Los robots crean empleo

Llevo un tiempo dándole vueltas a esto de los robots y el futuro del trabajo, y trato de considerar todos los argumentos que se plantean alrededor de este tema que, para mí, es uno de los grandes retos económicos y sociales de los años por venir.
Hoy me cruzaba en twitter con una reflexión:

«Robótica y empleo van juntos. Cada robot que nosotros instalamos tiene dos ingenieros detrás»

Es un tuit, no conozco el contexto de la frase, y a lo mejor resulto injusto. Pero me parece muy interesante, en la medida en que refleja cierta corriente de opinión «tecnooptimista», que ante los retos que mencionaba acaban optando por el «no pasa nada, la tecnología proveerá». ¿Un problema para el empleo? No, hombre, por cada robot tenemos dos ingenieros.
Vale, el robot permite que haya dos ingenieros… ¿y cuántos puestos de trabajo amortiza? ¿Cuál es el saldo neto de creación/destrucción de empleo? «Yo creo empleo» no sirve como respuesta, si el saldo global (como intuyo) es negativo.
Incluso si asumiésemos que son dos ingenieros a cambio de dos puestos de trabajo amortizados por el robot, que no hay destrucción neta de empleo… ¿cuál es el perfil de esos puestos de trabajo que se destruyen? Apuesto por trabajos poco cualificados, desempeñados por personas que están muy lejos de ser ingenieros. Si destruimos empleos de «baja cualificación», y lo que aparecen oportunidades que requieren una mayor cualificación… ¿Qué hacemos? ¿Transformamos automáticamente a unos en otros? ¿Es creíble que podamos tener una sociedad de «solo ingenieros»? ¿Qué va a pasar con todas las personas que «no den el nivel»?
Como digo, me parece que ahí hay mucha miga. Y nos vamos a enfrentar irremediablemente a ese problema. A ver cómo lo resolvemos.

¿Podría vivir sin coche?

Hoy se celebra el Día sin Coches, y en medio del revuelo mediático/tuitero, me he puesto a pensar. Ocurre que nuestro coche va ya por los 240.000 km, y llegará el día en el que haya que prescindir de él, y quizás sea el momento de plantearse… ¿podría vivir sin coche?
(Nota: por poner en situación, para quien no lo tenga presente, vivo en Aranda de Duero, un pueblo de 35.000 habitantes en medio de Castilla y León. Y eso influye (con pros y contras) si comparamos la situación con alguien que viva, por ejemplo, en Madrid.)
En el día a día en el pueblo el coche básicamente no lo utilizamos para nada. Puede pasarse la semana completa sin tocarlo, durmiendo el sueño de los justos en el garaje. La excepción sería alguna vez que tenemos alguna actividad extraescolar en las afueras o algo de vida social en algún pueblo cercano; ahí, sin coche, todo sería un poco más complicado. Pero hay un pequeño servicio de autobús urbano (que nunca hemos usado, pero creo que suficiente como para llegar a la mayoría de sitios a los que tenemos que ir), hay taxi (que para cosas ocasionales podría solucionarte la papeleta), e incluso podríamos coger costumbre de movernos en bici (los críos ya van siendo más mayores, aunque lo de ir en bici por las calles me sigue poniendo bastante nervioso).
Luego están mis desplazamientos, más o menos habituales, a Madrid. Aquí tengo una línea de autobuses que es razonablemente cómoda pero que me supone un problema con los horarios: por la mañana te obliga o bien a madrugar un huevo, o bien a llegar a Madrid a media mañana (lo cual, bueno, no es para tanto). Y por la noche tengo hora límite a las 22:00, lo cual te invalida algunos planes nocturnos. Aunque estoy pensando que, en el peor de los casos, podría jugar la baza de pernoctar en Madrid y asunto arreglado.
Para moverse por Madrid, normalmente podría sin demasiado problema hacerlo en transporte público (y más cuando son desplazamientos «intra-día», es decir, fuera de las horas punta). Alguna vez tengo que ir un poco más a las afueras, y puede que eso fuese más incómodo… pero tampoco es lo habitual.
O sea, que para la vida «cotidiana» podría prescindir del coche casi al 100%, con alternativas razonablemente cómodas (más incómodas que el coche, sí, pero dentro de un orden razonable).
Mi problema lo veo sobre todo con los desplazamientos familiares. Tenemos familia fuera, por lo que cada pocas semanas toca un viaje de fin de semana de cuatro personas más equipajes. Las conexiones interurbanas de transporte público no son nada cómodas/flexibles (ni en horarios, ni en duración del viaje, ni en la conexión «estación-lugar de destino», ni en precio…), por lo que quedarían básicamente descartadas (para una ocasión especial te lo puedes plantear, pero si eso sucede cada cuatro-cinco semanas… puf). Con las vacaciones pasaría tres cuartas partes de lo mismo, con el factor añadido del uso del coche en destino. «Pues puedes alquilar»… pues sí, es cierto. Lo malo de vivir en un pueblo es que las opciones de alquiler son escasas (si es que existen; en mi caso no hay ninguna de las típicas empresas de alquiler, sólo tengo localizada una empresa local que no tengo ni idea de qué tal funciona).
El tema económico es otra historia; nunca me he puesto a hacer las cuentas en serio, pero vamos, entre lo que cuesta el coche en sí, el seguro, las reparaciones (la semana pasada salí con 1.650 euros menos del taller por «cuatro cositas»), la gasolina, el garaje y los parkings… apuesto a que se podría disponer de un presupuesto amplio para gastarse en taxis, alquileres, transportes públicos y lo que haga falta.
Sospecho que todo esto del coche tiene mucho de cultural, de paradigma con el que naces y se te hace difícil cambiar. Siempre ha habido un coche en mi vida, y me he acostumbrado a usarlo sin cuestionarme demasiado si puede haber una alternativa. Se te hace raro, difícil, incómodo… imaginarte sin coche. Además, una vez que lo compras, ya te desentiendes de la decisión por al menos diez años, «el daño ya está hecho».
Pero si lo piensas de verdad…

