El alumbramiento del modelo Skillopment

En las últimas semanas he estado trabajando en dar forma a una herramienta que me ayude a explicar las claves del aprendizaje y el desarrollo eficaz de habilidades. Y el resultado es el modelo Skillopment.

Un poco de contexto

Cuando hace unos meses «puse de largo» la charla sobre la importancia que tiene el desarrollo de habilidades en el entorno actual, y en las ocasiones en las que la he utilizado después (incluyendo el ebook que edité), me di cuenta de una cosa.
Y es que así como la primera parte (donde hablo de «lo complicado que está el mundo» y «cómo el desarrollo de habilidades tiene sentido para afrontar la incerticumbre») estaba hilada y fluía con facilidad, la segunda parte (donde reflexiono sobre cuáles son las claves para que ese desarrollo de habilidades se produzca con eficacia) se me atragantaba un poco. No porque no tuviese sentido lo que decía, si no porque le faltaba un poco de estructura, de hilazón. Al final, acababa resultando una amalgama de ideas, todas creo que útiles, pero que acababan siendo poco memorables.

¿Qué aporta el modelo Skillopment?

Pues precisamente creo que viene a solventar ese problema. El modelo Skillopment organiza las ideas sobre el aprendizaje y el desarrollo eficaz de habilidades, y permite contarlas siguiendo una estructura lógica. Además le he dado un carácter gráfico propio, que también ayudará a recordarlas mejor.

La verdad es que estoy satisfecho. Desde luego, yo ahora me siento más cómodo con el discurso, lo encuentro fluido y coherente; y con quienes he hecho «pruebas de concepto» también me han transmitido un buen feedback.

Un curso gratuito para saber más

He creado un curso gratuito para aprender mejor, en el que aprovecho para desgranar los elementos del modelo uno a uno. Son seis «lecciones» que, durante una semana, irán llegando al correo electrónico de quienes se suscriban y que al finalizar les dará una visión muy concreta de cuáles son las claves del aprendizaje y el desarrollo eficaz de habilidades; claves que podrán aplicar siempre que quieran, aprovechando mejor el esfuerzo y consiguiendo mejores resultados de forma más rápida y duradera.

¿Te interesa?


