Fin de ciclo

En las próximas semanas voy a ir cerrando esta última etapa profesional que me ha tenido «entretenido» los últimos 4 años. Acaba mi colaboración (aunque ha sido mucho más que eso, claro) con Grupo Vips, al menos en su formato actual (si hay nuevos formatos en el futuro, dios dirá…)
Siempre he dicho que las etapas profesionales empiezan y acaban. Y está bien que así sea. Llega un momento en que las cosas no dan más de sí, que dejan de fluir, ya no sabes si estás construyendo catedrales o simplemente picando piedra, y es bueno no dejarse llevar por la inercia. No hay que tener miedo a poner encima de la mesa tus inquietudes y tus aspiraciones, aunque eso implique abrir la caja de Pandora y no sepas por dónde van a discurrir los acontecimientos.
Como no puede ser de otra manera, se mezclan muchas sensaciones. La satisfacción de todo lo realizado, y la frustración por todo lo que no salió bien y lo que crees que queda por hacer. La incertidumbre respecto al futuro, junto al «subidón» de las infinitas posibilidades que se abren ante ti. El yin y el yang, todo junto, como siempre van.
Para mí ha sido una etapa de crecimiento brutal. Estar dentro de una compañía me ha permitido tener una perspectiva mucho más completa de lo que significan los proyectos, las implantaciones, la estrategia, la política… me ha permitido desarrollar una serie de habilidades que me mejoran y me completan como profesional. Mi mochila, en ese sentido, se va muy llena.
En lo personal también ha sido una etapa fascinante. He vuelto a disfrutar del calor de unos compañeros, de las complicidades y de los chascarrillos. Me han acogido como a uno más, me han dado una cantidad ingente de cariño y de respeto. Hemos trabajado juntos, hombro con hombro. Nos hemos reído, hemos compartido satisfacciones y frustraciones. Y muy importante, me han dejado ser yo, con todas mis virtudes y mis defectos.
Hay momentos, palabras y gestos de estas últimas semanas que me van acompañar durante toda la vida y que me llenan de felicidad incluso a pesar de la nostalgia de las despedidas. Para mí son una señal de que algo he debido hacer bien.
Y así, como en las viejas pelis del oeste, el vaquero se aleja del pueblo cabalgando hacia la puesta de sol. Para el pueblo, el vaquero se va, desaparece. Pero para el vaquero, es el pueblo el que queda atrás. El camino hacia un nuevo destino acaba de comenzar.

Vivir de la petanca, y otras aspiraciones

Hace unos días me cruzaba con una referencia a esta noticia de 2010 donde se informaba del campeonato juvenil de petanca logrado por un joven local. La noticia la encabeza un titular, probablemente extraído a mala baba, y que compone la escena graciosa: «Volveré a estudiar; de la petanca no se puede vivir«. «Jajajá, qué pringao, pensaba que podía vivir de la petanca…» es la reflexión que convierte esta noticia en un «meme».
Y hombre, en parte lo es. ¡Qué ingenuo, el chaval, si llegó a pensar alguna vez que podría hacer de la petanca una forma de ganarse la vida!
Pero… cambiemos «la petanca» por otras frases. ¿Quién no ha oído a gente quejarse amargamente de que «de la música no se puede vivir»? ¿O de que «la industria del cine se muere, y eso son miles de familias»? O «yo soy artista, alguien tiene que crear en esta sociedad». O la de «yo he estudiado dos carreras y un master, y no me dan trabajo». O la de «yo estudié Historia del Arte y ahora tengo que trabajar en telemarketing». O…
Ya no es tan gracioso. Habrá muchos que piensen «claro, pero es que éstos tienen razón». ¿Ah, sí? ¿Por qué estos tienen razón, y el de la petanca no?
A veces parece que hay gente que cree que, por determinadas circunstancias (desde «ser artista» a «seguir mi vocación», pasando por «haber estudiado» o «tener años de experiencia»), la vida y la sociedad «les deben» un trabajo, unos ingresos, una forma de ganarse la vida. Que en cierto modo es «su derecho», y que protestan airadamente cuando se encuentran con que eso no se cumple. Y a mí, francamente, me hace gracia. Porque no es verdad. Nadie nos debe nada, no tenemos ningún derecho adquirido (*). Igual que los hombres de las cavernas tenían que mover el culo si querían comer, en nuestra sociedad tenemos que hacer lo mismo. Cada uno es muy libre de escoger el camino que quiera, de tener las aficiones que guste, pero no puede perder de vista que si quiere comer tendrá que realizar alguna actividad de valor añadido («valor añadido» entendido desde el punto de vista de «alguien está dispuesto a pagar por ello», no de lo que uno piense de sí mismo). Y así, mientras viva.
Así que la reflexión del chaval de la petanca tiene más miga de la que parece. La idea de «ganarse la vida» sigue siendo fundamental. Y uno no tiene la vida ganada porque sí, y tampoco tiene derecho a ganársela como él decida. Hay caminos que te lo permiten, y caminos que no. Y uno tendrá que elegir entre los primeros. Y el resto, sea jugar a la petanca o cualquier otra cosa… para tus ratos libres.
(*) y perdonadme que me ría por adelantado si alguien menciona algo parecido a que «la Constitución nos garantiza blah, blah». La Constitución es un papel que unos señores escribieron un día sentados en torno a una mesa. Pusieron lo que pusieron, o podrían haber garantizado «unicornios para todos»; y eso no lo haría más real ni más factible. Una bonita declaración de intenciones, un objetivo deseable… pero un brindis al sol al fin y al cabo.

