La inflación se come tus ahorros

Hay un elemento que no suele considerarse de buenas a primeras cuando uno plantea alternativas de ahorro/inversión, y sobre la que merece la pena reflexionar brevemente para darnos cuenta de que es más difícil ahorrar e invertir (o mejor dicho, obtener una rentabilidad real a dicho ahorro/inversión) de lo que parece.
Y es que cuando vemos las «espectaculares» ofertas de las entidades financieras (que nos ofrecen un 4,5% TAE por nuestro dinero, por ejemplo), se nos olvida que en la carrera por acumular dinero hay un factor que juega en contra: la inflación.
Y es que si tenemos 100 euros y los invertimos en uno de esos productos, al cabo del año tendremos 104,5 euros. Bueno, no está mal. Con esos 100 euros al principio del periodo teníamos para comprar 100 euros en bienes y servicios, compras que sacrificamos en beneficio de un mayor gasto futuro. Pero a lo largo de ese año, con una inflación del 4%, resulta que los bienes y servicios que al principio costaban 100 al final del año costarán 104. Así que la realidad (y llevado al campo de la capacidad de compra) es que no es verdad que, gracias al ahorro, tengamos capacidad de gastar 4,5 euros más; sólo tenemos la capacidad de gastar 0,5 euros más.
Si a eso le añadimos que el Estado se lleva su parte de las ganancias (depende del producto puede que no, pero son la excepción)… igual resulta que hasta hemos perdido capacidad adquisitiva a lo largo del tiempo. Por supuesto, habríamos perdido más si hubiésemos dejado el dinero debajo del colchón, pero…
En definitiva, que el listón a la hora de ahorrar e invertir es más alto de lo que nos podría parecer en un primer momento, y que a la hora de hacer nuestras planificaciones tendremos que tener en cuenta la inflación porque puede que, donde nosotros creemos que estamos ganando capacidad de gasto futura, apenas estemos manteniendo la actual o incluso estemos perdiendo.

Blogueros invitados

No sé si calificarla como de «muy extendida», pero sí que es algo que he visto ya en un par de ocasiones. En un blog unipersonal, ocurre que el autor principal se va unos días (por vacaciones, por trabajo, o porque le da la gana) e invita a un grupo de bloggers a que publiquen en su blog durante su ausencia. Por ejemplo, Antonio Ortiz lo está haciendo estos días.
Y a mí me parece que no tiene mucho sentido… si yo sigo un blog de una persona, es porque me interesa lo que diga esa persona. Si quisiera saber lo que piensan sus invitados, iría a leerles en sus propios blogs. Y por otro lado, no pasa absolutamente nada porque un blog se quede sin actualizar durante los x días que su autor, por los motivos que sean, no pueda hacerlo. No es como en la tele, la radio o los periódicos, donde hay una periodicidad prefijada y hay que rellenar de contenidos sí o sí.
En fin, partamos de la base de que cada uno en su blog hace lo que le da la gana, pero a mí es una de esas cosas que me sorprenden, que no acabo de entender y que creo que no sirven para casi nada (salvo, en su caso, para mantener entretenido a Google…)

Los blogs y la credibilidad

Octavio Rojas twitteaba ayer, y redactaba después, las conclusiones del «barómetro de confianza» (Trust Barometer 2008) elaborado por Edelman. Un estudio en el que se habla de la confianza (en quién confía y en quién deja de confiar la gente). Como todos los estudios, aunque hay que cogerlos con pinzas, resulta interesante ver las conclusiones que se alcanzan.
Una de las conclusiones era que la gente no confía en los blogs. O que confía poco, que viene a ser lo mismo. Mucho menos que en los medios tradicionales. Y ahí reaccioné yo:

Los blogs no pueden crear opinión, ni generar confianza. Son las personas quienes lo hacen o no. El blog es un altavoz, no +

(el + lo puse porque no me cabía un «más», la tiranía de los 140 caracteres)
Y es que esa es mi opinión: los blogs son simplemente un medio utilizado por personas para comunicar (sus opiniones, sus noticias, o su visión del mundo). Yo no creo «en los blogs» como conjunto; hay de todo, como en botica. Me creo a unas personas (y consecuentemente, me fío de sus blogs), y desconfío de otras (y por lo tanto, desconfío de sus blogs). Exactamente igual que ocurre en la vida real, donde hay gente de confianza y cantamañanas.
Los blogs, en definitiva, no son más que extensiones de personas. Tiene tan poco sentido confiar «en los blogs» de forma comunal, como confiar «en la voz humana» o confiar en «la palabra manuscrita».