* Curso gratuito por correo electrónico

El último tuit

En algún momento de estas semanas (después de mirarlo, casi lo clavo: el pasado martes 28) se cumplieron 10 años desde que usé por primera vez twitter. «Renegar de mi prejuicio previo y probar el dichoso twitter», decía por aquel entonces. Recuerdo que me pareció una chorrada, y así lo dije. Pero por la boca muere el pez, y diez años después hay casi 40.000 tuits que lo atestiguan. Hasta hoy.
Porque hoy escribiré mi último tuit.
Twitter fue para mí una ventana abierta al mundo. Una evolución de aquella «red social» primigenia que formábamos con nuestros blogs, y nuestros lectores de feeds. Personas creando contenidos, cada uno de su padre y de su madre, con la posibilidad que eso te daba (a poco interés que pusieras) en personalizar tu consumo, y también de interactuar entre nosotros. Porque mira que hay gente interesante en el mundo, y siempre hay en twitter un enlace que leer, un comentario agudo, una historia curiosa, un chiste divertido, o un gif de gatitos.
Pero lo malo es que esa ventana siempre está ahí, abierta, con su scroll infinito, su «hay nuevos tweets», sus notificaciones. Un recurso fácil y ubicuo para «desconectar», pero también para «distraerse» o para «evadirse». ¿Que sientes incomodidad con lo que estás haciendo? Me voy a twitter. ¿Que no sabes muy bien qué hacer? Me voy a twitter. Un chupete digital para adultos, un mecanismo de evasión perverso.
Porque twitter proporciona una falsa sensación de conexión con otras personas. Estás leyendo a fulano, y a mengano. Les lees contar detalles de sus vidas, pensamientos. A veces incluso interactúas con ellos. Parece que tienes un cierto círculo social. Pero es, en el mejor de los casos, un círculo social débil, superficial. Este sucedáneo de relación puede dar el pego, como muchas veces sucede en los «grupos de amigotes», pero a la hora de la verdad no pueden competir con relaciones más significativas. Piénsalo, ¿cuánto más relevante es un café compartido que horas y horas de lectura diagonal de tu timeline?
Twitter también te engaña al hacerte sentir que estás «enriqueciéndote». No, tú no eres como esa gente que se pone a ver el Sálvame o el Chiringuito, o las tertulias de la tele. Tú tienes un «timeline» muy cuidado, donde todo son artículos relevantes, historias curiosas y provechosas… ¿De verdad? ¿Cuántos de los artículos que ves pasar en twitter lees realmente? ¿Y de esos, cuántos te sirven para algo más que para decir «ah, pues qué interesante; lo retuiteo»? ¿Cuántos se transforman en algo accionable en tu vida? En vez de centrarnos en una cosa, y trabajar por transformar esas ideas en acciones, nos pasamos el día consumiendo infinitos inputs variados y dispersos, diluyendo nuestra atención y nuestro foco, para acabar básicamente donde estábamos. Disfunción narcotizante a tope.
Y eso cuando no te ves arrastrado a enterarte de cosas completamente irrelevantes, relacionadas con «la noticia del día» o el trending topic de turno. Cosas que te dan igual, y sobre las que sin embargo acabas sintiendo el impulso de dar tu opinión, o de discutir con desconocidos. Porque es fundamental que el mundo oiga la voz de la razón, vea nuestro sólidos argumentos y la endeblez de los del otro.
Y es que twitter genera también una falsa sensación de relevancia. Ahí están tus followers, esperando tus comentarios, tus enlaces, tu sabiduría. Para algo te siguen, ¿no? ¡Qué feliz es mi ego! Pero esa relevancia no es real. Nadie lee tus tuits, nadie hace click en lo que enlazas. Puedes creer que sí, que estás teniendo un gran alcance con tus acciones, que estás construyendo tu «imagen de marca», que de alguna manera eres el centro de atención. Pero no lo eres, no te engañes. Eres el loco subido en el banco del parque dando un speech a gente que pasa distraída por tu lado, y que a veces simplemente habla solo.
Alguien podrá decir que «bueno, igual que el blog, y aquí sigues». Lo cual no deja de ser cierto, aunque con una gran diferencia. Porque twitter, con su formato corto e inmediato, está abierto a que sueltes tus pensamientos a vuelapluma, según te salen. Pim, pam, publicar. Mientras que el formato del blog te obliga a elaborar un discurso, a reflexionar sobre lo que quieres decir y a construirlo con un mínimo de criterio. Y en ese sentido es no sólo una herramienta de «difusión», si no también de trabajo interno a la que yo, de momento, no tengo intención de renunciar.
Como tampoco tengo intención de renunciar a las relaciones personales. Más bien al contrario: el objetivo es sustituir esa «relación de baja intensidad» a base de tuits por otra diferente. Más cruce de mails, más chats, más conversaciones en persona, más cafés, más skypes. Más profundidad, más foco, más intención, más significado. Inevitablemente habrá con quienes esa relación se fortalezca, y habrá con quienes se diluya; no pasa nada, sucede todos los días en la vida digital y en la vida real.
De la misma manera, espero también aportar más foco, intensidad, profundidad y significado a mi consumo de contenidos. Si de verdad quiero saber sobre un tema, ya buscaré activamente información relevante. Si quiero entretenerme, ya buscaré el momento y la forma de hacerlo. Ser yo el que dirija mi atención, y no dejar que sea ese torrente continuo de inputs quien lo haga.
Adios, twitter. Fue divertido. Pero tu tiempo ya pasó.

Video Aprendizaje y Desarrollo Eficaz de Habilidades – Skillopment en Deustalks

El pasado 23 de febrero tuve el placer de dar una charla en la sede de Deusto en Madrid sobre Skillopment, aprendizaje y desarrollo eficaz de habilidades.
Para mí fue un evento especial, siendo como es Deusto mi «alma mater». Además hubo un buen puñado de amigos que se acercaron a compartir el rato conmigo, algo que me hizo especial ilusión.
Aquí tenéis el video de la charla, y ya sabéis; si os gusta y se os ocurre algún sitio donde tenga sentido hablar de estos temas, ¡yo encantado!

