No soy español

No soy español. Bueno, sí, pero no demasiado. A ver si me explico.

Nací en Salamanca. Dado que Salamanca pertenecía entonces y sigue perteneciendo ahora a una unidad administrativa denominada España, yo soy español. Es la nacionalidad que me corresponde, como me correspondería la castellanoleonesa (si Castilla y León fuese la unidad administrativa que determina la nacionalidad; ¿o sería el País Lliunés?), la salmantina (si fuese ese el caso), o la europea (si fuese ése el contexto determinante), o una hipotética nacionalidad ibérica si se fusionasen las unidades administrativas que ahora son España y Portugal. Es también la que me corresponde siendo los límites territoriales de España los que son, igual que lo sería si esos límites fuesen distintos, si hubiese una frontera en el Ebro, o en Despeñaperros.

Quiero decir con esto que para mí «ser español» es un hecho casi administrativo, más que una «identidad». Quién soy yo, cómo me relaciono con los demás… no está definido por esa circunstancia. No le tengo más aprecio a fulano por ser español, ni le resta puntos a mengano el no serlo. Tampoco me siento agredido ni minusvalorado si alguien dice que no se siente español, o que quiere irse de España… no me hace ningún daño. Y si alguien me desprecia a mí por ser español, lo que opino de él es que es gilipollas por el hecho de despreciarme por un hecho como ése (sin conocer nada más sobre mí).

No creo que la historia de España sea más «grandiosa» que la de otros países; habrá habido momentos destacables, otros lamentables… Los «héroes españoles» no me parecen más héroes que los de otros países, y creo que tenemos nuestra ración de villanos y vilezas como todos los demás. Los escritores españoles no son mejores por el hecho de ser españoles; los que son buenos lo son, igual que los buenos de otra nacionalidad.

Veo de continuo muchos españoles que me dan absoluto repelús y vergüenza ajena, del mismo modo que veo personas ejemplares de cualquier otra nacionalidad con quienes me gusta colaborar, de quienes me gusta aprender. Incluso a nivel de cultura, costumbres… veo tal diversidad que me cuesta creer que se pueda concretar qué es «ser español», no digamos identificarme con ello. Al final hay gente con la que siento afinidad y gente con la que no, y la variable «nacionalidad» pesa entre poco y nada.

Veo «ser español» como una circunstancia que te ha caído encima, como ser diestro, como medir 1.68, como tener los ojos marrones… pues sí, es un hecho, pero ya está, no da para más.

Claro, socialmente nos han inoculado desde pequeñitos vínculos de unión «ficticios» entre los españoles. Nos dan una educación más o menos homogénea, nos enseñan a dibujar «nuestra bandera», a reconocer «nuestro himno», nos enseñan «nuestra historia», nos centramos en «nuestra literatura», nos aprendemos «nuestros mapas»… Nos enseñan a animar a «nuestros equipos», a ver desfilar a «nuestros ejércitos»… Las noticias se contextualizan en lo «nacional»… Poco a poco, como una gota malaya, se va forjando esa «identidad nacional» (exactamente igual que han hecho algunas regiones, oh sorpresa), procurando inflamar ese sentimiento «patriótico», esencialmente tribal, de que el mundo se divide en «nosotros» y «ellos». Porque un colectivo tribal es mucho más manejable que un conjunto de individuos. Llegado el momento se puede apelar a esos sentimientos para distraer (¡gol de España!), para movilizar… en definitiva manipular al rebaño y llevarlo por donde interese.

Leo lo que he escrito y pienso que ojalá fuese más aséptico todavía de lo que realmente soy. Porque sí, pese a todo lo que he dicho, en realidad todavía hay momentos y situaciones en los que la «españolidad» me sale, y por ejemplo veo los partidos del Eurobasket y no me da igual quién gane. Inconsistencias humanas de las que no me enorgullezco especialmente, pero que ahí están.

Soy español porque es lo que me ha tocado ser, y eso no me hace ni mejor ni peor que nadie. Pienso en España porque es aquí donde vivo, porque son sus leyes las que delimitan mi capacidad de actuación. Y quizás me quede ese poso «sentimental», diría que residual pero inevitable, derivado de la educación y la exposición mediática durante casi 40 años.

Por lo demás, hay muchísimas cosas que definen mejor mi identidad.

