Dinámica de comunicación eficaz

Una de mis «obsesiones» recientes tiene que ver con la comunicación eficaz. Y una de las ideas clave es que, si quieres que tus ideas lleguen «alto y claro», tienes que empezar por reducir el número de ideas que comunicas. Es algo de lo que ya hablé por ejemplo en «Elige la historia que quieres contar«, «El reto del millón de dólares» o «Ideas pegajosas«.

Hace un tiempo conocí una dinámica muy sencilla, cortita, divertida y, sobre todo, con un mensaje muy claro. Desde entonces la he usado en varios de mis talleres cuando quiero ilustrar esa idea de que, al comunicar, menos es más.

He grabado un vídeo explicando la dinámica, que puedes ver en mi canal de Youtube.

Preparación y desarrollo de la dinámica

Para la dinámica, necesitarás un montón de pelotitas (mejor si son pequeñas, ligeras y blanditas), y un recipiente para contenerlas.

Elegirás a dos voluntarios. Uno de ellos será el lanzador (a éste le darás el recipiente con las pelotitas), y otro el receptor (al que situarás a unos metros de distancia del primero).

Cuando des la orden, el lanzador tendrá que lanzar todas las pelotitas a la vez en dirección al receptor. Y la misión de éste es atrapar tantas como pueda en el aire.

Lo que sucederá normalmente es que el receptor atrape solo una o dos pelotas, mientras el resto acaban rodando por el suelo entre las risas del resto de asistentes.

La moraleja es que, cuando hablamos de comunicación, sucede lo mismo. Si tratamos de lanzar un montón de ideas, los receptores de la comunicación se quedarán con una o dos en el mejor de los casos (mientras el resto se perderán irremediablemente). Y aún peor, tú no tienes ningún control sobre cuáles son las ideas con las que se quedan y cuáles las que no…

Por eso, si tienes muy claro cuál es la idea que quieres comunicar, es mejor que te centres en ésa y te asegures de que llega correctamente a sus destinatarios. Y aquí es cuando puedes hacer una segunda ronda del ejercicio, pero esta vez pidiendo al lanzador que lance una única pelota. Lo que sucederá es que el receptor la atrapará casi con total seguridad.

Lo dicho, se trata de una dinámica muy sencilla, pero que genera un anclaje muy interesante.

Comunicar: mucho a pocos o poco a muchos

Estaba escuchando el otro día un podcast cuando se dijo una frase que, en su simplicidad, me pareció brillante: «tienes que elegir si quieres comunicar mucho a pocos, o poco a muchos».

Comunicar mucho a pocos

Hace unos días participé en una cata de vinos. El que guiaba la cata era obviamente un experto. Y hablaba verdaderamente rápido. De su boca salieron montones y montones de conceptos. De forma divertida y agradable, sí, pero completamente excesiva para un neófito como yo (y, como imagino, muchos otros). Los taninos, los alcoholes, los aromas, el efecto de las barricas, o de los tapones, o cómo se almacena el vino, o cómo se hace un espumoso…

Quizás algunos pocos de los que estaban en la cata tenían un nivel de conocimientos suficiente como para apreciar todo lo que allí se dijo. Yo confieso que llegado un punto desconecté bastante, y me centré en picar jamón.

La cuestión es que éste es un ejemplo de comunicar mucho a pocos. Das muchas ideas, con muchos matices, mucha profundidad… pero el colectivo preparado para entenderte es pequeño. Esas personas saldrían seguramente encantadas. El resto… bueno, pues dos ideas y gracias (y jamón).

Lo que ocurre es que cuando uno es un experto, se le hace difícil luchar contra esa «maldición del conocimiento«; ponerse en el lugar del que sabe poco, y ceñirse a explicar no lo que uno sabe, sino lo que el otro puede llegar a entender.

Comunicar poco a muchos

Tomemos ahora el caso de alguien que es capaz de simplificar su mensaje hasta convertirlo en algo digerible por casi cualquiera. Es el trabajo de un buen divulgador, por ejemplo. Alguien que es capaz de ser un experto empático, ponerse en el lugar del otro, y darle solo aquello que está en condiciones de entender.

Se trata de moverse por la zona de desarrollo proximal, esa zona que está ligeramente por encima de lo que uno sabe… suficientemente cerca como para que puedas entenderlo pero no tan lejos como para que resulte incomprensible.

Por supuesto, esto implica que el mensaje pierde «calidad». Habrá muchas simplificaciones, muchas cosas que no se dirán, muchos matices que ni se contemplarán, metáforas imperfectas. Brocha gorda que hará que muchos se lleven las manos a la cabeza.

A cambio, habrá muchas personas que serán capaces de entenderlo y que, gracias a ello, darán un pasito más en su comprensión. Y así, poco a poco, podrán ir llegando cada vez más arriba.

¿A quién te diriges? ¿Qué quieres conseguir con tu comunicación?

Ésa es la cuestión. Que antes de ponerse a comunicar, hay que pararse a pensar un poquito. ¿A quién me dirijo? ¿Qué saben estas personas? ¿Cómo puedo simplificar mi mensaje para llegar hasta ellos? No es lo mismo realizar una conferencia en una convención científica donde todo el mundo está a gran nivel, que hacer una charla para niños de secundaria.