Manías de viejo

Dicen que, a medida que uno se va a haciendo mayor, sus manías van haciéndose más y más presentes. Que, llegado un momento, le resulta muy difícil salirse de sus rutinas y sus hábitos, que las cosas tienen que ser como él dice, y que todo lo demás «está mal». Que le resulta difícil acostumbrarse a las formas de hacer de otros, y que está constantemente refunfuñando.
Y aquí estoy yo, camino de los 41. Aunque a decir verdad, yo ya de serie venía bastante maniático y egocéntrico, con tendencia a considerar «mi forma de ver las cosas» como «la forma correcta de ver las cosas» y con dificultad para adaptarme a los cambios de planes. Es muy comentada mi poca cintura para encajar las críticas, y mi proverbial capacidad para decir «NO» de entrada a a casi todo (aunque también me reconocen cierta ecuanimidad a la hora de reconsiderar mis posturas, pero siempre con un periodo de maduración).
Estos días he empezado a trabajar con gente nueva, y estoy notando cómo me cuesta adaptarme. Haciendo el ejercicio de reflexión, intentando ponerme en la posición del «observador externo», me doy cuenta de mis propias rigideces. A veces resultaría hasta cómico observarlo, si no fuera porque soy yo mismo el que sufre las consecuencias, y el que tiene que hacer el esfuerzo porque sea de otra manera.
En esas estamos. Supongo que, como se suele decir, «el primer paso es darse cuenta».

La posverdad no es necesariamente mentira

Hace unas semanas reflexionaba sobre lo manipulables que somos los humanos, y la facilidad con la que nos creemos cualquier mierda. Hilando con aquella reflexión, resulta que ahora está muy de moda el término «posverdad». El otro día El Tabernero decía en twitter: «Estoy harto del término ‘posverdad’. ¿Por qué somos tan tontos de comprarlo? ¿Hemos maquillado tanto a la mentira como para no reconocerla?».
El problema de la «posverdad» es que no hace falta que sea mentira. A veces lo es, pero hay muchas formas de manipular la verdad sin necesidad de decir una mentira. Una frase sacada de contexto, por ejemplo: «¿Acaso no dijo usted estas palabras textuales?» Bueno, sí, las dije… pero dije muchas cosas que le daban contexto, y lo que usted está haciendo al sacar ese entrecomillado es echarme a los leones. O una foto encuadrada de tal o cual manera, o sacada en un instante u otro: «¿Esta foto no es real?» Sí, es real, pero no refleja ni la situación, ni el tono, ni lo que pretendía decir. O el enfoque de una noticia, centrándose en unas cosas y no en otras. O un caso anecdótico que se eleva a categoría de general: «¿Está negando que ese caso sea cierto? ¿Está negando la experiencia de esta persona?» No, pero lo que define la realidad no es un caso concreto, sino una tendencia, unos datos. O la exacerbación de los aspectos emocionales o simbólicos de una noticia, buscando la empatía y la solidaridad acrítica. O un detalle sin importancia al que se le da rango de noticia de portada día sí y día también. O lo contrario, informar en letra pequeña de lo que no te interesa: «¿Acaso no lo publiqué?». O dar voz a los que defienden una idea, sin dársela a los que defienden la contraria. O ridiculizar una idea escogiendo a un hombre de paja («miren lo que ha dicho este señor»). O lanzar insinuaciones vagas, de forma que nunca te puedan acusar de «usted dijo esto» cuando, en realidad, sí lo estás diciendo. O usar estadísticas retorcidas. O esconder el origen de los datos sobre los que se basa una afirmación. O coger un estudio de calidad limitada y hacer aseveraciones «científicas» con ello.
Etcétera. Decenas de formas de manipular sin necesidad de mentir. Tácticas que usan sin ningún rubor los de aquí y los de allá, los de este lado y los del otro. Y en medio nosotros
Posverdad.

