Cuatro imprescindibles para tu mochila profesional

Esta semana participé en la «III Semana Empresa en el Aula» organizada por la Facultad de Ciencias Empresariales y del Trabajo de Soria. Mi objetivo era trasladar a los estudiantes universitarios algunas ideas sobre su futuro profesional con la esperanza de que les sirviese como llamada de atención.

Tras una vida de certidumbres…

La vida del estudiante no es fácil: clases, apuntes, trabajos, horas de estudio, exámenes… por supuesto, todo eso está ahí. También, no nos vamos a engañar, una nada desdeñable parte lúdica. Pero si algo caracteriza la vida del estudiante es la certidumbre. Desde que entras en el sistema educativo, todo está diseñado como un camino perfectamente delimitado. Empiezas en la educación infantil, luego va la primaria, luego va la secundaria, el bachillerato, la universidad… cada una de esas etapas con los pasos bien claros: primero, segundo, tercero… hay alguien que define «qué tienes que estudiar», «de qué te vas a examinar»… y quitando un par de decisiones puntuales el resto del tiempo sabes a qué atenerte.

Pero eso llega a su fin. Estás a punto de terminar la carrera… ¿y después qué? Algunos buscan en un master la prolongación de la vida del estudiante. Y funciona, sí. Durante unos meses. Pero al acabarlo, la pregunta es la misma. ¿Y ahora qué?
Hice un ejercicio con los asistentes a la charla, en el que les pedía que expresasen con palabras concretas las sensaciones que tenían respecto al futuro. Y éste es el resultado…

Miedo, incertidumbre. Normal…

Yo he estado allí

¡Cómo no empatizar con ellos! No hace tanto (bueno, el tiempo es relativo) yo era un jovencito universitario exactamente en la misma situación. Después de años con una visión bastante clara de lo que deparaba el futuro, me enfrentaba a lo desconocido, a un viaje con destino incierto.

Y ahora, veinte años después, estoy en condiciones de contarles qué es lo que hay al otro lado. Lo que no sé es si les gustará lo que tengo que decirles… porque son una serie de verdades incómodas.

Antes de hacer el equipaje…

Si vas a iniciar un viaje… ¿qué metes en tu maleta? Pues depende, claro. Depende del tiempo que vaya a hacer, porque no es lo mismo ir a un destino soleado, con 25 grados de temperatura, que ir a un escenario de viento, lluvia y frío.
¿Qué metemos en el equipaje para nuestro viaje profesional? Pues veamos qué dice la previsión del tiempo…

  • La incertidumbre no termina: podría existir la esperanza de que, pasados unos primeros momentos de adaptación al mundo laboral, la cosa se calma y puede uno volver a estar tranquilo. Vana esperanza. La incertidumbre es la norma, y cada vez más. La tecnología, la demografía, los cambios sociales… todo se acelera. Las normas cambian cada dos por tres. Tendremos muchos trabajos, en muchos ámbitos distintos. No hay forma de relajarse y dejarse llevar. Seremos como Sísifo, condenados una y otra vez a reinventarnos.
  • Nadie nos debe nada: no, da igual que tengas dos carreras y un master. Nadie te debe nada. Nadie tiene por qué asumir la responsabilidad de solucionarte la vida. ¿Es un desengaño para ti? Quizás alguien te prometió lo contrario. O quizás a ti te resultó más cómodo entenderlo así. El caso es que no sucede. Y si te quedas esperando a que te den «lo que te deben»… lo llevas crudo.
  • Hace falta valor: pero no del de «ser valiente», sino del de «ser valioso». «De la petanca no se puede vivir», parece claro. ¿Y qué te hace pensar que de «lo que haces tú» sí, así por decreto? No, las cosas no funcionan así. ¿Por qué alguien va a desprenderse de parte de su dinero? Sólo si lo que tú le aportas a cambio le compensa, si le aportas un beneficio mayor que aquello a lo que renuncia. Ése es el punto de partida. Y luego a ver cómo está la oferta y la demanda en ese campo… porque el que tiene más alternativas para elegir tendrá la sartén por el mango.

Al mal tiempo… paraguas

Ojalá la previsión del tiempo fuese diferente. Pero es la que es, y el viaje hay que hacerlo de todas maneras. Así que veamos, ¿qué metemos en nuestro equipaje? ¿Qué habilidades y herramientas nos pueden ser útiles para afrontar un futuro profesional incierto? Aquí van cuatro:


 
No están todas las que son, pero seguro que sí son todas las que están. Meter todas estas cosas en tu mochila no hará que el tiempo cambie, pero te ayudará a sobrellevarlo mejor. Y desde luego, éstos no son consejos que valgan sólo a «jóvenes universitarios». La previsión del tiempo es la misma para todos. Y en realidad todos estamos haciendo el mismo viaje.
Sigamos caminando.

¿Qué trabajo me pega?


Empecé en twitter en 2007. Desde entonces han pasado más de 10 años, y casi 43.000 tuits. Me atrevería a decir que nadie se los ha leído todos, pero a poco que hayan visto una fracción creo que pueden haberse hecho una idea de mí. Al fin y al cabo, la gracia de twitter es que con su formato de frases cortas animan a lanzar pensamientos «según vienen», sin el proceso de preparación, filtro, edición… que suele afectar a formatos más largos.
El caso es que el otro día se me ocurrió lanzar un experimento. Decía así:

Te pido, follower, que respondas a estas preguntas: ¿Qué tipo de trabajo crees que me encaja mejor? ¿En qué tipo de empresa? ¿Haciendo qué labores? No importa si me conoces de hace mucho o de hace poco, «solo de twitter» o de algo más. Me interesan todas las ideas, ver cuál es la imagen que te has hecho de mí.

Llegaron un puñado de respuestas, que paso a reseñar:

  • Alberto Corsín: «Conociéndote de aquí nada más, algo rollo coaching pro/estrategia/cultura en un sitio donde eso no sea tenerlo por tenerlo sino que sí se tenga en cuenta»
  • Bea Jiménez: «En cualquier empresa mediana/grande, como responsable de organización (de que las cosas fluyan, vamos)»
  • Quintinillo: «Yo te veo en colegios e institutos inculcando nuevos metodos de aprendizaje a profesores y alumnos.»
  • Juan Luis Hortelano: «Yo creo que te encajaría algo alrededor de la responsabilidad social corporativa. O en innovación. Pero te tienen que dejar trabajar, y eso es lo jodido»
  • Alejandro Nieto: «Coach? Formación? Procesos? Algo así»
  • Thibaut Deleval: «Yo te veo encargado de montar el plan para acompañar a hordas de prejubilados en un grupo grande tipo Santander (ayudar a que se reinventen/reciclen)»
  • Javi Consuegra: «Pues yo te veo con gente joven/juniors/becarios…mentorizando sus primeros meses en las empresas para que «aprendan a trabajar»…»
  • Fotógrafaporamor: «Vendiendo coches»
  • Ovidio Vidal: «No se si existe o no ese puesto, pero serias la conciencia de la empresa, el que busca la coherencia en todos los procesos de esta. Antes, durante y despues»
  • Esteban Viso: «Es difícil porque no sé si existe el puesto… Te veo como un «faro» para altos directivos: el tío que se encarga de que la estrategia de la empresa se mantenga con los pies en la tierra, poniendo el valor en el equipo humano y la formación adecuada.»

Es muy interesante, y también puede llegar a ser muy sorprendente, conocer «cómo te ven» desde fuera. Ya lo había hecho en alguna ocasión en el ámbito de un proyecto, y otra vez en redes sociales (en aquella vez era «descríbeme con una palabra«) aunque esta vez pretendía concretarlo mucho más en un «puesto de trabajo». Te refuerza en algunas de tus visiones, y a la vez desafía otras que puedas tener. En todo caso, te hace pensar.
Qué valor puedo aportarle yo a una organización o a un proyecto es algo a lo que no he dejado de darle vueltas a lo largo de los años. Curiosamente, varias de estas respuestas enlazan con una reflexión que hice hace unos meses:

«Creo, sin falsa modestia, que por mis características puedo ser muy valioso dentro de una organización o proyecto. Tengo visión de conjunto, y “me entiendo” con perfiles muy distintos. Hablo “sistemas”, hablo “finanzas”, hablo “RRHH”, hablo “operaciones”, hablo “estrategia”. Soy de construir consensos y de tender puentes, más que de buscar conflictos. Tengo buenas dotes de análisis y de síntesis, lo que me permite poner el foco en lo importante, y mantener ese rumbo sin dejar que los detalles te acaben desviando. Comunico bien, y creo que soy muy “tratable” y cercano en las distancias cortas lo que me ayuda a “ganar adeptos” para la causa, y a trabajar “resistencias” cuando aparecen. En resumen, un perfil transversal que ayuda a que las cosas fluyan dentro de una organización, un “lubricante”. Una amiga y ex-compañera me definía como “el muelle” que hacía que las distintas partes del mecanismo funcionasen mejor entre ellas, que aportaba coherencia y visión de conjunto; siempre me sentí identificado con esa metáfora.»

