Pregunta «para qué»

Hace unos días teníamos una conversación con un grupo de conocidos. Hablábamos de distracciones, de cómo nos afectan y de cómo las gestionamos.

Una de las herramientas que alguien propuso era: «de vez en cuando me paro y me pregunto ‘para qué estoy haciendo esto’. Eso me ayuda a tomar consciencia y a dejar la distracción».

Desde aquel día, tengo esa pregunta («¿para qué?») metida en la cabeza.

Por qué vs para qué

Hace un tiempo hacía referencia a Simon Sinek y la importancia del why.

Ocurre que, desde el inglés, el «why» puede ser interpretado como «por qué».

Y el por qué mira al pasado. Mira a las causas. Y oye, no tengo nada en contra de eso. Preguntarse «por qué» ayuda a entender de dónde nacen nuestros comportamientos, y puede danos información útil sobre cómo intervenir en ellos.

Pero si cambiamos la preposición, y preguntamos «para qué» en vez de «por qué», el foco cambia. Ya no miramos a las causas, ya no buscamos explicaciones. Lo que hacemos es cuestionarnos la finalidad. Da igual «por qué» suceden las cosas, lo importante es «para qué» suceden… y si queremos (o no) que sucedan.

Por decirlo de alguna manera, el «por qué» nos explica la realidad como consecuencia del pasado. Nos pone en un lugar pasivo, en el que podemos explicar pero no actuar. Por el contrario, el «para qué» nos sitúa en el asiento del conductor. Sí, nuestro coche tiene una inercia, pero… ¿nos gusta a donde nos está llevando?

¿Vamos a dejar que las cosas sigan su curso?

¿O vamos a pegar un volantazo?

Pon un «para qué» en tu vida

Decía antes que esta inquietud nació en una conversación sobre distracciones. Y sí, el «para qué» funciona muy bien en ese contexto.

Pero no solo ahí.

Podemos aplicar el «para qué» a todo lo que hacemos en nuestro día a día. Ahora mismo yo… ¿para qué estoy escribiendo este artículo? ¿qué es lo que quiero conseguir? ¿cuál es el futuro deseado al que quiero llegar?

Escultura de el pensador, preguntándose "para qué"

Te propongo que hagas ese ejercicio. Que, a lo largo del día, te plantees «para qué» estás haciendo lo que estás haciendo.

Lo que yo he descubierto (con cierto horror) es la cantidad de cosas que hago cada día sin que haya un «para qué» claro.

La cantidad de cosas que hago por inercia, «porque tocan», por costumbre, por intereses de otros.

Hay una idea relacionada con al productividad, que dice que «no hay mayor falta de productividad que hacer de manera productiva cosas que no merece la pena hacer»; pues bien, el «para qué» nos ayuda a poner el foco en si lo que hacemos merece la pena o no.

Y si resulta que no… pues habrá que tomar decisiones.

¿Y si no tengo un para qué?

Hace muchos años decía que «ser productivo da vértigo«.

Y cuando uno se pregunta «para qué» puede experimentar por sí mismo ese vértigo. Porque es fácil que te lleve a darte cuenta de que no tienes claridad en el «para qué» estás haciendo las cosas. O que te des cuenta de que, para conseguir ese objetivo, lo que estás haciendo no es lo más importante (pero lo haces igual por inercia, porque es más fácil, porque no te lo has planteado…).

Lo lógico sería empezar la casa por los cimientos: preguntarnos qué futuro queremos construir (en cualquier ámbito de nuestra vida: profesional, personal, social…), y trabajar con esa finalidad en mente (como decía Covey). Hacer un análisis como el que propongo en la rueda de la vida te ayuda, precisamente, a empezar la casa por los cimientos.

Sin embargo muchas veces nos encontramos empezando la casa por el tejado, llenando nuestros días de actividad sin «para qué» claro y consciente.

Y aquí podríamos utilizar el «por qué» para explicar las razones por las que esto sucede: porque nos da miedo mirar al futuro, porque hay demasiada incertidumbre, porque no dedicamos tiempo a pensar en eso, porque…

Pero como veíamos más arriba esas razones no son tan importantes: lo importante es si estamos satisfechos con esa realidad, o si queremos cambiarla.

Varios niveles de «para qué»

Imaginemos que yo decido ponerme a dieta.

«¿Para qué te pones a dieta?»

Pues para perder peso.

«¿Y para qué quieres perder peso?»

Pues para estar más saludable.

«¿Y para qué quieres estar más saludable?»

¿Te das cuenta?

Un primer «para qué» te da una primera respuesta que es, en sí misma, interesante.

Pero puedes seguir profundizando en una cadena de sucesivos «para qué» que te ayuden a entender mejor cuáles son tus motivaciones últimas (y por lo tanto las realmente importantes), y quizás te abran la puerta a plantearte otras alternativas de actuación.

Dig Deeper - Conservation

Haz, si quieres, ese ejercicio en tu propio caso, o con alguien a quien conozcas. Verás que la primera respuesta suele venir con bastante rapidez. Pero si profundizas, notarás los engranajes del cerebro (el tuyo o el de la persona a la que estés preguntando) funcionar con mayor intensidad.

Seguramente para el tercer o cuarto nivel llegues a hacerte preguntas que no te has hecho nunca.

El riesgo del «para qué»

Seguiré el ejemplo que ponía antes.

«¿Y para qué quieres estar más saludable?»

Pues para vivir más años

«¿Y para qué quieres vivir más años?»

Llega un momento, si estiras mucho la cadena de «para qués», en el que te das de bruces con cuestiones verdaderamente profundas y filosóficas. Preguntas que, quizás, no tengan respuesta.

Es un lugar potencialmente incómodo, que te lleva a cuestionarte el sentido de lo que hacemos, el sentido de la vida misma.

Quizás por eso no nos gusta preguntarnos demasiado el «para qué»…

Hacer cosas sin un «para qué»

Teniendo todo esto en cuenta, hay otra pregunta que podemos hacernos: «¿todo lo que hagamos tiene que tener un para qué?»

Creo, honestamente, que no.

Que está bien tener nuestros ratos de hacer cosas sin más, sin una finalidad concreta, sin meternos tanta presión.

Que está bien también abrirse a la casualidad, a descubrir caminos imprevistos, a explorar.

Incluso que está bien darse de bruces con el existencialismo y renunciar a buscar un «para qué» último que nos dé explicación a todo.

Supongo que, al estilo de Aristóteles, en el medio está la virtud: ni convertirnos en seres permanente obsesionados por la finalidad de lo que hacen (en una especie de ejecución de un «Plan de Dominación Mundial»), ni abandonarnos como hojas que se dejan arrastrar a donde el viento las lleve.

Miedo: cómo gestionarlo para que no te limite

«El miedo a equivocarse: ¿cuánto nos bloquea o impulsa? ¿cómo lo gestionamos?». Esto era lo que decía la convocatoria a una tertulia en la que participe hace unos días. Allí, un grupo interesante y diverso de personas estuvimos compartiendo nuestras visiones y nuestras experiencias con el miedo.

Y fruto de ello es este artículo, en el que hablaré sobre el miedo, su función, cómo gestionarlo… y cómo ignorarlo.

El miedo es una emoción

Hace un tiempo escribía sobre emociones. Y contaba cómo éstas son inseparables del ser humano.

Sucede algo en nuestro entorno, nuestro cerebro lo interpreta y le da un sentido (de manera más o menos consciente; de eso hablamos más adelante), y en nuestro cuerpo se ponen en marcha mecanismos de reacción.

Pasa con la alegría, con la tristeza, con la ira… y también con el miedo.

Del revés': Nuevo clip protagonizado por Miedo

Seguro que has sentido esta sensación más de una vez.

El miedo hace que nuestro corazón se acelere, nuestra respiración se agite, nuestro estómago se cierre, nuestros músculos se pongan en tensión, nuestras pupilas se dilaten, se genere adrenalina, se nos seca la boca… en resumen, nuestro cuerpo se pone en «zafarrancho de combate» ante lo que interpreta como una amenaza.

Nos prepara para pelear o para huir.

El origen del miedo

El miedo instintivo

Esta reacción casi automática del cuerpo tiene un sentido, y una utilidad. A nuestros antepasados (y no hablo ni siquiera de los primeros homínidos; el miedo es un mecanismo presente en muchísimos seres vivos así que se remonta a muchos millones de años atrás) les vino muy bien, y por eso son nuestros antepasados: los que no tenían miedo tuvieron menos descendencia.

Common Fears and Phobias in Dogs and How to Help Treat Them

Imagínate un bicho, hace millones de años, que no tiene miedo. Eso hace que, por ejemplo, se acerque sin ningún temor a un precipicio. Al mismo tiempo, surge otro animalito que, por un extraño cruce de cables en su sistema nervioso, reacciona con miedo ante los precipicios y procura evitarlos.

El primero, sin miedo, asume muchos más riesgos de caerse por el precipicio… y morir sin descendencia.

El segundo, con miedo, evita más caídas, sobrevive, tiene hijos que heredan esa capacidad automática de prevención… y hasta aquí hemos llegado.

El miedo a las alturas, el miedo a lo desconocido, el miedo a la oscuridad… tienen un origen evolutivo. Incluso algunos miedos sociales (a no caer bien, a no ser parte del grupo) comparten ese mismo origen (sobrevivir en grupo siempre fue más fácil que sobrevivir en solitario).

Son, en definitiva, mecanismos automáticos que a lo largo de millones de años permitieron a una larga cadena de antepasados sobrevivir, reproducirse… y que nosotros lleguemos a existir. Es parte de nuestra herencia.

El miedo autogenerado

A estos miedos automáticos y casi inconscientes se le suma, además, otro tipo de miedo: el miedo generado por nuestra propia interpretación de la realidad.

R is for Rumination – The EDIT Blog

Hay una frase, de atribución dudosa, que viene a decir: «he sufrido por cosas terribles en mi vida, la mayoría de las cuales nunca sucedieron».

En muchas ocasiones, eso es lo que pasa. Se ponen de acuerdo la capacidad de nuestro cerebro para imaginar futuros posibles, y nuestro mecanismo ancestral del miedo… y acabamos sufriendo más de la cuenta, y a destiempo, por cosas que podrían (o no) pasar.

Y eso puede ser un problema.

Las dos caras del miedo

El miedo es, como hemos visto, una señal útil.