Vender, regalar, tirar

Vivo últimamente una fiebre «antichismes». De repente parece que me molesta el exceso de cosas que tengo a mi alrededor. Siento «repelús» ante la idea de seguir acumulando cosas, soy mucho más crítico con las cosas que tengo y que no uso (¿por qué narices me empeñé en su día en comprar esto? ¿por qué lo sigo teniendo, cuando no lo he usado en años?), y siento una necesidad casi física de quitar cosas de enmedio. Pero quitar de verdad, no de «las guardo en un armario o las bajo al trastero, que si no lo veo es como si no estuviera».
Ante esto, el mantra de los minimalistas es algo parecido a «vender, regalar, tirar». Vender lo que puedas vender, regalar lo que no puedas vender, y tirar lo que no puedas (o no tenga sentido) ni regalar. Y me he sumergido en este proceso… más farragoso de lo que parece.
Lo fácil es, sin duda, tirar. Arramplas con todo, lo llevas al punto limpio (en la confianza, no sé hasta qué punto fundada, de que allí se inicia el proceso de tratamiento de residuos que minimiza el impacto ambiental), y aquí paz y después gloria. Hay objetos para los que no cabe duda de que este es su destino… cosas rotas o tan desgastadas que no admiten un segundo uso medianamente decente.
Pero luego hay otras cosas que piensas «joder, si esto está en perfecto estado… seguro que a alguien le sirve». No tienes interés en ganarle ni medio céntimo, simplemente pretendes hacer algo bueno: tanto para el beneficiado directo (mira, si le sirve y lo disfruta… eso que gana) como para el mundo en general (retrasas el momento en el que ese objeto se convierta en residuo). A veces incluso, en un pensamiento absurdamente animista, te dices que «así el objeto tiene una segunda vida» (qué vida ni que vida, si es un objeto… aunque detrás lleva el sacrificio de las personas que lo fabricaron, o de los elementos que sirvieron para su fabricación… ¿no es una forma de darle un sentido?).
El problema es que encontrar a quién quiera esos objetos es más complicado y farragoso que el rápido y contundente «tirar». Salvo algunas cosas muy concretas (p.j. «la ropa usada se va a Cáritas»), el resto de chismes… ¿qué haces con ellos? En su día, por ejemplo, me deshice de cd’s antiguos llevándolos a la biblioteca (bueno, «fonoteca») municipal. Sin embargo, cuando fui a llevarles libros me dijeron que buf, que ya tenían muchos… que no me los cogían. Intenté el bookcrossing, pero tampoco es tan evidente (¿el libro que abandonas lo recoge alguien? ¿lo usará? ¿o simplemente estás engañándote dejando libros por ahí cuando en realidad casi mejor sería que los echaras al reciclaje de papel?). La última vez, llevé libros a una librería Melior (pero con la duda de si alguien comprará esos libros que donas…). Y si ya vas a otros chismes… pues más difícil aún. La iniciativa Nolotiro.org parece que tiene buen ritmo, pero me da la sensación de que está más extendido en grandes ciudades (donde casar oferta y demanda es más fácil, y el «me paso a recogerlo» es una posibilidad; al final el tema logístico, incluyendo los costes tanto del envío como de la preparación, etc… son una barrera). En Aranda hemos «colocado» algunas cosas (una plancha de cocina, una cafetera a la que le faltaba la jarra, un juego de té…) a través de un grupo creado en Facebook. El caso es que el proceso tiene ya su engorro (saco fotos, pongo anuncio, atiendo a los que lo quieren, quedas para entregarlo, etc…), y acabas poniendo en la balanza los costes y los beneficios. Al final, te acaba dando rabia pero acabas tirando cosas que crees que a alguien le podrían haber valido.
Y claro, luego están las cosas que crees que puedes vender. Cosas cuyo valor, incluso de segunda mano, crees que merece la pena rescatar aunque sea solo en parte. Aquí el proceso de «engorro» es aun mayor… buscar cómo venderlo (yo pruebo segundamano, ebay, alguna cosa en el grupo local de Facebook del que hablaba), gestionar los anuncios, etc. Ahora mismo tengo en venta un par de puzzles y un par de juegos de mesa, unos packs de libros, un helicóptero de radiocontrol, una grabadora de sonido… Y la sensación es bastante descorazonadora, muy poco interés incluso cuando les pones un precio ridículo. Sé perfectamente que las cosas no valen nada más que lo que alguien esté dispuesto a pagar por ellas, pero aun así te dices «joder, si esto es un chollo, ¿no voy a encontrar quien lo compre?». Terminas pensando que total, para cuatro perras no te merece la pena tanto lío.
Acaba teniendo uno la sensación de que, en el mundo de la segunda mano (incluso de los regalos/donaciones) hay más gente intentando sacarse de encima chismes que gente interesada en hacerse con ellos. Que al final somos más a quienes nos sobra, quienes no sabemos qué hacer con todo lo que consumimos en exceso, que gente que lo necesite. Que la cultura de «lo usado» no está todavía suficientemente extendida (venimos de una generación de vacas gordas, donde nos hemos podido permitir comprar las cosas de primera mano con sobreabundancia de oferta sin «rebajarnos» a tener que buscar alternativas). Y que en el fondo esto es un síntoma de una sociedad con unos valores que dan para reflexionar (sociedad de la que uno forma parte, indudablemente, con lo que eso conlleva de corresponsabilidad).
En fin, esto es un proceso. De lo que se trata al fin y al cabo es de que, como en el clásico diagrama de la bañera, salgan de casa (por una u otra vía) más cosas de las que entran.

Quitando el chupete digital

Ayer hice algo que tuvo una mezcla de impulsivo y de reflexivo. Supongo que es la típica cosa que lleva fraguándose un tiempo en tu cabeza, y que de repente ves de forma tan clara que te impulsan a la acción. Las cosas suceden «poco a poco, y de repente».
El caso es que cogí mi móvil, y desinstalé varias aplicaciones: Twitter. Facebook. Tumblr. Instagram. Feedly. Adios… muerto el perro, se acabó la rabia. De paso, quité otro puñado adicional de aplicaciones sin uso habitual. Fuera.
Ya cuando hice mi experimento de desconexión a principio de verano sacaba algunas conclusiones:

También estuve pensando en esa parte “inútil”. ¿Por qué siento el impulso de “estar al día” de lo que pasa en el mundo? ¿Por qué dedico tanto tiempo y atención a leer cosas irrelevantes que publica gente a la que apenas conozco? ¿Por qué siento la necesidad de hacer una foto y publicarla, de que se me venga algo a la cabeza y ponerlo en twitter, de dar mi opinión sobre cualquier cosa (sí, me descubrí varias veces pensando “¡esto merece un tuit!”). Mi yo “racional” sabe que no tiene ningún sentido. Que a (casi) nadie le importa lo que yo pueda opinar de casi nada. Que poco o nada de lo que yo lea por ahí va a tener ningún impacto en mi vida. Pero mis actos no son coherentes con mi razonamiento y he estado rascando en el “por qué”, que supongo que no es muy distinto al de cualquier conducta de evasión. Porque es lo que haces: evadirte, huir a una realidad alternativa en la que tienes la falsa sensación de “estar haciendo algo” (aunque sea algo tan inane), la falsa sensación de “estar conectado” (con unas conexiones tan débiles que no soportarían un soplido), la falsa sensación de que lo que haces/piensas le importa a “la gente” (cuando en el mejor de los casos te otorgan la misma “lectura diagonal” que tú les otorgas a ellos). Y te evades ahí porque hacer cosas “de verdad” es mucho más difícil (para empezar, te obliga a pensar en qué es lo que quieres hacer, a buscar sentido a tus actos y a tomar las riendas de tu vida… con lo fácil que es dejarse llevar por la inercia…), porque tener conexiones “de verdad” es más exigente, porque asumir tu insignificancia es un golpe duro para el ego. Buf. Aquí hay tomate.

Sin embargo, una vez vuelto al día a día, me encontré sumergido en las antiguas rutinas. Es verdad que reduje significativamente el número de personas a las que seguía en twitter… pero aun así me encontraba cada dos por tres con el móvil en la mano, iniciando la aplicación, refrescando el timeline a ver qué novedades había. De ahí a Facebook. De ahí a Instagram. A ver qué noticias hay en los periódicos. Vuelta a empezar, en un ciclo sin fin de «entretenimiento» vacío. Fue leyendo «Everything that remains» (el relato hacia el minimalismo de The Minimalists) cuando me inspiré en su experiencia para tomar esta decisión. Su metáfora del «chupete» me parece tremendamente acertada. Recurrimos a estos «entretenimientos» (como hay quien recurre a otros mecanismos) como evasión a la incomodidad. Estando el chupete a mano no nos enfrentamos a lo incómodo.
Y al menos en mi caso, por mucho que pensara que «yo lo puedo controlar», la realidad es que no era así. El dedo se me iba, y mi mente se sumergía feliz en el arroyo siempre fluido de las redes sociales, por muy irrelevante que fuese su contenido. Así que decidí cortar por lo sano. Fuera las aplicaciones del móvil, y se acabó el consumir contenidos de forma semi inconsciente. Es curioso, todavía no han pasado 24 horas, y ya me he descubierto en varias ocasiones con mi dedo lanzándose a donde durante años ha estado el icono de twitter o de facebook. Así de automatizado lo tengo. Y sospecho que me va a costar un poquito pasar «el mono».
¿Y ahora qué? Pues no lo sé. Sin duda he reducido las opciones de consumo irracional de contenidos, por lo que espero ser capaz de focalizarme más y mejor, centrarme en contenidos que quiero leer en vez de ir «a golpe de tuit». Hacer, en definitiva, un uso más consciente y productivo de mi tiempo y de mi atención. Y si el problema es que no sé qué hacer con mi tiempo y mi atención… atacar ese problema, en vez de acallar mi conciencia con la solución fácil del chupete digital.
Mantengo las cuentas abiertas (y de hecho la posibilidad de publicar desde el móvil a través de Buffer), de momento no he llegado al punto de «abandonar por completo». Hace años que hablaba de lo útil que era tener amigos con vida digital, y lo mantengo… aunque quizás lo que toque reevaluar es a quién sigo y por qué, porque hay conexiones cuya presencia digital no se ajusta a la importancia relativa que tienen para mí. Y también el cuándo, o la frecuencia, con la que me mantengo al día.
Respecto a lo que yo publico, no sé qué impacto podrá tener; es posible que siga publicando más o menos lo mismo, o puede que reduzca algo. La siguiente gran reflexión sería «qué publicas, y para qué», ¿qué intereses satisface?. Por ejemplo, me pasa con Instagram… ¿para qué cuelgo fotos allí? ¿qué espero obtener? ¿es solo una forma vacía de alimentar el ego, o le aporta algo a alguien? Extrapolamos a Twitter, o a Facebook…¿no estoy, en el fondo, engañándome pensando que «lo que hago, lo que pienso… le importa a alguien» cuando en realidad no es así? A lo mejor es el momento de ser un poco más selectivo con lo que uno comparte.
Como todo en la vida, esto es un camino, un proceso. Veamos a dónde nos lleva.

