Hay demasiadas cosas importantes que ni el Morsa, ni la Chusa ni el Engañabaldosas me enseñaron nunca. Por eso tengo una lista de correo, donde hablo de todas esas cosas que te ayudan a trabajar mejor y a vivir mejor


Parques vacíos

Parque ManzanaresEl pasado viernes aprovechamos el festivo, y que hacía solecito (aunque un frío del carajo) para acercarnos con el pequeñajo al Parque del Manzanares. Se trata de un parque relativamente nuevo (aunque ya lleva tres o cuatro años abierto), moderno, amplio, agradable, a «dos patás» de la ciudad, con columpios, paseos hechos de madera, canchas deportivas, una ruta junto al río, cesped, árboles… en fin, un sitio verdaderamente recomendable.
Era festivo. Tampoco era demasiado pronto (las 11 o las 12 de la mañana). Hacía un sol espléndido, aunque bien es verdad que con viento frío. El caso es que en el parque no había apenas nadie. Un padre tirando canastas con su hijo, dos o tres ciclistas, un par de perros sacando a pasear a sus amos y un par de padres con cochecito despistados. Una extensión inmensa de sitio para cuatro gatos.
Sin embargo, imagino que los centros comerciales estarían abarrotados. Los críos, en vez de corretear por el parque, estarían hacinados en un parking infinito, aguantando colas y aglomeraciones, viendo cómo sus padres se pelean por un sitio para poder comerse una hamburguesa en el fast-food correspondiente.
Luego nos quejamos de que no hay sitios donde ir, que no tenemos espacios verdes. Pero lo cierto es sitios, por haberlos, haylos. Lo que pasa es que pasamos de ellos, y vamos como robots preprogramados a donde se supone que tenemos que ir: al bullicio, a la compra, a los regalos, a la aglomeración.
Pues mira, casi prefiero que sea así. De esta forma, disfruto del parque más agusto. Lo peor sería que se pusiese hasta la bandera como un centro comercial.

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