Hoy el amigo Alberto se quejaba «en directo» de un mal muy extendido: las colas en general, y en las entidades financieras en particular. «Increíble servicio al ciente: 4 personas en cola, 4 empleados mirando fijamente su pantalla.». A eso le respondía yo que «para ser justos, es más que probable que en la pantalla estén atendiendo asuntos de otros clientes (no físicos) que también importan», a lo que Alberto contestaba que «Y auque así fuera, creo que la urgencia de la cola debe tratarse antes que una lista de tareas.»
Vaya por delante que yo soy el primero que detesta hacer cola; me resulta una pérdida de tiempo, intento evitarlas casi de forma obsesiva, y me mosqueo cuando por una razón o por otra no me queda más remedio que aguantar una. Pero… no estoy de acuerdo con Alberto.
¿Por qué ha de ser prioritario atender «la cola» física, desatendiendo de esa forma la cola «no física»? ¿Es menos respetable el tiempo de quien está esperando que le soluciones un tema en su oficina, o en su despacho, o en su casa… que quien está esperando en la cola? Imaginemos que te están atendiendo, y suena el teléfono… ¿debe cogerse? ¿por qué hay que dejar de hacer otras cosas para atenderte a ti que estás en la cola, pero luego nos parecería una falta de respeto que dejasen de atendernos a nosotros para recibir una llamada?
Y luego hay una cuestión de importante vs. urgente… ¿es más importante solucionar el papeleo de una hipoteca que te va a reportar un buen montón de dinero a tu cuenta de resultados, o atender en la cola a quien viene a pagar un recibo, o a sacar 20 euros de su cuenta? Sí, está claro, todos son clientes, y todos pueden transformarse en «buenos clientes» algún día… pero si tengo que elegir, mejor hago esperar al que menos beneficio me va a reportar.
Probablemente el problema esté, en este caso, en la configuración de las redes comerciales de las entidades bancarias. Hubo un tiempo en que en las oficinas todo estaba compartimentado: aquí la caja, allí los comerciales, allí el departamento de créditos… eso no era eficiente, ni para el cliente (que si quería hacer varias cosas tenía que ir por varias «ventanillas»), ni para la entidad (imposible mantener una «capacidad instalada» en cada departamento «por si acaso» viene un cliente a pedir algo… ¿y si no vienen, qué?). Así que se pasó al «todos hacemos de todo». La cuestión es que el cliente que está en la oficina tiene que entender que los que no están atendiendo la cola no están «tocándose las narices» (siempre puede haberlos, claro), sino atendiendo otras colas menos visibles.
«Pues que pongan más personal», suelen decir los clientes cabreados. Claro. Pero ante una demanda oscilante es muy difícil ajustar el número de personas de una sucursal: si pones una más porque hay «picos» pero luego el resto del tiempo no hay tanta actividad… te juegas el margen. Es como la gente que protesta cuando se forman atascos; qué hacemos, ¿invertir una millonada en poner un carril adicional que sólo va a ser utilizado dos o tres días al año? ¿es eso una inversión racional? Como clientes lo queremos todo: tener una sucursal cada 100 metros «por si la necesitamos», que nos atiendan nada más entrar sí o sí… pero eso tendría un coste que, seguramente, no estaríamos dispuestos a pagar (nosotros, que protestamos si se atreven a cobrarnos cualquier comisión).
Me temo que, en definitiva, la cuestión no tiene una solución mágica. El ajuste a una demanda fluctuante e imprevisible no es perfecto, y las colas son al final las «juntas de dilatación» que permiten que el sistema funcione de una forma más o menos razonable.