De los problemas del mundo

La pasada semana se produjo una gran conmoción social a cuenta de la foto del cuerpo sin vida del niño sirio tendido en la playa turca a donde su familia ansiaba llegar en su huída de su país de origen. La foto es sin duda desgarradora, pero las reacciones que se desataron me generaron un desasosiego que he estado rumiando durante días.
La foto provocó reacciones en cadena. La foto. Como sociedad, y como individuos, parece que nos da igual el drama existente en el mundo… hasta que queda reflejado en una imagen. Y entonces sí, nos lanzamos a un festival de indignación, de golpes en el pecho, de «qué horror, qué desastre, qué vergüenza». No, joder, no. El horror, el desastre… existía antes. Sigue existiendo ahora. El drama, la miseria, la violencia, la muerte… están ahí afectando a millones de personas en todo el mundo, algunas aquí a nuestro lado. ¿Dónde está nuestra indignación entonces? ¿Por qué es una foto (un hecho concreto, una muestra ínfima de todo lo que sucede) la que nos remueve, y no el hecho subyacente?
«Nos remueve». ¿O solo nos incomoda? ¿Qué acciones concretas, más allá del lamento y de la queja, ponemos en marcha para aportar siquiera un granito de arena que intente cambiar en alguna medida la situación? ¿Cuántas de nuestras comodidades, cuánto de nuestro bienestar, hemos transformado en una aportación mensual para organizaciones que trabajan en mejorar las condiciones de las personas en todo el mundo? Obviamente esto es algo que cada uno sabe de sí mismo; pero la sensación es que nos quedamos con facilidad en la conmoción, en el «alguien debería hacer algo»… sin contribuir con ninguna acción mínimamente relevante.
Sorprende también la facilidad que tenemos para «pedir soluciones». Como si los problemas fuesen resolubles. Como si hubiese un botón de «arreglar las cosas» y el problema fuese que alguien no quiere darle. Joder, el mundo es complejo. Y jodido. No hay soluciones fáciles, que no tengan un «lado negativo» a considerar. Es fácil pedir «que lo arreglen», es más difícil asumir que hay cosas que no tienen arreglo. En el mejor de los casos tenemos que elegir entre opciones malas. ¿Dejamos entrar a todos los migrantes que lo necesiten? ¿Cuántos miles de millones de personas están en una situación de necesidad? ¿Cuántos recursos podemos (queremos) destinar a esta situación? ¿Qué sacrificios estamos dispuestos a hacer para sostenerlos, en términos de impacto económico y social? ¿En qué momento vamos a trazar una raya? En última instancia… ¿a quién vamos a ayudar y a quién vamos a dejar morir? ¿Hay que ir a una guerra (y financiarla, y asumir las víctimas propias y ajenas incluyendo las colaterales) para resolver esto? ¿Contra quién hay que hacer la guerra? Parece que lanzar este tipo de preguntas incomoda (y probablemente te acaben señalando como una especie de cabrón insensible); es más fácil apelar a los absolutos, a la «humanidad», a «hacer el bien», a hablar en términos de blanco y negro… aunque la tozuda realidad se empeñe en su interminable gama de grises.
Desasosiego. He usado esa palabra al inicio del post. Miro a un lado, y veo un mundo de miseria inasible, de dramas y tragedias, de violencia, hambre, enfermedad y muerte… con la certeza de que, si bien podemos hacer cosas, nunca vamos a poder salvar a todos. Siempre habrá un niño ahogado tendido en una playa, y con esa realidad tenemos que convivir. Y miro al otro lado (al de nuestra sociedad) y veo actitudes y comportamientos seguramente bienintencionados pero en los que echo mucho en falta sustancia, capacidad crítica, realismo, coherencia… Nos dejamos llevar por la conmoción del momento a ritmo de portadas y tuits, nos inflamamos durante breves segundos, lanzamos uno o dos lemas muy sentidos… y mañana ya será otro día, otro día en el que no haremos nada. ¿Acaso no nos hemos conmovido ya, puede que incluso lágrima incluida? ¿No hemos ya comentado lo triste que es todo durante la sobremesa? ¿No hemos puesto ya un tuit, incluso puede que más, con su correspondiente hashtag? Joder, ¿qué más quieres?
Con el curso de los días he ido deglutiendo estas sensaciones. Al principio era puro cinismo, del que todavía hay restos. Pero el cinismo tampoco es constructivo. Hay que vivir en este mundo tal y como es, con todas sus miserias, pero eso no quiere decir que no podamos hacer nada. Hay que asumir que no habrá nunca soluciones perfectas, pero eso no quiere decir que no podamos hacer que las cosas mejoren. Hay que saber que la contribución individual puede ser ínfima, pero es más que nada. El análisis, el pensamiento crítico, el rascar por debajo de la superficie, la persistencia, la voluntad. Seguirá habiendo problemas que no podemos resolver y seguirá habiendo gente que no quiera meterse en el barro. Que eso no nos detenga.
Algunos enlaces a opiniones que, de una u otra forma, sintonizan con esta sensación mía:

Las lecciones ilustradas de Johnny Bunko

El otro día cayó en mis manos un libro curioso, «Las aventuras de Johnny Bunko» de Daniel Pink. Su curiosidad radica no tanto en su contenido, si no en su forma. Y me explico.
«Las aventuras de Johnny Bunko» es una reflexión orientada a todos aquellos que se sienten atrapados en una carrera profesional que no es lo que ellos esperaban. Contiene seis lecciones muy concretitas:

  • No hay plan: no es verdad que la vida tenga «caminos predefinidos» ni guía de instrucciones. No es cierto que «si hago esto y aquello, obtendré tales resultados». Así que no te dejes limitar por ello, busca tu propio camino.
  • Confía en tus fortalezas: identificar aquellas cosas que haces bien, y construir sobre ellas, es mejor que darse de cabezazos con lo que se nos da mal.
  • Contribuye al éxito de los demás para tener éxito tú: es más fácil que obtengas recompensas si aportas valor a otros (clientes, compañeros, jefes) que si estás permanentemente pensando en ti mismo.
  • La perseverancia vence al talento: insistir, insistir y volver a insistir es la mejor fórmula para lograr el éxito; el mundo está lleno de gente talentosa que tiró la toalla demasiado pronto.
  • El error es parte del proceso de aprendizaje: fallar, ser consciente de dónde están los errores, rescatar de ellos el aprendizaje necesario y aplicarlo en los siguientes intentos es consustancial a la mejora.
  • Deja huella: vincula tus esfuerzos a algo más grande que tú mismo, intenta aportar de forma significativa a algo que le dé sentido a tu contribución.