En el libro «Made to stick» que reseñé no hace mucho se hacía énfasis en varios de estos conceptos: cómo, para conseguir que un mensaje llegue, se recuerde y se transmita… muchas veces hay que simplificarlo. Porque si no, comunicarás mucho… pero habrá pocos al otro lado. Y la comunicación nunca es completa si la otra parte no la recibe…

Destilacción: transforma tus ideas en acciones

Decenas de ideas diarias

Soy un usuario activo de twitter, y todos los días me expongo a montones de tuits con ideas interesantes. Algunos de ellas con enlaces a artículos que, a su vez, contienen más ideas interesantes. Veo charlas en Youtube, escucho podcasts, leo libros, tengo conversaciones.

Yet few approaches to guide priority-setting are available..

Estimo que cada día pasan por mis ojos (y oídos) varias decenas de ideas que me llaman la atención. Que considero llamativas, interesantes. A veces las anoto. Muchas veces las redistribuyo.

La gran pregunta es… ¿cuántas de estas ideas que pasan por tu cabeza a lo largo del día se transforman en cambios reales y concretos en tu vida?

Frente a la infoxicación… destil-acción

Leí un concepto hace mucho tiempo que me resultó muy llamativo: la disfunción narcotizante. Consiste en que la sobredosis de información no solo no genera acción, sino más bien al contrario. Leer mucho sobre determinados temas nos hace tener la reconfortante sensación de que «estamos haciendo algo», cuando en realidad no estamos haciendo nada.

Con las ideas pasa algo parecido. Nos podemos pasar el día exponiéndonos a ideas interesantes a través de distintos medios. Leyendo, dando like, retuiteando. Y tendremos esa reconfortante sensación: «qué bien, qué estimulante». Pero a la hora de la verdad… no está pasando nada. Y el valor no está en las ideas, sino en lo que hacemos con ellas.

Por eso, frente a la infoxicación, necesitamos destil-acción:

  • Elegir una de esas ideas, la que te llame la atención. Fíjate que no te estoy diciendo «elegir una idea buena frente a un montón de ruido», sino escoger una idea buena y descartar otro montón de ideas igual de buenas.
  • Rumiarla. Dedicar un rato a pensar bien en qué significa, qué implicaciones tiene, cómo podrías trasladarla a tu vida (en lo personal, en lo profesional…), qué consecuencias podría tener…
  • Accionarla: ¿qué vas a hacer para llevar esa idea a la realidad? ¿qué acciones físicas vas a poner en marcha, qué hábitos vas a cambiar?

El impacto está en lo que haces

Rara vez tu problema es que te falte información, o que te falten ideas. No necesitas más contenidos. Tienes que hacer más cosas con los que ya tienes.

Como decía hace tiempo:

Una sola idea, si nos esforzamos en extraerle todo su jugo y en aplicarla en el día a día, puede tener un impacto mucho mayor en nuestra vida que pasar de puntillas por decenas de ellas

Quizás la cuestión sea saber si queremos cambiar cosas en nuestras vidas… o solo revolcarnos en la ilusión de que con darnos atracones de ideas ya es suficiente.

Si la cabeza se te alborota, escribe

Esta mañana me desperté temprano sin querer. Y antes de darme cuenta, la cabeza se me había puesto en marcha. Empecé a darle vueltas a unas ideas. Las visualizaba, las describía, las relacionaba, las reformulaba. Cada vez más rápido, tenía la sensación de que mi cerebro estaba revolucionado, como sucede a veces con los ordenadores cuando se les exige demasiado y empiezan a resoplar los sistemas de ventilación. Algunas de las ideas parecían interesantes, pero se me escapaban entre los dedos. En otros momentos me daba cuenta de que estaba dando vueltas una y otra vez al mismo detalle, como en bucle.
Un trabajo cerebral interesante… y por sí mismo bastante improductivo. Sí, es verdad, el cerebro necesita tiempo para trabajar por sí mismo, sin que haya un ejercicio consciente de «foco», y está bien que así sea. Pero también es verdad que, si uno se encuentra asistiendo de forma consciente (o al menos parcialmente; sospecho que esa sensación que tenía era producto de esa fase de transición entre sueño y vigilia) al proceso, es una pena no aprovechar para tratar de «solidificar» parte de esos pensamientos.
Así que eso es lo que he hecho. Me he levantado a por el portátil, y me he puesto a escribir en un documento las ideas que estaban pululando por mi cabeza. No he tardado mucho, y tampoco he tratado de elaborarlas demasiado. Un simple listado de puntos que me ha parecido interesante dejar por escrito, y sobre los que ya volveré más adelante para trabajarlos.
Lo curioso es que tras este ejercicio, mi cabeza se ha relajado. Las ideas ya no están rebotando unas contra otras a toda velocidad. Están en otro lugar, capturadas para poder procesarlas más adelante, con mayor foco.

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Hace tiempo encontré por ahí esta ilustración (rascando un poco, veo que es del ilustrador Asaf Hanuka). Me pareció muy representativa. Muchas veces, la mejor forma de que la cabeza se «desalborote» es fijar las ideas en un papel.