¿Son sostenibles los proyectos paralelos?

El otro día comentaba con un conocido la situación de su empresa. Tras años de prestar servicios a clientes a modo de consultoría, había decidido enfocarse a desarrollar un «producto propio». Había cambiado de arriba abajo la empresa para adecuarse a este nuevo enfoque. Y en ellas estaba. Confesaba que con cierta inquietud… porque pasar del modo «trabajo hecho para terceros, trabajo cobrado» al modo «trabajo hecho para uno mismo y ya se verá si fructifica» da miedo. Donde antes entraban ingresos de forma más o menos regular, ahora sólo hay gastos… y quién sabe por cuánto tiempo. Un salto de fe.
Le preguntaba yo si no se había planteado compatibilizar los dos modelos: que una parte de la empresa siguiera explotando el modelo consultoría, generando ingresos… y financiando así al «proyecto propio». Y él me comentaba que en realidad era algo que habían intentado… y que no había funcionado. Porque por mucho que quisieras destinar tiempo y recursos al proyecto propio, cuando aparecía un cliente resultaba difícil decirle que no. Con lo cual tus esfuerzos, tu atención… se dedican a ese cliente, y a ese «dinero cierto», y se desvían de tu incierto proyecto propio. Por lo que al final, la alternativa que había tomado era «quemar las naves» y apostar el 100% al proyecto propio.
En cierto sentido, me sentí identificado. Uno puede plantearse la idea de apostar por un proyecto propio, el que sea. De «tirarse a la piscina». Pero resulta que, mientras está en ello, surgen oportunidades. Hacer un proyecto que no tiene que ver con lo que quieres desarrollar, pero que te pagan bien. Y oye, tú tienes un alquiler, unos niños… te vienen bien los euros… total, puedo dedicarle un poco de tiempo sin desviarme de lo mío… lo haces. Sin darte cuenta, surge otro… y lo haces. Un compromiso con un antiguo compañero… venga, va. Pasan las semanas, los meses… y de repente te preguntas qué está pasando con «tu proyecto». No ha avanzado. ¿Cómo va a avanzar, si apenas le has dedicado tiempo? Y cuanto menos avanza, menos «tangible» lo ves, y más dudas te entran.
Lo mismo podría aplicarse a quienes quieren desarrollar un proyecto «a tiempo parcial» mientras mantienen su trabajo por cuenta ajena… «Yo le dedico las tardes, y los fines de semana, y lo que haga falta». Pero es poco tiempo. Y sobre todo, por mucha ilusión que tengas, es poca energía la que te queda. ¿Durante cuánto tiempo se puede sostener esa situación?
En definitiva… ¿pueden ser sostenibles los proyectos «paralelos»? ¿O es necesario centrarse, ponerse los «guiaburros» para no hacer nada que no tenga que ver con el proyecto, superar el vértigo del «los cien pájaros volando vs. el que está en la mano»… y que sea lo que dios quiera? Imagino que es una cuestión de confianza, de tolerancia al riesgo… no es una papeleta fácil.
Foto: Mykl Roventine

¿Sectores enfermos, o expectativas equivocadas?

Hoy publican en El País el artículo «Ingenieros arrepentidos«. Se trata del artículo del que os hablaba hace unos días para el que buscaban «casos reales».
Al leerlo, seguro que muchos reconocéis el escenario. Son testimonios de personas desilusionadas por una carrera profesional decepcionante, sin grandes sueldos, sin desarrollo, sin muchas perspectivas de futuro… nada nuevo bajo el sol.
La cuestión es que podría interpretarse, leyendo este artículo, que es un problema del sector. Y ahí es donde a mí me entran las dudas. ¿Acaso no son estos problemas existentes en cualquier profesión? ¿Es que los abogados, los arquitectos, los médicos, los periodistas… viven de forma generalizada carreras profesionales llenas de satisfacciones? Seguro que no. Imagino que cualquier estudiante de arquitectura quiere ser Foster, pero el 99% acabará trabajando en una promotora visando proyectos de edificios residenciales clónicos. Cualquier estudiante de medicina quiere ser un médico de prestigio, pero el 99% acaba de médico de empresa haciendo reconocimientos rutinarios día sí y día también, o atendiendo pacientes en el ambulatorio a razón de 6 por hora. Cualquier aspirante a periodista quiere destapar el Watergate, pero la mayoría pasará su vida profesional en redacciones de medio pelo cubriendo noticias intrascendentes. Etc.
A lo que voy es que quizás deberíamos asumir que, por defecto, el mundo del trabajo nos ofrece carreras profesionales planas y llenas de miserias en entornos laborales poco estimulantes. A los ingenieros, a los economistas y a todo hijo de vecino. Que eso no es la excepción, si no la regla. Que las carreras profesionales brillantes, en contínua progresión, llenas de estímulos… son un privilegio de unos pocos, y que además no surgen de la nada, sino que exigen poner bastante de nuestra parte, asumir riesgos y sacrificios.
Quizás, teniendo unas expectativas más ajustadas a la realidad, existirían menos decepciones.