, pero no le aportaban nada. Para colmo, M empezó con la costumbre de retuitear las menciones que le hacían. Cuando alguien enlazaba uno de sus contenidos, él lo tuiteaba (a pesar de que él mismo ya lo había publicado antes). Cuando alguien le hacía una alabanza, él lo tuiteaba. Si había un evento en el que fuese a participar, tuiteaba cada una de las menciones que se hiciesen al evento (como si una vez no fuese suficiente).
Llegó un punto en el que a R le irritaba la cuenta de M. Durante semanas estuvo luchando contra el impulso de dejar de seguirle, pero se arrepentía en el último momento. Porque le parecía un buen tío, y le daba pena cortar ese vínculo. Pero cada día se le hacía más insoportable; le caía bien la persona, pero como tuitero era un coñazo. Hasta que un día se hartó, y lo hizo. Unfollow.
PD.- De vez en cuando, R se acuerda de M, y se pregunta qué habrá sido de él. Entra en su cuenta de twitter, y ve que sigue con la misma dinámica. No encuentra allí nada que le permita saber de su vida, ni una excusa para interactuar. Cierra el navegador, y sigue con su vida.
PD2.- R sí soy yo. M no es nadie en concreto, y a la vez es una mezcla de unos cuantos. M es el arquetipo de esas personas interesantes que, en aras de un supuesto beneficio mayor, decidieron limitar su actividad en internet a «lo útil», «lo focalizado», «lo que refuerza mi presencia online». Aquellos que en la búsqueda de followers, de retuits y de «impacto»… se olvidaron de que el verdadero impacto se consigue a través de relaciones de confianza, y que esas conexiones reales entre personas se crean y se refuerzan en lo cotidiano, en lo banal.

La importancia del feeling

Después de una etapa tan larga como fue la de Vips muy metido en un proyecto (y por lo tanto, shame on me, descuidando un poco bastante aquello del networking) ahora estoy en otra fase de «reconectar» con personas. No solo con las que ya conozco, que también, si no tratando de expandir mi horizonte. Nuevos perfiles, nuevos sectores, nuevas ideas, nuevas posibilidades de hacer cosas… Es algo que reconozco que me cuesta (no está demasiado en mi naturaleza, soy más bien ermitaño, introvertido, perezoso…), pero encuentro que es imprescindible no solo como forma de «generar oportunidades» (que también, claro; que hay que seguir comiendo), sino de «enriquecimiento personal e intelectual«. Es a través de otros como crecemos, como ampliamos nuestro conocimiento, como confrontamos y consolidamos nuestras ideas, como se nos ocurren cosas nuevas…
En este proceso, hay una barrera con la que me enfrento. Y es la importancia que le doy al «feeling». Hace poco, unos antiguos compañeros me hablaban de una persona con la que «me podría interesar contactar». Vale, contadme más. «La verdad es que no pegáis ni con cola… «. Uy, mala cosa. Es decir, tal y como ellos lo planteaban había una oportunidad interesante, él me podía servir a mí para llegar a un determinado tipo de clientes, yo le podía servir para darle soporte a proyectos… pero al introducir la variable de «compatibilidad», todo se venía un poco abajo.
Y es que para mí cualquier relación profesional funciona «mientras las dos partes estén a gusto». Y un factor fundamental en ese «estar a gusto» es para mí la «compatibilidad personal». No se trata de que siempre tengas que trabajar con los mejores amigos del mundo, pero sí creo necesario una mínima afinidad en valores, comportamientos, prioridades, formas… Si no se da esta afinidad, por muy «lógica» que pueda parecer la colaboración, incluso por muy lucrativa que resulte, se va a ir al traste más pronto que tarde. Y prefiero explorar si existe esa compatibilidad antes de meternos en un compromiso. Porque mira, para andar tarifando, mejor no profundizar; cada uno por su lado, que hay muchos peces en el mar.
Este énfasis en la importancia del feeling tiene para mí algunas consecuencias. Mi periodo de maduración de relaciones profesionales es lento y trabajoso. Tenemos que «rozarnos» varias veces, con cierto grado de «conversación intrascendente» de por medio, antes de que me sienta cómodo hablando de «proyectos».
Esto es algo que resulta difícil de aceptar para algunas personas con una visión más «transaccional» de las relaciones. Hace poco, por ejemplo, contactaron conmigo para «hacer un proyecto de evaluación y desarrollo de personas». Bueno, vale, te escucho… «tendrías que venir aquí mañana, porque el proyecto empieza la semana que viene». Lo paré. Lo siento, no hago proyectos en la primera cita. No sé quién eres, no sé cómo trabajas (de hecho, tú tampoco sabes quién soy, ni cómo trabajo). No estás buscando un «partner» con el que desarrollar proyectos, si no un recurso de quita y pon para salvarte en una emergencia. No me gusta, yo no trabajo así. Evidentemente, ese posible proyecto se esfumó, y con él la ganancia económica que hubiera detrás.
Lo cual me lleva a la segunda consecuencia… y es mi énfasis en el «feeling» hace que muchas posibles relaciones se caigan por el camino, antes de poder pensar en sacarles partido. Podemos ponerlo como que soy exigente (connotación positiva) o como que soy un tiquismiquis (con la connotación negativa). Pero es así.
Así que me veo enfrentado a un dilema. Si quiero mantener una dinámica de proyectos, colaboraciones, etc… que sea sostenible con la vida que quiero, una de dos: o rebajo la exigencia de mi «filtro de feeling», o me convierto en una «máquina de socializar» que me permita lanzar muchas relaciones (sabiendo que muchas se van a perder luego por el camino). Y es un dilema porque ninguna de las dos opciones va demasiado con mi naturaleza. Me cuesta mucho trabajar con personas con las que no encajo… y lo que es peor, se me nota. Y tampoco soy un socializador nato, me cuesta un mundo.
Pero claro, quiero hacer cosas… así que hay que avanzar por uno de los dos caminos, o por una combinación de los anteriores.