No critiques, no reproches

Cuando te echan la bronca…

Haz memoria. Intenta recordar alguna situación en la que alguien te ha echado una bronca. De forma más agresiva, o de forma más sutil. Reproches, bullas, echarte en cara cosas, afearte la conducta, señalarte tus faltas, leerte la cartilla. En público, o en privado. Con más o menos veneno. ¿Cuál es la sensación que tuviste?
Lo más probable es que sintieses un cierto grado de humillación (aquello de «sacarte los colores»). Por tu mente pasaría la sensación de que están siendo injustos contigo. De que no era para tanto. De que se están pasando un huevo. De que no reconocen lo bueno que haces. De que «para un perro que maté, mataperros me llamaron». Dentro de esta actitud defensiva, tu cabeza articulará unos cuantos «peros» intentando reafirmarse en lo que hiciste. Incluso aunque llegues a aceptar que «tienen razón», pensarás que «no hacía falta ponerse así».
Dependiendo de las circunstancias podrás reaccionar de una u otra forma. Podrás revolverte de forma más o menos explícita, o envararte, poner cara de poker y decir que sí mientras por dentro piensas «que te den por el culo». O agachar las orejas, aguantar el chaparrón y marcharte mascullando por lo bajinis para reventar luego cuando estés a solas.
Lo que difícilmente va a pasar es que salgas de esa situación con el corazón henchido de gozo, plenamente consciente de todo lo que has hecho mal y lleno de motivación por cambiar. Incluso en el caso de racionalmente pudieras aceptar lo que te están diciendo, tu emoción va a ser reactiva y te va a hacer buscar razones para reafirmarte. Y tu resentimiento te va a quitar las ganas de hacer las cosas mejor.

¿Y si eres tú el que echa la bronca?

Si esto te pasa a ti cuando te «echan la bulla»… ¿qué crees que pasa a las otras personas cuando eres tú el que hace la crítica o el reproche?
Dale Carnegie dice, en su famoso «How to win friends and influence people», lo siguiente:

«Criticism is futile because it puts a person on the defensive and usually makes him strive to justify himself. Criticism is dangerous, because it wounds a person’s precious pride, hurts his sense of importance, and arouses resentment.»

Las críticas no sirven de nada, porque ponen a la otra persona a la defensiva y se enroca en justificarse por absurdos que nos puedan parecer sus razonamientos. Y son peligrosas, porque hieren el orgullo del otro y generan resentimiento. Si lo que querías era conseguir un cambio, la has fastidiado; no solo no lo vas a conseguir, sino que has puesto a la otra persona en peor disposición de lo que ya estaba. Lo que viene a ser que te salga el tiro por la culata, vamos.
Ni siquiera es necesario que la crítica sea agresiva. Incluso aunque sea bienintencionada, aunque sea con buen tono… genera resistencia.
¿Pero cómo es posible que una persona que ha cometido un error evidente (vamos a aceptar este punto de partida, aunque de sobra sabemos que lo que es evidente para ti no tiene por qué serlo para otros, y que eso de que tú tienes razón siempre habría que verlo…) se niegue a reconocerlo, y aún encima se moleste cuando se lo señalamos?

Cosas de humanos…

El cerebro humano es una máquina fascinante, pero con una forma de funcionar que lo hace mucho menos «racional» de lo que nos gustaría pensar. Robert Cialdini, en su libro «Influence«, describe el principio de consistencia como uno de los elementos claves a la hora de influir en otros. Una vez que nuestro cerebro se posiciona respecto a algo, le resulta muy difícil contradecirse a sí mismo. De hecho, el «sesgo de confirmación» precisamente funciona así: tendemos a aceptar casi sin cuestionar cualquier argumento que refuerce lo que creemos, y tendemos a despreciar cualquier argumento en contrario. Así que si hemos hecho algo de determinada manera, y viene alguien de fuera a decirnos que «lo hemos hecho mal»… nuestro cerebro se rebela y reacciona defendiendo e incluso reforzando su planteamiento previo, el que le hizo tomar la decisión en primer lugar.
No parece muy lógico, no… pero como el mismo Carnegie dice,

When dealing with people, let us remember we are not dealing with creatures of logic. We are dealing with creatures of emotion, creatures bristling with prejudices and motivated by pride and vanity

No somos «criaturas lógicas», sino «criaturas emocionales». No somos seres racionales, o por lo menos debemos admitir que nuestra racionalidad tiene sus límites.

Criticar no solo no suma, si no que resta

Así que, aunque te parezca mentira, criticar a alguien, reprocharle las cosas, incluso darle un feedback bienintencionado… no va a funcionar. Para lo único que sirve es para ventilar nuestra frustración. Si alguien ha hecho algo que creemos que está mal, o que no nos gusta, o que creemos que podría haber hecho mejor… si alguien nos ha decepcionado, si no ha actuado como esperábamos o incluso como le dijimos expresamente que actuara… se nos calienta la cabeza, nos sube la bilis y tendemos a soltar sapos por la boca. Con mejor o peor tono, le «ponemos en su sitio» y demostramos «quién manda» o «quién tiene la razón». Reacción emocional pura y dura, que no va a conseguir ningún resultado positivo y que encima genera malestar, desconfianza y perjudica la relación para el futuro.

¿Y qué podemos hacer, entonces?

Pues básicamente… mordernos la lengua. Cuando tengamos la tentación de decirle a alguien que ha hecho algo mal… callarnos. Cuando sintamos el impulso de «cantarle las cuarenta»… respirar, contar hasta diez, y dejarlo pasar. Cuando queramos darle a alguien nuestra opinión no solicitada… guardárnosla.
John Whitmore, en su libro «Coaching for performance» (que leí en el curso de mi proceso de aprender coaching), plantea que a la hora de dar feedback a alguien hay que olvidarse de lo que uno piensa. Decirle a la otra persona lo que tú opinas, cómo crees que debería haber hecho algo, cómo lo harías tú… no es eficaz. La forma más adecuada de dar feedback es acompañar a la otra persona en su proceso de descubrimiento, a través de preguntas. Que describa su proceso de toma de decisiones, que valore su grado de satisfacción, que piense qué podría haber hecho mejor… no se trata de que llegue a nuestras conclusiones (por muy acertadas que creamos que sean, que estaría por ver), si no de que llegue a conclusiones por sí mismo. Es de ahí de donde nace la motivación real, intrínseca, para hacer las cosas de otra manera: cuando eres tú el que se da cuenta de las cosas, no cuando llega otro desde fuera y te las dice. Y solo en el caso de que la otra persona te pida tu opinión tiene sentido darla, y siempre con humildad.
Esto, claro, es más fácil decirlo que hacerlo. Exige madurez. Exige consciencia y autocontrol, para identificar nuestras ansias (a veces muy emocionales) de «dejar las cosas claras». Exige un cambio de mentalidad, darse cuenta de que la solución aparentemente más sencilla («le digo lo que ha hecho mal y asunto arreglado») en realidad no funciona aunque la otra persona diga «sí, sí» y agache la cabeza. Exige una visión a medio y largo plazo, por encima de la resolución inmediata. Exige respeto por los demás, un cierto grado de compasión, empatía, humildad…
No es sencillo, pero es el camino. Como dice también Carnegie, no esperes recoger miel si vas dando patadas a la colmena.

PD.- Añado un episodio del podcast Diarios de un knowmad dedicado a este tema. Si te gusta, puedes suscribirte en iVoox y en iTunes, comentar, recomendar, compartir…

Eres un botijo


Hace ya un tiempo que me recomendaron esta conferencia de Fidel Delgado, que suelo revisar de vez en cuando. En ella, hace uso de la metáfora del botijo (a partir del 41:13) para referirse a nosotros y a nuestra relación con el mundo.

La metáfora del botijo

El botijo es un recipiente vacío. Sí, hecho de un material determinado, pero esencialmente vacío. El botijo se rellena desde fuera y, tras unos minutos de reposo dentro de él, el contenido se vierte por el pitorro. «Lo que entra es, básicamente, lo que sale».

Nosotros, de acuerdo a esta metáfora, también somos «recipientes vacíos». Tenemos nuestras características, sí, pero básicamente lo que nosotros aportemos al mundo (en forma de acciones, de gestos, de palabras…) dependerá de con qué nos nutramos. «Lo que entra es lo que sale».
Lo que plantea Fidel es que esto sucede tanto si nos damos cuenta, como si no. Es decir, a diario nos comportamos en el mundo en función de las cosas a las que nos expongamos. Si no prestamos atención, este proceso sucederá de forma automática, inercial. Si prestamos atención, podremos intervenir.