Un aviso que nos manda nuestro cuerpo de que «tengamos cuidado», de que ha reconocido algo a lo que debemos prestar atención.

Nos permite poner foco en un potencial problema, y nos da recursos extra para poder afrontarlo.

Pero también puede ser una barrera.

4 Strategies to Overcome Fear Paralysis | by Bridgett Hart | Medium

Si el miedo nos domina, si nos paraliza, si nos bloquea, si nos hace evitar determinadas situaciones… nos va a impedir lograr muchas cosas.

Contaba Woody Allen, en sus memorias, que su amor por la música (en concreto el jazz de Nueva Orleans) era muy grande, pero también lo era su miedo (provocado por la sensación de que era «malo» tocando). Eso le llevó, durante mucho tiempo, a cultivar esa afición en solitario, encerrado en su casa, tocando solo con el acompañamiento de sus discos. Solo más adelante se atrevió a tocar con otras personas, y durante décadas ha dado conciertos por todo el mundo. Sigue teniendo ese miedo y esa vergüenza, pero como él dice «si quería disfrutar de la música no me podía permitir la vergüenza».

Fíjate bien: Woody Allen tenía miedo, y dos opciones – dejarse dominar por él (y quedarse solo en su casa con el clarinete) o afrontarlo y salir al mundo a tocar… a pesar del miedo.

Cómo gestionar el miedo

Iba a titular esta sección «cómo vencer el miedo», pero me he arrepentido. Porque creo que el miedo se puede «gestionar», pero no estoy seguro de que se pueda «vencer».

No sé si sería posible… y ni siquiera sé si sería bueno.

En todo caso, aquí van una serie de ideas que nos pueden servir para afrontar el miedo cuando aparece:

Sentir tu miedo

Una de las técnicas más habituales para meditar es poner el foco en nuestras sensaciones corporales.

En ese sentido, en una situación de miedo, puede ser útil forzarnos a «observar» nuestro cuerpo. Sentir nuestro estómago cerrado, nuestro ritmo de respiración acelerado, nuestro corazón palpitando.

Body Scan Meditation | Mindfulness techniques, Meditation benefits,  Meditation techniques

Paradójicamente, al hacerlo, conseguimos que nuestra mente «se distraiga» y eso hace que su contribución al miedo (imaginando escenarios posibles, y todo lo malo que podría suceder) se reduzca.

Además de observar, podemos también intentar contrarrestar los efectos físicos del miedo: por ejemplo, controlando nuestra respiración para que sea más lenta y profunda. O bebiendo agua para hidratarnos. O cambiando nuestra postura corporal.

Y es que es verdad que las emociones provocan cambios físicos en nuestro cuerpo. Pero también es verdad que esa relación funciona en el otro sentido: si provocamos cambios físicos en nuestro cuerpo, podemos alterar nuestras emociones. Así que si le enviamos señales al cerebro de que «todo está bien», el cerebro se sincroniza con esa sensación.

Analizar tu miedo

Uno de los problemas que tiene nuestro cerebro es su capacidad de «rumiar», de tener pensamientos dando vueltas como si estuvieran en una centrifugadora. Si nos descuidamos, acabamos haciendo una montaña de un grano de arena, y provocando que el miedo tome el control e incluso se retroalimente.

Ante esa sensación de «alboroto mental» viene bien separarse un poco y analizar la situación de una manera más aséptica. A veces puede ser útil hablar con otra persona. O escribir. ¿Qué es lo que me está dando miedo? ¿Qué componentes tiene ese miedo? ¿Cuáles son las consecuencias posibles? ¿Hay otra forma de mirarlo?

Aquí, por ejemplo, tienes 20 preguntas que puedes hacerte cuando sientas miedo.

Recuerdo algo que me dijo uno de mis primeros jefes: ante una de mis primeras presentaciones en un proyecto, yo estaba francamente nervioso. Me dijo: «vamos a ver, Raúl… ¿qué es lo peor que podría pasar? ¿que salga mal la presentación? ¿que perdamos el proyecto? ¿que el cliente se enfade? ¿que el socio nos despida?». Y concluyó con un «¿y eso es tan malo?».

Plantearse el peor escenario posible, y mirarlo cara a cara, puede ayudarnos a reducir la carga del miedo.

Prepararte

Como decíamos más arriba, el miedo es una señal de alerta. Y no está de más hacerle caso; no para «evitar» la situación, sino para prepararse lo mejor posible para ella.

Esta preparación tiene dos componentes:

  • Hacer todo lo que está en mi mano para que la situación que me da miedo no se materialice (o que lo haga con la menor intensidad posible).
  • Tener planes de contingencia por si esa situación acaba produciéndose.

Recuerdo que, en una ocasión, me llamaron para ir a dar un curso de un día para otro. Era un curso que yo no había hecho nunca, y recuerdo el miedo: «va a salir fatal, voy a hacer el ridículo». Ese miedo me hizo pasarme casi 24 horas preparándome el material con mucha intensidad. De esta manera, cuando llegó el curso, el miedo paralizante se había transformado en un nerviosismo manejable.

Podemos estudiar, podemos hablar con gente que haya pasado por lo mismo, podemos practicar, podemos tener «planes B»…

Be Prepared, Not Scared - YouTube

En definitiva, es una cuestión de preparación. Y como dice la frase anglosajona: «if you fail to prepare, prepare to fail». O esta otra: «cada gota de sudor durante el entrenamiento evita una gota de sangre en el combate».

Cuanto más te prepares, más control tendrás sobre la situación, más herramientas para afrontarla… y más limitado estará el miedo.

Apoyarte en tus experiencias previas

Una de las cosas malas del miedo es que nos nubla la mente. Y a veces nos hace olvidarnos de los recursos que ya tenemos para enfrentarnos a una situación.

5 Podcasts to Eliminate Negative Self-Talk | Inc.com

Para contrarrestarlo, es útil hacer un ejercicio de mirar en nuestro pasado: ¿cuándo hemos vivido una situación parecida, y la hemos resuelto con éxito? Si lo hicimos una vez… ¿no es evidente que podemos hacerlo de nuevo? ¿qué recursos, de los que usamos en su momento, tenemos a nuestra disposición?

Y si vivimos una situación parecida que no salió bien… ¿qué pudimos aprender de ella? ¿qué haríamos ahora de forma diferente?

Reforzar la confianza en nuestra capacidad de afrontar una situación que nos da miedo hace que el miedo se suavice.

Exponerte progresivamente

Hace algunos años me propuse aprender a patinar. De las primeras cosas que me dijeron: «tírate». ¿Cómo?. «Sí, déjate caer así, de rodillas». ¡Pero qué locura, si precisamente caerme es lo que me da más miedo! ¿No será mejor enseñarme a patinar para que no me caiga?

Pero, obviamente, tenía su sentido.

Si tú enfrentas tu miedo en un entorno controlado, de bajo riesgo (como es dejarte caer de rodillas el primer día que patinas), te das cuenta de que «ah, pues no pasa nada; ah, pues no es para tanto». Empiezas a perder el miedo a caer, y eso hace que luego patines con mucha más libertad. Porque si vas patinando atenazado por el miedo a caerte… nunca patinarás.

Del mismo modo, en las artes marciales se practican las «ukemi»: las caídas. Primero caídas más suaves, luego progresivamente más fuertes.

Aprende con Iván JudoAtrvt : CAIDA DE ESPALDAS (USHIRO UKEMI)

El objetivo es doble: por un lado aprender la mejor forma de caer (con el menor riesgo de daño), y por otro acostumbrarse a la sensación de caer y perderle el miedo, para así poder hacer el resto de movimientos sin ese bloqueo.

Sea cual sea la situación que te de miedo, puedes buscar un «plan de entrenamiento» en el que ir afrontándolo poco a poco, acostumbrándote a él… y (valga la redundancia) perdiéndole el miedo. En este sentido, es interesante la charla de Jia Jiang sobre la «terapia de rechazo».

Enfocarte en lo que quieres conseguir

Dice Tony Robbins que «allí donde pones el foco, allí es donde fluye la energía».

En el ejemplo de Woody Allen que contaba más arriba, él tenía dos opciones: focalizarse en el miedo, o focalizarse en el disfrute.

Así sucede en cualquier situación que nos dé miedo: podemos centrarnos en él (en lo que puede salir mal, en las consecuencias negativas, en el sufrimiento), o podemos centrarnos en lo que queremos conseguir (en lo que puede salir bien, en las consecuencias positivas, en el disfrute).

Every single day you make a choice. It's up to you! 😉 | Flickr

Podemos hacer ejercicios de visualización, hacer listas de «por qué esto es importante para mi»… cuanto más tiempo pasemos pensando en lo positivo, más cerca estaremos de impedir que el miedo nos limite.

Se trata, en definitiva, de poner un contrapeso en la balanza que ayude a inclinarla hacia lo que queremos conseguir.

Afrontar la vida con mentalidad de crecimiento

Hace tiempo hice un vídeo sobre la mentalidad de crecimiento, en el que explicaba en qué consiste (y cómo contrasta con la «mentalidad fija»).

How to develop a growth mindset? | Strengthscope

¿Qué implica la mentalidad de crecimiento? Pues asumir que, en la vida, estamos siempre en proceso de aprendizaje. Que las cosas rara vez van a salir bien a la primera. Que el error, el fallo, es parte del camino. Que, si queremos conseguir algo, vamos a tener que tropezar, caernos… y volver a levantarnos. Que no hay otra manera de conseguir las cosas. Que no importa cuánto sepas… siempre hay nuevos retos por delante en los que vas a fallar antes de dominarlos.

Y que está bien que así sea.

En definitiva, se trata de aceptar el error (y la incomodidad, y el miedo) como elementos que van a estar ahí, y dejar de fantasear con un mundo perfecto donde podemos evitarlos.

Actuar a pesar del miedo

Me hablaron de un acrónimo de MIEDO como: Mi Imaginación Enfocada a Distraerme de mis Objetivos.

Y me gustó.

Si dejamos que el miedo nos domine, nos va a impedir conseguir muchas cosas que queremos conseguir.

Elizabeth Gilbert, en su libro «Libera tu magia: Una vida creativa más allá del miedo«, habla de la creatividad y de cómo vivir una vida creativa. Y del rol que juega el miedo en ella. De hecho, tiene escrita una «carta al miedo», que dice así:

“Querido miedo: la creatividad y yo vamos a hacer un viaje juntos.