Ahí están la coherencia, ahí está el «hacer que las cosas fluyan», ahí está el «mantener los pies en la tierra». El problema es que hay un «pero». Como dicen Ovidio o Esteban, «no sé si existe ese puesto«.

«La paradoja reside en que este valor es difícil de vender. Se manifiesta y florece una vez que estoy dentro de un proyecto o de una organización, pero no es un buen argumento de entrada. Las empresas tienden a buscar “posiciones” (sea un “director de RRHH”, un “jefe de proyecto especializado en no sé qué tecnología”, etc.), y se centran en personas que “aporten experiencia acreditable en posiciones equivalentes”. O buscan un consultor “para hacer un proyecto concreto”, y restringen su búsqueda a los que se declaran “especializados” en ese ámbito. Y ahí mi perfil no destaca, mi valor no es evidente. Lo cual hace difícil “meter el pie” y empezar a hacer lo que sé hacer, mientras que otros con un perfil menos valioso pero más “concreto” pasan por delante de mí.»

Otra rama de las respuestas habla de algo que, hasta estos últimos meses, he pasado por alto: el «coaching«. De forma más genérica, o más concreta. No es la primera vez que me lo dicen, y ése es uno de los motivos por los que últimamente le estoy prestando una atención más consciente a esa materia:

Cuando comparto reflexiones sobre mi trayectoria profesional, hay personas que me lanzan una idea: que me ven en el rol de “coach”. Es algo a lo que intuitivamente le tengo cierto recelo, pero cuando no son una ni dos ni tres las personas las que te lo dicen, empiezas a darle alguna vuelta más. Lo cierto es que siempre me ha gustado ejercer una cierta labor de “referente”. Me gusta que otras personas se acerquen a mí porque sientan que les puedo aportar algo.

En fin, lo dicho, un experimento interesante. ¡Agradecido quedo a todos los que contribuyeron a él! Y si alguno más se anima a profundizar en comentarios, yo encantado 🙂

Da igual lo que quieras ser de mayor


Estuve en este evento sobre «el futuro del empleo» (está bastante interesante, especialmente la mesa redonda) y, en un momento dado, el divulgador Pere Estupinyà planteaba una reflexión interesante sobre esa pregunta tan clásica… «¿Qué quieres ser de mayor?»

¿Qué quieres ser de mayor?

Es la típica pregunta que se les hacía (y todavía se les hace, supongo) a los niños. Es gracioso ver como sus mentes infantiles van respondiendo según los estereotipos sociales. Quiero ser astronauta, o policía, o médico/a, o veterinario/a, o profesor/a, o artista, o cocinero/a, o escritor/a, o youtuber… Evidentemente en niños pequeños es totalmente intrascendente, su conocimiento del mundo es limitado y cualquier respuesta que den no va más allá de generar un momento «cuqui».
La cuestión es que, a medida que van creciendo, la pregunta se les va repitiendo. Y ya no tiene tanta gracia. «¿Ya tienes pensado a qué te quieres dedicar? ¿Qué vas a estudiar?». Su conocimiento del mundo sigue siendo limitado (aún me acuerdo de mí mismo diciéndome que querría ser «ingeniero», sin tener ni puñetera idea de lo que implicaba ser un ingeniero… no, al final no fui por ahí), pero la presión crece.
Y no desaparece. En realidad a medida que transcurre nuestra vida seguimos azotándonos con la pregunta… «¿Dónde te ves dentro de cinco años?» no deja de ser la traslación adulta del «qué quieres ser de mayor». Si en vez de «cinco años» pensamos en veinte, o en treinta… dan escalofríos.

De mayor vas a ser muchas cosas…

La cuestión es que, como planteaba Pere, se trata de una pregunta que si en algún momento tuvo sentido, desde luego ahora ya no lo tiene. «De mayor» vas a ser muchas cosas, porque no vas a tener una «profesión para toda la vida». Vas a ir desempeñando muchos roles a lo largo de los años, y seguramente sean muy dispares. Distinta ocupación, distinta responsabilidad, distinto sector, distinto lugar, distintas habilidades requeridas…
A veces, de hecho, esos roles se desarrollarán en paralelo: vas a participar en un proyecto ejerciendo de una cosa, mientras que eres voluntario en una asociación, das clases en un master, eres presidente de la comunidad, inversor en un negocio, entrenador del equipo de fútbol de los niños, cuidador de una persona mayor… todo a la vez, sin posibilidad de separar lo uno de lo otro.
Es más, de todas esas ocupaciones diversas que vas a tener a lo largo de tu vida, muchas de ellas ni siquiera eres capaz de conceptualizarlas, ni de saber que van a existir. Piensa en cómo ha cambiado el mundo en los últimos 30 años… ¿te imaginas cómo puede ser dentro de otros 30? Y si piensas en tus hijos… ¿cómo era la vida 50 años de que ellos nacieran, y cómo será cuando ellos tengan esos 50 años? ¿Cómo les vas a pedir que sean capaces de imaginar «qué van a ser de mayores»?

Una pregunta inútil

En este contexto de incertidumbre y de dispersión de opciones, parece claro que «qué quieres ser de mayor» no es una pregunta especialmente útil. Quizás haya que pensar en otras. Como por ejemplo, «qué herramientas vas a desarrollar para poder adaptarte a todos esos cambios».
Por eso lo que estoy haciendo con Skillopment me resulta estimulante; porque desde esa perspectiva de incertidumbre (o mejor aún, de certidumbre en la inestabilidad y en la variabilidad) es clave ser consciente de que tus habilidades son las que te van a permitir adaptarte a los escenarios que surjan. Y que cuanto más ágil seas a la hora de desarrollar esas habilidades, mejor.
En la vida te va a tocar tirar muchas veces los dados. Y ya sabes, cuantas más habilidades tienes y más desarrolladas están, más probable es que tengas suerte.

Mi plan 2017-2018

Antes de empezar…

Aviso, éste es un post largo. Me ha costado un montón escribirlo, y no sólo por la longitud. Probablemente sea el post más personal que he escrito en todos estos años. De hecho, una vez terminado, me da cierto apuro ponerlo en público. Pero ése ha sido parte de mi problema durante mucho tiempo: la tendencia a guardarme para mí determinadas cosas, y rumiarlas en solitario (o simplemente evitarlas, según la ocasión). Habla sobre mi situación profesional, cómo he llegado hasta aquí, y qué quiero del futuro.

Un nuevo curso

Termina agosto, y en breve volverán las rutinas. Aunque hace ya 18 años que terminó mi vida de estudiante, los “cursos escolares” no han dejado de tener para mí su relevancia tanto en el ámbito profesional como en el personal. Diría que más incluso que el cambio de año natural. Todo empieza de nuevo, hay que preparar las mochilas, los lápices y los cuadernos, con esa mezcla de ilusión e incertidumbre por lo que nos traerá el nuevo curso. Es el momento de pararse, reflexionar, mirar al futuro y planificar (si quieres, tú puedes hacer un ejercicio parecido con la rueda de la vida)

Un poco de contexto

Tengo 41 años, camino a los 42. Y nunca he tenido claro qué hacer en la vida.

Es una confesión dura, que me ha costado poner negro sobre blanco. Pero es así. Ya desde bien joven envidiaba a quienes tenían algo parecido a una “vocación”. Más adelante también he envidiado a quienes guiaban sus pasos profesionales con cierto sentido de “carrera”, tomando decisiones que les hacían avanzar hacia algo.
Yo nunca fui así. Se me daban bien los estudios. Estudié Administración y Dirección de Empresas, pero igual podría haber estudiado Ingeniería (estuvo encima de la mesa hasta que pude ver un listado de asignaturas y me di cuenta de que ni entendía de qué iban la mayoría de ellas, ni sabía a qué se dedicaba en realidad un ingeniero… solo sabía que “los que tienen buenas notas pueden ir allí”). Cuando acabé la carrera, empecé a trabajar en una firma de servicios profesionales como podía haber empezado en un banco de inversión: eran el tipo de empresa que iban a mi Universidad a hacer procesos de selección, y fui allí donde me cogieron (junto con otro buen puñado de compañeros de promoción). Era uno más de los “consultores junior”, y si acabé haciendo proyectos de consultoría de RRHH y formación fue por puro azar (podrían haberme asignado a implantar SAP, o a hacer proyectos de normativa financiera, y la historia hubiese sido distinta). Cuando me pasé al “blogging profesional” fue porque un día se me ocurrió ir a un evento de “blogs y empresas”, y porque coincidió que Julio estaba poniendo en marcha su proyecto. Mi proyecto más significativo de los últimos años, que se convirtió en toda una etapa profesional, surgió por una llamada de un conocido que “buscaba a alguien que supiese de Excel”. Y así tantas otras situaciones que me han llevado hasta aquí; una hoja movida por el viento.
Y conste que sé que no puedo quejarme. La vida me ha tratado bien. He trabajado en sitios interesantes, con gente interesante. Me han pagado bien. Pero cuando leo a Covey, o a Allen, o a Robbins… no puedo evitar una punzada de angustia. Todos hablan de la importancia de la visión, de “empezar con un fin en mente”, de “saber cuáles son tus objetivos a largo plazo”. Y yo, cada vez que he intentado mirar ahí y definir ese “futuro deseado”, me he encontrado mirando a un pozo negro. Como consecuencia, siempre he tenido la sensación de carecer de esa guía, esa fuerza motivadora, que te da el saber a dónde vas y lo que quieres conseguir. Lo cual en determinados momentos puede no importar demasiado (por ejemplo si estás en la rutina de un trabajo en el que simplemente son otros los que tiran de ti), pero que en otros (como cuando todo depende de tu impulso) puede ser devastador.

