Quien hace un cesto, hace cientos

Cesto 6

Eso dice el refranero. Así que (si me dan mimbres y tiempo, que dice la segunda parte del refrán) yo ya puedo hacer todos los que quiera. Y es que una de las actividades que me ha servido de entretenimiento estos días ha sido precisamente hacer un cesto de mimbre. Mi madre, que siempre ha tenido muy buena mano para estas cosas (y lo mismo restaura muebles que pinta cuadros, cose que encuaderna libros, pinta figuritas o hace composiciones de flores secas… etc.) estaba probando a hacer cestos de mimbre, y ahí que nos pusimos la familia al completo a hacer nuestro cestito.
Para mí, que siempre he sido bastante peor para hacer cosas con las manos que con la cabeza, me producen mucha satisfacción estos pequeños logros, lo mismo que colgar una estantería, o arreglar un enchufe. El mundo moderno (y más para los «trabajadores del conocimiento») nos ha alejado de las actividades manuales probablemente más de lo recomendable. Así que no está de más, de vez en cuando, intentar hacer alguna cosa así, que nos conecte de nuevo con nuestra capacidad transformadora. Es más sencillo de lo que parece, basta con que alguien te dé unas indicaciones, y distrae enormemente la cabeza.
Yo, de momento, tengo un cesto :). Por cierto, se pueden ver más fotos del cesto de mimbre en mi página de flickr. Están tomadas a última hora del día, con el sol casi poniéndose, y con el cesto en una mesa de cristal (a la que podía haber quitado el polvo, también es verdad) que genera unos interesantes reflejos.

Atardecer en Salamanca

Atardecer en Salamanca

Unos días en el hogar familiar en Salamanca fueron la segunda etapa de nuestras vacaciones.
No es porque sea mi ciudad, hay que reconocer que Salamanca es una ciudad realmente fotogénica. El sol del atardecer realza los colores de la piedra de Villamayor y provoca ese dorado tan especial, y tan reconocible.
Aunque también es el momento ideal para sacar la silueta de las catedrales, la nueva y la vieja, que son el símbolo de la ciudad. El truco para fotografiar siluetas, como en el caso de las puestas de sol, hacer la medición de la luz en la zona del cielo, para que todo lo demás quede subexpuesto (o sea, oscuro). En este caso, además, he alterado un poco el balance de blancos (para darle un color más cálido al atardecer), y he toqueteado un poco con la herramienta «filtro degradado» del Lightroom 2.

Digerir la tragedia

Impresionado estoy, cómo no estarlo, por el accidente aéreo de Barajas.. Tragedia en estado puro. Y aquí estamos, una vez más, asistiendo al festival mediático organizado a su alrededor.
Siempre me sorprende la reacción de los medios (y de los que los consumimos) ante este tipo de situaciones. La repetición de las imágenes, los programas en directo que emiten horas y horas sin tener realmente nada que decir. Y las dos vías argumentales que siguen a continuación: la búsqueda de detalles que alumbren las causas/explicaciones, y las «historias humanas» que ponen cara a la tragedia.
Y mientras, los espectadores embobados, consumiendo ese refrito. Creo que se trata, simplemente, de una forma de digerir el hecho de que las tragedias existen. Buscamos causas que ayuden a tranquilizar nuestra conciencia («es que el accidente sucedió por esto y por aquello»), a mantener nuestra «ilusión de control» («a nosotros no nos pasará mientras no se den esas causas») y a superar nuestro dolor identificándonos con el dolor de las víctimas («pobrecitos, cómo sufren, qué tragedia… pero son ellos, no nosotros»).
Especialmente notable resulta ver cómo son las tragedias cercanas las que nos generan esta inquietud («ese avión lo podría haber cogido yo, o mi familia»), mientras que otras más lejanas (los muertos de una guerra, los muertos de hambre, los muertos por catástrofes naturales en lejanos países) nos llegan con tanta sordina que no nos generan ni un mínimo estremecimiento.
Nos cuesta aceptar que las tragedias existen, y que no siempre tienen causas controlables. Que cualquier día nos la podemos encontrar nosotros de forma tan repentina e injusta, en forma de un accidente de tráfico, de un accidente de avión, de un infarto, de un cáncer, de una inundación, de un terremoto o de vaya usted a saber de qué otra forma.
Supongo que es un mecanismo de defensa como cualquier otro.

Vacaciones de verdad

Este año, vacaciones con todas las letras. Ni trabacaciones ni puñetas. Los dos últimos años, las vacaciones de verano han sido más extrañas de lo que solía ser habitual. Donde antes había una desconexión total (al salir por la puerta de la oficina, todos los asuntos laborales se quedaban allí), estos dos últimos años ha habido temas de los que preocuparse: en 2006 con el cambio de trabajo, los blogs de eBay y de Cienladrillos recién puestos en marcha, la preventa de NH, la coordinación de El Blog Salmón y mi propia contribución como editor. En 2007 a todo lo anterior se sumaba el blog de Fox, los cinco blogs de NH… cosas que seguían funcionando aunque yo no estuviera, y que me «preocupaban» (¿estará yendo todo bien? ¿me llamará alguien por estos temas?), que me obligaban a llevarme la oficina portátil y que me impedían desconectar adecuadamente.
Este año no. Este año, una vez finiquitado el tema de Actibva, no hay nada concreto en el horizonte. No hay tareas que hacer, responsabilidades de las que estar pendiente. Desde luego, vacaciones sin ordenador. Si incluso me he planteado llevarme un móvil viejo, sin conexión a internet ni gaitas… pero bueno, me llevaré mi k780i para echar un ojillo relajado al correo, echar algún twitt deslabazado y publicar alguna cosilla en formato «foto comentada».
Y a pasar unos días agradables con la familia, lejos del ordenador, y lejos de la rutina cotidiana. A dejar que los pensamientos fluyan y a llenarse de energías para un nuevo curso muy interesante.