Mercado sí pero

Los que me lean habitualmente ya sabrán que soy un firme creyente del mercado. Y me refiero a los mecanismos básicos de éste, aquello de que un vendedor y un comprador sólo se pondrán de acuerdo en un intercambio si ambos se sienten satisfechos con él (lo que obtienen a cambio es más de lo que sacrifican; ambas cuestiones puramente subjetivas), que en igualdad de condiciones elegiré comprar al más barato, y procuraré vender al que mejor me pague.
Tampoco creo que sea una fe que tenga ningún mérito, igual que no lo tiene creer en la gravedad. Me parece una realidad evidente por sí misma que todos podemos comprobar en nuestro día a día, y que se adapta a la naturaleza humana.
Y esto es así en esencia. Pero…
El otro día estuvimos viendo «La Gran Apuesta«, película centrada en la «crisis financiera de 2008«, que me dejó un regusto profundamente amargo.
El dinero es un subproducto lógico del mercado, una herramienta que facilita los intercambios y permite «traducir» el valor de los intercambios a un lenguaje común. Igual pasa con los intereses, un precio que permite la existencia de un mercado entre un momento actual y un momento futuro. O con los mercados secundarios, donde lo que se intercambia son títulos de propiedad sobre un subyacente. Todo ello puede ser explicado fácilmente a partir del mercado más simple (pensemos en los intercambios de un mercado medieval, por ejemplo). Y sin embargo, desde su propia concepción estas figuras han derivado en una complejidad creciente, un alejamiento de la economía real a la que se supone que deberían estar vinculados.
Pensemos en el dinero, en cómo una moneda no deja de ser una ficción que solo funciona en la medida en que hay confianza en que representa algo, en que tiene algún tipo de respaldo. Pensemos en esos bancos que guardan tu dinero y lo prestan una, dos, tres veces… En la capacidad de un determinado organismo-banco central para incrementar o reducir la cantidad de dinero a voluntad. En qué pasa cuando una moneda «cae en desgracia», en los procesos de hiperinflación, en la evolución de los tipos de cambio entre distintas monedas y cómo afecta todo esto al valor de una economía real que en realidad es la misma.
Pensemos en los tipos de interés, en la deuda. Pensemos de nuevo en los balances de bancos (¿serían capaces de devolvernos a todos el dinero que tenemos con ellos?), o en la deuda de los países en eterna refinanciación… ¿alguien espera realmente que los países paguen sus deudas y se queden «a cero» algún día, o sólo estamos dando patadas hacia adelante a ciegas?
O esos mercados financieros donde los subyacentes son casi irrelevantes, donde las compras y ventas se hacen pensando más en la evolución de los precios que con realmente ser propietario de algo de la economía real que da unos determinados resultados. O esos productos complejos que resulta difícil saber a qué responden (solo que yo meto dinero aquí y luego me dan una rentabilidad).
Yo se supone que estudié todo esto, y a pesar de ello no puedo deshacerme de la sensación de que es todo una gran mentira, una economía falsa construida con naipes de papel, un enorme esquema piramidal en el que todos participamos cerrando los ojos, un emperador desnudo al que todos vitoreamos. Un espejismo tan frágil que el día que reviente nos preguntaremos cómo fue posible que nos lo tragásemos.
Claro, se supone que para darle solidez y transparencia a todo hay una serie de instituciones que lo mantienen. Bancos centrales, Ministros de Economía, reguladores, agencias de calificación, grandes bancos llenos de expertos, auditores, prensa independiente, académicos. Un ecosistema de contrapoderes que, en principio, velan porque no se caiga el invento. Así nos lo venden. Luego resulta que es todo apariencia, un conjunto de elementos que se cubren las espaldas unos a otros y que en el proceso de «defender el sistema» se enriquecen, los primeros interesados en alimentar la fantasía porque al fin y al cabo viven de ello.
Y lo peor somos nosotros, que no queremos ver. Suceden episodios como los de Lehman Brothers en 2008, como lo de Enron en 2001, con los rescates bancarios, con las quiebras de entidades financieras, como todo lo que ha sucedido antes y seguirá sucediendo. Episodios que nos permiten verle el cartón al sistema, adivinar su fragilidad y su podredumbre. Situaciones que deberían llevarnos a decir «joder, ¡que es todo una gran mentira!». ¿Pero qué hacemos si todo es una mentira? No podemos soportarlo. Aceptamos como buena cualquier explicación, nos conformamos con que se sacrifiquen uno o dos chivos expiatorios, hacemos como que nos creemos que se han tomado medidas para que se restablezca el orden, «ya está todo arreglado», hacemos un par de películas catárticas que sirven más para «digerir» lo sucedido que para generarnos ninguna reacción, echamos tierra sobre el asunto y seguimos adelante como si nada hubiera pasado, como si todo estuviese bien.
«¿Y qué harías tú?», diréis. No lo sé. Quizás no haya solución, quizás estemos abocados a esto. Quizás sea todo una consecuencia inevitable del mercado, y lo único que podamos hacer sea cerrar los ojos y seguir adelante, y cuando todo reviente pues reventó.