Entiendo que tú también vienes, porque siempre lo haces. Reconozco que tu crees que tienes un trabajo que hacer en mi vida, y que te lo tomas muy en serio. Aparentemente, tu trabajo es generarme pánico cada vez que me planteo hacer algo interesante… y he de decir que lo haces fenomenal.

Así que perfecto, sigue haciendo tu trabajo si crees que es lo que debes hacer.

Pero yo también voy a hacer lo mío en este viaje, que es trabajar y mantener el foco. Y la creatividad hará el suyo, que es inspirar y estimular.

Hay mucho sitio en el coche para todos, así que ponte cómodo, pero ten clara una cosa: la creatividad y yo vamos a ser quienes tomen las decisiones aquí. Reconozco y respeto que tú eres parte de esta familia, y no te voy a excluir de nuestras actividades… pero no te vamos a hacer caso. Puedes venir, puedes opinar… pero tu voto no cuenta. No vas a tocar el GPS, no vas a sugerir desvíos… por no hacer, no vas ni a elegir la música.

Y desde luego, mi querido y familiar amigo… ni de coña vas a tocar el volante.»

Al final, me temo, de eso se trata. El miedo va a estar ahí. Podemos hacer muchas cosas para intentar que no se desmadre, pero nos equivocamos si creemos que podemos eliminarlo del todo. Siempre lo vamos a llevar de compañero.

Lo que no tenemos que hacer es dejar que tome las decisiones, ni que nos limite la capacidad de llevar la vida por donde nosotros queremos llevarla.

Actuar A PESAR del miedo.

Risky Business (1986) - Sobre tomar riesgos y vivir. | Reseña en Cinema  para Promedios

En última instancia hay que hacer lo que decía el personaje de Tom Cruise en «Risky Business»:

«Verá, señor. Hay una cosa que he aprendido con los años. Y es que de vez en cuando hay que saber decir ‘pero qué coño’, y tomar una decisión… pase lo que pase».

¿Y tú qué mides?

Voy a hacer una confesión: yo me hice una cuenta de TikTok.

(¿No sabes lo que es TikTok? Si tienes algún adolescente en tu entorno corre a preguntarles.)

En mi descargo, diré que fue durante el confinamiento. Algo había que hacer. Y también diré que ya la he borrado.

Pero lo cierto es que, durante unos meses, tuve cuenta en TikTok. E incluso grabé algunos vídeos. Hasta algún bailecito.

Oh, que pena que lo haya borrado.

Y, sobre todo, vi cientos de vídeos grabados por otras personas (tengo algunas musiquitas metidas en la cabeza de forma irremediable).

Pero oye, en el pecado está la penitencia.

Uno de los temas recurrentes entre los usuarios de TikTok es el ansia por la popularidad. Pero ansia viva. «¡He llegado a los 1000 seguidores!» «¡A ver si mi vídeo se hace viral!» «¿Por qué mis vídeos no tienen visitas?» «¡Quiero ser ‘Tiktok famous’!».

O sea, no es muy diferente de lo que ya vivimos en otras épocas con los «followers» en Instagram o en Twitter, o las visitas a un blog.

O los suscriptores a una lista de correo (ejem).

En fin, que yo no voy a tirar piedras, porque no estoy libre de pecado.

Pero el caso es que el otro día leía un post escrito por Ángel Martín, cómico. «Olvida los números», se titulaba. Y decía cosas como ésta:

«A menos que tu vida dependa de conseguir un determinado número de likes, retuits o favs… no dejes que ese número te importe. Si tu vida depende de qué lo que compartas con la gente tenga «x» comentarios y en caso de no conseguirlo alguien te pegará un tiro en la boca, entiendo que estés preocupado, pero si tu vida no depende de eso…olvida los números.»

Él habla de los cómicos, pero su razonamiento lo puedes aplicar a cualquier campo.

Y es que muchas veces confundimos churras con merinas. Ponemos el foco en medir cosas que no son importantes. Que a veces son fáciles de medir (y por eso las medimos), que a veces son gratificantes para el ego (¿quién no quiere ver muchos followers, e interpretar con eso que «a la gente le gusto»?)

Pero hay una frase que siempre me hizo pensar (se la atribuyen a Einstein, pero parece que hay que coger esa atribución con pinzas… y es que si Einstein hubiera dicho todo lo que se le atribuye, ¿cuándo iba a investigar?). La frase viene a decir:

«No todo lo que se puede medir importa, ni todo lo que importa se puede medir»

Es como el chiste del borracho que buscaba las llaves a la luz de una farola. «¿Se te cayeron por aquí?» «No, se me cayeron por allí, pero es que aquí hay luz».

Pues igual.

A veces medimos cosas simplemente porque podemos. Por que es fácil. Porque es gratificante. ¿Tiene impacto esa medida? No, pero es aquí donde hay luz.

Eso pasa con los followers y los likes. Se les llama «vanity metrics». Y, en términos generales, no importan.

¿Qué es lo que de verdad importa? Eso lo tienes que pensar tú respecto a tu trabajo, respecto a tu empresa, respecto a tu negocio. Ver qué es lo que de verdad importa, y ver cómo medirlo. ¿Y si resulta difícil? Pues te esfuerzas más. ¿Y si resulta imposible? Pues buscas formas de medir que se aproximen.

Pero no cometas el error de medir cosas que no importan.

Porque te estarás guiando por un criterio que no te lleva a ningún sitio. O lo que es peor, te llevará a tomar decisiones equivocadas.

Territorios sin mapa

¿Sueles usar GPS cuando vas en coche? ¡Qué maravilla los GPS! Y lo que yo me resistí a usarlos… pero hay que reconocer que es una gozada tener una herramienta que te dice dónde estás, dónde está tu destino, y que te va guiando paso a paso para llegar allí.

Lo malo es que, tanto en la vida personal como profesional, nos enfrentamos a muchas situaciones para las que no hay un GPS disponible. Nada que nos diga si vamos bien o mal. Nada que nos diga si en la siguiente rotonda tenemos que tomar la primera, la segunda, o la tercera salida… o darnos la vuelta.

Es una gozada cuando tienes claro donde vas y cuál es el camino a seguir. Pero no siempre tienes disponible esa opción... y entonces toca explorar.



¿Y qué hacer cuando no hay un GPS disponible?

  • Hay quienes niegan la mayor, y siguen buscando un mapa. Consejos de expertos, bestpractices, benchmarking, recetas prefabricadas… con la esperanza de que «lo que les sirvió a otros me sirva a mí». Rara vez funciona, porque aunque las situaciones se parezcan… nunca son del todo iguales.
  • Hay quienes, ante la incertidumbre, se paralizan. Si no hay GPS, no me muevo. Pero no moverse ya es una decisión… que rara vez te llevará a donde querías ir.
  • Y hay quienes se ponen disfraz de explorador, asumen que están en terreno inexplorado… e inician la aventura aceptando que encontrarán obstáculos, caminos sin salida, que darán vueltas, que se perderán… pero que no queda otra.

De todo esto hablo en uno de los episodios de mi podcast: https://www.ivoox.com/090-territorios-sin-mapa-audios-mp3_rf_46452712_1.html

Si no lo has hecho ya, puedes suscribirte al podcast en ivooxitunesspotify… o tu plataforma de podcasts favorita 🙂

Eliminar distracciones online

El pozo sin fondo de las redes sociales

No sé si te habrá pasado (aunque apostaría a que sí). Te sientas frente al ordenador dispuesto a hacer cosas útiles y productivas. Pero antes quieres dedicar un momentito a echar un vistazo a twitter. Revisas tu timeline, haces click en un par de artículos que parecen interesantes, te los lees… quizás te metas en una discusión sobre el tema del momento… Venga, y ahora a Facebook, a ver qué hay de nuevo. Un par de likes, un par de comentarios… ¿Y las stories de Instagram? Será solo un momentito… Ah, y un vistazo rápido a la prensa del día: El Mundo, El País, El Confidencial… El Marca…

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Y así, en esta ensalada de actualizaciones, comentarios, likes, scroll infinito y vídeos de gatitos (¡son tan monos!) se te ha ido su buena media hora. Y no contento con eso, cuando acabas la ronda… la empiezas de nuevo, a ver si alguien ha respondido a tu comentario, a ver si hay algún like nuevo, o alguna “noticia urgente”…

O sacas el móvil, quizás alertado por una notificación. Abres una aplicación, abres otra… y “uy, se me ha ido la mañana”.

Durante ese rato algo en tu cabeza te dice que deberías dejarlo. Que tienes cosas que hacer. Que no es una forma útil ni productiva de emplear tu tiempo. Argh, eres débil. Pero bueno, no pasa nada, mañana lo harás mejor. Al fin y al cabo, “no procrastinar” es uno de tus buenos propósitos del año. Y todo el mundo sabe que los buenos propósitos se cumplen…

¿Tienes un problema?

Mucho se habla de “adicción a las redes sociales“, o del síndrome FOMO (o del NOMO). Yo no sé si es una adicción o no. Pero si la situación que he descrito antes es algo que te pasa con frecuencia, si te impide concentrarte, si reduce tu capacidad de sacar cosas adelante… quizás tengas un problema.

“Bah, no es para tanto”, puedes pensar. ¿Alguna vez has medido el tiempo que pasas navegando en las distintas webs, o en las diferentes apps de tu móvil? ¿Alguna vez te has forzado a estar sin ellas durante un tiempo largo? Quizás te sorprendas, y no de forma positiva, de hasta qué punto tiene un impacto en tu día a día.

Hypnosis+and+Social+Media+Addiction+Seri

Si te sirve de consuelo (no debería), no es del todo culpa tuya. Las “redes sociales”, los contenidos de internet… son una golosina muy apetecible. Te dan un montón de estímulos gratificantes con muy poco esfuerzo, en forma de novedades, comentarios, likes… Además, las tienes a un clic de distancia, o directamente en tu bolsillo; no tienes ni que mover el culo de la silla. ¡Y gratis! Añádele el interés de todos los productores de contenidos en atraer tu atención y mantenerla durante el máximo tiempo posible… y el cóctel es irresistible. Como tener un suminis tro permanente y gratuito de la droga de tu elección sin tener que salir de casa.

