Entrevista a Antonio de Ancos

Conocí a Antonio de Ancos en una charla que di en Madrid sobre aprendizaje. En el turno de preguntas, me «atizó» con la pregunta que, a día de hoy, no se me ha olvidado.

«¿Y tú todo esto cómo lo haces?»

Luego hemos ido interactuando más, leyéndonos mutuamente, hemos comido y tomado algún café. Y hace un par de semanas pensé, «¿y por qué no le invito al podcast?».

Antonio se autodenomina «consultor en sentido común», aunque se disfraza de consultor SAP. Lleva 20 años por esos mundos de dios, conociendo todo tipo de organizaciones y proyectos, y acumulando historias. Tiene una visión muy clara de lo que es el mundo del trabajo, la consultoría, lo de ser freelance (o no), lo que tiene sentido y lo que no.

En nuestra conversación pasamos por muchos sitios relacionados con carrera profesional, con aprendizaje, con marca personal y redes sociales, con networking… y tantos otros.

¡Gracias, Antonio!

El declive de las redes sociales

Cuando nacieron las redes sociales profesionales

Cuando aparecieron las «redes sociales profesionales», allá por mediados de la década anterior, parecían una buena idea. Es verdad que, al principio, sólo las usábamos los «frikis de internet». Hablarles de eConozco o de Linkedin a gente «normal» sólo provocaba gestos de incomprensión y cierta burla. Sí, es verdad, al principio tenían un punto endogámico. Pero poco a poco se fueron abriendo paso hacia el público en general.
Parecían una buena idea, digo. En cierto modo consistía en una versión digital del clásico «rolodex» pero con un añadido clave: que podías empezar a explorar los «rolodex» de tus contactos. No era solo «poner en internet a la gente que yo conozco», sino también «ver a la gente que conoce la gente que yo conozco».

El poder de los vínculos débiles

Se trataba de dar visibilidad a esas relaciones débiles, a esos «amigos de mis amigos». La teoría de los seis grados de separación decía que podíamos contactar con cualquier persona del mundo en solo seis saltos de amigo en amigo. Lo cual no dejaba de ser muy ambicioso y un poco naif (¿alguien ha contactado realmente con alguien a seis grados de distancia?). Pero activar el segundo grado de separación es algo mucho más fácil: no hay más que pedir a un amigo común que nos ponga en contacto con otro de sus amigos.
¿Y a qué te daba acceso esa nueva visibilidad? A contactar con profesionales valiosos, a oportunidades que antes estaban ocultas, a ampliar de forma orgánica tu círculo de contactos… Podías poner luz sobre un territorio antes en penumbra, y explorar opciones razonablemente fáciles de aprovechar. No era muy diferente a lo que se hacía toda la vida, solo que ahora tenías un «mapa de relaciones» para guiarte.

Contactos reales vs. contactos vacíos

Parecía una buena idea. Pero para eso hacía falta que todos fuésemos muy cuidadosos en la gestión de nuestras redes sociales. Se trata de «tener como contacto» solo a aquellas personas que realmente lo son. Personas a las que conocemos, y que nos conocen. Personas a las que en un momento dado podemos llamar por teléfono, o poner un mail, y que nos van a responder. Personas que, en definitiva, moverían un dedo por nosotros si se lo pedimos y por las que nosotros moveríamos un dedo si nos lo piden.
Ése era el plan. Pero rápidamente empezó a torcerse. Las redes sociales empezaron a convertirse en una jungla en la que pareciera que «tener más contactos» era sinónimo de «tener más éxito». Así que empezaron a volar las invitaciones para contactar «con cualquiera». Sin ni siquiera un poquito de vaselina… «invitar a todas las direcciones de email» y otras herramientas similares produjeron una avalancha de peticiones sin sentido, sin un mínimo cariño, sin un triste mensaje de presentación… Y del otro lado, la tentación de aceptarlas: «¿Por qué no? Nunca se sabe… así me ve más gente… así tengo más contactos y parezco más importante… así tengo más audiencia…»
¿El resultado? Un montón de contactos falsos, vacíos. Gente que no sabes quién es, ni qué hace, ni de qué palo va, ni cuándo ni por qué la añadiste… Gente de quien no te interesa lo que pueda decir o hacer (porque, recuerda, apenas sabes quién es), gente a la que no le responderías un mail ni le cogerías el teléfono ni le darías una hora de tu tiempo. Y eso es recíproco, claro: a ellos no les interesas tú, ni te responderían un mail ni te cogerían el teléfono ni te darían una hora de su tiempo. Porque lo único que os une es que «sois contactos en Linkedin». Menudo mérito.

