Cuarenta

Pues ya están aquí, «los cuarenta».
Nunca he dado mucha importancia a los cumpleaños, y en general soy poco amigo de «fechas señaladas». Creo que la vida se vive día a día, que todos pueden ser especiales, que en todos ellos demuestras las cosas que te importan. Tampoco soy muy dado a dividir la vida en periodos marcados por el mero hecho del paso del tiempo, ni a hacer balances a fecha fija.
Hoy, como ayer y como espero mañana, voy a procurar disfrutar del presente. De todo lo que tengo aquí y ahora. De mi mujer, de mis hijos, de mis padres, de mi hermana, de mis amigos. De mi salud. De mi trabajo, de mis aficiones, de mis proyectos, de las cosas que me gustan, de los lugares donde estoy. Nada dura para siempre, pero hoy estamos aquí.
Hoy, como ayer y como espero mañana, voy a procurar estar más atento, voy a intentar poner el foco en lo positivo, en lo bueno, en lo que me hace crecer, en lo que me divierte, en lo que me hace mejor. En lo que tengo, no en lo que me falta. La vida no es perfecta (simplemente es), pero todo depende del color del cristal con que se mira, y soy yo quien elige las gafas.
Hoy, como ayer y como espero mañana, voy a intentar hablar menos y hacer más. Voy a intentar que cada día haya más coherencia entre lo que pienso, lo que digo y lo que hago. No hay más camino que el que hacemos al andar, un pasito después del otro. No hay más camino que las huellas que dejamos, y quiero sentirme orgulloso del mío.
Hoy, como ayer y como espero mañana, voy a seguir buscándome, conociéndome. Voy a hacer un esfuerzo por aceptarme y por quererme como soy, sin compararme los demás ni con versiones idealizadas de mí. Porque la vida es demasiado corta como para renunciar a uno mismo.
Hoy, como ayer y como espero mañana, voy a estar agradecido por todo lo que tengo, por todo lo que soy, por todo lo que me ha pasado y que es lo que me ha traído hasta donde estoy. Agradecido por todos los que me acompañan. Por mi mujer, compañera en el camino. Por la bendición de mis hijos, y la oportunidad de estar con ellos y de aprender, de su mano, mucho más de lo que ellos aprenderán de mí. Por la posibilidad de disfrutar de mis padres, de haberles tenido a mi lado todo este tiempo y hacer de mí quien soy. Por todos los que me rodean, por todos los que me han enseñado cosas, por todos los que me conocen y, sin embargo, me quieren.
Hoy, como ayer y como espero mañana, voy a vivir un día a la vez.