Niño de campamento

Hace 30 años, un niño de 10 años subía en un autobús rumbo a Ribadeo, donde iba a pasar dos semanas de campamento organizado por los Escolapios. Allí se uniría a otras decenas de niños (y niñas. ¡Niñas!) procedentes de otros colegios de la orden. En el autobús desde Salamanca iban algunos compañeros de clase, pero no especialmente amigos; tampoco es que ese niño tuviese demasiados. Era la primera vez que se alejaba tanto, en distancia y en tiempo, de su casa, de su familia, del entorno que (mejor o peor) tenía «controlado». Conociéndole, supongo que lo afrontaba con una mezcla de expectación y de nervios, tratando de autoconvencerse de que «seguro que va a ser guay» y de espantar la sensación de «quién me manda a mí, con lo a gusto que estaría en casa».
A estas horas, otro niño de 10 años está subiendo en un autobús rumbo al campamento de verano donde pasará los próximos 10 días. Será la primera vez que se aleje tanto del entorno que conoce, la primera vez que pase tantas noches sin dormir en una cama conocida, sin familia alrededor. Tendrá que adaptarse a un escenario distinto, a la convivencia con un montón de gente, a un ritmo de actividades diferente al cotidiano. Habrá momentos de diversión, y otros momentos de agobio. Tratará de encajar, y a ratos lo conseguirá y a ratos no. Algún rato deseará no haber ido, y otros ratos deseará no tener que volver a casa. Afrontará situaciones nuevas a las que tendrá que enfrentarse lo mejor que sepa; algunas las resolverá bien y otras, inevitablemente, le saldrán mal. Y tendrá que llevarlo lo mejor que pueda.
Mientras tanto sus padres se quedan en casa, deseando que todo le vaya bien, aunque sabiendo que es imposible. Han intentado darle consejos, pero nunca se pueden cubrir todas las eventualidades (y, para ser sinceros, tampoco tienen todas las respuestas) y, en todo caso, no van a estar allí para tomar las decisiones; va a ser el niño quien lo haga. Quien acierte y quien se equivoque. Quien disfrute o sufra las consecuencias, y quien tenga que digerirlo, incorporarlo a su experiencia y seguir adelante. Saben los padres que cada vez va a ser así con más frecuencia, que cada vez les toca asumir un rol más secundario. Que esto no es más que un aperitivo, y que cada vez más la vida de su hijo va a convertirse en un campamento continuo en el que, incluso aunque durante algunos años sigan compartiendo techo, sus experiencias y sus decisiones serán cada vez más independientes. Saben también que está bien que así sea, que de eso se trata: de que su vida sea realmente SU vida, y no un apéndice de la de otros.
Y al final resulta que aquel niño de Ribadeo, en el fondo, sigue de campamento; enfrentándose a cosas nuevas, adaptándose a lo que viene, tomando decisiones lo mejor que sabe y aprendiendo a digerir las consecuencias.

Historias de profesionales independientes: Alfonso Romay

(Esta entrevista pertenece a la serie de «Historias de profesionales independientes«, puedes ver más en este enlace)
Normalmente no se da uno cuenta de las vueltas que lleva dando por esto de internet, hasta que de repente cuando vas a presentar a tu entrevistado te acuerdas de aquel podcast que compartisteis hace «sólo» 9 años. Alfonso Romay, maño de pro y «uno que mira al norte» es compañero de camino blogosférico desde casi el principio, y aquí seguimos. Consultor especializado en tecnología y gestión, con especial foco en entornos de complejidad e incertidumbre, aporta grandes dosis de sentido común también a esta reflexión sobre la figura del «profesional independiente»
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Cuéntanos un poco tu trayectoria profesional, ¿cómo has evolucionado? ¿cómo llegaste a ser un “profesional independiente”?
Es curioso porque llegué a ser profesional independiente sin buscarlo. En mi caso, el peso específico de la vocación ha sido mínimo.
Sin haber terminado la carrera de Ingeniería en Informática empecé a hacer prácticas en una pequeña empresa. Estamos hablando de 1998, y éramos dos personas en el proyecto. De aquellas prácticas surgió un proyecto que se transformó en un negocio de desarrollo de software y consultoría en Gestión de personas. Enseguida me hicieron socio y empezamos a conseguir clientes y a crecer. Crecimiento y rentabilidad, fueron años de mucho aprendizaje y de evolución como organización. De la parte técnica salté a la gestión, como Project Manager primero y como Director de Desarrollo de Negocio después.
Sin embargo, cuando sientes que el proyecto ya no te hace vibrar y tus prioridades han cambiado, es mejor dejar paso. Estás en una espiral de proyectos encadenados donde no aprendes. Y luego estaba el ambiente tóxico que se respiraba en la oficina. Con ese panorama, después de 15 años dejé por voluntad propia un trabajo que me había apasionado durante años, para abrir una nueva etapa profesional. Fue una decisión largamente meditada, tenía la sensación que ese ciclo ya había finalizado y que, probablemente, hacía tiempo que lo estaba. Hubiera sido más fácil seguir la inercia de lo conocido (y la seguridad que supone), pero necesitaba algo más. Lo resumió perfectamente Carlos Barrabés hace tiempo: «Inventar nuestro empleo cuando en realidad queremos reinventar nuestra vida y de repente te descubres a ti mismo.»

«Inventar nuestro empleo cuando en realidad queremos reinventar nuestra vida y de repente te descubres a ti mismo.»

