Un proyecto de 20 años

Vaya por delante: yo soy del Atleti. O sea, que los Barça-Madrid (como el disputado ayer) los vivo un poco desde fuera, como los vive alguien a quien le gusta el fútbol pero sin la pasión desmedida del fororo. Sin embargo, tengo que reconocer que en los últimos tiempos siento cada vez mayor simpatía por el F.C.Barcelona, en contraposición a una creciente antipatía por el Real Madrid. Y no se debe a un presunto «antimadridismo» propio de un colchonero (cualquiera que me conozca sabe que a mí eso de definirme como «anti» nada es algo que no me va; estar a favor de algo no tiene por qué ir vinculado a estar en contra de quien piense lo contrario). Simplemente: me gusta más su estilo, tanto dentro como fuera del campo. Destila eso que se llama «seny», una cualidad que me gusta.
Después del partido de ayer, que terminó con un rotundo 5-0 a favor de los blaugranas, estuve escuchando un rato de la conferencia de prensa de Guardiola. Hay gente que no le traga, que dice que es todo pose. Pero a mí me gusta lo que dice, y cómo lo dice. El fondo, y la forma.
El caso es que, entre todas las cosas que dijo, hubo una que me gustó especialmente. En un momento de triunfo, que otros no hubieran dudado en reclamar para sí mismos, Guardiola expuso con gran naturalidad el carácter colectivo del mismo. Haciendo énfasis, especialmente, en la dimensión temporal. El Barça de hoy es lo que es, porque hace 20 años alguien definió cómo quería que fuera el futuro, qué estilo (tanto dentro como fuera del terreno de juego) quería asociar al club. Y desde entonces todos (presidentes, directivos, entrenadores, técnicos, jugadores, ojeadores, cantera…) han trabajado sobre esa «hoja de ruta» de forma constante. Por supuesto, en 20 años ha habido altos y bajos. Pero la brújula siempre ha apuntado al mismo norte, y eso ha ayudado a tomar decisiones.
Así, el hoy entrenador fue un joven jugador que hace 20 años empezó a mamar esa idea de club. El hoy buque insignia del equipo, Xavi, hace 20 años era un chavalín que fue seleccionado, educado… en esa idea, y además teniendo como ejemplo a sus mayores con los que compartió vestuario. Los que hoy empiezan a llamar a las puertas del primer equipo hace 20 años no habían nacido. El único Barça que han conocido ha sido éste. Igual que Xavi, pero 10 años después, han sido seleccionados y criados bajo el mismo esquema, y con los mismos ejemplos. Dentro de 10 años seguramente Thiago o Messi afrontarán el ocaso de sus carreras, habrá otros (que ahora tendrán 10 años) tomando el relevo, y habrá otros (los que están naciendo ahora) que empezarán a alimentar la cantera.
Una idea, germinando durante 20 años.
No pude por menos, mientras escuchaba a Guardiola, que pensar en España como país. Inmersos en una crisis de caballo, respecto a la que ya dije hace tiempo (va para dos años) que era enormemente pesimista. Vemos como los políticos se dan por satisfechos (¡manda narices!) con aplicar parches cortoplacistas («a ver si hay suerte»), echar la culpa a los de afuera, cuando no directamente se lavan las manos. Eso los que gobiernan, mientras los otros se frotan las manos esperando a ver cómo caen los rivales como fruta madura para así subirse a la poltrona sin aportar nada valioso. Y, con este panorama, aún se quejan de que «no hay confianza en España». ¿Pero qué confianza va a haber? ¿Alguien ha dicho, se ha parado a pensar si quiera, qué idea de España quieren poner en marcha, qué proyecto de país queremos para dentro de 30 años, qué «hoja de ruta» vamos a seguir, a dónde va a apuntar nuestra brújula? Sin eso… ¿qué medidas se van a tomar? Pues las que estamos viendo: reformas superficiales, hechas deprisa y corriendo, un día en un sentido y al día siguiente en sentido contrario… de las que encima se esperan resultados milagrosos. Vamos dando palos de ciego. Así, ¿qué confianza vamos a generar?
Un proyecto de país. Una idea que poner a germinar. La conciencia de que el corto plazo probablemente no tiene arreglo, que los esfuerzos que hagamos ahora empezarán a dar sus frutos dentro de unos años. Pero si al menos somos capaces de transmitir, tanto al exterior como a nosotros mismos, que tenemos un plan, una estrategia, que sabemos a dónde vamos… empezaremos a dar pasos sensatos, coordinados, orientados. Y la confianza empezará a fluir.