Lo que entra en el botijo

¿Cuáles son tus lecturas? ¿Con qué personas te relacionas? ¿Qué conversaciones tienes? Todo esto forma el sustrato de lo que «nos entra» cada día. La mayoría de las veces no prestamos atención. Ponemos la tele «a ver qué echan», hablamos con las personas que nos cruzamos, fiamos nuestra suerte al algoritmo de Facebook, nos enredamos en interminables discusiones inanes sobre temas intrascendentes… ¿Nos pone de buen o de mal humor? ¿Nos hace crecer de alguna manera? ¿Nos relaja, o nos estresa?
¿Cuánto de todo es fruto de una decisión consciente, y cuánto es puro hábito o impulso?
Si ponemos un poco más de conciencia, podremos darnos cuenta de a qué dedicamos nuestro tiempo y nuestra atención. Y podremos darnos cuenta también del efecto que tiene eso en nuestra energía, en nuestro humor, en nuestro desarrollo. Y por lo tanto…

Lo que sale del botijo

¿Qué hacemos a lo largo del día? ¿Qué aportamos a los demás? ¿Qué les decimos, en qué tono lo hacemos? ¿Ayudamos, o entorpecemos? ¿Transmitimos luz u oscuridad? ¿Buen o mal humor?
De nuevo, con un poco de conciencia podremos darnos cuenta del efecto que tenemos en el mundo. ¿Es el que queremos tener? Y si no… ¿podemos hacer algo al respecto?

Ser un botijo de agua fresca

Si queremos ser un botijo de agua fresca, una fuente positiva para el mundo que nos rodea, hay dos cosas que podemos hacer.

  • La primera, cuidar mucho todo lo que entra en el botijo. Tomar decisiones conscientes sobre nuestra dedicación y nuestra atención. Evitar el «agua sucia», todo aquello que no nos aporte nada ni a nosotros ni a los demás; y por el contrario buscar llenarnos tanto como sea posible de agua cristalina, de cosas que nos hagan felices, que nos hagan crecer, que nos pongan en un estado luminoso. Y como es difícil estar siempre consciente, lo mejor es establecer hábitos y actuaciones sobre nuestro entorno que hagan que, «por defecto», sea esa nuestra elección.
  • Y la segunda, estar pendiente de lo que sale de nosotros. Porque a veces, por mucho esfuerzo que hagamos con el filtro de entrada, el agua no sale del todo clara. Todos tenemos malos días, y ahí es importante darse cuenta y evitar mojar con ese agua a la gente que nos rodea. Hay otros mecanismos que nos pueden servir para limitar el efecto negativo que podemos tener en otras personas mientras esperamos a que el agua vuelva a fluir como debe.

 

[Guía] "Cómo diseñar un plan de autoaprendizaje eficaz"

Hoy he publicado la guía «Cómo diseñar un plan de autoaprendizaje eficaz».

El origen de la guía de autoaprendizaje

Cuando puse en marcha el proyecto Skillopment, lo hice desde un interés «de alto nivel» por el aprendizaje y el desarrollo eficaz de habilidades. En su día, ese interés se plasmó primero en una charla y luego en un ebook. A medida que profundizaba, me quedaba el regusto agridulce de estar tratando un tema interesante, pero a la vez de estar haciéndolo de una forma demasiado abstracta. Tenía el gusanillo de trasladar esas ideas a algo más accionable, más práctico.
El detonante final para dar forma a esta guía fue una reflexión sobre mi lista de correo, y el «lead magnet» que estaba utilizando para incentivar el alta en ella. En un principio fue el ebook Skillopment, y más adelante un curso por email con las claves del aprendizaje eficaz a través del modelo Skillopment. En ambos casos podría pensarse que eran buenos «anzuelos», pero escuchando leyendo el libro «Revolución Knowmada» de Franck Scipion se me iluminó la bombilla: la clave de un buen «lead magnet» es que sea algo concreto, fácil de digerir, y que aporte un valor concentrado y tangible (aquí el razonamiento en un podcast).
Eso fue lo que me motivó para buscar la forma de construir ese «lead magnet», y ése es el origen de esta guía. Para mí es un paso importante de cara a «concretar» lo que hago y de bajarlo del terreno de la reflexión al del uso diario.

A quién va dirigida

Esta guía te será útil sí…:

  • eres una persona inquieta, consciente de la importancia de desarrollar tus habilidades.
  • crees que la responsabilidad sobre tu desarrollo es sobre todo tuya, y quieres llevar las riendas.
  • tu objetivo no es «pasar el rato» o «ir aprobando», sino incorporar habilidades y conocimientos a tu “caja de herramientas”, de forma que puedas usarlas en el largo plazo para aprovechar las oportunidades y hacer frente a los retos que vayan apareciendo en tu camino.
  • eres consciente de que el aprendizaje es un camino largo y exigente. Que requiere esfuerzo, tiempo, dedicación y recursos. Y que no siempre es fácil sacar tiempo y energía.
  • en el pasado te has encontrado con dificultades para llevar adelante tus proyectos de aprendizaje.
  • a pesar de las dificultades, quieres insistir porque sabes lo importante que es. Y lo gratificante que resulta cuando te das cuenta de que, gracias a tu esfuerzo, has conseguido incorporar una nueva habilidad a tu repertorio.

Qué contiene

En este documento encontrarás herramientas que te ayudarán a plantear y ejecutar tus proyectos de aprendizaje bajo un prisma de aprendizaje eficaz. Se trata de que, con su ayuda, puedas sacar el máximo rendimiento al tiempo y al esfuerzo que dedicas a aprender.

  • Una plantilla de que te ayudará a definir tu proyecto de aprendizaje, concretando qué quieres aprender, por qué, para qué, cómo, y cuáles son los compromisos que asumes.
  • Una plantilla que te servirá para planificar y hacer seguimiento de tu progreso semanal, estableciendo objetivos, acciones, resultados y reflexiones para la mejora.
  • 20 estrategias que te servirán para enfocar tu aprendizaje.

He querido darle a estas herramientas un enfoque totalmente práctico. El objetivo que las uses y las hagas tuyas, que las apliques a tus proyectos de aprendizaje concretos. No te quedes en echarles un vistazo por encima. Imprímelas, trabaja con ellas.

Descarga la guía de autoaprendizaje eficaz
Para descargar la guía de autoaprendizaje eficaz, solo tienes que suscribirte a la Comunidad Skillopment. Además de descargarte la guía, recibirás (¡mientras quieras!) comunicaciones periódicas sobre aprendizaje y desarrollo eficaz de habilidades, con reflexiones, enlaces interesantes y herramientas que te ayuden a conseguir tus objetivos.

Las 4 etapas en tu camino al nirvana del aprendizaje

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Photo by Holly Mandarich on Unsplash

El nirvana del aprendizaje

«Tienes claro lo que quieres aprender, el por qué y el para qué. Eres capaz de concentrar tus esfuerzos, y de aplicar técnicas y herramientas que te permiten sacarles el máximo partido. Desarrollas tus habilidades a voluntad, y así construyes tu perfil ideal; ése que te coloca en la mejor posición posible para aprovechar las oportunidades y a enfrentarte a los retos.»

Suena bien, ¿verdad? Yo leo esa descripción y pienso “sí, yo quiero ser así”. Quiero ser esa “máquina de aprender”. Máxima concentración, máximo rendimiento. Pero quiero ser capaz no sólo de aprender de forma eficaz, si no de hacerlo con un sentido, un propósito. Saber dónde quiero ir, y recorrer el camino que me lleva hasta allí. Es el nirvana del aprendizaje.
Pero como sucede en el budismo, el nirvana no se alcanza con un chasquear de los dedos. El nirvana es el resultado de recorrer un camino, un camino que puede ser largo y exigente, y que requiere atravesar distintos niveles de conciencia.

