¡Me encantó!
My goal isn’t to teach you the answer, it’s to get you worried about asking the question!
Mi objetivo no es enseñaros las respuestas, sino hacer que os planteéis las preguntas.
Raúl Hernández González | @rahego
Ideas y acompañamiento para profesionales que buscan sencillez, equilibrio y sentido
¡Me encantó!
My goal isn’t to teach you the answer, it’s to get you worried about asking the question!
Mi objetivo no es enseñaros las respuestas, sino hacer que os planteéis las preguntas.
En un post anterior, en el que contaba mi visión de la jornada a la que asistí el pasado jueves, decía que algunas intervenciones habían sido notables y otras «del montón». Alejandro Santana (uno de los ponentes que no incluí en el primer grupo, aunque tampoco fue de los peores) me planteaba algunas cuestiones al respecto, mostrando su desacuerdo conmigo al considerar que algunas de las intervenciones que yo consideraba «del montón», teniendo en cuenta la temática y el carácter «formativo» de la jornada, básicamente no podían ser de otra manera. Que si el objetivo era «capacitar a los asistentes a través de la formación», no quedaba otra.
«Jornada formativa». Bien. ¿Eso significa que hay que leer en tono monocorde los puntos de un powerpoint? Creo que no. Partimos de la base de que es absolutamente impensable que en una jornada, por muy formativa que sea, se pueden abordar todos los aspectos y los detalles de ningún tema. El objetivo de una jornada «formativa» debe ser, desde mi punto de vista, dar una estructura general del conocimiento, lanzar un puñado de ideas (y cuando digo puñado, me refiero a tres o cuatro), y abrir la puerta a que el auditorio profundice en la materia por dos vías: indicándoles el camino (fuentes, referencias, bibliografía… entregar una documentación DISTINTA de la presentación es una gran idea), y motivándoles para que lo hagan (despertando su interés por la materia, haciendo énfasis en por qué es importante y el impacto que va a tener en su actividad, etc.).
En eso consiste para mí una charla bien hecha, también las que tienen carácter formativo. Y es algo que se da de leches con poner un powerpoint lleno de letras, intentando llegar al detalle. Esa táctica lleva a que el ponente se limite a leer lo que lleva escrito a toda prisa (porque tiene muchos contenidos), y es la vía más directa para provocar los bostezos en la audiencia con independencia del interés intrínseco de la temática.
Por lo tanto, cualquier intervención ante un auditorio es susceptible de ser abordada bien o mal. Ésto es aplicable a una charla de una hora, a una jornada formativa o a un curso lectivo. Es aplicable a un bonito caso práctico o a una charla sobre fiscalidad. No importa la materia, no importan los asistentes: siempre hay espacio para hacer una charla atractiva. Y leer una presentación (o un discurso escrito) nunca va a ser la forma correcta de hacerlo.
Se lo decía a Alejandro en un comentario posterior: si los asistentes llegan a la conclusión de que están igual habiendo escuchado la charla que leyéndose el powerpoint por su cuenta… mala señal.
Pero tampoco hay que llevarse las manos a la cabeza, es un mal muy común. Sin ir más lejos, el año pasado estuve en Expomanagement y llegué a esta misma conclusión: con la mayoría de las intervenciones (a cargo de conferenciantes muy famosos que cobran miles de euros por ello) tuve la sensación de que escucharles en directo no me había aportado nada que no me hubiera aportado la lectura de su último libro.
En fin, si queréis tirar del hilo, os remito al blog de Ãngel que ha hablado varias veces con mucho tino del tema.
Hace unos días me preguntaba un amiguete, que se ha metido a esto de ser consultor independiente, sobre información que le ayudara a definir sus honorarios en esta nueva etapa. Lo que hice fue exponerle mi visión del tema, que en realidad es igualmente aplicable para los honorarios de una gran consultora que de un consultor independiente o de un freelance. La dinámica es muy parecida.
Lo primero es definir el nivel de ingresos que quieres obtener al cabo del año. Ingresos brutos (es decir, de ahí luego hay que quitar impuestos). ¿20.000 euros? ¿40.000? ¿60.000? Lo que sea.