El punto de partida

Desde que acabó mi última etapa profesional digna de llamarse así (con recurrencia, estabilidad en los ingresos y un cierto “sé a lo que me estoy dedicando”) han pasado dos años y medio. En este tiempo no he hecho nada relevante. Es así de crudo.

Los primeros meses fueron de “reposo”, de lamerse un poco las heridas profesionales (no me di cuenta en el momento, pero aquella etapa me dejó más cicatrices de las que pensaba) y sobre todo de recomponer muchas cosas a nivel personal (fueron cuatro años de disociación entre el yo que trabajaba en Madrid y el yo que tenía una familia en Aranda; y aunque parecía que “lo llevaba bien” fue necesario un periodo de reajuste). No me urgía trabajar, necesitaba dejar que las cosas se asentasen y se fuesen encajando por sí solas. En estas surgió a través de un amigo un proyectito de consultoría para una pequeña empresa, que podría haber estado bien pero que acabó de forma abrupta tras un par de meses (no estaba la situación financiera de la empresa para consultorías de ningún tipo… de hecho quebró).
Mientras tanto, yo conceptualizaba Kuraĝigi, una marca para hacer consultoría. ¿Habéis oído hablar de ella? Seguro que no, porque después del impulso creativo inicial, no puse ningún interés en promoverla. Me di cuenta de que aquello no fluía. Podía tener sentido conceptualmente, pero era yo intentando encajar en un rol que se suponía que me iba bien (al fin y al cabo eso es lo que mi trayectoria dicta que soy, ¿no?), pero que no me encajaba, no me inspiraba, no me ponía en marcha. No tenía alma. Y eso, cuando eres tú el que tiene que tirar del carro, no funciona.
Pasados unos meses, surgió la oportunidad a través de un antiguo compañero de volver a explorar la “gran consultoría”. De vuelta a las Big Four. De vuelta a intentar encajarme en el molde de “lo que se supone que soy”… Pero la realidad es tozuda. El choque de culturas fue brutal… si ya diez años antes había salido por patas de aquel mundo, regresar a estas alturas de la vida produjo unos chirridos escalofriantes. Afortunadamente lo habíamos planteado con toda la honestidad y todas las precauciones del mundo como una colaboración “para ver qué tal encajamos”, así visto lo visto tras un par de meses y un proyecto lo dimos por cerrado. No, mi futuro tampoco iba por ahí.
Ha sido (está siendo) un periodo extraño. Aunque en realidad siempre ha sido más o menos igual, en cuanto a no saber qué estaba haciendo; solo que durante la mayor parte de mi carrera hacía un trabajo por el que me pagaban a fin de mes (aunque no me convenciera), y ahora no. Al principio, como digo, lo viví con calma. Una especie de “sabático”. Había colchón, podía permitírmelo, y necesitaba que las cosas volviesen a su cauce. Sabía que debía hacer una reflexión sobre el futuro profesional, pero siempre encontraba la excusa para posponerla. “No corre prisa”, me decía, “un día lo verás con claridad”.

Pasaban los meses, y la inquietud iba creciendo de forma sorda. Esa inquietud me llevó a mover algunos hilos, pero de nuevo sin haber hecho la reflexión de calado, sin haber resuelto el problema de base. De nuevo sin visión. Mientras tanto, las conversaciones con amigos y conocidos se hacían cada vez más incómodas. “En qué estás, qué estás haciendo, ¿tienes ya trabajo?”. Al principio no me costaba defender mi “periodo de reposo” (lo hacía incluso con orgullo), pero con el paso de los meses las miradas se tornaban más escépticas, y yo me revolvía más en mi asiento. Empecé a “torear” las preguntas con respuestas del tipo “bien, con mis proyectos, ya sabes”. O a evitar directamente situaciones donde pudiese darse esa conversación. Don’t ask, don’t tell. Mejor no hablar de eso, porque hablar de esto supone enfrentarme a pensamientos que dan miedo. “¿Cuanto tiempo vas a estar así? Tendrás que hacer algo con tu vida, ¿no? Porque el dinero se acabará en algún momento. Pero realmente… ¿para qué vales? ¿de qué vas a vivir? ¿y si te has equivocado? ¿y si te has metido en un lío del que no puedes salir?”.
He gestionado esa inquietud creciente como he podido. Afortunadamente no he caído en la rumiación excesiva (aunque ha habido su buena ración de días grises), pero para ello me temo que sí he abusado de la evitación. “No pasa nada, dejemos que la vida siga su curso”. Pero al final, la realidad es la que es; y si quiero que cambie, tengo que hacer algo al respecto. Y lo primero es abordar el problema de fondo.

La visión

Antes me he definido como algo parecido “una hoja movida por el viento”. Como que he llegado hasta aquí fruto de las circunstancias. Pero eso no es exactamente así. La realidad es que he tomado decisiones de bastante calado a lo largo de mi vida. Decidí abandonar la carrera de consultor, porque aquello no iba conmigo. Decidí dejar de vivir en Madrid, porque aquello no iba conmigo. Dejé de escribir en blogs comerciales, primero, y de promover blogs para empresas después, porque aquello no iba conmigo. Cerré mi última etapa profesional cuando vi que aquello había dejado de tener sentido. Durante mucho tiempo he pensado en mí como alguien “sin una visión que le motive a hacer cosas”, pero lo cierto es que he hecho muchas cosas y he tomado muchas decisiones en mi vida, siempre a la búsqueda de “algo más”. Quizás algo etéreo, algo que nunca he sido capaz de conceptualizar, pero que desde luego me ha dicho “por aquí sí” y, sobre todo, “por aquí no”.
En el relato de esta última época me he saltado algo importante: Skillopment. Lo que empezó como un par de reflexiones en el blog se consolidó en una charla, que luego pasó a ebook, que dio lugar a una reordenación de los contenidos del blog, y a lanzar una newsletter, y un podcast, a plantear hacer cursos… A diferencia de otras cosas que he intentado poner en marcha, siento que esto fluye. Es una iniciativa con la que me siento cómodo, en la que creo, y que (casi sin darme cuenta) me impulsa a hacer cosas, a probar, a salir de mi zona de confort. En definitiva, me ilusiona. Quiero ver en ella la demostración de que “la hoja mecida por el viento” no está tal, de que esa visión sí existe, y que el reto está en ser capaz de acotarla primero, y de actuar en sintonía con ella después.

En los últimos tiempos he venido haciendo un esfuerzo para intentar trasladar a palabras esa visión. No está siendo fácil, y creo que sigue siendo un trabajo en curso, aunque me siento cerca de una versión satisfactoria (un “mínimo producto viable” de visión, si queréis). Curiosamente, 12 años de blog me han ayudado bastante porque, cuando uno mira atrás, se da cuenta de que hay una serie de “obsesiones” que aparecen de forma recurrente. Estaban ahí todo este tiempo, esperando a ser condensadas.
Así pues, ¿cómo aspiro a que sea mi vida?

