La alubia en el yogur y los absurdos del sistema educativo

Clásico ejercicio del colegio: coger una alubia, ponerla entre algodones dentro de un envase de yogur, humedecer los algodones durante varios días y observar cómo germina. Y ahí están las madres (no hay machismo en esta frase; mera descripción) en el patio, intercambiando impresiones. «¿Habéis conseguido que germine?» «Yo no sé si es que la estoy regando poco» «Pues yo la riego todos los días y no sale». Sí, sí, frases en primera persona del singular. No es que el niño riegue o deje de regar; son los padres quienes lo hacen. ¿Qué sentido tiene esto? Una madre llega a afirmar que «es normal, su hijo no es agricultor».
El primer impulso al escuchar estas historias de «padres que hacen los deberes» (hay una gran diferencia entre «ayudar con los deberes» y «hacer los deberes») es pensar en su irresponsabilidad. Pero… ¿somos los padres los principales culpables?
Nos enfrentamos a un sistema educativo que te planta una serie de deberes y tareas que hay que hacer «sí o sí». Da igual si te resulta provechoso o no, da igual si te interesa o no. Da igual si tienes muchos o pocos. Hay que hacerlos, hay que cumplir. Y si no los haces, incidencia al canto, «punto negativo», bronca, tutoría. Tres cuartos de lo mismo sucede con los exámenes y las notas: apruebas o suspendes.
Leía estos días Drive, el libro de Dan Pink sobre la motivación, en el que se plantea que el método del palo y la zanahoria (la motivación extrínseca) acaba matando la motivación intrínseca. En el mejor de los casos consigues que la gente cumpla («compliance», conformidad), es decir, que se haga lo que haya que hacer para conseguir el premio o evitar el castigo (eso suponiendo que premio y castigo llegan a ser suficientemente relevantes), pero ni un ápice más. Si puedo encontrar atajos, mejor que mejor. Si puedo copiar el resumen de internet, antes termino. Si llevo una chuleta al examen, arreglado. Si copio me libro de los problemas. Si el padre hace los deberes, menos problemas para todos. Al fin y al cabo lo que importa es el resultado. ¿Disfrutar del proceso? ¿Alimentar la motivación intrínseca (esa que funciona en ausencia de estímulos externos)? Bah, para qué.
Llegados a este punto, nos encontramos con los críos que llegan cansados a casa, obligados a dedicar todavía una o dos horas a ponerse con unos deberes que no les apetece ni huevo hacer. Si les dejas a su aire, no los hacen. Estar encima de ellos es cansado, conflictivo, exige tiempo y dosis enormes de paciencia que no siempre tienes. Y al final si lo que importa es el resultado… pues veo hasta entendible que llegues a coger el atajo del «acabamos antes si lo hago yo». Obviamente no lo defiendo, creo que se le hace un flaco favor a los chavales (acostumbrarles a que ante cualquier dificultad «ya llegan papá y mamá y te lo resuelven»; luego pasa lo que pasa). Pero también pienso que el origen del problema está antes. Que la propia concepción del sistema educativo tampoco hace un gran favor a los críos, a su aprendizaje, a su felicidad o a su capacidad de desempeño futuro.
¿Cuál sería la alternativa? Una educación basada no en el «cumplir», sino en incentivar la curiosidad y las aptitudes naturales de cada niño individual. Si a fulanito le gusta leer, recomiéndale libros, escúchale cuando te los resuma… siempre en positivo (no con el método de «hay que leerse un libro cada quince días y traer una ficha rellena, y el que no lo haga…»). Si a menganito le gusta la naturaleza, enséñale cómo germina una planta (¡es un proceso fascinante!), anímale a que cuide de sus propias plantas, que traiga semillas de distintos tipos, que haga fotos de los distintos estadios de crecimiento… Si le gusta pintar dale a probar distintos materiales, anímale a usar distintas técnicas… El que quiere bailar, anímale a hacer coreografías, ponle ejemplos de bailes para que vayan incorporando… En definitiva, se trata de iluminar el camino por el que los niños andan, no obligarles a ir por el camino que tú crees que debe llevar.
Claro, esto es un esfuerzo de la leche. Para individualizar a cada niño, para reaccionar de forma tremendamente flexible a las inquietudes y los ritmos de cada uno, encontrar la forma de seducirles y de proporcionarles la guía que necesitan para ir creciendo. Y no solo un esfuerzo para los profesores, también para los padres. Y si ni los padres a veces estamos dispuestos a poner la atención, el tiempo, la paciencia necesarios… como para pedírselo a la comunidad educativa.
¿Y si a un niño no le interesa nada? No me creo que haya nadie que esté con niños y piense esto de verdad. A todo el mundo le interesa algo. Unos cazan lagartijas, otros juegan al fútbol, a otros les encanta leer. O los videojuegos, sí, qué pasa. O los desastres naturales. Si les dejas solos, te das cuenta que cada uno tira para lo suyo.
«Ya, pero entonces no aprenderán lo que es importante»… Lo que es importante… ¿Qué es importante, en realidad? Sí, vale, saber sumar, saber leer… ¿hacer raíces cuadradas? ¿los afluentes del Duero? ¿senos y cosenos? ¿las partes de una célula? ¿qué es el esternocleidomastoideo?. Soy de la opinión de que «lo importante» es en realidad muy poco. Que lo que es relevante para nuestro día a día es algo que aprendemos de forma muy orgánica, mirando a nuestro alrededor, observando a los que nos rodean. Que si tenemos cerca a alguien (en este caso los padres y los maestros) que aprovechan las circunstancias de nuestra vida para ir dándonos información crecemos sin darnos cuenta, sin presión, sin obligación… y de una forma infinitamente más alineada con nuestro propio ser, más autónoma, más motivada, más provechosa… más feliz, y más productiva.