Así que ahí caemos una y otra vez, como moscas en la miel. Lo malo es que somos nosotros los que pagamos las consecuencias, aunque no nos demos cuenta.

En busca de una solución

Si realmente llegas a la conclusión de que esto supone un problema… ¿qué puedes hacer para solucionarlo? ¿Cómo evitar caer en la tentación, y deslizarse por esa pendiente resbaladiza que te hace desaprovechar tanto tiempo, atención y energía que podrías estar usando para otras cosas?

Hay quien busca aferrarse a la motivación, a la fuerza de voluntad, a los buenos propósitos. “Hoy sí voy a estar concentrado y no me voy a despistar”. Lamentablemente, la fuerza de voluntad no funciona. Puede que sí durante un día o dos. Pero más pronto que tarde nos relajaremos… y antes de que nos queramos dar cuenta volveremos a las andadas.

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Nuestro cerebro ha generado unos automatismos a los que recurrirá en cuanto nuestro “yo consciente” (que es más listo, pero que consume más energía y por eso no está activo todo el tiempo) baje la guardia. Y si además es solo cuestión de hacer clic… no tienes ninguna posibilidad. No es que seas débil, o que te falte carácterEs como funciona nuestro cerebro, nada más.

Por eso hay que buscar otras soluciones. Soluciones que tienen que ver con “ponérselo difícil” a nuestro “yo inconsciente”. En nuestros momentos de lucidez (cuando nos damos cuenta de que tenemos un problema, y que queremos solucionarlo) podemos poner en marcha estrategias y herramientas para que luego, cuando nuestro cerebro funcione en automático, vaya por el buen camino.

Bloqueando webs y aplicaciones

En el caso de las redes sociales y de los contenidos en internet, una herramienta que puede ser muy útil son los bloqueadores de sitios, como por ejemplo Blocksite (que es el que yo utilizo, aunque hay otros). Se trata de aplicaciones que puedes instalar en tu navegador, y también en tu móvil, y que monitorizan tu actividad impidiéndote el acceso a los sitios que tú les hayas dicho.

El funcionamiento es muy sencillo. Simplemente tienes que crear un listado con las URL’s que quieres bloquear. En mi caso, por ejemplo, tengo bloqueados facebook, twitter, distintos diarios digitales… todo aquello a lo que me he dado cuenta que recurro “en automático”. Además, puedes especificar un calendario semanal en el que está activo el bloqueo: en mi caso, he activado el bloqueo de 9:00 a 20:00 todos los días de la semana. Pero tú puedes adaptártelo a tus necesidades.

Blocksite también tiene una aplicación para móvil, en la que puedes replicar el mismo comportamiento y además incluir apps que quieres bloquear.

De esta forma, cuando intento entrar en alguna de las webs bloqueadas (y te sorprendería ver la cantidad de veces que lo intento a lo largo del día, de forma inconsciente… ¡es alucinante!), te salta un aviso de que “no puedes entrar”.

Más difícil todavía

Claro, el problema del bloqueador es que se puede activar/desactivar con un clic. Es decir, que sigue en mi mano el decir “levanta las restricciones”. Es verdad, has puesto un paso intermedio (tienes que “desactivar”), pero es tan sencillo… que tu “yo inconsciente”, que está ansioso por recibir su descarga de dopamina a base de estimulos, likes y similares, te engaña con facilidad: “Venga, es solo un momentito, luego lo vuelves a activar”, “por una vez no pasa nada, te lo has ganado, ¿no?”, “es por un buen motivo, de verdad que esta vez es necesario”. Así que desactivas el bloqueo… y sin darte cuenta vuelves a estar donde estabas.

Para evitar esto, se trata de ponerle al cerebro un “más difícil todavía”. Blocksite tiene la opción de proteger con contraseña la activación/desactivación del bloqueo. De esta forma, no será tan sencillo como “desactivar”, sino que tendrás que meter una contraseña para hacerlo. Una barrera más. Aunque claro, si la contraseña te la aprendes y eres capaz de teclearla sin pensar… no es una barrera demasiado efectiva.

Así que lo que yo hice es crearme una contraseña difícil, con un generador de contraseñas: 16 caracteres aleatorios, con números, símbolos, mayúsculas y minúsculas… todo el lote. Básicamente imposible de memorizar. Lógicamente la apunté, la tengo en una nota de Evernote, por si en algún momento necesito entrar a la configuración del bloqueador. Técnicamente podría desactivar el bloqueo: me voy a Evernote, busco la nota en cuestión, copio la contraseña, la pego y desbloqueo. Pero ya es un paso más, y no especialmente cómodo.

Crear fricción para cambiar tu comportamiento

Antes hablaba de tu “yo consciente” (el que es capaz de razonar y de tomar decisiones, pero que consume mucha energía y por eso no está activo la mayor parte del tiempo) y de tu “yo inconsciente” (el que toma decisiones automáticas la mayor parte del tiempo). Estos “dos cerebros” los describe muy bien Daniel Kahneman en su “Thinking Fast and Slow”, y son la clave para entender por qué nos comportamos como nos comportamos en muchas situaciones.

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Si queremos cambiar un comportamiento (como en el caso del acceso a las redes sociales), se trata de ir poniendo barreras cada vez más altas a mi “yo inconsciente”. Hay que impedirle que siga su tendencia natural, y hacer que vaya por un camino mejor. Creando puntos de fricción lo que haces es desincentivar el comportamiento que quieres eliminar. Y no se trata de hacerlo a base de “fuerza de voluntad”, sino de automatismos. Por cierto, si te interesa este tema (y cómo aplicarlo a otros ámbitos de tu vida), está muy bien el libro “Atomic Habits” de James Clear.

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Un mejor uso de tu tiempo, tu atención y energía

Lo que yo busco con estas estrategias es liberar el tiempo y atención que normalmente se me va en estos contenidos. Y así poder dedicarlo a otras cosas más productivas: sacar mi trabajo antes y mejor, leer más deliberadamente, producir más contenido, utilizar herramientas de aprendizaje que refuercen mis habilidades… en definitiva, un uso mejor de mis recursos.

Como decía más arriba, te sorprendería ver la cantidad de veces que me descubro intentando entrar en los sitios bloqueados. Como una mosca dándose golpes contra un cristal. Y la absurda ansiedad que me entra al pensar que “hasta las 8 de la noche no voy a poder entrar a ver si ha pasado algo en mis redes” (de hecho, me está pasando mientras escribo esto). Es absurdo, pero pasa. Hasta ese punto los comportamientos se llegan a automatizar y a generar dependencia.

Así que si tú sientes que tienes un problema parecido, y de verdad quieres ponerle solución… ¡manos a la obra!

Método GTD: conceptos básicos para principiantes

¿Qué es el método GTD?

GTD son las siglas de Getting Things Done. Se trata de un libro que escribió David Allen en 2001, en el que explica un método para «organizarse con eficacia». Para mí supuso un antes y un después en mi visión de «cómo organizarme». Me hizo darme cuenta de algunas cosas muy importantes que estaba pasando por alto, y me proporcionó una «guía de actuación» que me ha ayudado mucho a lo largo de los años (y de hecho es algo de lo que he hablado de vez en cuando en el blog). Luego puedes entrar en matices y discusiones un poco bizantinas (y los «expertos en productividad» son muy dados a ello), pero para mí sigue siendo un punto de partida más que interesante.

El método GTD te ayuda a tener «bajo control» todas las responsabilidades y compromisos que tienes en tu vida (la profesional y la personal), y te da herramientas para que esas responsabilidades se transformen en «tareas para hacer». De esta manera, te facilita que luego las hagas efectivamente y, así, avances hacia tus objetivos.

El método GTD puede parecer de primeras algo complejo (luego verás que no es para tanto), pero se basa en una serie de ideas fundamentales que no es difícil incorporar. Mi objetivo en este artículo es hacer un repaso de alto nivel del método GTD, resaltando esas ideas clave. Y si te pica el gusanillo y quieres profundizar, te invito a que te leas el libro y sigas tirando del hilo a partir de ahí.

¿Estamos preparados? Pues empecemos.

Método GTD esquema básico

El punto de partida: tienes mucho lío

¿Cuántas cosas tienes en tu cabeza? La reunión de trabajo de la semana que viene, el viaje que tienes que organizar a no sé dónde, el informe que tu jefe te lleva pidiendo dos semanas, alguien que te dice que «tenemos que hablar» en el pasillo, el IRPF, renovar el carnet de conducir, arreglar el desagüe del baño, comprar un teléfono nuevo que el que tienes se está quedando estropeado, pensar en las vacaciones de verano, una lista interminable de libros por leer, una llamada pendiente, la bandeja de entrada del mail a rebosar… Te agobia solo pensarlo, ¿verdad?

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Algunas de estas cosas son demandas externas: la llamada que te entra, el mail que recibes, la petición de tu jefe, el plazo para presentar la declaración… cosas que caen en tu plato y a las que tienes que responder. Pero también hay otra serie de cosas que responden a una iniciativa interna: eres tú quien quiere hacer un viaje en vacaciones, o buscar un nuevo trabajo; nadie te lo pide. Pero sea por un origen o por otro, la situación es la misma: si quieres que los temas avancen, tienes que hacer algo al respecto.

Esta sensación de «tener mucho lío» puede llegar a ser muy agobiante. Especialmente si todas esas responsabilidades «están en nuestra cabeza», luchando por nuestra atención, con el riesgo de que nos olvidemos de ellas. Nuestra memoria a corto plazo tiene una capacidad limitada, y en ella entran y salen ideas a toda velocidad. Un montón de «tengo que…» sobre los que rumiamos unos segundos para pasar enseguida a otro tema… sin haber hecho nada al respecto.

Y ése es el problema: la cantidad de «ciclos mentales» que dedicamos a rumiar cosas sin hacer nada con ellas. Y es que la cabeza no es el sitio en el que almacenar, porque las ideas se quedan flotando ahí agobiándonos… o peor aún, se nos olvidan y es como si no las hubiéramos tenido nunca.

Capturar para sacar de tu cabeza

El primer hábito fundamental que propone el método GTD tiene precisamente que ver con esto. Si tu cabeza no es un buen sitio para mantener las ideas… lo que tienes que hacer es sacarlas de ahí y llevarlas a otro sitio. Este hábito de «capturar» (en papel, o en una aplicación… o donde sea) es el primer paso para transformar tus pensamientos en realidades.