La reforma laboral que necesita España

Estamos en unas semanas donde «reforma laboral» está, cada día y el de enmedio, en las portadas de los periódicos. Unos que la piden, otros que dicen que ni de coña, pero bueno luego igual sí, pero poco, que se pongan de acuerdo entre ellos, pues ya veremos…
Personalmente, creo que España necesita una reforma laboral (y otras muchas reformas) como el comer. Pero lo que voy viendo me resulta muy decepcionante. Si fuese un edificio, España necesitaría tirar tabiques, cambiar tuberías e instalación eléctrica… vamos, una reforma en toda regla. Y sin embargo, parece que todo se va a solucionar con una manita de pintura.
La reforma que, en mi opinión, necesita España es radical. E impopular. Por eso seguramente no se llevará a cabo. Ningún partido político podría prometerla en su programa electoral (porque perderían las elecciones), ningún gobierno la impulsaría (porque la gente se le echaría a la calle). Así que así seguiremos, languideciendo como país, con cifras de productividad cada vez más alejadas de los países de nuestro entorno, con gasto público insostenible… ¿Hasta cuándo? Hasta que nos demos cuenta de que no hay más dinero en la hucha, que no podemos endeudarnos más porque nadie quiere prestarnos, que simplemente no hay dinero para pagar pensiones, ni paros, ni sanidad ni educación ni obra pública. Y entonces miraremos al cielo y diremos «por qué, por qué».
¿Cuáles son, para mí, algunos conceptos básicos de esta reforma laboral necesaria?

  • Entender que el trabajo no es un «derecho adquirido»: nadie «nos debe» un trabajo. El trabajo tenemos que merecerlo nosotros mismos demostrando (y desarrollando) nuestras capacidades, nuestra involucración, nuestro esfuerzo. Y tenemos que hacerlo día tras día. Si lo hacemos así, no nos faltará trabajo, ya que seremos el «trabajador perfecto» con el que cualquier empresario quiere contar. Y si no hay empresarios que cuenten con nosotros, tendremos que arremangarnos y convertirnos en empresarios nosotros mismos. Lo que no vale es sentarse a esperar «a que me den un trabajo», y quejarse porque nadie lo hace. O una vez conseguido un trabajo, «relajarse» porque ya tengo trabajo y luego quejarse cuando uno se queda sin él.
  • La empleabilidad es una responsabilidad esencial del trabajador. «A mí, que me formen» no es aceptable. Es uno mismo el que tiene que hacer el esfuerzo por desarrollar sus capacidades, por adaptarlas a las necesidades presentes y futuras del mercado de trabajo. Va en ello su capacidad de encontrar y mantener un trabajo en el futuro. ¿Que cuesta esfuerzo? Pues sí, claro, pero es lo que hay ¿Que no lo quiere hacer? Perfecto, pero luego no vale quejarse, ni esperar que otros resuelvan lo que tú no has querido resolver.
  • Con ese concepto de «ganarse el derecho a trabajar día a día», carece de sentido el concepto de «contrato indefinido». Un contrato debe durar en la medida en que ambas partes estén satisfechas. Si por alguna razón una de las partes deja de estarlo, el contrato debe poder romperse, sin más. Sin aspavientos. ¿Despido libre? Sí. ¿Con alguna indemnización? Según el caso. Y desde luego, no como son ahora.
  • Las indemnizaciones vinculadas al tiempo de permanencia en el puesto de trabajo son una idea terrible. Da igual que sean 45 días por año trabajado, 33, o 20. Sobra el «por año trabajado». El despido de cualquier trabajador debería costar lo mismo. El único criterio que debería pesar para un empresario a la hora de decidir con qué trabajador cuenta o con cuál no es si es bueno, si es productivo. La situación actual provoca que en muchas ocasiones pierdan su trabajo personas mejor dispuestas y preparadas por el único motivo de que «cuesta menos» despedirlas.
  • El despido procedente debe ser mucho más habitual. Hoy por hoy es dificilísimo conseguir la calificación de «procedente» para un despido, incluso en situaciones de abusos palmarios. Una legislación excesivamente garantista hace que se permitan abusos intolerables por parte de determinados trabajadores; al final, el único recurso para el empresario es asumir y pagar un «despido improcedente». De nuevo, costes de fricción artificiales que dificultan quedarse con las personas más productivas y deshacerse de las que presentan actitudes y comportamientos negativos.
  • Para evitar abusos, en uno u otro sentido, el cuerpo de Inspección de Trabajo debe estar dotado de recursos suficientes. Las investigaciones deben ser rápidas y eficaces, tanto ante denuncias como de oficio. Se trata de investigar, de forma independiente, las situaciones de conflicto que se puedan dar en las empresas. Y de tomar las decisiones justas, bien sea a favor del empleado o del empresario.
  • Las indemnizaciones, y la protección social (el paro) deben ser ajustadas. Se trata de evitar que el trabajador, y su familia, se mueran de hambre. Pero deben ser, a la vez, un incentivo para buscar trabajo cuanto antes. No puede ser que se perciba el paro como un medio de vida, «bueno no tengo trabajo pero como tengo el paro… no tengo prisa». Es una sangría para las cuentas públicas, y un incentivo negativo para la búsqueda de empleo.
  • Los «derechos sociales», por muy deseables que sean, no son conquistas irrenunciables. Básicamente, porque cuestan dinero. Cuesta dinero tener protección por desempleo, cuesta dinero pagar pensiones, cuesta dinero la sanidad pública, cuesta dinero la educación pública, cuestan dinero las bajas laborales, las jornadas limitadas, las vacaciones pagadas… Ese dinero sale de las arcas públicas. Y ese gasto sólo es sostenible en la medida en que haya ingresos que lo compensen. Si no hay ingresos, habrá que ir pensando en renunciar a ello. Igual que una familia que, cuando le van bien las cosas, puede permitirse tener un coche, una casa, vacaciones, viajes, comidas fuera… pero cuando van mal las cosas tiene que asumir que no puede ir de vacaciones, que no puede tener una casa en propiedad (y quizás tenga que vivir de alquiler en un piso compartido), que no puede comprarse una tele de plasma. «Ni un paso atrás» es un slogan muy bonito, pero si no hay dinero para mantener un ritmo de vida, habrá que reducirlo. Y esto, que se entiende tan bien en materia de economía doméstica, parece que si lo elevamos a nivel país es una aberración, cuando la lógica es exactamente la misma.

