Legend follows no rules

Legend follows no rules

Leí este lema en la camiseta de un tipo (el lema; la ilustración es mía :)), y se me quedó grabada a fuego. «Legend follows no rules», que en cristiano vendría a ser «Las leyendas no siguen normas».
Me gusta este lema. Me inspira. Tiene que ver con que si haces lo que todos los demás, acabarás logrando lo mismo que todos los demás. Que si sigues el camino marcado, llegarás a donde otros (los que han diseñado ese camino) quieren que llegues. Al igual que otros miles que, como tú, han seguido las normas.
Sin embargo, los que alcanzan el nivel de «mito» no lo hacen por seguir el mismo camino que los demás. Lo hacen, precisamente, por hacer cosas que los demás no hacen. Por atreverse a desafiar los órdenes establecidos. Por eso es por lo que se les recuerda, por lo que adquieren el caracter de «leyendas».
Cualquiera que me conozca sabe que, aunque individualista, disto mucho de ser un «antisistema», ni alguien precisamente «osado» o «radical». Pero a mi pequeña escala, tengo esta inquietud. Dentro de mi aplastante normalidad, intentar de vez en cuando hacer «lo que no se espera». No aspiro a ser una «leyenda» a nivel mundial, pero quizás sí a ser una pequeña «leyenda» en mi entorno, alguien que hace las cosas un poco diferentes.

Lo peor que te puede pasar

Traigo aquí este post que se ha pasado un buen tiempo en el congelador, para evitar que se asociase con situaciones concretas.
Hay días en los que vuelven a mi mente las palabras de uno de mis primeros jefes, a quien le tengo un enorme aprecio. Fue después de una pifia gorda, probablemente la primera de esas veces en que tienes esa sensación de bloqueo, de que el suelo se abre bajo tus pies, de que después de eso nunca jamás volverás a levantar cabeza, que te quedas blanco y la sangre golpea en tu cerebro. Vamos, lo que viene siendo una cagada.
«A ver, Raúl, respira y tranquilizate»
«¿Pero cómo me voy a tranquilizar? ¿No ves la que se ha liado por mi culpa?»
«Respira, y piensa. Piensa en qué es lo peor que te podría pasar. ¿Que yo me entere? ¿Que el cliente se entere? ¿Que el cliente se enfade, y cancele el proyecto? ¿Que el socio te llame a su despacho para echarte una bronca descomunal? ¿Que sea algo tan gordo como para que te despidan? De verdad, Raúl… ¿y eso te parece malo?»
Me recuerda un poco al Let it be de los Beatles… «when I find myself in times of trouble, mother Mary comes to me, speaking words of wisdom… let it be….». Solo que «mother Mary» es en realidad aquel jefe y «let it be» es «¿y eso te parece tan malo?» 🙂