  • Consciente: siempre me ha dado pánico el meterme en esa rueda en la que desconectas el pensamiento, y vas de casa al trabajo, y del trabajo a casa, y de ahí a hacer zapping o a mirar Facebook o a evadirte en fines de semanas y vacaciones para volver a empezar, cualquier amago de reflexión ahogado rápidamente por la rutina. Quiero darme cuenta de las cosas, quiero fijarme en lo que está bien, y en lo que está mal. Es verdad que la consciencia a veces trae dolores de cabeza, o te pone frente a frente a realidades desagradables o decisiones difíciles. Pero también es la que te permite disfrutar de las cosas y avanzar.
  • Dirigida: vinculada a la consciencia, es en realidad el paso siguiente. De nada vale ser consciente de lo que pasa si luego no actúas. Si no trasladas todo lo que hay en tu cabeza a la realidad, a acciones, a hábitos… que te lleven al destino al que aspiras, para tener en tu vida más de lo que quieres, y menos de lo que no quieres.
  • Equilibrada: el ocio y el trabajo, lo creativo y lo productivo, lo físico y lo intelectual, lo solitario y lo social, la familia y los amigos, lo divertido y lo serio, la calma y la aventura, lo material y lo “no material”, el campo y la ciudad… la vida está hecha de dualidades, o más bien, de relaciones múltiples complejas unidas a una limitación (de tiempo, de energía) que hace difícil mantenerse en un punto en el que todo conviva en armonía. Pero pese a la dificultad, incluso asumiendo que ese equilibrio será dinámico y necesariamente flexible, se trata de evitar que pase demasiado tiempo prescindiendo de algo importante.
  • Autónoma: nunca me he sentido bien en entornos gregarios, aceptar cosas por el mero hecho de que otros las dicen. Necesito poder mantener mi independencia, mi libertad. Ser el dueño de mis palabras, de mis compromisos, de mis decisiones. Hacer las cosas a mi manera. Escuchar a los demás, claro, pero reservándome la última palabra. Hacer las cosas convencido es la única manera que conozco de hacer las cosas.
  • Acompañada: tiendo a la soledad, a la independencia y a la introversión. No me interesa “la gente” en términos generales, y me cuesta “ser sociable” así porque sí. Y sin embargo, de vez en cuando aparecen personas con las que me siento bien. Personas con las que tengo feeling, con la que hay una afinidad más profunda. Quiero rodearme de personas así, compartir más momentos, más cafés, más conversaciones, más proyectos…
  • Variada: y aquí es algo llamativo, porque vivo con una dualidad curiosa. Porque para algunas cosas soy totalmente un “animal de costumbres”, poco dado a las sorpresas y con cierta aversión al cambio (nunca he necesitado de experiencias novedosas, viajes a sitios exóticos, hacer cada fin de semana un plan distinto…) pero, sin embargo, a nivel intelectual (tanto en lo profesional como en las aficiones) me aburro con facilidad y enseguida busco nuevos estímulos. La idea de tener un trabajo repetitivo, o de hacer varias veces un proyecto que ya he hecho… me da escalofríos. Me interesa explorar, entender nuevas realidades, darle vueltas a cosas diferentes, aire fresco.
  • Con impacto: tanto a nivel personal (que las personas que se relacionen conmigo consideren que su vida es aunque sea un poquito mejor por ello), como a nivel profesional. He tenido mi dosis de proyectos y trabajos en los que pensaba “y todo esto… ¿para qué vale?”. La consciencia de que todo aquel tiempo, esfuerzo y dinero empleados no servía para absolutamente nada me machacaba. Sí, me pagaban por ello… pero aspiro a otra cosa.
  • Honesta: nunca me ha gustado guardas las apariencias, decir una cosa en un sitio y otra en otro, el postureo… entiendo que hay que vivir en sociedad, y a veces hay que hacer concesiones. Pero quiero que lo que digo, lo que pienso y lo que hago estén lo más cerca lo uno de lo otro.
  • Sostenible: la pieza clave. Porque a veces parece que no sea posible, que para “poder comer” hay que renunciar en mayor o menor medida a muchas de las cosas a las que aspiro. Pero la sostenibilidad es el objetivo. Nunca he querido “hacerme rico”, ni todo el status que parece que viene con el dinero; me vale con poder vivir con un mínimo de bienestar.

La buena noticia es que creo que, en bastantes aspectos, no estoy tan lejos. De una manera quizás no explícita, esa “visión” ha motivado muchas de las decisiones que he ido tomando a lo largo de los años y que me han traído hasta aquí. E incluso cuando veo las cosas más grises, miro alrededor y me encuentro muchas cosas buenas y pienso que “algo habré hecho yo”.
Pero por supuesto, faltan cosas. Nunca me he considerado ambicioso en el sentido habitual del término (el dinero, el poder, el éxito, la posición social…) y sin embargo, cuando pienso en mi visión, me doy cuenta de que es verdaderamente ambiciosa. Un auténtico desafío. ¡Habrá que ponerse manos a la obra!
Fruto de toda esta reflexión, estos son los cinco vectores principales que quiero que guíen mi actividad en este nuevo curso

Skillopment…


Quiero seguir construyendo Skillopment, dándole visibilidad y creando reflexiones y herramientas valiosas para que los individuos y las organizaciones fomenten el aprendizaje y el desarrollo eficaz de habilidades.
Lo he dicho más arriba: Skillopment llegó de una forma discreta y poco a poco, de manera muy orgánica, ha ido creciendo y tomando protagonismo. Me gusta la pinta que va teniendo. Me gusta el discurso, me lo creo, me parece interesante, positivo, útil y que merece la pena; no solo por la parte de la “eficiencia” (aprovechar mejor el tiempo que pasamos aprendiendo) si no también por la finalidad (cuantas más habilidades tienes, y más desarrolladas están, más probable es que tengas suerte). Un mensaje que en este mundo complejo en el que vivimos creo que es importante difundir. Exageraría si dijese que se va a convertir en mi “cruzada personal”, pero casi.
Puedo visualizarme haciendo de Skillopment mi dedicación principal, y me gusta lo que veo. Haciendo charlas por ahí, creando contenidos, ayudando a individuos y a organizaciones a mejorar la forma en la que se aprende… Hay algunas cosas en las que ya he ido avanzando: alguna charla, el ebook, la lista de correo, el podcast… Alguna más está en desarrollo, como cursos (presenciales y online). Como “deberes” me tengo que plantear darle visibilidad de forma más decidida (especialmente la idea de buscar más oportunidades de hacer charlas, artículos en otros sitios, estrechar lazos con iniciativas afines, etc…) y de buscar un equilibrio entre la “difusión gratuita” y la sostenibilidad económica. En este sentido la idea de cursos y talleres puede tener sentido (pero está por demostrar que haya alguien al otro lado que quiera pagar por ello; también tengo que aprender mucho sobre la distribución de este tipo de iniciativas), al igual que determinados servicios a empresas.

… y otros terrenos relacionados con mi visión


Realmente, cuando pienso en Skillopment, no lo veo como una iniciativa aislada. Forma parte de una gran constelación de ideas que orbitan todas alrededor de los elementos que planteaba en mi visión. Antes mencionaba las “obsesiones” que a lo largo de los años he ido plasmando en el blog, y es a esto a lo que me refiero. Skillopment quizás es la primera que ha tomado una forma más concreta, más “accionable”, pero hay otras que siguen en forma menos definida pero que me atraen igual, en las que creo y que creo que merece la pena difundir. Algunas más personales, otras más profesionales. La consultoría artesana, las metodologías ágiles, los profesionales independientes y las nuevas formas de organizar el trabajo, la carrera profesional, la “conciliación” de vida personal y profesional, los hábitos, la autoconsciencia, la efectividad, el minimalismo, el pensamiento crítico, las organizaciones centradas en las personas, la gestión humanista, los ecosistemas económicos de las ciudades pequeñas, la paternidad… en fin, los que me leéis de forma habitual ya sabéis que hay una serie de cosas sobre las que vuelvo de forma recurrente. Son esas cosas en las que piensas cuando nadie te obliga.
La idea es seguir “rumiando” sobre todas esas ideas. En el blog, en el canal de Youtube… No solo por reflexionar en voz alta, si no también intentando difundir esas ideas que creo positivas y atraer a más personas hacia ellas.
Habrá quien diga que eso es diluir el foco, pero yo no lo veo así. Creo que, dentro de su aparente dispersión, son temas que tienen relación entre sí, que forman parte de una forma determinada de ver el mundo. Explorarlas es, en primer lugar, un ejercicio de autoafirmación y de consolidación. Creo que refuerzan y dan consistencia, más que diluyen, mi “marca personal”. Además, hacerlo en público creo que me permitirá conectar con personas afines, construir relaciones enriquecedoras (como ya ha venido sucediendo a lo largo de estos años) y abrir las puertas a oportunidades que vayan en sintonía con lo que quiero.
El objetivo es dejar que todas estas ideas vayan fluyendo, sin expectativas a priori, pero abierto a que surjan oportunidades de darles forma más concreta/productiva. Quizás un día me apetezca escribir un texto un poco más largo sobre alguna de esas cosas, o preparar una charla, o participar en un proyecto, o idear un curso… y ver qué sale de todo ello.
Dentro de este punto, hace poco un amigo me decía que me veía en el rol de “coach”. Me hizo pensar, porque cuando alguna vez me lo he planteado… me cuesta verlo. Es verdad que, a lo largo de los años, me he dado cuenta de que hay personas a las que les genero confianza, que me utilizan como “frontón” de sus ideas y que encuentran en lo que les digo (a veces por cosas que escribo en el blog; a veces por intercambios individuales tanto en el ámbito personal como en el profesional) elementos interesantes de reflexión. Y me resulta muy satisfactorio, la verdad; lo que quizás me cuesta más es la idea de transformar esos intercambios en algo más formalizado, estructurado y “con precio”. En decir que “ofrezco ese servicio”. Pero quién sabe…