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Se trata de capturar tus pensamientos tal y como se producen. Acabas una reunión con una serie de ideas… pues las pones negro sobre blanco y las llevas a tu «bandeja de entrada». Alguien te recomienda una serie… pues la apuntas para que no se te olvide. Vas de paseo escuchando un podcast y mencionan un concepto en el que quieres profundizar… pues lo anotas. Alguien te pilla en el pasillo y te dice que quiere hablar contigo… pues lo apuntas.

La gracia de capturar es que no tienes que «hacer nada» en ese momento. No tienes que decidir si es importante o no, no tienes que dar una respuesta, no tienes que asumir ningún compromiso, no tienes que ejecutar nada. Se trata únicamente de apuntar para que no se te olvide, y para que el pensamiento no esté flotando en tu cabeza.

Es la hora de procesar y organizar

De nada serviría capturar todas tus ideas si luego no haces nada con ellas. Así que tienes que dedicar tiempo a procesar esas ideas, decidir qué significan para ti, y qué vas a hacer al respecto.

Esta fase de procesado es fundamental, ya que es la que te permite pasar de una masa informe de ideas a, en su caso, acciones concretas y tangibles que luego ya estarás en condiciones de ejecutar. Y es que ésa es una de las ideas clave del método GTD: que tú solo puedes «hacer» tareas muy concretas. No puedes, por ejemplo, «planificar las vacaciones»: pero sí que puedes hacer un listado de posibles destinos, puedes tener una conversación con tu pareja de qué fechas tenéis libres cada uno, puedes ir a la agencia de viajes a pedir información, puedes hacer un listado con el equipaje que necesitas, puedes llamar a tu amigo Menganito que estuvo allí para que te recomiende sitios…

Uno de los grandes problemas que tenemos en nuestra organización es precisamente ése: que nos cuesta procesar las ideas generales en cosas concretas, tangibles… y accionables. Y para conseguir esto hace falta dedicar tiempo y tomar una serie de decisiones.

Para empezar, ¿es algo con lo que yo quiera hacer algo?

Esta es la primera pregunta que hay que hacerse cuando uno toma un elemento de los que ha capturado. Puede que haya caído en tu «red de captura», pero eso no implica que tú vayas a hacer nada con ello.

Aquí se trata de ser también bastante consciente de los compromisos que asume con otros, y también con uno mismo. A veces sentimos que tenemos «demasiadas cosas que hacer» porque no hemos puesto pie en pared y no hemos dicho «NO» a tiempo. Dentro del método GTD éste es el momento en el que decidimos qué cosas se convierten para nosotros en un compromiso de acción, y qué cosas no.

Sello, Aprobar, Goma, Pasar, Rechazan, Cuadro

Hay muchas cosas que, directamente, son para tirar. Hace poco en mi buzón físico entró un folleto de Testigos de Jehová… ¿qué significa para mí? ¿quiero hacer algo al respecto? No. Tirar, no hay nada más que hacer. Sucede también con muchas posibles peticiones que te hacen: hace un tiempo me invitaron a ir a un programa de televisión a dar mi opinión sobre un tema que no tenía nada que ver conmigo. Pues nada, a tirar (con breve mail de rechazo de por medio). No quiero dedicarle ni medio segundo más de atención.

A veces las cosas no son directamente para tirar. Hay ideas que capturas con las que no vas a hacer nada ahora, pero puede que sí algún día. En ese caso, conviene almacenarlas en un sitio (una carpeta «quizás/algún día») que podamos revisar con cierta frecuencia por si nos apetece retomarlo (o con un recordatorio si queremos ponerle fecha a esa revisión). Un ejemplo paradigmático para mí son las recomendaciones de series: en una conversación, o en redes sociales, alguien menciona una serie interesante que está viendo. Yo capturo el nombre de la serie. Y cuando voy a procesarla, pienso «ahora no la voy a ver, pero me interesa tenerla en la recámara». Así que la meto en mi lista de «quizás/algún día». Y así, cuando esté pensando «qué nueva serie empezar a ver», me voy a mi lista y elijo. Esto pasa con un montón de ideas que se te ocurren, posibles proyectos, planes, conversaciones… que hoy no están lo suficientemente madur as como para hacer algo con ellas, pero que no quieres olvidar.

Finalmente hay otro tipo de elementos con los que no vas a hacer nada, pero que te interesa tener bajo control. Sería el «material de referencia». A mí, por ejemplo, me gusta guardar viñetas o frases que encuentro (y que quizás utilice en un artículo o en una presentación). O el manual de usuario de la televisión. O la clave del wifi. Son materiales con los que no tengo que hacer nada, pero que me interesa tener a mano por si un día tengo que consultarlos.

Si voy a hacer algo… ¿qué es lo que voy a hacer?

Bien. Imaginemos que el elemento de la bandeja de entrada que estamos procesando ha pasado ese primer filtro. Sí, queremos hacer algo con ello. La pregunta es… ¿qué?

Joven, Mujer, Niña, Dama, Mujeres, Trabajo, Estudio

Parece una pregunta obvia, pero muchas veces nos la saltamos. ¿Cuál es el resultado que queremos conseguir con nuestra acción? ¿Cuál es nuestra visión de futuro? ¿Qué pasará si tenemos éxito? ¿Cómo podría alguien desde fuera verificar que efectivamente hemos tenido éxito? Es lo que Covey dice de «empezar con un fin en mente»Si tenemos claro a dónde queremos llegar, será más fácil decidir cuáles son los pasos que tenemos que dar para llegar allí. Y la cuestión es que muchas veces no dedicamos unos minutos a clarificar nuestra visión.

Imagina que quieres «arreglar los pilotos del coche» (no es por mí, es por un amigo :D). ¿Cuál es para ti el resultado final? Tener los pilotos del coche arreglados, ok… ¿y te imaginas yendo al taller a que te los cambien? ¿O te imaginas comprándolos tú por internet y hacer la reparación tú mismo? ¿O depende de cuánto te cueste una u otra opción? ¿Es una posibilidad dejarlos sin arreglar, si ves que el coste es demasiado alto? ¿Tienes todo el tiempo del mundo, o estás pendiente de pasar la ITV? Fíjate cómo, a medida que vas concretando tu visión de futuro, se abren distintos cursos de acción: no es lo mismo «llamar al taller a pedir cita» que «hacer una búsqueda en internet buscando el recambio» (para lo cual posiblemente antes tengas que «ver cuál es el modelo concreto de recambio que necesitas»).

Como ves, si no dedicas un tiempo a clarificar qué significa para ti eso que tienes entre manos, y a tener una visión muy concreta de por dónde quieres avanzar, va a ser muy difícil que hagas nada al respecto. «Arreglar los pilotos del coche» seguirá siendo un «pendiente».

¿Cuál es la siguiente acción?

Y es que el método GTD hace mucho énfasis en que el objetivo final de la fase de procesado es llegar a tener acciones concretas que puedas ejecutar después. Y para llegar al nivel de «tarea ejecutable» hay que hacer todo ese procesado previo, porque solemos llamar «tareas» a cosas que no están en ese nivel de maduración.

Una tarea ejecutable es algo que se puede «accionar». Algo que haces con tus dedos, con tu boca, con tus pies. Es algo físico, corporal. Son tus dedos marcando un número de teléfono. Es tu mano escribiendo algo en un cuaderno, o tecleando el texto de un email. Son tus brazos llevando algo de un sitio a otro. Es tu garganta formando palabras.

Problema, Pregunta, Solución, Respuesta, Tarea

Ocurre que muchas veces nos da pereza llegar a ese nivel de concreción. Nos quedamos en genéricos como «pensar», «hacer», «preparar», «impulsar»… Y el problema es que, si no lo hacemos, luego cuando nos pongamos a «ejecutar» nos faltará información. Y como resultado, no haremos.

Para mí, la prueba del nueve de una tarea accionable es que pudieras delegársela, en el extremo, a alguien «que no piensa». Dejarlo en un formato de «instrucciones para tontos» en las que no hubiese necesidad de aportar criterio ninguno. Tú ya has hecho la labor de pensar «lo que hay que hacer» con todo el nivel de detalle, y se lo das a otro para que lo haga sin posibilidad de error. Porque en realidad eso es exactamente lo que queremos hacer: darle esa tarea a alguien «tonto», que es nuestro «yo» del futuro. Alguien que simplemente se va a poner a ejecutar lo que otro (nuestro «yo» del presente) ya se ha encargado de pensar.

Esta separación entre «el momento de pensar» y «el momento de ejecutar» es para mí otra de las claves del método GTD. Si somos capaces de hacer la fase de procesado al completo, estaremos liberando a nuestro «yo» ejecutor para que se centre en sacar tareas una detrás de otra, sin necesidad de estar replanteándose las cosas.

Tareas vs. proyectos

Un proyecto es, en el método GTD, cualquier resultado deseado que exija más de una acción física.

Hay tareas que, por sí mismas, ya nos dan el resultado que deseábamos obtener. Por ejemplo, «enviar un mensaje por whatsapp de feliz cumpleaños a mi hermana». Ya está, es una única acción, y resuelve el tema. No hay nada detrás.

Lista De Comprobación, De Verificación, Lista, Marcador

Pero por ejemplo «arreglar el piloto del coche» no es una tarea, es un proyecto; porque seguramente requiera varias tareas (p.j. llamar al taller para pedir cita, llevar el coche al taller, recoger el coche del taller, hacer transferencia al taller por el importe de la factura).

En caso de que identifiquemos que el elemento que estamos procesando es uno de estos casos, tenemos que tomar nota de ese proyecto en una lista propia (la lista de proyectos). ¿Por qué? Porque ahora mismo se trata de identificar solo una «siguiente acción» relacionada con ese proyecto, pero sabemos que habrá más. Y necesitaremos un recordatorio de que ese proyecto sigue vivo, de que tenemos que seguir generando «siguientes acciones» hasta que lo demos por terminado.

¿Qué hacemos con la acción?

Suponemos que ya hemos avanzado en el proceso. Hemos definido claramente cuál es el objetivo que queremos conseguir, y hemos definido una «siguiente acción» de manera muy concreta que nos ayudará a avanzar hacia ese objetivo.