La bendita ignorancia


Quizás seas una persona todavía joven, metida en un sistema educativo que funciona como un tren en el que tú solo tienes que ir subido. Vas pasando curso a curso. Son otros los que te dicen lo que tienes que hacer, y tú lo haces. En realidad no importa mucho aprender, sólo “aprobar” e ir avanzando por el camino que te han marcado. Cuando termines de estudiar crees que encontrarás una “colocación”, que te dará dinero para que puedas hacer tu vida. En todo caso, eso ya llegará. Hoy no te preocupa.
O quizás seas un adulto con un puesto de trabajo fijo, que te da seguridad. Tienes tu contrato indefinido, y cuanto más tiempo pasas más te protege la indemnización. Y esta empresa es una roca, va fenomenal. Tu objetivo es llegar sin sobresaltos a la jubilación, y crees que si no haces nada raro lo tienes hecho.
En este estadio no hay inquietud por el futuro, ni necesidad de tomar las riendas del mismo. No quiere decir que no te esfuerces, o que no trabajes. Pero puedes dejarte llevar, confías en que las cosas irán bien mientras tú hagas lo que otros te dicen, y que por lo demás puedes vivir la vida tranquilamente. Aprender es una opción, si te apetece lo haces y si no tampoco pasa nada.

La inquietud


Algo te ha sacado de tu bendita inconsciencia, y empiezas a verle las orejas al lobo.
Quizás estés acabando tu ciclo de estudios, y empieces a pensar en “cómo me voy a ganar la vida”. Oyes noticias sobre la tasa de paro juvenil, o sobre los contratos basura, o sobre la dificultad de tener una cierta estabilidad. Las vías del tren en el que venías montado llegan a su fin. Intentas retrasar lo inevitable, prolongar la vía un poquito más (¿un máster, quizás?), pero inevitablemente despiertas de repente a una realidad en la que ya no hay camino señalizado que seguir.
O quizás empieces a oír rumores en tu empresa, sobre reducciones de personal, EREs, o una fusión que amenaza puestos de trabajo. Quizás te des cuenta de que los jóvenes que se incorporan están mejor preparados que tú, y que cobran menos. O que hay una nueva tecnología que permite hacer lo que haces tú de forma más eficaz y por menos dinero. Y echas cuentas, y te das cuenta de que igual al empresario le sale rentable pagarte tu indemnización. O simplemente caigas en la cuenta de que tu empresa, sometida a la dura competencia del mercado, es incapaz de dar beneficios y se verá abocada al cierre más pronto o más tarde. Tus sueños de llegar tranquilamente a la jubilación saltan en pedazos.
O simplemente ya eres uno de tantos profesionales y empresarios plenamente conscientes de que la vida es difícil, que salir adelante en un panorama de competencia, de globalización, de aceleración tecnológica… pone un montón de presión sobre tu día a día y sobre tu futuro. Llevas tiempo en el paro, o encadenando contratos temporales y de prácticas, o luchando mes tras mes por sacar adelante tu pequeño negocio.
Sea cual sea tu caso, sientes la inquietud. Sufres pensando en “cómo voy a salir adelante”. Intentas no pensarlo demasiado, pero está ahí. Te frustra esa sensación, te parece injusta, no es lo que te prometieron. Quizás busques un culpable: la globalización que hace que la competencia sea más dura, los robots que hacen lo mismo que nosotros más barato, los inmigrantes que vienen a quitarnos nuestros trabajos, los políticos que no nos dan soluciones, los empresarios que no nos dan trabajo. El sistema, que no funciona.
Es posible que estés esperando una solución: un Estado que dé trabajo público para todos, o mejor aún, una renta básica que nos permita olvidarnos de los problemas. O un sistema proteccionista que al menos nos guarde nuestros trabajos para nosotros: unos aranceles, unos límites a la inmigración. O leyes que obliguen a los empresarios a montar empresas y a contratarnos. Que alguien haga algo, por favor.

La responsabilidad individual


Has llegado a una conclusión. Las cosas son como son, y no como te gustaría que fueran. Es un entorno difícil, pero hay que pelear. Y el primero que tiene que coger el toro por los cuernos eres tú. Lo que no hagas tú por ti mismo no lo va a hacer nadie.
Has llegado a aceptar que nadie te debe nada. Que no puedes esperar que nadie te asegure un trabajo, o una forma de vida. Que eres tú el que tiene que conseguirlo, y que la forma de hacerlo es proporcionar valor a otros. Que hay una correlación positiva (no perfecta, porque en la vida no hay nada perfecto) entre lo que tú puedes ofrecer a los demás y lo que los demás te dan a cambio. Y que por mucho que tú valores lo que haces, son los demás los que deben hacerlo.
Te das cuenta de que en esa lucha no estás indefenso. Tienes una serie de armas, que son tus habilidades. No tus títulos, no los cursos a los que has ido, si no lo que eres capaz de hacer de verdad, de forma consistente. Esa combinación de habilidades es la que te permite dar valor a los demás, y mejorar tus posibilidades de futuro. La suerte sigue existiendo, claro, pero cuantas más habilidades tienes, y más desarrolladas están, más probabilidades tienes de que la suerte te favorezca.
Así que decides formarte. Te apuntas a cursos, lees libros, dedicas tiempo, esfuerzos, y recursos. Pero sientes que no avanzas lo rápido que te gustaría. Tienes tendencia a dispersarte, te interesan muchas cosas, y el tiempo y la energía son limitados. Te cuesta mantener la tensión el tiempo suficiente como para ver una mejora real en tus habilidades y tienes la sensación de que tanto esfuerzo no está siendo útil.

La máquina de aprender


Te ha costado, porque cuesta. Pero has sido capaz de analizar lo que eres, y lo que quieres ser. Tienes muy claro en tu mente cuáles son las habilidades que necesitas desarrollar para alcanzar ese futuro deseado. Tienes claro lo que quieres aprender, el por qué y el para qué. Ya no hay sitio para la dispersión, porque has definido un camino muy bien señalado que te dice cuáles deben ser tus siguientes pasos. Ni tampoco para la falta de motivación, porque ese camino te lleva a un sitio al que quieres ir, al que necesitas ir.
Y además has aprendido e incorporado un conjunto de técnicas y herramientas que te permiten sacar el máximo partido a tu esfuerzo. No importa si tienes mucho tiempo o poco, el que tienes lo aprovechas. Conoces las claves del aprendizaje eficaz, y las aplicas para que tus habilidades mejoren de verdad. No siempre es rápido, ni fácil, ni divertido. Pero funciona, y eso te permite tener las habilidades que necesitas.
Así, día a día, aprendizaje tras aprendizaje, construyes tu perfil ideal; ése que te coloca en la mejor posición posible para aprovechar las oportunidades y a enfrentarte a los retos. Ése que aumenta tus posibilidades de tener suerte.

¿Dónde estás tú?

El camino para convertirse en una máquina de aprendizaje implica ir atravesando cada una de estas etapas. Una detrás de la otra. Y en realidad nunca termina, porque siempre puedes refinar tu sistema para aprender cada vez mejor, con mayor claridad respecto a tus objetivos y tus técnicas.
La cuestión es… ¿en qué punto de ese viaje estás? ¿qué necesitas para ir al siguiente nivel?
[Skillopment es una iniciativa para promover el aprendizaje y el desarrollo eficaz de habilidades. La lista de correo es el canal donde compartir periódicamente reflexiones, herramientas, enlaces interesantes… todas con el mismo objetivo: ayudarnos a convertirnos en máquinas de aprendizaje.. Puedes suscribirte aquí, y te unirás a más de 400 personas inquietas y comprometidas con su desarrollo profesional. Además podrás descargar gratis la guía «Cómo diseñar un plan de autoaprendizaje eficaz».

Aprendizaje y educación (una charla con Homo Mínimus)


Hace unos días tuve la oportunidad de participar en el podcast de Homo Mínimus. El resultado fue una charla de casi 2 horas en las que hablamos sobre todo de aprendizaje y de educación, pero también de un buen montón de temas relacionados.

Conocí a Homo Mínimus hace ya un puñado de años, a partir de una cierta afinidad en los temas que tratábamos cada uno en nuestro respectivo blog. Tras una época de intercambio de comentarios, llegó la oportunidad de «desvirtualizarnos» gracias a su proyecto de «52 comidas». Su objetivo era plantearse comer una vez a la semana, a lo largo de un año, con una persona nueva («poco conocida o directamente desconocida por mí»). Una forma de ampliar su círculo social, de romper su zona de confort… en fin, una iniciativa interesante y curiosa. Aquella comida salió bien, y desde entonces nos hemos mantenido en el radar.
Una de sus áreas de interés es el aprendizaje, y de hecho durante un tiempo tuvo un proyecto de blog/podcast llamado «Hiperaprendizaje», así que la afinidad respecto a Skillopment surgió de forma natural. Y ésa fue la excusa que utilizamos para abordar esa conversación aunque, como podréis escuchar, en la misma surgieron un buen montón de ramificaciones.
En fin, por mi parte agradecerle a Homo Mínimus la charla. En sí misma fue muy enriquecedora. Como él dice, la conversación es una de las herramientas fundamentales del aprendizaje.