Esos ingresos los obtendrás facturando horas. Así que el precio por hora facturada lo obtienes dividiendo esa cantidad entre el número de horas que vas a facturar. Aquí es importante darse cuenta de que ni de lejos todas las horas trabajadas del año van a ser facturables. Hay que descontar vacaciones, labores comerciales, periodos de «poco trabajo»… por lo que si una jornada laboral «por cuenta ajena» vienen a ser 1.700-1.780 horas, aquí quizás estés contando con la mitad.
Bien, eso te da una tarifa por hora. Pero, desde mi punto de vista, éste es un dato exclusivamente de consumo interno. No soy partidario de plantearle a ningún cliente «en este trabajo voy a invertir x horas, a y euros por hora… sale x por y». Al cliente en realidad no le importa (salvo que sea un trabajo perfectamente medible: p.j. dar x horas de clase) las horas que tú inviertas en el trabajo. El cliente quiere unos resultados, y le da igual si tardas más o menos. Él paga por el resultado, no por tu tiempo. Así que el cálculo de horas por tarifa horaria es algo que puedes usar tú para hacer tu composición de lugar, y luego darle un precio final al cliente.
Ese precio final se puede ver alterado por varios factores: a clientes «grandes» será posible meterles un plus en el precio, mientras que a clientes pequeños habrá que rebajárselo para poder entrar. A un cliente interesante te puede apetecer trabajarle más barato, mientras que a un cliente «coñazo» se le pueden poner precios disuasorios («si tengo que trabajar con él, al menos que sea por pasta»). Si tienes mucho trabajo puedes poner precios más altos, si tienes poco trabajo hay que bajarse los pantalones… por supuesto, también influye lo que estén cobrando otros que presten servicios similares a los tuyos: no puedes irte fuera del mercado.
A partir de ahí, ya es cuestión de rentabilizar los proyectos: dedicarles el menor tiempo posible para obtener los resultados con el nivel de calidad exigido. Eso se consigue mediante la experiencia (la quinta vez que haces lo mismo lo haces mucho más rápido), la reutilización (si puedes usar, al menos en parte, documentación que usaste en otros proyectos… eso que te ahorras), etc.
Y así, al final del año, llegarás con unos ingresos determinados. Si has conseguido acertar con el número de horas facturadas, y lo has hecho al precio que fijaste de antemano, entonces estarás cerca del «presupuesto». Puede que estés mejor. O puede que estés peor. Como ocurre con los presupuestos de cualquier empresa, incluso de las que tienen procesos muy definidos.
Hace unos cuantos meses (un montón) Javier Leiva me propuso un meme: mostrar dos fotografías de uno mismo con unos cuantos años de diferencia. Me hizo gracia la idea, y de hecho me comprometí a seguirlo… más adelante.
Y este más adelante ha sido hoy, como podía haber sido otro día. Éste es mi «cómo hemos cambiado»

La primera foto data del verano del 95, con 19 años. Acababa de terminar mi primer curso universitario y había vuelto a casa justo a tiempo para irme con el resto de mi familia y el coro en el que por aquel entonces cantábamos (sí, qué pasa) a una actuación en Pedraza, si no me equivoco.
La segunda es de septiembre del 2007, es la que uso desde hace unos meses en mi perfil «público». La sacamos una tarde buenísima en Aranda, en el parque al lado del Duero, que estuvimos mi mujer y el peque sacando fotos y haciendo el ganso mientras disfrutábamos del último sol de la tarde.
Cómo hemos cambiado. En lo físico, a la vista está: engordé, me dejé barba, llevo un peinado bastante más discreto :), me salieron las canas… aunque otros rasgos permanecen.
Pero no son los cambios físicos los que importan, aunque son los que más se ven. Muchas cosas han pasado en mi vida desde entonces. Supongo que, al final, de eso se trata: de vivir experiencias, y de evolucionar.
Y vosotros… ¿os animáis a enseñar cómo ha pasado el tiempo, y cómo habéis cambiado?