Kutxi Romero, un tipo afortunado

«Soy un tipo con mucha suerte, muchísima… recuerdo todo bien. ¿Sabes por qué? Porque yo nunca he tenido ambición. No había meta. Entonces, cada pequeño triunfo, éxito… yo solo quería cantar mis canciones, y eso el primer día que haces tu primera canción ya lo has conseguido. Por eso soy un triunfador. Un perdedor es el que tiene ínfulas, tiene ansia… y fracasa. Yo, como no tenía ninguna expectativa, ni tengo, pues todo… nunca he esperado nada, o sea que guay, venían las cosas y las cosas como iban viniendo pues no pasa nada, y si pasa se le saluda»

Gustándome el rock, nunca he sido especial fan de Marea. Sin embargo ayer, por un cúmulo de casualidades internáuticas, acabé escuchando una entrevista a su cantante Kutxi Romero. Un tipo interesante, con un discurso y un estilo de vida sencillo y con los pies muy pegados a la tierra que disfruta y valora cada pequeña o gran cosa que le sucede.

Con mi opinión, ¿aporto valor o aporto ruido?

Me pasó algo curioso ayer. Tras publicar mi post sobre «ser o no ser español» y observar las reacciones, me puse un poco reflexivo. Fue el post más visto desde hace bastante tiempo, sobre todo gracias a que bastante gente lo ha compartido en Facebook. La mayoría de esas personas que lo han compartido no sé quiénes son (¿ni tengo forma de saberlo?), ni tampoco sé las discusiones que se hayan podido generar en los comentarios.
Pero independientemente de la repercusión, lo que me pregunto es… ¿qué aportó esa opinión mía sobre un tema así? ¿qué me aportó a mí? ¿qué aportó a los que la leyeron? ¿Buscaba algo, o fue simplemente «pienso esto y lo escribo, que para eso tengo un blog»? Si buscaba algo… ¿lo conseguí? Si no buscaba nada… ¿para qué lo escribí? ¿Realmente «para eso tengo un blog»? De hecho… ¿para qué tengo un blog?
Resulta un poco extraño hacerse estas preguntas después de más de 10 años de blog y otro puñado de twitter, facebook, instagram y otras plataformas en las que he ido volcando mis cosas, que se dice pronto. Sin embargo, estoy en una etapa en la que me estoy cuestionando qué cosas aportan valor a mi vida y, de forma inversa, cómo aporto yo valor a los demás. Y bajo ese prisma empiezo a cuestionarme cosas que «siempre han sido así».
Nunca compré la idea de tener una «estrategia de contenidos» en estas plataformas de expresión personal. Nunca vi esto como un medio con unos objetivos definidos, y por lo tanto con la necesidad de tener un «plan». Mi blog era mi blog y escribía en él lo que quería y cuando quería, sin marcarme una agenda, una frecuencia, unos contenidos. En twitter tres cuartas partes de lo mismo, Facebook, Instagram… mi visión es que eran medios de expresión natural, una forma de «mostrarme como soy», y quien quiera leerlo bien y quien no pues no. Como resultado se produce una especie de «filtrado natural» de personas: quienes son más afines a mí (les gusta cómo pienso, lo que cuento, etc…) se quedan a lo largo del tiempo (al fin y al cabo son ellos quienes deciden si me leen, si vuelven, si se suscriben, si se hacen followers, etc.), y quienes no se marchan. Y en ese sentido creo que es una forma de actuar útil, posiblemente poco eficiente pero bastante natural.
Aun así, vuelvo a las preguntas anteriores: ¿qué valor aporto a los demás, qué valor me aporta a mí? ¿soy un meformer o un informer? ¿refuerza lo que hago mi imagen de alguna manera? ¿lo hace de forma consistente? ¿De qué me sirve tener opiniones, ponerlas en público y en su caso discutirlas? Si siento la necesidad de escribir y publicar, ¿estoy satisfaciendo quizás alguna necesidad más subyacente (del tipo «eh, miradme, aquí estoy yo», «reafirmadme con vuestros likes», «dadme cariño en forma de comentario», «me siento conectado a gente aunque sea así»)? Si así fuera… ¿no sería una forma triste de hacerlo, no sería mejor buscar otras alternativas más sólidas? Lo que escribo, lo que publico… ¿por qué no lo hago en un «diario privado»?
Dentro de la «limpieza digital» a la que me estoy sometiendo tengo un caso quizás paradigmático con la app de compartir fotos Instagram. La idea inicial era eliminar del móvil todos los elementos que me estuvieran distrayendo: quitar twitter para no consultar nuevas publicaciones, Facebook lo mismo… e Instagram también. La diferencia es que mientras que en Facebook o Twitter puedo seguir publicando yo (a través de Buffer), en Instagram al quitar la aplicación del móvil perdí también la capacidad de publicar. Lo cual me está haciendo reflexionar sobre «qué pretendía poniendo mis fotos en Instagram». Porque las fotos las puedo seguir haciendo igual (y me las quedo para mí)… pero ¿hago las mismas fotos, o el hecho de «no poderlas poner en Instagram» hace que saque menos? ¿Servía Instagram como incentivo? ¿Y dónde radicaba el incentivo? ¿En conseguir cuatro o cinco likes? ¿En que cuatro gatos viesen «qué fotos puedo hacer» y mostar así «mi lado artístico»?
Extrapolemos esos dilemas a lo que publico en otros medios. ¿Para qué escribo posts en el blog? ¿Para qué actualizo twitter? ¿Para qué comparto las cosas que leo y que me parecen interesantes?
¿Qué valor me aporta a mí? ¿Qué valor aporto a los demás?

