Ojalá todos fueran como yo

empatia

A veces lo pienso. Es una pesadez, y en muchas ocasiones una fuente de estrés, lidiar con el resto del mundo. Si todos fueran como yo estaríamos siempre de acuerdo, pensaríamos igual, no habría conflicto y nos llevaríamos de maravilla.
Lamentablemente, el mundo no es así:

  • Cada uno somos como somos: somos el producto de nuestro carácter, de nuestra educación, de nuestras experiencias, de nuestro entorno, incluso de nuestro momento vital. Por eso pensamos como pensamos, actuamos como actuamos, nos gusta lo que nos gusta y nos repele lo que no, consideramos aceptables unas cosas y otras no.
  • Hay otros que son distintos de nosotros: consecuencia lógica de lo anterior. Como no todos tenemos ni el mismo carácter, ni la misma educación, ni las mismas experiencias, ni nos rodea el mismo entorno… pensamos diferente, actuamos diferente, nos gustan cosas diferentes, toleramos cosas diferentes.
  • Nuestra forma de ver el mundo no es la única válida, ni la mejor: es difícil (desde luego lo es para mí) aceptarlo. De hecho iniciaba mi argumento deseando que «todo el mundo fuese como yo». Como individuos, y como sociedad, tendemos a ver el mundo desde nuestra propia perspectiva y nos resulta muy difícil renunciar a ella y aceptar la de los demás.
  • Es normal sentir afinidad por los que se nos parecen, y rechazo por los que no: tendemos a rodearnos de aquellos con quienes compartimos nuestros valores clave, porque es con ellos con quienes nos sentimos cómodos, con quienes nos entendemos, con quienes menos conflictos surgen. En paralelo tendemos a alejarnos de los que no, porque hay incomodidad y hay conflicto.
  • Nunca vamos a poder eliminar al 100% la interacción con los diferentes: están ahí, compartimos el mismo espacio. Puedes intentar minimizar el roce, pero salvo que decidas convertirte en un ermitaño (y creo que ni aun así) vas a tener que socializar, y en consecuencia, a tener que soportar gente que tiene otros valores, otra forma de ser, pensar y comportarse.
  • No existe la afinidad perfecta: incluso aunque te rodees de gente afin, siempre habrá diferencias. Algunas más sutiles, otras más importantes. Unas más previsibles, y otras que solo afloran con el paso del tiempo. Nunca encontrarás a alguien que sea «exactamente igual que yo» en todos los aspectos y todo el tiempo.

Pensar de otra manera son ganas de darse cabezazos contra la pared. «Es más fácil ponerse unas sandalias que cubrir el mundo de alfombras». El mundo es como es, y tenemos que vivir en él de la mejor manera posible. Hay gente que piensa y actúa de forma molesta para nosotros… igual que nosotros pensamos y actuamos de forma molesta para otros. Esto es algo que en muchas ocasiones no podremos cambiar, y de hecho en muchas ocasiones ni siquiera tendremos la legitimidad para hacerlo (¿por qué vas a imponer tu visión a la de otros?). Vivir en sociedad es precisamente lograr unos acuerdos de mínimos, y a partir de ahí lidiar lo mejor que se pueda con el resto.
¿Significa esto una especie de relatividad moral, que «todo vale» y que «lo que nos queda es resignarnos»? No necesariamente. Las sociedades evolucionan, y lo hacen cuando una masa crítica suficiente de sus componentes lo hacen. Cada uno somos responsables primeramente de vivir la vida como consideremos que debe de hacerse y predicar con el ejemplo («sé el cambio que quieras ver en el mundo»), y también de elegir cuándo, por qué, para qué y con qué grado de compromiso e intensidad queremos pelearnos con otros. Eso sí, teniendo en cuenta que en cada pelea vamos a desgastarnos (el conflicto, la incomprensión, el riesgo, el sacrificio…), que podemos no ganar… y que en última instancia el número de batallas posibles es infinito mientras que nuestra capacidad es limitada.
No es la mía, creo, una visión conformista; pero sí realista. El mundo es como es («¿cómo no va a poder ser, si está siendo?«) y nuestra capacidad para cambiarlo es limitada. Así que, como dice la plegaria de la Serenidad, «Señor, concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar, fortaleza para cambiar lo que soy capaz de cambiar y sabiduría para entender la diferencia.»