80 horas a la semana

Es el recuerdo que tengo de una presentación de empresas en mi universidad. Allá por quinto de carrera, se acercaban a la facultad, coordinados por la Asociación de Licenciados, una serie de empresas a presentarse como empleadores y a recoger curricula. Un claro ejemplo de «win-win»: la universidad da apariencia de «sitio molón con capacidad de atraer empresas buenas y con interés en colocar a sus alumnos»; los alumnos pueden conocer de primera mano algunas empresas interesantes y tener un «atajo» en el proceso de selección; y las empresas pueden pescar candidatos en un «caladero» a priori interesante para ellos.
Si no recuerdo mal, la empresa era Goldman Sachs. Empezaron con una presentación a la que llamaban «Eyes wide open». Y luego, un empleado y a la vez antiguo alumno contaba su experiencia en la empresa. «Es un trabajo apasionante, muy bien pagado, pero tendréis que trabajar muy duro», decía, «las jornadas pueden ser de 80-90 horas a la semana».
80-90 horas a la semana. Yo hice mis cálculos. Eso vienen a ser unas 14 horas al día, trabajando de lunes a sábado. Y 14 horas al día supone entrar a las 9 y salir a las 23. Súmale desplazamientos. Apenas da para dormir unas 6-7 horas. De ocio o vida social, por supuesto… ni hablamos.
Por supuesto, dí mi curriculum a esta empresa, y a otras del mismo pelo que se presentaron allí. Banca de inversión, grandes consultoras estratégicas. A pesar de todo, trabajar en ellas era el summum del prestigio; sólo cogían a los mejores, y a mí, qué demonios, siempre me ha gustado saberme de los mejores. Lo cierto es que en todas me rechazaron, pese a tener un expediente más que notable (mejor que algunas de las personas que sí que cogieron). En su momento lo viví con una cierta frustración; «¿esto quiere decir que no soy de los mejores?». Pero con el tiempo me dí cuenta de que había sido lo mejor que me podía haber pasado. Cuando algunos amigos que sí que fueron seleccionados me contaban su experiencia allí, no me daban envidia. Sí, su trabajo era muy interesante. Sí, se movían a niveles organizativos altísimos. Por supuesto, la pasta que ganaban era indecorosa. Pero su vida era todo trabajo, excepto por breves lapsos de tiempo en los que relacionarse a toda velocidad con otros como ellos.
Y para ser honestos, eso de «entréganos tu vida y te haremos de oro» no va conmigo. Supongo que, de alguna manera, es algo que detectaron en los procesos de selección. Yo no era un buen candidato, porque no hubiera soportado el intercambio. Podría haber ido allí, intentar hacer ese trabajo… pero me hubiera rendido enseguida.
Por supuesto, en mi experiencia laboral he trabajado lo suyo. En ocasiones puntuales, las jornadas se han alargado bastante. Pero siempre ha estado dentro de los límites de lo razonable. No he ganado tanto dinero, ni he tenido unas experiencias tan apasionantes. Pero creo que encontré un equilibrio más adaptado a mi personalidad, en el que trabajo y no-trabajo encontraban su espacio.
Aunque quizás sólo sea una racionalización de mi frustración… 🙂

¿Esto es vida?

Este de aquí es Tiger Woods. Con dos añitos. Y ya en la tele, como un animalito de feria, a demostrar lo bien que se le daban los palos. Desde entonces han pasado más de 30 años. Tiger Woods sigue dándole a los palos, es una estrella, lo lleva siendo desde hace años. Multimillonario y exitoso. Pero… ¿esto es vida? ¿Cuál es el precio de llegar a ser Tiger Woods? ¿No hacer otra cosa, en tu vida, que jugar al golf? ¿A cuántas cosas habrá renunciado para llegar a donde está?
Hablamos de Woods, podríamos hablar de Pedrosa, o de Nadal, o de Alonso, o de tantos y tantos. Al menos éstos lo han logrado, han llegado a ser los números uno. Quizás han pagado un alto precio por su dedicación casi exclusiva, pero han conseguido una buena recompensa. Pero… ¿qué hay de todos esos que inician el camino, igual que ellos, pero que no llegan a la meta? ¿Que sacrifican tanto como los otros, pero sin su misma recompensa?
No sé. Alguno dirá que, con la pasta que ganan, seguro que no tienen queja, que ya se cambiaban por ellos, que tienen buen dinero para gastarse en psicólogos si lo necesitan. Quizás. Pero a mí me da un poco de repelús. Y, como padre, creo que flaco favor le haría a mi hijo dándole unos palos de golf (o una raqueta, o un kart de juguete…) y llevándole a la tele a hacer monerías. Creo que esos padres son unos egoístas. Quieren convertir a sus hijos en algo que ellos no fueron, son sus intereses los que priman por encima de los de las criaturas. Quizás crean que les hacen un favor «convirtiéndoles» en estrellas. Yo creo que el favor se lo hacemos dejando que crezcan a ritmo, dejando que descubran la vida, proporcionándoles posibilidades… y no diseñándoles una carrera.
(Video visto en El Confidencial)

La Universidad no sirve para nada

Universidad Comercial de Deusto

Al menos, es la conclusión que se podría llegar a leer lo siguiente en mi anterior post:

Salimos de la facultad pensando que sabemos algo… pero no tardamos mucho en darnos cuenta que no sabemos nada de nada

