Cómo dar feedback útil: 6 claves y un guion

Introducción

Recuerdo bien cuando un directivo con el que trabajé un tiempo (y al que llamaremos Antonio) se acercaba a la zona donde estaba ubicado su equipo. Se dirigía a alguien y le decía: «ven a mi despacho, Fulanito, que te voy a dar un feedback».

Desde luego, no sonaba nada bien.

El feedback es uno de los conceptos más utilizados en el mundo de los negocios, y del desarrollo personal y profesional. Y sin embargo, según mi experiencia, es uno de los que peor se entiende y aplica.

En este artículo te voy a contar qué es el feedback y por qué es importante. Pero sobre todo, te voy a dar unas pautas muy prácticas para que puedas dar feedback de una manera clara, sencilla, respetuosa y sobre todo útil para quien lo reciba.

Qué es el feedback y para qué sirve

How to give a useful feedback? | Futile Mais Nécessaire

Imagina que acercas tu mano a una llama encendida. Salvo que padezcas de insensibilidad congénita al dolor… te va a doler, y en consecuencia vas a retirar la mano. Incluso si padecieses esa insensibilidad, es posible que algo te oliese a quemado… y también acabarías retirando la mano.

O imagina que tocas una cuerda de una guitarra. Tu oído capta el sonido, y valora si suena «bien» o si suena «mal». Y si suena mal, entonces buscas cambiar la posición de los dedos hasta que consigues que suene bien.

Eso es feedback: una respuesta de nuestro entorno a nuestra conducta. Si hacemos algo, el entorno responde. Y así nosotros sabemos si tenemos que seguir haciendo lo mismo, o si tenemos que corregir.

Y para eso sirve: para aprender, para que la siguiente vez intentemos hacer las cosas un poco mejor.

Por qué es importante dar y pedir feedback

El feedback es clave para aprender y mejorar

A veces, como en el caso de la mano en el fuego o la cuerda de la guitarra, el feedback llega de forma inmediata a tus sentidos.

Otras veces, sin embargo, las consecuencias de lo que haces no son tan evidentes. Y eso pasa mucho cuando tratas con otras personas, tanto en el ámbito personal como en el profesional.

Imagina, por ejemplo, que vas a dar una charla. Terminas, y te quedas con la duda. ¿Habrá gustado? ¿O no?

Puedes intentar sacar conclusiones de los indicios que te llegan («¿me han aplaudido mucho o poco?» «¿he visto a alguien bostezar?»). Pero serán unas conclusiones cogidas con pinzas, basadas en suposiciones, y tampoco demasiado específicas. Si mañana tuvieras que repetir la charla… ¿sabrías qué cosas han funcionado bien, y cuáles tendrías que cambiar?

Puedes poner cualquier otro ejemplo: ese informe que le presentas a la jefa (¿le habrá servido?), cómo le has hablado a ese cliente, cómo te has comportado durante la reunión del equipo… ¿qué cosas has hecho bien, y qué cosas podrías hacer mejor la próxima vez?

Si no recibes feedback, vas a ciegas; no tienes elementos de juicio para saber qué tienes que cambiar.

Por eso el feedback es tan importante, y acostumbrarse a darlo, a pedirlo y a recibirlo es una habilidad muy importante.

¿Cuándo pedir feedback?

Pues voy a ser muy radical en esto: si tienes una verdadera inquietud por hacer las cosas cada vez mejor, deberías estar pidiendo feedback siempre. Todo el rato, a todo el mundo.

Vale, quizás estoy exagerando.

Pero entiendes por dónde voy, ¿verdad?

Pedir feedback no debería darnos miedo. ¡Es la «piedra de toque» definitiva! Una herramienta fundamental que nos ayuda a mejorar ¿Por qué nos cuesta tanto hacerlo?

Diría que hay dos grandes motivos.

Uno tiene que ver con la sensación de que, cuando pedimos feedback, estamos molestando. «Ay, es que la gente tiene otras cosas que hacer, no les quiero hacer perder el tiempo». Pero fíjate que, cuando pides feedback, en realidad lo que estás preguntando es… «¿cómo puedo hacer que mi relación contigo sea mejor? ¿cómo puedo hacer para que la próxima vez que interactuemos tú sientas más satisfacción?».

Te estás poniendo al servicio de la otra persona. Así que no te confundas, pedir feedback no es egoísta… ¡es altruista!

El otro gran motivo por el que nos cuesta pedir feedback tiene que ver, claro, con el ego.

Y es que nos cuesta mucho mostrarnos vulnerables, que alguien nos señale cosas en las que podemos mejorar. Nos lo tomamos como un golpe a nuestra autoestima y eso, si no se enfoca adecuadamente, hace pupa… Así que mucha gente hace como el avestruz: «ojos que no ven, corazón que no siente». Y así pueden salvaguardar su propia imagen.

¿A costa de qué? A costa de engañarse a uno mismo y de perder una gran oportunidad para mejorar.

¿Tú quieres ser de ese tipo de personas?

¿Cuándo dar feedback?

Desde mi punto de vista, hay solo dos situaciones en las que cabe dar feedback:

  • Cuando te lo han pedido: si alguien abre la puerta a que le des feedback, ¡adelante! Te está ofreciendo una oportunidad de mejorar las cosas, ¡aprovéchala! Hazlo con prudencia, siguiendo los pasos correctos (para no entrar como elefante en cacharrería) pero hazlo.
  • Cuando, después de haberte ofrecido para dar feedback, la otra persona te lo acepta. Imagina alguien cuyo comportamiento tiene impacto sobre ti (un compañero, alguien con quien convives, tu jefa…), y quieres trasladarle tu punto de vista sobre cómo eso te afecta o algunas ideas para mejorarlo. Pues bien (y esto es importante) lo que tienes que hacer es ofrecer el feedback («oye, hay algo que me gustaría hablar contigo»), y solo cuando hayas recibido permiso de la otra parte, entonces darlo.

¿Y qué pasa si tienes algo que decir, pero la otra persona no está abierta a recibirlo?

Puedes lanzarte a dar el feedback, pero estarás básicamente perdiendo el tiempo. Estás enviando un mensaje a alguien que no quiere recibirlo. Quizás te sirva como desahogo, pero poco más.

En definitiva, es importante que para dar feedback exista una «autorización» por parte de quien lo va a recibir. Si no, lo que vas a generar es resistencia, mal rollo… y poco o ningún cambio.

Feedback bueno, feedback malo

Solemos pensar en términos de «feedback bueno» (cuando es de reconocimiento, de decir cosas positivas a otra persona) y de «feedback malo» (cuando es de reproche, de mejora, de cambio, de decir cosas negativas).

Pues mira, no estoy de acuerdo con esa clasificación.

Desde mi punto de vista, lo que hay es feedback útil y feedback inútil.

El feedback útil es el que te ayuda a saber cómo comportarte en el futuro. Es detallado, es concreto. Y puede ser de cosas que ya haces (y que por lo tanto reforzarás y seguirás haciendo), o de cosas que estaría bien cambiar.

Insisto, las dos cosas son útiles y, por lo tanto, son buen feedback.

Por otro lado, el feedback inútil es el que no te da demasiadas pistas sobre cómo comportarte en el futuro. Es genérico y, por lo tanto, inservible. Y en ese sentido (y sé que te va a sonar extraño) tanto da «eres genial, gran trabajo» como «vaya desastre, siempre todo mal».

Obviamente uno te deja mejor sabor de boca que otro, pero a la hora de la verdad ninguno te sirve para demasiado.

Cuando vayas a dar feedback, o a recibirlo, no pienses tanto en si es «positivo» o «negativo». Piensa mejor en si es «útil», si ayuda a saber cómo actuar la próxima vez.

En los bloques siguientes te voy a dar indicaciones para dar feedback útil, tanto si es para reforzar como si es para proponer cambios.

Seis claves para un feedback útil

El feedback útil es una conversación, no un monólogo

From one-way criticism to two-way conversations | Training Journal

Hay mucha gente que, cuando piensa en dar feedback, se imagina un monólogo en el que cuenta su opinión, su punto de vista, y «hala, ahí lo llevas».

Y no es eso.

Dar feedback es una conversación. En la que, sí, uno plantea su punto de vista. Pero también:

  • pregunta al otro «cómo lo ve»
  • escucha lo que el otro tiene que decir
  • pregunta para entender bien lo que el otro está diciendo
  • promueve las preguntas del otro
  • responde las preguntas que el otro pueda tener, clarifica, da detalles

En definitiva, un diálogo en el que importa tanto afirmar como preguntar y escuchar.

El feedback útil va de comportamientos concretos, no de generalizaciones o etiquetas personales

Detectives - Consultorio Jurídico

«Eres un desastre», «siempre estás igual», «eres lento», «eres torpe».

¿Te fijas? Son generalizaciones, además atribuyéndole a la otra persona casi «rasgos de la personalidad».

Ojo, exactamente igual que «eres genial», «da gusto trabajar contigo», «me encanta lo que haces».

También son generalizaciones y, por lo tanto, inútiles.

Al dar feedback debemos intentar buscar ejemplos concretos de acciones y comportamientos. No se trata de lo que la otra persona «es», sino de lo que la otra persona «hace». Y no de lo que «hace siempre», sino de lo que «hizo en esta situación puntual».

Cuando usamos etiquetas personales y generalizaciones ponemos a la otra persona en una situación incómoda: no solo le estamos endosando ese «rasgo de personalidad» («entonces, si ‘soy’ así… ¿no puedo cambiar?»), sino que abrimos la puerta a un comportamiento defensivo (en el que la persona se sentirá injustamente tratada, porque no estamos teniendo en cuenta las veces en que «fue» de otra manera).