No soy español

No soy español. Bueno, sí, pero no demasiado. A ver si me explico.

Nací en Salamanca. Dado que Salamanca pertenecía entonces y sigue perteneciendo ahora a una unidad administrativa denominada España, yo soy español. Es la nacionalidad que me corresponde, como me correspondería la castellanoleonesa (si Castilla y León fuese la unidad administrativa que determina la nacionalidad; ¿o sería el País Lliunés?), la salmantina (si fuese ese el caso), o la europea (si fuese ése el contexto determinante), o una hipotética nacionalidad ibérica si se fusionasen las unidades administrativas que ahora son España y Portugal. Es también la que me corresponde siendo los límites territoriales de España los que son, igual que lo sería si esos límites fuesen distintos, si hubiese una frontera en el Ebro, o en Despeñaperros.

Quiero decir con esto que para mí «ser español» es un hecho casi administrativo, más que una «identidad». Quién soy yo, cómo me relaciono con los demás… no está definido por esa circunstancia. No le tengo más aprecio a fulano por ser español, ni le resta puntos a mengano el no serlo. Tampoco me siento agredido ni minusvalorado si alguien dice que no se siente español, o que quiere irse de España… no me hace ningún daño. Y si alguien me desprecia a mí por ser español, lo que opino de él es que es gilipollas por el hecho de despreciarme por un hecho como ése (sin conocer nada más sobre mí).

No creo que la historia de España sea más «grandiosa» que la de otros países; habrá habido momentos destacables, otros lamentables… Los «héroes españoles» no me parecen más héroes que los de otros países, y creo que tenemos nuestra ración de villanos y vilezas como todos los demás. Los escritores españoles no son mejores por el hecho de ser españoles; los que son buenos lo son, igual que los buenos de otra nacionalidad.

Veo de continuo muchos españoles que me dan absoluto repelús y vergüenza ajena, del mismo modo que veo personas ejemplares de cualquier otra nacionalidad con quienes me gusta colaborar, de quienes me gusta aprender. Incluso a nivel de cultura, costumbres… veo tal diversidad que me cuesta creer que se pueda concretar qué es «ser español», no digamos identificarme con ello. Al final hay gente con la que siento afinidad y gente con la que no, y la variable «nacionalidad» pesa entre poco y nada.

Veo «ser español» como una circunstancia que te ha caído encima, como ser diestro, como medir 1.68, como tener los ojos marrones… pues sí, es un hecho, pero ya está, no da para más.

Claro, socialmente nos han inoculado desde pequeñitos vínculos de unión «ficticios» entre los españoles. Nos dan una educación más o menos homogénea, nos enseñan a dibujar «nuestra bandera», a reconocer «nuestro himno», nos enseñan «nuestra historia», nos centramos en «nuestra literatura», nos aprendemos «nuestros mapas»… Nos enseñan a animar a «nuestros equipos», a ver desfilar a «nuestros ejércitos»… Las noticias se contextualizan en lo «nacional»… Poco a poco, como una gota malaya, se va forjando esa «identidad nacional» (exactamente igual que han hecho algunas regiones, oh sorpresa), procurando inflamar ese sentimiento «patriótico», esencialmente tribal, de que el mundo se divide en «nosotros» y «ellos». Porque un colectivo tribal es mucho más manejable que un conjunto de individuos. Llegado el momento se puede apelar a esos sentimientos para distraer (¡gol de España!), para movilizar… en definitiva manipular al rebaño y llevarlo por donde interese.

Leo lo que he escrito y pienso que ojalá fuese más aséptico todavía de lo que realmente soy. Porque sí, pese a todo lo que he dicho, en realidad todavía hay momentos y situaciones en los que la «españolidad» me sale, y por ejemplo veo los partidos del Eurobasket y no me da igual quién gane. Inconsistencias humanas de las que no me enorgullezco especialmente, pero que ahí están.

Soy español porque es lo que me ha tocado ser, y eso no me hace ni mejor ni peor que nadie. Pienso en España porque es aquí donde vivo, porque son sus leyes las que delimitan mi capacidad de actuación. Y quizás me quede ese poso «sentimental», diría que residual pero inevitable, derivado de la educación y la exposición mediática durante casi 40 años.

Por lo demás, hay muchísimas cosas que definen mejor mi identidad.