¿Cuántos cambios puede asumir una organización? Muy pocos

En los últimos tiempos he reflexionado mucho sobre el cambio en las organizaciones, y especialmente sobre la discrepancia que se produce entre el «ritmo de cambio deseado» (por directivos y sus cómplices consultores) y el «ritmo de cambio posible«.
Las organizaciones son como un desagüe estrecho y con recovecos. Solo pueden tragar agua a un ritmo determinado, y de nada vale que el grifo eche más cantidad, porque entonces el agua se empieza a acumular. Además, el agua tiene que venir sin residuos… como empiece a venir con suciedad entonces el desagüe pierde todavía más capacidad, y se acaba atascando.
Las organizaciones necesitan adaptarse a los cambios. Éste es un proceso largo, que requiere de foco constante y sostenido en el tiempo. Como individuos necesitamos persistencia para adoptar un nuevo hábito: de hecho, los expertos recomiendan acometer un cambio a la vez, empezar poco a poco, sostenerlo durante X días consecutivos para que realmente se convierta en una costumbre casi inconsciente… ¿qué nos hace pensar que en las organizaciones (compuestas de humanos, no lo olvidemos) las cosas van a funcionar de otra forma?
Y sin embargo, actuamos como niños pequeños, «pero es que yo quiero». Ya, pero no puede ser… «Pues yo quiero, y ya está». E insistimos en darnos cabezazos contra la pared, lanzando decenas de cambios en paralelo, la mayor parte de las veces inconsistentes, pretendiendo que se implanten «a la voz de YA» para así poder lanzar todos los nuevos proyectos que se acumulan en nuestra cabecita. Y nos frustramos porque las cosas no salen. Seguimos arrojando cubos de agua (cada vez más grandes, cada vez más rápido) a una bañera con un desagüe pequeñito, y nos sorprende que la bañera se desborde.
Ojalá las organizaciones fuesen máquinas perfectamente programables, en las que hoy dices «hágase este cambio» y mañana está perfectamente ejecutado. Pero no es así, no lo va a ser nunca y más nos vale asumirlo. Esto implica seleccionar y priorizar qué cambios queremos ver realmente implantados; y no olvidemos que seleccionar implica renunciar, dejar de lado proyectos y cambios que posiblemente sean fantásticos… pero que no vamos a poder acometer de forma realista. Tenemos que decidir cuáles son los dos, tres, cuatro (no muchos más) cambios significativos que queremos implantar el próximo año. Y a partir de ahí ponerse con pico y pala para hacer que esos pocos cambios se hagan realidad.
Porque valen más cuatro cambios bien hechos que cuarenta que se quedan en agua de borrajas.