Con los ejemplos concretos de acciones y comportamientos lo que hacemos es quitarle peso personal al feedback (y por lo tanto darle más margen de maniobra al otro) y focalizar en un caso específico en el que hay menos oportunidad para el desacuerdo.

El feedback útil mira al futuro

Feedback vs Feedforward — improve your performance | by Max Casal | Medium

El gran objetivo del feedback es conseguir que la próxima vez las cosas sean distintas que la vez anterior.

Y sí, se utilizan ejemplos del pasado para expresar lo que uno quiere decir. Pero no se queda ahí, no busca un desahogo sin más.

El feedback útil siempre es constructivo, porque trata precisamente de construir una realidad diferente para el futuro.

A veces se utiliza el concepto de «feedforward» para remachar esta idea, y creo que es un buen matiz para tener siempre en mente.

El feedback útil acaba en un compromiso

Fíjate lo que estoy diciendo: un compromiso.

Un compromiso no es que yo te digo lo que tienes que hacer, y tú aceptas porque no te queda más remedio. A eso se le llama dar una orden (por mucho que queramos envolverla en buenas palabras), y tiene un efecto distinto.

Y no veas la de veces en las que, el que da feedback, lo hace esperando que simplemente el otro acepte sus «recomendaciones».

No: para llegar a un compromiso de verdad hace falta estar abierto a que la solución no sea la que uno traía en mente.

De hecho, para llegar a un compromiso de verdad hay que conversar sin tener una solución concreta en la mente. Uno expone su punto de vista, lo que observa, lo que interpreta, lo que siente, lo que necesita… y a la vez explora lo que observa, interpreta, siente, necesita… la otra persona.

Y a partir de ahí, entre los dos, definen una solución que sea razonablemente satisfactoria para ambas partes.

Cuando uno da feedback es para abrir la conversación (y ver a qué acuerdo se puede llegar), no para que el otro diga «si, bwana».

El feedback útil es respetuoso

Rafael Echevarría, el creador del «coaching ontológico», definía la ética del respeto como «aceptación del otro como diferente a mí, legítimo en su forma de ser y autónomo en su capacidad de actuar».

Y esa idea está detrás de todo este proceso de dar feedback que te estoy describiendo aquí.

Es entender que el otro no está subordinado a mí. Ni aunque yo sea su jefe, o su padre, o lo que sea. Que no tiene por qué aceptar mi punto de vista. Que ni siquiera podemos estar seguros de que yo lleve la razón; pero aunque la lleve, el otro tiene que verlo por sí mismo.

Por eso hablamos del feedback como conversación y no como monólogo. Por eso hablamos de compromisos, y no de órdenes.

Quizás sea éste el elemento clave sobre el que pivota el «cambio de chip» a la hora de dar feedback. Y es algo con lo que recurrentemente veo (en cursos, talleres, etc.) que las personas tienen más dificultades. Porque, en el fondo, van a dar feedback esperando que la otra persona «tome nota» y «les haga caso». Algunos lo hacen de manera más brusca, otros con más amabilidad y paciencia… pero tarde o temprano sale la pulsión del «artículo 33», de «hazlo porque soy tu jefe y no me hagas perder más el tiempo».

El feedback útil requiere tiempo

Daylight Saving Time 2021: When Does the Time Change? | The Old Farmer's  Almanac

Es posible que, mientras estabas leyendo los puntos anteriores, estuvieras pensando: «buf, como tenga que hacer todo eso cada vez que quiera dar feedback… ¡no hago otra cosa en todo el día!».

Y ese es uno de los grandes problemas: que pretendemos que las conversaciones de feedback se resuelvan en dos minutos, «yo te digo lo que te tengo que decir y ya tú te las arreglas». Conversaciones de pasillo, «aquí te pillo, aquí te mato».

La cuestión es que hay que elegir: o damos feedback bien, para que resulte útil (y eso implica una serie de cosas), o damos feedback mal… y entonces no sirve para casi nada.

Guión para una conversación de feedback

A continuación te ofrezco un guion para tus conversaciones de feedback. Te planteo una serie de pasos, y de elementos a tener en cuenta en cada uno de ellos:

  • Antes de empezar: cómo pedir u ofrecer feedback
  • Hablar sobre los hechos
  • De los hechos a las interpretaciones y las emociones
  • Necesidades, negociación y compromisos
  • ¿Y después qué?

Además, usaré un ejemplo concreto. Por supuesto, siéntete libre de adaptarlo a tu forma de expresarte. Lo importante es que veas la lógica y los puntos clave.

Puede que te interese revisar mi artículo sobre comunicación no violenta, ya que es una idea que está detrás de toda esta forma de abordar el feedback.

Antes de empezar

Si vas a pedir feedback

  • Explica por qué y para qué estás pidiendo el feedback: así le das a la otra persona un motivo por el que es importante para ti.
  • Acota el tema sobre el que estás buscando feedback: así ayudas a la otra persona a centrar el tiro.
  • Explica por qué le estás pidiendo el feedback a esa persona en concreto, y por qué su punto de vista es relevante.
  • Pregunta si le parece bien, abriendo la puerta a que te diga que no.
  • Cierra un compromiso en términos de cuándo y cómo te gustaría recibir el feedback.

Ejemplo: «Hola, Menganito. Me gustaría hablar contigo. Verás, últimamente estoy dándole vueltas a cómo mejorar en los documentos que hago para ti. No estoy muy seguro de hasta qué punto te están resultando útiles, o de si hay cosas que podría mejorar. Lo que yo quiero es tener más claridad de lo que es importante para ti, y centrar mi energía y mi tiempo en eso, porque a veces tengo la sensación de que no estoy dando en la tecla. ¿Crees que podrías ayudarme con esto? ¿Cuándo y como sería la mejor manera de hablar de ello? Si ves que no te cuadra no pasa nada, pero tener tu punto de vista me ayudará mucho.»

Si quieres dar feedback

  • Explica de dónde nace tu inquietud por dar el feedback: así la otra persona sabe a qué viene.
  • Centra el tema sobre el que te gustaría dar feedback: así la otra persona reduce su ansiedad, sabe a lo que atenerse y puede valorar si quiere recibirlo o no.
  • Pregunta si a la otra persona le parece bien, abriendo la puerta a que te diga que no.
  • Cierra un compromiso en términos de cuándo y como tendréis ese intercambio.

Ejemplo: «Hola, Fulanito. Verás, el otro día estuve pensando en los informes que me has presentado, y me gustaría poder hablar contigo de ellos para darles una vuelta, y que así me resulten más útiles a mí y más sencillos de hacer para ti. Mi objetivo es darte claridad en la información que yo necesito, y que tú puedas centrar tus esfuerzos en eso. ¿Crees que podremos encontrar un hueco? ¿Cuándo y cómo sería la mejor manera de hablar de ello?»

Si te fijas, tanto en un caso como el otro, los puntos que destacan son:

  • Concretar el ámbito sobre el que pides o quieres dar feedback. Eso ayuda a que la otra persona tenga más contexto, y sepa a qué atenerse.
  • Se dice por qué es importante que la otra persona te dé el feedback
  • Hay petición/oferta; y por lo tanto espacio para decir que no
  • Se busca acordar cuál es el mejor momento/canal para hacerlo

Hablar sobre los hechos

Más arriba hablaba sobre la importancia de utilizar ejemplos concretos de comportamientos y acciones. Éste es el punto en el que vamos a ponerlos encima de la mesa.

Es importante que, cuando hablemos de comportamientos concretos, lo hagamos de la forma más aséptica posible. Es decir, sin meterle juicios y valoraciones.

Un ejemplo tonto: no es lo mismo decir «hoy hace 5ºC» que «hoy hace frío». Lo primero es un hecho (objetivo, verificable, sobre el que es fácil llegar a un acuerdo), lo segundo es un juicio/opinión… ¡y cada uno podemos verlo de una forma! Para alguien del sur de España 5ºC es un frío inaguantable, para alguien de Noruega es una temperatura agradable. ¿Ves la diferencia?

Otro ejemplo: no es lo mismo decir «ayer teníamos una reunión convocada a las 9:00, tú llegaste a las 10:00» que «ayer llegaste tarde a la reunión». Lo primero son hechos objetivos sobre los que podemos discutir, lo segundo ya es un juicio.

Las diferencias son sutiles, pero están ahí. Y a medida que lo practicas, te das cuenta de lo fácil que caemos en emitir juicios.

Lo bueno de los hechos objetivos y asépticos es que podemos hablar de ellos sin que nos afecte personalmente.

En esta fase, además de exponer los hechos «desde mi punto de vista», también hay que preguntar a la otra persona cuál es el suyo. Porque a lo mejor hay hechos que nosotros no conocíamos (p.j. «tuve que llevar a mi hijo al médico a las 9:00») o incluso que estemos en desacuerdo con los hechos («yo no había recibido convocatoria de la reunión»).

Lo importante aquí es llegar al punto en el que resolvamos discrepancias en cuanto a los hechos y tengamos una visión compartida para poder continuar con la conversación.

De los hechos a las interpretaciones y las emociones

Una vez que estamos de acuerdo en los hechos, pasamos a hablar de los juicios e interpretaciones.

Y aquí es importante recordar que las interpretaciones son subjetivas. Dependen de nuestra experiencia, nuestras motivaciones, nuestra forma de pensar… y las mías no son iguales que las tuyas, ni que las del de más allá.

Por lo tanto, en esta fase se trata de que yo expongo «mi interpretación»… pero no pretendo que sea la única interpretación posible. También te pregunto a ti cuál es «tu interpretación», y te hago preguntas para entenderla mejor.

El objetivo es entendernos el uno al otro.

En nuestro ejemplo, imaginemos que hemos llegado al acuerdo de que «llegaste tarde a la reunión». Yo te puedo explicar que para mí la puntualidad es muy importante, y que una falta de puntualidad la interpreto como una falta de profesionalidad, y una falta de respeto a mi tiempo.