Vender, regalar, tirar

Vivo últimamente una fiebre «antichismes». De repente parece que me molesta el exceso de cosas que tengo a mi alrededor. Siento «repelús» ante la idea de seguir acumulando cosas, soy mucho más crítico con las cosas que tengo y que no uso (¿por qué narices me empeñé en su día en comprar esto? ¿por qué lo sigo teniendo, cuando no lo he usado en años?), y siento una necesidad casi física de quitar cosas de enmedio. Pero quitar de verdad, no de «las guardo en un armario o las bajo al trastero, que si no lo veo es como si no estuviera».
Ante esto, el mantra de los minimalistas es algo parecido a «vender, regalar, tirar». Vender lo que puedas vender, regalar lo que no puedas vender, y tirar lo que no puedas (o no tenga sentido) ni regalar. Y me he sumergido en este proceso… más farragoso de lo que parece.
Lo fácil es, sin duda, tirar. Arramplas con todo, lo llevas al punto limpio (en la confianza, no sé hasta qué punto fundada, de que allí se inicia el proceso de tratamiento de residuos que minimiza el impacto ambiental), y aquí paz y después gloria. Hay objetos para los que no cabe duda de que este es su destino… cosas rotas o tan desgastadas que no admiten un segundo uso medianamente decente.
Pero luego hay otras cosas que piensas «joder, si esto está en perfecto estado… seguro que a alguien le sirve». No tienes interés en ganarle ni medio céntimo, simplemente pretendes hacer algo bueno: tanto para el beneficiado directo (mira, si le sirve y lo disfruta… eso que gana) como para el mundo en general (retrasas el momento en el que ese objeto se convierta en residuo). A veces incluso, en un pensamiento absurdamente animista, te dices que «así el objeto tiene una segunda vida» (qué vida ni que vida, si es un objeto… aunque detrás lleva el sacrificio de las personas que lo fabricaron, o de los elementos que sirvieron para su fabricación… ¿no es una forma de darle un sentido?).
El problema es que encontrar a quién quiera esos objetos es más complicado y farragoso que el rápido y contundente «tirar». Salvo algunas cosas muy concretas (p.j. «la ropa usada se va a Cáritas»), el resto de chismes… ¿qué haces con ellos? En su día, por ejemplo, me deshice de cd’s antiguos llevándolos a la biblioteca (bueno, «fonoteca») municipal. Sin embargo, cuando fui a llevarles libros me dijeron que buf, que ya tenían muchos… que no me los cogían. Intenté el bookcrossing, pero tampoco es tan evidente (¿el libro que abandonas lo recoge alguien? ¿lo usará? ¿o simplemente estás engañándote dejando libros por ahí cuando en realidad casi mejor sería que los echaras al reciclaje de papel?). La última vez, llevé libros a una librería Melior (pero con la duda de si alguien comprará esos libros que donas…). Y si ya vas a otros chismes… pues más difícil aún. La iniciativa Nolotiro.org parece que tiene buen ritmo, pero me da la sensación de que está más extendido en grandes ciudades (donde casar oferta y demanda es más fácil, y el «me paso a recogerlo» es una posibilidad; al final el tema logístico, incluyendo los costes tanto del envío como de la preparación, etc… son una barrera). En Aranda hemos «colocado» algunas cosas (una plancha de cocina, una cafetera a la que le faltaba la jarra, un juego de té…) a través de un grupo creado en Facebook. El caso es que el proceso tiene ya su engorro (saco fotos, pongo anuncio, atiendo a los que lo quieren, quedas para entregarlo, etc…), y acabas poniendo en la balanza los costes y los beneficios. Al final, te acaba dando rabia pero acabas tirando cosas que crees que a alguien le podrían haber valido.
Y claro, luego están las cosas que crees que puedes vender. Cosas cuyo valor, incluso de segunda mano, crees que merece la pena rescatar aunque sea solo en parte. Aquí el proceso de «engorro» es aun mayor… buscar cómo venderlo (yo pruebo segundamano, ebay, alguna cosa en el grupo local de Facebook del que hablaba), gestionar los anuncios, etc. Ahora mismo tengo en venta un par de puzzles y un par de juegos de mesa, unos packs de libros, un helicóptero de radiocontrol, una grabadora de sonido… Y la sensación es bastante descorazonadora, muy poco interés incluso cuando les pones un precio ridículo. Sé perfectamente que las cosas no valen nada más que lo que alguien esté dispuesto a pagar por ellas, pero aun así te dices «joder, si esto es un chollo, ¿no voy a encontrar quien lo compre?». Terminas pensando que total, para cuatro perras no te merece la pena tanto lío.
Acaba teniendo uno la sensación de que, en el mundo de la segunda mano (incluso de los regalos/donaciones) hay más gente intentando sacarse de encima chismes que gente interesada en hacerse con ellos. Que al final somos más a quienes nos sobra, quienes no sabemos qué hacer con todo lo que consumimos en exceso, que gente que lo necesite. Que la cultura de «lo usado» no está todavía suficientemente extendida (venimos de una generación de vacas gordas, donde nos hemos podido permitir comprar las cosas de primera mano con sobreabundancia de oferta sin «rebajarnos» a tener que buscar alternativas). Y que en el fondo esto es un síntoma de una sociedad con unos valores que dan para reflexionar (sociedad de la que uno forma parte, indudablemente, con lo que eso conlleva de corresponsabilidad).
En fin, esto es un proceso. De lo que se trata al fin y al cabo es de que, como en el clásico diagrama de la bañera, salgan de casa (por una u otra vía) más cosas de las que entran.