Si salimos de la Universidad sin saber nada de nada… ¿entonces para qué le dedicamos unos años?. Sobre todo cuando, como en el entorno actual, un título universitario es un elemento muy poco diferenciador en el mercado laboral: antes «ser licenciado» era señal de algo, pero ahora hay tantos miles de ellos que un título no te asegura gran cosa.
Evidentemente el planteamiento no es tan radical. Es cierto que, cuando salimos, no sabemos «nada de nada» en el ámbito práctico. Pero de algo han servido esos años (ojo; si, y sólo si, hemos puesto cosas de nuestra parte; porque hay gente sobre la que la Universidad pasa como si nada).
Creo que el beneficio principal es que nos da un esquema de conocimientos. Nos «amuebla» la cabeza. Son cosas que quizás luego no tengan una utilidad práctica directa en nuestro primer trabajo (o nunca), pero nos permite tomar una perspectiva amplia sobre un determinado campo del conocimiento que hace que el aprendizaje posterior (el que sucede «en la vida real») vaya encontrando acomodo de una forma mucho más sencilla y natural.
También podríamos hablar de la dinámica de estudio / esfuerzo (aunque eso es algo muy relativo, que depende de universidades y también de la actitud personal), de las oportunidades de conocer personas interesantes (tanto entre alumnos como entre profesores) e interactuar con ellas (aunque, de nuevo, la actitud personal es un factor importantísimo), el incentivo a «buscarse la vida» (las cosas ya no vienen mascadas)…
Por supuesto, muchos conciben la Universidad como la posibilidad de extender su adolescencia durante un puñado de añitos más, con unas responsabilidades limitadas y grandes posibilidades de disfrutar de todo tipo de ocio. Lo cual está estupendo, pero no deja de ser un tanto peligroso si sólo se queda en eso…
En definitiva, desde mi punto de vista el periodo universitario es un periodo de oportunidades que, bien aprovechadas, son realmente enriquecedoras tanto desde el punto de vista de desarrollo personal como profesional. Pero que para resultar efectivamente bien aprovechadas requieren de un nivel de proactividad bastante elevado. Así que, si quieres y puedes ir a la Universidad, hazlo con la conciencia de que estás ante una oportunidad única, y con la disposición de sacarle el máximo partido. Si no, simplemente estarás dejando pasar el tiempo.

VDCTV007 – El downshifting de Alvy

Bueno, pues aquí una nueva entrega del videoblog de Vida de un Consultor. En esta ocasión, el protagonista es una persona muy reconocida en este mundillo de los blogs. Se trata de Álvaro Ibañez, más conocido como Alvy, uno de los autores de Microsiervos que es probablemente el blog más relevante del mundo en castellano. Sin embargo, en esta ocasión no era Microsiervos ni el blogging ni los geeks (temas que suelen ser habituales en otras intervenciones públicas de las que tienen con frecuencia) los que quería comentar con él, sino otro aspecto de su vida que, sin ser nada secreto, suele pasar bastante desapercibido.
Y es que Alvy tiene una carrera profesional más que interesante. Después de haber vivido una época en el mundo corporativo formando parte de algunos de los proyectos más relevantes de la época puntocom, decidió tomar «la pastilla roja» y renfocar su trayectoria por otros derroteros más alejados de las servidumbres del mundo corporativo, dando prioridad a otros aspectos en su desarrollo profesional y personal y formando junto con Nacho Palou la empresa Internality, de la que hacían una declaración de intenciones bastante clarificadora:

En Internality tenemos los horarios que queremos. Somos nuestros propios jefes, decidimos cómo y cuándo hacer cada trabajo… en definitiva, hacemos lo que nos apetece, nos pasamos el día buceando en Internet, aprendiendo y nos divertimos trabajando. Tanto que hemos recuperado esa extraña sensación de poder decir «qué bien, ¡por fin es lunes!» e incluso la de querer llegar más temprano a la oficina para ponernos a trabajar cuanto antes. Lo cual yo diría que es algo muy bueno y por lo que nos consideramos muy afortunados.