Y a lo mejor tú me dices que no pensabas que fuera para tanto, no eras consciente de que la reunión fuese tan importante, que creíste que estaría ocupado con otras llamadas, que como total nos vemos todos los días pues podríamos vernos en cualquier otro momento.

En este punto entra también la expresión de las propias emociones. Sí, porque las emociones forman parte también de la conversación. Si me siento enfadado, o triste, o temeroso, o contento… es el momento de ponerlo encima de la mesa. Y también de dar la oportunidad a la otra persona de que exprese las suyas.

Tú me escuchas a mí (y respetas mi interpretación y mi emoción), yo te escucho a ti (y respeto las tuyas), y como consecuencia nos entendemos mejor. Porque, insisto, ése es el objetivo: entendernos mejor para sentar las bases de lo que viene después.

Necesidades, negociación y compromiso

Una vez que nos hemos expresado y entendido uno al otro, llega el momento de pensar en el futuro. ¿Cómo vamos a actuar la próxima vez?

El primer paso para ello es que cada una de las partes exponga sus necesidades.

En nuestro ejemplo: «yo necesito aprovechar lo mejor posible mi tiempo», «yo necesito dar una buena imagen hacia los clientes». Y por la otra parte: «yo necesito tener flexibilidad a primera hora para poder gestionar imprevistos con los hijos» o «yo necesito tener más contexto de las reuniones para saber cuáles son importantes».

A partir de aquí, se abre una ronda de negociación en la que se proponen y se discuten posibles formas de actuar.

El objetivo, recuerda, es que las dos partes vean razonablemente satisfechas sus necesidades.

Y voy a insistir en esto: las dos partes. No se trata (como sucede demasiadas veces) de que una parte impongan sus necesidades a la otra. Eso no suele acabar en un compromiso real, sostenible, y duradero.

Que es lo que nos interesa.

En nuestro ejemplo: «pues a mí me resultaría útil que las reuniones importantes las tengamos a media mañana, para así evitar posibles retrasos con los niños», «pues a mí me resultaría útil que, si no vas a poder llegar a la reunión, me mandes un mensaje», «pues a mí me resultaría útil que al principio de la semana repasásemos cuáles son las reuniones importantes que tenemos».

De lo que se trata es de llegar a una serie de acuerdos, aceptados por ambas partes, que sirvan para saber cómo actuar mejor en el futuro. Un verdadero compromiso (puedes ver más sobre esto en mi artículo cómo llegar a un buen compromiso)

El otro día pasó esto: ejemplo concreto, separar hechos de juicios, «¿cómo viste tú la situación?»

¿Y después qué?

Una parte importante de las conversaciones de feedback, y de los compromisos que se asumen en ella, es hacerles seguimiento a lo largo del tiempo.

Es decir, que las dos partes puedan recordarse la una a la otra los compromisos alcanzados, vigilar que se cumplen, reclamarse cuando no sea así… e incluso renegociar más adelante si ven que hace falta.

Se trata de que haya coherencia y consistencia a lo largo del tiempo. Que, efectivamente, merezca la pena el tiempo que se ha dedicado a definir esas formas de actuar.

En resumen

El feedback es una herramienta fundamental para relacionarnos de manera sana con los demás, y para mejorar la forma en la que actuamos.

Un feedback útil es, precisamente, el que nos ayuda a entender cómo debemos comportarnos en el futuro.

Y para que un feedback sea útil hay que tener en cuenta una serie de principios elementales.

Dar feedback (y recibirlo también) es una habilidad que todos podemos practicar y perfeccionar. Al principio cuesta más, pero a medida que interiorizas esos principios elementales… cada vez sale mejor.

Feedback is a gift

Fases de una conversación de desarrollo

Qué es una conversación de desarrollo

Quizás sea una buena idea empezar este artículo definiendo qué es una conversación de desarrollo. Porque no es una conversación normal, una charla informal entre dos personas, sino que tiene unas características especiales.

Una conversación de desarrollo tiene un objetivo: ayudar a una persona a «desarrollarse». Y con eso me refiero a aprender, a crecer, a transformarse, a cambiar cosas que no funcionan, a darse cuenta de cosas que antes no se daba, a encontrar soluciones a situaciones en las que encuentra algún bloqueo… Podemos visualizar el ejemplo de un jefe de equipo conversando con uno de sus colaboradores, o un padre conversando con un hijo.

Como consecuencia, una conversación de desarrollo no se produce entre dos iguales, sino que cada una de las dos partes asume un rol diferente: está la persona que se quiere desarrollar, y la persona que ayuda a la otra a desarrollarse. Pero, en contra de lo que pudiera pensarse, la voz cantante de la conversación la lleva «el que se quiere desarrollar». La otra persona pregunta, escucha, redirige… pero en términos cuantitativos, interviene mucho menos.

Como te puedes imaginar, una conversación de este tipo no es «casual», si no que se prepara y se lleva de acuerdo a unos criterios más concretos. Tampoco puede ser fruto de un «aquí te pillo, aquí te mato», porque ambas partes tienen que ser conscientes de a lo que van y tomárselas en serio, con dedicación y atención plena (nada de conversar mientras estás pensando en otra cosa, mirando el móvil o cualquier otra distracción). Normalmente son largas (nada de «en cinco minutitos nos quitamos esto de encima») y de hecho suelen formar parte de un proceso (rara vez se queda en una sola conversación).

Pero quizás la clave de las conversaciones de desarrollo es entender que son una herramienta al servicio del que se desarrolla. Es decir, uno no puede ir a un hijo o a un colaborador e «imponerle» una conversación de este tipo («ven, que he visto que necesitas desarrollarte y te voy arreglar»). Es la otra persona la que, en un momento dado, puede pedirla; o, como mucho, tú puedes ofrecerla. Pero no imponerla… porque entonces lo que vas a generar es una reacción a la defensiva (más o menos agresiva) pero en ningún caso vas a conseguir nada de lo que pretendieras.

Las 6 fases de una conversación de desarrollo

Una conversación de desarrollo debería atravesar distintas fases. Normalmente no son «fases estrictas», y la conversación fluye de una a otra con suavidad (incluso tocando un punto, volviendo atrás, continuando después… con plena libertad), pero a efectos explicativos las planteo como fases separadas:

  • Generar contexto: se trata de que las dos personas que participan en la conversación sean conscientes de que están, efectivamente, en una «conversación de desarrollo». Que perciban (en el tono, en el espacio, en la actitud, en la confidencialidad…) que ése es el objetivo que perciben, que asuma cada cual su rol, que se sientan con la confianza suficiente como para abordarlo.
  • Situación actual: el objetivo es abrir la reflexión sobre el punto de partida en el que se encuentra la persona. Qué situaciones está viviendo y cómo las está viviendo. Sin enredarse en demasiados detalles, ni en buscar «culpables», pero sí haciendo un reconocimiento de dónde está.
  • Situación futura: aquí se trata de visualizar dónde le gustaría estar a la persona. Qué le gustaría que estuviese pasando, cómo le gustaría sentirse. En general una conversación de desarrollo se orienta más al futuro que al pasado, y por eso esta fase es importante.
  • Aprendizaje/feedback: este es el punto en el que la contraparte, la persona que está sirviendo como herramienta en la conversación, puede poner encima de la mesa cosas de las que se está dando cuenta durante la conversación. Hacer preguntas que hagan cuestionarse cosas a la otra persona, expresar lo que le llame la atención… para que así la otra persona pueda profundizar en aspectos de los que, quizás, no era consciente.
  • Plan de acción: claramente, uno de los objetivos fundamentales de una conversación de desarrollo es generar acción. Que la persona asuma compromisos de hacer cosas diferentes, para que empiecen a pasar cosas diferentes. Aquí es la propia persona la que trata de generar sus propias lineas de acción (no se trata de decirle «lo que debe de hacer»). Lo ideal es que los compromisos sean reales y concretos, y limitar la exigencia: es mejor un compromiso sencillo que se cumple, que uno ambicioso que se incumple.
  • Seguimiento: antes mencionaba que las conversaciones de desarrollo son más un «proceso». Y es que parte de la gracia está en que el plan de acción pueda llevarse a cabo y, después, pueda revisarse qué sucedió, qué aprendizajes se derivaron, qué barreras se enfrentaron… para así iniciar un nuevo ciclo de reflexión y acción.

Hace unos días, mi compañero Alberto Mallo y yo grabamos un episodio del podcast «Diarios de un Knowmad» en el que repasábamos el concepto de «conversaciones de desarrollo» y repasábamos con detalle las distintas fases: te la dejo aquí para que puedas escucharla.

Las conversaciones de desarrollo son una herramienta que tienen mucho que ver con el coaching para profesionales

Destilacción: transforma tus ideas en acciones

Decenas de ideas diarias

Soy un usuario activo de twitter, y todos los días me expongo a montones de tuits con ideas interesantes. Algunos de ellas con enlaces a artículos que, a su vez, contienen más ideas interesantes. Veo charlas en Youtube, escucho podcasts, leo libros, tengo conversaciones.

Yet few approaches to guide priority-setting are available..

Estimo que cada día pasan por mis ojos (y oídos) varias decenas de ideas que me llaman la atención. Que considero llamativas, interesantes. A veces las anoto. Muchas veces las redistribuyo.

La gran pregunta es… ¿cuántas de estas ideas que pasan por tu cabeza a lo largo del día se transforman en cambios reales y concretos en tu vida?

Frente a la infoxicación… destil-acción

Leí un concepto hace mucho tiempo que me resultó muy llamativo: la disfunción narcotizante. Consiste en que la sobredosis de información no solo no genera acción, sino más bien al contrario. Leer mucho sobre determinados temas nos hace tener la reconfortante sensación de que «estamos haciendo algo», cuando en realidad no estamos haciendo nada.

