El talento y la crisis

Siempre he creído que es verdad lo siguiente:

La gente con talento, esquiva los vaivenes de la industria. Les sobran recursos para seguir siendo ellos mismos o mejores.

Buenafuente

Lo dice Buenafuente a cuenta de Jorge Drexler, y con «la industria» se refiere a la industria musical. Pero creo que esta frase es absoluta y totalmente extrapolable a cualquier otro ámbito. El talento, la creatividad, la profesionalidad… son valores que predisponen al éxito. Obviamente, las crisis nos afectan a todos. Pero unos están en mejores condiciones que otros para superarlas.

La cultura de la visita

«Hagamos una reunión, pásate por nuestras oficinas y nos vemos». ¡Horror, pavor, terror! Altas probabilidades de perder el tiempo…
Es evidente que el contacto humano es importante. Verse las caras, estrecharse las manos. Incluso hay momentos y situaciones que son necesarios tratar «cara a cara», y más en el principio de una relación comercial. En esos casos las reuniones son no sólo necesarias, sino convenientes. Pero no siempre es así. Hay reuniones que podrían sustituirse perfectamente por un cruce de emails o por una llamada de teléfono. Y sin embargo, hay quienes son tan pro-reuniones que ni se les ocurre pensar en otras alternativas.
Ya sabéis, típica reunión a la que tienes que ir, en la que encima te hacen esperar, y que se soluciona en 20 minutos de cuatro preguntas y respuestas que, en realidad, ya están contenidas en un documento que enviaste la semana anterior.
A mí me resulta bastante frustrante acudir a este tipo de reuniones. Y más ahora, donde hacerlo implica 3-4 horas de desplazamiento. Mi planteamiento es que ese desplazamiento lo hago si merece la pena hacerlo, y me fastidia tener que hacerlo para nada. Sí, ya procuras arreglarte el día para aprovechar el desplazamiento para otras cosas (otras reuniones, hacer algún «recado», etc.), pero no siempre es posible.
Es cierto que mi situación ahora es un poco especial, pero tampoco tanto: ¿a nadie le ha pasado que le hagan tomar un avión para ir a una reunión de este tipo? ¿o cruzarse la ciudad de lado a lado, con sus atascos y demás, para lo mismo? Con el juego que dan las nuevas tecnologías, hombre, por dios… pero nada, hay quienes no lo asumen, y más cuando la relación es cliente-proveedor (y no digo nada si es potencial cliente – potencial proveedor).
Recuerdo un caso sangrante de hace ya tiempo. «Pasate por nuestras oficinas para que revisemos tu propuesta». Mmmm… vale. Llego y la primera en la frente: 20 minutos esperando. Al final sale el señor y dice «pasate a esta sala y espérame cinco minutos, que andamos con un problema que tenemos que resolver». Vale. Al cabo de otros 20 minutos vuelve, con mi propuesta (obviamente recién imprimida) en una mano y el PC en otra. Empiezo a contarle «mi rollo», mientras él mira atentamente la pantalla de su PC. Al principio pensaba que estaba siguiendo el documento que le había enviado. ¡Pero no! Estaba tan atento porque estaba resolviendo «sus cosas». Yo seguía hablando con la conciencia de que no me estaba escuchando. En un par de ocasiones fuí interrumpido por su teléfono móvil y otro par de ellas por un colaborador que le reclamaba. A todas esas interrupciones atendió.
Cuando acabé con «mi rollo», hizo el ademán de pasar un par de hojas de la propuesta y dijo «vale, pues visto, ya te llamo con los siguientes pasos». Por supuesto, nunca llamó. Mejor.
Uyyyy… qué rabia me está dando acordarme… la gente debería de tener un poco más de respeto por el tiempo de los demás. O un mínimo de educación.