El gestor de proyectos malabarista

Malabarista

Impulsas una bola hacia el cielo. Mientras, de reojillo, ves como otra está bajando y tienes que recogerla para volverla a lanzar, mientras otra vuelve a caer. Juegos malabares. Así es la función del gestor de proyectos.
En muchas ocasiones, las tareas del gestor de proyectos no son largas o complejas, ni siquiera abundantes. Las tareas, en gran medida, las tienen que hacer otros. La labor del gestor de proyectos es coordinar todas ellas, asegurarse que todas se cumplen en tiempo y forma, darles coherencia y conseguir que formen un todo. Al igual que el malabarista, que la mayor parte del tiempo no tiene ninguna bola en sus manos, pero es el responsable de que las bolas fluyan al ritmo adecuado.
Un gestor de proyectos vela por las tareas, y también por los intereses de todo el mundo: los intereses del cliente, los intereses económicos, los intereses del equipo técnico, los intereses del equipo de diseño, los intereses de los proveedores… intereses muchas veces contrapuestos (uno lo quiere rápido, otro lo quiere flexible, otro lo quiere ordenado, otro lo quiere barato, otro lo quiere…). El trabajo del gestor de proyecto es conocer esos intereses y buscar la intersección entre todos ellos, aquel espacio de equilibrio en el que todos vean satisfechos sus intereses en la mayor proporción posible, gestionando a su vez su descontento por la parte que no ven satisfecha.
Más malabares. Más difícil todavía. Pero el espectáculo debe continuar.
Foto | fotosdecirco