Sí, lo sé, suena duro. Es que lo es. Pero no veo que las cosas puedan funcionar de otra manera. Nos hemos acostumbrado a vivir en «los mundos de Yupi» mientras vivíamos «de prestado» construyendo un país sobre sectores inflados artificialmente, y con el maná europeo fluyendo sin parar. Como niños de papá, manteniendo un elevado tren de vida a costa de un dinero que no era nuestro, y que nos llegaba sin demasiado esfuerzo. Ahora todo eso ha desaparecido. Ya no hay más patrimonio que fundirse. No podemos mantener el mismo ritmo de vida de nuevos ricos que nos hemos marcado en las últimas décadas. Tendremos que adaptar nuestro tren de vida a los ingresos que seamos capaces de generar por nosotros mismos. Y si queremos volver al que hemos disfrutado hasta ahora, tendrá que ser a base de mucho esfuerzo, individual y colectivo. Y pretender otra cosa es, en mi opinión, una ilusión irrealizable.
Asumo que haya gente que no esté de acuerdo con lo que digo. Agradecería que esos desacuerdos se expresasen de forma correcta, y a ser posible argumentada.

Sobre el cierre de Soitu

Hoy a mediodía ha saltado la noticia del cierre de Soitu. ¿Qué es Soitu? Un periódico online, que nació hace casi dos años. A mí personalmente me gustaba, tanto por la selección de noticias (alejadas de los medios tradicionales) y por el enfoque fresco y «desenfadado» que le daban. Y me da pena que tengan que echar la persiana; según parece entenderse, no han conseguido tener beneficios nunca y el inversor principal (BBVA) ha decidido dejar de poner dinero.
Lo cual nos lleva, una vez más, al debate del valor aportado. Para empezar, Soitu era un medio gratuíto. No cobraba a sus usuarios. Y creo que no cobraba porque no podía cobrar, poca gente hubiese pagado una suscripción a cambio de esos contenidos (ahora saldrá mucha gente diciendo que sí, que ellos sí hubiesen pagado… yo lo dudo). Modelo «free», entonces. Pero como dije hace un tiempo, alguien tiene que pagar en la economía de lo gratis, porque los locales no se pagan solos, los equipos tampoco, los profesionales tampoco. Si no son los usuarios tendrán que ser unos anunciantes a cambio de mostrar su publicidad. Y si no, tendrán que ser los accionistas los que pongan dinero. En todo caso, sea quien sea el que paga, hay que ofrecerle un valor a cambio. Si no, «no hay trato».
Que Soitu tenga que cerrar no es más que la certificación de que no consiguió ofrecer valor suficiente a quien debía ofrecérselo, aquéllos en condiciones de generarles unos ingresos suficientes para compensar gastos. Ni a los usuarios (¿era un contenido tan sobresaliente como para que se pagase por ellos? ¿hay posibilidad, en la internet de hoy, de cobrar por contenidos?), ni a los anunciantes (¿consiguió llegar a tener un volumen de visitantes interesantes? ¿resulta rentable la publicidad a base de banners?), ni a su accionista (¿qué le aportaba Soitu a BBVA ahora o en el futuro?). Entonces, como ya sucedió en el caso de Mobuzz, el cierre es algo lógico. Y, si nos atenemos a la lógica económica, incluso bueno; los recursos que se estaban invirtiendo en esa iniciativa estarán mejor aprovechados en otro sitio, uno donde sí generen un valor suficiente como para que alguien quiera pagar por ello.