En fin, como decía antes, seis cosas bastante concretas y diría (sin restarles importancia o validez) que bastante «manidas».
Lo curioso es que he sido capaz de recitar los seis puntos de carrerilla; que se me han quedado grabados. Y todo ello gracias al formato del libro: una historia plasmada en un cómic (estilo manga japonés). Efectivamente, los seis puntos están hilados dentro de una historia (debe ser esto a lo que llaman storytelling) en la que Johnny Bunko es el protagonista junto con una especie de «hada madrina» bastante llamativa que aparece cuando rompe unos palillos de madera para darle consejos. Encima el formato desenfadado del dibujo lo hace de fácil digestión… y fácil recuerdo.
En definitiva, si nos ciñésemos a las «seis lecciones», el libro sería básicamente uno de tantos libros de «autoayuda profesional». Es su formato el que lo hace destacar en tu memoria… lo cual es una valiosa lección a tener en cuenta.

Crisis migratorias y vasos comunicantes

Todavía recuerdo el dibujo hecho en la pizarra. El profe de física nos explicaba el principio de los vasos comunicantes, cómo si en dos recipientes comunicados se vertía un líquido, éste se distribuía en los recipientes hasta alcanzar la misma altura en ambos independientemente de su forma y también (y esto me maravillaba) de su volumen. Si los recipientes están convenientemente separados cada uno se comporta de forma autónoma, pero en el momento en el que se unen la presión del líquido se distribuye de forma homogénea hasta el punto en que (y aquí recurro a la wikipedia), «la presión hidrostática a una profundidad dada es siempre la misma».
El concepto de los vasos comunicantes viene con frecuencia a mi cabeza cuando leo noticias y veo imágenes relacionadas con los movimientos migratorios. Estos días nos asaltan de forma explosivamente dramática (los naufragios en el Mediterráneo, las multitudes a las puertas de Macedonia, los cadáveres en un camión en Austria…), pero no dejan de ser parte de un fenómeno mucho más amplio que se desarrolla de forma continua y habitualmente lejos de las portadas de los medios de comunicación (y por lo tanto de nuestros ojos).
Vivimos en un mundo compartimentado. Recipientes poco y mal conectados. De los 7.000 millones de habitantes del mundo (*), unos 1.000 viven con unas condiciones de «ricos» (medido en términos de PIB per cápita están aproximadamente en $45.000), mientras que los 6.000 millones restantes viven en condiciones de «pobres» (la décima parte del PIB per cápita que los ricos, del orden de $4.500). Eso haciendo una separación muy gruesa (que tiene no poca dispersión dentro de cada grupo). En mi metáfora, esto son dos recipientes separados. Uno estrecho (el de los 1.000 millones de ricos) donde el líquido (la riqueza per cápita) llega muy arriba, y otro muy ancho (el de los 6.000 millones de pobres) donde el líquido cubre el fondo y poco más.

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Pero no, es ilusorio pensar que esos recipientes están efectivamente separados. A pesar de los controles fronterizos, las personas se mueven (tanto de forma legal como ilegal) entre países. Y no solo huyendo de guerras y persecuciones, sino simplemente buscando unas mejores condiciones de vida. Y así nos encontramos con miles de personas dispuestas a trabajar por una fracción de lo que pedimos nosotros (pero aun así, varias veces lo que conseguían en su país de origen a donde incluso son capaces de enviar fondos), «quitándonos nuestros trabajos» (odio esa expresión), «aprovechándose de nuestros servicios» (otra que tal), etc.
Y en realidad ni siquiera hace falta que se muevan: basta con que en sus países de origen empiecen a prosperar para que los flujos económicos empiecen a cambiar de signo. Si un país pobre empieza a montar fábricas y a producir más barato que los países ricos, gracias al mercado mundial (recordemos que la Tierra es plana) se incrementa su producción y disminuye la del país rico. Más trabajo y mejores condiciones de vida para el pobre (todavía a años luz de los ricos, pero más cerca que antes), empeoramiento en el país rico.
Claro, el segmento que comunica los dos recipientes no es muy ancho. Hay fronteras, hay «inmigrantes irregulares» a los que se expulsa, hay restricciones al comercio internacional, etc. Pero no hay una separación total (creo que es imposible que la haya… ni cuando se construyen muros físicos se consigue), así que lo lógico es que los acontecimientos sigan (despacito, pero de forma inexorable) su curso.Y que acabemos en una situación parecida a esta otra en la que los dos recipientes se han unido. El volumen total de líquido (la riqueza mundial) se reparte de forma homogénea entre los 7.000 millones de habitantes del mundo. Eso implica que los pobres mejoren su situación (pasando de 4.500$ hasta los 10.000$ de media mundial… parece poco, pero supone que 6.000 millones de personas dupliquen su riqueza), a costa los ricos, que verán como esa transferencia de riqueza a «los pobres» tiene un impacto brutal en su riqueza per cápita (de los 45.000$ a los 10.000$)

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Desde luego, las personas no son «líquidos». La demografía no es «física». Podemos esperar que el progreso haga que la riqueza mundial se expanda, que la tarta se haga más grande. Lo que queráis. Pero sea como sea, a mí me parece de cajón que en un mundo como en el que vivimos las cosas vayan tendiendo al equilibrio. No vivimos «crisis migratorias» (como quien tiene un resfriado que se cura) sino un proceso crónico, que a veces cursará de forma más silenciosa y que a veces tendrá estallidos de notoriedad. Y podemos esperar que ese equilibrio supondrá un impacto brutal para nosotros «los ricos» (… sí, porque si estás leyendo esto es muy probable que estés en este grupo). Ellos («los pobres») son muchos más, y quieren prosperar. Y nosotros somos menos, y tenemos lo que ellos quieren.
(*) Las cifras son aproximadas; no buscaba «exactitud» sino órdenes de magnitud

