Hay demasiadas cosas importantes que ni el Morsa, ni la Chusa ni el Engañabaldosas me enseñaron nunca. Por eso tengo una lista de correo, donde hablo de todas esas cosas que te ayudan a trabajar mejor y a vivir mejor


La cara B

Hace unos días me encontraba, navegando por ahí, una publicación en la que entrevistaban a un conocido mío acerca de las bondades de su empresa. Le mandé un mensajito para comentárselo, «eh, qué bien sales en el artículo!». Su respuesta, la siguiente: «Sip… Lo malo es ver que ni el artículo ni los entrecomillados tienen demasiado que ver con la realidad».

Ay, la diferencia entre el escenario y lo que hay detrás de las bambalinas.

Obviamente mi amigo, sujeto a la «disciplina corporativa», no tenía mucha libertad de movimientos. Aunque todos tenemos tendencia a contar siempre lo bueno, y callar lo malo. De endulzar la realidad cuando se la contamos a otros, cuando estamos en público. De pregonar los éxitos a los cuatro vientos, y de barrer los fracasos bajo la alfombra a ver si nadie se entera. De poner la «cara A», y ocultar la «cara B». Y no es por casualidad o por maldad, sino que hay una fuerte presión social para que las cosas sean así; nadie quiere verse «retratado» tal y como es, sino salir guapo en la foto a toda costa, porque si no enseguida es señalado con el dedo. ¿Alguien se imagina cuánto hubiera tardado mi amigo en recibir una reprimenda, o perder directamente el trabajo, si hubiese contado «toda la verdad»?

La cuestión es que, como resultado, la inmensa mayoría de lo que uno lee y escucha por ahí es totalmente irrelevante: porque directamente es mentira, o porque mostrando una visión sesgada nos ocultan una porción importante de la realidad. Puras estrategias de promoción, un juego en el que todos participamos en menor o mayor medida y que dibuja una realidad idílica, pero falsa.

No sé, a mí me atrae más quien me pinta un cuadro con claroscuros, con las partes buenas y con las partes malas, que quien sólo me vende la parte maravillosa. Le doy más valor al primero, con todos sus errores, dudas e imperfecciones, que al segundo, al «perfecto», al «excelente», al «impecable». Porque lo perfecto, lo excelente, lo impecable… no existe.

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