La resistencia es fútil

Yo procuro seguir siendo escrupuloso, hasta el punto de poder resultar antipático. Pero sé que estoy cada vez más solo en ese empeño. Y que de poco vale si la inmensa mayoría va por otro lado. Soy como uno de los violinistas del Titanic, intentando que suene la melodía mientras todo se hunde alrededor.
Y qué pena. Porque parecía una buena idea…

PD.- Como ves, he añadido un episodio del podcast Diarios de un knowmad dedicado a este tema. Si te gusta, puedes suscribirte en iVoox y en iTunes, comentar, recomendar, compartir…

La importancia del feeling

Después de una etapa tan larga como fue la de Vips muy metido en un proyecto (y por lo tanto, shame on me, descuidando un poco bastante aquello del networking) ahora estoy en otra fase de «reconectar» con personas. No solo con las que ya conozco, que también, si no tratando de expandir mi horizonte. Nuevos perfiles, nuevos sectores, nuevas ideas, nuevas posibilidades de hacer cosas… Es algo que reconozco que me cuesta (no está demasiado en mi naturaleza, soy más bien ermitaño, introvertido, perezoso…), pero encuentro que es imprescindible no solo como forma de «generar oportunidades» (que también, claro; que hay que seguir comiendo), sino de «enriquecimiento personal e intelectual«. Es a través de otros como crecemos, como ampliamos nuestro conocimiento, como confrontamos y consolidamos nuestras ideas, como se nos ocurren cosas nuevas…
En este proceso, hay una barrera con la que me enfrento. Y es la importancia que le doy al «feeling». Hace poco, unos antiguos compañeros me hablaban de una persona con la que «me podría interesar contactar». Vale, contadme más. «La verdad es que no pegáis ni con cola… «. Uy, mala cosa. Es decir, tal y como ellos lo planteaban había una oportunidad interesante, él me podía servir a mí para llegar a un determinado tipo de clientes, yo le podía servir para darle soporte a proyectos… pero al introducir la variable de «compatibilidad», todo se venía un poco abajo.
Y es que para mí cualquier relación profesional funciona «mientras las dos partes estén a gusto». Y un factor fundamental en ese «estar a gusto» es para mí la «compatibilidad personal». No se trata de que siempre tengas que trabajar con los mejores amigos del mundo, pero sí creo necesario una mínima afinidad en valores, comportamientos, prioridades, formas… Si no se da esta afinidad, por muy «lógica» que pueda parecer la colaboración, incluso por muy lucrativa que resulte, se va a ir al traste más pronto que tarde. Y prefiero explorar si existe esa compatibilidad antes de meternos en un compromiso. Porque mira, para andar tarifando, mejor no profundizar; cada uno por su lado, que hay muchos peces en el mar.
Este énfasis en la importancia del feeling tiene para mí algunas consecuencias. Mi periodo de maduración de relaciones profesionales es lento y trabajoso. Tenemos que «rozarnos» varias veces, con cierto grado de «conversación intrascendente» de por medio, antes de que me sienta cómodo hablando de «proyectos».
Esto es algo que resulta difícil de aceptar para algunas personas con una visión más «transaccional» de las relaciones. Hace poco, por ejemplo, contactaron conmigo para «hacer un proyecto de evaluación y desarrollo de personas». Bueno, vale, te escucho… «tendrías que venir aquí mañana, porque el proyecto empieza la semana que viene». Lo paré. Lo siento, no hago proyectos en la primera cita. No sé quién eres, no sé cómo trabajas (de hecho, tú tampoco sabes quién soy, ni cómo trabajo). No estás buscando un «partner» con el que desarrollar proyectos, si no un recurso de quita y pon para salvarte en una emergencia. No me gusta, yo no trabajo así. Evidentemente, ese posible proyecto se esfumó, y con él la ganancia económica que hubiera detrás.
Lo cual me lleva a la segunda consecuencia… y es mi énfasis en el «feeling» hace que muchas posibles relaciones se caigan por el camino, antes de poder pensar en sacarles partido. Podemos ponerlo como que soy exigente (connotación positiva) o como que soy un tiquismiquis (con la connotación negativa). Pero es así.
Así que me veo enfrentado a un dilema. Si quiero mantener una dinámica de proyectos, colaboraciones, etc… que sea sostenible con la vida que quiero, una de dos: o rebajo la exigencia de mi «filtro de feeling», o me convierto en una «máquina de socializar» que me permita lanzar muchas relaciones (sabiendo que muchas se van a perder luego por el camino). Y es un dilema porque ninguna de las dos opciones va demasiado con mi naturaleza. Me cuesta mucho trabajar con personas con las que no encajo… y lo que es peor, se me nota. Y tampoco soy un socializador nato, me cuesta un mundo.
Pero claro, quiero hacer cosas… así que hay que avanzar por uno de los dos caminos, o por una combinación de los anteriores.

