De criterio, decisiones y gorrazos

A veces, en la vida, te llevas una serie de «gorrazos». No es una sensación agradable, y hay que tener un gran nivel de madurez para encajarlos y digerirlos sin que te duelan. Especialmente cuando esos gorrazos llegan después de haber tomado una serie de decisiones basadas en tu propio criterio. Porque si el golpe te llega de forma aleatoria… pues bueno, es lo que hay. Pero si el gorrazo es una reacción directa a algo que tú has decidido… supone cuestionar esa decisión, y el criterio que subyacía detrás.
Hay una forma fantástica de evitar llevarse estos gorrazos; no tomar nunca ninguna decisión. Hay, en el mundo corporativo, verdaderos especialistas en esto. Gente que nunca se moja, que espera siempre a ver por dónde sopla el viento para ponerse a su favor, que se sube siempre al carro ganador. Lo de menos es la existencia de un criterio, o ser coherente, o aportar algo. Lo que importa de verdad es esquivar los potenciales problemas, no exponerse, salir bien en la foto, colgarse las medallas y desmarcarse de todo lo que huela a conflicto. Lamentablemente, en muchos entornos corporativos estos comportamientos tienen premio. El que sobrevive, el que medra, el que llega más lejos… es el que mejor evita meterse en líos.
Por eso, cuando te arrean un gorrazo, dudas. Dudas no sólo de tu criterio o de las decisiones que has tomado, sino del propio hecho de tener un criterio y de tomar decisiones. Quizás si te limitases a seguir la corriente, a dejarte llevar… estarías mejor.
Pero eso, a mí, no me gusta. No quiero ser así. Prefiero definir de forma honesta un criterio, y tomar decisiones coherentes con ese criterio. Aunque a veces me equivoque, que seguro lo hago. Y aunque a veces pise algún callo, que también. Porque estoy seguro de que, incluso asumiendo la posibilidad de error, es un comportamiento mucho más valioso para mis proyectos. E incluso asumiendo los ocasionales gorrazos, y aunque suponga tener que lamerse alguna herida, es un comportamiento que me permite dormir mejor por las noches.

La paradoja de la elección: cuantas más opciones, peor

Sigo revisando videos de las TedTalks (he descubierto que la combinación bici estática + smartphone es perfecta para ellas!). En esta ocasión es Barry Schwartz quien habla sobre la denominada «paradoja de la elección». Cómo, frente al «dogma oficial» de que la libertad es un bien supremo, y que por lo tanto cuantas más opciones tengamos para elegir mejor para nosotros individualmente, y para todos como colectivo, en realidad el exceso de opciones tiene un componente negativo. Una suerte de curva de Laffer aplicada a las posibilidades de elección; tener demasiado pocas es malo, pero hay un punto donde tener demasiadas también resulta contraproducente.
Schwartz plantea varios motivos para esa teoría. Por un lado, el exceso de opciones nos lleva a la parálisis y la inacción (algo relacionado contaba hace poco respecto a la elección de mi nuevo móvil). Pero además, cuando elegimos tendemos a la insatisfacción: hay más motivos para preguntarnos si habremos escogido la alternativa correcta (mientras que, cuando hay pocas opciones, es más fácil sentir que «has acertado» por comparación), nuestras expectativas son muy altas por lo que es más fácil decepcionarnos (al fin y al cabo, con tantas alternativas… el resultado tiene que ser «perfecto») y, en última instancia, asumimos la responsabilidad por no haber elegido bien (frente a un escenario de pocas alternativas, donde «la culpa es de las pocas alternativas»).
En fin, una teoría que puede resultar contraintuitiva, pero que si nos paramos a pensar en nuestra propia experiencia seguro que encontramos más de una y más de dos situaciones que la confirman. ¿Recuerdas la última vez que has tenido que elegir algo? ¿Quizás un coche? ¿Sitios para ir de vacaciones? ¿Qué trabajo elegir? ¿Qué ordenador comprar? ¿A qué colegio llevar a los niños?
Por lo tanto… ¿podemos hacer algo para, cuando tengamos que ofrecer alternativas a alguien (en el plano profesional, o en el plano personal) facilitarles la vida? ¿Podemos evitar caer en esa paradoja autolimitándonos el número de opciones, obviando «detalles» para centrarnos en lo esencial de las alternativas?

¿De verdad necesitas el último grito?

