Tener estilo propio, ser imitable

La otra noche estaba yo zappineando (insomnio, me pasa a veces) y encontré uno de esos programas de zapping (de lo mejor que echan a esas horas, para que os hagáis una idea). Pillé un fragmento de una entrevista que le hacía Dani Mateo a Alaska que me hizo pensar.
Hablaban sobre «tener estilo propio». Alaska defendía que un criterio para decidir si alguien tenía estilo propio era ver si era «imitable». Es decir, que tuviera una serie de rasgos reconocibles hasta el punto de que, reproducidos esos rasgos por otra persona, no dudarías en decir a quién estaba imitando.
Ponía como ejemplo a Tamara (o Yurena, o Ámbar, o «la-artista?-antes-conocida-como-Tamara») y a Alejandro Sanz. Y decía, no sin razón, que Tamara tenía una serie de gestos, tics, forma de vestir, forma de hablar… perfectamente identificables y reconocibles, mientras que si tú pensabas en Alejandro Sanz… no eras capaz de pensar en un rasgo propio (y es verdad; ¿cómo imitas tú a Alejandro Sanz?). De ahí concluía que Tamara tiene un estilo propio, mientras que Alejandro Sanz (como personaje, no como cantante) no.
Luego ya podemos entrar en si ese estilo propio te gusta o no. Pero sin duda, de cara a comunicar, tener un estilo propio es importante, porque ayuda a destacar, a que te reconozcan y a transmitir, de forma inmediata, los valores asociados a ti…

Pensaba que eras más serio

«Pensaba que eras más serio». Esto me lo dijo una persona durante el fin de semana en Sevilla, y lo dijo (o al menos yo lo entendí) como un cumplido. Es decir, que al conocerme personalmente descubrió a alguien más cordial, cercano y campechano (como el Rey :P) que la idea que se había construido de mí.
Me dejó pensativo. Por un lado me alegra que en persona sea capaz de transmitir esa imagen, que es la que yo tengo de mí mismo: creo que ser un buen profesional (o intentarlo) no está reñido con ser «buena gente» ni te lleva obligatoriamente a tener que ser sombrío y cirunspecto. Pero por otro lado, me «preocupa» (hasta cierto punto) que alguien pudiese tener esa idea sobre mí. ¿Será que la foto que uso habitualmente para identificarme (algo que se mencionó expresamente) resulta un tanto «agresiva»? ¿Igual es que mi forma de escribir es poco «cálida»?
No sé. Siempre he pensado que la forma en que yo abordo mi presencia en internet reflejaba de una forma bastante transparente mi forma de ser. Pero al encontrarme con esta situación, tengo que pensar: ¿no es así? ¿o igual es que no soy como creo ser?
Ya, ya, menuda paja mental 🙂 . Pero es que este EBE, a parte de tener un buen puñado de pura «socialización», me ha devuelto a casa con algunas cuestiones «profundas»…

Mis nuevas tarjetas de visita

Hace unos días pedí a Vistaprint (siempre me han funcionado muy bien) nuevas tarjetas de visita. Tengo varias cajas de tarjetas antiguas (muchas de Weblogs SL, bastantes de las que me hice con el logo de mi blog…), pero quería «reorganizar» un poco este tema.
Así que he creados dos tarjetas distintas, las únicas que voy a usar a partir de ahora. En ambas he buscado seguir unos criterios:

  • Diseño consistente con el de las webs: si ya tienes unos colores, una tipografía, un logo… ¿para qué marear la perdiz?
  • Información: la justa, nada más. Email, teléfono y url. La experiencia me dice que poner demasiadas cosas (en la anterior tenía los datos de skype, del gtalk, del messenger… ) despista más que ayuda. El que necesite algo más, que lo pida.
  • Información permanente: incluir cosas como la dirección física (susceptible de cambiar con facilidad) o el cargo (aparte de que puede resultar risible autonombrarse Corporate Worldwide CEO, también cambia con el tiempo) es condenar las tarjetas a una muerte prematura.
  • URL y email «profesional»: en la anterior tarjeta tenía un enlace al blog de cuando estaba en blogspot, o el correo de gmail. Ahora lo he cambiado todo a su correspondiente dominio de primer nivel, y la dirección de correo asignada a dicho dominio. Luego todo lo gestionaré con gmail, pero de momento como que da mejor imagen…

Así que aquí están:
Ésta me la he hecho para usarla en mi faceta de «consultor» bajo la marca de Digitalycia. Sencilla, sin más, pero con la imagen y los datos necesarios.

Y ésta otra me la he hecho «para todo lo demás». Para llevar a saraos donde «vender digitalycia» no sea el objetivo, para amigos y familiares, para «otras actividades»…

tarjeta visita Raúl Hernández

Y con el resto… pues me plantearé si llevarlas directamente a reciclar, o a ver si se me ocurre un uso curioso para ellas.

Vendiéndome

Bragas de mercadillo

Ayer estuve un buen rato dedicado a venderme. En mi faceta de consultor de empresas digitales, soy consciente de que tengo que «ponerme en valor», es decir, ser capaz de argumentar por qué alguien necesita contratar a un consultor en este área y por qué yo debo ser una (la mejor :P) opción a tener en cuenta.
Qué difícil. La primera parte bueno, ni tan mal. El argumentario lo tengo más o menos claro, y aunque me cuesta productizar, creo que voy dándole forma a una oferta de servicios sensata. Pero cuando llega el turno de explicar lo bueno que soy…
Siempre he sido muy pudoroso. No es falsa modestia: creo que tengo algunos puntos fuertes relevantes (y tampoco tengo empacho en reconocer mis puntos débiles). Pero siempre me ha gustado que el movimiento se demuestre andando, que la gente descubra esos puntos fuertes al cabo del tiempo. El problema es que si quiero convencer a un potencial cliente, tengo que ser el que dé el primer paso para atraer su atención y conseguir que me dé la oportunidad de demostrar mi valía.
Así que allá que me puse a escribir un argumentario de «por qué contratarme». Al principio lo hice en tercera persona: «Raúl Hernández tiene una amplia experiencia blah, blah…. su formación blah, blah…». Pero me chirriaba. Hablar en tercera persona de tu empresa (o en primera del plural) tiene un pase. Pero hablar en tercera persona de uno mismo suena un poco ridículo. Además, hablando en tercera persona uno tiende a ponerse un poco (demasiado) pedante. Así que le dí la vuelta y lo transformé en primera persona del singular.
El problema es que así queda un poco… vendemotos. «Contrátame, que soy bueno», vengo a decir. Y aunque pueda tenerme en buena estima, decirlo así me produce incomodidad. Me siento como el vendedor del mercadillo que les grita a las clientas «¡Mira, guapa, tres bragas por tres euros, elásticas, guapa!!!». O como la mítica hija de la pescadera de Torrente.
En fin, no sé. Tengo claro que, como aprendí en mis primeras clases de marketing, lo de «el buen paño en el arca se vende» no funciona, y menos en la economía de la abundancia y la sobreoferta. Pero me cuesta encontrar el tono. ¿Vosotros cómo lo veis?
Foto | Salvador Altimir