Lo peor que te puede pasar

Traigo aquí este post que se ha pasado un buen tiempo en el congelador, para evitar que se asociase con situaciones concretas.
Hay días en los que vuelven a mi mente las palabras de uno de mis primeros jefes, a quien le tengo un enorme aprecio. Fue después de una pifia gorda, probablemente la primera de esas veces en que tienes esa sensación de bloqueo, de que el suelo se abre bajo tus pies, de que después de eso nunca jamás volverás a levantar cabeza, que te quedas blanco y la sangre golpea en tu cerebro. Vamos, lo que viene siendo una cagada.
«A ver, Raúl, respira y tranquilizate»
«¿Pero cómo me voy a tranquilizar? ¿No ves la que se ha liado por mi culpa?»
«Respira, y piensa. Piensa en qué es lo peor que te podría pasar. ¿Que yo me entere? ¿Que el cliente se entere? ¿Que el cliente se enfade, y cancele el proyecto? ¿Que el socio te llame a su despacho para echarte una bronca descomunal? ¿Que sea algo tan gordo como para que te despidan? De verdad, Raúl… ¿y eso te parece malo?»
Me recuerda un poco al Let it be de los Beatles… «when I find myself in times of trouble, mother Mary comes to me, speaking words of wisdom… let it be….». Solo que «mother Mary» es en realidad aquel jefe y «let it be» es «¿y eso te parece tan malo?» 🙂

Guía para agencias de comunicación en su trato con bloggers

Me he calentado con el post anterior, y hago un «bis» :). Resulta que leo en un comentario a otro artículo de Antonio en Soitu lo siguiente: «Al final, siempre escucho las mismas quejas de las mismas personas. Ahora bien, no he sacado una sola conclusión de como tiene que dirigirse una agencia de comunicación a un blogger para no molestarlo.»
Amigo, cuando lo ves desde el otro lado es muy fácil, puro sentido común. Pero si lo quieres mascadito, pues ahí va una guía en diez pasos para facilitar la vida de las agencias en su relación con los bloggers.
1. Aprende a distinguir un blog comercial de un blog personal. No tiene que ver con su volumen de visitas, sino con su «espíritu fundacional»: los primeros son una especie de revista temática (con un cierto nivel de «industrialización»), los segundos simplemente son la expresión de los intereses de un individuo o un grupo.
2. Olvidate de los blogs personales. Habitualmente no son en absoluto permeables a tus esfuerzos. Les da igual lo que tengas que contarles. Ellos hablan de sus cosas, no de las tuyas. La posibilidad de que un contacto de una agencia de comunicación se transforme en una mención es muy pequeña. Así que no pierdas el tiempo.
3. Si, y solo si, percibes una afinidad (pero afinidad real, no cogida por alfileres para cumplir tus objetivos) entre los intereses del blogger personal y los productos y servicios que estás comunicando, prueba a contactar con él. Pero hazlo de forma personal e individualizada, estas cosas llevan su tiempo. Es una relación entre personas, interesaté por él, no pretendas simplemente que él se interese por ti de buenas a primeras. Construye una relación sólida, que vaya más allá de tu interés en comunicar algo. Sólo así puede que, quizás, llegue a hablar de tí. ¿Mucho tiempo y esfuerzo? Pues entonces, quédate con el punto 2.
4. Los blogs comerciales se parecen algo más a los medios tradicionales. Les interesan las noticias, tienen habitualmente un ritmo de publicación elevado, necesitan ideas para nuevos contenidos. Son, a priori, más receptivos a tus esfuerzos de comunicación. Céntrate en ellos.
5. Aunque en el punto 4 hablamos de ciertas semejanzas entre blogs comerciales y medios tradicionales, no son lo mismo. Hay matices que marcan la diferencia. Los bloggers no suelen ser profesionales, sino amateurs; ser blogger no es su dedicación principal, así que cuenta con ello. Su nivel de independencia es mucho mayor; ni tienen que rellenar un número x de contenidos, ni le deben nada a ninguna marca, así que solo hablarán de tí si lo que les das es realmente interesante. Suele haber un número muy pequeño de personas implicadas en la elaboración de un blog comercial; las relaciones personales (trato individualizado, etc.) son especialmente valoradas.
5. Los blogs comerciales suelen estar altamente segmentados por temáticas. Busca aquéllos que coincidan con el producto que estés promocionando, y cíñete a ellos. No pretendas meter a todos los blogs en el mismo saco, resulta molesto recibir comunicaciones que no tienen nada que ver con tu temática.
6. Los blogs comerciales suelen estar escritos por bloggers hiperespecializados que están muy actualizados. No les vayas con comunicaciones que ellos ya conocen, por otras vías, hace semanas o meses. Si no tienes nada verdaderamente nuevo que ofrecerles, no les molestes.
7. Los blogs comerciales suelen estar escritos por bloggers hiperespecializados que conocen muy bien su sector, los productos, etc. No quieren las generalidades que valen para un medio genérico, quieren detalles cuanto más específicos mejor. Y si lees el punto 6, entenderás que quieren detalles exclusivos, que no hayan conocido por otros medios antes. Si no tienes nada verdaderamente especial que ofrecerles… no les molestes.
8. Tómate la molestia de conocer el blog al que te estás dirigiendo. Utilizar las sencillas herramientas de búsqueda que ofrecen los blogs comerciales para saber qué se ha publicado de tu producto o servicio previamente. Entiende bien cuál ha sido la línea que ha mantenido el blog en sus anotaciones anteriores, y haz referencia a ellas en tu comunicación para así darle continuidad. Procura adaptarte a su tono. Y no te olvides de los puntos 6 y 7; para decirles algo que ya saben, mejor no lo hagas.
9. Facilita la vida a los blogs comerciales. Proporcionales enlaces relevantes, material gráfico (fotos, videos… pero ajustados a la resolución que se necesita para la comunicación web, y a ser posible sin adjuntarlos en la comunicación).
10. Los bloggers están acostumbrados a la bidireccionalidad. No se trata de mandarles el mensaje y olvidarte. Ponte a su disposición para cualquier cosa que puedan necesitar, y asume que en muchos casos ellos van a recurrir a ti para que profundices, les proporciones más detalles, etc. No lo veas como una molestia, sino como una oportunidad de fortalecer una relación personal.
A modo de corolario: ten muy presente que tú necesitas a los blogs muchísimo más de lo que ellos te necesitan a tí. Así que si quieres que te hagan caso, tendrás que centrarte en seguir tú sus reglas, y no pretender que ellos sigan las tuyas.