Como ya conté hace unos días, ayer jueves iba a estar en una jornada sobre inversión privada en nuevas empresas de base tecnológica, y así fue.
Dejando al margen una buena organización (incluida la comida, que me pareció muy correcta), la jornada resultó un tanto desigual. Destacaría la intervención de Albert Colomer, que hizo una muy dinámica y entretenida presentación de lo que son los business angels, las dificultades que tienen en su actividad en España, y la dinámica asociativa que está surgiendo en los últimos años a través de las BAN (Business Angels Networks). Y también la de Rodolfo Carpintier, que sin ser muy profunda, sí que hizo un buen repaso de su experiencia como inversor individual (al margen de que su planteamiento inicial ya mereció la pena: «si hay algo que aprendí hace años, es que no hay que aburrir al personal»). Y sin duda la estrella del día fue Luis Martín Cabiedes, cuya intervención creo que mereció la pena por toda la jornada junta. Una exposición brillante y divertida, descarnada, sin falsas modestias y sin vender ninguna moto, mojándose cuando se tenía que mojar, respondiendo a un montón de preguntas… al final me acerqué a saludarle y encima resultó ser una persona enormemente cordial. Muy bueno.
Y el resto… pues del montón. No es que no hubiera detalles interesantes, que alguno había. Pero la diferencia entre leer las hojitas de powerpoint y escuchar las intervenciones era tirando a nula… de verdad, sigo alucinando de cómo es posible que haya gente así dando conferencias y charlas por el mundo. Me siento, leo los puntos que vienen en mi powerpoint (y meto alguna gracieta con calzador) y me voy… qué somnolencia me dio alguno. Y otro detalle: ¿qué sentido tiene, a estas alturas de siglo, entregar la documentación en papel y no entregarla en un bonito CD, en un bonito pendrive, o simplemente colgar los pdf’s en la red?. Ya tengo otra bonita carpeta que acabará desapareciendo en una caja.
Mención aparte merece la comida, donde pasamos un rato muy agradable con Javier «Loogic» Martín, Eneko Knörr, José Antonio «Alianzo» del Moral y Ãngel Arbonies (a quien no conocía previamente y que me pareció un tipo muy reseñable). La comida se alargó por la charla y lo que tardaron con el café, pero mereció la pena.
En definitiva, se trata de una temática muy interesante y la charla de ayer me permitió empezar a conocer en mayor profundidad algunos aspectos. «Investigaremos» 🙂
Otras referencias a la jornada:

Hace unas semanas, Antonio Delgado me propuso hacer una entrevista. Como me gusta dar mi opinión más que a un tonto un lapiz dije, por supuesto, que encantado. El resultado es esta «chapa» que publica Consumer, en la que divago sobre mi trayectoria, la tecnología, la innovación, la sociedad del conocimiento, los emprendedores…
Gracias a Antonio por su entrevista y por su glosa de mi persona :). Me gusta especialmente lo de «consultor de empresas digitales«, es un «apellido» en el que no había pensado y que puede encajar muy bien con mi actividad… así que igual lo tomo prestado para hacerme tarjetas ;).
Entrevista a Raúl Hernández

Hace unas semanas, me interesé por un proyecto colaborativo que me apeteció. Me puse en contacto con quien lo lideraba, ofrecí mi colaboración… estupendo. Pasados unos días, hice mi primera contribución al mismo, y unos días después hice una segunda con la que completaba todo lo que podía hacer hasta el momento.
Había otras personas vinculadas al mismo proyecto. Un par de ellas habían hecho también el 100% de su contribución, otro par de ellas un 50%… y el resto un 0%. El caso es que hasta que no hubiese una masa crítica de personas contribuyendo, el proyecto no podía seguir adelante.
Había dos opciones: avanzar al ritmo marcado por quienes sí estaban contribuyendo (y dejar atrás a los que no, incluso sacándoles del proyecto), o seguir esperando y «animando» a los que no contribuían en espera de que lo hiciesen para avanzar. Hasta ahora se ha optado por la segunda, y creo que es un error.