He escrito un libro

Pues sí, he escrito un libro. Más información sobre él en la página de Skillopment, Aprendizaje y Desarrollo Eficaz de Habilidades, donde se puede descargar al suscribiros a la lista de correo que he creado al efecto.

skillopment_book

La idea de escribir el libro surgió casi de forma natural hilada a la charla que estrené en Sevilla. Durante su preparación estuve dándole muchas vueltas a las ideas y al argumentario, que creo que al final terminó teniendo mucho sentido. El libro es, al final, una forma de poner negro sobre blanco esas ideas y ampliarlas con un tono más práctico, más enfocado en «cosas que puedes hacer tú para desarrollar tus habilidades de forma eficaz».
En este sentido, el proceso fue muy orgánico. En otras ocasiones me había planteado escribir un libro, pero ponía el carro delante de los bueyes: «quiero escribir un libro, a ver ahora de qué, y qué sentido le doy». No fluía, y me atascaba rápido. En esta ocasión el orden estaba invertido: las ideas ya estaban, el orden ya estaba. Solo quedaba ponerse delante del teclado y dejarlas fluir. Y es lo que he hecho, dejar que algo que ya existía tomase una nueva forma. Poco a poco, aplicando aquello de primero crear y luego editar, el libro fue tomando cuerpo.
El estilo os resultará muy reconocible a los que me leáis por aquí. Mi forma natural de escribir es la que es, la misma que tengo en el blog. Ideas concretas, cortito y al pie, sin muchos rodeos. Supongo que, si me pongo, podría forzarme a escribir en otro estilo, pero tampoco es lo que me pedía el cuerpo. He intentado que quede ameno y útil, que me resultase fluido de escribir y no recargarlo innecesariamente.
Porque otra cosa que tampoco me ha preocupado lo más mínimo es la longitud del libro. Hay algo que me enerva profundamente cuando leo libros de management, y es la sensación de que se estiran y se estiran las ideas con el único objetivo de llegar a un número de páginas. Conceptos que se pueden explicar en un párrafo se les da vueltas y vueltas hasta que llenan páginas y capítulos enteros. Yo no quería eso. El libro dura lo que tiene que durar para transmitir las ideas que quería transmitir. Y ya está, no hay por qué perder el tiempo ni hacérselo perder a los demás por puro postureo.
He afrontado el proceso de escritura y publicación con mentalidad «ágil». Esto quiere decir que mi objetivo era lanzar una primera versión razonablemente armada, pero sin volverme loco en detalles, revisiones y recontrarevisiones, formatos… Se trata de poner la bola en juego, ver si el concepto del libro gusta, si la temática interesa, si tiene un mínimo de tracción… recopilar feedback y, si procede, hacer posteriores versiones corregidas y aumentadas. Porque realmente no sé si la idea tiene sentido o no; quiero decir, en mi cabeza lo tiene, pero las cosas hay que llevarlas al terreno de lo real para que sirva como piedra de toque. Así que he buscado que el ratio esfuerzo/resultado estuviese equilibrado, sin volverme loco.
Lo curioso es que, mientras escribía el libro, iba rumiando una inquietud: «bueno, ¿y luego qué voy a hacer con él?». Claro, en tus fantasías siempre está la idea de ponerlo a la venta, y que se vuelva viral, y que ganes mucho dinero con él. Pero soy lo suficientemente mayor como para tener acotadas ese tipo de fantasías (pero oye, que si sucede estaré encantado). Sospechaba que ponerlo a la venta iba a suponer vender uno o ninguno. Y en realidad me interesaba más el libro como vehículo de visibilidad y de posicionamiento, una manera de atraer miradas hacia el concepto de «aprendizaje y desarrollo eficaz de habilidades» y que me abriese las puertas a dar más charlas, impartir talleres, quizás abordar algún proceso de asesoramiento individualizado (me sigue costando llamarlo «coaching», aunque supongo que es eso) o de asesoramiento corporativo. Cosas que creo que pueden tener sentido, y donde puedo aportar valor. Como consecuencia, lo que he hecho es poner el libro en descarga gratuita (de momento), con la idea de que llegue a tantos sitios como sea posible. Sí que lo he puesto detrás de una «suscripción a una lista de correo», que al final espero utilizar como canal para crear una «comunidad» alrededor de todas estas ideas (pero sin dar la tabarra, conste). Creo que a esto lo llaman «lead magnet»…
Una cosa que me ha gustado del proceso de hacer el libro es que me ha permitido (y curiosamente, ésta es una de las ideas que elaboro en él) aprender y poner en práctica algunas habilidades. Desde diseñar la portada o los banners, a montar una pequeña campaña de email marketing con Mailchimp o a hacer un pequeño anuncio con Facebook Ads, al proceso de conversión del documento en .pdf, .epub y .mobi. Solo por eso ya ha sido una experiencia enriquecedora.
Y ahora queda ver qué pasa. Confieso que me da un poco de apuro la parte de «promocionarlo». Primero porque no me gusta ser pesado (y hay gente que se pone muy plasta cuando hace cualquier cosa), pero también tengo la sensación de que hace falta serlo un poco si quieres que las cosas sucedan; así que ahí ando, intentando ver dónde está el equilibrio. Y también tengo que luchar contra cierto «síndrome del impostor», la duda de si realmente estoy diciendo cosas con sentido, si realmente el enfoque que le estoy dando es útil, si no estaré diciendo un montón de obviedades y perogrulladas. Pero, para variar, esta vez prefiero «salir al ruedo» y dejar que sea la realidad, y no mis rumiaciones, las que me den feedback.
Y ya está. Que estaré muy agradecido si leéis el libro y me dais vuestras opiniones, y si me ayudáis a darle visibilidad.
Keep learning!