¿Crees que esa experiencia previa es importante antes de dar el salto? ¿Ves viable que una persona inicie su carrera como «profesional independiente»?
En esa transición considero que es fundamental tener visión de negocio y conocerte bien. La experiencia de 15 años fue fundamental para dar el paso, especialmente en el ámbito comercial y en entender las necesidades de los clientes. Es algo que se adquiere con el tiempo. Así que no recomendaría a alguien sin (o con poca) experiencia laboral, lanzarse directamente al mundo de la independencia.
¿Qué es lo que más valoras de ser un “profesional independiente”?
Lo tengo muy claro. Los aspectos que más valoro son la libertad de elección, y la disponibilidad del tiempo propio. No podía ser de otra forma si hablamos de «independencia» 🙂
¿Cuáles son las mayores dificultades a las que te encuentras?
Lo he contado en algunas ocasiones. La realidad es que trabajas muchísimas horas, incluso más que como trabajador por cuenta ajena. Aparecen bastantes momentos de falta de productividad, nunca estás seguro si haces las cosas de la mejor forma posible o con la intensidad adecuada. Y tampoco tienes puntos de referencia, así que te cuestionas constantemente si lo puedes hacer mejor.
Entre los aspectos más negativos, la sensación de carrera de la rata. Es algo común a los profesionales que trabajamos por proyectos. Básicamente, como profesional independiente vendes su tiempo por una tarifa (horaria, por hitos o por proyecto). Cuando trabajas por proyectos, a veces tienes la sensación de no poder escapar: no puedes plantearte nuevos proyectos porque los actuales ocupan todo tu tiempo pero, por otro lado, tienes que generar nuevos proyectos para seguir creciendo. Quizá el enfoque sea, a medio plazo, buscar un modelo de venta de producto, no tanto de proyecto. Un modelo que me permita generar ingresos recurrentes sin necesidad de tener que dedicar tiempo presencial.
¿Cómo compensas esa sensación de falta de referencias que tiene uno cuando va por libre?
Intento estar al día de los temas que pueden afectar a mi trabajo. A escala micro, en temas de productividad, gestión o tecnologías con las que trabajo. También intento prepararme a escala macro, leyendo sobre tendencias tecnológicas, sociedad, demografía, economía, globalización o energía. Entender el contexto es fundamental para desenvolverte más eficazmente.
¿Qué habilidades crees que son fundamentales en esta situación?
Podría decir que pensamiento crítico, visión sistémica o alguna otra competencia sesuda para quedar como un buen consultor 🙂
Pero tengo claro que las dos habilidades que marcan la diferencia de los profesionales independientes son la preparación y la capacidad de adaptación. Por hacer un símil, veo al profesional independiente como un camaleón.
En primer lugar, estoy convencido que estar preparado para cualquier cosa te hace más capaz. En entornos de alta incertidumbre como en los que nos movemos/moveremos cada vez más, la planificación pierde fuerza.Nuestra máxima debe ser estar lo mejor preparados posible para cualquier cambio, sea el que sea, y poder tomar decisiones al respecto. El mundo profesional es un prueba de aguas bravas, no una competición de remo. Por supuesto, la siguiente cuestión es cómo estar mejor preparado.

Veo al profesional independiente como un camaleón

Segundo, siendo un profesional independiente te enfrentas cada día a diferentes contextos y entornos. Debes ser capaz de asumir con naturalidad el cambio y adaptarte, y entenderlo como parte inherente a tu trabajo. Si además eres organizado y disciplinado, tienes mucho ganado. Mantener la calma, y orientarse rápidamente a los resultados y acciones es fundamental para moverse en estas aguas pantanosas.
¿Y cómo hace uno para estar preparado? ¿Qué acciones concretas consideras que te permiten mejorar tu preparación?
En mi opinión, la respuesta es actitud para dedicar tiempo a pensar, a observar, a leer, preguntar y aprender. Y, sobre todo, tratar siempre de evitar dar cosas por sentadas. La mayoría de las personas que conozco y tienen esa habilidad son personas muy conectadas, que hacen un uso intensivo de las redes sociales y personales.

Actitud para dedicar tiempo a pensar, a observar, a leer, preguntar y aprender. Y, sobre todo, tratar siempre de evitar dar cosas por sentadas

¿Qué herramientas utilizas para facilitarte el trabajo?
Aunque pueda parecer contraproducente, la mejor herramienta que llevo siempre encima es una libreta y un bolígrafo, porque necesito escribir las cosas para no olvidarme. La edad no perdona 🙂 Eso sí, en cuanto tengo el momento lo paso todo a formato digital.
En cuanto a herramientas tecnológicas, prácticamente todo lo que necesito está el móvil: trabajo casi todo con herramientas Google (Drive, Gmail, Calendar) y algunas herramientas de comunicación como Slack, Telegram o Hangouts. Para la organización de tareas con clientes o redes de consultores, utilizo intensivamente Trello y Teamwork, una buena herramienta de seguimiento de proyectos y tareas.
Para estar informado, tengo Twitter instalado en el móvil. Es la única red social que utilizo desde el móvil, el resto (Facebook, Linkedin) no las tengo instaladas en el móvil. Finalmente, para recopilar materiales que me sirvan para el trabajo o como lectura interesante utilizo Pocket, aunque reconozco que almaceno a más ritmo que elimino.
¿Qué reacciones sueles encontrar a tu alrededor (entorno familiar, amigos, conocidos, etc.) cuando conocen tu forma de trabajar?
En general, en el entorno familiar no tengo dificultades de entendimiento. Quizá el momento más crítico fue pasar de asalariado a trabajador por cuenta propia, porque coincidió además con un momento de cambio profesional de mi pareja. Todo eso provocó una cierta sensación de vértigo, más por desconocimiento que por miedo.
Por supuesto, que entiendan mi forma de trabajar no supone que la hagan propia. Tengo la sensación que algunos/as me ven como un bicho raro, por renunciar a un trabajo cómodo y (relativamente) bien pagado por un camino mucho más escabroso. Pero quienes me conocen bien saben que lo estoy disfrutando mucho 😉

Tengo la sensación que algunos/as me ven como un bicho raro, por renunciar a un trabajo cómodo y (relativamente) bien pagado por un camino mucho más escabroso

¿Qué reacciones sueles encontrar en el ámbito profesional (posibles clientes, etc.) cuando conocen tu forma de trabajar?
Tampoco me ha supuesto ningún problema explicarlo. El trabajo del profesional independiente es un trabajo de confianza, así que cuando alguien contacta conmigo es porque ya conoce mi modo de trabajar (o lo intuye).
Hablas sobre la relación de confianza con los clientes, y cómo normalmente cuando te contactan es porque ya conocen tu forma de trabajar… ¿supone eso una barrera a la hora de conseguir nuevos clientes? ¿Cómo afrontas la «labor comercial»?
Afortunadamente, no he necesitado hacer un trabajo comercial intensivo. Pero, como decía hace poco Manuel Jabois, me he convertido en especialista para sacar mucho partido a mis pocos recursos. Me está funcionando bien el trabajo de recomendación entre clientes, reforzado con escribir en mi blog y dar a conocer mi trabajo en cursos de formación.
Las mayores dificultades que encuentro es la asunción que algunos clientes hacen de tu trabajo como «freelance», algo diferente a «profesional independiente». La connotación es que solo puedes ser «independiente» desde una elección volitiva, y eso el cliente no lo conoce. El trabajo freelance está muy devaluado porque apenas existen barreras de entrada, y esto hace que haya muchos «francotiradores» dispuestos a trabajar a cualquier precio.
No es mi caso. En ese sentido, alguna mala experiencia me hizo plantearme mis propias normas, líneas rojas que no cruzaré ni siquiera si las cosas van mal. Por poner un ejemplo, una de mis líneas rojas es negociar presupuestos a la baja. Como proveedor, creo que me hace perder credibilidad. Si el cliente necesita una reducción de precio porque se escapa de su presupuesto, tendrá que haber una reducción de alcance del proyecto. Y ese alcance tendrá que ser acorde con el presupuesto que acordemos. Si no llegamos a un acuerdo, no pasa nada. Simplemente, no soy su proveedor ni es mi cliente.
Resumiendo, igual que los perros se parecen a sus dueños, los clientes tenderán a parecerse a cómo trabajes comercialmente con ellos. Si actúas de forma responsable, es más que probable que el cliente actúe de la misma forma. Si aceptas cualquier condición para llevarte el proyecto, ten por seguro que tendrás problemas.