De cuando aprendí a programar

Tenía 10 años como mucho; posiblemente 9. Me apuntaron a un curso de «Basic» en la asociación donde mi madre iba a clases de pintura/manualidades. Amstrads CPC con pantalla en fósforo verde. Y allí aprendí a poner aquello tan mítico de
10 Print «Hola»
20 Goto 10
Y a familiarizarme con los conceptos de variables, de bucles, de condicionales… en breve llegó a casa mi primer ordenador (un Amstrad CPC 6128… ¡con diskette! ¡y con pantalla de color!). Y en fin, así nació mi relación con la programación, me encantaba hacer mis programitas. Más tarde en el colegio nos enseñaban algo de Basic con unos MSX muy viejunos (algo que yo ya tenía muy superado). Luego tuve algo de formación con bases de datos, y ya a partir de ahí algunos escarceos con el Visual Basic del Excel, o con el PHP… de forma siempre amateur: nunca he trabajado «de programador», aunque creo que he sacado buen partido de mis conocimientos en el ámbito profesional, tanto haciendo algunas «pequeñas programaciones» que me hacen quedar estupendamente bien (una excel superformulada por aquí, una macro por allá, un apaño en wordpress por acullá) como (más importante, creo) aplicando las habilidades subyacentes (diría que pensamiento estructurado).
Recuerdo que en la Universidad teníamos una asignatura de informática. Se utilizaba un lenguaje propio. Cuando nos planteaban algún problema (del tipo «crear un programa que identifique los números primos» o «crear un programa que ordene una lista»), mi mente era capaz de conceptualizarlos de forma rápida, y de ejecutarlos en un pis pas. Claro, mis compañeros me miraban como a un friki… pero para mí era tan natural como el respirar.
Me vienen estos recuerdos a la mente porque ahora mi hijo mayor está en la misma edad en la que yo empecé. Y entramos en pleno debate sobre si «es bueno enseñar a programar a los niños» o si, como defienden otros, es una moda sin demasiada base (o, citando al amigo Alfonso, tiene mucho de «tontería» )
¿Qué opino yo? Es complejo. Yo aprendí a programar. Y tengo unas habilidades (a la hora de conceptualizar problemas y abordar su solución) que creo que son valiosas. La duda que tengo es… ¿desarrollé estas habilidades gracias a que aprendí a programar? ¿o se me dio bien la programación y tuve una «inercia positiva» para su aprendizaje debido a que mi cerebro estaba «configurado» de una determinada forma? ¿Hay una relación de causalidad entre un hecho y el otro? Y de ser así… ¿cuál es el sentido de esa relación?
Este dilema lo puedo extrapolar a cualquier proceso de aprendizaje. ¿Basta con decidir «aprender algo» para desarrollar las habilidades vinculadas a ese aprendizaje? ¿O estamos condicionados por nuestros sesgos? A estas alturas de la vida, tiendo a creer más en la segunda hipótesis. Cada uno de nosotros venimos con una determinada configuración de serie. Si nos sometemos a un proceso de aprendizaje compatible con esa configuración, entramos en un círculo virtuoso en el que las habilidades florecen y el aprendizaje se hace sencillo, cómodo y natural. Si por el contrario nos sometemos a un proceso menos compatible, nos cuesta un mundo, no lo disfrutamos, y acabamos con un desarrollo raquítico de nuestras habilidades.
Lo cual me lleva a un tema que empieza a ser recurrente en mi visión del mundo: la importancia que tiene explorar la individualidad y los talentos naturales. Lo fundamental que resulta exponer (y exponerse) a distintas situaciones para encontrar aquello con lo que mejor «sintonizamos», aquello que más se ajusta a nuestra naturaleza, y dejar que cada uno siga por su camino. Porque es ahí donde la fricción para aprender es menor, y el rendimiento (en forma de desarrollo de habilidades y conocimientos, además de en satisfacción intrínseca) es mayor, tanto para el propio individuo como para la sociedad en general. Empeñarnos en hacer pasar a todo el mundo por el mismo embudo nos empobrece.