Lo mejor del blog en 2016

12 años de blog, y creo que nunca había hecho esto: un post recopilatorio con «lo mejor del año».
Dice la ley de Sturgeon que «el 90% de todo es mierda«. He cerrado el año con casi 100 posts publicados, así que aplicando ese criterio solo 10 serían rescatables. No estoy necesariamente de acuerdo con Sturgeon, pero me he forzado a limitar mi lista a ese 10%; son éstos:

  • Cinco reflexiones sobre design thinking y Trece ideas de scrum que puedes aplicar en tu gestión reflejan mi acercamiento durante este año a las metodologías ágiles. Siempre me he sentido filosóficamente cercano a ellas, pero este año he hecho un esfuerzo por consolidar mi conocimiento y sobre todo por encontrar fórmulas para su aplicación.
  • Las historias de profesionales independientes me han permitido cambiar impresiones con un puñado de gente maja, y reflexionar sobre este rol (y sobre todo esta mentalidad) que estoy convencido de que representa el «futuro» (presente) para cada vez más personas. Estoy además muy agradecido a todos los participantes, por vuestra disposición para colaborar… en serio, significa un montón para mí.
  • Cuadernos Rubio para el desarrollo profesional es un texto que ha traído mucha cola. Muchas reflexiones sobre el aprendizaje han evolucionado a partir de él, y una «línea de acción» de cara al futuro a la que veo sentido y que me entusiasma. Desarrollar nuestras habilidades es algo fundamental, y a la vez algo a lo que prestamos (a nivel individual y corporativo) muy poca atención. Algo habrá que hacer al respecto.
  • Nos creemos cualquier mierda, una alerta (para los demás pero sobre todo para mí mismo) de nuestros sesgos cognoscitivos, de lo fácil que somos de manipular, y de la importancia del pensamiento crítico como herramienta fundamental para andar por el mundo
  • Siete reflexiones y una caldera estropeada. Porque la vida cotidiana puede ofrecernos un montón de momentos de reflexión y de aprendizaje, si la miramos con atención.
  • De las ideas al impacto: aterriza como puedas y Estoy moreno porque me pongo al sol. Dos apuntes sobre una idea que me ha obsesionado este año: pasar de «la mente» (donde estoy muy cómodo, muy calentito) a la acción. Sin acción no hay impacto, sin acción no hay cambio. Sin acción no pasa nada de lo que quieres que pase. Hay que hacer, aunque te lastimes en el proceso.
  • Manual de instrucciones para días nublados plasma otro vector sobre el que ha transcurrido mi vida durante este año: el autoconocimiento y la autogestión, especialmente a nivel emocional. Convencerse de que hay herramientas y metodologías para observarnos, para identificar qué nos pasa, para tomar perspectiva y para dar una respuesta qué más nos beneficie.
  • Y para cerrar la lista, el post de mi cumpleaños. Cuarenta. Una declaración de intenciones a la que espero seguir siendo fiel.