Redes de profesionales: ni son redes, ni son ná

El otro día caí, siguiendo una referencia, en una web de una autodenominada «red profesional de RRHH». A saber, un conjunto de profesionales «expertos en la gestión y desarrollo de personas». Siguiendo con su autodescripción, «esta red de expertos es un espacio diferente de colaboración, porque trabajamos en red entre nosotros, nos organizamos de una forma eficiente y dinámica en función del proyecto, y eso, redunda en el valor y la calidad que te aportamos.»
Soy un absoluto convencido del concepto de red. Hace ya un tiempo decía que «la metáfora de la neurona, como elemento individual pero a la vez conectado con otros, me parece muy descriptiva de nuestra realidad social y profesional. Somos individuos, sí, pero nos conectamos con otros. Esas conexiones se crean, a veces se fortalecen, a veces se debilitan, e incluso llegan a romperse.»
Pese a este convencimiento, o precisamente a causa de él, creo que ese concepto de «red profesional» que describía al principio está equivocado, que es propio de quien ha oído campanas pero no sabe muy bien dónde.
Aunque suene paradójico, la red es un concepto profundamente individual. Yo soy yo y mi red. No existe el concepto de «nuestra red». Yo tengo la mía, tú tienes la tuya. Puede que se solapen en cierta medida, pero siguen siendo entidades separadas, cada una centrada en el nexo principal que eres tú mismo.
Cuando le ponemos un paraguas común (una marca, una web, una etiqueta) a nuestras redes, estamos yendo en contra de la lógica propia de las redes. No es verdad que «nuestra red», en conjunto, seamos un bloque monolítico. Cada uno de los individuos tiene relaciones diversas con el resto de elementos dentro de esa supuesta red. Con unos eres más afín, con otros menos. Exactamente igual que sucede con elementos que queden fuera de esa red: yo tengo mis contactos, tú tienes los tuyos. Podemos compartirlos, pero nunca la relación va a ser exactamente igual con unos que con otros. Por muchos «valores comunes» que nos acerquen, seguimos siendo nodos independientes que se relacionan con distinta intensidad, tanto dentro como fuera. Esa «capa común» que dibujamos es una ficción.
Creo que lo que subyace en este tipo de enfoques es una mezcla de desconocimiento y miedo. Nos suena bien eso de la red, más o menos, pero en el fondo nos aterra asumir su realidad. Seguimos buscando el cobijo en algún tipo de estructura que nos proteja. Un logo, un nombre común, un algo. Aceptar al 100% la red implica aceptar que estamos solos, que somos los máximos y únicos responsables, que nuestra red depende de nosotros mismos, del esfuerzo que hagamos en desarrollarla y mantenerla. Para mucha gente éste es un pensamiento acongojante, y prefiere descargar esa responsabilidad en un ente superior (la empresa, la tribu, incluso la «red común»). Durante mucho tiempo eso sirvió para ir tirando. Pero creo que en esta era aguanta menos soplidos que la casita de paja del cuento de los tres cerditos.
Si de verdad nos creemos lo de la red (y francamente, no creo que haya una visión alternativa), seamos consecuentes.