El mercado y la gravedad

Hoy he tenido un entretenido intercambio de tuits con @sociologizando. Todo ha surgido con un planteamiento suyo, hablando del mundo del trabajo, donde decía que «los empleadores deberían pagar a sus empleados lo que se merecen». Ahí le he respondido yo que eso de «merecer» no es algo objetivo, que los precios en el mercado de trabajo (como en cualquier otro) se fijan en base a la oferta y la demanda… y a partir de ahí nos hemos liado en una conversación (creo que twitter no era el canal más apropiado, pero no se nos ha dado mal) sobre si el mercado era «justo» o si era «perfecto»
En realidad se trata de una conversación que se repite de forma recurrente. Yo empiezo a hablar de la lógica de los mercados, y siempre sale alguien hablando de «lo justo», «lo ético», «lo correcto»… Entonces yo trato de explicar que la lógica de los mercados es la que es, y alguien acaba diciendo que yo soy un «defensor del mercado» o un «fundamentalista» (no ha sido el caso de Pablo, que no ha llegado a este extremo; pero creo que no le faltaba mucho 🙂 ).
Y a mí me hace gracia escuchar eso. Nadie discute hoy en día la ley de la gravedad: si dejas algo suspendido en el aire, se cae (bueno, Newton lo dice mejor, pero por resumir 😀 ). A nadie se le ocurre decir que «la ley de la gravedad no es justa» o que «la ley de la gravedad no es ética» o que «la ley de la gravedad no es perfecta». No sé si es justa o ética o perfecta, pero me da igual; es como es, y no puede ser de otra manera. Y por decir que «si dejas algo suspendido en el aire, las cosas se caen», nadie me llama «defensor de la gravedad» o «fundamentalista de la gravedad».
Y sin embargo, con el mercado sí ocurre, cuando desde mi punto de vista es tan «impepinable» como pueda serlo la gravedad. En condiciones normales, por nuestra propia naturaleza, tomamos decisiones respecto a la utilidad de lo que nos desprendemos vs. la utilidad que vamos a obtener a cambio (conceptos ambos subjetivos); eso determina el precio que estamos dispuestos a pagar/cobrar por algo. El agregado de las voluntades individuales forma las curvas de oferta y demanda, y allí donde se cruzan se formaliza el intercambio.
Por supuesto, el mercado tiene efectos negativos (igual que los tiene la gravedad; que se lo digan a la cabeza de Newton). Y se proponen medidas para limitar esos efectos negativos en la medida de lo posible, y está bien. Pero no se puede pretender definir una alternativa al mercado, «que no exista el mercado porque no es justo», igual que resultaría absurdo pretender «que desaparezca la gravedad porque no es justo que te caigan cosas en la cabeza». Hombre, si nos ponemos cabezones, podemos intentarlo: pero más tarde o más temprano tendremos que rendirnos a la evidencia de que hay cosas que son como son, y no pueden ser de otra manera: las cosas no dejarán de caerse, y las mareas no se retirarán.

Nacionalismo económico como herramienta de marketing

Nacionalismo económico como herramienta de marketing

El otro día, al ir a tirar las etiquetas de una prenda recién comprada, me llamó la atención leer esto: «Fabricado 100% en España. Comprando este producto contribuye a mantener un puesto de trabajo».
Son tiempos de crisis, y todo vale para conseguir una venta. Incluso apelar a cierta solidaridad entre compatriotas, o a la culpabilidad («con la que está cayendo, ¿va usted a comprar productos fabricados en otros países mientras aquí tenemos que despedir a gente como usted?»).
No sé, a mí el argumento no me gusta demasiado. El producto se valora en función de su calidad y su precio. Que haya sido fabricado en España, si no se traduce en ninguna de esas variables, no influye en mi decisión de compra. Pero claro, eso soy yo. Igual hay gente que sí prefiere pagar más, o comprar un producto peor, sólo por el hecho de estar fabricado en tu mismo país…

La realidad del paro en España

Me parece que este comentario, que leo en Joldi’s web (no hay permalink, pero es una anotación del 15 de abril de 2009) lo clava:
«Hay quién siguen sin enterarse que España nunca volverá a ser en lo económico la de hace tan sólo un par o tres de años. Que jamás el sector de la construcción y afines volverán a absorber tanto factor trabajo como años atrás, y que lamentablemente, se quiera o no reconocer, poca de esta mano de obra podrá ser recolocada en otros sectores productivos. No hay, ni habrá sector que coja el tan ansiado relevo a la construcción. Y olvídense de papanatas de crear de la nada sectores de valor añadido de I+D. Eso requiere, tiempo (que ya no hay) y dinero (que ya no tenemos). El desajuste entre oferta y demanda de mano obra, es, y seguirá siendo brutal. Sobra mucha mano de obra, con independencia que se precarice todo lo que se quiera el mercado de trabajo español. Aún y con estas, seguirá sobrando muchísima mano de obra. Y para mayor abundamiento necesitamos mejorar la productividad, eficiencia, de nuestro mercado de trabajo, lo que aún requerirá desprendernos aún de más mano de obra».