Igual que los perros se parecen a sus dueños, los clientes tenderán a parecerse a cómo trabajes comercialmente con ellos

¿Cómo crees que evolucionará el mundo del trabajo? ¿Qué rol crees que jugarán los profesionales independientes en él?
Como cualquiera que esté medianamente informado, veo un futuro del empleo con cada vez menos empleo indefinido, y menos indefinido que nunca. También más contratos parciales y temporales, y muchos autónomos. Es una respuesta a la demanda de flexibilidad de las empresas, pero esconde también muchas situaciones de trabajo autónomo a la fuerza, o de precariedad, cuando no empleo sumergido. Es algo que habrá que vigilar y eso plantea otro escenario: los sindicatos tendrán que reinventarse para adquirir una función más relevante o, simplemente, desaparecerán.
De nuevo, a escala macro, la globalización dará oportunidades de crecimiento en cualquier parte del mundo. Todo hace pensar que será un entorno cada vez más urbano. A escala de persona, intuyo que cada vez pesará menos tu currículum, qué has estudiado e incluso qué experiencia aportes. Tendrán mucho más peso las competencias transversales, las habilidades hiper-especializadas y, sobre todo, el valor que seas capaz de aportar.

Tendrán mucho más peso las competencias transversales, las habilidades hiper-especializadas y, sobre todo, el valor que seas capaz de aportar

Probablemente, con más profesionales independientes en liza, trabajaremos menos aislados y colaboraremos más dentro de un escenario mucho más grande que quizá ni veamos. Además de las habilidades que hablábamos antes, el uso intensivo de la tecnología e idiomas será fundamental. En el caso de profesionales independientes, está claro es la tecnología facilita enormemente la posibilidad de ofrecer tus servicios por libre, conectados a otros profesionales y a tus clientes a través de Internet. Pero no creo que esta elección sea para todo el mundo, es lógico que haya gente que prefiera la seguridad de un salario fijo.
Pero tampoco me cerraría a que el futuro sea diferente. Como decía Niels Bohr, «predecir es muy difícil, especialmente cuando se trata del futuro.» 🙂

El timo de los libros de texto

Me pregunto cuánto habrán avanzado las matemáticas en el último año como para justificar un cambio en los libros de texto de primaria. O qué nuevos descubrimientos nos habrán hecho replantearnos la Historia que se enseña a un niño de 10 años. Desde luego, el idioma español ha cambiado mucho en los últimos 365 días, los tiempos verbales ya no son lo que eran, y hay nuevas normas para saber si una palabra se escribe con g o con j. Y bueno, qué decir de las innovaciones pedagógicas, que los niños del 2017 no aprenden igual que los del 2016.
Llega el final del curso, y llega el papelito para informarnos de los libros de texto que hay que comprar el año que viene (disponibles cómodamente bajo petición en el colegio). Oh, sorpresa: los libros que valían el año pasado ya no valen este año. La editorial ha sacado una nueva edición con nuevos dibujitos, o cambiando el problema de sumar manzanas por otro de sumar peras, o el colegio ha decidido que los libros de la editorial B son muchísimo mejores que los de la editorial A. Sumas libros del niño, sumas libros de la niña… casi 500 euros.
En condiciones normales, podríamos guardar los libros del hermano mayor para que la pequeña los usase cuando llegue el turno. O podríamos establecer un mercado de préstamo, o de venta de segunda mano si quieres, para que los libros de un curso sean reaprovechados el año siguiente por otras familias. Pero no, no es posible: lo que hay que hacer es pasar por caja, y pagar este impuesto revolucionario que cobran las editoriales con el beneplácito (¿gratuito?) de las administraciones. A veces me cuestiono incluso hasta qué punto los colegios están pringados en la trama («si te cambias a mi editorial y obligas a tus alumnos a comprar mis libros te doy un porcentaje»).
El resultado es el mismo: un expolio a las familias, una subvención encubierta a todo un sector. ¿Y qué puedes hacer? Nada. Paga y calla, imbécil.
Firma la petición en Change.

Pros y contras de vivir en un pueblo

Hace unas semanas consultaba en twitter «qué os atraería y qué os echaría para atrás de la idea de veniros a vivir a un sitio como Aranda». Aranda de Duero es un pueblo de la provincia de Burgos; con cerca de 35.000 habitantes sería el tercer municipio, después de la capital y de Miranda de Ebro. Está situado a unos 85 km. de Burgos, casi 100 de Valladolid y 165 de Madrid. Y es donde vivo con mi familia desde hace 9 años.
La historia es curiosa. Después de una temporada en Madrid llegamos a la conclusión de que «la gran ciudad» no era lo que queríamos para nuestra vida. Y buscamos dónde migrar siguiendo un criterio geográfico que a la gente le hace mucha gracia cuando lo cuento, pero es así. El caso es que en nuestra labor de «scouting» un día (9 de noviembre, festivo en Madrid; lo recuerdo a la perfección) vinimos a Aranda a conocerlo (porque no lo conocíamos de nada más que de pasar al lado por la autovía), nos comimos un cordero, nos dimos un paseo, nos pareció un sitio majo, y decidimos que no pasaba nada por probar. Y así fue como un par de meses más tarde organizábamos la mudanza.
Vivir en un pueblo tiene sus pros y sus contras. Deduzco, por el hecho de que seguimos aquí tras todo este tiempo, que para nosotros los pros ganan a las contras. Aun así, me apetecía diseccionar mi experiencia.
Pros