Siguiendo con la historia de la elección mi nuevo móvil, hay una segunda derivada. Cuando te pones a mirar opciones, de forma casi incosciente tu atención se dirige a «lo más de lo más». Lo más nuevo, lo más potente. «El último grito, oiga». Que suele ser lo más caro, por supuesto. Parece como si dirigirte a una opción que esté un escalón por debajo fuese «renunciar» a algo.
Pero, al igual que sucede con las recomendaciones de los sibaritas, esta sensación es peligrosa. ¿Realmente merece la pena pagar el sobreprecio de «lo mejor de lo mejor»? ¿No estaremos tirando el dinero pagando un diferencial de características (reales o percibidas, que en el fondo es lo que importa) al que luego realmente no le sacaremos partido?
En mi caso, «lo más de lo más» podían ser un HTC Desire HD, o un Samsung Galaxy X, o un iPhone 4… modelos todos aparecidos en los últimos meses, vendidos como una «gran evolución» respecto a lo que había antes (HTC Desire, o iPhone 3GS)… que a su vez, en su día (apenas hace unos meses) fueron también «lo más de lo más», y fueron también vendidos como una «gran evolución» respecto a lo anterior. Sin embargo, ahora la llegada de los nuevos y «revolucionarios» modelos los ha dejado relegados a un segundo escalón.
Y digo yo, si esos modelos hace unos meses eran «lo más», y cubrían más que de sobra tus necesidades presentes y futuras… ¿han dejado de hacerlo ya? Y este «último grito» que ahora te promete el no va más… ¿qué pasará con él cuando, indefectiblemente, la industria saque dentro de otro trimestre su «nueva generación»? Ése es el juego de los fabricantes, el hacernos sentir permanentemente insatisfechos, el ponernos siempre nuevas zanahorias delante de nuestros hocicos para que compremos, compremos y compremos. ¿Pero nos interesa a nosotros seguirles ese juego? Yo creo que no.
Yo, al menos en esta ocasión, no he caído. He optado por el «segundo escalón», un modelo que hace unos meses era «el mejor» y que ahora ya no lo es… pero que seguro que a mí me sirve más que de sobra. Y son unos cuantos euros que me ahorro.
PD.- Alguien me podrá decir, no sin cierta razón, que ya puestos por qué no he optado por un «tercer escalón», o un «cuarto». O incluso, puesto a ser un «revolucionario anti-consumo», por qué no me quedo con mi actual móvil, que sigue siendo perfectamente funcional (o casi; algún achaque ya tiene) y cubre el 90% de mis necesidades reales (no da para hacer muchas «chuminadas», pero es que tampoco se puede decir que las «necesite»). Pues sí, también es verdad. Supongo que soy un «revolucionario» de andar por casa 🙂
Foto: Jon S Page

Acortando plazos de decisión

Este año los Reyes (se ve que he sido bueno) me han regalado un móvil nuevo. Bueno, para ser más exactos (y como los Reyes me conocen bien y saben que estas cosas me gusta escogerlas a mí) me han regalado un «cómprate el móvil que quieras y nos pasas la factura». ¡Yupi!. Teniendo en cuenta que mi último móvil ya se acercaba al 4º aniversario (que ha venido siendo la duración habitual de mis dispositivos), y lo chulos que son los smartphones de un tiempo a esta parte, yo ya venía teniendo el «run-run» de cambio…
Pero, aun siendo algo que ya tenía en mente, todavía no tenía ni medio decidido un modelo. ¿iPhone o Android? Y dentro de los Android… ¿cuál de entre las docenas que hay? Precio, características, opiniones de usuarios… y todo dentro de un entorno que se renueva cada x meses, donde lo que ayer era «lo más de lo más» hoy se ve superado por un nuevo «lo más de lo más». Si te pones a darle vueltas, puedes acabar tarumba. Hay opiniones para todos los gustos, ¿de cuál te fías? Y como tardes un poco, enseguida aparecen nuevos modelos que te obligan a replanteártelo todo una vez más…
Así que, enfrentado al panorama de pasarme varios días/semanas dándole vueltas al asunto, tratando de encontrar una solución definitiva, tomé una decisión «radical». De entre los modelos que estaba considerando, elegí uno (HTC Desire), hice el pedido, y santaspascuas. En hora y poco había decidido y ejecutado. Muerto el perro, se acabó la rabia. Ya no tiene sentido elucubrar más. ¿Habré escogido «la mejor» opción? Francamente, no lo sé. Ni siquiera sé si hay una «mejor opción».
Lo que sé es que la decisión adoptada va a ser «suficientemente buena». Y que la inversión necesaria de tiempo, esfuerzo y elucubraciones para afinar la decisión iba a ser mucho más que proporcional para el resultado adicional que podría conseguir, y que por lo tanto no tenía mucho sentido realizarla. Tomas la decisión, y te olvidas del asunto.
Creo que, en muchos aspectos de la vida (tanto personal como profesional) nos enfrentamos a decisiones difíciles, ambiguas, en las que es difícil escoger una solución. Intentamos tener todos los datos en nuestra mano, para así asegurarnos que estamos llegando a la decisión óptima. Pero nos olvidamos de dos cosas: por un lado, la vida no es un problema matemático con una «solución correcta», sino que es más bien un sistema complejo en la que todo tiene sus pros y sus contras (subjetivos, además) donde es difícil que haya un «óptimo» objetivo. Y por otro lado, en muchas ocasiones conseguir toda la información, todos los datos, supondría invertir una considerable cantidad de tiempo y esfuerzo; ¿merece la pena dilatar los procesos de decisión, y que éstos consuman nuestra atención y nuestros recursos (la famosa «parálisis por el análisis»), sólo para conseguir una solución «ligeramente mejor» que la que escogeríamos en una decisión rápida?
Yo creo que no. Así que, en la medida de lo posible, enfrentado a una decisión procuro darle algunas vueltas rápidas que me permitan acotar un rango de decisiones «suficientemente buenas», escoger una de ellas y pasar a otra cosa. Quizás no escoja siempre «lo mejor», pero escojo, actúo, me muevo.
Foto: viZZZual.com