¿Qué harás cuando tengas tiempo libre?

¿Qué harás cuando no tengas que trabajar?

El otro día leía un artículo interesante, y provocador, titulado «¿Qué haremos con el tiempo libre que nos dejarán los robots?». En él se plantea una hipótesis nada descartable: ¿qué pasaría en un futuro en el que los robots hicieran la mayor parte del trabajo, y nosotros no tuviésemos que dedicar la mayor parte del día a trabajar (y a los desplazamientos asociados)? ¿A qué dedicaríamos nuestro tiempo?
Menuda pregunta más tonta. Es evidente. ¡Disfrutar! ¡Vivir la vida!
Está claro que para quien vive en la rutina del trabajo diario, la idea de «tiempo libre» hace que la boca se le haga agua. Da igual que sea un día libre, el fin de semana, o las vacaciones de verano. Ese espacio de libertad se vive como un respiro antes de volver a sumergirse en lo cotidiano.
El «dolce far niente» es una fantasía escapista recurrente. Pero aquí no estamos hablando de «un día libre», ni de «unas vacaciones». Hablamos de la perspectiva de no tener que trabajar, y de tener que buscar actividades con las que rellenar todas las horas del día, un día tras otro, una semana tras otra, un año tras otro. Ojo, que a lo mejor no es una situación tan deseable…

La tarde de domingo infinita

Hace un tiempo charlaba con un antiguo compañero, meses después de su jubilación. Se trata de una persona que había alcanzado una posición profesional, y por lo tanto social y económica, muy notable. Una persona cultivada, con inquietudes, con relaciones. Pero cuando hablábamos de cómo llenaba sus días, confesaba que se le hacía difícil. «Me gusta la ópera, puedo verme una ópera cuando quiera… pero eso me ocupa un par de horas. Y tampoco todos los días, llega un momento en que te saturas. Me gusta leer, pero puedo leer otro par de horas. Puedo salir a dar un paseo, otro par de horas. O tomar un café con alguien. Pero al final paso 16-20 horas despierto todos los días, y llega un momento en el que ya no sabes qué hacer».
Quizás estés pensando «buah, a mí no me pasaría». Quizás. Pero… ¿nunca has tenido una de esas tardes de domingo donde te subes por las paredes? ¿O ese día en medio de las vacaciones donde ya has hecho de todo, y no sabes qué más hacer? Ahí tienes tu tiempo libre, ¿por qué no lo disfrutas? ¿por qué no «vives la vida»? Todos esos libros que quieres leer, todas esas series que quieres ver, todos esos hobbies que quieres cultivar, toda esa gente con la que quieres pasar el rato… y ahí estás, muerto del asco.

El edén de la renta básica universal

Hay un argumento habitual entre los defensores de la Renta Básica Universal. Y es que si consiguiésemos liberarnos de la tiranía de tener que «ganarnos la vida», las personas podríamos dedicar nuestro tiempo a ser «nosotros mismos», a dejar florecer nuestras pasiones y a perseguir todo aquello que verdaderamente deseamos. Una perspectiva ideal e ilusionante.
Pero a veces pienso en colectivos que están en una situación que podríamos considerar comparable, en cuanto a disponibilidad de tiempo. Pienso en los jubilados, en los parados de larga duración, en los veranos infinitos de los estudiantes, en los «ninis». Sí, es verdad, te encuentras gente activa y animosa. Pero también te encuentras mucha gente a la que se le caen las paredes encima, que dejan pasar el tiempo mirando al infinito o distrayendo su mente en actividades de cero crecimiento personal.
Podría argumentarse, sí, que no son situaciones exactamente comparables, ya que todas éstas pueden tener un componente de «presión psicológica». Vale. Pero aun así, tengo la sospecha de que esa situación con una mayoría social «sin nada que hacer» no acabaría en el edén que a veces se intenta dibujar.

El vértigo de llenar el tiempo

Escribía hace unos años que «ser productivo da vértigo«. Que cuando uno consigue identificar «lo que tiene que hacer», y lo hace con eficiencia, puede encontrarse con la pregunta de «qué hago con el tiempo que me sobra». Si ademas nos encontrásemos en un escenario en el que ni siquiera tenemos que hacer nada obligados por un trabajo… el vértigo se haría aún mayor.
En todo caso, la pregunta sigue siendo pertinente. Porque cada vez es más imaginable ese escenario en el que queriendo o sin querer, con una renta o sin ella, nos veamos abocados a un mundo sin trabajo.

Mi plan 2017-2018

Antes de empezar…

Aviso, éste es un post largo. Me ha costado un montón escribirlo, y no sólo por la longitud. Probablemente sea el post más personal que he escrito en todos estos años. De hecho, una vez terminado, me da cierto apuro ponerlo en público. Pero ése ha sido parte de mi problema durante mucho tiempo: la tendencia a guardarme para mí determinadas cosas, y rumiarlas en solitario (o simplemente evitarlas, según la ocasión). Habla sobre mi situación profesional, cómo he llegado hasta aquí, y qué quiero del futuro.

Un nuevo curso

Termina agosto, y en breve volverán las rutinas. Aunque hace ya 18 años que terminó mi vida de estudiante, los “cursos escolares” no han dejado de tener para mí su relevancia tanto en el ámbito profesional como en el personal. Diría que más incluso que el cambio de año natural. Todo empieza de nuevo, hay que preparar las mochilas, los lápices y los cuadernos, con esa mezcla de ilusión e incertidumbre por lo que nos traerá el nuevo curso. Es el momento de pararse, reflexionar, mirar al futuro y planificar.

Un poco de contexto

Tengo 41 años, camino a los 42. Y nunca he tenido claro qué hacer en la vida.

Es una confesión dura, que me ha costado poner negro sobre blanco. Pero es así. Ya desde bien joven envidiaba a quienes tenían algo parecido a una “vocación”. Más adelante también he envidiado a quienes guiaban sus pasos profesionales con cierto sentido de “carrera”, tomando decisiones que les hacían avanzar hacia algo.
Yo nunca fui así. Se me daban bien los estudios. Estudié Administración y Dirección de Empresas, pero igual podría haber estudiado Ingeniería (estuvo encima de la mesa hasta que pude ver un listado de asignaturas y me di cuenta de que ni entendía de qué iban la mayoría de ellas, ni sabía a qué se dedicaba en realidad un ingeniero… solo sabía que “los que tienen buenas notas pueden ir allí”). Cuando acabé la carrera, empecé a trabajar en una firma de servicios profesionales como podía haber empezado en un banco de inversión: eran el tipo de empresa que iban a mi Universidad a hacer procesos de selección, y fui allí donde me cogieron (junto con otro buen puñado de compañeros de promoción). Era uno más de los “consultores junior”, y si acabé haciendo proyectos de consultoría de RRHH y formación fue por puro azar (podrían haberme asignado a implantar SAP, o a hacer proyectos de normativa financiera, y la historia hubiese sido distinta). Cuando me pasé al “blogging profesional” fue porque un día se me ocurrió ir a un evento de “blogs y empresas”, y porque coincidió que Julio estaba poniendo en marcha su proyecto. Mi proyecto más significativo de los últimos años, que se convirtió en toda una etapa profesional, surgió por una llamada de un conocido que “buscaba a alguien que supiese de Excel”. Y así tantas otras situaciones que me han llevado hasta aquí; una hoja movida por el viento.
Y conste que sé que no puedo quejarme. La vida me ha tratado bien. He trabajado en sitios interesantes, con gente interesante. Me han pagado bien. Pero cuando leo a Covey, o a Allen, o a Robbins… no puedo evitar una punzada de angustia. Todos hablan de la importancia de la visión, de “empezar con un fin en mente”, de “saber cuáles son tus objetivos a largo plazo”. Y yo, cada vez que he intentado mirar ahí y definir ese “futuro deseado”, me he encontrado mirando a un pozo negro. Como consecuencia, siempre he tenido la sensación de carecer de esa guía, esa fuerza motivadora, que te da el saber a dónde vas y lo que quieres conseguir. Lo cual en determinados momentos puede no importar demasiado (por ejemplo si estás en la rutina de un trabajo en el que simplemente son otros los que tiran de ti), pero que en otros (como cuando todo depende de tu impulso) puede ser devastador.