  • La calidad de vida. Es quizás la respuesta más generalizada que recibí cuando pregunté en twitter, y debo decir que es un hecho. Esa calidad de vida se traduce, para mí, en la comodidad del día a día. En el hecho de que todo esté máximo a 10-15 minutos andando, en que el coche no salga del garaje más que en ocasiones especiales, en que mis hijos llamen «atasco» a una fila de cuatro coches esperando un semáforo, en que puedas salir a pasear por el centro en cuatro minutos y en otros cuatro estar caminando entre viñedos o por la orilla del río, que el colegio de los críos esté a 5 minutos y que no tengan casi ni que cruzar una calle para ir, que si tienes que hacer un trámite lo haces en dos patadas. A veces se me olvida, pero luego lo comparo con mis atascos mañaneros de Madrid, o con los «paseos» entre ruidos, coches y humos, con la cantidad de tiempo perdido en desplazamientos, las aglomeraciones del transporte público, los miles de personas que van al mismo sitio que tú a la vez… y es verdaderamente otro mundo. Más tiempo y más calma.
  • El coste de la vida. No es TAN exagerada la diferencia como a lo mejor la gente puede pensar, pero lo cierto es que pago por vivir en un ático de 4 habitaciones en Aranda, estrenado por nosotros, más o menos lo mismo que pagaba en Madrid por un estudio interior regulero (en el barrio de Salamanca, sí, pero…). Y no usas el coche a diario. Y así dos de los grandes «agujeros» en las cuentas de cualquier familia son significativamente menores, lo cual te da bastante más comodidad a la hora de vivir y flexibilidad a la hora de tomar decisiones.
  • La conexión social. He de decir que esto no es algo que yo aproveche mucho (porque no me va mucho el «salseo»), pero es evidente que con 35.000 personas es más fácil «conocer a alguien que conoce a alguien» que con 5 millones, y por lo tanto puedes estar al día de lo que se cuece en la ciudad, e introducirte en un determinado círculo si te interesa.

Contras

  • Servicios. No es Aranda una ciudad mal dotada, con sus colegios, sus institutos, su hospital, su comercio… y sin embargo hay ocasiones donde no resulta suficiente. Por ejemplo, en tema médico, hay especialistas que te exigen desplazarte a Burgos. Medicina privada hay cuatro cosas contadas. Si tienes una enfermedad crónica, o necesitas una atención especializada en determinados campos… puede resultar incómodo. Pero al final depende del impacto que tenga en tu día a día (porque ir a Burgos dos veces al año es algo que puedes asumir sin grandes problemas).
  • Ocio. Muy relacionado con lo anterior. Hay una oferta limitada de ocio, restauración, comercio… no es que «no haya nada», pero desde luego nada comparable con lo que puede haber en una capital, y no digamos en un Madrid. Si eres de los que necesita probar un nuevo restaurante cada dos por tres, o ir de teatros, museos y exposiciones, o salir por sitios diferentes, o te pirran ir de compras… aquí estás jodido. A mí particularmente me influye bastante poco; nunca he sido de «salir por ahí», ni de «alternar», ni de «shopping», así que en mi día a día no lo echo de menos. Y si surge la necesidad, una o dos veces al año, tienes Valladolid o Burgos a una hora, y Madrid a hora y media; a mí me sobra.
  • Trabajo. Aquí hay lo que hay, y no hay más. Las opciones para trabajar por cuenta ajena son habas contadas, el potencial de clientes para tener una actividad profesional está limitado por el tamaño de la población, y una «carrera profesional» (con opciones de cambiar de trabajos, crecimiento profesional, etc.) es algo altamente improbable. En nuestro caso no le hemos dado muchas vueltas, yo siempre he estado más mirando a Madrid que aquí, pero está claro que es un handicap.
  • Lejanía del «meollo». Madrid no está lejos, en hora y tres cuartos me puedo plantar donde haga falta. Pero tienes que ir, lo cual supone una barrera (en tiempo y dinero) que dificulta la actividad. No tanto en la ejecución de un proyecto (que ahí te organizas la agenda y los viajes, y no hay mayor historia; aunque si te toca dormir muchas noches fuera de casa empiezas a resentirte), si no en toda la fase previa, ese «estar en el candelero» que te permite mantener el contacto con personas, estar atento a oportunidades, etc. Asistir a eventos, hacer visitas, quedar a comer o a tomar unas cañas… todo eso, estando en Madrid, es mucho más cómodo (puedes quedar «de hoy para mañana», no hay grandes problemas si se te «tuerce» un plan a última hora, dedicas una o dos horas a un tema y luego puedes seguir con tu día a día tan normal, terminas y te vas a la cama). Desde Aranda ya te tienes que plantear «organizar la agenda» con antelación, intentando cuadrar cosas para «aprovechar el viaje», si te llaman a última hora para decirte «que no pueden» te joden vivo y no puedes estar pendiente de «a lo largo del día te digo algo», no te puedes apuntar a cosas que surgen «para esta tarde», eres mucho más consciente del coste que supone, no te puedes alargar porque «me tengo que volver a casa»… y al final es algo que te va alejando de la dinámica «capitalina». Y eso hablando de Madrid; plantearse ir a cualquier otro sitio (un Barcelona, un Valencia, un Zaragoza, un Sevilla, un Londres, un…) ya te exige un esfuerzo doble (mientras que si estás en Madrid todo está a tiro de AVE o de avión).

En fin, ésta es mi visión después de más de 9 años. No es perfecto, porque no hay nada perfecto. Es un equilibrio entre cosas que disfrutas y cosas que se te ponen cuesta arriba. Cuestión de qué priorizas, y de hacerlo sostenible. Hay días que lo ves clarísimo, y hay días en que dudas. Pero, de momento, que nos quiten lo bailao.