Con las ideas pasa algo parecido. Nos podemos pasar el día exponiéndonos a ideas interesantes a través de distintos medios. Leyendo, dando like, retuiteando. Y tendremos esa reconfortante sensación: «qué bien, qué estimulante». Pero a la hora de la verdad… no está pasando nada. Y el valor no está en las ideas, sino en lo que hacemos con ellas.

Por eso, frente a la infoxicación, necesitamos destil-acción:

  • Elegir una de esas ideas, la que te llame la atención. Fíjate que no te estoy diciendo «elegir una idea buena frente a un montón de ruido», sino escoger una idea buena y descartar otro montón de ideas igual de buenas.
  • Rumiarla. Dedicar un rato a pensar bien en qué significa, qué implicaciones tiene, cómo podrías trasladarla a tu vida (en lo personal, en lo profesional…), qué consecuencias podría tener…
  • Accionarla: ¿qué vas a hacer para llevar esa idea a la realidad? ¿qué acciones físicas vas a poner en marcha, qué hábitos vas a cambiar?

El impacto está en lo que haces

Rara vez tu problema es que te falte información, o que te falten ideas. No necesitas más contenidos. Tienes que hacer más cosas con los que ya tienes.

Como decía hace tiempo:

Una sola idea, si nos esforzamos en extraerle todo su jugo y en aplicarla en el día a día, puede tener un impacto mucho mayor en nuestra vida que pasar de puntillas por decenas de ellas

Quizás la cuestión sea saber si queremos cambiar cosas en nuestras vidas… o solo revolcarnos en la ilusión de que con darnos atracones de ideas ya es suficiente.

Recomendaciones de verano para desconectar, evadirse y reflexionar

Entramos de lleno en el verano y, al menos en España, lo vivimos con calor (con lo que a mí me gusta el fresquito…) y con la perspectiva generalizada de tomar unos días de descanso. Las vacaciones de verano son un clásico.

He de confesar que empiezo a escribir este post con notable ilusión. Hace unos días me planteé que podía estar bien tener una perspectiva de cómo aprovechan otras personas sus vacaciones para desconectar, para evadirse y/o para reflexionar un poco. Y para ello se me ocurrió pedir ayuda a los suscriptores del blog, y también a los seguidores de twitter.

Éste siempre es un movimiento un poco arriesgado, porque en tu cabeza siempre está el runrún de «¿y si no contesta nadie?» Pero por probar nada se pierde, ¿verdad? Y lo cierto es que la respuesta ha sido entrañable, por la variedad y por la calidez.

Así que quiero empezar dando las gracias a Lourdes López Bravo, Alberto Mallo, Jaime Buelta, Enrique Bullido, Enrique Gonzalo, Luis Alberto Santos, Mª Ángeles Juliá, Jorge Alastuey, Rodrigo Vasconcellos, Noemí Carro, Pablo Romanos, Thibaut Deleval, Mar Castelló, Bea Jiménez, Daniel «psicólogo de provincias», JJ Merelo, Antonio de Ancos, Juan Luis Hortelano, Patricia Millán… por sus respuestas, y por su generosidad en compartirlas. Entre todos nos ofrecen un mosaico muy variado de opciones con las que podemos sentirnos identificados, o que pueden estimular nuestra curiosidad y servirnos de ejemplo.

Por cierto, algunas de las contribuciones han sido en formato audio, y con ellas he montado un episodio del podcast «Diarios de un knowmad». ¡Nada mejor que oír a cada uno expresarse con sus propias palabras!

Y si estás leyendo esto, y te apetece contribuir… ¡los comentarios son todos tuyos!

¿Qué actividades realizas para desconectar?

Ésta era mi primera curiosidad. ¿Qué es lo que hacen los demás para tener sensación de «desconexión», para recargar pilas físicas y mentales?

  • Empezando por la propia importancia de desconectar, literalmente.
    • Como dice Maria Ángeles, procura «dejar el móvil, ordenador y televisión a un lado. Creo que estamos hiperconectados  y más cuando trabajamos, la tecnología forma parte de nuestro día a día, y nos consume mucha energía. Pasar de ella por unos días me ayuda a conectar mejor conmigo misma y con los demás».
    • Lourdes también incide en la importancia de poder disfrutar «teniendo el móvil lejos o en modo avión, planificando cuántas veces al día lo vas a mirar y en qué momentos, para así estar tranquila por tenerlo desconectado el resto del tiempo».
    • Noemí, cuando va a su casa del pueblo, también se desentiende del móvil «según entro, y no lo vuelvo a coger hasta que me voy».
    • Aunque, como apunta Juan Luis, la desconexión no tiene por qué ser total: «El mero hecho de estar en formato vacaciones, cambiar de hábitos, levantarte a otra hora, pasear por sitios distintos… ya me ayuda a desconectar bastante, y no es un problema seguir atento a las cosas de trabajo si hace falta».
    • Y de hecho, como dice Alberto, «para mí desconectar es la oportunidad de conectar».
  • Cambiar de entorno es otro factor clave de desconexión
    • Bea lo deja claro, necesita «alejarse del asfalto y entrar en contacto con la naturaleza».
    • A Enrique, por ejemplo, le atrapa el mar: «sentarme a mirar el mar, olerlo, notar la brisa, pasear cerca de él…»
    • A Lourdes le gusta complementarlo con las puestas de sol, «ya sea disfrutando del último baño del día o bien sentada en un chiringuito con una cerveza bien fría».
    • Noemí aprovecha la montaña de León para «ir al pantano al que puedo ir a pasear, tomar el sol…»
    • Lo mismo que Enrique, que se pirra por pasear «en un entorno diferente al habitual, ya sea la playa o la montaña» y eso hace que «el chip mental cambie y esté preparado para nuevas ideas».
    • La montaña es clave para Mar: «Subir a la montaña y contemplar un paisaje. Cuando hacemos excursiones o caminatas, lo más maravilloso del mundo es cuando estás arriba y ves lo pequeño que es todo. Lo inmenso que es el mundo. Me ayuda a poner las cosas en su sitio y a quitarle importancia  lo que no la tiene. Y… si has subido en bici… bajar y sentir el viento en la cara… y el olor a pinos… es total».
    • Y viajar, siempre viajar: «Ver otra gente, otras costumbres, otros tipos de vida, te ayuda a salir de tu mini mundo y querer dar más tiempo a lo que realmente importa».
    • Pero no hace falta irse lejos, sino simplemente cambiar la mirada. Patricia se propone «redescubrir la ciudad», a través de visitas guiadas, visitas a museos menos conocidos, recorrer barrios menos habituales… y así «sorprendernos de lo que tenemos en casa y ver la amplitud de nuestra ciudad».
  • Hay quien aprovecha este espacio «entre cursos» para dedicar tiempo a cosas que no son estrictamente ocio, pero para las que no hay tanto tiempo en el día a día:
    • Jaime, por ejemplo, se dedica a «experimentar» con cosas cercanas a su trabajo (es programador) como explorar un nuevo lenguaje, una herramienta distinta… «más en plan juguetear».
    • Luis Alberto aprovecha para «hacer balance anual, ya que en verano hay más tiempo y desconexión», y sobre todo plantearse «qué hacer de cara al nuevo curso».
  • Las relaciones sociales son otro elemento clave:
    • Mar indica que «estar con mi familia y mis amigos, sin hora, me encanta. Disfruto muchísimo de charlar, andar, ver cosas, viajar, lo que sea juntos. Es la felicidad por excelencia también».
    • Enrique, en sus paseos, disfruta de poder charlar «con personas con las que no tengo tanto trato de manera habitual» que le aportan «nuevos puntos de vista».
    • Lo mismo le pasa a Pablo, que aprovecha a «ver amigos a los que no veo en el resto del año»
    • Dentro de estas relaciones están, por supuesto, los niños: «pasar el tiempo con ellos en la piscina», como dice Alberto, o en en centro social donde acude Jorge. Es momento también para compartir juegos, como hace DRoss, aunque con un matiz: «Me encanta observar sus estrategias para aprender y ganarme. Soy psicólogo. Y aunque suene mal utilizo a mis hijos como conejos de cobaya. Ellos se divierten y yo aprendo esa manera fresca de mirar las experiencias»
  • La actividad física, más intensa o más moderada, también forma parte del menú de descanso:
    • Los paseos, como ya hemos visto, son práctica habitual para Enrique, para Noemí… y para Pablo, que se lleva a su perro de compañía.
    • Alberto se apunta al deporte («cualquier tipo»).
    • Mar disfruta nadando («Nadar a braza a ritmo medio… podría estar también horas. Me salgo del agua porque me empiezo a arrugar jajajaja. En fin, además de ayudarme a desconectar, es mi momento estrella de inspiración. Me ayuda a pensar, reflexionar y conectar conmigo misma.»), haciendo excursiones o incluso bailando («no sé quién comenzó esto del baile pero realmente hay sentimientos que solamente puedes expresar bailando»).
    • Thibaut se apunta a «jugar al golf».
  • La música, y la creatividad en general, también es un elemento importante para algunas personas
    • DRosso dedica tiempo a tocar la guitarra, y próximamente un ukelele «para hacer versiones y componer canciones nuevas (aunque quizás haya que llamar descomponer canciones porque cojo Satisfaction de los Stone y les cambio la letra por temas divertidos)»
    • Mar también conecta con la música, que «no solamente me hace desconectar, me transporta a otro mundo. Me encanta escucharla sola pero me encanta también compartirla.  Mi hijo a veces viene corriendo para compartir uno de sus cascos conmigo, porque ha encontrado una canción o pieza fantástica y es lo que más feliz me puede hacer del mundo»
    • Thibaut disfruta de la fotografía y sus «paseos de streetphotographer»
  • Por supuesto hay oportunidad para el ocio puro, como la lectura (como Antonio, que lee «todo lo que no puede leer durante el año», Lourdes y sus «siestas veraniegas en la hamaca con un buen libro cerca», JJ y sus «libros que se puedan mojar porque los libros gordos no se pueden llevar a la playa ni a la piscina» o Mar y su capacidad para estar «hora y media en la hamaca con los brazos estirados sosteniendo un libro sin cambiar de postura»), las series (aunque, como dice Rodrigo, «el tema de la conexión a internet en vacaciones suele ser complicado») o los relajantes documentales sobre naturaleza marina de Jorge.
  • Y luego, claro, es verano. Y es una oportunidad para el «dolce far niente». Como Daniel, que en un reciente viaje a Jaén compró un olivo bonsai y cuyo plan es «verlo creer en mi patio mientras duermo la siesta.»