El punto de partida

Desde que acabó mi última etapa profesional digna de llamarse así (con recurrencia, estabilidad en los ingresos y un cierto “sé a lo que me estoy dedicando”) han pasado dos años y medio. En este tiempo no he hecho nada relevante. Es así de crudo.

Los primeros meses fueron de “reposo”, de lamerse un poco las heridas profesionales (no me di cuenta en el momento, pero aquella etapa me dejó más cicatrices de las que pensaba) y sobre todo de recomponer muchas cosas a nivel personal (fueron cuatro años de disociación entre el yo que trabajaba en Madrid y el yo que tenía una familia en Aranda; y aunque parecía que “lo llevaba bien” fue necesario un periodo de reajuste). No me urgía trabajar, necesitaba dejar que las cosas se asentasen y se fuesen encajando por sí solas. En estas surgió a través de un amigo un proyectito de consultoría para una pequeña empresa, que podría haber estado bien pero que acabó de forma abrupta tras un par de meses (no estaba la situación financiera de la empresa para consultorías de ningún tipo… de hecho quebró).
Mientras tanto, yo conceptualizaba Kuraĝigi, una marca para hacer consultoría. ¿Habéis oído hablar de ella? Seguro que no, porque después del impulso creativo inicial, no puse ningún interés en promoverla. Me di cuenta de que aquello no fluía. Podía tener sentido conceptualmente, pero era yo intentando encajar en un rol que se suponía que me iba bien (al fin y al cabo eso es lo que mi trayectoria dicta que soy, ¿no?), pero que no me encajaba, no me inspiraba, no me ponía en marcha. No tenía alma. Y eso, cuando eres tú el que tiene que tirar del carro, no funciona.
Pasados unos meses, surgió la oportunidad a través de un antiguo compañero de volver a explorar la “gran consultoría”. De vuelta a las Big Four. De vuelta a intentar encajarme en el molde de “lo que se supone que soy”… Pero la realidad es tozuda. El choque de culturas fue brutal… si ya diez años antes había salido por patas de aquel mundo, regresar a estas alturas de la vida produjo unos chirridos escalofriantes. Afortunadamente lo habíamos planteado con toda la honestidad y todas las precauciones del mundo como una colaboración “para ver qué tal encajamos”, así visto lo visto tras un par de meses y un proyecto lo dimos por cerrado. No, mi futuro tampoco iba por ahí.
Ha sido (está siendo) un periodo extraño. Aunque en realidad siempre ha sido más o menos igual, en cuanto a no saber qué estaba haciendo; solo que durante la mayor parte de mi carrera hacía un trabajo por el que me pagaban a fin de mes (aunque no me convenciera), y ahora no. Al principio, como digo, lo viví con calma. Una especie de “sabático”. Había colchón, podía permitírmelo, y necesitaba que las cosas volviesen a su cauce. Sabía que debía hacer una reflexión sobre el futuro profesional, pero siempre encontraba la excusa para posponerla. “No corre prisa”, me decía, “un día lo verás con claridad”.

Pasaban los meses, y la inquietud iba creciendo de forma sorda. Esa inquietud me llevó a mover algunos hilos, pero de nuevo sin haber hecho la reflexión de calado, sin haber resuelto el problema de base. De nuevo sin visión. Mientras tanto, las conversaciones con amigos y conocidos se hacían cada vez más incómodas. “En qué estás, qué estás haciendo, ¿tienes ya trabajo?”. Al principio no me costaba defender mi “periodo de reposo” (lo hacía incluso con orgullo), pero con el paso de los meses las miradas se tornaban más escépticas, y yo me revolvía más en mi asiento. Empecé a “torear” las preguntas con respuestas del tipo “bien, con mis proyectos, ya sabes”. O a evitar directamente situaciones donde pudiese darse esa conversación. Don’t ask, don’t tell. Mejor no hablar de eso, porque hablar de esto supone enfrentarme a pensamientos que dan miedo. “¿Cuanto tiempo vas a estar así? Tendrás que hacer algo con tu vida, ¿no? Porque el dinero se acabará en algún momento. Pero realmente… ¿para qué vales? ¿de qué vas a vivir? ¿y si te has equivocado? ¿y si te has metido en un lío del que no puedes salir?”.
He gestionado esa inquietud creciente como he podido. Afortunadamente no he caído en la rumiación excesiva (aunque ha habido su buena ración de días grises), pero para ello me temo que sí he abusado de la evitación. “No pasa nada, dejemos que la vida siga su curso”. Pero al final, la realidad es la que es; y si quiero que cambie, tengo que hacer algo al respecto. Y lo primero es abordar el problema de fondo.

La visión

Antes me he definido como algo parecido “una hoja movida por el viento”. Como que he llegado hasta aquí fruto de las circunstancias. Pero eso no es exactamente así. La realidad es que he tomado decisiones de bastante calado a lo largo de mi vida. Decidí abandonar la carrera de consultor, porque aquello no iba conmigo. Decidí dejar de vivir en Madrid, porque aquello no iba conmigo. Dejé de escribir en blogs comerciales, primero, y de promover blogs para empresas después, porque aquello no iba conmigo. Cerré mi última etapa profesional cuando vi que aquello había dejado de tener sentido. Durante mucho tiempo he pensado en mí como alguien “sin una visión que le motive a hacer cosas”, pero lo cierto es que he hecho muchas cosas y he tomado muchas decisiones en mi vida, siempre a la búsqueda de “algo más”. Quizás algo etéreo, algo que nunca he sido capaz de conceptualizar, pero que desde luego me ha dicho “por aquí sí” y, sobre todo, “por aquí no”.
En el relato de esta última época me he saltado algo importante: Skillopment. Lo que empezó como un par de reflexiones en el blog se consolidó en una charla, que luego pasó a ebook, que dio lugar a una reordenación de los contenidos del blog, y a lanzar una newsletter, y un podcast, a plantear hacer cursos… A diferencia de otras cosas que he intentado poner en marcha, siento que esto fluye. Es una iniciativa con la que me siento cómodo, en la que creo, y que (casi sin darme cuenta) me impulsa a hacer cosas, a probar, a salir de mi zona de confort. En definitiva, me ilusiona. Quiero ver en ella la demostración de que “la hoja mecida por el viento” no está tal, de que esa visión sí existe, y que el reto está en ser capaz de acotarla primero, y de actuar en sintonía con ella después.

En los últimos tiempos he venido haciendo un esfuerzo para intentar trasladar a palabras esa visión. No está siendo fácil, y creo que sigue siendo un trabajo en curso, aunque me siento cerca de una versión satisfactoria (un “mínimo producto viable” de visión, si queréis). Curiosamente, 12 años de blog me han ayudado bastante porque, cuando uno mira atrás, se da cuenta de que hay una serie de “obsesiones” que aparecen de forma recurrente. Estaban ahí todo este tiempo, esperando a ser condensadas.
Así pues, ¿cómo aspiro a que sea mi vida?