¿Qué podemos hacer con esa siguiente acción? El método GTD nos plantea cuatro escenarios:

  • Si es una tarea que podemos hacer de forma inmediata, en menos de dos minutos… hagámosla directamente, y nos dejamos de historias. Pim, pam, resuelto. Tardamos menos en hacerla que en apuntarla. Pues hecho, y a otra cosa mariposa.
  • Si es una tarea que tiene una fecha concreta para hacerse, pongámosla en el calendario. «Ir a casa de mis padres a comer» es una tarea concreta, pero no la puedo hacer en cualquier momento… sólo el domingo a las 14:00, que es cuando he quedado. Pues esa tarea va al calendario, y la haremos en el momento en el que toque.
  • Si es una tarea que no vamos a hacer nosotros sino que se la vamos a delegar a alguien… se la delegamos, y la registramos en una lista específica de «tareas delegadas». El objetivo es poder hacer un seguimiento de que esas tareas efectivamente se van haciendo (y, en su caso, poder reclamarlas).
  • Y si ni la podemos hacer de forma inmediata, ni va ligada a una fecha concreta, ni la delegamos… entonces forma parte de nuestra «lista de próximas acciones». Se trata de la lista que miraremos más adelante, cuando estemos en «modo hacer».

Un sistema organizado

Fíjate que lo que hemos hecho durante la fase de procesado es tomar un elemento de nuestra «bandeja de entrada» (donde previamente lo habíamos capturado) y «manipularlo» hasta darle forma y decidir qué hacer con ello.

Empresario, Planificación De La Producción, Control

Como en una fábrica, hemos metido un input y a través de un proceso ha ido pasando por distintas máquinas clasificadoras que lo han acabado transformando y llevando a un sitio concreto.

  • ¿Era algo para tirar? Ya está en la basura.
  • ¿Era algo con lo que de momento no queremos hacer nada pero en el futuro puede que sí? Está en el listado de «quizás/algún día».
  • ¿Era material de consulta que nos interesa tener archivado? Ya está en su sitio.
  • ¿Es algo con lo que queremos hacer algo? Hemos pensado en qué queremos conseguir, y hemos definido una siguiente acción.
  • ¿Es algo que requiere varias acciones? Ya nos hemos anotado el proyecto en el listado de proyectos.
  • ¿Es algo rápido de hacer? Ya lo hemos hecho, fin de la historia.
  • ¿Es algo que tiene fecha fija? Ya está en el calendario.
  • ¿Es algo que hemos delegado? Ya está en nuestra lista de tareas delegadas.
  • ¿Es algo que queda bajo nuestra responsabilidad hacer? Ya está en nuestra lista de próximas acciones.

Si hemos llegado hasta aquí, ese elemento de la bandeja de entrada ya ha sido procesado. Y lo que tenemos que hacer es elegir otro más, y repetir el proceso hasta vaciar la bandeja de entrada y tener todo nuestro «lío» perfectamente clasificado.

Y llegó el momento de hacer

El método GTD viene de «getting things done». Hacer que las cosas se hagan. Que salgamos del mundo de las ideas y que haya acción, que avancemos hacia nuestros objetivos. Así que todo lo que hemos visto hasta ahora está muy bien, y es parte fundamental del proceso… pero su objetivo era prepararnos para llegar hasta aquí. Ya hemos dedicado todo el tiempo necesario a pensar, ahora es el momento de ejecutar.

Y ejecutar debería ser, como decía más arriba, pura cuestión de «pico y pala». Ya no hay que pensar, eso ya lo hemos hecho antes. Tenemos nuestra lista de «próximas acciones», redactadas de forma muy concreta. Y se trata de ir moviendo nuestras manos, nuestros pies, nuestra garganta… siguiendo las instrucciones que nosotros mismos nos hemos dado. Pim, pam, pim, pam. Una tarea detrás de otra.

Martillo, Empleado, Blanco, Piedra, Hombre, Cincel

A la hora de abordar nuestra lista de tareas pendientes hay una serie de criterios que nos ayudan a decidir cuál de ellas hacer primero (partiendo de la base de que todas son relevantes, porque todas han pasado el filtro del procesado: aquí no hay nada que no queramos hacer, o que no nos sirva para algo que consideramos relevante). El método GTD habla de contexto, de prioridad, de energía y de tiempo.

Si hay una tarea que tengo que hacer en el supermercado (p.j. comprar leche) pues no tiene sentido que me ponga a hacerla si no estoy en el supermercado. Si hay una tarea vinculada a una reunión de mañana, tendrá preferencia frente a algo que es para dentro de tres meses. Si estoy cansado no tiene sentido que me ponga a hacer una tarea que me exige mucha atención. Y si solo tengo diez minutos no tiene sentido que me ponga con una tarea que me va a llevar media hora.

Al final estos criterios puedes usarlos de manera estricta, o de manera más laxa… en última instancia se trata de que seas capaz de abordar tu lista de tareas con sensatez. Recuerda que el objetivo es «sacar faena».

Revisar

Otro de los elementos clave del método GTD son las revisiones. Y es que, así explicado, puede parecer que todo queda muy ordenado. Pero entras en la dinámica del día a día, surgen imprevistos, vas haciendo cosas, cambian las prioridades… y necesitas dedicar un tiempo a asegurarte de que tu sistema está al día, que tienes todo controlado y que no se te olvida nada.

Tablero, Tiza, Retroalimentación, Revisión, Estudio

Hay distintos momentos para hacer revisión, aunque el criterio general es: revisa cada vez que lo necesites para sentir que tienes todo bajo control.

¿Qué tipo de cosas se miran durante la revisión? Pues por ejemplo asegurarte de que para todos tus proyectos tienes definida una «siguiente acción» que haga que el proyecto pueda avanzar. O revisar la lista de «quizás/algún día» por si hay algo que quieras rescatar y poner en acción. O la lista de «tareas delegadas» por si quieres reclamar. O la lista de «siguientes tareas» para asegurarte de que has tachado todo lo que se ha ido haciendo. O el calendario para asegurarte que todos tus compromisos están. O un repaso de «cosas que quiero impulsar pero que todavía no he metido en el sistema», por si hay algo bullendo en tu cabeza.

En todo caso, esta rutina de revisión es la «cinta con la que haces el lazo» a todo el sistema. Sin ella, enseguida el sistema se desborda. Y es que al final se trata de tener en marcha un mecanismo que esté permanentemente al día, y para eso necesita un cierto mantenimiento.

Resumen de las ideas principales del método GTD

Hablaba al principio de que, para mí, GTD puede parecer una metodología compleja pero que, sin embargo, tiene detrás algunas ideas esenciales que conviene tener siempre en mente. Las he ido mencionando durante el texto, pero quiero extractarlas aquí a modo de resumen final.

  • La cabeza no es un sitio para almacenar cosas. Transfiérelas a tu sistema externo para reducir tu agobio.
  • Captura todo lo que pase por tu cabeza, porque las ideas se las lleva el viento.
  • Por cada cosa que hayas capturado, decide qué es y qué quieres hacer con ello.
  • Tú eres quien tiene la responsabilidad de qué compromisos asumes contigo y con los demás.
  • Todo lo que proceses tiene un lugar (listas de siguientes acciones, listas de proyectos, listas de tareas delegadas, calendarios…) que te sirve como recordatorio.
  • Si decides que quieres (o «tienes que») hacer algo, ten una visión clara de lo que quieres conseguir.
  • Traduce tu compromiso de acción en tareas concretas, físicas.
  • Hay un momento para pensar y otro momento para hacer.
  • La revisión frecuente te ayuda a que todo esté en orden.

Ah, y te dejo un vídeo de mi canal de youtube en el que cuento, de primera mano, cómo me ha ayudado el método GTD a lo largo de los años a organizarme mejor y a ser más productivo.

¿Te ha resultado interesante? ¿Te ha ayudado a tener una visión de qué es el método GTD? ¿Qué necesitarías para tener más claridad?

Cómo dormir bien sin preocupaciones

Supongo que, unos con más frecuencia que otros, todos hemos sufrido esta situación. Por fin llegamos al final del día. Apagamos la luz. Ponemos la cabeza en la almohada… pero nuestro cerebro no se desconecta.

Pensamos en las cosas que pasaron durante el día: «A este le tenía que haber dicho tal cosa… cómo se me pudo olvidar esta tarea… ¿qué será lo que quiso decir Menganita con ese comentario?»

Pensamos en las cosas que tenemos por hacer: «Ay, la reunión de mañana, espero que vaya bien… qué querrá mi jefa, por qué me habrá llamado… que no se me olvide que tengo que ir a la reunión del colegio…»

Se nos ocurren grandes ideas, revisitamos nuestros peores fracasos, aparecen todos nuestros miedos… nuestra mente entra en «modo centrifugadora» y no hay manera de conciliar el sueño.¡Escucha el capítulo del podcast dedicado a «Cómo dormir bien sin preocupaciones»

El sueño como consecuencia

Que seamos capaces de dormir bien es el resultado de muchos factores. Y muchos de ellos comienzan mucho antes de la hora de acostarse.

¿Algunos ejemplos?

  • Cenar ligero y un buen tiempo antes de acostarse.
  • Evitar el alcohol, la cafeína, la nicotina…
  • Haber realizado algo de ejercicio durante el día (tampoco demasiado cerca de la noche).
  • Tener la iluminación y temperatura adecuados en la habitación.
  • Evitar la sobreestimulación de nuestro cerebro (con lecturas exigentes, actividad de trabajo, redes sociales, juegos, etc.) durante un rato antes de acostarse.
  • Apagar las pantallas (emiten un tipo de luz que pone a nuestro cerebro en estado diurno).
  • Generar una rutina que, ejecutada día tras días, mande señales al cerebro de que «es hora de dormir».
  • Alejar la tecnología del alcance de nuestra mano (el clásico «dejo el móvil aquí por si tengo que mirar algo» hace que tu cerebro permanezca en alerta).
  • Evitar utilizar la cama como zona de trabajo o de ocio… es importante que asociemos cama=dormir, de manera que se genere un condicionamiento que nos ayude a descansar.

En definitiva, hay que cuidar una serie de factores de higiene del sueño que ponen las condiciones necesarias (pero no suficientes, como veremos) a un buen descanso.