De los problemas del mundo

La pasada semana se produjo una gran conmoción social a cuenta de la foto del cuerpo sin vida del niño sirio tendido en la playa turca a donde su familia ansiaba llegar en su huída de su país de origen. La foto es sin duda desgarradora, pero las reacciones que se desataron me generaron un desasosiego que he estado rumiando durante días.
La foto provocó reacciones en cadena. La foto. Como sociedad, y como individuos, parece que nos da igual el drama existente en el mundo… hasta que queda reflejado en una imagen. Y entonces sí, nos lanzamos a un festival de indignación, de golpes en el pecho, de «qué horror, qué desastre, qué vergüenza». No, joder, no. El horror, el desastre… existía antes. Sigue existiendo ahora. El drama, la miseria, la violencia, la muerte… están ahí afectando a millones de personas en todo el mundo, algunas aquí a nuestro lado. ¿Dónde está nuestra indignación entonces? ¿Por qué es una foto (un hecho concreto, una muestra ínfima de todo lo que sucede) la que nos remueve, y no el hecho subyacente?
«Nos remueve». ¿O solo nos incomoda? ¿Qué acciones concretas, más allá del lamento y de la queja, ponemos en marcha para aportar siquiera un granito de arena que intente cambiar en alguna medida la situación? ¿Cuántas de nuestras comodidades, cuánto de nuestro bienestar, hemos transformado en una aportación mensual para organizaciones que trabajan en mejorar las condiciones de las personas en todo el mundo? Obviamente esto es algo que cada uno sabe de sí mismo; pero la sensación es que nos quedamos con facilidad en la conmoción, en el «alguien debería hacer algo»… sin contribuir con ninguna acción mínimamente relevante.
Sorprende también la facilidad que tenemos para «pedir soluciones». Como si los problemas fuesen resolubles. Como si hubiese un botón de «arreglar las cosas» y el problema fuese que alguien no quiere darle. Joder, el mundo es complejo. Y jodido. No hay soluciones fáciles, que no tengan un «lado negativo» a considerar. Es fácil pedir «que lo arreglen», es más difícil asumir que hay cosas que no tienen arreglo. En el mejor de los casos tenemos que elegir entre opciones malas. ¿Dejamos entrar a todos los migrantes que lo necesiten? ¿Cuántos miles de millones de personas están en una situación de necesidad? ¿Cuántos recursos podemos (queremos) destinar a esta situación? ¿Qué sacrificios estamos dispuestos a hacer para sostenerlos, en términos de impacto económico y social? ¿En qué momento vamos a trazar una raya? En última instancia… ¿a quién vamos a ayudar y a quién vamos a dejar morir? ¿Hay que ir a una guerra (y financiarla, y asumir las víctimas propias y ajenas incluyendo las colaterales) para resolver esto? ¿Contra quién hay que hacer la guerra? Parece que lanzar este tipo de preguntas incomoda (y probablemente te acaben señalando como una especie de cabrón insensible); es más fácil apelar a los absolutos, a la «humanidad», a «hacer el bien», a hablar en términos de blanco y negro… aunque la tozuda realidad se empeñe en su interminable gama de grises.
Desasosiego. He usado esa palabra al inicio del post. Miro a un lado, y veo un mundo de miseria inasible, de dramas y tragedias, de violencia, hambre, enfermedad y muerte… con la certeza de que, si bien podemos hacer cosas, nunca vamos a poder salvar a todos. Siempre habrá un niño ahogado tendido en una playa, y con esa realidad tenemos que convivir. Y miro al otro lado (al de nuestra sociedad) y veo actitudes y comportamientos seguramente bienintencionados pero en los que echo mucho en falta sustancia, capacidad crítica, realismo, coherencia… Nos dejamos llevar por la conmoción del momento a ritmo de portadas y tuits, nos inflamamos durante breves segundos, lanzamos uno o dos lemas muy sentidos… y mañana ya será otro día, otro día en el que no haremos nada. ¿Acaso no nos hemos conmovido ya, puede que incluso lágrima incluida? ¿No hemos ya comentado lo triste que es todo durante la sobremesa? ¿No hemos puesto ya un tuit, incluso puede que más, con su correspondiente hashtag? Joder, ¿qué más quieres?
Con el curso de los días he ido deglutiendo estas sensaciones. Al principio era puro cinismo, del que todavía hay restos. Pero el cinismo tampoco es constructivo. Hay que vivir en este mundo tal y como es, con todas sus miserias, pero eso no quiere decir que no podamos hacer nada. Hay que asumir que no habrá nunca soluciones perfectas, pero eso no quiere decir que no podamos hacer que las cosas mejoren. Hay que saber que la contribución individual puede ser ínfima, pero es más que nada. El análisis, el pensamiento crítico, el rascar por debajo de la superficie, la persistencia, la voluntad. Seguirá habiendo problemas que no podemos resolver y seguirá habiendo gente que no quiera meterse en el barro. Que eso no nos detenga.
Algunos enlaces a opiniones que, de una u otra forma, sintonizan con esta sensación mía:

Las lecciones ilustradas de Johnny Bunko

El otro día cayó en mis manos un libro curioso, «Las aventuras de Johnny Bunko» de Daniel Pink. Su curiosidad radica no tanto en su contenido, si no en su forma. Y me explico.
«Las aventuras de Johnny Bunko» es una reflexión orientada a todos aquellos que se sienten atrapados en una carrera profesional que no es lo que ellos esperaban. Contiene seis lecciones muy concretitas:

  • No hay plan: no es verdad que la vida tenga «caminos predefinidos» ni guía de instrucciones. No es cierto que «si hago esto y aquello, obtendré tales resultados». Así que no te dejes limitar por ello, busca tu propio camino.
  • Confía en tus fortalezas: identificar aquellas cosas que haces bien, y construir sobre ellas, es mejor que darse de cabezazos con lo que se nos da mal.
  • Contribuye al éxito de los demás para tener éxito tú: es más fácil que obtengas recompensas si aportas valor a otros (clientes, compañeros, jefes) que si estás permanentemente pensando en ti mismo.
  • La perseverancia vence al talento: insistir, insistir y volver a insistir es la mejor fórmula para lograr el éxito; el mundo está lleno de gente talentosa que tiró la toalla demasiado pronto.
  • El error es parte del proceso de aprendizaje: fallar, ser consciente de dónde están los errores, rescatar de ellos el aprendizaje necesario y aplicarlo en los siguientes intentos es consustancial a la mejora.
  • Deja huella: vincula tus esfuerzos a algo más grande que tú mismo, intenta aportar de forma significativa a algo que le dé sentido a tu contribución.