El consultor siempre estuvo allí


A lo largo de los años he reflexionado mucho sobre la consultoría. Sobre lo que es realmente, y sobre muchas cosas que se llaman “consultoría” pero que no lo son. La consultoría de verdad tiene mucho de exploración, de generación de complicidades, de confrontación de ideas, de intervención a muchos niveles en la organización, de acompañamiento a lo largo del tiempo; no de diseño e implantación de proyectos prefabricados, ni de externalización de tareas o decisiones que son propias de la organización. Durante mucho tiempo me he sentido muy ajeno a la etiqueta de “consultor”, porque la industria como tal me resulta decepcionante.
Y sin embargo, la consultoría de verdad me sigue resultando atractiva. Mucho. Llegar a una organización, empezar a explorarla y a entenderla, a establecer conexiones, a proponer cosas y ver cómo resultan… Es apasionante, y además creo que tengo la experiencia y los recursos necesarios para hacerlo bien. Desde luego, sí me veo en el futuro haciendo ese tipo de colaboraciones con empresas. El problema es que es un tipo de consultoría muy específica, muy “alternativa” (en términos de lo que se ve en la industria y de lo que los clientes están acostumbrados a comprar), difícil de poner en el mercado, que requiere que se den una serie de condiciones de confianza difíciles de encontrar, que tiene sus tiempos…
En todo caso, sí quiero promover ese tipo de proyectos. Todavía no sé muy bien cómo, pero quiero que estén en mi “menú” de futuro profesional.

La compañía de los afines


Lo decía en la visión. Quiero una vida “acompañada”, quiero rodearme de gente afín, con la que tenga ese feeling que no es tan fácil de tener. Quiero compartir charlas, lecturas, momentos, alegrías y zozobras… Quiero conocer sus proyectos, ofrecerles mi ayuda y aceptar la suya, quiero ponerlos en contacto entre ellos, quiero ayudarles a pensar y que ellos me ayuden a mí, quiero abrirme a colaborar…
Como he dicho más arriba, en general tiendo a la soledad y a la introversión. No soy un ser “sociable” por naturaleza. Gracias a las redes sociales he ido construyendo un entorno de “personas con las que tengo feeling”, pero a veces tengo la sensación de que me ha faltado un poco más de resolución a la hora de fortalecer esas relaciones, de dar un paso más y hacerlas más sólidas. Con algunos he dado más pasos, pero aun así creo que puedo hacerlo mejor; proponer vernos a menudo, conversaciones por skype, exploración de posibles colaboraciones, etc…
Desde hace mucho tiempo tengo una especie de “mantra”, que es “mover el árbol”. Creo que muchas veces hacemos cosas sin la seguridad de que obtendremos resultados directos, pero convencidos de que es algo positivo y que tarde o temprano, de una forma directa o indirecta, acabará volviendo a nosotros. Hacer cosas, y ver qué sale. Pues se trata de eso mismo pero aplicado a las personas; cultivar esas relaciones de forma positiva, desprendida… y ver qué sale. Y disfrutar en el camino, que ya en sí mismo es una recompensa.
Por otro lado, creo que es importante abrir el abanico de esas relaciones. Se da una paradoja, y es que soy quisquilloso con la gente con la que quiero relacionarme. Es decir, no me vale cualquiera… lo cual, por estadística, me obliga a salir mucho y conocer a mucha gente nueva (dado que a la gran mayoría las voy a acabar “descartando”), lo cual va en contra de mi naturaleza introvertida. Es algo a lo que le he dado muchas vueltas, y sin duda me he dejado llevar demasiado por esa naturaleza “introvertida”. Si quiero ampliar mi círculo de “gente con la que tengo feeling”, tengo que exponerme mucho más, dejarme ver mucho más, ir a más sitios… No será fácil ir contra natura, pero quien algo quiere, algo le cuesta.

Pero hay que comer…


Y llegamos a la madre del cordero. Por que todo lo que he planteado más arriba es estimulante, apetecible, lo que quiero seguir construyendo. Y creo que tiene potencial de ser “rentable”, de ofrecer una vía de ingresos recurrente y sostenible… con el tiempo. El objetivo es que sea así, que cada vez vengan más ingresos por esas vías, y que esa evolución se produzca lo más rápido posible. Pero la realidad es la que es, y las facturas hay que pagarlas hoy. No es urgente, todavía tengo colchón, pero el colchón mengua, y hay que seguir abasteciéndolo. Toca ponerse el mono de trabajo y, mientras sigo construyendo ese futuro, hacer algunos trabajos alimenticios.
Afortunadamente, me encuentro muy cómodo con la idea de la “gig economy”, es decir, la posibilidad de establecer colaboraciones puntuales sin necesidad de un compromiso mayor. No necesito integrarme en tu estructura, no tengo intención de “hacer carrera”, no compito por un puesto. De hecho, no quiero dedicarme a esto en el futuro. Simplemente vengo, hago un trabajo, lo cobro y tan amigos. Creo que hay muchas situaciones en las que pueden ponerse en valor mis habilidades, conocimientos y experiencia de estos 18 años, y creo que hay espacio para hacerlo en una relación “no exclusiva”, que me ocupe x días al mes, o quizás periodos más intensos pero intermitentes.
¿Qué tipo de cosas tengo en mente? Por ejemplo, formación (presencial u online) en temas variados (habilidades directivas, RRHH, internet…). También proyectos de consultoría más “típica”, tanto en materia de organización y gestión de personas como en temas más de procesos, estrategia, tecnología… Gestión de proyectos. Coordinación de equipos editoriales. Apoyo a la gestión general. Etc. En definitiva, cualquier cosa que haya hecho ya o en la que entienda que mi experiencia, conocimiento y recursos pueden ser útiles y ponerse en valor.
Aquí el reto es doble. Por un lado, generar los contactos necesarios para procurarme ese tipo de colaboraciones; y hacerlo de una manera honesta, planteando claramente lo que yo puedo ofrecer y también los términos en los que lo ofrezco. Y por otro lado gestionar mis propias sensaciones: ya sé que estas cosas no son “lo que quiero hacer”, pero si he llegado a la conclusión de que es “lo que tengo que hacer”, toca hacerlo y punto. Es algo que en el pasado no he gestionado bien, y tengo que partir de la aceptación de esa realidad para poder mejorarlo.
¿Descarto entonces la posibilidad de tener un trabajo más… “estable”? No necesariamente. Dentro de mi esquema mental, la idea de las “colaboraciones puntuales” tiene más sentido en la medida en que me permitirían (a priori) equilibrar mejor el tiempo que dedico a “mis cosas”, y también creo que tiene más sentido para las organizaciones con las que colabore (siempre he pensado que asumen menos riesgo). Pero quizás surja la posibilidad (o la necesidad) de tener que darle un carácter más “formal” a la relación, bien sea a tiempo parcial o a tiempo completo, por un periodo determinado de tiempo. Y si eso surge, aunque no es mi prioridad, no estoy cerrado en banda ni mucho menos. De hecho, incluso me planteo la posibilidad de ponerme a “hacer entrevistas” de forma proactiva, como mecanismo para “mover el árbol” que decía antes. Al fin y al cabo, si se trata de pagar las facturas, habrá que mover el árbol de todas las maneras posibles porque nunca se sabe por dónde va a saltar la liebre.

Preparados, listos… ¡ya!

La reflexión queda hecha, y es el momento de actuar. Del dicho al hecho hay mucho trecho, y lo complicado es gestionarse a uno mismo, pero tengo la esperanza de que con las ideas más claras sea más sencillo.
«Vamos a hacer el camino, con decisión y coraje».
PD.- No sé qué impresión dará esto leído desde fuera. Pero realmente para mí poner todas estas ideas negro sobre blanco ha sido (está siendo) un proceso introspectivo bastante intenso. Enfrentarme a la realidad, a mis debilidades, a mis dudas, a mis autoengaños… Muchas veces siento que me muevo en la bipolaridad del iluminado, con días donde siento que estoy yendo por donde merece la pena ir aunque sea a contracorriente, y otros donde siento que soy un loco al que se le ha ido la olla, un inconsciente que busca lo que no existe y que se está despeñando. Aparte de servirme para ordenar mis pensamientos, compartir estas reflexiones en público le añade un componente de catarsis que espero que cumpla su función. Quizás además dé lugar a conversaciones interesantes que me sirvan para profundizar. A los amigos que habéis leído hasta el final… gracias :_). ¡Cuento con vosotros!

