Wellington y los burócratas

Me ha gustado mucho un texto que cita Ángel y que se atribuye al Duque de Wellington, líder de las tropas inglesas que lucharon en España contra las tropas de Napoleón a principios del XIX.
El texto es la carta que Wellington envía como respuesta ante los requerimientos que le hacen desde la metrópoli para que realice labores burocráticas como hacer inventarios y arqueos de dinero. Su último párrafo es estupendo (traduzco libremente)
Esto me lleva a mi objetivo, que es pedir que el Gobierno de Su Majestad aclare mis instrucciones para que pueda entender por qué llevo un ejército por estas yermas llanuras. Entiendo que la razón debe ser, po rfuerza, una de las dos alternativas que presento a continuación. Seguiré cualquiera de las dos con mi mejor disposición, pero no puedo hacer las dos a la vez:
– Formar un ejército de contables uniformados en España para beneficio de los contables de Londres o, por el contrario,
– Intentar expulsar a las tropas de Napoleón de España.
De su más obediente servidor,
Wellington»
Y es que muchas veces las presiones burocráticas y los burócratas que las impulsan se olvidan del verdadero objetivo de las empresas y de los negocios. ¿A alguien le suena?

La primera vez

Dicen que la primera vez nunca se olvida. Pues va a ser verdad. La primera vez que tuve que enfrentarme en solitario a un cliente fué en Asturias. Era un proyecto para una entidad financiera, que consisitía en una serie de cursos sobre liderazgo, trabajo en equipo, oportunidades comerciales… para la red de oficinas (tanto «personal de base» como directores de oficina) seguida de reuniones individuales con cada una de las oficinas (primero con el director, y luego con todo el equipo) para llevar los conceptos de los cursos a su día a día.
Yo estuve en los cursos de «ayudante» junto con otro compañero más senior. Tranquilo y protegido, porque solo tenía que ser majo, ayudar con el material y con las actividades que hacíamos… todo bien. Pero luego llegaron las reuniones individuales, y tras hacer un par de ellas conjuntas, tuvimos que separarnos.
Se da la circunstancia de que mis padres trabajan en una entidad financiera, en una oficina. Y yo tenía que presentarme, con mis veintipocos años, delante de unos señores y señoras que podían ser mis padres a contarles cosas de «experto».
Qué angustia. Pero mi compañero me dijo algo que, en el fondo, es verdad. Me dijo «lo que importa es como te ven ellos. Y ellos te ven como un experto de una empresa importante, y eso te da mucho camino ganado. Además, vas a hablar de cosas de las que ellos no saben demasiado, por lo que con cuatro cosas que les cuentes, ya vas a ser un experto para ellos».
Luego fuí, ví… y no sé si vencí. Quiero decir, no sé si mi intervención ayudó a alguien o no. Pero no hice el ridículo, cosa que me preocupaba sobremanera. Luego vinieron más clientes, más situaciones nuevas, más agobios. Pero nada como la primera vez.

Pelotas

Siempre ha sido una postura que me ha resultado curiosa. Resulta que si llegas a tener la misma opinión que tu jefe o tu empresa, te conviertes automáticamente en un trepa, un pelota o un lameculos (o todas a la vez).
Digo que siempre me ha resultado curiosa porque pienso que hay dos formas de llegar a coincidir con la opinión de tu jefe. Una es que efectivamente seas un veleta, que dice «amén» a todo lo que dicen sus jefes independientemente de lo que sea. Otra es que tengas un criterio propio, tengas información, la valores y llegues a crearte una opinión y que resulte que es la misma que la de tu jefe.
Creo que son dos formas distintas de llegar a un mismo punto. Porque en una hay una total ausencia de criterio. Y en otra hay criterio. Personalmente, nunca me ha avergonzado coincidir con un jefe o con la empresa en determinadas cosas, pese a que algunos levanten el cartelón de «pelota» inmediatamente. Y no me avergüenza porque esa opinión es la mía, alcanzada por mi propio criterio, que a veces coincidirá con la de los jefes y a veces no. Y soy capaz de argumentársela a quien sea. Al pelota se le ve el plumero enseguida, porque no tiene argumentos o simplemente cacarea los que ha oído por ahí. Pero en cuanto hay un mínimo de debate, se pierde.
Pero ojo, tan veletas como los pelotas son los contrarios, los que por definición tienen que llevar la contraria a sus jefes. Porque esos tampoco tienen criterios ni argumentos más que decir «como lo ha dicho el jefe, pues es malo». Estos también se descubren rápidamente en cuanto se ponen tres argumentos encima de la mesa.
Por eso nunca me han gustado los partidos políticos, donde el criterio propio es un defecto más que una virtud y lo que hay que hacer es asumir los criterios del partido. O la dinámica empresario vs. sindicatos, donde las posiciones están fijadas de antemano y la discusión es estéril. Cualquier situación tiene muchos matices, y sólo con criterio puede uno llegar a formarse una opinión propia y, en consecuencia, a defenderla con solvencia.