Los límites de tu aguante

Police Line Do Not Cross

Hace no mucho he atravesado una situación un poco conflictiva. Me había vinculado a una asociación local, pero tras varios meses de pertenencia, y tras observar una serie de comportamientos y actitudes que no me convencían, decidí darme de baja. Eso de oir, ver y callar (y tragar) no va conmigo, y tampoco me apetecía hacer de «pepito grillo». Así que, sin más, un paso atrás y sanseacabó.
El caso es que, al comunicar mi baja, alguien me dijo algo que me hizo pensar: «Ya sabes, que en la asociación como en todo lo demás, no todo, funciona como a nosotros nos gustaría, pero poco a poco hay que seguir adelante.»
¿Sería posible que, quizás, yo fuese un exagerado y que tampoco la cosa fuera para tanto? ¿Que tenga poco aguante, y que a la mínima contrariedad decida desvincularme? Me hizo pensar en otras situaciones, más o menos similares, por las que he ido pasando en la vida. A nivel laboral, a nivel personal… y la verdad es que puedo llegar a concluir que es probable que yo tenga una especial facilidad para «desconectar» cuando una situación no me convence. He visto a gente aguantar carros y carretas en situaciones donde yo, simplemente, he cogido la puerta y me he ido.
¿Significa eso que soy un flojo? ¿Que no tengo la capacidad necesaria para persistir? Pues… creo que no es eso. Creo que tengo persistencia, y capacidad de aguante. Pero creo que necesito estar muy convencido de algo para que esa capacidad aflore. Si pensase que el trabajo de mi vida depende de ello, o la felicidad y el bienestar de mi familia, o mi supervivencia económica… entonces aguantaría lo que hiciera falta.
Pero «aguantar por aguantar», cuando el beneficio derivado de ello es escaso… no, mira, tengo otras cosas de las que preocuparme y en las que poner mis energías.
Al final, se trata de poner en una balanza lo que te aporta de positivo (ahora y en el futuro) una situación, y la incomodidad que te genera. Si lo segundo gana a lo primero, es tontería aguantar. Aunque claro, ambos lados de la balanza son completamente subjetivos, tanto lo positivo como lo negativo. Pero por eso mismo es necesario hacerle caso a las propias sensaciones para decidir, tener muy claro qué es lo que uno quiere en la vida y qué está dispuesto a sacrificar. Y, por lo tanto, saber cuando tiene que decir «por ahí no paso».
Foto: Jayneandd