Me gusta la consultoría

Sí. Me gusta la consultoría. ¿Y a qué viene esto ahora? Pues a que durante una época llegué a pensar que no, que no me gustaba. Tras varios años en ese mundo, decidí salirme. Pensé que la culpa era de la consultoría, pero en realidad, después de reflexionarlo, creo que la culpa era de otros elementos accesorios que habían hecho que me alejase de lo que verdaderamente es la consultoría, por mucho que me llamase «consultor» y trabajase para una «empresa de consultoría».
Para mí, el proceso esencial de consultoría (y el que me gusta) tiene mucho que ver con el papel de un médico de cabecera. Igual que un paciente llega y expone su problema, así lo hacen también las empresas. Te cuentan que no se encuentran bien, te explican cuáles son sus síntomas. Con un proceso de análisis, unido a tu conocimiento y tu experiencia, tienes que indagar en las causas y ofrecer un diagnóstico. Y después del diagnóstico, tienes que recomendar un tratamiento para que mejore.
Este proceso sencillo de exposición del problema, análisis, diagnóstico y recomendación es excitante, divertido, apasionante. Pero la rutina cliente-consultor en muchos casos está pervertida, y se aleja de este proceso esencial hasta, en muchas ocasiones, no parecerse ni remotamente a él.
En primer lugar, muchos clientes llegan a la consulta buscando directamente una receta. No están interesados en el análisis y en el diagnóstico. En realidad no quieren tu ayuda, sólo quieren una «solución rápida». Y muchas empresas de consultoría acceden a dársela. Pero al no haberse desarrollado las fases iniciales del proceso, lo habitual es que la solución no sea adecuada, porque no resuelve los problemas reales de la organización. Son los clientes que llegan diciéndote que «necesitan un ERP» o «un sistema de retribución variable para sus directivos», o cualquier otra cosa. Se quieren automedicar, sólo necesitan que alguien les proporcione la medicina.
Por otro lado, muchas empresas de consultoría no quieren ser médicos de cabecera. Ni siquiera quieren ser médicos especialistas. Simplemente quieren ser ejecutores; no quieren analizar, ni dar diagnósticos, sino ejecutar «a ojos cerrados» una solución que tienen perfectamente diseñada e industrializada. Es ahí donde está el dinero y la rentabilidad; en la implantación repetitiva. El análisis y el diagnóstico es complejo y poco rentable. Poco les importa si esa «solución predefinida» es la que necesita el cliente. No se atienden clientes «para ver en qué se les puede ayudar», sino que se buscan clientes que tengan el problema que yo sé resolver (o crean tenerlo, o yo consiga convencerles de que lo tienen… que a los efectos cerrar una venta es igual), para hacerlo de forma industrial.
Y entre clientes que se autodiagnostican (la mayor parte de las veces, mal) y empresas de consultoría que no tienen interés en diagnosticar… el proceso de consultoría se desvirtúa, se devalúa, pierde su esencia. Dejamos de ser médicos de cabecera para transformarnos en empresas farmacéuticas con un producto que colocar, en especialistas del tratamiento que atienden a pacientes diagnosticados por otros, autodiagnosticados o, simplemente, sin diagnosticar.
Es en ese mundo en el que yo no me encontraba cómodo. Porque a mí la rentabilidad no es tan importante; por supuesto que quiero ganar dinero, como todos, pero no a base de un proceso viciado en el que tienes la sensación de que no estás ayudando a tu cliente, en el que le estás dando unas muy rentables aspirinas que no van a solucionar su problema. De hecho, más allá del dinero, tampoco me apetece ser un especialista ejecutor los tratamientos: yo te analizo, te diagnostico y te doy mi mejor recomendación. Será totalmente independiente (porque no tengo mayor interés en que la aceptes como propia o no, ni tampoco en ejecutarla después), y si te convence podrás encargársela a quien quieras (quizás yo pueda hacerlo en algún caso, o pueda recomendarte a algún conocido que te ayude, pero siempre serás libre de elegir).
¿Cuál es el problema? Que este tipo de consultoría es, como ya he dicho antes, compleja y poco rentable. Es consultoría artesana. Cada proyecto es diferente, hay que invertir muchas horas en analizar y comprender una realidad compleja. Y no hay muchos clientes que la quieran: la mayoría prefieren pagar por una solución rápida que «perder el tiempo» con un buen análisis. Que el mundo de la consultoría haya evolucionado como lo ha hecho es un síntoma de que el dinero está en otro sitio. Pero qué le vamos a hacer, es la consultoría que me gusta. Quizás haya que buscar en la larga cola para encontrar clientes que necesiten y aprecien ese valor añadido, y quizás nunca me haga rico con ellos. Pero seguro que es un viaje divertido.

La complejidad y el mundo funky

Estoy releyendo Funky Business. Creo que conviene hacerlo cada cierto tiempo; es desasosegante, pero revelador.

Mañana, despertaremos en un mundo en el que todos seremos conscientes de estar condenados a ser libres: libres para elegir. No habrá alternativa. […] Con la capacidad de elección llega la responsabilidad. Cuanto mayor sea el número de posibilidades, mayor será la responsabilidad que tengamos como individuos. Hemos adquirido una gran responsabilidad en una época en la que las viejas certidumbres se han evaporado. […] El caos ha vuelto. Lo malo es que los seres humanos no reaccionan bien ante la incertidumbre. Los cambios producen, inevitablemente, desazón. Una de las respuestas más habituales es reducir de forma drástica la libertad. […] Creemos que la respuesta ideal pasa por aceptar la complejidad, no por tratar de eliminarla. La complejidad es aterradora, pero también fascinante. Tenemos que tener el valor de enfrentarnos a ella.