Cuanto más organización tengas, menos vueltas te dará la cabeza

Gran parte de las preocupaciones nocturnas tienen que ver con tareas que no están perfectamente definidas, con ideas que se nos ocurren, con prioridades que no tenemos claras, con cosas que tememos olvidar… En este sentido, tener una buena organización de trabajo puede descargar a nuestro cerebro de gran parte de ese esfuerzo. ¿Cómo, por ejemplo?

  • Acostumbrándonos a capturar, a lo largo del día, todas las ideas que vayamos teniendo. De esta forma, sabiendo que están a buen recaudo en nuestra libreta o aplicación en el móvil, el cerebro se puede «olvidar» de ellas sin culpabilidad.
  • Procesando todas las ideas que se nos ocurran de forma frecuente: decidiendo qué queremos hacer con ellas, anotando recordatorios (en la agenda, en nuestra lista de «to-do’s»…) que, de nuevo, eviten que sea el cerebro el que tenga que recordar todo eso.
  • Definiendo con mayor claridad las tareas que tenemos entre manos. Si por ejemplo durante el día sabemos que «tengo que hablar con mi jefe», pero no he hecho el trabajo de clarificar de qué vamos a hablar, qué argumentos voy a usar, qué materiales de apoyo, si tengo que buscar alguna información antes o no… el cerebro se va a poner a darle vueltas a todo ello.
  • Definir acciones concretas para resolver los temas que nos preocupan. Se trata de pasar ideas al mundo real. Porque si tenemos una tarea o una responsabilidad sin clarificar, y sin trasladar a acciones en el mundo real… ¿qué va a pasar? Exactamente: que al día siguiente seguirá en la misma situación, no habremos cambiado nada, y nos seguirá preocupando igual.
  • Dejar planificadas, al terminar nuestra jornada, las tareas importantes del día siguiente. De esta manera nos podemos ir a dormir con «los deberes hechos», y con la tranquilidad de que nuestro trabajo ya está definido.
  • Reservando un espacio, al final de cada día, para hacer todas estas cosas. Porque si no tienes ese espacio… adivina cuándo va a ser el momento en el que te salten a la cabeza…

En definitiva, tener un método de trabajo ordenado (quizás te interese el artículo sobre el método GTD) nos puede ayudar a que el cerebro haga su labor en los momentos en los que lo tiene que hacer, y que llegue a la hora de acostarse con la satisfacción del deber cumplido y con menos preocupaciones.

Calmar la mente

Independientemente de que podamos cuidar el contexto del sueño, y organizar nuestro trabajo para que nos dé los menores quebraderos de cabeza, siempre podemos enfrentarnos a una mente inquieta a la hora de dormir.

¿Qué podemos hacer en esos casos?

  • Algo que a mí me funciona bien, cuando siento la cabeza alborotada, es trasladar mis pensamientos a papel. Ponerlos negro sobre blanco hace que se vean mucho menos liados, y que el bucle se detenga. Además, de esta forma los tengo disponibles si quiero revisarlos en un momento de menor agitación. En mi experiencia, esos pensamientos tan agobiantes durante la noche luego son mucho menos amenazadores durante el día, y se pueden gestionar mejor. Y no solo vale para «pensamientos negativos»: si se nos ocurre una gran idea, o un argumento para una conversación, o los detalles de una presentación… es mejor levantarse, apuntarlos, y dejar que nos esperen por la mañana (puedes leer más sobre esto en «Si la cabeza se te alborota, escribe«).
  • La meditación puede a yudarnos a calmar nuestra «mente de mono». Darle al cerebro algo en lo que fijarse (la respiración, un repaso a las sensaciones del cuerpo, ovejitas que contar, imaginar una escena tranquila, rezar el rosario…) ayuda a calmar el flujo de pensamientos. Y en el momento (inevitable) en el que esos pensamientos vuelvan a desbocarse, simplemente tenemos que ser conscientes, no perseguirlos y devolver nuestra atención al método de meditación que hayamos elegido (revisa el artículo «Meditación para principiantes» para entender mejor qué es y cómo te puede servir la meditación).
  • En última instancia, si sentimos que «no nos vamos a dormir», es casi mejor levantarse de la cama y buscar otro lugar en el que estar. El objetivo es, como decía más arriba, mantener la cama como «el sitio donde voy a dormir» y no contaminarla con la experiencia del insomnio.

Dormir bien es vivir bien

Hace tiempo escuchaba en un podcast a alguien hablar de lo ridículo que resulta que nos pasemos la vida buscando «pastillas» para casi todo… cuando hay una serie de «drogas naturales» (el ejercicio, la alimentación, el sol, el bienestar emocional… y sí, el sueño) que están en nuestra mano… y que dejamos de lado.

El sueño forma parte esencial de un sistema de bienestar. Todos tenemos la experiencia de qué pasa cuando no dormimos bien: estamos cansados, desenfocados, despistados, gruñones, desganados, irritables, desconcentrados… ¿Y qué pasa cuando esa situación se prolonga? Un desastre.

Y a la vez, como hemos visto, un buen sueño es el resultado de una serie de buenos hábitos. En definitiva, un círculo (vicioso o virtuoso, según el sentido en el que lo hagamos girar), y que tiene un gran impacto en muchas áreas de nuestra vida.

En este sentido, aunque hay indicaciones generales, no hay «recetas mágicas». Lo importante es que cada uno se dé cuenta de lo importante que es dormir bien y el impacto que tiene… y que a partir de ahí vaya experimentando y poniendo en marcha distintas medidas que, poco a poco, le ayuden a descansar mejor.

Dulces sueños…

Los cuentos del ganador

“Y ahora, recibamos con un gran aplauso a este hombre que no necesita presentación, ¡Fulanito!”. La sala aplaudió a rabiar, los ojos de los asistentes muy abiertos y las sonrisas en las caras, con la sensación de estar asistiendo a un momento mágico. Allí estaba él, Fulanito en carne y hueso, y en los siguientes minutos iba a compartir con ellos los secretos de su éxito.

Fulanito era un reconocido “business angel”. Hizo fortuna en la época de las “puntocom”, cuando una de las pequeñas startups que había ayudado a financiar fue vendida a una gran empresa, una de esas “brick&mortar” que en la época estaban como locas por subirse al carro de la novedad. Desde entonces, Fulanito había ascendido a los cielos del sector: decenas de planes de negocio llegaban a su mesa, era un invitado recurrente en los eventos del sector, y allí donde iba todo el mundo quería conocer dónde radicaba su magia. Y él compartía su conocimiento en forma de consejos: “haced como yo… tenéis que diversificar… tenéis que apostar por los equipos… tenéis que buscar proyectos rompedores… ”

Aquel día, su charla transcurrió por los derroteros habituales. Hasta que al final, durante el turno de preguntas, un hombre al fondo de la sala se levantó y dijo: “Verás, Fulanito. Hace unos años yo empecé a invertir en startups. Hice todo lo que has recomendado: invertí de forma diversificada, aposté por grandísimos equipos, había proyectos muy prometedores… pero ocurrió que ninguno de ellos dio el pelotazo… y la realidad es que perdí toda mi inversión… ¿qué hice mal?”.

Se hizo un silencio incómodo. Fulanito se escabulló con un “bueno, sin conocer el caso concreto no te podría decir, y esto es algo que ahora no podemos analizar… ¿siguiente pregunta?”. Un par de preguntas más, ronda final de aplausos y fin del evento.

Hay una narrativa habitualmente asociada al éxito que resulta muy peligrosa. Cogemos el ejemplo de un triunfador, y pretendemos extrapolar su experiencia. Estamos tan fascinados por la idea del éxito que nos agarramos a cualquier apariencia de método para emularlo. Y muchas veces son los propios triunfadores los que alimentan (con mayor o menor inocencia) esta dinámica: “yo comparto mi historia para que sirva de ejemplo”. Y así, nos parece que si hacemos A, B y C (como hicieron ellos), obtendremos el mismo resultado. Luego vienen la frustración.

Pocos triunfadores son capaces de evadirse de esta poderosa narrativa de control. Logré lo que logré a base de pasión, o de esfuerzo, o de conocimiento, o de sacrificio. Logré lo que logré porque hice lo que hice, y estoy en condiciones de darte lecciones. Pocos introducen en su relato del éxito la influencia de la suerte, o de las centenares de circunstancias sobre las que no tuvo ningún control y que de una u otra forma contribuyeron a llevarle donde está. ¿Qué hay, convendría preguntar, de todos aquellos que hicieron lo mismo que tú hiciste, que se esforzaron, se sacrificaron, se apasionaron, trabajaron… y no consiguieron los mismos resultados? ¿Será entonces que “el método” no es tal?

Dice Scott Adams en su libro “How to fail at almost everything and still win big” (un libro sorprendentemente interesante para venir, como él dice, “de un dibujante de un cómic”) que “la suerte puede ser manipulada”, que si bien no puede ser controlada al 100% sí que puedes tomar decisiones que aumenten tus probabilidades de éxito. Y estoy muy de acuerdo, pero esto implica dos cosas:

  • Que “el camino correcto” no nos lo tiene que marcar un ejemplo concreto, si no la estadística. Hace tiempo hablaba de cómo, para luchar contra la falacia de la excepción, es necesario analizar la realidad por encima de las anécdotas sin dejarse cegar por el brillo del triunfador y su falsa narrativa. Hay acciones y decisiones que tienen más probabilidades de resultar bien que otras, sí, pero no va a ser con uno o dos casos con los que podamos evaluar cuáles son esas probabilidades. Así que, cada vez que alguien nos venda un “método” o un “caso de éxito”… mejor tomárnoslo con un granito de sal.
  • Que incluso si identificamos ese “camino correcto” no podemos asegurar el éxito. Porque estamos hablando de probabilidades. Porque las correlaciones perfectas apenas existen. Porque habitamos un mundo complejo, en el que hay infinidad de factores que escapan a nuestro control y que afectan al resultado final. Así que actuemos, sí, pero siendo conscientes de que el resultado final no está tan en nuestras manos como a veces nos quieren vender. Si las cosas salen mal no es necesariamente porque lo hayas hecho mal; simplemente pasa.

La cara B

Hace unos días me encontraba, navegando por ahí, una publicación en la que entrevistaban a un conocido mío acerca de las bondades de su empresa. Le mandé un mensajito para comentárselo, «eh, qué bien sales en el artículo!». Su respuesta, la siguiente: «Sip… Lo malo es ver que ni el artículo ni los entrecomillados tienen demasiado que ver con la realidad».