Estrategia portfolio, o socializar el riesgo

En la empresa de restauración en la que estuve trabajando los últimos años había un comité llamado de «underperforming». Consistía en reuniones periódicas centradas en analizar el comportamiento de los restaurantes que peor estaban funcionando. Porque claro, cuando tienes más de cien restaurantes hay algunos que funcionan por encima de las expectativas, otros más o menos en línea, y otros por debajo. La idea del comité de «underperforming» era que prestando la atención adecuada a este «pelotón de los torpes» podían identificarse las causas, corregirlas, y así conseguir mejorar su rendimiento.
Como no era parte de mi negociado, no sé exactamente si ese comité servía para algo más allá de para «señalar». La sensación es que a lo largo del tiempo los restaurantes que sonaban por estar «a la cola» siempre eran los mismos, y que ninguno de los planes que se ponían en marcha realmente conseguían cambiar su rumbo. Ahora llevo a un gerente más experimentado, ahora cambio el equipo de mandos intermedios, ahora les llevo a un curso… mientras tanto, por contraste, otros restaurantes parecía que «iban solos».
¿Es porque en unos la gestión era mejor que en los otros? Yo tiendo a pensar que, si bien la gestión correcta es un factor relevante, en muchas ocasiones el devenir de un negocio depende de elementos no gestionables. Que hay cosas (desde la competencia, la localización, el perfil demográfico, el timing…) que marcan el rumbo con mucha más fuerza que la voluntad del gestor. En definitiva, que una buena gestión es necesaria (y ni siquiera siempre), pero no suficiente.
La cuestión es que cuando tienes cien restaurantes el problema no es tan grave. Los que funcionan mejor pueden financiar a los que funcionan peor, y te da margen para actuar. Ahora bien, como sólo tengas uno, estás poniéndote en manos del destino. Si resulta que «sale bueno», fenomenal. Pero como «salga malo», poco o nada de lo que hagas te va a salvar.
Por eso es interesante distribuir el riesgo, desarrollar una «estrategia portfolio» o, como se ha dicho toda la vida, «no poner todos los huevos en la misma cesta». Es algo que saben bien los «business angels» (que reconocen abiertamente que tratan de invertir en 20 negocios prometedores con la esperanza de tener éxito en uno de ellos que justifique las pérdidas seguras de los otros 19), o cualquier inversor prudente en general (siempre te recomendarán invertir en un índice que en un valor concreto, y si puede ser un «fondo de índices» mejor que en un índice concreto). Es algo que también sabe la naturaleza, y por eso hay especies con un índice de reproducción muy elevado… porque saben que la probabilidad de supervivencia individual es poca. Es tan elevado el riesgo de apostar por algo muy concreto, incluso cuando crees que «tienes el control» (porque «yo sé gestionar» o porque «yo conozco el negocio» o porque «yo soy un genio») que lo más aconsejable es multiplicar las apuestas.
Lo interesante es ver cómo podemos trasladar esta filosofía de «portfolio», este «repartir los huevos en distintas cestas», a nuestro ámbito individual. Por ejemplo, diversificando nuestros conocimientos y áreas de experiencia, o ampliando nuestros círculos sociales. Siempre habrá quien diga que de esta forma tendemos a la superficialidad («quien mucho abarca poco aprieta», o el «aprendiz de mucho maestro de nada»), y sin duda es algo que obliga a un mayor esfuerzo (es más fácil profundizar en algo que ya conocemos que empezar de cero con una nueva materia; igual que es más cómodo pasar el rato con los amigos de siempre que lanzarse a conocer amigos nuevos), pero por otro lado es la forma de abrir el abanico de posibilidades y de alternativas en el futuro.

¿Funciona el spam cercano?

