Medir tu éxito

Interesante reflexión sobre cómo medir el éxito. ¿Qué medida utilizamos, cada uno de nosotros, para valorar si estamos teniendo éxito (en términos generales) en nuestra vida? ¿Alguna vez os lo habéis planteado? En el artículo que cito plantean que cada uno tenemos una medida diferente: para algunos es cuánto dinero tienen, o cuántas cosas llevan su nombre, conocer a mucha gente, influir mucho en algunas personas, sitios diferentes que han visitado, número de veces que se ríe al día… y si encima nos vamos a los más de 200 comentarios, tendremos muchas más visiones del «éxito».
Lo que está claro es que cada uno lo definimos de nuestra forma personal. Y que, en realidad, muchas veces ni siquiera nos lo hemos llegado a plantear.

365 días

El otro día estuve viendo un episodio de «El Ala Oeste» (The West Wing), una de mis series favoritas. En concreto, el episodio 6×12 titulado «365 days». Ojo, a partir de aquí empiezo a hablar de la serie: aunque trataré de ser lo menos explícito posible, si no la has visto y te fastidia que te den pistas sobre lo que pasa, puede que prefieras dejar de leer. Por la misma regla de tres, si has visto más que yo, ten cuidado con tus comentarios porque te puedo arrancar los ojos si me haces un spoiler 😀
El caso es que la administración del Presidente Bartlet afronta el último año de su legislatura. Mientras todos los miembros del equipo presidencial están sumidos en el día a día, respondiendo a una y mil crisis, uno de los personajes (que por motivos que no vienen al caso ha estado apartado de ese día a día durante un tiempo) se dedica a repasar obsesivamente los discursos del estado de la nación y de investidura de todos los años precedentes. Y aprecia una notable diferencia respecto al del último año: han desaparecido los grandes retos, las grandes aspiraciones. El equipo presidencial está cansado, no tiene iniciativa, se limita a actuar de forma reactiva a las crisis que van surgiendo.
Entonces, les reune a todos para comentar este hecho, limitándose a escribir en su pizarra «365 días». Es el tiempo que les queda en la Casa Blanca. «En un día aquí podemos resolver más cosas de las que podremos resolver en el resto de nuestra vida una vez salgamos; ¿qué vamos a hacer en estos 365 días?«.
Una nueva llamada hacia la reflexión acerca de lo importante frente a lo urgente, la necesidad de plantearse hacia dónde vas, y qué quieres conseguir.

Tarifas de empresas de paquetería

Una de las cosas que he investigado para la puesta en marcha de mi tienda online es todo lo relacionado con las empresas de transporte. Es decir, los que se van a encargar de llevar el producto a su destinatario final: un eslabón de la cadena muy importante tanto por su coste como, sobre todo, por el impacto en la percepción de la calidad global del servicio por parte del cliente.
Una de las cosas que más me ha sorprendido ha sido la complejidad de las tarifas. A parte de que hay ene variedades de servicio (dependiendo de la urgencia con la que se envíe: que si «servicio urbano», que si interdía, que si antes de las 8:30, o de las 10:00, o de las 13:00, o de las 19:00…), luego el coste depende del peso y del volumen del bulto: el paquete básico debe pesar menos de 5 kg., y sus medidas sumar menos de 100 cm…. y por cada 5 kg. adicionales se paga un poco más, y por cada 50 cm. adicionales otro poco más… y por supuesto el bulto tiene unos máximos (por encima de los cuales tienes que elaborar y pagar un nuevo bulto) y por supuesto, todo dependiendo además a qué zona se envía: tu provincia, o provincias cercanas, capitales vs. pueblos, Baleares por otro lado, Canarias/Ceuta/Melilla por otros, y el extranjero dividido en zonas… Y además un gran número de servicios adicionales (que si entregas concertadas, confirmaciones de recepción, contra reembolsos, adelantos, retornos, seguros, entregas en sábado, tramitación oficial, alertas, etc., etc…).
Vamos, que hay que hacer un master para saber cuánto tendrías que pagar por cada envío. De hecho, yo me hice una hoja de cálculo para ver, dependiendo del número de productos de cada envío, más o menos cuál sería el peso y cuál el volumen, y estimar los costes del envío… una locura.
Lo que está claro es que no tiene ningún sentido trasladar toda esa complejidad al cliente final. Pretender informarle de todas estas reglas para que él se haga una idea de cuánto le va a salir el envío, o decirle que «los gastos de envío ya te los calcularemos», o tener que justificarle por qué se le ha cobrado esto y no lo otro… simplemente genera una mayor incertidumbre, y un potencial punto de fricción que, la única ventaja que tendría, sería que estaríamos repercutiendo «al céntimo» el coste del envío.
Así que mi opción ha sido, con la ayuda de esa hoja de cálculo, asignar un coste único por envío (uno para península y otro para Baleares, ya que la diferencia era muy grande como para homogeneizarlo; de momento creo que por complejidades burocráticas y barreras de coste no serviré en otros sitios), aunque eso suponga asumir yo una parte variable (pero controlada) del coste del envío. De hecho, a partir de determinado número de unidades en el envío los gastos los asumiré íntegramente yo (ya que el valor añadido derivado de ese paquete lo haría rentable, y de esta forma los clientes tienen un pequeño incentivo para llegar a ese volumen mínimo).