80 horas a la semana

Es el recuerdo que tengo de una presentación de empresas en mi universidad. Allá por quinto de carrera, se acercaban a la facultad, coordinados por la Asociación de Licenciados, una serie de empresas a presentarse como empleadores y a recoger curricula. Un claro ejemplo de «win-win»: la universidad da apariencia de «sitio molón con capacidad de atraer empresas buenas y con interés en colocar a sus alumnos»; los alumnos pueden conocer de primera mano algunas empresas interesantes y tener un «atajo» en el proceso de selección; y las empresas pueden pescar candidatos en un «caladero» a priori interesante para ellos.
Si no recuerdo mal, la empresa era Goldman Sachs. Empezaron con una presentación a la que llamaban «Eyes wide open». Y luego, un empleado y a la vez antiguo alumno contaba su experiencia en la empresa. «Es un trabajo apasionante, muy bien pagado, pero tendréis que trabajar muy duro», decía, «las jornadas pueden ser de 80-90 horas a la semana».
80-90 horas a la semana. Yo hice mis cálculos. Eso vienen a ser unas 14 horas al día, trabajando de lunes a sábado. Y 14 horas al día supone entrar a las 9 y salir a las 23. Súmale desplazamientos. Apenas da para dormir unas 6-7 horas. De ocio o vida social, por supuesto… ni hablamos.
Por supuesto, dí mi curriculum a esta empresa, y a otras del mismo pelo que se presentaron allí. Banca de inversión, grandes consultoras estratégicas. A pesar de todo, trabajar en ellas era el summum del prestigio; sólo cogían a los mejores, y a mí, qué demonios, siempre me ha gustado saberme de los mejores. Lo cierto es que en todas me rechazaron, pese a tener un expediente más que notable (mejor que algunas de las personas que sí que cogieron). En su momento lo viví con una cierta frustración; «¿esto quiere decir que no soy de los mejores?». Pero con el tiempo me dí cuenta de que había sido lo mejor que me podía haber pasado. Cuando algunos amigos que sí que fueron seleccionados me contaban su experiencia allí, no me daban envidia. Sí, su trabajo era muy interesante. Sí, se movían a niveles organizativos altísimos. Por supuesto, la pasta que ganaban era indecorosa. Pero su vida era todo trabajo, excepto por breves lapsos de tiempo en los que relacionarse a toda velocidad con otros como ellos.
Y para ser honestos, eso de «entréganos tu vida y te haremos de oro» no va conmigo. Supongo que, de alguna manera, es algo que detectaron en los procesos de selección. Yo no era un buen candidato, porque no hubiera soportado el intercambio. Podría haber ido allí, intentar hacer ese trabajo… pero me hubiera rendido enseguida.
Por supuesto, en mi experiencia laboral he trabajado lo suyo. En ocasiones puntuales, las jornadas se han alargado bastante. Pero siempre ha estado dentro de los límites de lo razonable. No he ganado tanto dinero, ni he tenido unas experiencias tan apasionantes. Pero creo que encontré un equilibrio más adaptado a mi personalidad, en el que trabajo y no-trabajo encontraban su espacio.
Aunque quizás sólo sea una racionalización de mi frustración… 🙂