Leer para evadirse

Siempre que llegan estas fechas yo mismo cargo mi ebook de libros «de evasión», que me permitan desconectar un poquito. Y siempre busco nuevas ideas que me inspiren. Así que eso fue otra de las cosas que pregunté; ya tengo ideas para los próximos 10 veranos :D.

  • D Rosso nos plantea un montón de ideas: filosofía de evasión, ensayo de evasión, «Ser y tiempo» de Heidegger, «Las palabras y las cosas» de Foucault, Derrida, las «Meditaciones» de Marco Aurelio (este es chulo porque lo puedes leer por cualquier página y encuentras algo), un poco de existencialismo… o libros infantiles (Los diarios de Greg, Robótica, Astrofísica para niños (lectura a dos manos con mi hijo el mayor, 10 años)
  • Mar: «me enganchan los libros que te hacen sentir cosas. No tienen porqué se grandes de la literatura. Por ejemplo, ahora estoy leyendo “El sanador de caballos”, para mí es un libro sencillo sin grandes pretensiones pero en el que se describen los sentimientos de las personas de una forma que me engancha y me hace desconectar totalmente. Otros como por ejemplo “Seda”, sencillo y delicioso también. Pero también me han enganchado los libros de moda en su día, como por ejemplo “La verdad sobre el caso de Harry Quebert”, también sin grandes pretensiones pero que te transporta que es lo que me gusta de los libros. Libros que tengo para leer este verano: Lluvia fina, Matadero cinco de Kurt Vonnegut, La ley del menor de Ian McEwan.
  • María Ángeles: «Como lectura de ocio recomendaría El Orfebre de Ramon Campos, fácil, rápida, sin pretensiones. Deja un buen sabor de boca, con ganas de más pero sin que te quite el sueño. «
  • Rodrigo: «Para desconectar lo mejor novela (bélica, policiaca, espías…), cualquiera de Frederick Forsyth, John le Carré, Ken Follett… las que te enganchan desde la primera página.»
  • Lourdes: «El maestro del Prado (Javier Sierra). Eat, pray, love (Elisabeth Gilbert). Yo, Julia de Santiago Posteguillo. Tú no matarás de Julia Navarro y Las hijas del Capitán de Maria Dueñas. Mirando mis registros estas son las ganadoras del año! «
  • Alberto: «10% happier (Dan Harris) como forma de acercarse a la meditación desde un sitio nada místico, y Open (Agassi) porque resulta muy interesante ver la parte de atrás de una historia de supuesto éxito donde se habla, sobre todo, de fracasos».
  • Jaime: «Vuelvo a leerme comics de humor que tengo por aquí perdidos en casa: Astérix, Mortadelo… me sigo riendo como el primer día, me siguen pareciendo maravillosos y sobre todo me olvido de todo cuando los leo».
  • Noemí: «Grandes Esperanzas, de Dickens; se justo se cumplen diez años desde que lo leí la primera vez y me apetece mucho recuperarla»
  • Enrique: «Cualquier libro de Henning Mankell, y en concreto alguno de la serie protagonizada por el inspector Wallander. Creo que el primero es «Asesinos sin rostro«, no es una simple novela policiaca, es algo más, y creo que es una buena lectura para el verano»
  • Enrique: «Me gustaría recomendar uno de mis libros favoritos, Alta Fidelidad de Nick Hornby, os hará terminar con una gran sonrisa y con la sensación de haber disfrutado un tiempo maravilloso».
  • Patricia: «Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de David Foster Wallace; la revista Rolling Stone le mandó a cubrir un crucero de siete días a todo tren, y a él le pareció la experiencia más horrorosa de su vida»
  • Jorge: «Yes We Football, un libro con las reglas básicas, historia, anécdotas… sobre fútbol americano, un deporte que me interesa, que es muy complejo y muy desconocido en España, pero que es posiblemente el que más ingresos genera en el mundo».
  • Pablo: «La guerra interminable, de Joe Hadelman»
  • Thibaut: «The boys in the boat«, de Daniel James Brown
  • Juan Luis: «Novela de ficción, divertida, poco profunda… lo mismo me leo La Catedral del Mar, que algo de Ruiz Zafón o de Gómez Jurado, como por ejemplo Reina Roja«.
  • JJ: «Me gusta leer cosas de ciencia ficción y también novela negra, Connelly, tipo novela serie B, crimen, crimen escandinavo…»
  • Antonio: «me he enganchado a los libros de Juan Gómez Jurado, y los estoy leyendo de atrás hacia adelante: Reina Roja, Cicatriz, El Paciente… y todavía me queda alguno pendiente por ahí».
  • Bea: «novela negra; esos libros que te enganchan y que tienes que leer capítulo tras capítulo aunque sean las tantas y sepas que al día siguiente te va a costar horrores levantarte. Por ejemplo, la saga de Bevilacqua y Chamorro de Lorenzo Silva».

Leer para reflexionar

Porque no todo es evadirse. También éstas son fechas apropiadas para dar un paso atrás y leer cosas que te ayuden a reflexionar, a enfocar algunos aspectos de tu día a día de forma diferente, a desarrollar alguna habilidad… así que también he planteado esta cuestión, y éstas son las respuestas recibidas:

  • D Rosso: «Siempre recomiendo libros sobre «cómo contar historias». Por ejemplo: «Houston, we have a narrative«. Un libro sobre como contar historias para la difusión científica, cómo transformar el lenguaje atemporal típico de las ciencias positivas en una historia con personajes, tramas, desenlaces…»
  • Mar: «Me impactó mucho, “El viaje de Luis” de José Manuel Gil. En realidad libros que cuenten experiencias reales de personas admirables son los que me hacen reflexionar.»
  • María Ángeles: «Productividad Personal de José Miguel Bolívar (un tema pendiente), Optitud de Iosu Lazcoz (una buena visión sobre las ventas para el que le toque) e indudablemente Aprendiendo de los mejores, de Francisco Alcaide.»
  • Rodrigo: «Para reflexionar y tomar perspectiva cualquier biografía, incluso cualquier libro tipo autoayuda puede ayudar a sacar alguna idea o consejo.»
  • Lourdes: «Sapiens (Yuval Noah Harari), Un mundo feliz (Adolf Huxley), El hombre en busca de sentido (Víktor Frankl), Ichigo Ichie de Francisco Miralles. Tengo más pero estos 4 me han hecho evolucionar.»
  • Alberto: «Tao Te Ching» (del que hablamos ampliamente en un capítulo anterior del podcast)
  • Jaime: «Últimamente he estado mirando bastantes cosas de historia. Según vas mirando más cosas empiezas a conectar muchos más puntos».
  • Luis Alberto: «Mucha lectura de introspección, de desarrollo personal… y si decido involucrarme en nuevos proyectos alguna lectura relacionada con ellos».
  • Noemí: «Essentialism, de Greg Mckeown, en el que hace una reflexión sobre cómo buscar menos con más calidad de manera disciplinada, y tengo muchas ganas de ver cómo desarrolla el método en el que la idea fundamental es reflexionar para poder eliminar el ruido».
  • Enrique: «Me quedo con Martes con mi viejo profesor, de Mitch Albom. Es un libro bastante breve que descubrí hace tres años y que desde entonces releo al principio de verano en lo que se ha convertido en una pequeña tradición veraniega para mí».
  • Enrique: «Las Meditaciones de Marco Aurelio, porque explica de una manera concreta, muy directa y en un lenguaje cercano cuales fueron las ideas y principios de la filosofía estoica, que para mí fue un antes y un después en mi forma de ver la vida».
  • Patricia: «The art of working remotely, de Scott Dawson; es un interés personal en mejorar ese aspecto de trabajar desde casa, en el que ahora estoy metida al 100%, y en el que realmente cojeo mucho».
  • Jorge: «Small data, de Martin Lindstrom; en esta época en la que tanto se habla del big data, y los datos en bruto… se enfoca justo en lo contrario, en la importancia de ir a los sitios, hablar con la gente, investigar… y hace reflexionar bastante».
  • Pablo: «El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl»
  • Thibaut: «¿Qué sentido tiene ser cristiano?, de Timothy RadCliffe
  • Juan Luis: «llevo una etapa en la que no me llama leer tanto en este sentido como en épocas anteriores: aun así uno que me ha gustado recientemente es Never split the difference, de Chris Voss, un antiguo agente del FBI experto en negociaciones de secuestros y que te da pistas sobre cómo negociar aplicables a cualquier aspecto de tu vida».
  • JJ: «me gusta leer de vez en cuando cosas de matemáticas, porque soy una persona bastante inútil con las matemáticas y debería haber aprendido más. Me gusta leer sobre historia de las matemáticas, teorema de Fermat, historia de la criptografía, me he comprado el libro de Strogatz…»
  • Antonio: «tengo un libro que ha demostrado que funciona: es Procrastinación, de Piers Steels, que lleva dos años esperando a ser leído en mi mesilla de noche; y también me gustaría repasar Superpoderes del éxito para gente normal, del Mago More, que recoge una serie de ideas muy interesantes. Como mago y como humorista no me hacía demasiada gracia, pero como conferenciante me parece brillante».
  • Bea: «La meta, de Eli Goldratt ; es un libro de management pero en formato novela donde el protagonista se encuentra ante un reto profesional y te cuenta cómo se enfrenta a él, cómo lo resuelve y cómo toma perspectiva para poder afrontarlo. Me encanta porque me ayuda a en el día a día profesional».