Software para tienda online

Ya contaba el otro día que estoy liado con la puesta en marcha de una tienda online. Una de las cuestiones importantes que uno se plantea en esta situación es: ¿y con qué herramienta hago la tienda? Yo la verdad es que estaba bastante «virgen», nunca había trabajado en este terreno y no estaba al día de las posibles opciones.
Mi primera idea era utilizar WordPress (el mismo sistema con el que funciona este blog) con un plugin para ecommerce que me habían sugerido los amigos de Blogestudio para un proyecto para un cliente (que al final no salió adelante). En fin, llevo ya unos cuantos años habituado a WordPress, y la posibilidad de utilizar este CMS si conseguía las funcionalidades de tienda me seducía. El caso es que estábamos empezando a trastear con esta solución cuando me topé con este post de Eneko Knörr que me venía al pelo: un interesante análisis preliminar de soluciones ecommerce que, en conjunción con los comentarios, me permitió hacerme con una visión general muy interesante de las opciones.
No sé por qué, Prestashop fue el primero en el que curioseé. Por un lado, daba la sensación de que osCommerce se había quedado un poco «añejo» (aunque con la ventaja de llevar muchos años rodándose y con mucha gente con experiencia). Y por otro, de Magento la gente decía que era una solución «demasiado» potente y compleja (aunque hay quien siempre preferirá el «burro grande, ande o no ande»). El caso es que, como digo, empecé a probar Prestashop. Y me gustó lo que vi, así que sin más análisis comparativo «teórico» (siempre habrá defensores y detractores de casi cualquier cosa) empecé a profundizar ya con una versión en local.
Lo cierto es que la apariencia inicial de Prestashop es bastante notable, te da la sensación de que cubre todas tus necesidades. Luego, a medida que vas rascando, te encuentras con que tiene algunas cuestiones derivadas de ser un producto joven que todavía está en desarrollo (por ejemplo poca documentación, versiones demasiado frecuentes), algunas exigencias técnicas con cierta complejidad, el proceso de instalación es mucho menos «out of the box» de lo que sería deseable…. Y también descubres que hay funcionalidades que faltan (algunas resultan bastante evidentes, como por ejemplo la necesidad de incluir un número de identificación fiscal de los clientes para poder facturar; o de imprimir etiquetas para los envíos) . Pero su diseño abierto y modular permite por un lado «hurgar» en sus tripas para intentar hacer ajustes (aunque como yo no soy técnico, me siento a veces como Indiana Jones en busca del código perdido… lo cual también es divertido, para qué engañaros) y por otro que la gente cree módulos instalables que proporcionen esas funcionalidades. Y aunque la comunidad de usuarios de Prestashop todavía no es muy amplia, y la documentación existente es bastante imcompleta, afortunadamente hay una incipiente comunidad de Prestashop en castellano bastante activa que ayuda en este proceso de ajuste.
Y en esas estamos, ya haciendo pruebas en la instalación final del servidor, haciendo algunos ajustes, y con la expectativa de ver cómo responde el sistema cuando la tienda esté sometida a un funcionamiento real.
Probablemente, si el proyecto no hubiese sido para mí, habría invertido bastante más tiempo (y dinero) en seleccionar la herramienta «más adecuada» para asegurar «cero riesgos» (aunque los «cero riesgos» creo que nunca existen). Siendo para mí, he considerado que merecía la pena tirar para adelante y someterme al aprendizaje derivado de la experimentación.