  • Consciente: siempre me ha dado pánico el meterme en esa rueda en la que desconectas el pensamiento, y vas de casa al trabajo, y del trabajo a casa, y de ahí a hacer zapping o a mirar Facebook o a evadirte en fines de semanas y vacaciones para volver a empezar, cualquier amago de reflexión ahogado rápidamente por la rutina. Quiero darme cuenta de las cosas, quiero fijarme en lo que está bien, y en lo que está mal. Es verdad que la consciencia a veces trae dolores de cabeza, o te pone frente a frente a realidades desagradables o decisiones difíciles. Pero también es la que te permite disfrutar de las cosas y avanzar.
  • Dirigida: vinculada a la consciencia, es en realidad el paso siguiente. De nada vale ser consciente de lo que pasa si luego no actúas. Si no trasladas todo lo que hay en tu cabeza a la realidad, a acciones, a hábitos… que te lleven al destino al que aspiras, para tener en tu vida más de lo que quieres, y menos de lo que no quieres.
  • Equilibrada: el ocio y el trabajo, lo creativo y lo productivo, lo físico y lo intelectual, lo solitario y lo social, la familia y los amigos, lo divertido y lo serio, la calma y la aventura, lo material y lo “no material”, el campo y la ciudad… la vida está hecha de dualidades, o más bien, de relaciones múltiples complejas unidas a una limitación (de tiempo, de energía) que hace difícil mantenerse en un punto en el que todo conviva en armonía. Pero pese a la dificultad, incluso asumiendo que ese equilibrio será dinámico y necesariamente flexible, se trata de evitar que pase demasiado tiempo prescindiendo de algo importante.
  • Autónoma: nunca me he sentido bien en entornos gregarios, aceptar cosas por el mero hecho de que otros las dicen. Necesito poder mantener mi independencia, mi libertad. Ser el dueño de mis palabras, de mis compromisos, de mis decisiones. Hacer las cosas a mi manera. Escuchar a los demás, claro, pero reservándome la última palabra. Hacer las cosas convencido es la única manera que conozco de hacer las cosas.
  • Acompañada: tiendo a la soledad, a la independencia y a la introversión. No me interesa “la gente” en términos generales, y me cuesta “ser sociable” así porque sí. Y sin embargo, de vez en cuando aparecen personas con las que me siento bien. Personas con las que tengo feeling, con la que hay una afinidad más profunda. Quiero rodearme de personas así, compartir más momentos, más cafés, más conversaciones, más proyectos…
  • Variada: y aquí es algo llamativo, porque vivo con una dualidad curiosa. Porque para algunas cosas soy totalmente un “animal de costumbres”, poco dado a las sorpresas y con cierta aversión al cambio (nunca he necesitado de experiencias novedosas, viajes a sitios exóticos, hacer cada fin de semana un plan distinto…) pero, sin embargo, a nivel intelectual (tanto en lo profesional como en las aficiones) me aburro con facilidad y enseguida busco nuevos estímulos. La idea de tener un trabajo repetitivo, o de hacer varias veces un proyecto que ya he hecho… me da escalofríos. Me interesa explorar, entender nuevas realidades, darle vueltas a cosas diferentes, aire fresco.
  • Con impacto: tanto a nivel personal (que las personas que se relacionen conmigo consideren que su vida es aunque sea un poquito mejor por ello), como a nivel profesional. He tenido mi dosis de proyectos y trabajos en los que pensaba “y todo esto… ¿para qué vale?”. La consciencia de que todo aquel tiempo, esfuerzo y dinero empleados no servía para absolutamente nada me machacaba. Sí, me pagaban por ello… pero aspiro a otra cosa.
  • Honesta: nunca me ha gustado guardas las apariencias, decir una cosa en un sitio y otra en otro, el postureo… entiendo que hay que vivir en sociedad, y a veces hay que hacer concesiones. Pero quiero que lo que digo, lo que pienso y lo que hago estén lo más cerca lo uno de lo otro.
  • Sostenible: la pieza clave. Porque a veces parece que no sea posible, que para “poder comer” hay que renunciar en mayor o menor medida a muchas de las cosas a las que aspiro. Pero la sostenibilidad es el objetivo. Nunca he querido “hacerme rico”, ni todo el status que parece que viene con el dinero; me vale con poder vivir con un mínimo de bienestar.

La buena noticia es que creo que, en bastantes aspectos, no estoy tan lejos. De una manera quizás no explícita, esa “visión” ha motivado muchas de las decisiones que he ido tomando a lo largo de los años y que me han traído hasta aquí. E incluso cuando veo las cosas más grises, miro alrededor y me encuentro muchas cosas buenas y pienso que “algo habré hecho yo”.
Pero por supuesto, faltan cosas. Nunca me he considerado ambicioso en el sentido habitual del término (el dinero, el poder, el éxito, la posición social…) y sin embargo, cuando pienso en mi visión, me doy cuenta de que es verdaderamente ambiciosa. Un auténtico desafío. ¡Habrá que ponerse manos a la obra!
Fruto de toda esta reflexión, estos son los cinco vectores principales que quiero que guíen mi actividad en este nuevo curso

Skillopment…


Quiero seguir construyendo Skillopment, dándole visibilidad y creando reflexiones y herramientas valiosas para que los individuos y las organizaciones fomenten el aprendizaje y el desarrollo eficaz de habilidades.
Lo he dicho más arriba: Skillopment llegó de una forma discreta y poco a poco, de manera muy orgánica, ha ido creciendo y tomando protagonismo. Me gusta la pinta que va teniendo. Me gusta el discurso, me lo creo, me parece interesante, positivo, útil y que merece la pena; no solo por la parte de la “eficiencia” (aprovechar mejor el tiempo que pasamos aprendiendo) si no también por la finalidad (cuantas más habilidades tienes, y más desarrolladas están, más probable es que tengas suerte). Un mensaje que en este mundo complejo en el que vivimos creo que es importante difundir. Exageraría si dijese que se va a convertir en mi “cruzada personal”, pero casi.
Puedo visualizarme haciendo de Skillopment mi dedicación principal, y me gusta lo que veo. Haciendo charlas por ahí, creando contenidos, ayudando a individuos y a organizaciones a mejorar la forma en la que se aprende… Hay algunas cosas en las que ya he ido avanzando: alguna charla, el ebook, la lista de correo, el podcast… Alguna más está en desarrollo, como cursos (presenciales y online). Como “deberes” me tengo que plantear darle visibilidad de forma más decidida (especialmente la idea de buscar más oportunidades de hacer charlas, artículos en otros sitios, estrechar lazos con iniciativas afines, etc…) y de buscar un equilibrio entre la “difusión gratuita” y la sostenibilidad económica. En este sentido la idea de cursos y talleres puede tener sentido (pero está por demostrar que haya alguien al otro lado que quiera pagar por ello; también tengo que aprender mucho sobre la distribución de este tipo de iniciativas), al igual que determinados servicios a empresas.

… y otros terrenos relacionados con mi visión


Realmente, cuando pienso en Skillopment, no lo veo como una iniciativa aislada. Forma parte de una gran constelación de ideas que orbitan todas alrededor de los elementos que planteaba en mi visión. Antes mencionaba las “obsesiones” que a lo largo de los años he ido plasmando en el blog, y es a esto a lo que me refiero. Skillopment quizás es la primera que ha tomado una forma más concreta, más “accionable”, pero hay otras que siguen en forma menos definida pero que me atraen igual, en las que creo y que creo que merece la pena difundir. Algunas más personales, otras más profesionales. La consultoría artesana, las metodologías ágiles, los profesionales independientes y las nuevas formas de organizar el trabajo, la carrera profesional, la “conciliación” de vida personal y profesional, los hábitos, la autoconsciencia, la efectividad, el minimalismo, el pensamiento crítico, las organizaciones centradas en las personas, la gestión humanista, los ecosistemas económicos de las ciudades pequeñas, la paternidad… en fin, los que me leéis de forma habitual ya sabéis que hay una serie de cosas sobre las que vuelvo de forma recurrente. Son esas cosas en las que piensas cuando nadie te obliga.
La idea es seguir “rumiando” sobre todas esas ideas. En el blog, en el canal de Youtube… No solo por reflexionar en voz alta, si no también intentando difundir esas ideas que creo positivas y atraer a más personas hacia ellas.
Habrá quien diga que eso es diluir el foco, pero yo no lo veo así. Creo que, dentro de su aparente dispersión, son temas que tienen relación entre sí, que forman parte de una forma determinada de ver el mundo. Explorarlas es, en primer lugar, un ejercicio de autoafirmación y de consolidación. Creo que refuerzan y dan consistencia, más que diluyen, mi “marca personal”. Además, hacerlo en público creo que me permitirá conectar con personas afines, construir relaciones enriquecedoras (como ya ha venido sucediendo a lo largo de estos años) y abrir las puertas a oportunidades que vayan en sintonía con lo que quiero.
El objetivo es dejar que todas estas ideas vayan fluyendo, sin expectativas a priori, pero abierto a que surjan oportunidades de darles forma más concreta/productiva. Quizás un día me apetezca escribir un texto un poco más largo sobre alguna de esas cosas, o preparar una charla, o participar en un proyecto, o idear un curso… y ver qué sale de todo ello.
Dentro de este punto, hace poco un amigo me decía que me veía en el rol de “coach”. Me hizo pensar, porque cuando alguna vez me lo he planteado… me cuesta verlo. Es verdad que, a lo largo de los años, me he dado cuenta de que hay personas a las que les genero confianza, que me utilizan como “frontón” de sus ideas y que encuentran en lo que les digo (a veces por cosas que escribo en el blog; a veces por intercambios individuales tanto en el ámbito personal como en el profesional) elementos interesantes de reflexión. Y me resulta muy satisfactorio, la verdad; lo que quizás me cuesta más es la idea de transformar esos intercambios en algo más formalizado, estructurado y “con precio”. En decir que “ofrezco ese servicio”. Pero quién sabe…