Convertirse en un experto

Mario y Andrés hacen un muy interesante repaso a lo que significa convertirse en un experto. Extracto algunas de sus reflexiones, que me parecen muy acertadas:

  • «Un experto, en mi opinión, debe ser capaz de proporcionar una definición no trivial de un problema en su ámbito de conocimiento y de roporcionar una solución no trivial para ese problema que produzca un resultado muy superior al que daría la ‘solución’ de una persona no experta. Y debe hacer esto de manera eficiente, en un tiempo mínimo, con economía de recursos.». ¡Toma ya definición de experto!
  • «el reconocimiento del expertise no es siempre merecido y no siempre es reconocido a quien más lo merece». Hay mucho mal llamado experto por el mundo
  • «deberíamos considerar experto sólo a aquel que lo demuestre con sus juicios y, lo que es más importante, con los resultados de su práctica en cada ocasión en que sea puesto a prueba». Si eres un experto… déjate de palabrería y que se note
  • «tan sólo con un esfuerzo tremendo, continuado, consigue alcanzar una persona el dominio de un campo del conocimiento o habilidad». Uno no se convierte en experto por arte de magia
  • «La clave parece radicar en la capacidad de llegar a un conocimiento de la lógica, las relaciones, interacciones, dinámicas, patrones o configuraciones de los elementos que conforman nuestro ámbito de conocimiento». La clave está en aprender de forma eficiente, no a lo bruto.
  • «El camino hacia el ‘expertise’ pasa por la asunción continuada de retos, siempre crecientes, que te lleven cada vez un poco más allá de los límites de tu competencia.». La comodidad está reñida con ser experto: un experto nunca deja de profundizar.
  • La fórmula del genio, ya lo dijo el Sr. Edison, es bien sencilla: 99% transpiración, 1% inspiración!». Si quieres ser un experto en algo… ¡ponte manos a la obra!

El trabajo de campo y la "verdad"

El otro día estuve en Bilbao prestando mi último servicio para mi anterior empresa (bueno, ya será el penúltimo…). Era un trabajo que había hecho yo y que había que presentar. Y aunque yo ya estaba oficialmente de baja, para allá que me fui con mi jefe (si llega a darse un guarrazo el avión, se meten en unos líos… pero claro, creo que eso no sería lo que más me importara en ese momento).
El hecho es que presentamos el informe con un análisis organizativo. Después de verlo (lo cierto es que el cliente se lo había «chapado» bastante bien y fué una discusión muy productiva), y ya cuando estábamos cerrando, nos hicieron un pequeño comentario/reproche: «habéis reflejado muy bien la realidad pero centrados mucho en la visión de los centros de trabajo, nos gustaría que también se hubiese reflejado la nuestra».
Mmmm… tampoco me iba a poner a discutir (en el minuto 93 de partido…). El caso es que a lo largo del trabajo de campo, uno consigue tener una visión muy enriquecida de una empresa, porque la ve desde distintos prismas. Y eso permite hacer un juicio razonablemente objetivo sobre la realidad. Es lo que plasmé en mi análisis. A ellos supongo que les habría encantado ver la realidad que ellos mismos creen «la única verdad». Pero flaco favor les habría hecho si me hubiese limitado a contar lo que ellos me contaron en la primera reunión. Para eso, no me paso tres semanas de lado a lado intentando entender todas las caras de la misma realidad, ¿no?

Consejos para los nuevos universitarios

Leo en Presión Blogosférica (un blog que, vaya usted por dios, he descubierto gracias a mi denostado Blog Day) un muy interesante post sobre recomendaciones para los que en estos días se preparan para iniciar su andadura en la universidad o para aquellos que todavía están en ello. Ángel recoge sus recomendaciones en los siguientes epígrafes, y yo hago memoria para ver qué hice en su momento:

  • Aprende inglés (pero bien): el tema del inglés lo tenía bien atado desde antes de la Universidad, pero lo cierto es que debería haber hecho más por practicarlo y por profundizar en un inglés más «de negocios».
  • Acostúmbrate a hablar en público: tampoco lo trabajé demasiado. Bien es verdad que me sale razonablemente bien de forma natural :).
  • Aprende sobre la comunicación no verbal: bueno, no sé si me hubiese apuntado a un taller de esas cosas. Dicen que soy bastante expresivo (o gesticulante) pero creo que eso no basta.
  • Conviértete en un profesional del Office: me parece imprescindible. Con el Word y con la Excel me manejaba con cierta soltura. El Powerpoint tardó en llegar a mi vida… pero bueno, siempre me he llevado bien con estas máquinas infernales, así que se me daba bien el tema.
  • Si no eres financiero, aprende finanzas: la interdisciplinariedad es algo que considero muy importante. Precisamente este verano mi mujer (ingeniero informático) y yo (licenciado en administración y dirección de empresas) dedicamos una velada a discutir sobre este tema. Yo pienso que para un técnico es importante tener nociones de empresa que le permitan poner la técnica al servicio del negocio, y que un generalista tiene que tener al menos unas ideas de las áreas técnicas para tomar decisiones solventes.
  • Trabaja: desde luego, poco. Tuve prácticas a tiempo completo como parte de la carrera (vamos, que computaba como un semestre). Estuvieron bien, pero no fuí de los que se mataba por conseguir prácticas de verano. El año para estudiar, el verano para descansar. El jefe que tuve en esas prácticas me llegó a llamar «vividor» cuando le hice ese planteamiento…
  • Aprende a escribir: fui un lector precoz y, hasta los 18 años, también habitual. Tenía y tengo mis lagunas, pero en general pienso que me expreso razonablemente bien.
  • Conoce tu mercado: de esto tampoco me preocupé demasiado. No era fan (tampoco lo soy ahora) de los periódicos salmón, y ponerme a «estudiar» empresas y líos entre ellas no me resultaba muy apetecible. Creo que fué un error que no tuvo demasiada trascendencia para mí, pero lo podría haber tenido.
  • Aprende a convivir y a trabajar en equipo: a convivir aprendí más o menos bien a fuerza de Colegio Mayor, aunque sigo siendo bastante maniático y celoso de mi espacio. En cuanto a trabajar en equipo, siempre digo lo mismo: yo con un equipo de gente buena trabajo de puta madre. Si no, francamente, prefiero trabajar solo. Como se puede ver, no aprendí mucho de esto :).
  • Aprende sobre lo que quieres en la vida: agua. Nada de nada, no creo que le dedicase demasiado tiempo de reflexión a esto. La carrera era algo que empezaba en primero, seguía en segundo… así hasta quinto de donde, con suerte, salías colocado para empezar tu trabajo. Todo inercia. La inercia no me fué mal, pero siempre tuve la sensación de que me llevaba la corriente…

La verdad es que son todos buenos consejos, cosas que la Universidad de por sí no te va a enseñar pero a lo que merece la pena dedicar algún esfuerzo porque tienen un gran impacto (me atrevería a decir que bastante más que las asignaturas que vayas estudiando – aprobando – olvidando). Como se suele decir, «consejos vendo que para mí no tengo» o «haz lo que digo y no lo que hago» 🙂

Calidad vs. rentabilidad

La calidad es un valor muy en boga. Calidad total, EFQM, Six Sigma y no sé cuantas cosas más. La idea de fondo es que, cuanta mayor sea tu calidad, mejor será tu posicionamiento como empresa.
Pero yo tengo mis dudas. Obviamente, ceteris paribus (que gran expresión, por cierto), prefiero algo de más calidad a otra de menos calidad. Pero generalmente para conseguir una mayor calidad tienes que invertir más: mejores materiales, mejores equipos, más y mejores personas, etc. Y esa inversión adicional (y la calidad generada) sólo será rentable en caso de que tu mercado lo valore y esté dispuesto a pagar por ello un sobreprecio mayor que el que a tí te supone ponerlo en marcha.
Por lo tanto, presuponer que la calidad va a llevar a la rentabilidad se me hace precipitado. Ejemplos se me ocurren unos cuantos: todo el mundo dice que La 2 es el canal de televisión de más calidad… pero es el que menos ingresos genera. Pienso también en los vendedores de refrescos de la playa (esos que gritan sudorosos «hay fanta, cocacola, lemon, biaaaaaarrr»): ¿conseguirían una mayor rentabilidad con patatas Lays en vez de patatas del Día?. O en los cerrajeros que decía Andrés el otro día: ¿realmente la «calidad» es tan importante en un producto/servicio que sólo vas a utilizar una vez en tu vida y que difícilmente tendrás oportunidad de recomendar a nadie más? Vas a pagarle un buen puñado de euros al tío que venga, sea un gañán o un fanático de la «calidad total».
En fin, no sé, tengo la sensación de que antes de lanzarse a la carrera de la calidad, hay que plantearse si eso se va a traducir en el bottom-line. Y, como casi todo en esta vida, creo que depende.