La empresa que creció

Pepito era un tipo avispado. Un emprendedor. Decidió montar un negocio, pongamos que un restaurante (pero podría ser una tienda, una fábrica, un… lo que sea). Pepito se pasaba el día en su negocio, trasmitiéndole su energía y su personalidad. Estaba encima de todos los detalles, empeñado como estaba en que la realidad se ajustase lo más posible a lo que tenía en mente. Su restaurante pronto empezó a funcionar a las mil maravillas, y a generar dinero.
Pepito pensó entonces: «si lo he hecho una vez, puedo hacerlo una segunda, ¿no?». Al fin y al cabo, abrir un segundo restaurante parecía lógico, si el primero daba X beneficios, el segundo le permitiría obtener aún más. Podía aprovechar la experiencia, coger parte del equipo que ya había formado para el nuevo restaurante y dejar al mando en el anterior a este chico con quien había conseguido gran complicidad, prácticamente un doble suyo con el que compartía por completo la visión del negocio… Es verdad que ya no podría estar el 100% de su tiempo en el restaurante, pero bien podía repartirse entre los dos y estar suficientemente al día de todo, ¿no?
El segundo restaurante salió fenomenal. Más beneficios. ¿Por qué no un tercero? ¿Y un cuarto? Desde luego el tiempo no le daba ya para estar encima de todos los detalles. Pero tenía unos encargados en quienes confiaba, y que eran casi como si él mismo estuviese al pie del cañón. Casi.
Pepito decidió que, ya metido en faena, mejor seguir creciendo. Así podría obtener ventajas derivadas del crecimiento, las «economías de escala» a las que siempre había aspirado. A medida que iba creciendo, los costes de estructura se diluían más. Conseguía mejores condiciones respecto a los proveedores, que ya le daban un trato preferencial. Se lanzó a realizar campañas de marketing cuyo aprovechamiento era cada vez mayor. Su marca empezaba a ser conocida. Los beneficios totales aumentaban con cada nuevo restaurante; es verdad que no al mismo ritmo que con los primeros, pero seguía sumándose dinero a sus bolsillos.
Por supuesto, hacía tiempo que Pepito había perdido el pulso del día a día en sus restaurantes. Procuraba pasar en ellos el máximo tiempo posible una vez atendidas sus obligaciones «corporativas» (como le aburrían las reuniones, pero eran necesarias… la mayoría de ellas al menos), ¡siempre al pie del cañón!, pero la atención que podía prestar a cada restaurante individual era muy poca; visitas rápidas cada semana, que después tuvieron que espaciarse aun más. Desde luego conocía a todos los encargados, aunque para su gusto no todos eran «pura sangre» como él. De vista le sonaban todos los empleados… bueno, la mayoría; sobre todo los antiguos, porque los nuevos entraban y salían demasiado deprisa. En cierto modo añoraba los tiempos en los que él se encargaba personalmente la selección, y no contrataba a nadie que no tuviese aquella «chispa» en los ojos. Sí es verdad que su pequeño equipo de RRHH tenía hechos «perfiles» que en teoría les debían servir para hacer una criba, pero no parecían estar siendo tan exigentes como él lo era al principio. Pero bueno, había que contratar sí o sí, y él tampoco podía estar encima de esos detalles. Y los beneficios seguían entrando, así que…
Así, cada paso en el proceso de crecimiento, Pepito se alejaba más del día a día y de los detalles. Para compensar, fue creando una estructura a su alrededor (pequeña al principio, más grande al final) de equipos que se encargaban de llegar a donde él no llegaba. RRHH, control de gestión, operaciones… Su presencia se iba viendo sustituida poco a poco por «personas interpuestas», por procedimientos, políticas y sistemas que se encargaban de darle algo de coherencia y solidez al conjunto. Desde luego no era lo mismo: en su primer restaurante Pepito sabía de sobra dónde iba cada euro, quién era quién en el restaurante, quién merecía un ascenso y a quién había que despedir, qué había que hacer en cada momento de la semana para vender más y ser rentable, cómo tenía que estar organizado el servicio, cuándo las recetas estaban bien elaboradas y cuándo no, cuál era el stock que tenía que tener y cuál no. Si algo no funcionaba, se cambiaba enseguida (sin reuniones, ni comités, ni gaitas en vinagre). Y su presencia constante hacía que los que estaban a su alrededor se contagiasen de su energía, de sus conocimientos, de su particular forma de hacer las cosas que había sido la clave del éxito. Ahora todo eso estaba en forma de documentos y herramientas, sí, pero era difícil que un documento fuese capaz de recoger todos los matices necesarios; y aun encima, debían de ser interpretados y puestos en práctica por un conjunto de personas cada vez más heterogéneo.
Pepito levantó la vista de los informes que estaba ojeando en su tablet mientras comía algo rápido en uno de sus restaurantes. El negocio era suyo, y había sido un éxito indudable como atestiguaba la cuenta de resultados que tenía entre manos y los euros que se acumulaban en su cuenta. Pero al mirar alrededor sintió una punzada de nostalgia. Aquel sitio podía parecerse a aquel restaurante original en el que tantas horas había pasado; de hecho, a nivel formal, era mucho más bonito. Pero si se fijaba en los detalles… aquel plato había salido mal, el camarero de allá desganado, aquellas mesas del fondo sin recoger, la cola de clientes creciendo en la entrada sin que nadie se dignase a decirles nada, el encargado mirando no sé qué en su móvil. Echaba de menos los rostros llenos de energía, la sensación de implicación y «todos a una» que había en sus tiempos, la atención a los detalles. Recordaba aquellos momentos cuando, pese al agotamiento al terminar los servicios, todos se miraban compartiendo el orgullo de un trabajo bien hecho. Cuando peleaban cada euro como si el negocio fuera suyo, y no fuesen simples empleados que hoy estaban aquí y mañana estaban allá. Claro, que por aquel entonces el negocio era suyo y eso se notaba. Sintió ganas de quitarse la chaqueta y la corbata, arremangarse la camisa, y ponerse al frente. Como antes.
Pepito agitó la cabeza, ahuyentando esos pensamientos. Hacía mucho tiempo que ése no era su trabajo. Volvió a hundir la mirada en su tablet, fijándose en los números negros, números que pese a todo engrosarían su patrimonio. Al fin y al cabo, tener un negocio se trata de eso. ¿No?
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Llevaba tiempo con esta reflexión en la mente. El crecimiento, ese tótem de los negocios. Cuanto más grande seas, más beneficios tendrás. Las economías de escala como camino a la competitividad primero (es verdad que en algunos casos el crecimiento es un imperativo competitivo; si no creces eres incapaz de ser rentable… aunque…¿siempre, en todos los casos?) y a la riqueza después (eres competitivo, pero si puedes añadir rendimiento aunque sea marginalmente decreciente… ¡que sume, que sume!). Sí, es verdad que durante el crecimiento también hay «deseconomías de escala», elementos de cuando eres pequeño que se pierden a medida que te haces grande. Algunas más evidentes (costes de estructura, costes de coordinación, etc.) pero otras más intangibles. Y por eso probablemente menos consideradas en los análisis numéricos. ¿Cuanto cuesta la dilución de la cultura corporativa? ¿Cuánto cuesta la pérdida de la implicación, la desmotivación, la desaparición del orgullo de pertenencia? ¿Cuánto cuestan la burocracia, las reuniones, los comités, las luchas de poder? ¿Cuánto cuesta la falta de dinamismo, de flexibilidad, de capacidad de reacción? ¿Cuánto cuesta la heterogeneidad? ¿Pueden las políticas, procedimientos, herramientas… compensarlo?
A quién le importa…
Bonus: «La magia de pensar en pequeño«, de Alfonso Romay