Los pobres autónomos

Leo en El País un artículo sobre las dificultades de los autónomos. Interesante, y seguramente muy cierto… aunque no comparto para nada el cierto tono «lastimero» que se desprende de muchas intervenciones. Cuando uno es autónomo, profesional independiente, freelance o como se quiera llamar… es empresa. Igual, ya lo he dicho, que si uno es «asalariado»; también hay un mercado de trabajo, que funciona exactamente igual.
Y como tal, uno se tiene que someter a las implacables leyes del mercado, oferta y demanda. Si consigues ofrecer valor añadido y diferencial, tendrás demanda y podrás generar beneficio. Si no ofreces valor añadido, si hay mucha competencia en tu sector… oferta supera a demanda, caen los precios. Y si no te gusta esa situación, pues a cambiar de actividad o de sector: de hecho en eso se basan los ajustes de mercado, en que ante un equilibrio desfavorable mucha gente sale del mercado, provoca cambios en la oferta o la demanda y un nuevo equilibrio con unas nuevas condiciones.
Me ha resultado especialmente reveladora una frase de un representante de fotógrafos: «Pero el mayor problema es que dentro de los freelance hay mucho intrusismo. Hoy no es tan caro un equipo profesional, por 6.000 euros te compras uno bueno, y en los periódicos hasta el becario no sólo escribe el texto sino que hace las fotos. También a nosotros nos piden que además mandemos un texto».
Eh, cuidado, que ahora cualquier «piernas» llega y hace fotos. ¡Intrusismo! Me llama poderosamente la atención la gente que, a la competencia, le llama intrusismo. Hombre, ya imagino que vivirían mejor en situación de oligopolio (por causas técnicas, como lo difícil/caro que era antes para un amateur obtener resultados «profesionales»; por el control de canales de distribución; o por barreras artificiales del tipo «aquí sólo sacas fotos si eres miembro de nuestra asociación»), pero me parece inmoral sugerir que hay que crear «profesiones protegidas de la libre competencia» para que vivan más cómodos.
«La competencia de los amateurs» es un problema, ya me doy cuenta. Pero oiga, es lo que hay. Si un profesional no es capaz de generar un valor añadido superior al que consigue cualquier «intruso» por mucho menos precio… pues tiene un problema. Pero la solución eficiente para el conjunto de la sociedad (para él sí, claro, sería cojonudo) no pasa por crear «corralitos exclusivos» para protegerle de la competencia.