El cartón de Podemos

Cuando lo del 15-M, seguí el fenómeno con atención. Joder, llegué a bajar a la calle a sentarme en una plaza aquí en el pueblo, éramos 20 personas. Compartía la sensación de que «algo no estaba bien» con el funcionamiento del país, de la política, de la economía. Y esos momentos extraños de «catarsis compartida» me hicieron sentir que a lo mejor podíamos cambiar algo.
Claro, que esa sensación difusa de que «hay que cambiar algo» está muy bien, pero luego hay que llevarla a lo concreto. Y ese «cambiar algo» evidentemente no significa lo mismo para todo el mundo. Yo soy un defensor de la economía de libre mercado y de la responsabilidad individual, y lo que creo que tenía (y tiene) que cambiar está más relacionado con la falta de transparencia en las instituciones, el sobredimensionamiento de las Administraciones, el conchabeo entre la política y la economía (aquello del «capitalismo de amiguetes», que ni es capitalismo ni es nada) y una mayor presencia de la sociedad civil (o sea, tú, yo, el vecino de al lado) en las decisiones del día a día.
Cuando surgió lo de «Podemos», los observé con curiosidad. Sonaba bien aquello de «ni de derechas ni de izquierdas», lo de «los de abajo vs los de arriba», lo de «la gente normal», lo de la «decencia», lo de «los círculos»… quizás, a lo mejor, podíamos estar frente a un catalizador de un movimiento social que efectivamente sirviese para cambiar las cosas, para coger la ilusión de una ciudadanía más bien harta y transformarlo en energía renovadora.
No tardó, claro, en caérseme la venda. Lo de «ni de izquierdas ni de derechas» no se sostuvo, aquello era un partido de izquierdas puro y duro, con ramalazos de izquierda antigua y demodé. Lo de los «círculos» no tardó tampoco en caer, democracia interna para qué, lo importante es el «núcleo irradiador» y el culto al líder que ha ido laminando con mano de hierro cualquier disidencia. Han seguido insistiendo en gestos que cada vez me resultan más vacíos, más fachada. Han ido desdiciéndose de todas sus proclamas. Aplican con soltura la ley del embudo, aquello de señalar lo que los demás tienen en el ojo haciendo como que ellos no tienen nada en el suyo. Me resulta ya ridículo y risible (tanto como «los del otro lado») la forma en que siguen vendiéndose a sí mismos como la última cocacola del desierto, el referente moral «del pueblo», los representantes legítimos de «la gente».Si en algún momento me los creí, fue muy al principio: hace ya muchos meses que no solo no me los creo, si no que los considero un peligro, como a cualquiera que hable en nombre de «el pueblo».
Y sin embargo, me alegro de que estén en las instituciones. Me alegro de que hayan «pillado cacho» en algunos Ayuntamientos, que tengan un grupo parlamentario, que se vean en la situación de tener que «pactar acuerdos». Me alegro porque es muy fácil torear desde la barrera. Es muy fácil criticar desde la calle, desde «el activismo», desde la manifestación. Ahí se puede decir lo que uno quiera, se puede echar toda la mierda que haga falta, criticar cualquier decisión que tome cualquier partido o persona que esté en condiciones de tomarlas. Y todo manteniendo el aura de superioridad moral, algo fácil cuando no tienes que decidir nada, ni gestionar nada.
Pero ay, amigos. En el momento en el que eres tú el que decide, el que eres tú el que gestiona… se te empiezan a abrir las costuras, se te empieza a ver el cartón. Dar cargos a alguien del partido con una experiencia discutible es algo no solo tolerable, sino casi evidente. Contratar a parejas y a ex-parejas ya no es nepotismo, es cosa de curriculum. Cargar la gomina del alcalde al presupuesto es lo mínimo que se puede hacer. Las huelgas de los servicios públicos ya no molan, son ataques. Lo que antes eran privilegios a los que «la gente normal» no accedería, ahora ya sí. Hay que disculparles que se salten los procedimientos, porque claro, ellos vienen del activismo. Y suma y sigue.
Cada día que pasan en las instituciones es un día en el que su antaño «superioridad moral» queda retratada con hechos. Cada día es más insostenible esa visión carismática e inmaculada de «los decentes» y «los defensores de la gente», de las grandes palabras que son fáciles de decir porque no hay que acompañarlas de hechos. Quedan como lo que son: un partido mortal, de carne y hueso. Con gente válida y con sinvergüenzas. Con unas ideas y unas propuestas concretas, que te pueden gustar más o te pueden gustar menos… pero que pasan a ser discutidas en igualdad de condiciones con otros partidos que defienden otras ideas.
Siempre habrá, claro, un colectivo de «fanboys» que seguirán negando la mayor (¿no los tienen también todos los partidos?). Que seguirán pensando que no tienen mácula, que si cometen algún error será un pecadillo sin importancia, posiblemente producto de un error bienintencionado. O porque habrá algún individuo que lo hace mal, pero que es eso, una manzana podrida. O que, en el peor de los casos, los otros son peores y roban más. A esos no habrá quien les convenza, claro. Pero una vez rota la burbuja de la superioridad moral, cada vez habrá menos «gente normal» (de la de verdad, como tú y como yo) que se deje deslumbrar con espejitos de cristal.

