Hay una tipología de gente que (al menos a mí) me resulta bastante molesta. Se trata de ese tipo de personas que no pierden oportunidad para tirar con bala (justificada o injustificadamente) contra otros. Digo lo de justificada o injustificadamente porque hay veces en las que estos tipos tienen razón, pero se regodean en el hecho y eligen cuidadosamente sus palabras para resultar desagradables con los destinatarios de sus razonamientos. Y otras en las que simplemente no tienen razón, pero aupados en la ignorancia y/o prepotencia sacan la lengua a paseo. Son los que inician escaramuzas sin venir a cuento, los que en una discusión se dedican a echar más leña al fuego en vez de a buscar entendimiento, los que rápidamente obvian los argumentos para pasar al ataque personal, los que meten cizaña en conversaciones ajenas, los que guardan rencores para las siguientes ocasiones, los del «o conmigo o contra mí», los que cuando pierden montan la bronca y cuando ganan se regodean del que ha perdido…
Supongo que es una forma de ser. Quizás un psicoanalista lo explicaría en términos de una sobrecompensación de una baja autoestima: se tiene a uno mismo en tan baja consideración que la única forma de afirmarse es atacando a otros y buscando el constante enfrentamiento. La clásica historia del maltratador que lo hace porque a él le maltrataron y tiene muchas carencias.
Aunque se dice que hay otros que lo hacen aposta. El otro día leí no sé dónde que alguien lo llamaba a esto «marketing de controversia»: meterse con alguien y generar bronca con el mero fin de tener visibilidad y/o reafirmarse ante los fieles. Una táctica eficaz, si se considera que el fin único del marketing es darse a conocer. Pero si no recuerdo mal, una de las virtudes de una marca era la de transmitir una serie de valores. Y no estoy muy seguro de que, bajo este prisma, el marketing de controversia sea muy útil. Porque sí, puede que logres una cierta notoriedad. Pero a esa notoriedad irán asociados valores de agresividad, de conflictividad, de «ser un bocazas», de… que no creo que sean los más agradables del mundo. Desde luego, yo no querría tener un amigo, ni un socio, ni un empleado, ni un nada… así. Aunque igual hay quien sí los quiere, que de todo hay en la viña del señor, y para triunfar entre ese público objetivo sí que viene bien ir de macarra.
El caso es que, definitivamente, ese no es mi perfil. No es ya por la aversión al conflicto, que también, sino que casi desde un punto de vista moral considero que ésa no es una forma sana de pasar por la vida. No pretendo ser amiguito de todo el mundo, ni caer bien a todo el mundo, ni que todo el mundo me caiga bien. A lo que sí aspiro es a ir a lo mío, molestando lo mínimo posible a los demás y, si se tercia, echando una mano al que pase por al lado. Quizás eso me lleve en algunas ocasiones al terreno de lo políticamente correcto; pues muy bien. Pero mientras ser incorrecto no me reporte nada… ¿para qué serlo?