Todos tenemos claro, creo, qué es el spam. Mensajes que llegan a tu correo de forma indiscriminada, normalmente anunciándote cosas de lo más peregrinas (desde viagra online a premios en una ignota lotería, pasando por señores que han depositado para ti una enorme cantidad de dinero procedente de Nigeria). El remitente es desconocido, el asunto es ridículo… spam sin contemplaciones.
También hay un segundo nivel de spam. Personas/empresas con las que interactuaste en algún momento del pasado, y que por su propia iniciativa deciden que está bien meterte en sus «listas de distribución», newsletters y demás. No hay ningún interés personal, eres nada más que una dirección de correo metida en un sistema automatizado que vomita mensajes periódicos. Y lo siento mucho, pero para mí esto es poco menos que lo anterior… y como tal lo trato. Botón de «spam» y si te he visto no me acuerdo (hubo un tiempo en el que me molestaba en escribir diciendo que «no me interesaba el contenido, por favor borradme», pero visto el caso omiso que se suele hacer… opté por lo más cómodo para mí).
Pero el «spam cercano» al que me refiero hoy es otro. Se trata de esos mensajes «con varios destinatarios» (a veces ocultos, otras explícitos) que un amigo/conocido te hace llegar, normalmente para anunciarte algo o (más frecuentemente) para pedirte un favor.
Reconozco que a mí no me gustan. Me condicionan de forma negativa. De alguna forma, mi razonamiento es «si tú no has sido capaz de dedicar medio minuto a enviarme un mensaje personalizado, y me has tratado como un ‘elemento de tu agenda de contactos’… no esperes que yo dedique mucho tiempo a preocuparme por lo que me envías». Sí, claro, ya sé que «es un rollo» tener que elaborar mensajes personalizados, cuando con simplemente darle a un botón puedes enviar el mismo mensaje a n destinatarios. Pero en el fondo, esta estrategia no es muy distinta que la del spam de la peor calaña. Y me pregunto si su tasa de respuesta será mucho más significativa.
¿Alternativa? Si quieres que alguien se tome un mínimo interés en ti, dedícale tiempo. Moléstate en escribir un par de líneas introductorias a cada mensaje, interesándote por la persona a la que te diriges, haciendo referencia a la relación que os une. A todos nos gusta que nos hagan sentir mínimamente especiales, y nos disgusta sentirnos «un elemento más» de una lista. Y además cada relación tiene un contexto distinto, no es el mismo acercamiento el que tienes con un «contacto de trabajo» que el de «un amigo de toda la vida», ni es lo mismo alguien con quien te ves a menudo que alguien a quien hace siglos que no ves (y no digamos si es alguien de quien llevas pasando olímpicamente todo ese tiempo). No todo el mundo sabe lo mismo de ti, por lo que cada destinatario necesita que le cuentes las cosas con matices distintos.
Por supuesto, esto implica dedicar tiempo. Y cariño. A lo mejor no podemos llegar al mismo número de destinatarios. Pero tengo la sensación de que, aunque lleguemos a menos gente, la respuesta será mucho mejor.

Con la red de fondo

Esta imagen que acompaña al post es la que tengo puesta como fondo de escritorio en el ordenador de casa. Y en el portátil. Y también en el móvil. Una representación de una neurona…
Aparte de que estéticamente me gusta, y de que le da cierta continuidad a mi actividad en distintos dispositivos, el motivo por el que he hecho de esta imagen una especie de «fetiche» es porque me recuerda dos cosas que son para mí importantes y de las que dependo.
La primera es el cerebro. Somos lo que somos por esa intrincada cadena de neuronas enlazadas. En mi caso, mi cerebro es mi herramienta de trabajo, y mi herramienta de ocio; y qué demonios, incluso en las personas con más actividad física, el cerebro juega un papel esencial. Cuidarlo, alimentarlo, ejercitarlo… son actividades clave que no se nos deben olvidar.
Y la segunda es la red. La metáfora de la neurona, como elemento individual pero a la vez conectado con otros, me parece muy descriptiva de nuestra realidad social y profesional. Somos individuos, sí, pero nos conectamos con otros. Esas conexiones se crean, a veces se fortalecen, a veces se debilitan, e incluso llegan a romperse. Ser consciente de esa red de relaciones, desarrollarla, mantenerla saludable… es otro elemento fundamental en el día a día. Te guste o no, tu red te define tanto como tu individualidad.