Olvídate de la marca personal; deja que se vea la persona

Llevo años peleándome conmigo mismo sobre mi «marca personal»; no sabiendo si soy capaz de definirme como producto, ni si sé venderme. Leo sobre «branding personal» y hay momentos en los que siento que sí, que tiene sentido (eso de tener un objetivo bien definido, y una estrategia, y un plan, y…) y otros en los que algo dentro de mí se rebela; y supongo que por eso cada vez que he intentado ir por ese camino me he atascado rápidamente.
Hoy leía un artículo al respecto que pone negro sobre blanco algunas de mis inquietudes relacionadas con la marca personal.
Empecemos cuestionando la autenticidad. Dicen los expertos en branding que la autenticidad es una de las claves de una buena marca personal. Y sin embargo, el proceso consiste precisamente en coger tu yo auténtico (que es el que eres cuando no te preocupa cómo te ven los demás) y pulirlo, encauzarlo, «ponerlo bonito». Tienes que tener una «estrategia», tienes que «focalizarte», tienes que dejar de hablar de cosas que distraigan de lo que quieres conseguir, siempre buscando la coherencia, los resultados. Pero claro, como dice la autora del artículo, «¿cómo vas a ser «auténtico» si te ves forzado a censurarte en aras de tu marca?«.
«Ya, pero lo que muestras es parte de ti, no estás engañando a nadie». Bueno… eso me hace recordar a esos reportajes de las revistas del corazón en los que se hace una foto de la protagonista de turno (¡es ella! ¡es auténtica!) y se retoca hasta límites insospechados, eliminando cualquier presunta imperfección para fabricar (sí, fabricar) la imagen que se quiere mostrar. ¿Es ella? Sí… pero no. De nuevo citando a la autora, «cuanto más pensamos en nosotros en términos de marca, menos personal se vuelve todo. En vez de tu yo real, con todas sus circunstancias, tenemos un yo pulido y artificial, la versión que lanzamos al mercado«.
Pero es que además tengo mis dudas de que sea una estrategia que funcione, más allá de que filosóficamente me pueda gustar más o menos. Imaginemos que desarrollas tu estrategia para tener una marca muy definida, darle visibilidad, etc… con el objetivo de posicionarte como experto y destacar en un determinado segmento. Quieres ser «el detergente que lava más blanco»… igual que lo quieren ser decenas de otros. ¿Pueden destacar todos a la vez? ¿Pueden conseguir todos aparecer en la primera posición cuando se busca en google? Es evidente que no. En el esfuerzo por destacar te conviertes en un commodity, difícilmente distinguible de tantos otros con un perfil básicamente igual que el tuyo. Todos con una foto similar estilo gurú, todos con una frase definitoria que combina el «experto en» con el «apasionado por», con una bonita web en la que se regurgitan una y otra vez los mismos temas, con una cuenta de twitter que retuitea a intervalos regulares los mismos links de las mismas fuentes, con uno, dos o tres libros publicados que se pierden en la marea de libros de la misma temática…
¿Realmente esto vende? Mmmm… Sí, es verdad que a veces tienes muy claro que necesitas un «experto en X», te vas a google y revisas los resultados. O intentas pensar en alguien a quien hayas visto en la tele, o cuyo libro se haya reseñado en la prensa del ramo, o que te suene de twitter. Y aun así, lo que ves no es suficiente. Puedes deducir un conocimiento técnico (al menos su apariencia; no olvidemos que estamos viendo la cara pulida que nos quieren mostrar), pero… ¿es alguien con quien vas a trabajar bien? ¿va a tener un encaje cultural con tu organización? ¿compartís unos códigos suficientes como para que la cosa funcione? El que va a contratar a un experto… ¿necesita que sea el «experto number one» (de hecho, ¿está capacitado para evaluarlo?), o le vale que sea un tipo solvente en lo suyo que además te ha dado pistas de que te vas a entender bien con él?
Creo que el CV es una herramienta muy pobre para establecer relaciones profesionales. Y creo que la «marca personal» así construída no deja de ser una evolución del CV: más amplio, multicanal… pero en el fondo una forma de «poner el escaparate» tratando de llevar la atención a un aspecto parcial y prefabricado de tu persona.
¿La alternativa? Creo en mostrarte tal y como eres sin estar continuamente pendiente de si es lo que los demás quieren ver. Creo en mezclar cuestiones profesionales con cuestiones personales, porque no somos compartimentos estancos. Compartir tus éxitos, y también tus tropiezos y tus dudas, porque nadie somos perfectos. Creo que hay que demostrar lo que haces y cómo lo haces, pero también quién eres y cómo eres. Creo que cuanto antes arrojes luz sobre todas tus características relevantes menos tiempo pierdes tú y menos tiempo haces perder a los demás. Creo que establecer conexiones personaleses un camino mucho más fiable para el éxito que el fabricar y publicitar un perfil brillante (y frío), y creo que para que las conexiones personales nazcan y fructifiquen hace falta mucho más que demostrar tu lado técnico; hace falta calidez, hace falta incluso un poquito de banalidad. Hace falta, en definitiva, ver a la persona más que al experto.