Guau. Menudo montón de ideas…

De nuevo, gracias a todos y todas por vuestras contribuciones. Ha sido un gustazo hacer esta labor de recopilación, y leeros/escucharos hablar con pasión de vuestros hábitos, de vuestras lecturas, de vuestras inquietudes… Quien quiera inspiración, aquí va a poder encontrar una buena dosis.

¡Feliz verano a todos!

El poder de la reflexión en el día a día

El día a día nos come

Suena el despertador. Te pones en marcha. Tienes la agenda del día en la cabeza: las reuniones, las llamadas, los informes. No te olvides de esto, ni de aquello. Pones a los niños en funcionamiento, desayunas a toda prisa, te metes en el atasco, llegas a la oficina, te cruzas con Fulano y con Mengana. Tu pila de tareas pendientes no decrece, sino que crece.

Llega la tarde noche, llegas con poca energía a casa. Lo poco que te queda lo gastas en hacer sostener la relación familiar, en cenar… antes de derrumbarte en el sofá ante la tele o con el móvil, y anestesiarte un poco antes de irte a dormir.

Así se pasa un día y otro, y llegas al fin de semana y puedes atender la logística de la casa, hacer algo de vida social y, con suerte, descansar un poco. Y así se pasa una semana y otra. De vez en cuando te asalta la necesidad de parar, quizás en unas vacaciones, o asociadas a un cambio profesional o a un evento vital. Pero rápidamente te ves de nuevo de cabeza en la rutina, y vuelven a pasar días, semanas, meses y años.

¿Cuántos momentos tienes, dentro de esa inercia, para «parar y pensar»? La sensación que yo tengo, cuando miro a mi alrededor, es que en general tenemos muy pocos. No tenemos costumbre, y el día a día nos arrasa.

¿Para qué nos sirve reflexionar?

Encontrar momentos y herramientas que nos permitan reflexionar nos da un poco de «aire» dentro de esa dinámica tan perversa. Nos da la oportunidad de salirnos de la rutina, de observarnos, de analizarnos… y de plantearnos que, quizás, tengamos que hacer algo de manera distinta. Porque, sin esos momentos de reflexión, es muy difícil que tomemos las riendas de nuestra vida; simplemente vamos montados en ella, como un pasajero subido al vagón de una montaña rusa.

Esa capacidad de salirnos de la inercia, de los automatismos, es fundamental para poder hacer cosas de manera diferente. Como ya expuse en alguna ocasión, la consciencia es el primer paso para cualquier cambio que queramos hacer.

Espacios y herramientas para reflexionar

Hablaba el otro día con mi amigo Alberto sobre su rutina de reflexión y cómo, algunas mañanas, él hace por madrugar un poco más y dedicar un espacio de tiempo (antes de que el resto de la casa amanezca, y de que la maquinaria del día a día se ponga en marcha) para hacer un poco de meditación, escribir en un diario o leer y digerir un fragmento del Tao Te Ching.

Yo también le contaba como, durante un tiempo, tuve instalada en mi móvil una app que, a lo largo del día, hacía sonar un «cuenco tibetano» y que para mí era la señal para dejar lo que estuviera haciendo, parar un poco y tomar un poco de perspectiva.

Puede que te suene un poco «místico», o «hippie», o «friki». Da igual, la solución de Alberto no es la mía, y la mía no es la tuya. Meditación para principiantes, journaling, lecturas inspiradoras, un podcast, libros de «autoayuda», vídeos de youtube, frases motivacionales, escribir un blog, un twittero que te llame la atención, el refranero castellano… cada uno puede encontrar la herramienta que más cómoda le resulte.

Al final eres como un botijo: lo que sale de ti es el resultado de lo que metes. Si no prestas atención a lo que usas para alimentar tu mente, si dejas que todo sea el resultado de tu rutina diaria… difícilmente vas a poder ofrecer al mundo nada diferente.

Lo importante, quizás, es crear el espacio para que eso suceda, y convertirlo en rutina. Que, como la grasa del jamón, sean vetas entrelazadas con ese día a día que de otra forma nos come.

Paladear, no engullir

Yet few approaches to guide priority-setting are available..

Quizás un riesgo, que yo sin duda he experimentado, es que queramos someter esos momentos de reflexión a la misma velocidad con la que afrontamos el día a día. «Productividad» aplicada a la reflexión. A ver cuántas frases motivacionales puedo ver en una hora haciendo scroll en Pinterest. A ver si me acabo este libro en tres días, y así puedo leer casi 100 en un año. Voy a ver todos los artículos interesantes que comparten todas las personas a las que sigo en redes sociales. El número de impactos que recibimos en el día a día no deja de crecer, y aun así nos esforzamos en intentar abarcarlo todo.

Esta forma de engullir contenidos hace que nos quedemos, la mayoría de las veces, en su superficie. Sí, lo leemos. Sí, lo entendemos. Pero como no le damos vueltas, no dejamos que nuestra mente haga conexiones, que divague, que rumie, que lo ligue a nuestra experiencia… lo olvidamos fácilmente y acaba siendo intrascendente.

Hace tiempo decía que normalmente no necesitamos «más contenidos», sino trabajar con mayor conciencia aquellos que ya caen en nuestras manos. Un buen libro puede dar para semanas de reflexión. Una sola idea, si nos esforzamos en extraerle todo su jugo y en aplicarla en el día a día, puede tener un impacto mucho mayor en nuestra vida que pasar de puntillas por decenas de ellas. Más vale pájaro en mano, que ciento volando.

Habilidades transversales esenciales para tu carrera profesional (y para tu vida)

Cuando acabé la Universidad pensaba que sabía bastantes cosas. No tardé tiempo en darme cuenta de mi error.
Y no hablo sólo de conocimientos técnicos (que también), sino de todas aquellas otras habilidades que son fundamentales para la carrera profesional (¡y para la vida!) y a las que no se les suele prestar atención en el proceso de desarrollo educativo.
Hay quien las llama “soft-skills”, aunque a mí me gusta más el concepto de “habilidades transversales”. Porque, al contrario de los conocimientos técnicos, son útiles para cualquiera, se dedique a lo que se dedique. Y con un gran impacto.
Por eso en los últimos años, en paralelo con mi trabajo como consultor, he ido prestando cada vez más atención a desarrollar esas habilidades. Es un camino que nunca termina, pero muy satisfactorio. Y me encanta compartir mis avances con los demás. No a modo de gurú, porque hay expertos en cada una de esas materias que saben mucho más que yo, sino como «explorador que va compartiendo su viaje». Es el espíritu que, cada vez más, ha ido animando este blog, o el lanzamiento de Skillopment, o el podcastdiarios de un knowmad, al fin y al cabo.

Fruto de esa reflexión, he intentado resumir cuáles son para mí algunas de esas habilidades transversales esenciales, que tanto impacto pueden tener en una carrera profesional (y en la vida en general). He creado un descargable (para suscriptores) en el que repaso cada una de esas habilidades, planteo 5 ideas fundamentales de cada una de ellas y sugiero una lectura que sirva como «vía de entrada» para quien tenga interés en profundizar.
¿Cuáles son esas habilidades?

  • Autogestión, para dominarte a ti mismo/a
  • Efectividad, para aprovechar el tiempo
  • Agilidad, para llevar proyectos a la práctica
  • Indagación y escucha, para entender lo que te rodea
  • Habilidades interpersonales, para gestionar tus relaciones con los demás
  • Comunicación, para transmitir tus ideas
  • Networking, para cultivar tus relaciones
  • Aprendizaje, para adquirir nuevas habilidades

Si quieres explorar el documento en más detalle, puedes suscribirte a mi lista de correo y te lo enviaré directo a tu bandeja de entrada.

Darse contra una pared

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Sonó una notificación, y miró el teléfono. Le cambió la cara.
– «Joder, es que siempre estamos con lo mismo».
– «¿Qué ha pasado?»
– «Fulanito, que me la ha vuelto a hacer. Mira que lo hemos hablado veces, y me dice que sí, que vale… pero al final volvemos a caer en la misma historia. ¡Es como darse de golpes con una pared!»
Me quedé mirándolo.
– «¿Tú te sueles dar muchos golpes contra las paredes?», le pregunté.
– «¿Cómo? ¿Qué?»
– «Que si te sueles dar muchos golpes contra las paredes. De las de verdad, de las de ladrillo, digo».
Me miró con extrañeza.
– «Pues no, no me doy golpes contra las paredes».
– «¿Ah, no? ¿Y por qué?»
– «Pues vaya pregunta… ¿por que son de ladrillo, y si me doy un golpe me hago daño? Tienes unas cosas…»
No, no solemos darnos golpes contra las paredes, salvo por despiste. Sabemos que, si lo hacemos, nos haremos daño en una escala que va desde el coscorrón hasta un buen porrazo. Nadie en su sano juicio ve una pared y dice «allá voy». Si quiere pasar al otro lado, no intentas atravesarla; en el mejor de los casos buscas una puerta.
Esto, que con las paredes físicas nos resulta muy evidente, parece que nos cuesta aceptarlo cuando hablamos de las personas. Tenemos a alguien que tiene tendencia a comportarse de una manera, y nos lanzamos contra ella esperando que esta vez sea diferente. Y cuando nos damos el golpe, nos quejamos: «¡es como darse contra una pared!». Qué sorpresa.
Cuando nos damos un golpe contra una pared (física), a nadie se le ocurre echarle la culpa a la pared por ser dura, impenetrable… por ser una pared, al fin y al cabo. Nadie se sorprende de que, si te das contra una pared, el que se hace daño es uno mismo. Si le pedimos peras al olmo, nos vamos a decepcionar y a frustrar. Las peras se las podemos pedir al peral, y del olmo lo que podemos esperar es… lo que sea que da el olmo. Pero no peras.
«Pero es que yo quiero ir hacia allí», dirá alguno. Ya, bueno, pues hay una pared en medio. Puedes insistir en intentar atravesarla… pero no te quejes luego del golpe.
PD.- No quiero decir con esto que las personas seamos de una manera concreta, y no podamos cambiar. Por supuesto que podemos cambiar (aunque nuestras preferencias siempre están ahí… ya sabes, «la cabra tira al monte»). La cuestión es que los demás cambian cuando quieren, y en el sentido que quieren… y no cuando nosotros queremos y en el sentido que nosotros queremos. Puedes ir por el mundo asumiendo que los demás se comportarán como tú quieres que se comporten… o aceptar que cada uno se comporta como se comporta, e irte adaptando.