Las decisiones que podemos tomar

Durante el verano «futbolero», uno de los temas estrella ha sido la turbulenta salida de Ibrahimovic del Barça. El que justo hace un año llegó en loor de multitudes por una cifra millonaria, se va doce meses después de un rendimiento limitado, enfrentado con el entrenador, por un tercio del valor de compra. «Un negocio ruinoso», dice la gente.
En realidad, lo que se está criticando ahora es la decisión de ficharle hace un año. A un año vista, es muy fácil decir si uno acertó o se equivocó; todos podemos hacerlo. La cuestión es que los que toman decisiones no tienen esa capacidad de ver la jugada completa. Si Ibrahimovic se hubiese salido como delantero centro, y hubiese encajado en el vestuario, ahora todo el mundo diría que fue una gran decisión el ficharle. Cuando uno decide, normalmente arriesga. A veces sale bien, a veces sale mal.
El caso es que en agosto de 2010, «no fichar a Ibrahimovic» no era una de las opciones disponibles. Eso pertenecía al pasado. Las decisiones que se podían tomar era «venderlo por lo que podamos» o «quedárnoslo un año más». La primera decisión implicaba un «negocio ruinoso» (vender algo por mucho menos de lo que costó). ¿Pero cuál era la alternativa? ¿Tener un tío envenenando el vestuario durante un año completo, a cambio de un sueldo de 9 millones de euros? ¿Cuál iba a ser el impacto en el rendimiento del equipo? ¿Y cuál iba a ser el valor de mercado de ese jugador un año después, un año más viejo, probablemente habiendo jugado poco y mal?
Probablemente podamos calificar una solución como «mala» y otra como «peor». El caso es que no había más. Ésas eran las opciones que se tenían en agosto de 2010. Y entre ésas había que elegir.
Dicen los que saben de bolsa que uno, a la hora de vender unas acciones, tiene que olvidarse de cuánto le costaron. Porque en realidad es irrelevante. Lo único que importa es el precio actual, y el precio que creamos que puede alcanzar en el futuro. Vender ahora, o mantener para vender más tarde. Ésas son las únicas decisiones que podemos tomar.
Muchas veces nos encontraremos con situaciones parecidas, en las que no tendremos una alternativa buena, sino simplemente una mala y otra peor. Pero igualmente hay que elegir.

Quedarse enmedio de la pista

No soy un jugador intensivo de tenis. Tengo raqueta, pero juego muy de higos a brevas. De chaval fui un par de años a unas clases (a las que me apuntaron mis padres con la nada disimulada intención de que no me pasara el día pegado al ordenador… viendo los resultados me temo que el plan no funcionó :D) en las que descubrí que no tenía talento ninguno. Pero al margen del frío que llegué a pasar (las clases eran en las afueras de Salamanca, a primera hora de los sábados… el paseo mañanero en invierno era terrible), también recuerdo algunos conceptos.
Uno al que le vengo dando vueltas últimamente tiene que ver con el estilo de juego. Nos decía el entrenador que podíamos jugar en el fondo. O podíamos subir a la red. Las dos estrategias podían darnos resultados. Pero lo que no podíamos hacer nunca era quedarnos en el medio de la pista, ni delante ni detrás, porque en ese caso nos pasarían con suma facilidad y estaríamos a merced del rival siempre.
¿Cuántas veces tenemos una idea, definimos una estrategia, nos ponemos en marcha… pero luego por inseguridad, falta de dedicación, indecisiones… no ponemos toda la carne en el asador para ejecutarla? Es el equivalente de, jugando al tenis, decidir que vamos a subir a la red y, cuando estamos a medio camino, empezamos a pensar que «no debería haber subido, igual todavía puedo volver atrás, ¿qué hago?». Y allí, dubitativos en el medio de la pista, es imposible que ganemos el punto.
Hay que decidir. ¿Quieres jugar en el fondo? Pues venga, a pegarle a la pelota ¿Quieres subir a la red? Sube, con decisión, con todas las consecuencias. De una forma o de otra puede que ganes o puede que no, pero al menos tendrás tus oportunidades. Lo que es seguro es que, si te quedas enmedio de la pista, estás perdido.
Foto: DaveMont

Decidir en base a un pálpito

Nos pasamos la vida tomando decisiones. Algunas son de poco impacto, otras son trascendentales. Algunas son sencillas, otras complicadas. Pero siempre estamos decidiendo.
Ójala todo fuera tan fácil como resolver un problema matemático; cuestión de recopilar datos, someterlos a un análisis desapasionado, y hallar la respuesta correcta. Lamentablemente, la vida no es así. Nunca tenemos todos los datos. Jugamos con la incertidumbre del futuro, con el impacto de las pasiones humanas. Podemos tratar de recopilar datos, pero siempre tendremos un ámbito de indefinición, al que los datos no llegan. Y hay que decidir.
Entonces entra en juego eso que llamamos «un pálpito». Una intuición, una sensación interna de que, a veces incluso yendo en contra de los datos que tienes encima de la mesa, una determinada opción es la correcta. Si te piden que lo justifiques, no puedes.
Yo estoy convencido de que esos pálpitos son la forma que tiene nuestro cerebro de plasmar una serie de observaciones, detalles e ideas que ha ido acumulando de forma inconsciente a lo largo del tiempo. No puedes verbalizarlas a nivel consciente, pero están ahí.
Luego puede que te equivoques, por supuesto. Pero es muy incómodo decidir en contra de tu intuición.