En fin, como decía antes, seis cosas bastante concretas y diría (sin restarles importancia o validez) que bastante «manidas».
Lo curioso es que he sido capaz de recitar los seis puntos de carrerilla; que se me han quedado grabados. Y todo ello gracias al formato del libro: una historia plasmada en un cómic (estilo manga japonés). Efectivamente, los seis puntos están hilados dentro de una historia (debe ser esto a lo que llaman storytelling) en la que Johnny Bunko es el protagonista junto con una especie de «hada madrina» bastante llamativa que aparece cuando rompe unos palillos de madera para darle consejos. Encima el formato desenfadado del dibujo lo hace de fácil digestión… y fácil recuerdo.
En definitiva, si nos ciñésemos a las «seis lecciones», el libro sería básicamente uno de tantos libros de «autoayuda profesional». Es su formato el que lo hace destacar en tu memoria… lo cual es una valiosa lección a tener en cuenta.

Crisis migratorias y vasos comunicantes

Todavía recuerdo el dibujo hecho en la pizarra. El profe de física nos explicaba el principio de los vasos comunicantes, cómo si en dos recipientes comunicados se vertía un líquido, éste se distribuía en los recipientes hasta alcanzar la misma altura en ambos independientemente de su forma y también (y esto me maravillaba) de su volumen. Si los recipientes están convenientemente separados cada uno se comporta de forma autónoma, pero en el momento en el que se unen la presión del líquido se distribuye de forma homogénea hasta el punto en que (y aquí recurro a la wikipedia), «la presión hidrostática a una profundidad dada es siempre la misma».
El concepto de los vasos comunicantes viene con frecuencia a mi cabeza cuando leo noticias y veo imágenes relacionadas con los movimientos migratorios. Estos días nos asaltan de forma explosivamente dramática (los naufragios en el Mediterráneo, las multitudes a las puertas de Macedonia, los cadáveres en un camión en Austria…), pero no dejan de ser parte de un fenómeno mucho más amplio que se desarrolla de forma continua y habitualmente lejos de las portadas de los medios de comunicación (y por lo tanto de nuestros ojos).
Vivimos en un mundo compartimentado. Recipientes poco y mal conectados. De los 7.000 millones de habitantes del mundo (*), unos 1.000 viven con unas condiciones de «ricos» (medido en términos de PIB per cápita están aproximadamente en $45.000), mientras que los 6.000 millones restantes viven en condiciones de «pobres» (la décima parte del PIB per cápita que los ricos, del orden de $4.500). Eso haciendo una separación muy gruesa (que tiene no poca dispersión dentro de cada grupo). En mi metáfora, esto son dos recipientes separados. Uno estrecho (el de los 1.000 millones de ricos) donde el líquido (la riqueza per cápita) llega muy arriba, y otro muy ancho (el de los 6.000 millones de pobres) donde el líquido cubre el fondo y poco más.

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Pero no, es ilusorio pensar que esos recipientes están efectivamente separados. A pesar de los controles fronterizos, las personas se mueven (tanto de forma legal como ilegal) entre países. Y no solo huyendo de guerras y persecuciones, sino simplemente buscando unas mejores condiciones de vida. Y así nos encontramos con miles de personas dispuestas a trabajar por una fracción de lo que pedimos nosotros (pero aun así, varias veces lo que conseguían en su país de origen a donde incluso son capaces de enviar fondos), «quitándonos nuestros trabajos» (odio esa expresión), «aprovechándose de nuestros servicios» (otra que tal), etc.
Y en realidad ni siquiera hace falta que se muevan: basta con que en sus países de origen empiecen a prosperar para que los flujos económicos empiecen a cambiar de signo. Si un país pobre empieza a montar fábricas y a producir más barato que los países ricos, gracias al mercado mundial (recordemos que la Tierra es plana) se incrementa su producción y disminuye la del país rico. Más trabajo y mejores condiciones de vida para el pobre (todavía a años luz de los ricos, pero más cerca que antes), empeoramiento en el país rico.
Claro, el segmento que comunica los dos recipientes no es muy ancho. Hay fronteras, hay «inmigrantes irregulares» a los que se expulsa, hay restricciones al comercio internacional, etc. Pero no hay una separación total (creo que es imposible que la haya… ni cuando se construyen muros físicos se consigue), así que lo lógico es que los acontecimientos sigan (despacito, pero de forma inexorable) su curso.Y que acabemos en una situación parecida a esta otra en la que los dos recipientes se han unido. El volumen total de líquido (la riqueza mundial) se reparte de forma homogénea entre los 7.000 millones de habitantes del mundo. Eso implica que los pobres mejoren su situación (pasando de 4.500$ hasta los 10.000$ de media mundial… parece poco, pero supone que 6.000 millones de personas dupliquen su riqueza), a costa los ricos, que verán como esa transferencia de riqueza a «los pobres» tiene un impacto brutal en su riqueza per cápita (de los 45.000$ a los 10.000$)

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Desde luego, las personas no son «líquidos». La demografía no es «física». Podemos esperar que el progreso haga que la riqueza mundial se expanda, que la tarta se haga más grande. Lo que queráis. Pero sea como sea, a mí me parece de cajón que en un mundo como en el que vivimos las cosas vayan tendiendo al equilibrio. No vivimos «crisis migratorias» (como quien tiene un resfriado que se cura) sino un proceso crónico, que a veces cursará de forma más silenciosa y que a veces tendrá estallidos de notoriedad. Y podemos esperar que ese equilibrio supondrá un impacto brutal para nosotros «los ricos» (… sí, porque si estás leyendo esto es muy probable que estés en este grupo). Ellos («los pobres») son muchos más, y quieren prosperar. Y nosotros somos menos, y tenemos lo que ellos quieren.
(*) Las cifras son aproximadas; no buscaba «exactitud» sino órdenes de magnitud

¿Y si pierdo diez años de blog?