Mejor no preguntar

Sucedió hace un tiempo. En aquel departamento de RRHH se discutía sobre los problemas de la compañía, y sobre posibles vías de actuación. La sensación para mí, espectador externo, era que había cierto «runrún» de fondo al que nadie acababa de poner nombre. «¿Qué dicen sobre esto las encuestas de clima?», se me ocurrió preguntar.
«¿Encuestas de clima? No, no hacemos encuestas de clima. ¿Y si salen opiniones muy marcadas? Nos obligaría a actuar».
La «lógica» de este argumento hizo que me explotase el cerebro.
Los problemas latentes no dejan de ser problemas, ni de tener consecuencias, por el hecho de ignorarlos. Mirar para otro lado no hace que desaparezcan. Mejor será disponer de toda la información (por cruda que resulte) para poder actuar que ir dando palos de ciego o avanzando en cuestiones secundarias mientras la principal se queda sin resolver.
Hay un argumento, sin embargo, que podría tener un pase. «La gente no tiene una visión global, y pueden poner encima de la mesa temas que en el fondo no son relevantes. Al hacer las encuestas de clima, nos veríamos obligados a poner eso como prioridad cuando realmente no lo es». Vale, puede ser. Pero incluso asumiendo la presunta omnisciencia de los directivos («yo sé cuáles son los problemas de la empresa, y ellos no»… lo cual es mucho asumir) hay que tener en cuenta que cuando una persona percibe algo como un problema (por mucho que desde fuera pensemos que es «una chorradilla»), ES un problema real. Ignorarlo de forma condescendiente lo único que hace es transmitir la sensación de «tus problemas no importan»… algo que no fomenta precisamente la motivación, la implicación y todas esas cosas que se suponen que perseguimos.
Mantener un pulso constante (y sistematizado; no a base de anecdotario) de cómo respira una organización me parece algo fundamental para poder gestionar correctamente. Pero sigue habiendo quien considera que es mejor no preguntar…

Quitando el chupete digital

Ayer hice algo que tuvo una mezcla de impulsivo y de reflexivo. Supongo que es la típica cosa que lleva fraguándose un tiempo en tu cabeza, y que de repente ves de forma tan clara que te impulsan a la acción. Las cosas suceden «poco a poco, y de repente».
El caso es que cogí mi móvil, y desinstalé varias aplicaciones: Twitter. Facebook. Tumblr. Instagram. Feedly. Adios… muerto el perro, se acabó la rabia. De paso, quité otro puñado adicional de aplicaciones sin uso habitual. Fuera.
Ya cuando hice mi experimento de desconexión a principio de verano sacaba algunas conclusiones:

También estuve pensando en esa parte “inútil”. ¿Por qué siento el impulso de “estar al día” de lo que pasa en el mundo? ¿Por qué dedico tanto tiempo y atención a leer cosas irrelevantes que publica gente a la que apenas conozco? ¿Por qué siento la necesidad de hacer una foto y publicarla, de que se me venga algo a la cabeza y ponerlo en twitter, de dar mi opinión sobre cualquier cosa (sí, me descubrí varias veces pensando “¡esto merece un tuit!”). Mi yo “racional” sabe que no tiene ningún sentido. Que a (casi) nadie le importa lo que yo pueda opinar de casi nada. Que poco o nada de lo que yo lea por ahí va a tener ningún impacto en mi vida. Pero mis actos no son coherentes con mi razonamiento y he estado rascando en el “por qué”, que supongo que no es muy distinto al de cualquier conducta de evasión. Porque es lo que haces: evadirte, huir a una realidad alternativa en la que tienes la falsa sensación de “estar haciendo algo” (aunque sea algo tan inane), la falsa sensación de “estar conectado” (con unas conexiones tan débiles que no soportarían un soplido), la falsa sensación de que lo que haces/piensas le importa a “la gente” (cuando en el mejor de los casos te otorgan la misma “lectura diagonal” que tú les otorgas a ellos). Y te evades ahí porque hacer cosas “de verdad” es mucho más difícil (para empezar, te obliga a pensar en qué es lo que quieres hacer, a buscar sentido a tus actos y a tomar las riendas de tu vida… con lo fácil que es dejarse llevar por la inercia…), porque tener conexiones “de verdad” es más exigente, porque asumir tu insignificancia es un golpe duro para el ego. Buf. Aquí hay tomate.