Ay, la diferencia entre el escenario y lo que hay detrás de las bambalinas.

Obviamente mi amigo, sujeto a la «disciplina corporativa», no tenía mucha libertad de movimientos. Aunque todos tenemos tendencia a contar siempre lo bueno, y callar lo malo. De endulzar la realidad cuando se la contamos a otros, cuando estamos en público. De pregonar los éxitos a los cuatro vientos, y de barrer los fracasos bajo la alfombra a ver si nadie se entera. De poner la «cara A», y ocultar la «cara B». Y no es por casualidad o por maldad, sino que hay una fuerte presión social para que las cosas sean así; nadie quiere verse «retratado» tal y como es, sino salir guapo en la foto a toda costa, porque si no enseguida es señalado con el dedo. ¿Alguien se imagina cuánto hubiera tardado mi amigo en recibir una reprimenda, o perder directamente el trabajo, si hubiese contado «toda la verdad»?

La cuestión es que, como resultado, la inmensa mayoría de lo que uno lee y escucha por ahí es totalmente irrelevante: porque directamente es mentira, o porque mostrando una visión sesgada nos ocultan una porción importante de la realidad. Puras estrategias de promoción, un juego en el que todos participamos en menor o mayor medida y que dibuja una realidad idílica, pero falsa.

No sé, a mí me atrae más quien me pinta un cuadro con claroscuros, con las partes buenas y con las partes malas, que quien sólo me vende la parte maravillosa. Le doy más valor al primero, con todos sus errores, dudas e imperfecciones, que al segundo, al «perfecto», al «excelente», al «impecable». Porque lo perfecto, lo excelente, lo impecable… no existe.

Quiero cambiar de vida

“¿Te imaginas vivir en el campo? En una granja, alejado del mundanal ruido, viviendo al ritmo de la naturaleza, levantándote con el sonido de los pajaritos, disfrutando de la tranquilidad, cultivando tu propia comida… ¡ah, qué paraíso! Pero aquí estoy, en esta ciudad, siempre con prisas, con agobios, con ruidos, todo lleno de gente… El día menos pensado me lío la manta a la cabeza y…”

Fantasías escapistas para todos los públicos

Ésta podría ser, verbalizada, mi fantasía escapista. Una de ellas, en realidad, porque tengo más. Pero no soy el único. Está el que le encantaría poner un chiringuito en Tarifa, o una chupitería en Benidorm. Los que ojalá pudiera recorrer el mundo con una mochila al hombro. O irme a vivir en una autocaravana. O dedicarme a tiempo completo a ser artista, o fotógrafo, o cantante de rock. Si tuviera pareja entonces sí sería feliz. O si tuviera una pareja distinta de la que tengo. O si no tuviera pareja y pudiera ser libre. Si dejase este trabajo de mierda y tuviese ese otro trabajo maravilloso. Si mi jefe fuese de otra manera, en vez de ser como es. O si no tuviese jefe. O si pudiese trabajar en una gran empresa, en vez de en este chiringo. O si pudiese trabajar en una empresa pequeña, más humana, en vez de en este monstruo impersonal. Si ganase más dinero, o mejor aún, la lotería. Si pudiese tener un coche, o tres. Entonces sí, mi vida sería mucho mejor…

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Tenemos tendencia a imaginar escenarios alternativos para nuestra vida, situaciones que sin duda alguna nos harían estar mejor de lo que estamos. Nuestros problemas y dificultades se evaporarían casi como por arte de magia, todo saldría a pedir de boca. Y sin embargo míranos, aquí atrapados en nuestra realidad infeliz.

El jardín del vecino siempre es más verde

Nos fijamos en los demás, y más ahora que las redes sociales nos abren una ventana a sus maravillosas vidas. Qué viajes tan alucinantes hacen, qué de amigos tienen, qué bien se lo pasan, qué aficiones tan entretenidas, qué familias tan estupendas, qué trabajos tan interesantes. Normal que nos sintamos inferiores. Nos decimos que deberíamos seguir su ejemplo y olvidamos con facilidad que poca gente cuenta su cara B, sus dudas, sus frustraciones, las cosas que les salen mal, lo que les cuesta, lo que no tienen. Nos olvidamos también de todos los que hicieron lo mismo y no les salió bien. Nos enseñan (igual que hacemos nosotros) la cara bonita, nos lo venden como una gran historia. No porque quieran presumir; pero el que quiera divertirse, que se vaya al circo.

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Pero no son sólo los demás los que nos “engañan”. Nosotros mismos también nos engañamos cuando idealizamos el pasado, haciendo una selección de nuestros recuerdos, dulcificándolos e incluso inventándonoslos (y la tecnología cada vez refuerza más esa tendencia). O cuando idealizamos el futuro, dibujando una versión en la que minimizamos los posibles problemas o riesgos y donde todo sale bien, y atribuyéndole a ese futuro la capacidad de proporcionarnos unos determinados niveles de felicidad. Somos ajenos a la tozuda realidad en la que nos adaptamos con extrema rapidez a los cambios, tanto para bien como para mal. Creemos que si hacemos esto y aquello podremos encontrar la felicidad, cuando en realidad la felicidad es algo con lo que tropezamos (y gracias).

El peligro de la fantasía

Las fantasías no están mal, siempre que seamos conscientes de que lo son. Lo malo es cuando actúan como lastre en nuestras vidas, proporcionándonos un elemento de comparación que nos genera frustración en el día a día. Es imposible que nuestra cruda realidad pueda resultar satisfactoria cuando la estamos permanentemente comparando con una potencial alternativa. Si nos empeñamos en hacerlo, estaremos condenándonos a nosotros mismos a un estado de infelicidad.

Y eso no es lo peor. Porque encima, embriagados por los cantos de sirena de ese futuro alternativo, podemos llegar a tomar decisiones radicales en nuestra vida. Si en esa realidad alternativa todo va a ser fácil y satisfactorio, ¿por qué seguir atados a nuestras miserias?

Pero es más que probable que luego, una vez emprendido el camino, nos demos cuenta de que no era oro todo lo que relucía. De que esta realidad alternativa tiene sus cuotas de problemas. Que no todo era tan idílico como parecía en nuestra mente. Y que quizás empezamos a echar de menos cosas que ahora hemos perdido. Quién nos mandaría. Ahora ya tenemos otra realidad alternativa (nuestro “pasado que no estaba tan mal”) para torturarnos.

Pero… ¿no tengo derecho a mejorar?

Por supuesto que tenemos derecho a mejorar. Una vida mejor es una aspiración legítima para cualquier ser humano. Y de hecho nuestros cerebros son máquinas estupendas para visualizar, proyectar, planificar… Gracias a ellos hemos sido capaces de llegar a donde estamos. Lo importante es utilizarlos bien, de forma analítica y racional. Que en nuestra fase de visualización no caigamos en la fantasía y en la idealización, si no que intentemos ser ecuánimes respecto a los pros y los contras que nos vamos a encontrar. Que también seamos ecuánimes en el análisis de nuestra situación actual: no, no todo es un desastre, no todo es malo.

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Y sobre todo, si queremos una vida mejor, debemos orientar nuestro pensamiento a la acción. De nada valen las ensoñaciones, ni los planes, ni los proyectos… si no los ponemos en marcha y les damos continuidad. Si de verdad queremos cambiar nuestra realidad, debemos actuar sobre ella. Porque si seguimos haciendo lo mismo, obtendremos los mismos resultados y seguiremos rumiando hasta el infinito. Menos lamentos, menos “y si”, menos soñar y más hacer.

Ocho herramientas para protegerte de tus fantasías

  • Toma conciencia. La mente nos juega malas pasadas, y es capaz de meternos en espirales muy dañinas. Pero son solo pensamientos. Si somos capaces de adquirir una postura de observador sobre nuestros propios pensamientos, tendremos mayor capacidad de analizarlos con frialdad y de actuar sobre ellos.
  • Haz un análisis de tu situación actual, buscando sobre todo identificar todo lo bueno que sí tienes, y que quizás das por hecho con demasiada facilidad. Fuérzate a realizar una lista exhaustiva de todas las cosas positivas que vives a día de hoy.
  • Identifica también qué cosas concretas son las que te frustran de tu situación actual. Plantéate cuánto tienen de circunstancias externas, y cuánto de cómo te las tomas tú, y hasta qué punto un cambio de escenario puede (o no) resolverlo.
  • Piensa críticamente en la realidad alternativa que te parece idílica. Empieza a buscarle las cosquillas. Oblígate también a buscarle los aspectos negativos que hasta ahora has minimizado o pasado totalmente por altoPonte el sombrero negro para ver todo lo que podría salir mal, todas las lagunas de tu razonamiento. Usa esa lista para reducir la capacidad de fascinación de esa realidad alternativa.
  • Busca información, cuanto más de primera mano mejor, de cómo es esa fantasía en la realidad. Busca testimonios de quienes ya vivan así, de quienes tomaron decisiones parecidas a las que tú quieres tomar. Que te cuenten lo que hay, lo bueno y lo malo, si se arrepienten o no. Esfuérzate en no restar importancia a lo menos agradable. Si además de casos concretos puedes encontrar datos, mucho mejor.
  • Los experimentos, con gaseosa. Antes de volverte loco, y de darle un giro radical a tu vida, haz pruebas. Busca la forma de hacer compatible esas pruebas con tu vida actual. Así podrás ir sacando conclusiones de hasta qué punto tu fantasía estaba idealizada o no.
  • Cambia de forma realista las cosas que no te gustan. Decide qué pequeñas acciones puedes poner en marcha hoy que te acerquen a ese futuro que imaginas. Elimina hábitos que te estén limitando, e instaura nuevas rutinas que te lleven a donde quieres ir. Paso a paso, deja que fluya. Tus acciones son las que construyen tu destino.
  • Asume que no hay solución perfecta. Que lo bueno y lo malo conviven, que todo tiene pros y contras. Elijamos lo que elijamos, con cada elección siempre asumimos también una serie de “contras”. Al final, lo que podemos elegir es con qué “contra” nos quedamos.
  • En todo caso, aprende a ser feliz donde estás. No olvides que, si no eres feliz con lo que tienes, es probable que tampoco lo seas con lo que deseas.