No diga monetizar, diga redituar

Tengo un amigo al que le encanta hacer de «repelente niño Vicente». Es un fanático de la pulcritud en el uso del lenguaje (Lázaro Carreter, a su lado, era un analfabeto) y creo que incluso le duele físicamente cuando ve algo mal escrito o escucha algo mal dicho. Me consta que, consciente de lo «repollo» que puede resultar (peor sería si no se diese cuenta), se guarda para sí muchas de las puntualizaciones que su naturaleza le exige hacer a diario. Pero como conmigo tiene confianza, y no le importa mostrarse tal y como es, de vez en cuando se explaya a gusto.
De un mail de hoy: «Llevo viéndote poner la palabra «monetizar», a ti y a otros de la misma cuerda, no sé ni cuánto tiempo. Yo sabía que estaba mal utilizada, pero no te decía nada porque no sabía cómo decir lo que quieres decir. Ahora lo sé: redituar. O por lo menos, es lo más parecido»
Cómo no, tiene razón (es lo que tienen los niños repollo: están en lo cierto el 99% de las veces). Monetizar es una palabra que existe en castellano, pero que no tiene el sentido en el que habitualmente se (mal) usa: el de obtener ingresos de algo. Y efectivamente, redituar se ajusta estupendamente (añadiendo un matiz de periodicidad al más genérico rentabilizar).
Así que ya sabéis, la próxima vez que vayáis a usar «monetizar», pensad que salvo que tengáis una máquina de fabricar moneda o tengáis autoridad para dar curso legal como moneda a algún signo pecuniario… estaréis incurriendo en falta, y además provocándole una creciente urticaria a mi amigo. Si no lo hacéis por el lenguaje, hacedlo por él, que sufre mucho 😀 .

Desarrollando una tienda online

Bueno, voy a enseñar la patita un poquito más en relación con uno de mis proyectos propios de los que os hablaba hace poco. Se trata de, como ya avanzo en el título, una tienda online.
«¿Una tienda online? Pues vaya, qué chufa, ¡¡si hay millones!!». Jeje, nadie dijo que mis proyectos fueran a ser revolucionarios y que estuvieran llamados a desbancar a Google como «dominador del internet mundial» :D. Bueno, chascarrillos aparte, la idea de tener una tienda virtual siempre me ha llamado la atención. Aunque, para ser más exactos, es el concepto de «tienda» el que me atrae: tener unos proveedores físicos, una logística, clientes «minoristas» que vienen, compran y se van (en contraposición al «cliente» de consultoría donde la relación es distinta), un «escaparate», etc…
El hecho de elegir el canal online (como canal principal, aunque el objetivo es tocar también otros canales) responde meramente a una cuestión logística. Siempre me ha fascinado el concepto de «tienda física», sobre todo cuando vas paseando por la calle y ves muchas tiendas semivacías, y te pones a hacer números… ¿cuánto cuesta un local? ¿y la reforma? ¿y tener a una persona full-time? De verdad, que hay tiendas que no sé cómo cuadran los números. Frente a esto, una tienda on-line es mucho más asequible, más cómoda de gestionar, y con un público potencial mayor. En el lado de las desventajas, lo que supone estar en lo que llamo «el centro comercial infinito«, es decir, que tu tienda es una más entre millones: ser capaz de atraer gente y motivarles a la compra es un reto difícil.
Pero como ya dije en su momento, me lo tomo como un aprendizaje. De momento, en las fases previas a la puesta en marcha, estoy aprendiendo y disfrutando mucho, encontrándome con circunstancias, decisiones a tomar, etc… ¡y eso sin haber salido a la luz!
No, todavía no voy a decir qué venderé en esa tienda online. No tardaré, pero prefiero tenerla ya a punto de caramelo. Pero, sin necesidad de concretar, ya tengo abierto el campo para ir comentando unas cuantas cosas a las que me voy enfrentando.