Quienes seguís mi trayectoria en los últimos meses entenderéis el por qué un planteamiento de este estilo llamaba mi atención. Mi idea era charlar con Alvy sobre qué fue lo que les llevó por estos derroteros, qué esperaban encontrar y de qué querían huir, cómo fue el proceso… y también qué valoración hacen, con el paso del tiempo, de su apuesta: si era oro todo lo que relucía, si echan de menos cosas del mundo más corporativo…
Y ése es el contenido de la charla que he intentado extractar en el video. Soy consciente de que ni el sonido ni la iluminación son perfectos (desde aquí gracias especialmente a los jardineros que podaban el seto a base de sierra mecánica), pero creo que son suficientes como para permitir centrarse en el fondo de la conversación. Desde aquí, nada más que agradecer a Alvy su tiempo y su disposición para hablar de todo esto.

La zona de confort

La «zona de confort» es un concepto que me resulta muy interesante desde la primera vez que tuve conocimiento de él.

La Zona de Confort es el conjunto de creencias y acciones a las que estamos acostumbrados, y que nos resultan cómodas. Aquello que está dentro de nuestra zona de confort lo podemos hacer muchas veces sin mayor problema y no nos produce una reacción emocional especial; en cambio, lo que está fuera de nuestra zona de confort nos incomoda, nos produce un cierto rechazo, nos provoca ansiedad o nerviosismo, nos da palo.

Yo soy muy de zona de confort. Vago y cobardica para atreverme con cosas que me incomodan. Lo de la osadía… es para otros. Me agobio y me ofusco cuando me veo sometido a situaciones fuera de mi zona de confort, y me siento enormemente aliviado cuando me alejo de ellas para volver a mi reducto.
Realmente se me hace difícil entender cómo pude un día aprender a nadar, a montar en bicicleta o a conducir. Por otra parte, el haber sido capaz de hacer estas cosas (y muchas otras en mi vida) debería hacerme pensar que puedo hacerlo con otras, ¿no?
Dicen que el aprendizaje y el crecimiento personal sólo se produce fuera de esa zona de confort. Y dicen que el crecimiento personal es una de las mayores fuentes de satisfacción personal. Por lo tanto, se produce la paradoja de que para alcanzar la satisfacción se tiene que exponer uno a la incomodidad, mientras que quedarse a resguardo y cómodo lleva a la frustración. El corto plazo y el largo plazo, una vez más.
Ya lo decían en este estupendo video que me pasó un día Emili con consejos para la vida: «haz todos los días algo que te dé miedo».
Voy a tener que mejorar mucho en eso. ¿La forma de hacerlo? «Simplemente hazlo»

¿Hacia dónde vas?

Alicia y el Conejo Blanco
He recuperado de un cd esta slide que usábamos hace tiempo para algunas presentaciones. Son Alicia y el Conejo Blanco. Alicia le pide ayuda al Conejo, «¿Me puede indicar el camino?». «¿A dónde quiere ir?», le pregunta el Conejo. «No estoy segura», responde Alicia. «Pues entonces, ¿qué más le da qué camino tomar?»
La usábamos para hablar de estrategia a las empresas, claro. Decide primero dónde quieres ir, y luego pon en marcha los planes para llegar hasta allí. Pero por supuesto también es aplicable a la estrategia personal. En los últimos tiempos me ha venido esta slide a la mente (o también aquéllo de «cualquier viento es bueno para el que no sabe a dónde va»), por eso la he buscado.
Hace unas semanas hablaba sobre la «maraña» de información a la que estamos sometidos, y decía que era importante (y difícil) «definir un “para qué” que me ayude a separar lo relevante de lo irrelevante, lo que puede ayudarme a alcanzar mis objetivos y lo que simplemente me distrae.»
Creo que me siento un poco como Alicia. No solo respecto a la información, también respecto a las tareas, a las personas, a la dedicación de tiempo… creo que yo, como Alicia, tampoco «estoy seguro» de a dónde quiero ir. Antes al menos tenía una inercia (la derivada del trabajo, que era derivada de la carrera que había estudiado… ), una corriente que te iba llevando. Cuando decidí romper con esa inercia, lo que hice fué ponerme al timón de la nave. En vez de llevarme otros, iba a ser yo quien eligiese el rumbo.
Lo cual, como planteamiento, está muy bien. Pero una vez con el timón en las manos… ¿hacia dónde quieres ir?
PD.- Me doy cuenta de que soy un tanto repetitivo en mis obsesiones… supongo que la búsqueda es un proceso iterativo, en el que en cada iteración te acercas un poco más a lo que buscas… y te vuelven a entrar dudas respecto a los siguientes pasos.