El networking según Ferrazzi

He estado leyendo últimamente el libro «Never eat alone» de Keith Ferrazzi, del que podríamos decir que es un «gurú del networking«.
Soy un absoluto convencido de que el «networking», tu red de relaciones, es fundamental en el desarrollo de tu vida personal y profesional. Prácticamente para todo lo que quieras hacer necesitas la ayuda de otras personas, es infinitamente más probable que esa ayuda surga surja (qué cruz tengo con las g’s y las j’s) de relaciones de confianza previamente establecidas. De ahí que «cultivar las relaciones» sea, desde mi punto de vista, una de las habilidades clave a desarrollar por cualquiera.
Me ha gustado ver reflejado en el libro una filosofía del networking que encaja con lo que ya alguna vez he expresado yo por aquí; que no se trata de tener una visión «utilitarista» de los demás («a ver para qué me pueden servir, y sólo en base a eso me acerco a ellos; y cuando no me sirvan, paso de ellos»), sino que las relaciones deben enfocarse desde un interés genuino por el otro. Sólo así se crean relaciones sólidas que, paradójicamente, son las que después pueden sernos de provecho.
A partir de la lectura del libro, y de cara a resumirlo y aprehenderlo, he elaborado un mapa mental con las principales ideas. Ha sido un ejercicio interesante (que detallaré en otro post), ya que me ha ayudado a ordenar y filtrar el contenido del libro (que peca, en mi opinión, de ciertos desequilibrios; cierto desorden en las ideas, y cierta sensación de «relleno» en algunos pasajes).
Algunas ideas, conectadas al mapa mental, que he destacado del libro (traducción libre):

  • Hay mucha más probabilidad de que alguien esté dispuesto a ayudarte si ya te conoce y le gustas
  • La gente hace negocios con gente a la que conocen y que les cae bien
  • Cuanta más gente nueva conoces, más oportunidades se abren ante ti
  • La lealtad y la seguridad que antaño ofrecían las empresas ahora sólo nos la puede dar nuestra red de contactos
  • Son los éxitos de tu equipo, lo que consiguen gracias a ti, los que hacen de ti un líder
  • Debes tratar con igual respeto a la gente que está por encima de ti como a la que está debajo
  • Toda persona es superior a mí en algo; y en ese algo, procuro aprender.
  • La única forma de conseguir que alguien haga algo es reconociendo su valía y dándoles la importancia que merecen
  • Construir una red de amigos y colegas va de construir relaciones y amistades. Debería ser divertido.
  • Sólo te puedes ganar la confianza y el compromiso de alguien poco a poco, a lo largo del tiempo
  • El verdadero networking consiste en encontrar formas para ayudar a los demás a tener más éxito
  • Puedes conseguir más éxito en 2 meses interesándote por el éxito ajeno, que en 2 años intentando que otros se interesen por el tuyo.
  • Sé interesante; alguien con quien resulte interesante hablar, alguien de quien resulte interesante hablar