El consultor siempre estuvo allí


A lo largo de los años he reflexionado mucho sobre la consultoría. Sobre lo que es realmente, y sobre muchas cosas que se llaman “consultoría” pero que no lo son. La consultoría de verdad tiene mucho de exploración, de generación de complicidades, de confrontación de ideas, de intervención a muchos niveles en la organización, de acompañamiento a lo largo del tiempo; no de diseño e implantación de proyectos prefabricados, ni de externalización de tareas o decisiones que son propias de la organización. Durante mucho tiempo me he sentido muy ajeno a la etiqueta de “consultor”, porque la industria como tal me resulta decepcionante.
Y sin embargo, la consultoría de verdad me sigue resultando atractiva. Mucho. Llegar a una organización, empezar a explorarla y a entenderla, a establecer conexiones, a proponer cosas y ver cómo resultan… Es apasionante, y además creo que tengo la experiencia y los recursos necesarios para hacerlo bien. Desde luego, sí me veo en el futuro haciendo ese tipo de colaboraciones con empresas. El problema es que es un tipo de consultoría muy específica, muy “alternativa” (en términos de lo que se ve en la industria y de lo que los clientes están acostumbrados a comprar), difícil de poner en el mercado, que requiere que se den una serie de condiciones de confianza difíciles de encontrar, que tiene sus tiempos…
En todo caso, sí quiero promover ese tipo de proyectos. Todavía no sé muy bien cómo, pero quiero que estén en mi “menú” de futuro profesional.

La compañía de los afines


Lo decía en la visión. Quiero una vida “acompañada”, quiero rodearme de gente afín, con la que tenga ese feeling que no es tan fácil de tener. Quiero compartir charlas, lecturas, momentos, alegrías y zozobras… Quiero conocer sus proyectos, ofrecerles mi ayuda y aceptar la suya, quiero ponerlos en contacto entre ellos, quiero ayudarles a pensar y que ellos me ayuden a mí, quiero abrirme a colaborar…
Como he dicho más arriba, en general tiendo a la soledad y a la introversión. No soy un ser “sociable” por naturaleza. Gracias a las redes sociales he ido construyendo un entorno de “personas con las que tengo feeling”, pero a veces tengo la sensación de que me ha faltado un poco más de resolución a la hora de fortalecer esas relaciones, de dar un paso más y hacerlas más sólidas. Con algunos he dado más pasos, pero aun así creo que puedo hacerlo mejor; proponer vernos a menudo, conversaciones por skype, exploración de posibles colaboraciones, etc…
Desde hace mucho tiempo tengo una especie de “mantra”, que es “mover el árbol”. Creo que muchas veces hacemos cosas sin la seguridad de que obtendremos resultados directos, pero convencidos de que es algo positivo y que tarde o temprano, de una forma directa o indirecta, acabará volviendo a nosotros. Hacer cosas, y ver qué sale. Pues se trata de eso mismo pero aplicado a las personas; cultivar esas relaciones de forma positiva, desprendida… y ver qué sale. Y disfrutar en el camino, que ya en sí mismo es una recompensa.
Por otro lado, creo que es importante abrir el abanico de esas relaciones. Se da una paradoja, y es que soy quisquilloso con la gente con la que quiero relacionarme. Es decir, no me vale cualquiera… lo cual, por estadística, me obliga a salir mucho y conocer a mucha gente nueva (dado que a la gran mayoría las voy a acabar “descartando”), lo cual va en contra de mi naturaleza introvertida. Es algo a lo que le he dado muchas vueltas, y sin duda me he dejado llevar demasiado por esa naturaleza “introvertida”. Si quiero ampliar mi círculo de “gente con la que tengo feeling”, tengo que exponerme mucho más, dejarme ver mucho más, ir a más sitios… No será fácil ir contra natura, pero quien algo quiere, algo le cuesta.

Pero hay que comer…


Y llegamos a la madre del cordero. Por que todo lo que he planteado más arriba es estimulante, apetecible, lo que quiero seguir construyendo. Y creo que tiene potencial de ser “rentable”, de ofrecer una vía de ingresos recurrente y sostenible… con el tiempo. El objetivo es que sea así, que cada vez vengan más ingresos por esas vías, y que esa evolución se produzca lo más rápido posible. Pero la realidad es la que es, y las facturas hay que pagarlas hoy. No es urgente, todavía tengo colchón, pero el colchón mengua, y hay que seguir abasteciéndolo. Toca ponerse el mono de trabajo y, mientras sigo construyendo ese futuro, hacer algunos trabajos alimenticios.
Afortunadamente, me encuentro muy cómodo con la idea de la “gig economy”, es decir, la posibilidad de establecer colaboraciones puntuales sin necesidad de un compromiso mayor. No necesito integrarme en tu estructura, no tengo intención de “hacer carrera”, no compito por un puesto. De hecho, no quiero dedicarme a esto en el futuro. Simplemente vengo, hago un trabajo, lo cobro y tan amigos. Creo que hay muchas situaciones en las que pueden ponerse en valor mis habilidades, conocimientos y experiencia de estos 18 años, y creo que hay espacio para hacerlo en una relación “no exclusiva”, que me ocupe x días al mes, o quizás periodos más intensos pero intermitentes.
¿Qué tipo de cosas tengo en mente? Por ejemplo, formación (presencial u online) en temas variados (habilidades directivas, RRHH, internet…). También proyectos de consultoría más “típica”, tanto en materia de organización y gestión de personas como en temas más de procesos, estrategia, tecnología… Gestión de proyectos. Coordinación de equipos editoriales. Apoyo a la gestión general. Etc. En definitiva, cualquier cosa que haya hecho ya o en la que entienda que mi experiencia, conocimiento y recursos pueden ser útiles y ponerse en valor.
Aquí el reto es doble. Por un lado, generar los contactos necesarios para procurarme ese tipo de colaboraciones; y hacerlo de una manera honesta, planteando claramente lo que yo puedo ofrecer y también los términos en los que lo ofrezco. Y por otro lado gestionar mis propias sensaciones: ya sé que estas cosas no son “lo que quiero hacer”, pero si he llegado a la conclusión de que es “lo que tengo que hacer”, toca hacerlo y punto. Es algo que en el pasado no he gestionado bien, y tengo que partir de la aceptación de esa realidad para poder mejorarlo.
¿Descarto entonces la posibilidad de tener un trabajo más… “estable”? No necesariamente. Dentro de mi esquema mental, la idea de las “colaboraciones puntuales” tiene más sentido en la medida en que me permitirían (a priori) equilibrar mejor el tiempo que dedico a “mis cosas”, y también creo que tiene más sentido para las organizaciones con las que colabore (siempre he pensado que asumen menos riesgo). Pero quizás surja la posibilidad (o la necesidad) de tener que darle un carácter más “formal” a la relación, bien sea a tiempo parcial o a tiempo completo, por un periodo determinado de tiempo. Y si eso surge, aunque no es mi prioridad, no estoy cerrado en banda ni mucho menos. De hecho, incluso me planteo la posibilidad de ponerme a “hacer entrevistas” de forma proactiva, como mecanismo para “mover el árbol” que decía antes. Al fin y al cabo, si se trata de pagar las facturas, habrá que mover el árbol de todas las maneras posibles porque nunca se sabe por dónde va a saltar la liebre.

Preparados, listos… ¡ya!