Momentos hell yeah!

Hell yeah!!!

Leí este artículo hace ya bastante tiempo, pero últimamente me ha vuelto a rondar la cabeza. Hablaba Derek Sivers de aplicar un filtro a la hora de tomar decisiones sobre cómo invertir nuestro tiempo, atención, energía, dinero… ¿Es algo que te hace decir «hell yeah!!!»? Si es que sí, ¡adelante! Si no… mejor pasar.

«Hell yeah!!!» es sinónimo de entusiasmo. De que algo te ilusiona, te engorila, te hace soñar despierto, te pone una sonrisa en la cara, te pone las pilas, te hace salir dando botes de la cama. «¡Sí, joder, me apetece un huevo!». Ese libro que te propones leer, ese plan que te han propuesto, ese nuevo trabajo, esa llamada que deberías devolver… ¿Quieres realmente hacerlo? ¿Notas la energía bullendo dentro de ti ante la perspectiva de abordarlo? Tienes que decidir, ¿quieres decir un «sí» tibio, desganado y lleno de dudas? ¿Dónde te va a llevar eso? Mejor decir que no, porque corres el riesgo de llenar tus horas, tus días y tu vida de actividades «meh», «ni fu ni fa». ¿Es eso lo que quieres?

Audita tu vida

¿Cómo pasas tus días? ¿Cuántas actividades «hell yeah!!» hay en ellas? ¿Qué porcentaje de tu tiempo dedicas a cosas que realmente te estimulan, te ilusionan, te llenan de energía… y qué porcentaje se dedica a obligaciones, a compromisos, a actividades que «ni fu ni fa»?
Decía Steve Jobs en su famoso discurso que procuraba mirarse al espejo cada mañana y preguntarse «si éste fuese a ser el último día de mi vida… ¿es así como querría pasarlo?» Y si la respuesta era «NO» durante demasiados días seguidos… sabía que tenía que hacer algo al respecto.

¿Cuántos de nuestros días pasarían la prueba de Jobs?

Unas dosis de realismo

Tranquilos, no me he comido a Paulo Coelho. Sigo siendo el mismo Raúl de siempre, plenamente consciente de que vivimos en el mundo real. Un mundo en el que hay facturas que pagar, hijos a los que atender, clientes a los que responder, responsabilidades, compromisos. Que uno no puede ponerse el mundo por montera así sin más. Lo sé, lo sé.
Sé también que no es posible vivir en el éxtasis continuo. Que la felicidad no sólo está en el hedonismo perpetuo, y en saltar de estímulo en estímulo. Que las cosas especiales lo son precisamente por contraste. Que nuestra capacidad de habituación es sorprendente para lo bueno y para lo malo, y que el camino a la felicidad no es tan evidente (porque si lo fuera, todo el mundo lo seguiría, ¿verdad?)
Y también sé que hay que tener cuidado de no fliparse. Que las cosas que desde fuera parecen tan atractivas y nos generan tanta ilusión pueden tener mucho de fantasía, y que luego la realidad tiene una cara B con la que finalmente nos encontraremos tarde o temprano.

Lo sé, pero…

Pero aun así, algo me dice que a veces dejamos que ese «mundo real» nos atrape con su inercia, nos entregamos a los «hombres grises» y renunciamos a poner intención en nuestra vida. Algo me dice que echo de menos más momentos «hell yeah!!», y más días memorables.

Pero también que quizás no sea tanto una cuestión de volverse loco, sino de pequeñas decisiones. De poner un poco más de consciencia a las cosas que hacemos, y de hacer un propósito consciente por disfrutarlas más, de pararse a oler las rosas, de contar nuestras bendiciones. Quizás lo que hace que una actividad sea «hell yeah!!» sea en parte la actividad en sí, y en parte nuestra actitud hacia ella.
En cualquier caso, echa un vistazo a tu vida. ¿Tienes suficientes momentos y actividades «hell yeah!!»? Y si no es así… ¿qué puedes hacer al respecto? 
PD.- Como ves, he añadido un episodio del podcast Diarios de un knowmad dedicado a este tema. Si te gusta, puedes suscribirte en iVoox y en iTunes, comentar, recomendar, compartir…

Lo que me hace fluir

El otro día publicaba James Clear (autor que habla habitualmente de temas de desarrollo personal, hábitos y toma de decisiones) un tuit en el que preguntaba lo siguiente:

Imagina que puedes elegir un nuevo rumbo profesional basado en un criterio: que tu trabajo sea esa actividad que con más frecuencia te pone en un estado de flujo (estado de flujo = te sientes completamente absorto en lo que estás haciendo, el tiempo vuela sin que te des cuenta, etc.). ¿Cuál sería ese trabajo?

Una pregunta tan directa me hizo pensar…

El estado de flujo

No es la primera vez que traigo a colación eso del estado de flujo. Contaba en su día cómo el autor de referencia en la materia es el húngaro Mihaly Csikszentmilhalyi. Y cómo lo que defiende es que ese «estado de flujo» se alcanza cuando hay un equilibrio entre el nivel del reto al que nos enfrentamos y las habilidades que tenemos para hacerlo. Si no se da ese equilibrio, entramos en otros estados diferentes (apatía, ansiedad, aburrimiento…) alejados de ese estado de flujo.
Teoría de la Experiencia Óptima o Flow : Crecimiento Positivo
Lo cual, como respaldo teórico/conceptual está bien, pero la pregunta de James Clear es mucho más concreta… ¿Cuáles son esas actividades que a mí me hacen entrar en ese estado?

Algunas de las cosas que para mí fluyen

Haciendo un poco de arqueología vital, me salían algunas cosas:

  • Programar: tuve mi primer ordenador con 10 años, un Amstrad CPC6128 (¡con pantalla a color!) con el que pasaba las horas muertas con aquel BASIC rudimentario (20 Goto 10 :D). Nunca hice programas supercomplejos, pero me encantaba resolver problemas (el típico programa para sacar números primos, o para ordenar un listado, etc…). Luego pasé a las bases de datos (con el DBASE III+), a las macros de Excel… en fin, nunca he pasado de aficionado. Pero recuerdo bien esa sensación de estar metido en tu programa, y darte cuenta de que llevabas horas sin levantar el culo de la silla.
  • Ilustrar: esto es algo más reciente, pero que me genera sensaciones parecidas. Abrir el Ilustrator con una idea en la cabeza, y ponerme con ella herramientas para arriba y herramientas para abajo. Con conocimientos limitados, pero viendo cómo esa idea se va haciendo realidad paso a paso, e incluso acaba siendo una camiseta. O con lápiz, tinta y papel, que no todo va a ser ordenador.
  • Crear contenidos: escribir en el blog, o hacer podcasts, o crear una presentación, o incluso un documento para cliente… eso de estructurar ideas, y luego irlas ejecutando, y si encima tienes la posibilidad de ir editando poco a poco hasta que quede como tú quieres.
  • Cocinar: disto mucho de ser un «cocinillas», y diría que ni siquiera me gusta especialmente. Pero lo cierto es que cuando me pongo me resulta fluido. Sacas ingredientes, el cuchillo, la tabla… vas cortando, salteando, cociendo… un poquito por allí, un poquito por allá… y se te han ido tres cuartos de hora sin casi darte cuenta.

Buscando el denominador común

Después de sacar ese listado de actividades, quise ir un paso más allá. ¿Qué tienen en común? ¿En qué se parece programar a cocinar, y por qué son dos actividades que me hacen fluir?

  • Individualidad: hola, aquí su amigo el introvertido. Disfruto en soledad, siempre ha sido así. Puedo hacer cosas con otras personas, incluso disfrutarlas; pero no es mi estado natural. Es muy difícil que una actividad compartida me provoque esa sensación de fluir.
  • Creación: tienes una hoja en blanco, y después tienes un dibujo. Tienes una pantalla en blanco, y después tienes un post publicado. Tienes la mesa vacía, y al final tienes un plato que huele y sabe bien. Esa sensación de construir, de crear… me involucra de manera especial.
  • Feedback inmediato: tiras una línea de código, y a ver qué pasa. Haces un trazo, y decides si te gusta o no. Metes un efecto de sonido en el podcast, y escuchas a ver qué te parece. Metes la cuchara en el guiso y decides si necesita o no sal. Todas estas actividades tienen una dinámica de retroalimentación directa, lo que haces tiene un efecto directo que puedes valorar y que te va guiando.
  • Autonomía: yo me lo guiso, yo me lo como. Yo planteo qué problema quiero resolver con un programa, a qué voy a prestar atención lo siguiente, cuándo y durante cuánto tiempo trabajo en ello, cuándo considero que está acabado. No hay otra persona decidiendo, soy yo y solo yo. De hecho éste factor es muy relevante; he probado a hacer todo lo anterior «para otros» (p.j. diseñando una camiseta para otra persona, o haciendo un programilla para un cliente, o escribiendo posts para blogs comerciales) y el estado de flujo se evapora rápidamente.