¿Educados o pringaos?

Esto pasó hace ya unos cuantos meses. Mi hijo (3 años) y yo estábamos esperando turno en la peluquería. A nuestro lado, otro padre con otro hijo de edad similar. Pasa el tiempo, los niños se inquietan… y la peluquera les da un par de Sugus. Mi hijo lo abre, se lo mete en la boca, y tira el papel a la papelera; «muy bien, Pablo, los papeles a la papelera». El otro niño lo abre, se lo mete en la boca… y tira el papel al suelo.
Me le quedo mirando, y el niño me sostiene la mirada sin atisbo de problema ninguno. Miro al padre, que no levanta la mirada del periódico. Y entonces va mi hijo, se agacha, recoge el papel tirado por el otro niño, y lo tira a la papelera.
En ese momento, me invadió una sensación agridulce. Por un lado, «orgullo y satisfacción» por mi hijo. Por otro lado, la duda de si no estaremos haciendo de él, educándole para que haga «lo que está bien», un «pringao». Porque el otro niño hizo lo que le salió de las narices, nadie le dijo nada y encima el que «pringó» fue el mío. Y si no lo hubiera hecho, el papel seguiría tirado en el suelo.
Si lo extrapolamos al comportamiento adulto, uno tiene a veces la sensación de que hacer «lo que está bien» (pagar impuestos, respetar las normas de circulación, procurar no molestar a los vecinos, no ensuciar la calle, proporcionar un trato justo a colaboradores o empleados, trabajar honradamente, etc.) no compensa. Porque ves a muchos que no lo hacen, y a los que les va estupendamente. Y no sólo eso, sino que al que «hace las cosas bien» le toca suplementar lo que los otros han dejado de hacer, o sufrir las consecuencias. Si eliminamos las religiones de la ecuación (con su inapelable «si eres bueno irás al cielo» o «si eres malo te reencarnarás en boñiga de vaca»… cuán largo me lo fiáis), parece que «ser bueno» no acaba de compensar.
Y es que la sociedad en su conjunto es demasiado tolerante con comportamientos antisociales. Poca gente, a nivel individual, se atreve a afear una conducta; principalmente, porque las consecuencias pueden ser muy desagradables y nadie te va a proteger frente a ellas. Lo fiamos todo a las instituciones (llámese justicia, policía, inspección), pero tienen tan pocos recursos que simplemente no llegan a ejercer una tutela efectiva. ¿El resultado? Que aquí cada uno hace lo que le da la gana, y no pasa nada.
De ahí mi paranoia, de pensar si por enseñarle a «hacer lo correcto» le estoy condenando a ser un «tolili» mientras que otros viven mejor y se aprovechan de él. En fin, cosas del viernes por la tarde.