Los bancos, los créditos y el Gobierno

Bueno, pues venga, a completar mi semana neoliberal y neocon. Hoy, los bancos y los créditos.
En los últimos días asistimos en España a una pugna entre el Gobierno que presiona a los bancos para que den más créditos (que ayudarían a reactivar la economía española… aunque sea a corto plazo) y los bancos que dicen que ellos encantados, pero que prestarán a quien ellos quieran que para eso es su dinero, y que es una irresponsabilidad dar créditos a diestro y siniestro.
Ya lo adelanto, voy con los bancos.
Veamos, los bancos no son un instrumento de la política monetaria del Gobierno, ni son una ONG. Son un agente económico independiente, negocios que buscan su máxima rentabilidad. Toman un dinero prestado a un tipo de interés (y si no te gustan sus condiciones, no les des el dinero y te lo guardas debajo del colchón), y lo prestan a otro tipo de interés más alto (y si no te gusta, pues vive con el dinero que tengas en vez de adelantar el dinero que ganarás, presuntamente, en el futuro). El tipo de interés que fijan para sus operaciones es el que quieren, no está regulado: lo que sí existe es competencia entre ellos (y surgen las carreras por dar depósitos más caros, o por dar hipotecas más baratas), que es lo que viene a estabilizar un tipo de interés «de mercado» (porque si alguno se sale de madre, perderá clientes).
La crisis financiera de 2008 surge cuando algunas entidades, atraídas por el «caramelo» de las altas rentabilidades, invirtieron en activos «peligrosos» (las hipotecas subprime) incurriendo en un riesgo excesivo. Ellas pensaban que lo controlaban, pero se les fue la mano. En principio, tampoco debería haber habido mayor problema: el que invirtió mal, que se fastidie y asuma las pérdidas, fin de la historia.
El problema, aparte de las pérdidas (más o menos cuantiosas), se transformó en un problema de liquidez. Los bancos necesitaban el dinero fresco que pensaban ganar para pagar, a su vez, sus deudas. Al no recibirlo, se encontraban con que no podían pagar. Tenían falta de liquidez. La forma de arreglarlo era pidiendo dinero a otros bancos… pero claro, los otros bancos se mosquean, «a ver si éstos luego no van a poder devolverme» y les suben los tipos de interés. «Si quieres te dejo dinero, pero me pagas más intereses». Aun así, muchos bancos decidieron que mejor no prestar a nadie.
Esta situación tuvo un efecto triple:
a) Como no tenemos mucha liquidez, dejamos de dar créditos. Nos gustaría, pero no tenemos «suelto». Muchas empresas, que dependen de ese crédito para financiar sus operaciones (necesitan dinero para pagar sus deudas mientras que ellos cobran las suyas) de repente se ven sin ese recurso… y empiezan a retrasar sus propios pagos, a no poder hacer frente a ellos… mientras que a su vez ven que quienes les debían dinero no les pagan.
b) Como los tipos de interés de mercado suben, el euribor (que no es más que un reflejo de esos tipos, nada más) también sube y encarece las hipotecas.
c) Algunas entidades van tan justas de liquidez que corren el riesgo de no poder devolver los depósitos de sus clientes. Y eso sería el acabose, porque significaría que la gente no podría recuperar sus ahorros… muy mal rollo.
Ante esta situación, los Gobiernos hicieron cuatro cosas principalmente:
a) Actuar como prestamista de los bancos: como entre vosotros no os dejáis dinero, voy a abrir yo líneas de crédito para inyectar liquidez al sistema. Me lo tenéis que devolver, por supuesto, pero de momento solucionamos la papeleta a corto plazo.
b) Bajar los tipos de interés oficiales: no sólo os presto dinero, sino que además lo hago a un tipo de interés más reducido que el de mercado. Aunque con un cierto tiempo de decalaje, eso se traslada a los tipos de interés de los préstamos entre los bancos (porque si las Administraciones me prestan a X, no te voy a pedir dinero a ti a X+2%) y acaba repercutiendo en el euribor, aflojando la presión sobre los hipotecados.
c) Ampliar el límite de aseguramiento de los depósitos de los usuarios con el famoso «Fondo de garantía»: no creemos que suceda eso de que los bancos no os puedan pagar los depósitos. Pero si sucede, no os preocupéis que el Estado os respaldará. Al final, el objetivo era tranquilizar a la opinión pública y evitar que, víctimas del pánico, se lanzasen en masa a retirar sus depósitos (situación para la que, ni en condiciones normales, ningún banco está preparado: no tienen tu dinero allí esperándote, sino que lo utilizan para prestarlo a otros, etc…)
d) Inyectar aún más liquidez a los bancos comprándoles activos. Vale, yo os doy para que tengáis dinero «suelto», pero a cambio nos tenéis que dar esos activos.