¿Es posible una comunidad independiente alrededor de una marca?

Planteaba esta interesante cuestión ayer Juan Luis en los comentarios sobre el lanzamiento de Actibva: «Creo que justamente el valor de una comunidad lo da la libertad y la imparcialidad. Y dudo que en un sitio de estas caracteristicas esto se pueda dar, por razones obvias.»
Entonces… ¿no es posible libertad e imparcialidad con una marca de por medio? Mi sensación es que sí, que sí es posible. No hablo de Actibva (aunque creo que hay buenos «mimbres», pero el movimiento se demuestra andando), sino en genérico. ¿Por qué no va a ser posible? Lo que sí estoy de acuerdo es en que será más difícil, principalmente, por dos motivos.
El primero son los prejuicios. «Como hay marca, hay parcialidad, no hay independencia». Hay mucha gente que tiene esta concepción previa, y entonces harán que la carga de la prueba recaiga sobre la propia marca. «Mientras no se demuestre lo contrario, es parcial». Y quien tiene este prejuicio, tiende a ver signos de parcialidad por cualquier sitio: el propio Juan Luis lo manifestaba cuando decía que «los banners publicitarios son de la marca». ¿Eso es un signo de parcialidad? A mí no me lo parece (si esos banners estuvieran en cualquier otra web… ¿sospecharíamos? ¿cualquier sitio con publicidad es sospechoso de manipular su contenido? Bueno, en realidad sí hay un sector que opina así…), pero para el que ya está convencido de ello es una prueba irrefutable. Y así con más cosas (p.j. si aparece una noticia relacionada con la marca… ¿no puede estar ahí por méritos propios? ¿está ahí únicamente por el oscuro deseo de manipular a los lectores?); quien está predispuesto a ver pruebas manifiestas de manipulación, las encuentra en cualquier detalle.
Y el segundo, obviamente, es la propia marca/empresa. Es muy difícil construir y financiar un sitio, y asumir la pérdida del control sobre él. No es la forma en la que tradicionalmente se han comportado las empresas, habituadas al «ordeno y mando» en sus procesos de relación con el usuario. ¿Cómo voy a estar pagando por un sitio en el que no aparece mi marca? ¿Cómo voy a estar pagando por un sitio en el que me critican? ¿Cómo voy a dejar que hablen bien de mis competidores en mi casa? Todas éstas, y alguna más, son preguntas que se hace alguien, más pronto o más tarde, dentro de la empresa; incluso cuando el proyecto se pone en marcha con la mejor de las voluntades y el espíritu más «deportivo» del mundo, cuando estas situaciones se dan en realidad es cuando hay que demostrar efectivamente que la apuesta por la independencia y la imparcialidad es seria.
Así que, volviendo a la pregunta original, ¿es posible crear una comunidad independiente alrededor de una marca? Mi respuesta sería que sí, si la empresa es capaz de dominar sus impulsos «primarios» (y creo que cada vez hay más gente en empresas que entiende que las cosas deben ser así, aunque eso no quita para que siga habiendo quienes lo vivan con mucho nerviosismo o simplemente no lo asuman). Por eso creo que debemos dejar a un lado los prejuicios y hacer las valoraciones sobre lo que vemos, sin adoptar un plus de susceptibilidad por el hecho de que haya una empresa detrás. De hecho, personalmente tiendo a confiar más en una iniciativa en la que claramente hay una empresa detrás (incluso descontándole un cierto sesgo corporativista) que en otras iniciativas «con apariencia de imparcialidad» en las que luego resulta que hay intereses ocultos. Me siento más engañado en el segundo caso que en el primero; al primero se le ve venir, al segundo… regular.