Próximo paso: proyectos propios

Hace ya más de un año que puse en marcha la idea de Digitalycia, después de haber pasado 2 años (de una forma u otra) colaborando con Weblogs SL, y después de haber pasado 7 años como consultor «serio». En total, 10 años de consultor, en los que se han sucedido proyectos muy variados pero con una característica común: han sido proyectos de otros.
Ya he confesado alguna vez que hay una parte de la consultoría que me gusta mucho: la de conocer un nuevo negocio, entender sus circunstancias, profundizar en las raíces de su situación y proponerles vías para mejorarla. Lo que pasa es que, después de eso, viene la parte de «implementar» el proyecto, sea un blog corporativo, una evaluación global del desempeño, el establecimiento de un sistema retributivo o desplegar una estrategia 2.0. De hecho, los clientes por lo que pagan (ahí está el negocio de verdad de los consultores) en el fondo es por esto: lo del «análisis y diagnóstico» está muy bien, pero al final lo que quieren es «házmelo». Y ahí viene el lío.
Porque en la inmensa mayoría de los casos no puedes aplicar tus propios criterios al desarrollo de los proyectos. No tienes control sobre los plazos, sobre las prioridades, sobre la forma de resolver los imprevistos. Si tienes suerte y se genera una gran sintonía, el cliente (que es al final el que marca el paso hacia un sitio u otro, o directamente no marca nada) te consulta y luego te hace caso. Pero lo normal es que te consulte pero luego decida por su cuenta y riesgo, cuando no que directamente ni te consulte ni decida. O que haya varias «voces autorizadas» dentro del cliente, cada una dando indicaciones variadas o directamente contradictorias. Y a eso siempre podemos sumar «el fuego amigo» procedente de tu propia empresa, con los jefes y sus «ideas felices», sus compromisos «off the record», su gestión de tus recursos, su agenda oculta o sus intereses al margen del proyecto. Te conviertes entonces en el mero ejecutor del proyecto de otros, en un triste tripulante de un barco capitaneado por personas que ni siquiera están de acuerdo entre sí, que ni va exactamente a donde tú crees que debe ir (o directamente en dirección contraria), ni al ritmo que crees que debe ir, o que directamente queda a la deriva sin que tú puedas coger el timón.
Por eso, tras 10 años, ha llegado el momento de un cambio. No radical, porque voy a continuar mi actividad «consultoril» para terceros. Pero, como línea estratégica, voy a empezar a desarrollar proyectos propios. Proyectos en los que yo sea el máximo responsable de las decisiones, de establecer prioridades, de marcar plazos, de gestionar recursos, de reaccionar ante los imprevistos. Y también el que se beneficie del resultado positivo o sufra el negativo. Siguiendo con el símil náutico, quiero ser el que define el rumbo, el que iza las velas, el que maneja el timón, el que decide cómo enfrentarse a las tormentas. Quiero poder aplicar mis criterios sin que haya un cliente que me diga «vale, me gusta lo que me cuentas pero vas a hacerlo de otra forma», ni un jefe que me diga «muy bien todo, pero he hablado yo con el cliente y ahora vas a hacerlo como yo te diga».
¿Llegaré a buen puerto, o me hundiré en el intento y tendré que seguir toda la vida sirviendo en barcos ajenos? El tiempo lo dirá. Pero ahora, en este momento, ha llegado la hora de ponerme al timón. El barco está a punto de zarpar.