Entonces… ¿qué trabajo elegirías?

Supongo que aquí está la madre del cordero. En este punto he de reconocer que me atoro. Todos los que tratan el tema de «cuál es tu propósito en la vida» hablan de encontrar esa conjunción entre lo que disfrutas, lo que se te da bien, lo que el mundo necesita… y lo que alguien está dispuesto a pagar. Que algo te haga entrar en «estado de flujo» es sólo uno de los elementos a tener en cuenta. Por ejemplo, por mucho que me entretenga cocinar, o programar… no soy bueno en ello, no soy competitivo. Supongo que podría llegar a serlo… O por ejemplo, por mucho que me entretenga hacer un podcast, e incluso asumiendo que se me dé medio bien… nadie paga por un podcast. Etc.
Ikigai
Y luego hay otro tema que siempre me ha dado cierto miedo, y es que no es lo mismo disfrutar de un hobby que convertirlo en tu trabajo. En su día me planteé estudiar Informática (viendo todo lo que me gustaba), pero decidí no hacerlo con ese pensamiento en mente. Es fácil tener fantasías con qué guay será la vida del programador, y luego llega la realidad y te obliga a hacer la enésima revisión de un formulario para un programa de facturación… y se acabó la gracia. No es lo mismo cocinar por gusto un arroz los domingos, que pasarse 12 horas encerrado en una cocina haciendo una y otra vez los mismos platos. No es lo mismo escribir un post cuando te apetece y como te apetece, que escribir ocho piezas al día de temas que no te interesan y sujeto a un manual de estilo ajeno o un proceso de revisiones. Etc.
Comer helados
No sé si todo el mundo lo viviría igual. Yo personalmente, con esa importancia que le atribuyo al factor «autonomía», veo muy difícil que cualquier actividad «hecha para otros» (y el otro es el que te paga) me fuese a llevar a un estado de flujo.
Aun así, es un tema que me ha hecho pensar. ¿Podría hacer más para ir hacia esa utopía?
Y también me ha generado curiosidad por ver cómo lo vivirán otras personas. ¿Qué les hace fluir a ellos? ¿Será lo mismo que a mí, o cosas completamente diferentes? ¿Habrán conseguido ganarse la vida viviendo en el estado de flujo? Si tienes alguna experiencia que quieras compartir… ¡los comentarios son tuyos!

PD.- Como ves, he añadido un episodio del podcast Diarios de un knowmad dedicado a este tema. Si te gusta, puedes suscribirte en iVoox y en iTunes, comentar, recomendar, compartir…

No tengo nada que aportar

Si está todo inventado…

Hace unos días comentaba alguien en twitter su dilema respecto a la creación de contenidos (en este caso hablaba de un podcast, pero podríamos extenderlo a cualquier otro formato). Por un lado estaban sus ganas/apetencias de hacerlo. Y por otro una vocecita interior que decía: «¿Qué aportaría yo a ese tema? Nada, seguramente. Siempre concluyo que no tengo nada que aportar que no esté aportado.»
No es una reflexión que me resultara ajena. Hace algunos años, mi mujer me preguntó: «¿Qué buscas cuando haces una foto? ¿No la habrá hecho alguien antes que tú, y posiblemente mejor?«. Vaya, pues seguramente sí (y además hay gente que se encarga de demostrártelo). «Está todo inventado», «nada nuevo bajo el sol». Sumémosle internet y su capacidad de poner en nuestras pantallas lo mejor de todo el mundo… y es fácil tener esa sensación de futilidad.
Y sin embargo…

Tú lo haces especial

Quiero decir… a ver, no voy a caer en el cliché de que cada uno somos un copo de nieve especial e irrepetible. Que sí, que es verdad, pero al final todos somos copos de nieve, y somos varios miles de millones. O sea, que no nos flipemos. Pero aun así… cada uno tenemos nuestra personalidad, nuestras experiencias, nuestra forma de expresarnos… y todo ello constituye un filtro que le da un matiz diferente a todo lo que hacemos.
¿Hasta qué punto ese matiz es relevante? Pues depende de cómo lo quieras mirar. Si lo haces desde una perspectiva global… pues no, no va a ser diferente. El post que tú escribas no va a ser muy distinto del que escribe un fulano de Oklahoma o de Bangalore, o de tantos otros miles. Puestos uno al lado del otro las diferencias serán prácticamente inapreciables, y para alguien que no te conozca lo mismo le va a dar consumir uno que otro.

Tu red social

La cuestión es que hay otra forma de mirarlo. Y es que, salvo para los que hacen búsquedas genéricas en google (donde sí, eres una commodity), normalmente no se produce esa situación de «competencia perfecta». Cada uno tenemos nuestros círculos sociales tanto en el mundo analógico como en el digital. Amigos, y amigos de amigos. Es a ésos a los que nosotros llegamos, y ahí la competencia se reduce. Porque esos amigos te leen a ti, y no al tipo de Oklahoma ni al de Bangalore.
Sí, en el mundo global eres una commodity indistinguible, pero para tu círculo ya eres identificable. Cuando ven un contenido tuyo, el hecho de que sea tuyo les aporta un matiz relevante y reconocible. Porque hay por debajo una conexión personal (no hace falta que sea profunda ni que seáis amigos del alma) que consigue que, para ellos, sea diferente.
Piénsalo. El hecho de salir a tomar una cerveza con alguien… en realidad, ese «alguien» podría ser cualquiera. Total, la actividad en sí, las conversaciones que se tienen… hay miles de personas sólo en tu ciudad con las que podrías hacer lo mismo. Y sin embargo, no tiene nada que ver hacerlo con unos amigos que con un grupo de desconocidos, ¿verdad?

Las comparaciones son odiosas

Cuando uno se plantea crear un contenido, puede pensar… ¿habrá alguien en el mundo que lo haga mejor? La respuesta, en el 99,9999% de los casos, es que SÍ. Hay alguien mejor. Y además es fácil de encontrar, en un par de clics puedes hacerlo.
Pero, ¿sabes qué? También hay mucho contenido peor. Muchísimo más de lo que imaginas. Aunque tú te sientas un mediocre comparado con ese experto de talla mundial, es probable que lo que tú llamas «mediocridad» esté por encima del 80% del nivel de la población mundial. O del 90%. Lo malo es que tendemos a creer que lo que nosotros sabemos hacer… lo sabe hacer todo el mundo. Y no es así, y es algo de lo que te das cuenta en cuanto empiezas a rascar. Piensa en la gente que te rodea, y haz números.
Si a esto le unimos la visión de «red social» de la que hablábamos antes… es más que posible que aunque no seas un «experto a nivel global», sí que seas un «experto para tu círculo social». Son gente que ni ha dedicado el tiempo que tú has dedicado el tema (aunque a ti te parezca una chorrada), ni tiene referencias de quiénes son esos expertos mundiales que tú crees que todo el mundo conoce.
Aunque tengas la sensación de que tú no puedes aportar nada «al mundo»… sí que puedes aportar muchas cosas «a tu mundo».

La zona de desarrollo proximal

Porque esa es otra. Tendemos a creer que un «experto de talla mundial» es el que mejor puede explicar las cosas a cualquiera. Y no es verdad. Las personas somos capaces de entender y aprender cosas sólo en la medida en la que nos las explican «para nuestro nivel». Y muchas veces eso es más fácil de hacer para alguien que está en ese nivel (o uno ligeramente superior) que para el experto de talla mundial, al que se le hace muy difícil ponerse a esa altura (no necesariamente por ego, sino porque la empatía se hace más complicada).
Que no seas el que más sabe del mundo no te inhabilita para contar cosas relevantes a la gente que tienes cerca. Primero porque es posible que tú seas la única referencia que tengan a mano, y segundo porque es posible que tú seas capaz de contar las cosas de forma más asequible y conectada con su realidad concreta.

Hay quienes conectan contigo

Y aun así, ya he dicho alguna vez que hay que ser consciente de que lo que haces no le importa a (casi) nadie. Creo que es un error hacer cosas pensando que van a «impactar» en los demás, porque es una expectativa poco realista y que lleva a la decepción. Hay que hacer cosas porque a uno le gustan, sin esperar nada.
Y aunque parezca paradójico resulta que es posible que haya un puñado de personas con las que conectes incluso sin buscarlo. Gente a la que le gusta lo que haces, tu forma de expresarte, las cosas que cuentas…
Cuando eso sucede, cuando encuentras aunque sea una persona con la que conectas en base a lo que haces sin expectativa, a lo que te sale de dentro… la sensación es estupenda. Porque esa conexión es genuina, no forzada. Porque desvela una afinidad de esas que son difíciles de generar en un mundo lleno de postureo, y eso es algo gratificante en sí mismo. Algo que se puede producir o no, pero que seguro que si te quedas encerrado en casa sin hacer nunca nada no va a pasar.

Disfrutar del camino

En última instancia, tenemos que plantearnos si realmente tenemos que hacer las cosas «para algo». Si es necesario darle un matiz finalista/utilitarista. Si no podemos simplemente hacer las cosas porque nos apetecen, disfrutar del proceso, experimentar, jugar, aprender. Hacerlo por nosotros mismos, sin más.
Y si luego resulta que «aporta algo a alguien», miel sobre hojuelas. Pero que no sea ése el elemento de validación.

PD.- Como ves, he añadido un episodio del podcast Diarios de un knowmad dedicado a este tema. Si te gusta, puedes suscribirte en iVoox y en iTunes, comentar, recomendar, compartir…