¿Y si pierdo diez años de blog?

El otro día me disponía a abrir el blog para escribir algo. «Your account has been suspended»… ¿pero qué narices pasa?. Descubro en Gmail un correo de mi proveedor de hosting donde me informan de que «se ha enviado spam desde mi cuenta» y que, por lo tanto, mi cuenta ha quedado suspendida. Espera, espera… ¿qué? ¿spam? Toca contactar con el proveedor, a ver qué está pasando y cómo se puede resolver. Pero en el ambiente empieza a flotar una cuestión… ¿y si por lo que sea no me desbloquean la cuenta? ¿Y si ni siquiera puedo recuperar los contenidos?
Ya sé, ya sé. «¿Cómo? ¿Es que acaso no tenías un backup de todo?». Las copias de seguridad, eso que todos deberíamos hacer de forma sistemática y regular como mecanismo de protección, porque como dicen en Microsiervos, «solo hay dos tipos de usuarios: los que han perdido datos, y los que los perderán en el futuro». Pero eh, lo que nadie te dice es lo coñazo que resulta hacer copias de seguridad… y tenerlas bien organizadas… y acordarte… y… bueno, que no, que no tenía copias de seguridad.
El caso es que, tras un rato de sudores fríos, me empecé a plantear… ¿y qué si se pierden esos diez años de contenidos? Que sí, es un «pelotazo» al ego, pero… ¿realmente tendría alguna consecuencia, algún impacto? Ya he dicho alguna vez que, mal que nos pese, creo que lo que escribimos/producimos interesa realmente a cuatro gatos mal contados. Y eso hablando de lo actual; si revisamos estadísticas de archivos podemos ver bolitas rodando como en las pelis del oeste, y solo de vez en cuando Google te trae a algún visitante despistado que tan rápido como entra, sale. Así que, a efectos prácticos, tener 10 años de contenidos y no tenerlos es básicamente lo mismo.
«¿Y tu marca personal? ¿No sufrirá al perder ese escaparate?». No lo creo… mi «marca personal» es la que es a día de hoy. Sí, habrá gente que se haya hecho una idea de mí gracias a lo que he ido publicando a lo largo de los años. Pero el trabajo está hecho: lo publiqué en su día, lo leyeron… y no necesitan leerme de forma retrospectiva para consolidar nada. Y la gente nueva se hará su imagen de mí construyendo sobre lo que publique a partir de ahora, no sobre diez años de tabarra bloguera que, seamos serios, nadie va a dedicar su tiempo a leer.
Así que, en realidad, el impacto iba a ser mínimo, casi inexistente. Cierto rollo para mí ya que, como comentaba con Inma, me suele gustar enlazar con posts que he escrito antes (es curioso como, a pesar de los años transcurridos, hay contenidos que te vienen a la memoria tan frescos como si estuviesen recién escritos… y es más fácil enlazarlos que volverlos a escribir).
En fin. El blog está recuperado (la prueba es que estás leyendo esto :D). He hecho una copia de seguridad «para por si acaso». Pero en el fondo, durante algunas horas, he fantaseado con la idea de «dejarlo ir». Y no es tan grave como parecía. De hecho, resultaba hasta apetecible hacer un borrón y cuenta nueva, una especie de «hoguera de San Juan bloguera», una cura de humildad.