Prestemos atención. Entre todas estas medidas, en ningún sitio el gobierno ha dado dinero «por la cara» a los bancos. Se lo han prestado (a cambio de que lo devuelvan en el futuro) o se lo han cambiado por otras cosas. En ningún caso «se les han cubierto sus pérdidas», «les dan nuestro dinero a los bancos», «cuando los bancos pierden pagamos todos, pero cuando ganan se lo quedan ellos», etc. Que son cosas que he oído con cierta frecuencia en estos tiempos (incluídas personas presuntamente preparadas), y simplemente no es verdad. El objetivo era que los bancos pudieran recuperar la situación de liquidez que necesitan para hacer negocios, y evitar el riesgo de que esa falta de liquidez pudiese tranformarse en impagos.
Bueno, pues después de estas actuaciones, se supone que los bancos pueden estar jodidos (porque las malas inversiones que hicieron se las tienen que comer, son pérdidas o menos beneficios para ellos) pero tienen liquidez. En teoría, tienen dinerito fresco para seguir prestando, pagando sus deudas… y seguir haciendo su actividad habitual de intermediación.
Pero hete aquí que, entre tanto, la situación de la economía real se ha deteriorado. En parte por la crisis de crédito, y en parte (en mi opinión, en España de forma muy notable; por eso estamos sensiblemente peor que otros países de nuestro entorno, a los que la crisis de crédito también ha afectado pero no tenían «el extra» del problema estructural) por el propio agotamiento del modelo económico. Las empresas no es ya que tengan problemas de financiación; es que tienen problemas para vender. Y no sólo porque sus compradores «no tengan dinero», sino porque aunque lo tengan no quieren comprar, visto cómo está el panorama. Y si las empresas no venden, los empleos se destruyen: quien está en el paro no va a dedicarse a gastar alegremente, y quien todavía tiene trabajo prefiere guardar «por si acaso».
En este contexto, los bancos que ya tienen «dinerito fresco» dicen… coño, ahora no lo presto. Porque si lo presto, corro el riesgo de que no me lo devuelvan. ¿Cómo le voy a prestar dinero a esta empresa, si veo que se está yendo al hoyo? ¿Cómo le voy a prestar dinero a este individuo, si creo que su puesto de trabajo peligra? Normal. Es su dinero (recordemos; nadie les ha regalado dinero de las cuentas públicas), y ellos deciden el riesgo que quieren asumir (que es más bien poco, y más después de haber patinado con los «subprime» y de haber encajado las pérdidas).
El Gobierno se encabrona. Dice que «los bancos tienen que prestar» y que «se les acaba la paciencia». Coño, qué fácil es decirle a los demás lo que tienen que hacer con su propio dinero. Los bancos, lógicamente, se resisten: que preste el Gobierno su propio dinero si quiere; o que asuman el riesgo de los impagos; que ellos no tienen por qué hacerlo.
Detrás de esto, al final, está la creencia del Gobierno de que «si inundamos el mercado de crédito, el consumo se reactivará, las empresas volverán a funcionar, contratarán a gente y todo volverá a ser como antes». Algo que yo pienso que es falso; el sector inmobiliario y constructor no va a ser como era antes, el sector industrial seguirá erosionándose en el contexto de globalización, etc, etc. La crisis de crédito es coyuntural, pero la crisis gorda es la estructural. Los bancos, me da la impresión, piensan como yo. Por eso no prestan dinero, porque saben que no es verdad que «todo volverá a ser como antes», y que en los próximos años va a ser difícil recuperar una buena parte de lo que presten ahora.
Luego están los que opinan que «los bancos son los culpables de la crisis, ahora que apechuguen». De nuevo, bajo la concepción de que aquí el único problema ha sido financiero (en el que los bancos sí han tenido un protagonismo claro) y que tienen una especie de «deuda moral» con la sociedad. Pero lo cierto es que los bancos ya están apechugando, comiéndose las pérdidas derivadas de su exposición a activos tóxicos (unos más, y otros menos; cada uno en función de lo aplicado que fuera en la gestión de sus riesgos), y en buena lógica hasta ahí llega su responsabilidad: lo de las «deudas morales» es muy subjetivo y no entra en ningún balance.
Obligarles ahora por decreto a dar créditos de los que saben que no van a recuperar una parte es completamente ajeno al estado de derecho, un paso peligroso para la seguridad jurídica necesaria para la actividad económica. Hacerlo indirectamente mediante la presión (señalándoles con el dedo para que el público en general se les eche encima) no es, evidentemente, mucho mejor. Pero lo peor de todo es que, aunque acabaran claudicando e inundando el mercado de créditos… no estaríamos nada más que poniendo un parche a corto plazo, gestando una nueva crisis subprime (gente que no devuelve sus créditos fue la base de todo el problema) y sin arreglar los problemas de fondo.