La maldición de ser un cliente cautivo

Cliente cautivo. Algo tan apetecido para las empresas, y tan espantoso cuando estás en el otro lado. Las empresas, claro, desearían que todos sus clientes fueran cautivos: necesitan mi producto/servicio y no pueden acceder a proveedores alternativos, ergo puedo hacer con ellos lo que quiera (altos precios, mal servicio, ignorarlos completamente…) que seguirán viniendo.
Por supuesto, la perspectiva desde el otro lado es radicalmente distinta. La impotencia y la frustración crecen cuando ves que tienes las manos atadas, que no puedes prescindir de un determinado proveedor pese a sus perrerías, y que tienes que seguir sufriéndolo y encima pagándole.
Sí, ya, estamos en un mercado de libre competencia. En pura teoría, siempre podría haber un competidor que mejorase las prestaciones del anterior y que atrajese a los clientes. Sin embargo, no vivimos en la pura teoría, sino en la cruda realidad. Desde acuerdos entre empresas («yo no piso tu manguera, tú no pisas la mía») que se reparten un mercado, a barreras de entrada económicas o políticas que impiden la libre competencia, a imposiciones corporativas («tienes que tener este proveedor porque es el que se usa a nivel mundial», «tienes que tener este proveedor porque es parte del grupo de empresas», «tienes que usar el departamento interno aunque sean unos zotes»).
¿Y qué puedes hacer ante eso? Pues una de dos, o saltarte las restricciones (aun a costa de llevarte los correspondientes capones) o apechugar con el «proveedor cautivador», asumir que vas a tener peores condiciones que las que podrías tener en el mercado y trabajar de acuerdo a esas condiciones.
Lo peor es cuando los mismos que te imponen esas restricciones (p.j. «los documentos se imprimen y encuadernan en el departamento interno de reprografía, nada de llevarlo fuera», aunque en el departamento sean unos torpes y tarden cuatro días en tenerte las cosas) son los que luego te echan en cara que tú no respondas con agilidad «de mercado» («dónde está el documento que te pedí esta mañana», «la calidad de impresión de este documento es una mierda»).