Adios, El Blog Salmón, adios

Supongo que era fácil de intuir cuando, hace algo más de un mes, me puse de «vacaciones blogueras«. En realidad, creo que fue algo como lo que se dice en las parejas cuando las cosas no van bien pero no quieres romper drásticamente: «vamos a tomarnos un tiempo de reflexión». Pero rara vez tras esos tiempos de reflexión las aguas vuelven a su cauce, sino que es un primer paso hacia la ruptura definitiva.
Y así ha sido en este caso. Tras casi tres años y casi seiscientos posts, hoy he dado carpetazo a mi labor como editor (y también coordinador) de El Blog Salmón. Son sensaciones extrañas, se hace difícil decirle adios a un proyecto que has visto nacer, que has ayudado a expandirse y que te ha dado un buen puñado de satisfacciones. Pero hay que rendirse a la evidencia y ser honesto primero con uno mismo y luego con los demás, y de un tiempo a esta parte las cosas no estaban siendo igual.
Los motivos ya los expliqué: sensación de agotamiento, de no estar aportando nada interesante, de escribir más por obligación que por devoción. La decisión sobre El Blog Salmón quedó pendiente de ver si esa «devoción» volvía. A lo largo de estas semanas he ido escribiendo en mi blog lo que me ha apetecido y cuando me ha apetecido… y muy pocas de esas cosas tienen que ver con la temática de El Blog Salmón, desde luego no lo suficiente como para justificar el seguir siendo parte del equipo de editores y pensar que en los próximos meses puedo remontar el vuelo. Así que, a pesar de una cierta sensación de nostalgia y «penita» (hay que ser idiota, encariñarse con un blog), hemos «cortado».
Pongo fin así también a mi época de «blogger a sueldo», que empezó precisamente con El Blog Salmón. No es mala actividad, pero siempre y cuando la diversión y la pasión superen a la obligación. Porque si no…

De mercenarios

Ayer, a raiz de un «sucedido blogosférico», me dio por reflexionar sobre la figura de los mercenarios. No hago referencia al sucedido en sí porque no es lo relevante (es decir, no quiero personalizar en el asunto concreto, y menos cuando no conozco detalles), pero sí en la situación genérica.

Los mercenarios tienen un problema: que tan pronto te vienen como se te van. Para mí, un cierto grado de lealtad siempre es un valor.

Nos encontramos este perfil mercenario en muchos sitios: en el ámbito laboral (hoy trabajo en esta empresa, pero pasado mañana me voy a la competencia que me dan más), en el ámbito de las relaciones comerciales (hoy soy cliente de este banco, pero mañana me llevo todo al otro por una décima TAE; hoy soy de esta compañía telefónica, mañana cambio porque me dan un movil nuevo…), en el ámbito de las relaciones personales (hoy estoy contigo, pero mañana me voy con otro que me gusta más).
Vamos a ver, que no se me malinterprete; me parece muy bien que cada uno decida ser como quiera. Es más, creo que lo de «ser mercenario» no es una cuestión de si o no, sino que es un contínuo, y que todos tenemos ciertas dosis de carácter mercenario. Pero creo que en mí es un rasgo menos acusado que en otros, lo cual me lleva a recelar de quien lo tiene más marcado. Hasta el punto de que no me gustaría rodearme de ese tipo de perfiles. Porque son inmunes al compromiso o la lealtad. Tan fácilmente como están contigo un día, pueden irse con otro al día siguiente a poco que haya unas condiciones «mejores».
Sé que va a haber al menos dos objecciones a este planteamiento.
La primera tendrá que ver con el «derecho a prosperar«. Con que los cambios son en beneficio propio, y que tenemos todo el derecho a hacerlos. Hombre, por supuesto, tenemos el derecho (es más, la obligación) de buscar lo mejor para nosotros mismos. Pero hay un par de factores que permiten matizar la cuestión: una es la frecuencia de los cambios (está bien cambiar de vez en cuando, pero si te pasas la vida cambiando… o es que haces los cambios sin ton ni son, o que eres un poco volátil), y otra es la coherencia con que lo hagas (decir un día «ésta es la mujer de mi vida» y al día siguiente irte con otra… pues no; es más comprensible el «creí que las cosas iban a ser de una manera y luego no han sido así, me he equivocado»).
La segunda tiene que ver con la reciprocidad. Por qué vamos a ser leales y a mantener un compromiso con quien no lo hace con nosotros. Por supuesto, está claro que esto de las lealtades es de ida y vuelta, si no estaremos haciendo el tonto.
En fin, sé que estos planteamientos de lealtad o compromiso pueden sonar a antiguo en un mundo de egos hipertrofiados y hedonismo superlativo. Tampoco nos equivoquemos, que yo también hago mis cuentas para valorar qué hago o qué no hago, lo de la fe ciega no es lo mío. Pero en esa balanza, para mí cuentan bastante este tipo de cosas.