Aprovecho la ocasión para daros las gracias a todos los que me leéis, especialmente a los «habituales», y dentro de esos especialmente a los que lleváis más años haciéndome compañía. Escribir el blog es una de las cosas que más me gustan, y saber que estáis al otro lado es uno de los factores clave.
Nos vemos en 2017 🙂

Locales

Cuando voy caminando por la calle, me gusta ir fijándome en los locales comerciales. En los ocupados, y en los vacíos.
Me gusta echar un vistazo dentro, ver qué venden, cuánta gente hay. Mi mente de «economista» intenta hacer un bosquejo de la viabilidad del negocio: ¿cuáles son los costes? ¿cuáles los ingresos? ¿esto da para ser rentable? Reconozco que muchas veces no me salen las cuentas. ¿Cómo es posible que este chiringuito salga adelante? He tenido contacto con algunos pequeños negocios, y sé que hay que remar mucho para que las cuentas cuadren. Y hay «negocios» que me llaman mucho la atención, porque soy incapaz de entender qué cuentas de la lechera se habrá hecho el promotor para meterse en ese lío. Luego la realidad se impone y, cuando al cabo de unos meses ves el negocio cerrado, piensas: «joder, si es que era de cajón». Aunque he de reconocer que otras veces veo cómo el negocio permanece (¿ganando dinero?), y pienso «algo hay que me estoy perdiendo».
También suelo mirar los locales vacíos (¡cuántos hay!). Me da por elucubrar: «¿y si abriese yo un negocio?». Lo he pensado muchas veces a lo largo de los años, pero siempre llego al punto de bloqueo. ¿Qué negocio podrías poner, que «funcionase»? ¿Qué necesidad no cubierta existe? ¿Qué valor puedes aportar? Como cliente… ¿qué negocio echas en falta, por qué estarías dispuesto a pagar (a ser posible mucho y de forma recurrente)? Y no me salen demasiadas respuestas claras.
Siempre me ha llamado mucho la atención la mentalidad del «emprendedor», del «negociante», del que se lía la manta a la cabeza y dice «venga, yo abro y a ver qué tal va». Y se mete en gastos, reformas, decoración, publicidad, stock (las inversiones en el «mundo físico» siempre me impresionan)… y hala, a torear. Y luego si sale, bien; y si no pues a cerrar y a probar otra cosa.
Hay algo cierto, y es que a algunos les funciona. Pero no puedo dejar de pensar en todos aquellos a los que no, los que reman como locos para al final tener que rendirse, con suerte sin haber perdido demasiado dinero en la aventura.