Lo bueno y lo malo de los nuevos proyectos web

Creo que todo el mundo estará de acuerdo con que en los últimos tiempos vivimos un periodo de efervescencia de proyectos tecnológicos basados en web: redes sociales, google-maps mash-ups, diggs y sus clones, agregadores de feeds RSS, directorios, wikis, CMS para blogs, sistemas de marcadores al estilo del.icio.us, aplicaciones para To-do’s, agendas… en Genbeta se puede ver todos los días cómo aparecen multitud de nuevos servicios.
La reducción de precios de hosting y la facilidad de promoción a través de la web ha hecho que poner en marcha un proyecto de este tipo no requiera demasiado: un poco de tiempo, ciertas habilidades de programación/diseño y unos pocos euros.
Esto es una maravilla, ya que facilita que prácticamente cualquiera pueda transformar sus buenas ideas en un producto (beta, por supuesto :D). Esto, que es buenísimo puesto que facilita una especie de innovación distribuida y una competición por mejorar constantemente funcionalidades, es también su mayor problema.
Y es que todos estos productos/servicios son, por definición, gratuitos. Si no lo son, quedan automáticamente fuera del mercado, puesto que siempre hay una alternativa gratuita que la gente va a preferir, acostumbrados como estamos a no pagar por casi nada, y no llegarás a darte a conocer. Una vez alcanzado cierto éxito, tienes que seguir siendo gratuito. Pero con ese planteamiento, es difícil construir un modelo de negocio que permita sostener el experimento durante un tiempo, ya que los ingresos por publicidad son migajas que apenas dan en el mejor de los casos para cubrir costes. Y sin un modelo de negocio, no hay recursos para seguir mejorando el servicio o incluso para simplemente mejorarlo. Mientras tanto, surgirá otra alternativa gratuita que algún «friki» ha puesto en marcha con cuatro euros y que mejora tu producto. Y estás fuera del mercado.
Además, la avalancha de nuevos servicios dificulta que ninguno consiga posicionarse como referencia y lograr así una masa crítica de usuarios que le permita experimentar algunos modelos de negocio basados en la cautividad de los mismos o simplemente superar el punto de equilibrio en la consecución de beneficios con la publicidad.
Así pues, lo bueno y lo malo de los nuevos proyectos web es lo mismo: su amateurismo, que por un lado permite que salgan continuamente nuevos servicios y productos mejorados, pero que por otro lado les condena en su inmensa mayoría a la fugacidad y a los usuarios a no poder tener un mínimo de estabilidad en las herramientas que usamos.

El turno de tarde

Siguiendo con el tema de los turnos, me comentaban en esta misma fábrica que el turno de tarde (el que va desde las dos del mediodía hasta las 10 de la noche) era el preferido por los jóvenes. Y es que es un turno muy goloso si te gusta la fiesta: trabajas, a las 10 sales de currar y te vas de marcha. Duermes toda la mañana, te levantas a mediodía, comes algo y hala, a currar otra vez.
Obviamente esto es sólo para los verdaderos «hardcore» de la fiesta, esos que gustan de salir entre semana. Pero haberlos haylos, y no son pocos. En el peor de los casos en los que no se salga, siempre puedes disponer de la noche para estar tranquilamente en casa sin miedo a trasnochar un poquito, y si necesitas hacer «recados» tienes toda la mañana para ello.
Por supuesto, este turno es difícilmente compatible con una vida social que no transcurra de noche, claro. Pero oye, ¡cada uno le saca sus ventajas!

Turno de noche

En la fábrica de un cliente para el que trabajé me contaban lo complicado que era el tema del turno de noche. Si bien no todos los turnos eran iguales, y en el de noche las funciones eran más de complemento a la producción y limpieza, había unas 50 personas que tenían que hacer dicho turno.
Me contaban que durante un tiempo funcionaban con turno rotativo (una semana de mañana, una de tarde, y una de noche) hasta que en un momento hubo una masa crítica de gente que prefería tener turno fijo por la noche, y así quedó fijado ya para todos.
Nosotros estuvimos un día (bueno, una noche, en realidad la primera parte de la noche) haciendo trabajo de campo allí. La verdad es que no tiene pinta de ser nada fácil tener ese turno. Vas al revés que todo el mundo, lo cual puede ser un incordio para tu vida social y familiar. Pero es que además no dejamos de ser animalitos (diurnos, en nuestro caso) y el cuerpo (y la mente) no reaccionan muy bien a las alteraciones de los ritmos circadianos.
En todo caso, creo que es mejor tener un turno fijo (aunque sea el de la noche) que andar cambiando cada semana, porque eso sí que tiene que acabar siendo mortal de necesidad. Aunque parece que hay quien no está de acuerdo (y seguramente tenga razón, yo solo hablo de lo que creo que pasaría conmigo… y ni siquiera lo he experimentado).
PD.- Por cierto, que googleando un poco me he encontrado con un blog llamado Crónicas del Turno de Noche… y es que esto de los blogs es lo que tiene, que hay espacio para todos.