La evolución de las publicaciones

Hace unos días, en el transcurso de una comida, comentaba Antonio Ortiz sus nuevas responsabilidades dentro de Weblogs SL: centrarse en labores de investigación e innovación sobre cómo evoluciona la creación y distribución de contenido online, para así poder dirigir a la empresa en el camino correcto con el transcurso de los años.
Para poner en contexto a quienes no conozcan la historia, Weblogs SL es una empresa que nació hace más de diez años alrededor del concepto de los «blogs temáticos». Antonio es uno de los socios fundadores, y durante un tiempo yo estuve vinculado a la empresa (como editor y coordinador de alguno de los blogs, y luego realizando labores de servicios a empresas). El caso es que, por aquel entonces, los blogs eran «el futuro». Todos los que nos acercábamos a ese mundillo teníamos la sensación de estar explorando nuevos caminos («cómo, ¿que cualquiera puede publicar lo que quiera en internet así sin más?»), y compartíamos la excitación de sentirnos pioneros.
Pero claro, han pasado diez años, y con ellos muchas cosas. Vinieron las redes sociales, vino el video, y muchos otros cambios en la forma de publicar, consumir y distribuir contenidos en la red. Lo que hace diez años era «lo novedoso» ya se ha quedado no sé si obsoleto, pero sí «viejuno». Más de una vez se ha proclamado su muerte, y aunque es verdad que aquí seguimos, a veces tiene uno la sensación de ser unos «abueletes de internet», contando batallitas de los «buenos viejos tiempos».
En este sentido, es obvio que el planteamiento de Antonio de «buscar alternativas/complementos» al blog como concepto tiene todo el sentido. Y de alguna manera vino a ponerle el cascabel a una sensación que yo he venido teniendo en los últimos tiempos. Llevo escribiendo este blog más de 11 años, me siento muy cómodo con él. Me permite expresar ideas e inquietudes, desarrollar razonamientos… Creo que escribo cosas interesantes, sin mucho «bullshit», que pueden servir como elemento de reflexión a otras personas, y que en paralelo pueden reforzar mi «marca personal». Y sin embargo, tengo la sensación de que su alcance cada vez es más limitado. Cuando publico algo, me leen un «puñado de incondicionales» que todavía siguen viniendo vía RSS (gracias, amigos :D) o incluso de forma directa (hola, mamá). Si pongo el enlace en twitter o en linkedin, se suma otro piquito de visitas. En algunas ocasiones se genera un pequeño efecto viral gracias a algún retuit o alguna mención, efecto que muere pronto. Y ya, el ciclo de vida del contenido muere ahí.
Siempre he dicho que mi blog tiene mucho de «espacio de reflexión personal» (y por eso escribo lo que quiero, cuando quiero y como quiero) pero sería poco honesto decir que «me daría igual si no me leyese nadie»: a todos nos gusta la sensación de que lo que hacemos gusta a otros, y si son más, mejor. ¿Qué es lo que me gustaría entonces? Desde luego no se trata de «número de visitas» así en bruto: no vendo publicidad por miles de visitas, así que en general lo relacionado con el SEO, el «clickbaiting» y similares me interesa más bien poco. Más bien se trata de buscar visibilidad e interacción, pero sin cambiar el «fondo» de lo que publico (que al fin y al cabo es lo que me gusta y lo que me interesa). Me gustaría llegar a más gente interesante, provocar más reflexiones y más curiosidad, generar más posibilidades de interacción, de debate, de colaboración… en el fondo, recuperar las sensaciones que tenía al principio de mi historia bloguera.
Le estoy dando vueltas a lo que cuento (quizás sea menos interesante de lo que yo mismo creo), a cómo lo cuento (quizás mi estilo no es muy apetecible), a dónde lo cuento (a lo mejor el blog debería mutar en otra cosa, en otros medios, en otros formatos), a cómo lo «muevo»… Por otro lado, siempre me ha dado pereza «fingir»: la idea de tener un calendario editorial, o de seleccionar temas no por lo que a mí me apetezca sino «por lo visible o lo viral que pueda resultar», o de recurrir a técnicas baratas (en plan «lo que sucedió a continuación te parecerá increíble»), o de ser intencionadamente polémico y macarra para generar ruido, o de ser más «ligero» para ser compartido sin necesidad de pensar mucho, o de ser más «sesudo» para producir contenidos «de referencia», o…
Hace unos días repescaba un artículo de Blogoff donde se reflexionaba sobre los contenidos que triunfan en redes sociales, y cómo en esta dinámica los contenidos de más «chicha» quedan relegados en favor de contenidos más ligeros, más intrascendentes… pero a la vez más fácilmente consumibles y compartibles. Decía Nicholas Carr que internet nos estaba volviendo tontos, y yo no sé si es que nos vuelve tontos o si simplemente nos pone muy fácil hacer caso a nuestro instinto primario de evasión.
La duda que tengo es… ¿hay espacio, en este contexto, para el tipo de contenido que a mí me apetece y me interesa generar? ¿Puedo hacer algo para que encaje mejor en esta dinámica de consumo y difusión de contenidos, sin «estrujarlo» hasta cambiar su esencia? ¿O debo asumir que la visibilidad y la viralidad están reservados para otro tipo de historias, incompatibles con mi estilo? ¿O directamente hacerme caso a mí mismo y asumir que lo que hacemos en realidad no le importa a (casi) nadie?