Señores mayores que exploran Snapchat

Aun a riesgo de acabar siendo «otro caso de adulto que intenta entender Snapchat«, me dispuse hace unos días a explorar esta herramienta de comunicación móvil que lo está petando en los últimos meses, especialmente entre la chavalería, y en la que han puesto los ojos todos los «gurús digitales» (donde hay chavalería, hay negocio y hay que ver por dónde meterle mano).
snapchat
Yo, a diferencia de los que están en el sector, no tengo un interés crematístico en esta exploración. No tengo clientes a los que asesorar en el uso de Snapchat, ni marcas a las que «colar» en la fiesta a ver si pillan cacho. Exploro por explorar, como hacía antaño con los blogs, o con el twitter, o con los videoblogs… una sensación rara, porque hace tiempo que me he bajado del tren de «estar a la última» (y de hecho, pionero lo que se dice pionero tampoco soy, pero bueno).
Empecemos por el principio. ¿Qué es Snapchat?

  • Básicamente, una aplicación para mandarse mensajes uno a uno
  • Los mensajes pueden ser fotos, videos cortos…
  • Las fotos y los vídeos pueden ser «embellecidos» con texto, con «stickers», pintando sobre ellas… ah, y con filtros (ponerse cara de zombi, o de perrito, o de…)
  • Los mensajes «se destruyen automáticamente» una vez que el destinatario los lee
  • Aparte de las conversaciones individuales, se pueden publicar los mensajes en tu «story», una especie de tablón público donde cualquiera puede verlos… eso sí, solo durante 24 horas.
  • Y luego hay una sección «Discover», con una serie de canales ofrecidos por la propia herramienta, con contenidos «de marca» elaborados «al estilo Snapchat». Una forma de dar contenido a los chavales en su lenguaje y en su aplicación  que parece que está funcionando bien.

Visto esto… ¿dónde está la gracia? Francamente, no lo sé. No sé por qué esta aplicación ha cuajado y otras no. No veo ninguna funcionalidad que me parezca definitiva. Y sin embargo ahí está, los adolescentes y postadolescentes lo han adoptado casi como un standard de comunicación. Supongo que construye sobre la cultura del selfie, y viene al pelo en esa etapa de la vida en la que «la conexión con tus amigos» es lo más importante. Snapchat es la herramienta, pero la necesidad de autoafirmación y de conexión es el motivo que la alimenta, tan viejo como el mundo.
Sin esa motivación no es posible «entender» Snapchat. Yo hace ya muchos años que pasé esa etapa (y francamente, creo que ni siquiera entonces fui muy «adolescente»), por lo que la dinámica de Snapchat me resulta muy ajena. Entre mis «amigos de Snapchat» solo hay un puñado de cuarentones frikituiteros, y ya estamos mayores para relacionarnos con pegatinas y selfies. No soy adolescente, así que no voy a usar ninguna herramienta «como los adolescentes». Ellos ahora usan Snapchat, como los de hace unos años usaban el messenger, como los de antes se pasaban la tarde en un banco del parque.
Ahora bien, hay una funcionalidad que me está llamando la atención, y es la de «my story». La posibilidad de contar algo a base de snaps, pequeñas escenas con las que conformar una pequeña historia. Es como hacer un vídeo pero de forma muy ágil, mezclando escenas en movimiento con imágenes fija, rótulos para añadir información, detallitos graciosos en forma de stickers… tacatacataca, muy «picadito» como dicen en la tele. Lejos de la «solemnidad» de grabar un video para Youtube (donde o haces «plano secuencia» o ya te ves obligado a editar previamente el video), mucho más ágil que la retransmisión en streaming al estilo Periscope, mucho más rico que una mera sucesión de imágenes, con un punto desenfadado y por eso mismo cercano. He hecho un par de experimentos al respecto, y creo que es algo que podría tener posibilidades. Por ejemplo, esta chorradilla grabada al hilo del post que escribí el otro día sobre los robots y el futuro del trabajo.


En este sentido, algunas consideraciones:

  • La forma de crear las historias es añadiendo snaps de forma secuencial. Esto podría considerarse un handicap (no puedes «preparar las escenas», si no que tienes que ir grabando y añadiendo en el orden definitivo), pero también ayuda a darle frescura al resultado final. No se trata de hacer la gran película americana, solo de contar una historia rápida.
  • Lo de que las historias «caduquen» a las 24 horas nos suena raro, hasta agresivo. ¡Yo quiero mi archivo histórico! Y sin embargo, como ya he dicho en alguna ocasión, lo de los «archivos» es más una ilusión que otra cosa: en twitter, en los blogs… los contenidos tienen visibilidad en el momento de publicarse; después, por muy archivados que estén, nadie se molesta en verlos.
  • Tienes, claro, la limitación de «tu audiencia en Snapchat». Pero vamos, como en cualquier red anterior: los posts de tu blog solo los ven quienes te siguen, tus tuits por muy ingeniosos que sean no los ven más que tus followers, etc. Creo que se puede «compartir historia de otro usuario», pero no estoy del todo seguro.
  • Aun así, las historias se pueden exportar (y así compartirlas en otros lugares, por ejemplo). No es un proceso muy sencillo (básicamente porque las historias no están individualizadas: tu historia son todos los snaps de tus últimas 24 horas, da igual si tienen conexión entre sí o no) y te obliga a dar dos o tres pasos, pero poderse hacer se puede.
  • Eso sí, esto no es apto para señores con demasiado sentido del ridículo; aquí se viene un poco a hacer el ganso, a poner caras. A quitarse un poco el almidón de lo «impecable» y del «qué pensarán».