El otro día me disponía a abrir el blog para escribir algo. «Your account has been suspended»… ¿pero qué narices pasa?. Descubro en Gmail un correo de mi proveedor de hosting donde me informan de que «se ha enviado spam desde mi cuenta» y que, por lo tanto, mi cuenta ha quedado suspendida. Espera, espera… ¿qué? ¿spam? Toca contactar con el proveedor, a ver qué está pasando y cómo se puede resolver. Pero en el ambiente empieza a flotar una cuestión… ¿y si por lo que sea no me desbloquean la cuenta? ¿Y si ni siquiera puedo recuperar los contenidos?
Ya sé, ya sé. «¿Cómo? ¿Es que acaso no tenías un backup de todo?». Las copias de seguridad, eso que todos deberíamos hacer de forma sistemática y regular como mecanismo de protección, porque como dicen en Microsiervos, «solo hay dos tipos de usuarios: los que han perdido datos, y los que los perderán en el futuro». Pero eh, lo que nadie te dice es lo coñazo que resulta hacer copias de seguridad… y tenerlas bien organizadas… y acordarte… y… bueno, que no, que no tenía copias de seguridad.
El caso es que, tras un rato de sudores fríos, me empecé a plantear… ¿y qué si se pierden esos diez años de contenidos? Que sí, es un «pelotazo» al ego, pero… ¿realmente tendría alguna consecuencia, algún impacto? Ya he dicho alguna vez que, mal que nos pese, creo que lo que escribimos/producimos interesa realmente a cuatro gatos mal contados. Y eso hablando de lo actual; si revisamos estadísticas de archivos podemos ver bolitas rodando como en las pelis del oeste, y solo de vez en cuando Google te trae a algún visitante despistado que tan rápido como entra, sale. Así que, a efectos prácticos, tener 10 años de contenidos y no tenerlos es básicamente lo mismo.
«¿Y tu marca personal? ¿No sufrirá al perder ese escaparate?». No lo creo… mi «marca personal» es la que es a día de hoy. Sí, habrá gente que se haya hecho una idea de mí gracias a lo que he ido publicando a lo largo de los años. Pero el trabajo está hecho: lo publiqué en su día, lo leyeron… y no necesitan leerme de forma retrospectiva para consolidar nada. Y la gente nueva se hará su imagen de mí construyendo sobre lo que publique a partir de ahora, no sobre diez años de tabarra bloguera que, seamos serios, nadie va a dedicar su tiempo a leer.
Así que, en realidad, el impacto iba a ser mínimo, casi inexistente. Cierto rollo para mí ya que, como comentaba con Inma, me suele gustar enlazar con posts que he escrito antes (es curioso como, a pesar de los años transcurridos, hay contenidos que te vienen a la memoria tan frescos como si estuviesen recién escritos… y es más fácil enlazarlos que volverlos a escribir).
En fin. El blog está recuperado (la prueba es que estás leyendo esto :D). He hecho una copia de seguridad «para por si acaso». Pero en el fondo, durante algunas horas, he fantaseado con la idea de «dejarlo ir». Y no es tan grave como parecía. De hecho, resultaba hasta apetecible hacer un borrón y cuenta nueva, una especie de «hoguera de San Juan bloguera», una cura de humildad.

Herramientas: no hay segunda oportunidad para una buena primera impresión

El otro día me dio por curiosear las opiniones de los usuarios de una app lanzada recientemente por gente que conozco. «Buena idea, regular ejecución, mal soporte», «Necesita mejorar. La idea es buena y funciona casi bien», «Necesita mejorar muchísimo», «Buena idea, pero malísima app», «Esta demasiado verde como para haberla lanzado a nivel nacional»… son algunas de las opiniones que se leen de los primeros usuarios. Sí, también hay alguna valoración positiva, pero el tono general es de decepción.
Inviertes un montón de dinero y tiempo en desarrollar una aplicación, haces un lanzamiento multitudinario, consigues que miles de personas se la descarguen… solo para encontrarse con un producto que funciona de aquella manera. ¿Cuántas de estas personas van a dejar de usarla, y no te van a dar una segunda oportunidad? Da igual que, como dicen los desarrolladores, «gracias a vuestros comentarios vamos ajustando la App para mejorar la experiencia como usuarios». Muchos de ellos no van a perder más el tiempo contigo.
Desde luego, no soy ajeno a estos problemas. Yo también he caído en ese mismo error. Te pones a diseñar algo que crees que es fantástico. Haces el esfuerzo de desarrollarlo. Lo lanzas… y resulta que la acogida es muy floja. Porque no funciona bien del todo. Porque es complejo. Porque no responde a las necesidades reales del público objetivo. Porque te has venido arriba con tus ideas sin tener en cuenta a quienes en definitiva son quienes tienen que hacer uso de la herramienta. Porque has querido correr, porque no has hecho las suficientes pruebas. Luego sí, intentas recopilar el feedback, intentas reconducir la situación… pero ya es tarde, eres prisionero de lo que ya has hecho, y encima has perdido la confianza de tus potenciales usuarios.
¿Cómo deberían abordarse estos procesos para minimizar el riesgo de una mala acogida? Estoy seguro de que existe un montón de literatura y metodologías que ya dan respuesta a esta pregunta (y sin embargo se ve que no se aplican lo suficiente). Yo, de mi experiencia, extraigo estos puntos:

  • Entiende bien la problemática: y con esto me refiero no a «lo que tú crees que es la problemática», sino «lo que el usuario cree que es la problemática». Es a ellos a los que hay que ofrecer soluciones. El despotismo ilustrado («yo sé lo que tú necesitas») no funciona. Hay que investigar, hablar con ellos, pasar tiempo a su lado, conocerles. Entender cuál es la china que les aprieta en el zapato. Primero porque así sabremos mejor qué es lo que tenemos que resolver. Y segundo porque en el propio proceso estaremos ganando aliados para el futuro, nos verán como alguien que «se ha molestado en entendernos» y no como alguien que «nos impone su solución».
  • Resuelve un problema cada vez: es mejor resolver un problema de forma incuestionable, que intentar resolver a la vez quince problemas dejándolos a medias. Escoge un problema, y diseña una solución sencilla, robusta, fiable, que el usuario compre. Si consigues resolverle un problema de forma consistente, ya está de tu lado. A partir de ahí sigue identificando problemas, y resolviéndolos con el mismo nivel de exigencia. Pero uno detrás de otro.
  • Busca el 20%: o «Keep It Simple, Stupid». Una solución simple va a tener mucha mejor aceptación que una compleja. Incluso si en el camino pierdes potencia. Ya sabemos que «si añadiésemos esto y aquello, los resultados serían aún mejores». Ya. Pero hay que centrarse en ese 20% de funcionalidades que resuelven el 80% del problema. Ya habrá tiempo de rizar el rizo, si realmente es necesario. Porque si de un problema resuelves el 80%, posiblemente deje de ser un problema y te puedas centrar en otra cosa.
  • Prueba las soluciones exhaustivamente: probar, probar, y probar. Necesitas un colectivo pequeño con quienes trabajar en el «piloto». No vale cualquiera. Tiene que ser gente implicada, que te ayude a testear la herramienta en todas las circunstancias posibles, y que te dé feedback. Hasta que los usuarios de ese piloto no estén extremadamente satisfechos (y se hayan convertido en unos usuarios intensivos), no se puede dar el siguiente paso. Si los que han estado involucrados en el desarrollo no están satisfechos… ¿qué crees que va a pasar con aquellos a los que tu herramienta «les cae del cielo»?

En este sentido, me gustó mucho esta visión de «minimum viable product» que vi en una presentación de Spotify.

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Tienes que resolver problemas desde el minuto 1. Ya irás refinando la forma de hacerlo, ya le añadirás complejidad si es necesario. Pero tu producto, por sencillo que sea, tiene que mejorar la vida del usuario, y tiene que funcionar de forma impecable desde el principio. Si no, es muy probable que el potencial usuario te cierre las puertas.
En mi experiencia, hay un enemigo importante en todo este planteamiento: el tiempo. O mejor dicho, la presión por parte de «los que mandan» para que las soluciones se implanten «antesdeayer». Todos los pasos que definía antes requieren tiempo. ¿Cuánto? Indefinido. No se puede calendarizar una fase de exploración, no se puede calendarizar una fase de desarrollo, no se puede calendarizar una fase de pruebas. Porque no conoces el problema hasta que te pones a analizarlo. Porque no puedes resolver incidencias hasta que no empiezas las pruebas, no sabes qué va a pasar, no sabes cuánto te va a costar resolverlo. Pero esto es algo que nadie quiere oír, como tampoco quieren oír que «la primera versión sólo va a centrarse en un problema muy concreto». Quieren la solución «tope de gama», y la quieren ya.
Y eso hace que nos saltemos pasos. No preguntamos a los usuarios, porque «el problema está claro». Diseñamos de espaldas a ellos. Nos metemos en caros y complejos desarrollos sin haber validado nuestras asunciones (o aceptamos como «validación» que alguien en un comité simplemente no se negase). Hacemos un par de pruebas en una semana, ignoramos el feedback que nos den, y nos ponemos con la expansión. Y sacamos pecho en una reunión de seguimiento. ¡Hemos cumplido! Ahí está nuestra herramienta, que mira qué bien funciona (en la demo… y de hecho a veces la demo la hacemos con pantallazos en powerpoint «por si acaso los problemas del directo»), ¡y en el plazo que prometimos!. Luego empiezan los problemas, el «runrun» de que aquello no va bien, que es complejo, que en determinadas circunstancias no funciona, que tampoco me resuelve nada, que yo lo que necesito no es esto. El impacto que se supone que debería de tener no aparece por ningún lado. Y entonces nos ponemos a pensar «qué podemos hacer para enderezar el rumbo», y empezamos a pensar en «la inversión que hemos hecho para nada». Ya. A buenas horas.
Las cosas, para que salgan bien, hay que hacerlas de determinada manera. No sirven los atajos. Y quienes toman las decisiones (y quienes les asesoran, que muchas veces son parte del problema porque son los primeros que no dicen las cosas como son) deben asumirlo.