El grial del contrato fijo

Va de economía y empleo. Me temo que con este post reforzaré las ideas de quienes perciben en mí un «sutil tufillo a posicionamientos conservadores-neoliberales«. Pero es que hay cosas que no llego a entender (si alguien me quiere dar opiniones en contrario las leeré gustoso y como siempre, si me hacen cambiar de opinión, me la envainaré sin problemas).
Dicen los empresarios que el despido debería abaratarse. Dice el ministro que ni de coña, que el problema es que ya hay demasiada flexibilidad (y, ésa es otra, que la crisis es financiera y que es lo único que hay que mirar; lo que yo digo, de preocuparse de los problemas subyacentes del país nada, como para ser optimista).
El argumento del ministro Corbacho me parece de coña: hay demasiado empleo temporal, por eso se ha destruido empleo con tanta rapidez… ergo el problema es que el empleo es demasiado flexible. Lo que viene a insinuar es que si todo fueran contratos fijos, y si las indemnizaciones por despido fuesen más cuantiosas, el paro no crecería tanto. No, por supuesto que no: simplemente habría empresas incapaces de ajustar sus costes a la reducción de la demanda, empresas que obligadas a «o te quedas con todos los trabajadores, o cierras» tendrían que cerrar, y todos a la calle. Eso sí que es una solución productiva…
Señor Corbacho, si hay tanto contrato temporal, y tan poco contrato fijo… es porque el contrato fijo no tiene ningún sentido en la economía de hoy, y ningún empresario en su sano juicio puede querer meterse en semejante embolado.
La obsesión con los «contratos fijos» es algo que siempre me ha sorprendido. Tengo amigos que, tras pasarse 2 años con contratos temporales, celebraban que «les habían hecho fijos». Yo les miraba y pensaba «pues no es para tanto, simplemente les va a costar dos duros más echarte». Sin embargo, para mucha gente (y por lo que parece también al ministro), «contrato fijo» equivale poco menos que a «contrato blindado».
Y algo de «blindaje» tiene. Porque el contrato fijo significa, en esencia, crear una barrera a la ruptura del contrato. Barrera que solo aplica, por cierto, en favor del trabajador: si el empresario quiere poner fin a la relación laboral (casi por cualquier motivo: lograr la calificación de despido procedente es una utopía incluso con motivos de peso) tiene que pagar una indemnización. Si el trabajador quiere poner fin a la relación laboral… simplemente se va. Es decir, para el empresario no hay ningún incentivo intrínseco para hacer contratos fijos (aparte de que coyunturalmente se establezcan artificialmente vía deducciones en cuotas de la seguridad social, etc.); es más, hay un incentivo negativo porque hacer contratos fijos significa atarse de pies y manos si en el futuro, por cualquier razón, decide dejar de contar con ese trabajador.
Para mí el contrato fijo es una figura obsoleta. Creo que responde a dos concepciones del mundo laboral ya superadas:
a) El empresario explotador (el del monóculo y el sombrero de copa que fuma en puros sentado sobre montones de bolsas de dinero) frente a las masas proletarias subyugadas, que hacen necesaria una legislación garantista con los derechos del trabajador. Pero pese a que a algunos les siga gustando usar el recurso demagógico y sacar cada dos por tres a paseo la lucha de clases, lo cierto es que las relaciones laborales en España distan mucho de ese esquema. Según datos oficiales (pdf), el 94,1% de las empresas se encuadran en la categoría de microempresas, que cuentan entre 0 y 9 asalariados. En esas empresas, la realidad es que empresario y trabajadores no responden a esa imagen de «lucha de clases», sino que más bien son todos compañeros, en las que el empresario es un trabajador más (probablemente el que más pringue de todos). Para esa realidad laboral, la imposición de un contrato tan profundamente desequilibrado en derechos y obligaciones entre las partes como es el contrato fijo es un despropósito.
b) La concepción del puesto de trabajo como algo estable a lo largo de la vida laboral. En el siglo XX, la evolución de las empresas se producía a un ritmo tan lento que era factible aquello del «empleo para toda la vida». Una persona podía entrar de aprendiz en una empresa y jubilarse en ella sin que en ese lapso de tiempo cambiaran mucho las exigencias de su puesto. En un entorno económico estático, las fluctuaciones que afectaban a las empresas (nuevos mercados, nuevos competidores, nuevos productos) se sucedían de forma tan pausada que se podían asumir estructuras fijas sin implicar apenas riesgos. En ese escenario era factible apostar por establecer una relación a largo plazo con un trabajador: mal que bien podía cumplir su función a lo largo de los años. Pero ya no vivimos en ese entorno. Todo es infinitamente más dinámico, las cosas cambian de un mes para el otro, la globalización ha incrementado dramáticamente las urgencias competitivas, las empresas nacen, crecen y desaparecen a un ritmo infernal, el ciclo de vida de los productos es un suspiro, las habilidades requeridas en las personas cambian a la misma velocidad. En este contexto, sé que te necesito hoy pero no sé si te necesitaré dentro de tres meses. ¿Qué sentido tiene que te haga un contrato fijo? Es tirar piedras contra mi propio tejado.
El futuro del empleo pasa por la flexibilidad, cuanta más mejor. Me parece que es impepinable, es lo que exige la realidad de la economía. No es una opción, ni un deseo. Es un hecho. Dicen los de la «lucha de clases» que cómo van a retroceder en la conquista de derechos sociales y blah, blah, blah… pero seguir haciendo del «contrato fijo» una bandera es vivir en los Mundos de Yupi. Nadie en su sano juicio va a querer hacer contratos fijos, porque son un lastre. Entiendo que molaría que fuese de otra manera, pero es lo que hay.
Nunca he sido empresario. Pero si lo fuera, tengo claro que tengo que poder decidir en cada momento con qué personas quiero contar, tanto en número como en perfiles. Cuando las necesite, las contrato. Cuando no las necesite, lo siento mucho pero no soy una ONG, no quiero mantener un puesto de trabajo que no necesito, ni verme obligado a trabajar con alguien que no quiero. Y si se me ponen barreras a eso (que me parece un mínimo imprescindible) tengo dos opciones: o me voy a otro sitio donde no me las pongan, o directamente paso de crear empresa ni de dar trabajo a nadie, y me quedo esperando a ver si alguien me soluciona la papeleta. Obviamente, cualquiera de las dos opciones es mala para el empleo: sin empleadores, no hay empleo.
De hecho, para mí el modelo de relaciones laborales que tiene más sentido es más bien un modelo de relaciones profesionales: todos autónomos que prestan servicios a otros autónomos, nos contratamos cuando nos necesitemos, trabajamos juntos mientras nos vaya bien a los dos, y en el momento en el que a alguno no le satisface la relación se le pone fin sin fricción ni coste ninguno y a otra cosa.
Hale, se abre la discusión. Asumo el «tufillo neoliberal», pero no es un posicionamiento ideológico sino (para mí) la deducción lógica derivada del análisis de la realidad. Agradeceré que quien no esté de acuerdo con lo que digo me dé argumentos, y me explique cómo considera que encaja su alternativa en el escenario real de la economía del siglo XXI.