¿Seguiré usando Snapchat? Pues vaya usted a saber. Recuerdo cuando dije que twitter me parecía una gilipollez y mira, 7 años y 35.000 tuits allí sigo. Puede que sí, o puede que no, el tiempo lo dirá.
Si alguno quiere añadirme, allí soy raulherngonz

Ser del Atleti

«Papá, ¿por qué somos del Atleti?»
Yo no puedo contar una historia sentimental asociada a ir de la mano de mi padre o de mi abuelo por la ribera del Manzanares, ni a sufrir en familia en frente de un televisor en blanco y negro. Mi infancia de provincias tuvo poco de futbolera; y si hubo algún estadio fue el Helmántico de la extinta U.D. Salamanca. No, no soy del Atleti por herencia, ni por imitación.
Nací en 1976. En mis primeros meses de vida se proclamó campeón de liga el Atlético, hecho del que obviamente no tengo ni el más mínimo recuerdo y que por supuesto no tuvo el mínimo impacto en mi filiación. La siguiente vez sería 19 años después, y harían falta otros 18 más para repetir. Alguna Copa cayó entre medias, aunque la primera que yo recuerdo fue ya la del 91-92. No, desde luego no me hice del Atleti por ser «el equipo que gana»; en aquella época eso hubiera supuesto hacerse del Madrid, o del Barça. O hasta del Athletic de Bilbao o de la Real Sociedad, que ganaban más.
Por supuesto, del Madrid y del Barça eran la inmensa mayoría de niños de mi edad. Una suerte de bipartidismo balompédico en el que tenías que definirte de una tribu o de la contraria; de hecho, parecía que al unirte a uno de los bandos te tenías que enfrentar automáticamente al otro, incapaces (ayer como hoy) de disfrutar de sus éxitos sin tener un ojo puesto en el contrario. Una dinámica que, en el fútbol como en tantas otras cosas, tanto me ha repelido siempre.
Y yo, que nunca he sido nada tribal, supongo que me hice del Atleti precisamente por no ser ni de los unos ni de los otros. Por apostar por una tercera vía, por ser diferente, por apartarme del rebaño sub uno y del rebaño sub dos. Recuerdo que me miraban con incomprensión y un puntito de cachondeo, ¿pero por qué del Atleti? Y con cada pregunta así crecía mi determinación: precisamente por eso, porque no soy como vosotros.
Pasó el tiempo, y aquella filiación un poco naïve se fue consolidando. Encontré en el Atlético un equipo esforzado, consciente de sus limitaciones pero que, aun sabiéndose en un segundo o tercer escalón en el escalafón futbolístico del país, echaba toda la carne en el asador y peleaba con todos los recursos a su disposición. No era el Madrid de «la quinta del Buitre», no era el Barça del «dream team». Pero peleaba, como dice el himno, «derrochando coraje y corazón». Acabó resultando que, como dijo Sabina años después, «no me preguntes por qué los colores rojiblancos van con mi forma de ser»
La segunda mitad de los 90, en plena explosión juvenil, trajo lo mejor y lo peor. El éxtasis del doblete y la debacle del descenso apenas cuatro años después. El Atleti, una metáfora de la vida que un día te pone en lo más alto, y al día siguiente te da un golpe capaz de hundir al más pintado. ¿Y qué vas a hacer? ¿Borrarte? No, uno no se puede borrar ante las adversidades. Encajas el golpe lo mejor que puedes, te lames las heridas, y vuelves a empezar. «Qué manera de subir y bajar de las nubes», de nuevo Sabina.
Ser del Atleti es ser consciente de tus limitaciones, pero también de tus fortalezas. Ser del Atleti es darlo todo, incluso cuando sabes que hay otros mejores que tú. Ser del Atleti es ser constante, y buscar la satisfacción en hacer las cosas como crees que deben hacerse, sin depender de que al final ganes o pierdas porque eso, muchas veces, está fuera de tu control. Ser del Atleti es disfrutar con plenitud de los éxitos con la fascinación de la primera vez, porque tienes claro que no suceden todos los días, de lo mucho que cuesta llegar, y del tiempo que puede pasar hasta la siguiente. Ser del Atleti es encajar las derrotas con entereza, apretar los dientes y al día siguiente volver a darlo todo, orgulloso de ser quien eres.
Y entonces llega alguno de los de blanco y dice «pero nosotros tenemos 11 Copas de Europa y vosotros ninguna», o de los azulgrana diciendo «llevamos veintitantos títulos en los últimos 10 años». «El sábado perdisteis, y al final no habéis ganado nada este año». Y sí, es verdad. En el fútbol, como en la vida, hay decepciones. Pero que no pasa nada, porque «las decepciones también se desinflan […] en la vida te caes y te levantas: siempre es así.» Y hoy, como hace 30 años, les miro y sonrío para mis adentros, porque sé que en la vida hay cosas más importantes que ganar o perder.

Comportamientos absurdos generalmente aceptados

Estoy leyendo «Mañana todavía«, una recopilación de relatos sobre distopías o sociedades alternativas. Uno de los relatos es «Instrucciones para cambiar el mundo», de Félix J. Palma. En él, se describe un mundo parecido al nuestro, pero en el que la gente en su día a día hace cosas muy raras, absurdas; salen a la calle en pijama y se ponen traje para dormir, cogen el autobús media hora para dar un rodeo en vez de cruzar la calle a pie, se sientan en las mesas en vez de en las sillas, toman caldo caliente en verano, participan en una guerra en la que está prohibido disparar al enemigo… La chicha del relato está en que de repente aparece una transgresora que cuestiona todo este tipo de actuaciones, una revolucionaria en ciernes..
En fin, la historia se resuelve más o menos rápido. La lees con distancia, porque al fin y al cabo se trata de comportamientos ridículos, absurdos a todas luces, «menuda tontería». Y sin embargo me hizo pensar. ¿Cuántos comportamientos de los que tenemos nosotros, en la vida real, en esta sociedad en la que vivimos… son igualmente absurdos y ridículos? ¿Cuántos serían valorados, si alguien los expusiese al criterio de alguien extraño, como «una chorrada propia de un escritor fantasioso»?
Y entonces miras alrededor, con el ojo un poquito crítico, y un escalofrío te recorre la espalda. Uf. Nada, nada, mejor dejémonos llevar por la corriente; al fin y al cabo, lo absurdo es solo cosa de los libros.