Dudas de fe para tiempos líquidos


He pasado un par de días en Madrid en los que he tenido la ocasión de tener un puñado de charlas interesantes. Siempre da gusto juntarse con gente sin «agenda», sin unos objetivos, simplemente por el placer de charlar y compartir ideas.
Una de las reflexiones que se han repetido tiene que ver con los «tiempos líquidos«. Con esa sensación de inestabilidad (en el ámbito profesional, sobre todo; pero con incuestionables implicaciones en el personal) en la que vivimos. Que el mundo avanza a toda velocidad, que las relaciones profesionales/laborales cambian, que los límites entre lo profesional y lo personal se difuminan…
Todas las conversaciones coincidían en algo: que éste es un mundo incómodo, que nos obliga a estar en alerta permanente, dispuestos a cambiar.

Es mucho más incómodo en el día a día, claro (ese cuestionamiento permanente de si estaré haciendo lo correcto, de si voy bien, de si estoy adaptándome correctamente a todo lo que sucede, de cuáles son las alternativas… puede ser agotador)

Incluso los que estamos convencidos de que esto es lo que hay tenemos que vivir con esa incomodidad. Y echamos de menos (a veces) un escenario distinto, de calma, de paz, de certidumbre, de rebajar el nivel de alerta. Y a veces nos entran dudas. Porque sí, creemos que todo apunta a que ese escenario no es posible (y si no es posible, es tontería torturarse con desearlo). Pero por otro lado vemos gente que vive en esa «realidad alternativa» de la nómina fija y la tranquilidad respecto al futuro. Una «realidad» que yo no creo cierta, que no es más que un escenario de cartón piedra que tranquiliza conciencias, un Matrix que tarde o temprano acaba cayendo. Pero mientras tanto…
Es difícil vivir en la incertidumbre y la complejidad, y a veces echas de menos un poquito de «simple but wrong» o de «mentiras reconfortantes«.

El knowmad y el curriculum: herramientas antiguas para nuevas realidades

«¿Me mandas un curriculum para los de RRHH?». Me quedé pensando. ¿Un curriculum? ¿Cuánto hace que no hago mi curriculum? Debo tenerlo por ahí, por algún lado. Buf. ¿Y cómo consigo que refleje lo que soy?

Hacía ya varios años que había dejado de tener (y de buscar) «un puesto de trabajo». Mis actividades profesionales eran variadas, proyecto a proyecto. Cuando surgió la oportunidad de colaborar con una empresa, mi contacto me pidió ese curriculum porque los de RRHH querían participar en el proceso de «selección». Y en fin, hice lo que pude, pero con la misma sensación que tendría si me hubiesen pedido «enviar un fax»: usando una herramienta extrañamente obsoleta para mí.

La nueva realidad del mundo profesional

Bueno, digo «nueva» aunque realmente llevamos años adentrándonos en ella y algunos directamente viviéndola. Pero una cosa es la teoría y otra la práctica, una cosa somos los «raros» y otra como funcionan las organizaciones en general. Y los teóricos del management nos hablan de organizaciones líquidas, o de organizaciones abiertas o de la «gig economy«, pero mantenemos la tendencia a situar esas realidades en el «futuro del trabajo» o a referirnos a «la próxima generación de empleos«.
En realidad, estamos en esa etapa de transición entre «lo viejo» y «lo nuevo». Tenemos la sensación (o la constatación) de que «lo viejo» ya no funciona, pero nos cuesta abrazar «lo nuevo». Y ante esa incertidumbre, por mucho que sepamos recitar el discurso racional, pocos son los que lo afrontan con todas las consecuencias, y nuestros comportamientos tienden a refugiarse en lo conocido. Somos lo que hacemos, y no lo que decimos que hacemos.

El knowmad, el perfil profesional del ¿futuro?

Hace ya tiempo que decidí adoptar la bandera del knowmad como gran definición de los nuevos perfiles profesionales.

Soy un conjunto de habilidades que se van desarrollando y consolidando en el tiempo. Soy unos valores y una forma de ser que determina cómo me comporto. Soy un conjunto de intereses variados y eclécticos, que además no son estables en el tiempo si no que evolucionan. Soy también la gente a la que conozco y con la que me relaciono. Todo eso, y más, es una mezcla en constante ebullición que cristaliza de múltiples y variadas formas que hacen difícil reducirlas a una o dos etiquetas tradicionales.

Todos somos, en gran medida, knowmads. No somos «una profesión», no somos «un puesto de trabajo». Y está bien que así sea, porque los puestos de trabajo nacen, evolucionan y desaparecen. Las propias «profesiones» tienen cada vez una fecha de caducidad más corta. En realidad cada vez hay más trabajos, pero menos puestos de trabajo. A veces ese trabajo se plasma de una manera, a veces de otra. A veces se consolida durante más tiempo, a veces durante menos. A veces hay tres en paralelo, y a veces ninguno. A veces cristaliza en una relación formal (¿laboral? ¿mercantil? ¿empresarial?) y a veces es puramente informal. Todo fluye, y más nos vale estar en disposición de fluir nosotros también aunque sea incómodo.

Las limitaciones del curriculum

El curriculum tradicional es una herramienta adaptada a una realidad que es cosa del pasado. Un mundo donde estudiabas una carrera o te iniciabas en un oficio, abrazabas una «profesión», encontrabas «trabajo de lo tuyo» y dentro de esa profesión ibas encadenando «relaciones laborales» con distintos empleadores, ocupando distintos «puestos de trabajo» con su título bien establecido y una lista de funciones y responsabilidades perfectamente definidas. Una herramienta lineal, de la que se esperaba coherencia (empezar por un sitio e ir «creciendo» dentro de ese mismo ámbito) y continuidad (Dios nos libre de tener «un hueco en el curriculum»). Una herramienta que cada vez es más incapaz de reflejar la nueva realidad profesional:

  • Porque no deja sitio a los proyectos paralelos. Porque se supone que en cada momento tienes una única dedicación profesional. ¿Cómo que estás inmerso en dos, tres o cinco proyectos paralelos, en el que cada uno aplicas una combinación distinta de tus habilidades? No, no, aquí hay que poner lo que usted «es». ¿Cómo que es todo eso y más?
  • Porque le cuesta reflejar las relaciones abiertas. Una posición, un empleador, una fecha de inicio y una de fin. ¿Cómo que ha tenido una relación de intensidad variable con esta organización? ¿Cómo que esa relación no ha sido con una organización, si no con personas concretas con las que ha ido colaborando en distintos momentos? ¿Cómo que esa relación ha ido fluctuando como el Guadiana, a veces sí, y a veces no? No me vuelva loco.
  • Porque se lleva mal con el perfil polímata. Usted es una cosa, o es otra. Como mucho le permito decir que durante un periodo fue una cosa, y después cambió para ser otra (y ya me puede explicar bien clarito la lógica de ese cambio, que obviamente implica abandonar lo anterior para siempre).
  • Porque divide la realidad en tiempo «productivo» e «improductivo». Uf. Si no estaba empleado por alguien… estaba en el paro, ¿no? La idea de que no tienes un empleador pero estás haciendo algo de valor, o invirtiendo para generar valor futuro, o haciendo proyectos sin rentabilidad directa… Dígame al menos que está apuntado a un master, que ese hueco en su trayectoria es impensable. Y si tenía un puesto de trabajo, todo bien: poco importa que se tirase años adocenado, lo importante es que tenía una nómina.
  • Porque es determinista respecto al pasado: si has tenido una trayectoria, mucho cuidado con meter un giro de guión. Si usted estudió esto, y durante quince años ha trabajado de esto, sólo puede ser esto.
  • Porque se lleva mal con la exploración. Al fin y al cabo, hablamos de «trayectoria profesional». Trayectoria, camino recto o cuanto menos claramente definido. ¿Explorar, innovar, probar, equivocarse?. No, no, usted tiene que presentar el camino que ha seguido sin titubeos, que eso de titubear está mal visto.
  • Porque da un papel secundario a las habilidades. No es que se ignoren, pero sí están subordinadas al vector «puesto de trabajo». Me puede contar sus habilidades, sí, pero explicándome cómo se manifestaron mientras desempeñaba un puesto de trabajo concreto.

«Freelance», un mal parche

En algún momento, ante la presión por «encajar en el curriculum», te surge la idea de etiquetarte como «freelance». O de crear tu propia empresa/marca, que parece que le dé empaque a tu situación y sirva como aquellos adaptadores que permitían usar mp3 en reproductores de cassette. Soy un knowmad, sí, pero me disfrazo de «freelance» o de «marca» y así por lo menos puedo poner algo.