Cuéntame un cuento

¿No os ha pasado que estáis leyendo un libro, o viendo una película, y piensas… «joder, vaya argumento más previsible» o «esto no tiene ni pies ni cabeza»? A mí me pasa con relativa frecuencia. Y me fascina que productos así consigan llegar al mercado, incluso tener cierto éxito. ¿Tan difícil es montar una buena historia y que no acabe en desastre?
Ésta fue una de las inquietudes que me llevó hace unas semanas a indagar un poco sobre los aspectos básicos de la narrativa. En paralelo, en los últimos tiempos vengo observando cierto auge del concepto de «storytelling» aplicado al mundo de la empresa. Cuando digo «auge» me refiero a artículos y libros sobre el tema, de esos que vas dejando en la recámara para «leer más tarde» porque te resulta curioso entender cómo pueden casar estos conceptos. Así que pensé en matar dos pájaros de un tiro; entender cómo se fabrica una buena historia, y entender qué aplicación tienen las historias en los negocios.
Lo cierto es que el mundo de la narrativa es muy interesante. Una historia bien construida tiene un potencial magnífico de atrapar nuestra atención, de involucrarnos emocional e intelectualmente, y de transmitirnos conceptos que recordaremos después con asombrosa facilidad. Y, cuando te pones a profundizar, parece ser que «la fórmula» para conseguir una historia decente tiene las letras bastante gordas; al fin y al cabo, llevamos contando historias desde hace milenios, y muchos han sido los que en este tiempo han analizado lo que funciona y lo que no. Sucede algo parecido con la fotografía o la pintura (¿qué hace una imagen más atractiva? ¿qué composición es agradable? ¿cuáles son las proporciones correctas? ¿qué colores combinan juntos?), o con la música (¿qué sonidos combinan bien? ¿qué progresiones de sonidos resultan atractivas?).
Me atrevería a decir que en todas estas disciplinas parece bastante asequible alcanzar un nivel «decente» a poco que uno ponga interés en conocer e interiorizar esas normas básicas. Es cuestión de práctica, de acostumbrarse a manejar las claves y repetirlas una y otra vez. Obviamente luego, como en casi todo, hay un salto cualitativo que separa el oficio del talento.
Y sí creo que es una habilidad que merece la pena aprender. No se trata tanto de «inventarse historias» (que también, por qué no), sino de utilizar alguna de las claves que hacen que una historia funcione para aplicarlas a nuestras propias necesidades de comunicación. Sin salir del círculo cotidiano, nos puede venir bien para contar qué tal nos ha ido el día, para relatar una anécdota con unos amigos, o para transmitir ideas a los críos.
Lo que ya me chirría más es toda la corriente de libros, artículos, etc… que tratan de enchufar el «storytelling» en las empresas. Lo que estoy leyendo al respeto me lleva a pensar en una sobreexplotación del término. Por supuesto que dentro del mundo corporativo hay necesidades de comunicación a las que las técnicas narrativas pueden aportar un enfoque diferencial, pero creo que el asunto no da para tanto libro, tanto acrónimo, tanto «caso de estudio»; como decía más arriba, la narrativa tiene las letras gordas y el 80% de sus beneficios puede obtenerse prestando atención a cuatro o cinco claves fundamentales. Y en todo caso tampoco creo que la narrativa sea la palanca de cambio definitiva en las empresas: en el mejor de los casos, una herramienta más que incorporar (junto con muchas otras, todas ellas positivas pero ninguna desequilibrante) a la difícil tarea de sacar un negocio adelante.
Claro que, como sucede siempre, hay mucho aspirante a experto, mucha editorial que pretende vender su libro, mucha revista que llenar con artículos, muchas conferencias que dar. Todo el mundo quiere diferenciarse aunque para ello tenga que estrujar y reconstruir los conceptos para que parezca que está contando algo distinto; porque si dices que algo «son habas contadas» no llamas la atención… pero supongo que, como decía Michael Ende, «eso es otra historia».

Simplificadores vs optimizadores

Scott Adams dedica en su libro «How to fail at almost everything and still win big» un apartado a tratar la diferencia entre lo que llama «optimizadores» vs «simplificadores».
El primer perfil, el de los «optimizadores», es aquel que busca aprovechar cada instante, cada oportunidad, cada detalle… para sacar el mayor partido a las situaciones. Aunque eso suponga incrementar más que proporcionalmente el riesgo de que algo salga mal o el estrés derivado de atender a múltiples circunstancias. Por contra, el «simplificador» se centra en pocas cosas a las que dedica más atención, que trata con un mayor margen de maniobra para evitar riesgos y sobreesfuerzos.
En términos paretianos, el «simplificador» es el que se queda más que satisfecho consiguiendo el 80% del resultado (que solo le ha supuesto invertir el 20% del esfuerzo), mientras que el «optimizador» es el que no acepta quedarse lejos del 100% y por ello está dispuesto a hacer ese 80% adicional de esfuerzo. Uno está tranquilo haciendo sus «vital few», mientras que el otro no descansa hasta hacer los «trivial many». El «simplificador» se ocupa de las «piedras grandes» (y las pequeñas si caben bien, y si no pues tampoco pasa nada), y el «optimizador» sufre por cada piedra que se queda fuera.
El «optimizador» es ese que tiene su agenda montada en bloques de 15 minutos, al «simplificador» le basta con tener claras sus tres o cuatro tareas importantes para el día. Al «optimizador» le gusta llegar con el culo pegado al aeropuerto, mientras habla con el móvil, mientras que el «simplificador» prefiere llegar con un buen rato de antelación y leer tranquilamente un libro mientras espera.
Notaréis, por mi forma de describirlos (y por lo que me conozcáis algunos), por cuál siento más simpatías. Yo soy claramente un «simplificador», es más, diría que estoy genéticamente incapacitado para ser «optimizador». Pasar de ese 80% a ese 100% me hace perder el interés, me desgasta, me estresa. Puedo entender (a duras penas) que haya personas distintas, y seguramente es necesario en el mundo ciertas dosis de «optimizadores»… pero yo no estoy entre sus filas.