Me encanta que los planes salgan bien

¿Qué tal funcionó mi charla del otro día? Bueno, recibí reacciones positivas tanto en directo como en la red, pero asumo que eso no es significativo. Seguro que también hubo a quien no le convenciera, y no dijo nada (tampoco me tiraron tomates, eso es verdad). Yo desde luego estoy satisfecho, como siempre pensando en cómo hacerlo mejor la próxima vez. Pero hay algo de lo que estoy seguro: salió exactamente como estaba previsto que saliese.
Seguí el guión que tenía planificado. No divagué, ni me perdí, ni me dejé ningún punto relevante en el tintero. Encajé un par de chascarrillos. En definitiva, trasladé el mensaje que quería trasladar, y me ceñí rigurosamente al tiempo previsto, sin tener que hablar deprisa, ni saltarme ningún trozo, sin dar vueltas en bucle para ganar unos segundos porque me hubiese quedado corto.
¿Casualidad? No. Tampoco talento. Simple preparación, algo que está al alcance de cualquiera.
Hace semanas que empecé a pensar «qué quería contar«, cuál era la idea principal que quería transmitir y cómo montar el hilo argumental que me permitiera darle soporte. Porque de eso se trata, uno se sube a un escenario para contar algo. Sobre esa base he ido profundizando, afinando el discurso, añadiendo un poco de aquí y quitando un poco de allá, buscando datos y anécdotas, intentando darle equilibrio, coherencia y sentido.
En paralelo he ido trabajando el aspecto gráfico de la presentación: sencillo pero aparente, visual, coherente con el discurso. Lejos de las «plantillas estándar», cuidando un poco los detalles. Aplicando algunos criterios básicos de diseño que no cuestan nada.
Muchos días antes recibí las instrucciones de la organización: 20 minutos, 11 slides, una plantilla estándar. Contrasté con ellos si el asunto de la plantilla era «negociable». Lo era, así que pude seguir con mi plan original. Si no lo hubiera sido, hubiese tenido tiempo más que de sobra para adaptarme, nada de sorpresas de última hora. La restricción de minutos y slides sí me hizo aligerar la charla, y busqué cómo hacerlo manteniendo el espíritu y la lógica argumental; algo más sencillo cuando la diseñas «de arriba abajo», puedes eliminar niveles de detalle manteniendo los grandes bloques.
Pasé la charla a dos o tres personas de confianza, para que me dieran su feedback. Incluso pregunté en twitter por un par de matices, a ver qué tal sonaban. Cambié un par de cosas en función de las aportaciones recibidas; es algo que me cuesta en general, pero cuatro ojos ven más que dos, y alguien «de fuera» puede ver tu trabajo con más claridad que tú mismo.
Y ensayé. Cogí la presentación, y la recité durante varios días, varias veces en mi cabeza, otras más en voz alta. Primero leyendo, luego siguiendo de memoria. Midiendo tiempos, siendo consistente en lo que contaba y en cómo lo contaba, asegurando que siempre tardaba más o menos lo mismo en cada bloque y, por extensión, en el total. Tomando referencias que me permitiesen saber, en vivo y en directo, si iba ajustado o no y corregir si fuese necesario.
La presentación la envié a la organización con varios días de antelación a la fecha límite. No había lugar a cambios de última hora, ni a volverles locos. El trabajo ya era de puro repaso, y así fueron los últimos días: asegurarse de que todo estaba en mi cabeza y que salía con fluidez. Incluso durante el viaje pude repasar mentalmente el hilo otro par de veces.
Y llega el momento de subirse al escenario. Y claro, hay nervios, porque da igual las veces que lo hayas hecho un auditorio con decenas de personas impone respeto. Pero empiezas a contar lo que has contado ya tantas veces en tu cabeza, y entras casi en «modo automático». Y mientras hablas, como lo tienes automatizado, tienes tiempo para ver reacciones, para controlar el tiempo, para meter una pequeña improvisación. Y miras al reloj y ves que vas justo sobre el timing previsto. Y llegas al final y ves que quedan 30 segundos, los justos para hacer el cierre. Y después de un par de preguntas, te bajas satisfecho pensando que has hecho justo lo que querías hacer.
Habrá quien piense que «menudo repelente», que qué asco doy :D. No podría importarme menos. Para mí era importante que saliese bien, por prurito profesional y por respeto a quienes me van a escuchar. Y por eso le dediqué tiempo y cariño a la preparación. No quería, en una presentación de 20 minutos, excederme 10 o quedarme 5 por debajo. No quería dejar cojo el argumento porque me olvidase de algo. No quería hacer una presentación frankenstein a última hora, mientras iba en el tren. No quería hablar muy rápido y atropellando ideas porque intentas meter en 20 minutos una presentación diseñada para 50. No quería amontonar texto en una diapositiva para que todo encajase. Simplemente, quería que saliese bien.
Decía Bill Walsh que, con la adecuada preparación, «score takes care of itself». La mayor parte en esa preparación no hay magia, ni talento especial, ni herramientas maravillosas… solo diligencia. Woody Allen lo expresa diciendo «80% of success is showing up». Las cosas pueden salir mejor o peor, pero que no sea porque tú no has hecho tu parte.