Mi individualidad

Soy individualista. Lo sabe cualquiera que me conozca. También egocéntrico, autosuficiente, un punto prepotente… supongo que van en el lote. Pero a lo que iba. Que me gusta ser considerado como individuo, por mí mismo, por mis propias acciones, mis propias palabras, mis propios pensamientos. No me gusta que me asignen los de otros.
En general, no me gustan los colectivos. Para formar parte de cualquier colectivo, tienes que pagar un peaje en forma de renuncia a tus propias ideas. Obviamente, con algunos colectivos el nivel de solape es mayor (y es más fácil encajar) y con otros es directamente imposible. Pero por mucho solape que haya, siempre tienes que renunciar en parte a tu individualidad para integrarte en el colectivo. Y no me gusta.
Por eso no me gustaría estar en un partido político, por ejemplo, por mucho que ideológicamente pudiera estar cercano a mi forma de pensar. Porque al final, seguro que habría cosas que no me gustan, que no coinciden con como yo pienso. Y cuando eso sucede, primero me siento a disgusto y segundo lo tengo que decir. Me ha pasado siempre, en las empresas en las que he estado, en todos los sitios: lo de ser un miembro calladito y sumiso del colectivo nunca se me ha dado bien. Defender causas a ciegas tampoco.
Por eso me gusta esta «sociedad en red» que se está formando: puedo mantener mi individualidad sin perderla en favor de ningún colectivo, y a la vez ir creando lazos con otros individuos con los que encuentro afinidad. Relaciones más estrechas o más casuales, pero siempre siendo uno el que lleva el timón y el que decide en cada momento con qué individuos (y no con qué «colectivos») se vincula.
Y sin embargo… al ser humano le gusta etiquetar. Etiquetar es fácil, y así es más sencillo interactuar con el entorno. En vez de conocer a los individuos y tratarles como tales, preferimos asignarles etiquetas y tratarles de acuerdo a «lo que se supone que deben de ser». Aquél es un pijo, el otro es un facha, el de más allá es del Atleti…
Esa es una tendencia que puede conmigo. Porque, como ya he dicho, me resulta difícil adscribirme al 100% con ningún colectivo. Y por lo tanto, las etiquetas no me representan. Habrá algunas que se acerquen más, otras que ni de coña… pero ninguna al 100%. Por eso me frustra cuando la gente me trata de acuerdo a una etiqueta. Porque no tienen en cuenta únicamente lo que yo digo, lo que yo pienso, lo que yo hago, lo que yo creo… sino que además le añaden «lo que se supone» que digo, pienso, hago y creo de acuerdo a dicha etiqueta. Aunque tú nunca lo hayas dicho, pensado, hecho o creído.
Si al menos te dan la oportunidad, puedes llegar a romper esa etiqueta a base de mucho esfuerzo y mucha conversación. Y entonces llega el «ah, no eres como pensaba». Pero en muchas ocasiones, directamente no te dan la oportunidad y no atienden a lo que dices o haces. Simplemente, eres un tal o un cual, porque esa es tu etiqueta, y punto.

Jil van Eyle, el teaming y el mensaje profundo

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Muy interesante este video sobre Jil van Eyle elaborado por Joan Planas (¡qué envidia me da ver sus videos, pardiez!! Seguiré sus recomendaciones para alfabetizarme visualmente 🙂 ). Jil van Eyle tiene una experiencia personal que, a sus 39 años, le permite ver la vida con cierta perspectiva. Da que pensar, tiene pinta de ser un tipo interesante. Ahora su proyecto es Teaming, empresas, ¡tomen nota!
Y una frase que destaco de todo el video:

Yo creo que sobre todo es muy importante quitar los miedos; no tener miedo a pelear cosas, a perder dinero, no tener miedo a que te echen, no tener miedo a no tener estabilidad… yo creo que esto es muy básico. Y realmente hacer un trabajo y buscar una cosa que tú sabes que estás 100% feliz, aunque te da un sueldo mínimo o aunque incluso en principio no te da nada, pero yo estoy convencido de que esta felicidad te da una energía que también transmites a otra gente que al final te da más cosas positivas.