Dejar de leer la prensa generalista

Hace tiempo que le vengo dando vueltas a esta idea: eliminar la prensa generalista (llámese El Mundo, El País o El Confidencial, que son los tres que leo con más frecuencia) de mis lecturas diarias. Ocurre que, con cierta frecuencia a lo largo del día, me encuentro conectándome a cualquiera de ellos (o a todos en rotación) a ver «qué ha pasado en el mundo». Y total… ¿para qué?
Esta idea está en total consonancia con la «dieta hipoinformativa» que mencionaba Tim Ferriss en su «Semana laboral de cuatro horas» (y de la que ya he hablado anteriormente). El razonamiento es sencillo: ¿suelo encontrar algo, en mis visitas a esos lugares, que me sirva de algún modo para avanzar en mis objetivos, sean profesionales o personales? La respuesta es, el 99% de las veces, un NO con mayúsculas. Y sin embargo, al cabo del día acabo dedicándole un buen puñado de minutos a ojear la portada, a leer esta noticia que me ha llamado la atención, o qué se yo.
Ejemplo de ahora mismo, noticias en la portada de El Mundo: discusiones sobre la posible prohibición de fumar en lugares públicos, Obama y el embargo a Cuba, Obama y el sistema financiero internacional, el partido de España en el Eurobasket, que Solbes deja el Congreso, que Evo Morales visita al Rey, un juicio a un asesino, traducción voz-lenguaje de signos, un asesinato en Estados Unidos, un niño de 7 años que atropella a una mujer, algo sobre Zelaya y Honduras… ¿veis a lo que me refiero? Ninguna de estas informaciones me va a permitir hacer mejor, o más rápido, ninguna de las cosas que tengo que hacer para progresar. Absolutamente ninguna.
«Hombre, es que tienes que saber en qué mundo vives«. Bueno, ésa es una cuestión discutible. En primer lugar, porque «el mundo en el que vivo» es infinitamente más amplio (e inabarcable) de lo que dicta un determinado medio con sus intereses editoriales. Así que leerles no supone «saber en qué mundo vivo», sólo una serie de píldoras que alguien (atendiendo a sus intereses, no a los míos) considera relevantes y que muchas veces, con el tiempo, se demuestra que no lo eran (¿cuántos de los debates que más tinta han hecho correr quedan en el olvido unos pocos meses después?) cuando no se descubren como totalmente artificiales o falsos. Y segundo, porque «el mundo» que me interesa es precisamente el que me afecta de una forma más directa, es decir, el tiene algún impacto en la vida que llevo o sobre el que yo puedo actuar de alguna forma. Y resulta que las noticias de la prensa generalista no suelen cumplir ninguna de esas condiciones: ni alteran en nada «mi mundo», ni puedo hacer nada al respecto.
Así que en ésas estoy. Igual un día pongo las direcciones de la prensa generalista en una lista negra para no acceder a ellas. Seguro que aprovecharé mucho mejor el tiempo.

Cambiando a iMac

Portátil vs iMac

Después de un tiempo rumiándolo, decidí liarme la manta a la cabeza y cambiar de ordenador. Y éste es el resultado: pasar de un portátil Toshiba (con Windows XP; nunca pasé por Vista) a un iMac de 24″. ¡Menudo cambio!
En realidad, los factores clave para el cambio de ordenador fueron principalmente abandonar el portátil (llevo trabajando con portátiles desde hace 10 años; y dado que la movilidad realmente no es ya un factor clave para mi equipo principal, quería volver a un equipo fijo, especialmente para poder permitirme un monitor mayor y mejorar la ergonomía en general) y dar un salto en prestaciones (el portátil tenía apenas 1 giga de RAM, siempre peleándome con los 80 Gb de disco, velocidad de proceso que ya renqueaba al tratar video o fotos…). Lo de pasar a un Apple ha sido ya en plan «ya que voy a cambiar, quiero probar esos equipos de los que la gente habla tan bien». En fin, que ahora tengo un monitor de 24″, 3 Ghz de proceso, 4 Gb de RAM, 1 Tb de disco duro… o sea que objetivo cumplido.
Y aquí estoy, haciéndome a la nueva situación. Lo primero, pasando el trance-rollo que supone instalar un ordenador desde cero: traspasar datos desde el otro ordenador (y de paso ponerles un poco de orden, que menudo tinglado tenía), instalar software (con el agravante de que, siendo un SO distinto, hay que conseguir todo el software de nuevo; y eso sin contar con aquellos programas que no tienen su equivalente en Mac, o los que presentan pequeñas incompatibilidades con el nuevo SO de Mac, el Snow Leopard). Lo segundo, acostumbrándome a trabajar con un monitor de 24″ en vez de con uno de 15″ (es curioso, se acostumbra uno bastante rápido; y luego pones el portátil para hacer cualquier cosa y te parece diminuto todo). Y, por supuesto, acostumbrándome a «esas pequeñas cositas» de Apple que despistan a un «switcher» (dícese del que cambia de PC a Mac). Aunque de momento he de decir que no ha habido muchas cosas que me hayan vuelto loco.
Al final, tras unos días con la «emoción» del cacharro nuevo, el ordenador pasa a ser lo que siempre es: una herramienta para desarrollar un trabajo. Un medio, no un fin. En absoluto un objeto de fascinación. Vamos, que no esperéis de mí que me convierta en un «fanático maquero». Pero de momento ahí dejo la foto 😀