Reválida sí, pero

Hoy tenemos día de protestas contra «la reválida» (examen «general» planteado en alguna de las últimas reformas educativas, no me preguntéis cuál), y me surgen bastantes reflexiones (obviando la utilización partidista/sectaria del tema, que también está… que en la misma protesta te mezclan el franquismo, el capitalismo, los refugiados, la lucha de clases…)
Reválida sí. Me parece de cajón. Se supone que estudias para adquirir una serie de competencias y conocimientos. Y esas competencias y conocimientos debes incorporarlas a largo plazo. Si realmente las tienes interiorizadas, no debería costarte demasiado el demostrarlo. Y si no eres capaz de demostrarlo, entonces es que todo el tiempo, esfuerzo, recursos dedicados a ese aprendizaje no valen para absolutamente nada. «No, pero es que si ya he ido aprobando los cursos…». Ya me contarás de qué vale que «estudies para aprobar» y al día siguiente no te acuerdes de nada… pues eso, PARA NADA, tiempo y dinero tirados a la basura. Mejor estarían los chavales en el parque, y nos ahorramos colegios, profesores y demás, porque el resultado es el mismo.
Ahora bien, esto debería llevarnos a cuestionar qué se aprende y cómo se aprende (y por extensión, qué es lo que estamos valorando con la reválida). ¿Tiene sentido que me pregunten los nombres técnicos de las partes de una planta, o detalles de la tabla periódica de los elementos, o la lista de los reyes godos? ¿Son ese tipo de conocimientos y competencias los que merece la pena incorporar a largo plazo, y por lo tanto medir con una «reválida»? De mis «años mozos», y de lo que voy viendo como padre, tengo la sensación de que hay muchísimas cosas que el sistema educativo obliga a aprender a los chavales y que no valen para nada. Tiempo y esfuerzo (e ilusión y motivación) tirados a la basura a lo largo de los años. Claro, si luego la reválida la usamos para medir esos conocimientos, estamos haciendo el gilipollas. Pero el problema no es la reválida, si no todo lo anterior.
Deberíamos plantearnos (como sociedad) cuáles son las habilidades/competencias/conocimientos que merece la pena desarrollar y consolidar a largo plazo a través de una «educación obligatoria». Y alinear todo el sistema (cómo enseñamos, qué enseñamos, durante cuánto tiempo, deberes sí o deberes no, notas, reválidas) entorno a ellos. A lo mejor nos sale un sistema educativo muy distinto. Y sin embargo, la sensación es que construimos todo al revés: «tenemos que tener a los críos entretenidos hasta los 16 años (o los 18, o los 23), muchas horas al día, así que a ver de qué rellenamos el tiempo». Y si quieres hacer algo distinto… pues no te dejamos.
Me apena que la gente se eche a la calle a protestar por la reválida, y sin embargo aceptemos sin cuestionar todo lo que hay detrás. Somos el tonto que se queda mirando el dedo.
Hay otra derivada interesante en este tema, y es cierta noción de que «la reválida va en contra de la clase obrera», porque si sacas mala nota no te dejan acceder a la universidad (mientras que «los ricos» pueden irse a una universidad privada). Lo que subyace es que «todo el mundo tiene derecho a una educación pública, hasta los veintitantos años… independientemente de si la aprovecha o no». Con lo cual, francamente, no estoy de acuerdo. ¿Por qué tengo yo (si, yo, y tú, con nuestros impuestos) que pagar una educación a alguien que no demuestra un mínimo de interés, esfuerzo, capacidad…? Estoy plenamente a favor de igualar por la vía de las oportunidades, pero oiga, ponga usted algo de su parte. La oportunidad la tiene, pero si no la aprovecha… ¿da igual? ¿seguimos pagando? ¿hasta cuándo? Prefiero destinar dinero a becas para que quien quiere estudiar (y lo demuestra) pueda hacerlo, o invertir en un sistema educativo con más recursos por alumno (pero con menos alumnos; los que lo merezcan) que sufragar una infraestructura «de café para todos» donde el interés, el esfuerzo o la capacidad sean irrelevantes. Lo primero lo entiendo, me parece justo, y además tiene un retorno directo en la sociedad, pero lo segundo… coger el dinero y tirarlo a la basura. Pues para eso prefiero que se quede en mi bolsillo.
Claro, el problema es que hay demasiada gente que ve «lo público» como un pozo sin fondo. Disparar con pólvora del rey, un caldero del que siempre se puede sacar porque siempre hay (y si no, «que paguen los ricos»). Ojalá fuese verdad… pero no lo es. El diseño del sistema educativo no puede obviar esta realidad, y deberíamos pensar (de nuevo, como sociedad) en articularlo de la manera más razonable dentro de las restricciones existentes. Igualdad de oportunidades, claro. Pero también retorno social.