Cambia de avatar, que también caduca

avatares

Desde que ando por estos mundos internéticos de dios (o más exactamente, desde que empecé a dar la cara en ellos) tengo por costumbre cambiar de avatar (esa foto que te identifica) más o menos cada año. No es que me aburra de verme siempre igual, aunque algo de eso también hay. No, la cuestión es que siempre he pensado que la gracia de esa foto es que la gente te identifique, que «te vean la cara»… y tu cara va cambiando con el tiempo. Claro, a ti no te lo parece porque te ves todos los días. Pero… ¿no os ha pasado alguna vez que te encuentras a alguien, ves su careto y lo comparas con el que pone en internet, y piensas «eh, que esa foto lleva unos añitos de retraso, majo»? Los avatares caducan, y si bien tampoco me gusta esa gente que cambia de avatar cada dos por tres (que te despistan, coño), lo que no puede uno es aferrarse a una imagen de un pasado tan lejano que «canta».
No sé si será pereza para escoger una nueva foto, una coquetería mal entendida o simple negación de la realidad… pero venga, que de vez en cuando toca actualizarse.

De vacaciones con un dumbphone (after)

Este año decidí salir de vacaciones dejando en casa el smarthpone. Pasaron esos días, sobreviví (sí, claro… ¡pero había quien lo dudaba!), y éstas son algunas de mis reflexiones.

  • Es sorprendente (y en cierto sentido humillante) la sensación física de que «te falta algo». Recién llegado al destino, nada más subir las maletas, me descubrí echando mano al bolsillo, y notando un punto de ansiedad al notar que el móvil «ni estaba ni se le esperaba». Nunca he fumado (y por lo tanto no lo he tenido que dejar), pero me recordé a un fumador con el mono. ¿Y todo por qué? Porque no podía cumplir con la rutina de «a ver qué ha pasado en estas tres horas». Absurdo, sí. Pero real.
  • Lo bueno es que esa sensación desapareció pronto. Estás en otras circunstancias, cambias las rutinas, cambia el entorno. Más momentos de «atención no diluida» (por ejemplo, tiradas de lectura mucho más largas de lo habitual), más momentos de «sentarse sin más» (sin esa autoexigencia de «tengo que ocupar mi tiempo en algo», aunque ese «algo» fuese tan vacuo como revisar el móvil arriba y abajo). Más serenidad, menos inputs accediendo a tu cerebro.
  • Aun así confieso que tuve momentos de debilidad. Llegué a configurar la cutre-conexión de mi dumbphone («solo para ver el correo»; no esperaba nada relevante, y nada relevante vino… pero era por recuperar la sensación de estar «conectado al mundo»). Joder, ¡llegué a usar el teletexto de la televisión! («solo para ver qué ha pasado en el mundo»). Las propias limitaciones de estos sistemas (aunque eh, el teletexto moló siempre) impidieron que me enganchase. Pero la cabra tiraba al monte…
  • Hubo momentos en los que reflexioné sobre las cosas útiles del smartphone que me estaba perdiendo. Poder haber usado un mapa, o una información sobre algún sitio que queríamos visitar, o apuntar alguna idea que se te ocurría al vuelo… No son cosas que «necesites», pero sí que te pueden «facilitar la vida». Al final, el smartphone tiene un potencial para el bien. Y también para el «mal» (la distracción indiscriminada). ¿Es posible tener lo bueno sin exponerse a lo malo?
  • También estuve pensando en esa parte «inútil». ¿Por qué siento el impulso de «estar al día» de lo que pasa en el mundo? ¿Por qué dedico tanto tiempo y atención a leer cosas irrelevantes que publica gente a la que apenas conozco? ¿Por qué siento la necesidad de hacer una foto y publicarla, de que se me venga algo a la cabeza y ponerlo en twitter, de dar mi opinión sobre cualquier cosa (sí, me descubrí varias veces pensando «¡esto merece un tuit!»). Mi yo «racional» sabe que no tiene ningún sentido. Que a (casi) nadie le importa lo que yo pueda opinar de casi nada. Que poco o nada de lo que yo lea por ahí va a tener ningún impacto en mi vida. Pero mis actos no son coherentes con mi razonamiento y he estado rascando en el «por qué», que supongo que no es muy distinto al de cualquier conducta de evasión. Porque es lo que haces: evadirte, huir a una realidad alternativa en la que tienes la falsa sensación de «estar haciendo algo» (aunque sea algo tan inane), la falsa sensación de «estar conectado» (con unas conexiones tan débiles que no soportarían un soplido), la falsa sensación de que lo que haces/piensas le importa a «la gente» (cuando en el mejor de los casos te otorgan la misma «lectura diagonal» que tú les otorgas a ellos). Y te evades ahí porque hacer cosas «de verdad» es mucho más difícil (para empezar, te obliga a pensar en qué es lo que quieres hacer, a buscar sentido a tus actos y a tomar las riendas de tu vida… con lo fácil que es dejarse llevar por la inercia…), porque tener conexiones «de verdad» es más exigente, porque asumir tu insignificancia es un golpe duro para el ego. Buf. Aquí hay tomate.

Y claro, después del experimento, toca el regreso. Y compruebas lo fácil que recaes en los viejos hábitos; porque somos animalitos de costumbres, y si quieres modificar un hábito tienes que hacer un esfuerzo consciente. Y tienes rondando en la cabeza las conclusiones que has sacado y lo que significan, pero es tan fácil sumergirse en la cómoda e inocua rutina, y tan incómodo enfrentarse a lo que estás tratando de esconder bajo la alfombra
Me gustaría decir que he vuelto transformado. No. Va a ser más difícil que una caída del caballo a lo San Pablo. Aquí hay mucha tela que cortar.