Pero no es suficiente. Porque al freelance y a la marca se les supone una cierta cohesión interna. Usted es freelance, vale… ¿pero a qué se dedica? ¿Cuáles son sus servicios? No me puede decir que «a veces una cosa y a veces otra». «Freelance» se refiere más a la «relación contractual», pero la expectativa es similar a la del «puesto de trabajo». Vale, usted es freelance, establece relaciones mercantiles… pero concretas y sobre un tema específico, no me venga con líos. Lo mismo se puede decir respecto a las marcas, que llevan peor si cabe la falta de foco y concreción, aparte de lo absurda que acaba siendo esa tendencia a aparentar ser más de lo que uno es («Nuestra empresa»… «nuestros servicios»… «nuestros profesionales»… ¡si eres tú contigo mismo!). Al freelance, y a la marca, no tardan en saltárseles las costuras.

Entonces, ¿cuál es la solución?

Personalmente llevo tiempo dándole vueltas y explorando formas de comunicar mi realidad profesional que se adapten mejor a lo que soy y a lo que creo que es la forma de trabajar «del futuro» . Utilizar una nube de tags que dé visibilidad a la vez a muchos de tus vectores (profesionales y personales), hacer un listado no lineal ni exhaustivo ni con intención de coherencia para explicar cosas que he hecho, preguntar y dar visibilidad a lo que la gente dice de mí, publicar cientos de artículos a lo largo de los años, visibilizar mi red de contactos
Lo bueno es que, con estas fórmulas alternativas de «mostrarse al mundo», pueden conocernos con un nivel de profundidad, detalle y matices que ningún curriculum podrá jamás acotar. «Para quién he trabajado», «en qué años» y «en qué posición» es una información mucho menos relevante que todo lo que podemos poner a disposición (cómo soy, qué pienso, cuáles son mis habilidades, a quién conozco, con quién me relaciono, cómo trabajo…) a través de estas vías. Eso sí, exige tomarse alguna molestia más que mirar por encima un folio de papel.

A veces pienso que, desde un punto de vista de las empresas y más concretamente de la función de selección, se cae en el «síndrome de la farola«. Son como aquel borracho que buscaba las llaves bajo una farola porque allí había luz, aunque fuese consciente de que las llaves se le habían caído en otro sitio. El curriculum se sigue utilizando porque es cómodo, porque es conveniente; es la luz de la farola. Y parece que poco importa que las llaves estén en otro sitio.
Desde fuera, diría que esto es un problema para las organizaciones; pero ellas sabrán. En lo que a mí respecta, cada día estoy más cerca de abandonar por completo la idea de «hacer un curriculum». Confieso que todavía hay dentro de mí cierta sensación de incomodidad, una reminiscencia de las «viejas formas de hacer»; si una empresa me pide un curriculum, aunque yo piense que  no sirve de nada y que no refleja bien lo que soy, se lo tendré que dar. Porque la empresa manda, y es una oportunidad que no puedes dejar pasar… ¿verdad? Pero francamente, cada día veo con mayor claridad que, a lo mejor, el mero hecho de que una empresa que quiera comenzar la relación por un curriculum es una señal de advertencia.

Un valor difícil de vender

Lo bueno de no tener una trayectoria profesional «tradicional» es que no hay una inercia que te lleve a consumir un año tras otro sin darte cuenta. La contrapartida es que hay esa sensación constante de tener que llevar el timón, de decidir por dónde tirar, de no poder «dejarse ir». Y no es un precio pequeño, no. Me decía un amigo ya hace años, cuando le contaba mis comeduras de coco, que no era sano pasarse la vida replanteándose cosas. No sé si es más o menos sano, pero sí sé que puede llegar a ser un agobio.
Precisamente ahora, que estoy en otro de esas «etapas de transición», vengo dándole vueltas al «valor» que puedo aportar a una organización o a un proyecto. Y me doy cuenta de que vivo en una paradoja, y me explico:
Creo, sin falsa modestia, que por mis características puedo ser muy valioso dentro de una organización o proyecto. Tengo visión de conjunto, y «me entiendo» con perfiles muy distintos. Hablo «sistemas», hablo «finanzas», hablo «RRHH», hablo «operaciones», hablo «estrategia». Soy de construir consensos y de tender puentes, más que de buscar conflictos. Tengo buenas dotes de análisis y de síntesis, lo que me permite poner el foco en lo importante, y mantener ese rumbo sin dejar que los detalles te acaben desviando. Comunico bien, y creo que soy muy «tratable» y cercano en las distancias cortas lo que me ayuda a «ganar adeptos» para la causa, y a trabajar «resistencias» cuando aparecen. En resumen, un perfil transversal que ayuda a que las cosas fluyan dentro de una organización, un «lubricante». Una amiga y ex-compañera me definía como «el muelle» que hacía que las distintas partes del mecanismo funcionasen mejor entre ellas, que aportaba coherencia y visión de conjunto; siempre me sentí identificado con esa metáfora.
La paradoja reside en que este valor es difícil de vender. Se manifiesta y florece una vez que estoy dentro de un proyecto o de una organización, pero no es un buen argumento de entrada. Las empresas tienden a buscar «posiciones» (sea un «director de RRHH», un «jefe de proyecto especializado en no sé qué tecnología», etc.), y se centran en personas que «aporten experiencia acreditable en posiciones equivalentes». O buscan un consultor «para hacer un proyecto concreto», y restringen su búsqueda a los que se declaran «especializados» en ese ámbito. Y ahí mi perfil no destaca, mi valor no es evidente. Lo cual hace difícil «meter el pie» y empezar a hacer lo que sé hacer, mientras que otros con un perfil menos valioso pero más «concreto» pasan por delante de mí.
Y sucede que, cuando he intentado «concretarme» para adaptarme mejor a cómo funcionan las cosas… no me reconozco. No soy yo. Y las personas y oportunidades a las que «atraigo» de esa forma pueden llegar a ser muy insatisfactorias, porque están interesadas en un aspecto muy tangencial (el que yo haya «publicitado») del valor que yo puedo aportar.
Y en esas ando, tratando de buscar una respuesta satisfactoria a esta paradoja que no pase por una casualidad.

Castillos de arena

Verano, «sol, arena y mar» que decía Luis Miguel. Confieso que la playa tiene para mí un efecto hipnótico. Será por aquello de ser de la Meseta, y ser contados los días que puedo disfrutar de ella. O por coincidir esos días en periodos de vacaciones, dados de por sí a la introspección.
Y allí estábamos, rodillas en la arena y palas en mano, excavando y amontonando, dando forma a unos castillos en la arena. Creatividad y trabajo compartido con los niños (benditos niños, que nos dan excusa para hacer determinadas cosas sin temor al «qué dirán»).
Terminamos el castillo. Los castillos, en realidad. Muy aparentes, un trabajo muy satisfactorio. Nos sentamos en la cercana toalla. Y niños ajenos que empiezan a revolotear; algunos para mirar con curiosidad e incluso admiración, pero otros con mirada aviesa. Joder, ¿por qué hay gente que es destructiva casi desde la cuna?. «Tchs, eh, ni se te ocurra». El niño mira desafiante, pero recula. Bien, hemos salvado el castillo.
De momento. Porque no vamos a estar sentados en esta toalla para siempre. Más pronto que tarde llegará un niño (o un adulto, que los hay muy tontos también) y pisoteará nuestro trabajo, reduciéndolo a un montón de arena. Y en el mejor de los casos será cuestión de horas que suba la marea y las olas lo devuelvan a su estado original.
Mientras recogíamos y volvíamos al apartamento, me dio por pensar en todos los castillos que he construido a lo largo de todos estos años. Los de arena, y los otros; los proyectos, las herramientas, las webs, los documentos. En todos los «niños» que los amenazaban con mirada aviesa, sólo refrenados por mi presencia. ¿Cuánto tardaron en pisotearlos? En el mejor de los casos… ¿cuánto tardó la marea en subir y hacerlos desaparecer?
Puede parecer un pensamiento desolador, y en cierto sentido puede llegar a serlo. Pero quizás lo relevante de ese castillo no radique en su (imposible) permanencia, si no el disfrute que nos proporcionó mientras lo ideábamos y lo construíamos. Lo cual, también, puede ser una lección interesante de cara a abordar futuros castillos.