La jaula de oro

Jaula de oro Golden cage

En los comentarios de mi entrada anterior, Gonzalo saca a la luz un término que siempre me ha gustado mucho por lo descriptivo que resulta de una situación: «la jaula de oro»
Jaula y oro. Algo (el dinero) que se supone que debería poder proporcionarte toda la libertad del mundo, y que paradójicamente acaba restringiendo tus alternativas de actuación, convirtiéndose en una atadura.
Laboralmente, se habla de jaula de oro a la situación en la que uno, después de progresar profesionalmente, alcanza una posición (y una remuneración) muy elevada. Tanta que, cuando se plantea cambiar de trabajo, se encuentra con que la inmensa mayoría de las alternativas son peores (desde el punto de vista económico).
Y es muy difícil pasar a una situación peor en términos económicos. Primero, porque psicológicamente es complicado de asumir (es una especie de sensación de «fracaso», por mucho que lo queramos racionalizar). Y segundo, porque los humanos somos como somos, y tendemos a desarrollar un tren de vida acorde con nuestros ingresos; cuanto más ganamos, más gastamos. Alguien que ha llegado a su «jaula de oro» probablemente ha desarrollado una estructura de gastos a su alrededor (una buena casa, o varias; un buen coche, o varios; que si un club de no sé qué, los viajes, las comidas en restaurantes caros, los niños en colegios privados, las aficiones caras…) que hace desaparecer casi todos los ingresos, por muchos que estos sean. En estas circunstancias, reducir de forma importante los ingresos es algo difícilmente planteable (al menos de forma voluntaria) por cuanto supondría un cambio radical en el estilo de vida.
¿Y entonces? Nos encontramos con personas que ganan mucho dinero, pero que ven muy restringidas sus alternativas de elección de cara al futuro; quedan descartadas todas las opciones que signifiquen ganar menos. Pero, lo que es peor, quienes están en esta situación se ven altamente expuestos a que un cambio en las circunstancias (un despido, una enfermedad, un accidente) les deje «con el culo al aire», con una estructura de gastos muy cara de mantener, con capacidad para evaporar los ahorros sin darse cuenta.
Al final el concepto de la jaula de oro tiene mucho que ver con la carrera de la rata. Es una situación aparentemente atractiva (¡con lo que mola tener dinero!), pero con un reverso tenebroso. Creo que la mejor forma de evitar caer en ella es viajar siempre «ligero de equipaje», es decir, procurar mantener bajo control nuestra estructura de gastos y nivel de vida a pesar de que podamos ingresar mucho, de forma que ese nivel de ingresos no sea una necesidad (y por lo tanto una restricción) y podamos plantearnos otras alternativas de vida.

¿Y tú, cuánto ganas?

A raiz de mi post sobre cuánto ganan los bloggers (aunque más bien es sobre cuánto deberían esperar ganar), ha surgido una actitud que ya he visto en otras circunstancias; la de los que, independientemente de todo lo que se diga, sólo quieren leer cifras. «Ya, vale, lo que tú digas, pero… ¿de cuántos euros hablamos?»
Es curiosa la pregunta del «¿cuánto ganas?». Porque en realidad a todos nos da un cierto morbillo saber lo que ganan los demás. ¿Será más que yo? ¿O quizás menos? Creo que más que a un punto cotilla (que seguro que también influye), ese deseo viene más derivado de un afán comparativo; teniendo en cuenta lo que hago yo, y lo que hace el de enfrente (o lo que sé, o mis títulos, o mi trayectoria, o mi esfuerzo, o la calidad de mis resultados, o…), ¿está ajustado lo que ganamos a esa aportación diferencial? ¿o resulta que yo, que soy buenísimo y trabajo tanto, al final gano lo mismo e incluso menos que el que se pasa el día tocándose los huevos? No os quiero contar si estas comparaciones se establecen dentro de una misma empresa; ahí pueden saltar chispas.
Y sin embargo, cuando la pregunta nos la hacen a nosotros, nos ponemos a la defensiva. ¿Y a tí qué te importa lo que yo gane? Lo que ganamos o dejamos de ganar es casi un dato íntimo, que poco más y no lo decimos ni en casa. Tengo la sensación de que tiene que ver un poco de inseguridad: si creemos que ganamos más que nuestro interlocutor, en cierta forma nos da «cosa» el poder hacerle de menos o incluso generar algún resquemor (o lo que es peor, que derive en chismorreo a nuestras espaldas). Y si creemos que ganamos menos, nos dará cierta «vergüenza» que la gente lo sepa.
Estoy convencido de que la gente miente muchísimo cuando habla de lo que gana. Exagerando la más de las veces, o escamoteando parte de sus ingresos en otras ocasiones. O simplemente elude el tema. Pero pocos son los que lo abordan con naturalidad.
Y vosotros… ¿cuánto ganáis? 😛

Si eres becario

A él no le fue mal:

Si uno es becario, yo creo que hay que dar ejemplo, trabajar duramente y dar la sensación de que uno quiere el trabajo

Martín Varsavsky, becario antes que millonetis

Por cierto, que por fin se resolvió mi duda de si era «Martín» (con acento en la i) o «Martin» (sin él). Es que nunca se lo había oído decir a él mismo 🙂