Si una persona no ha contribuído pasado un tiempo razonable, es que no tiene ningún interés en hacerlo, y no lo va a hacer. En el mejor de los casos, después de mucho insistir, hará algo para cubrir el expediente… y así hasta la próxima vez. Pero siempre será una rémora, alguien a quien hay que insistirle para que aporte, un «peso muerto» que va a dificultar el avance del proyecto en vez de impulsarlo.
Mientras tanto, los que sí han contribuído a buen ritmo ven como, a pesar de dicha contribución, las cosas no van a ningún sitio por culpa de la tolerancia con los que se retrasan. Y llega un punto en el que se plantean qué sentido tiene dar pedales y esforzarse por impulsar un barco que en cualquier caso se va a mover al ritmo de los más lentos. Conclusión, ley del mínimo esfuerzo, «que tiren otros» y, si acaso la cosa remonta, ya veremos. Pero claro, si los que tiran dejan de tirar… pues proyecto moribundo o directamente muerto.
¿Cómo habrían sido las cosas de seguir el ritmo de los entusiastas, aun a riesgo (o a certeza) de dejar atrás a otros? Pues probablemente el proyecto tendría un nucleo menor, pero muy activo, que permitiría que fuese evolucionando poco a poco hasta acabar desarrollándose correctamente.
El café para todos, el «que nadie se quede atrás», es algo que desincentiva el esfuerzo y los avances. Porque mide a todos con el mismo rasero de la mediocridad.
Éste es el título de una charla-debate-coloquio que estamos organizando desde Actibva. Se celebrará el próximo jueves 19 de junio por la terde en el edificio de la Bolsa de Madrid, y es un evento gratuito (pero requiere inscripción previa, por temas de aforo y seguridad).
Creo que el planteamiento de la charla es adecuado para los tiempos que corren. Recuerdo que en el 98-99 no hubiera hecho falta esta charla. Con «compra Terra» estaba todo arreglado. Dicen los aficionados al mar que con malas condiciones es cuando se conoce al buen navegante, y sin duda ahora estamos viviendo una mala época económica en la que no viene mal tratar de buscar resquicios para encontrar la rentabilidad (o, cuanto menos, no perderla)
Pues eso, que si os apetece el tema, por allí nos vemos.

Caminando el otro día por Zaragoza me llamó la atención esta tienda. Es la típica tienda de recuerdos o souvenirs. Pero su nombre, y en concreto su adaptación al acento maño, me pareció muy curioso. Una forma muy acertada de llamar a una tienda de manera que transmita claramente cuál es su objeto social: vender regalos de Zaragoza.
Pepu Hernández, seleccionador nacional de baloncesto, ha sido destituído hoy. El hombre que ganó el oro mundial y la plata europea es apartado del cargo dos meses antes de los Juegos Olímpicos en un ejemplo de crisis mal gestionada.
Si las desavenencias entre seleccionador y presidente de la Federación eran tan grandes, había dos opciones. Las dos hubieran sido propias de caballeros, de personas que ponen el bien común por encima del bien personal.
Y sin embargo la opción elegida es interrumpir la relación a dos meses de los Juegos, sin tiempo para que un nuevo seleccionador pueda hacer nada parecido a un trabajo bien planificado, cogiendo a contrapié a una selección que lleva un ciclo de años de estabilidad, y encima para colmo con toda la fanfarria de los medios de comunicación.
No haré de adivino (porque luego resultará que llegan los chavales y ganan el oro), pero no se me ocurre peor forma de resolver la situación. Que encima viene provocada, según cuentan, por lo de casi siempre: el dinero y el ego. Que si Pepu estaba haciendo «bolos» patrocinado por una Caja, que si al Presidente le parece mal que lo haga (porque se está aprovechando del trabajo de la Federación, que encima tiene patrocinio de otra Caja), que si «yo tengo la razón», que si «te vas a enterar tú»… y al final, llegamos a esto.
No sé quién podía tener más o menos razón. Lo que es seguro es que había otras formas de resolver las discrepancias.