Cuida a tus contactos… cuando no les necesites

A lo largo de la vida vas conociendo a mucha gente. Compañeros del colegio, de la universidad, grupos de amigos, compañeros de trabajo, clientes, proveedores, amigos de amigos… si te paras a pensar, igual hay cientos de personas con las que en algún momento has tenido una mínima relación.
¡Qué gran potencial! ¿Nunca has pensado en la cantidad de puertas te pueden abrir estas relaciones, ahora o en el futuro? Dejando al margen que uno sea de natural más o menos sociable, ¿qué sentido tiene desperdiciar esa red de contactos? Sí, desperdiciar. Porque esas relaciones no se mantienen solas, por arte de magia. Y no estoy hablando de relaciones cercanas, de ser «amigos del alma»; en este campo caben perfectamente las relaciones personales y profesionales que sean, en su origen, meramente «cordiales». Pero si esa cordialidad inicial no se cuida… se apaga. Si alguna vez hubo una cierta sintonía personal, ésta tiende a desaparecer con el tiempo. Si pasa incluso en las relaciones más cercanas…
Así que ese «feeling» mutuo hay que cultivarlo, para que la relación se mantenga lo suficientemente «templada» a lo largo del tiempo de forma que no resulte extraño o fuera de lugar una intensificación a posteriori. Y conste que no estoy hablando de una concepción «mercantilista» de las relaciones, de llevar una tablilla a ver si fulano me ha hecho favores (y por lo tanto yo «se los debo» y si no, nada). No se trata de acumular méritos, como quien gana puntos en una tarjeta de fidelización para ver si le llega a conseguir premios. Ni de «fingir que te llevas bien» con alguien a quien no soportas por el mero hecho del «puedo sacarle algo». Definitivamente tampoco se trata de ver todas tus relaciones desde un prisma de interés egoísta («voy a llevarme bien con fulanito, porque el día de mañana puede que le necesite»), sino que pueden cultivarse simplemente por afinidad, por cordialidad… sin ninguna pretensión, simplemente porque sí.
Porque es que además «cultivar relaciones» es tan sencillo… no significa irse a cenar cada quince días, ni hacerse regalitos, ni llamarse cada mes «a ver qué tal va todo». Mantener las relaciones activas cuesta muy poco, es tan sencillo como mandar un mensaje personalizado de guindas a brevas (p.j. aprovechando un cumpleaños, un cambio de trabajo del que te enteras, un «ayer estuve con mengano y nos estuvimos acordando de ti»…). O, si no te llega la iniciativa ni para eso, al menos que te alcance para responder aunque sea reactivamente a las iniciativas de los demás. Pero hay gente que ni eso.
El tiempo, nuestros quehaceres… no nos dan para mantener una relación estrechísima con mucha gente. Pero sí nos da para mantener «templadas» un número amplio de relaciones cordiales. No cuesta casi nada, y además de ser intrínsecamente satisfactorio, puede implicar una gran diferencia a la hora de conseguir ayuda si un día la necesitas, o de generar oportunidades inesperadas. Porque los contactos «templados» se reactivan con facilidad, pero los contactos «fríos» son más difíciles de reavivar.

Pasando de las alertas de cumpleaños

Nuevamente, un post que promete abundar en mi caracter «asocial»… pero así son las cosas.
Desde siempre me ha gustado felicitar a la gente por sus cumpleaños. Apuntar la fecha en una agenda es algo muy facilito (y más con la posibilidad de programarla para que se repita cada año). Y felicitar lo es aun más: no es necesario llamar (a mí de hecho no me gusta demasiado: siempre tengo la sensación de que para el «felicitado» es un poco coñazo mantener la misma conversación varias veces en el mismo día; para saber «cómo va todo» le llamo cualquier otro día), basta con un SMS, un mail, una notita en el Facebook, un mensajito en el twitter… los canales son miles, y apenas tardas unos segundos. Y al cumpleañero le pondrá contento (a mí por lo menos me pasa) saber que te acuerdas de él.
Sin embargo… de un tiempo a esta parte son más y más las «alertas de cumpleaños» que ignoro. «Hoy es el cumpleaños de Fulanito», me dice mi agenda. Y pienso… «pofale». ¿Motivos? Pues que me da rabia. Hay gente a la que felicitas, y no te contesta. No pasaría nada si es una persona con la que tienes un trato más o menos habitual… pero es que hay gente con la que no tienes más contacto a lo largo del año… ¿y ni siquiera se molestan en hacer notar que han recibido la felicitación? Gente que incluso no te devuelve llamadas y/o mensajes durante el resto del año. Por supuesto, pensar en que ellos se van a tomar la molestia de felicitarte a ti… ni de coña. Y al final piensas «si éste es el nivel de relación que esta persona quiere tener conmigo… ¿para qué coño me voy a molestar en felicitarle nada?».
Durante mucho tiempo me pareció importante mantener de alguna manera viva, aunque fuese con estos pequeños gestos, algunas relaciones del pasado: amigos de los de antes, compañeros de clase o de trabajo… total, no cuesta nada, es agradable aunque sea una vez al año que alguien se interese por ti… pero cuando te das cuenta de de la otra parte no hay ningún interés, llegas a la conclusión de que no merece la pena ni siquiera hacer esos pequeños gestos.
PD.- Caso aparte son los «amigos de internet». Me cuesta mucho felicitar a este grupo de personas con las que tienes un cierto grado de relación «virtual» (porque os leeis en los blogs, o en el twitter, o similar), porque siempre tengo la duda de si hay un grado suficiente de «relación personal» como para que mi felicitación no sea «fuera de sitio»…