Si hubiera leído la letra pequeña

El otro día, durante una sobremesa con antiguos compañeros, hablábamos de algunas de nuestras experiencias profesionales/vitales. En concreto la conversación se nos fue por parejas que habían experimentado una fase de «yo me voy a trabajar a otro país, tú te quedas en casa al cargo de la familia… es una buena oportunidad… yo vendré cada fin de semana, cada quince días como mucho… serán solo unos meses… luego ya todo volverá a la normalidad».
Se trata de una situación que varios de los presentes habían vivido, y todos coincidían en que las cosas parecen mucho más fáciles cuando se toma la decisión de lo que luego realmente son. «Está claro que cuando tomas una decisión así es porque piensas que es buena a grandes rasgos, pero luego cuando te lees la letra pequeña…»
Ojalá todo fuera cuestión de «letra pequeña». Porque la letra pequeña puede ser un coñazo de leer, pero está ahí cuando te ponen los papeles delante para que las firmes, y ya es cuestión tuya leértela o no. El problema con las decisiones en la vida real es que en la gran mayoría de los casos ni siquiera existe esa letra pequeña. Gran parte de las cosas, buenas y malas, que determinan el buen o mal resultado de una decisión se van descubriendo por el camino. «Ah, si lo hubiera sabido…» Ya, pero no había forma de saberlo.
Hace meses (joder meses… tres años y pico ya) leí el libro «Stumbling on happiness», que me resultó muy interesante. Y su gran conclusión iba por este camino: tenemos muy poco control sobre nuestra felicidad futura. Primero porque nuestra capacidad para saber qué va a pasar en el futuro es limitada (la realidad siempre es mucho más sorprendente que nuestros planes), y segundo (y esto da para pensar mucho) porque no sabemos cómo nos va a afectar eso que suceda. Lo que pensábamos que nos iba a dar tanto miedo luego resulta que no es para tanto, y lo que pensábamos que nos iba a dar una gran satisfacción en realidad nos deja vacíos.
Por lo tanto, no es un tema de letra pequeña. No es que tengamos toda la información a nuestra disposición y seamos más o menos hábiles tomando las decisiones. Es que la vida es así.

El barbudo cuarentón que se presentó a un casting de jóvenes rubias

«Se busca chica rubia, pelo largo, complexión delgada, aproximadamente 20 años, inglesa nativa». Imaginemos que reza así una búsqueda de una agencia de casting. E imaginemos que me presento yo, cuarentón con barba y principio de alopecia, de complexión «fuerte» (por ser generoso), castellano viejo. ¿Qué probabilidades tengo de obtener el papel? De hecho, ¿qué probabilidades tengo de que me admitan a la audición? Exacto; ninguna. Cero.
Y sin embargo…
Me comentaba ayer un conocido los problemas que estaba teniendo como reclutador en un proceso de selección. Habían definido la posición a cubrir con mucho detalle, haciendo referencia a las condiciones imprescindibles para aspirar al puesto: determinados conocimientos técnicos, necesidad de mostrar ejemplos de trabajos previos, una localización geográfica concreta… Y sin embargo no dejaban de llegarle candidaturas que simplemente no cumplían los requisitos: gente que vive en otros lugares, gente que se declara experta en tecnologías que no son las que se piden, etc.
Como en el caso del casting, las probabilidades de estos candidatos son cero patatero. Si juegas a la lotería, al menos tienes una probabilidad; infinitesimal, sí, pero mayor que cero. Presentar tu candidatura a una posición para la que simplemente no das el perfil es perder tu tiempo y hacérselo perder al reclutador (quizás pienses que el reclutador a ti te la pela… y creo que no es un buen primer paso). No vas a conseguir una entrevista, ni mucho menos el trabajo.
¿Y por qué la gente lo sigue haciendo, echando CV a diestro y siniestro, a ver si «suena la flauta»? Supongo que comparte un punto de irracionalidad con los juegos de azar, «sé que tengo muy pocas probabilidades (en realidad ninguna) pero bueno, por probar… a alguien cogerán… el no ya lo tengo… al fin y al cabo en el fondo están pidiendo una persona humana, y yo soy una persona humana». Y como las consecuencias negativas son inexistentes (nadie te va a meter en una lista negra de «candidatos irrelevantes») y el esfuerzo de mandar CV es limitado (copiar / pegar) pues oye, sigamos. Los spammers actúan de forma similar.
Y claro, también es una forma de apaciguar la conciencia. «Por supuesto que estoy buscando trabajo, ¿no ves la cantidad de CV que he echado?». Sostienes la ficción de que estás participando en varios procesos de selección («a ver si me llaman») cuando la realidad es que podrías haber tirado esos CV a una papelera y el resultado sería el mismo. Te descargas de responsabilidad («yo ya he hecho mi parte, ahora no depende de mí»), y te armas de razones para clamar contra la injusticia del mundo («no entiendo cómo no me llaman ni para una entrevista, con la de CV que he echado, mierda de sociedad»).
La alternativa pasa por:

  • Empatía con el empleador: ¿qué está buscando? A veces el anuncio lo pone muy claro, otras un poco menos, pero siempre se puede sacar una idea de qué pretenden incorporar, qué tipo de empresa es, etc.
  • Análisis autocrítico: ¿mi perfil encaja? Hablamos de un encaje más o menos natural, quizás no al 100%, pero razonable. Si vas a ser como las hermanastras de la Cenicienta, que tendrían que cortarse medio pie para que les entrase el zapato… mejor dejarlo.
  • Personalización de la candidatura: haz un esfuerzo por presentar y destacar los aspectos que más encajan con el perfil demandado, no te pierdas en detalles que no vienen al caso, no presentes una candidatura genérica que huele a distancia. Pon un poco de cariño, sácate partido. El reclutador está deseando que le des una excusa mínimamente viable para profundizar.

Al final no es más que un poquito de lógica y de interés. El cuarentón barbudo tendrá que presentarse a castings donde pidan cuarentones barbudos, o algo medianamente asimilable; presentarse a castings de rubias «a ver si hay suerte» no es más que una forma tan válida como otra cualquiera de perder el tiempo.

En defensa de la homeopatía

Vale, vale, son ganas de provocar. Pero dadme un par de párrafos, a ver si me explico.
Soy perfectamente consciente de que la homeopatía no tiene efectos científicamente demostrados. Y cuando digo «científicamente» me refiero a experimentos controlados, etc… Y en fin, por mucha mente abierta que uno tenga, la idea de que algo diluido hasta la extenuación en agua pueda tener algún efecto real en el cuerpo pues no parece que tenga ningún sentido. Hablo de homeopatía, pero podríamos hablar de tantas otras «disciplinas».
El caso es que, leyendo hace poco un artículo al respecto, decía una frase interesante: «Esta pseudoterapia no ha mostrado efectividad más allá del placebo». Y remitía a un más interesante aún artículo sobre el efecto placebo, esa sorprendente capacidad que tiene nuestro cerebro de, si cree que algo es cierto (aunque no lo sea), provocar reacciones químicas y físicas coherentes. Con sus limitaciones, sí, pero reales.
Entonces. Tenemos a alguien que toma homeopatía porque cree que le ayudará. La homeopatía en sí misma no hace nada, pero como esa persona cree que sí, se activa el efecto placebo y tiene un impacto. Impacto que no se produciría si no creyese en la homeopatía (si el cerebro piensa «estoy tomando un agua con azúcar, qué coño va a hacer esto» no hay placebo ninguno). Es decir, que por el hecho de tomar un producto homeopático Y CREER en ello se produce una mejora: no directa, sino indirecta. Limitada, pero real.
Así pues… ¿cumple la homeopatía una función? ¿Seríamos capaces de activar el efecto placebo sin ella (u otros elementos igualmente cuestionables)? ¿Merece la pena el efecto placebo como para permitir el «timo»?