La reflexión queda hecha, y es el momento de actuar. Del dicho al hecho hay mucho trecho, y lo complicado es gestionarse a uno mismo, pero tengo la esperanza de que con las ideas más claras sea más sencillo.
«Vamos a hacer el camino, con decisión y coraje».
PD.- No sé qué impresión dará esto leído desde fuera. Pero realmente para mí poner todas estas ideas negro sobre blanco ha sido (está siendo) un proceso introspectivo bastante intenso. Enfrentarme a la realidad, a mis debilidades, a mis dudas, a mis autoengaños… Muchas veces siento que me muevo en la bipolaridad del iluminado, con días donde siento que estoy yendo por donde merece la pena ir aunque sea a contracorriente, y otros donde siento que soy un loco al que se le ha ido la olla, un inconsciente que busca lo que no existe y que se está despeñando. Aparte de servirme para ordenar mis pensamientos, compartir estas reflexiones en público le añade un componente de catarsis que espero que cumpla su función. Quizás además dé lugar a conversaciones interesantes que me sirvan para profundizar. A los amigos que habéis leído hasta el final… gracias :_). ¡Cuento con vosotros!

La vida no es un relato


Si nos pusiésemos a contar nuestra vida, ¿qué saldría? Seguro que un montón de momentos rutinarios e intrascendentes, decisiones que no llevan a ningún sitio, errores y rectificaciones, cosas de las que avergonzarnos, inercias, falta de dirección, dudas y lamentos. Sí, claro, también habrá momentos de los que sentirnos orgullosos. Pero en general nos daremos cuenta de que nuestras vidas no son «como en las películas».
Las normas de la narrativa están bastante definidas. Un protagonista, un antagonista, un conflicto, penalidades y resolución. Si metes algo en la historia, tiene que servir para explicar otra cosa, o para que la historia avance. Si no, sobra. Andamiaje narrativo. Y no vale contarlo en cualquier momento, ni con cualquier ritmo. Tiene que fluir para mantener el interés. La narrativa tiene espacio para el talento, sí; pero tiene mucho de mecánica, de conocer una serie de herramientas y aplicarlas con oficio.
Pero, como dice el personaje de Kvothe en la novela de Rothfuss «El nombre del viento», nosotros no vivimos en una historia. Nuestras vidas no tienen esa claridad, ese sentido de propósito, ese andamiaje narrativo que las soporte. Vamos viviendo como podemos, que no es poco.
Y cuando alguien te cuente su vida como una historia apasionante, desconfía. Ahí hay un importante trabajo de edición, de seleccionar solo lo que quiere contar, de ocultar la cara B, de explicar a posteriori, de ajustar y embellecer (y posiblemente inventar) para que todo encaje y tenga el sentido, el ritmo, la coherencia, la tensión, las dosis justas de conflicto/resolución… que un relato requiere para ser interesante.
Disfrutemos de las historias. De las de ficción, y de las… y de las de ficción. Porque cualquier historia, incluso las que están basadas en hechos reales, no te cuentan toda la verdad. Y desde luego, nunca, nunca, pueden ser usadas como piedra de toque para analizar nuestras propias vidas. Porque siempre saldremos perdiendo.

[Entrevista] Óscar García Gaitero y los Smart Students


Tuve el placer de charlar un buen rato con Óscar García Gaitero. Óscar es Doctor en Psicología de la Educación, y como tal un estudioso de los últimos avances en materia de neuropsicobiología y del impacto que tienen en cómo generar un aprendizaje más eficaz. Pero no se limita a los estudios teóricos, si no que pone en práctica esas ideas en su trabajo docente tanto con niños y adolescentes como personas adultas.
Óscar maneja el concepto del «Smart Student«, un aprendiz que desarrolla una consciencia sobre uno mismo y sobre el proceso de aprendizaje, capaz de activar mecanismos y herramientas que le permiten superar las barreras que dificultan sus avances. Un proceso idealmente iniciado en las etapas iniciales de la educación, y que poco a poco genera adultos autónomos y autosuficientes capaces de liderar y gestionar su propio aprendizaje.
De todo esto y de muchas más cosas conversamos en este episodio del podcast Skillopment que puedes escuchar aquí mismo, en Ivoox y en iTunes. Recuerda que puedes revisar todos los episodios del podcast, y suscribirte al mismo tanto en iVoox como en iTunes.

Éstos son los temas que han ido saliendo en la conversación:

  • 1:15 – Empezamos hablando de los avances científicos en materia de neurociencia y neuropsicología y su aplicación a la educación, en la medida en que permiten que las metodologías y herramientas se adapten mejor a la forma en que el cerebro aprende.
  • 7:06 – Hablamos de algunas de esas estrategias y metodologías que se están demostrando útiles de cara a un aprendizaje más eficaz: involucración multisensorial, flipped classroom, autoconciencia, sofrología y gestión emocional, positivismo…
  • 22:24 – Reflexionamos sobre las exigencias de estos enfoques (en términos de tiempo de observación, tiempo de preparación, tiempo de personalización, habilidades y formación de los docentes, recursos…) y su impacto, en comparación con el enfoque de educación más tradicional.
  • 27:14 – Valoramos cómo es posible extrapolar estas ideas desde el ámbito educativo al del autoaprendizaje.
  • 32:58 – Comentamos la importancia que tiene el meta-aprendizaje, es decir, la reflexión sobre uno mismo y el proceso de aprendizaje, y la importancia de dedicarle foco, tiempo y espacio.
  • 37:54 – Profundizamos en las teorías del Yo1 y el Yo2 de Tim Gallwey, que parte de la premisa de que el rendimiento de una persona es igual a su potencial menos las interferencias cognitivas y que, por tanto, la forma de alcanzar el potencial es trabajar para eliminar esas interferencias. Y qué se puede hacer en ese sentido tanto en un contexto educativo como de autoaprendizaje.
  • 56:40 – Llegamos al concepto del Smart Student, un aprendiz capaz de observarse, analizarse y aplicar mecanismos y herramientas que mejoren su proceso, convirtiéndose así en líder y gestor de su propio aprendizaje.

Diez razones por las que "eres un paquete"

El otro día me encontré en Youtube con este vídeo en el que un profesor de guitarra extrae de su experiencia «diez razones por las que eres un paquete tocando la guitarra«. Lo curioso es que, cuando le escuchas, te das cuenta de que «la guitarra» es circunstancial. Porque estas diez razones son en su gran mayoría extrapolables a cualquier aprendizaje en el que estés trabajando.
¿Cuáles son estas diez razones?

  • Falta de práctica: hay que dedicar tiempo a practicar, y eso es una cuestión de hábitos, de rutina, de motivación, y de integrar la práctica en nuestro día a día.
  • Quedarse en la superficie: tenemos tantas opciones, tantos recursos a nuestra disposición, que nos pasamos la vida picoteando de aquí para allá, probando una cosa detrás de otra, sin dedicar el tiempo suficiente a cada una como para realmente aprenderla.
  • Práctica descuidada: practicamos de cualquier manera. Rápido, sin prestar atención a los detalles… y así, nuestro tiempo de práctica es muy ineficiente. La práctica tiene que ser deliberada: lenta, metódica, detallista.
  • No disfrutar del proceso: a veces, por “aprender”, nos sometemos a actividades que no nos reportan ninguna satisfacción. Y ese es un contexto en el que el abandono crece de forma exponencial. Hay que buscar un entorno donde el esfuerzo sea también disfrutable.
  • Mal equipamiento: para aprender no necesitamos el “tope de gama”, pero sí un equipo suficiente que no nos suponga una barrera adicional.
  • Estrés: estamos sometidos en nuestro día a día a tantas exigencias que ese estrés acaba afectando también a nuestro proceso de aprendizaje, impidiendo que disfrutemos de él. Se trata de hacer que nuestro aprendizaje suponga un periodo de relajación, de aislamiento respecto al resto de exigencias del día a día.
  • No sabes aprender: porque nadie nos ha enseñado nunca cómo aprender, y no hemos dedicado tiempo a conocer cuál es la mejor forma de hacerlo.
  • Perdemos oportunidades de aprender: el día a día nos ofrece muchas oportunidades de aprender, muchas reflexiones que podemos aprovechar. Tenemos que estar atentos para sacarles partido.
  • Nos saltamos el ABC: porque lo damos por sabido, porque nos parece “obvio”… y al final no dedicamos el tiempo suficiente a poner unos cimientos sólidos a nuestro aprendizaje.
  • Falta de confianza: porque cuando somos aprendices somos vulnerables, tenemos la sensación de que “somos malos”, y eso limita nuestra capacidad de crecer. Tenemos que adquirir confianza poco a poco, asumiendo retos adecuados a nuestro nivel, y con confianza de que vamos avanzando.