Diez cosas que puedes hacer por tu profesional independiente

Leía ayer un artículo de Hardvard Business Review hablando sobre el auge de la figura del «profesional independiente» y lo que se ha dado en llamar la «gig economy«. Una tendencia de la que estoy convencido hace tiempo, una «ola que llega» y que va más allá de la prestación de servicios profesionales al uso. No es que tú seas una «miniconsultora de uno» con un portfolio de servicios y que aterriza en una empresa para «hacer un proyecto» (hacer unas reuniones de seguimiento, presentar unos hitos, etc.), si no que eres un profesional autónomo y cualificado al que la empresa incorpora por una temporada durante la que formas parte casi al 100% de la dinámica interna . Como suele decir Andrés Pérez Ortega, cada vez hay más trabajo que hacer pero cada vez hay menos espacio para «empleos», y la figura del «profesional independiente que está una temporada con nosotros» encaja perfectamente con esa realidad. Pero es algo a lo que, tanto los profesionales como las empresas, todavía nos tenemos que acostumbrar.
Como he tenido la suerte de vivir experiencias significativas en este sentido, me he liado la manta a la cabeza y me he atrevido a escribir una pequeña lista de acciones que, desde mi punto de vista, las empresas pueden poner en marcha para hacer más fácil la vida a los profesionales a los que contrata, y que hacen que la relación fluya mejor.

  • Las cuentas claras: empecemos por lo obvio. Tener claro cuánto y cuándo se va a cobrar, y qué conceptos incluye. ¿Vas a pagar gastos? ¿Vas a ofrecer alguna ventaja tipo «descuento para empleados»? Para mí lo más cómodo es una cantidad a tanto alzado: no me pidas que te justifique cada hora de trabajo, ni me plantees cobrar una cosa distinta cada mes, ni me pidas que te guarde tickets de todo… en general no me vuelvas loco y centrémonos en trabajar. Y por supuesto, cumplir como un reloj con los pagos, que nada es más odioso que tener que andar pendiente de si te han pagado, de reclamar facturas…
  • No abrumes rollos administrativos y legales: vale que tú eres una empresa grande, con sus correspondientes departamentos para casi cualquier cosa. Pero yo estoy solo, y todo el tiempo y atención que tenga que dedicar a formalismos no lo dedico a trabajar. No me mandes un contrato larguísimo en jerga legal. No me hagas contratar un abogado para revisarlo. No me pidas que te presente no se qué documentos. De nuevo, no me vuelvas loco.
  • Dame un sitio para trabajar: no soy exigente. Me vale con un rinconcito en cualquier lado. Pero que tenga un espacio en el que estar. Que no me tenga que estar buscando ubicación cada día, o aprovechando esquinitas en la mesa auxiliar de un despacho, o en una sala de reuniones de la que me echan cada rato y el de enmedio porque «la tenemos reservada». No pido mucho, solo no tener la sensación de que estoy invadiendo el espacio de alguien cada vez que me siento a trabajar, la sensación de «eres un extraño aquí»
  • Dame un pequeño briefing genérico sobre tu empresa: su historia, su actividad, su organización, sus localizaciones, un breve «quién es quién», cuatro teléfonos de contacto. La típica carpeta de bienvenida (que debería darse a cualquier empleado que se incorpore, en realidad) que me permita ubicarme rápido (está claro que los detallitos se cogen con el tiempo, pero cuanto más tengamos avanzado desde un principio mejor), y no sentirme como un idiota cuando se hable de Fulanito y no sepa quien es (cuando resulta que es un vicepresidente con mucho poder).
  • Cuéntale a tu empresa quién soy: la otra cara de la moneda. Dile a tu organización quién soy yo, qué he venido a hacer, cuánto tiempo voy a estar aquí. Para que cuando me cruce en los pasillos o en la máquina de café con gente (no digamos ya en reuniones), al menos, sepa «quién es ese tipo que ha empezado a venir por aquí»
  • Dame un acceso ágil a tu tecnología: lo normal es que yo venga con mi ordenador, con mi teléfono, que trabaje algo desde casa… así que ponme fácil que si quiero imprimir un documento, pueda. Que si tengo que acceder a unos documentos compartidos, pueda. Que si tiene sentido que acceda a los datos de tu ERP, pueda. Que si hay una agenda de teléfonos compartida, pueda consultarla. Que pueda conectarme a tu red. Es terriblemente frustrante verse impedido por la logística.
  • Dame acceso a tus instalaciones: la parte física del punto anterior. Si vengo de visita, es lógico que tenga que dar mi nombre en recepción. Pero si voy a estar viniendo de forma recurrente no me hagas pasar por ese proceso todos los días. Dame una tarjeta de acceso.
  • Inclúyeme en tus comunicaciones globales: si todo el mundo se levanta para ir a una reunión de equipo, es ridículo quedarse en tu sitio porque «no eres empleado». Si llega un correo informando de cualquier detalle (da igual si es el resumen de ventas que llega a todo el mundo, la comunicación de una estrategia, una referencia que ha aparecido en prensa o una felicitación de navidad), que me llegue a mí también (y no me quede con cara de haba mientras todo el mundo habla de ello, hasta que tenga que pedir «oye, ¿te importa reenviármelo para saber de qué va el tema?».
  • Respeta mis tiempos: es algo que en realidad habría que hacer con todo el mundo (nadie debería considerarse un dios con el tiempo ajeno), pero en mi caso tiene más relevancia. Puedo estar trabajando con varios clientes en paralelo. O puedo tener que estar preparando mi próximo proyecto, preparando visitas comerciales (porque contigo voy a estar solo un tiempo, los dos lo sabemos… pero la vida sigue), lo que sea. No pongas reuniones sorpresas, ni cambies citas, ni te acostumbres a jugar con mi agenda. No eres dueño de mi tiempo, no has comprado mi presencia, si no mi valor
  • Ábreme puertas: parte de nuestro acuerdo es que voy a estar aquí un tiempo limitado. No hay indemnizaciones por despido, no hay compromisos de por vida, todo es limpio y transparente. ¿Y si me facilitas la transición hacia mis siguientes proyectos? Si te gusta cómo trabajo… ¿por qué no les hablas de mí a tus contactos? ¿Por qué no me presentas a gente interesante que pueda derivar en nuevas aventuras? En el fondo, estás contribuyendo a que hagamos sostenible este modelo

Seguro que hay más, pero éstas son las que me han salido en un primer esbozo. Si eres profesional independiente… ¿qué cosas le pides tú a las empresas que te contratan?

En defensa del knowmad

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No sé cuánto tiempo hace que tuve mi primer contacto con el término «knowmad«, pero recuerdo que me gustó mucho. Me sentí profundamente identificado con esa forma de calificar a un perfil profesional, a sus características. Desde entonces, siempre he sentido simpatía por este concepto de «nómada del conocimiento». En este video, su creador John Moravec explica en qué consiste.
Curiosamente, el otro día cuando fui a buscar la referencia en wikipedia para enlazarla, me encontré con que los editores habían decidido eliminarla. Consideran que se trata de un neologismo que básicamente solo se usa en el entorno de su creador, que no ha cogido tracción suficiente en el resto del mundo y que, por lo tanto, no se «merece» tener un espacio propio en la wikipedia.
No puedo entrar a discutir si esto es cierto o no. Pero, independientemente de lo que opine la wikipedia, yo voy a seguir utilizando el concepto, porque después de un montón de años luchando contra una gran dificultad para etiquetarme, creo que se ajusta mejor que ningún otro que conozca a lo que soy como profesional.
Soy un conjunto de habilidades que se van desarrollando y consolidando en el tiempo. Soy unos valores y una forma de ser que determina cómo me comporto. Soy un conjunto de intereses variados y eclécticos, que además no son estables en el tiempo si no que evolucionan. Soy también la gente a la que conozco y con la que me relaciono. Todo eso, y más, es una mezcla en constante ebullición que cristaliza de múltiples y variadas formas que hacen difícil reducirlas a una o dos etiquetas tradicionales.
Durante mucho tiempo esta incapacidad para etiquetarme me hizo sentir mal, de alguna manera inferior a quienes sí podían (por su naturaleza o elección) ceñirse a una categorización más tradicional. Con lo fácil (y productivo) que es definirse como «abogado experto en fusiones y adquisiciones», «neurocirujano» o «catedrático de teología», mi obsesión era intentar «centrar el tiro». El resultado siempre fue frustrante, porque cada vez que me reducía a algo siempre tuve la sensación de estar dejando fuera demasiadas cosas.
Pero eso era antes. Ya hace tiempo que llegué a la conclusión de que todo lo que soy, con todos sus matices y su dificultad para acotarlos, no es un motivo de vergüenza, sino de orgullo. No es una debilidad, sino una fortaleza. Puedo hacer muchas cosas bien, en muchos sitios distintos, con muchas personas distintas, en muchas situaciones diferentes. Mi mezcla de habilidades, conocimientos, experiencias, relaciones, intereses… es un caldo de cultivo excelente para poder aportar valor de muchas maneras distintas, muy por encima de las limitaciones de una etiqueta. Soy adaptable, flexible, polifacético, transversal. Soy un «knowmad», y ahí fuera hay un mundo lleno de oportunidades para nosotros.