Niños y riesgos

Tus hijos son lo más preciado que tienes. El mero hecho de pensar que les puede pasar cualquier cosa te genera un vacío en el estómago. La reacción natural es protegerlos; al fin y al cabo son tu responsabilidad. No perderles de vista. No dejarles hacer nada por su cuenta. No cojas el cuchillo, a ver si te vas a cortar. ¿Ir solo al cole? Cuando seas mayor. No te acerques al fuego que te quemas. No te metas en lo hondo, que te ahogas. Ni se te ocurra cruzar sin ir de la mano. No te subas ahí, que te caes. El mundo está lleno de peligros y de gente siniestra, ahí están las noticias a diario. ¿Cómo voy a dejar a mis hijos por ahí sueltos? Por dios, si les pasa algo no podré perdonármelo nunca.
Ver a los niños asumir riesgos y quedarse al margen es muy jodido. Nos vemos obligados a controlar nuestra ansiedad y nuestra paranoia. Y sin embargo, es algo esencial en nuestra tarea de padres. Ojalá el desarrollo de los niños fuese algo perfectamente pautado: «hasta los 18 años los padres les cuidan y les protegen de todo mal, y a partir de los 18 automáticamente ellos son adultos independientes, autónomos y plenamente capaces de cuidarse por sí mismos y enfrentarse al mundo». Pero no es así. La independencia, la autonomía, la capacidad para enfrentarse a los problemas, las habilidades necesarias para hacerlo… son elementos que se desarrollan poco a poco a lo largo de toda una vida. A base precisamente de asumir riesgos, de dejar que se enfrenten a sus miedos y a que los superen, de arreglárselas por sí mismos, de afrontar problemas y de resolverlos. Incluso aunque eso suponga que les pasen cosas malas.
Porque además nos engañamos a nosotros mismos si creemos que con nuestra supervisión nada malo les va a pasar. ¿Acaso no vivimos malas experiencias como adultos, no nos enfrentamos a situaciones incómodas y desagradables, no tenemos accidentes? ¿Qué nos hace pensar que somos capaces de dar un 100% de seguridad a nuestros hijos, si no somos capaces de proporcionárnosla a nosotros mismos? La sensación de que con nosotros al mando todo está controlado es eso, una ilusión.
Si queremos criar adultos autosuficientes, tenemos que dejarles cada vez más campo de acción, y probablemente cuanto antes mejor. Y tenemos que dejar de engañarnos: no va a haber un momento en el que eso nos vaya a resultar fácil, no va a haber un «cuando sea mayor» que nos libre de pasar el mal trago. El primer día que vayan solos al colegio, aunque esté a cinco minutos, vamos a estar con el estómago encogido; y da igual que sea con 6 años que con 12 que con 20. El primer día que les dejemos el cuchillo afilado para cortar algo en la cocina. La primera vez que se metan en el mar donde no hacen pie. El primer fin de semana que se vayan por ahí con amigos. La primera noche que salgan de farra, o el primer día que no vuelvan a dormir. El primer día que conduzcan un coche, o que hagan un viaje. La primera vez siempre va a ser un suplicio, y las siguientes en el mejor de los casos acabaremos sobrellevándolo; cada día entiendo mejor por qué mi madre se queda más tranquila cuando la llamo para avisar de que he llegado tras un viaje, aunque voy para cuarenta años. No va a haber un día en el que tengamos la completa seguridad de que estarán bien, de que no les va a pasar nada; y el día que les pase cualquier cosa (que les pasará, como nos ha pasado a todos… otra cosa es que no nos enteremos) nos dará un vuelco el corazón. Y si un día pasa algo terrible nos encogeremos de dolor, y nos castigaremos pensando si no deberíamos haber hecho algo más, si no deberíamos haberles protegido más, enseñado mejor.
Pero no podemos vivir constantemente pensando en todo lo malo que puede suceder, incluso aunque sepamos que nos destrozaría. No podemos volvernos locos intentando proporcionar una seguridad que es, en realidad, ilusoria. Porque los riesgos siempre van a existir a pesar de nuestros esfuerzos. Sobreprotegiéndolos mermamos su capacidad de enfrentarse por sí mismos a la vida (algo que inevitablemente tiene que suceder), y ni siquiera así vamos a eliminar la posibilidad de que algo malo suceda.
Tenemos que asumir que tener hijos es vivir para siempre con el temor de que algo les pase, y que ese sufrimiento es inevitable porque es inherente a la paternidad. Va en el mismo lote que las inmensas satisfacciones y el orgullo de verles crecer, no hay lo uno sin lo otro. Quizás reconocer que es imposible que lleguemos a controlar todo y aprender a convivir con nuestra ansiedad y con nuestra paranoia sin volcarla sobre nuestros hijos sea uno de los mejores regalos que podamos hacerles.
Algunas lecturas relacionadas: The overprotected kid, Five dangerous things every school should do, How children lost the right to roam in four generations, How helicopter parents are ruining college students