Sin embargo, una vez vuelto al día a día, me encontré sumergido en las antiguas rutinas. Es verdad que reduje significativamente el número de personas a las que seguía en twitter… pero aun así me encontraba cada dos por tres con el móvil en la mano, iniciando la aplicación, refrescando el timeline a ver qué novedades había. De ahí a Facebook. De ahí a Instagram. A ver qué noticias hay en los periódicos. Vuelta a empezar, en un ciclo sin fin de «entretenimiento» vacío. Fue leyendo «Everything that remains» (el relato hacia el minimalismo de The Minimalists) cuando me inspiré en su experiencia para tomar esta decisión. Su metáfora del «chupete» me parece tremendamente acertada. Recurrimos a estos «entretenimientos» (como hay quien recurre a otros mecanismos) como evasión a la incomodidad. Estando el chupete a mano no nos enfrentamos a lo incómodo.
Y al menos en mi caso, por mucho que pensara que «yo lo puedo controlar», la realidad es que no era así. El dedo se me iba, y mi mente se sumergía feliz en el arroyo siempre fluido de las redes sociales, por muy irrelevante que fuese su contenido. Así que decidí cortar por lo sano. Fuera las aplicaciones del móvil, y se acabó el consumir contenidos de forma semi inconsciente. Es curioso, todavía no han pasado 24 horas, y ya me he descubierto en varias ocasiones con mi dedo lanzándose a donde durante años ha estado el icono de twitter o de facebook. Así de automatizado lo tengo. Y sospecho que me va a costar un poquito pasar «el mono».
¿Y ahora qué? Pues no lo sé. Sin duda he reducido las opciones de consumo irracional de contenidos, por lo que espero ser capaz de focalizarme más y mejor, centrarme en contenidos que quiero leer en vez de ir «a golpe de tuit». Hacer, en definitiva, un uso más consciente y productivo de mi tiempo y de mi atención. Y si el problema es que no sé qué hacer con mi tiempo y mi atención… atacar ese problema, en vez de acallar mi conciencia con la solución fácil del chupete digital.
Mantengo las cuentas abiertas (y de hecho la posibilidad de publicar desde el móvil a través de Buffer), de momento no he llegado al punto de «abandonar por completo». Hace años que hablaba de lo útil que era tener amigos con vida digital, y lo mantengo… aunque quizás lo que toque reevaluar es a quién sigo y por qué, porque hay conexiones cuya presencia digital no se ajusta a la importancia relativa que tienen para mí. Y también el cuándo, o la frecuencia, con la que me mantengo al día.
Respecto a lo que yo publico, no sé qué impacto podrá tener; es posible que siga publicando más o menos lo mismo, o puede que reduzca algo. La siguiente gran reflexión sería «qué publicas, y para qué», ¿qué intereses satisface?. Por ejemplo, me pasa con Instagram… ¿para qué cuelgo fotos allí? ¿qué espero obtener? ¿es solo una forma vacía de alimentar el ego, o le aporta algo a alguien? Extrapolamos a Twitter, o a Facebook…¿no estoy, en el fondo, engañándome pensando que «lo que hago, lo que pienso… le importa a alguien» cuando en realidad no es así? A lo mejor es el momento de ser un poco más selectivo con lo que uno comparte.
Como todo en la vida, esto es un camino, un proceso. Veamos a dónde nos lleva.

La empresa que creció

Pepito era un tipo avispado. Un emprendedor. Decidió montar un negocio, pongamos que un restaurante (pero podría ser una tienda, una fábrica, un… lo que sea). Pepito se pasaba el día en su negocio, trasmitiéndole su energía y su personalidad. Estaba encima de todos los detalles, empeñado como estaba en que la realidad se ajustase lo más posible a lo que tenía en mente. Su restaurante pronto empezó a funcionar a las mil maravillas, y a generar dinero.
Pepito pensó entonces: «si lo he hecho una vez, puedo hacerlo una segunda, ¿no?». Al fin y al cabo, abrir un segundo restaurante parecía lógico, si el primero daba X beneficios, el segundo le permitiría obtener aún más. Podía aprovechar la experiencia, coger parte del equipo que ya había formado para el nuevo restaurante y dejar al mando en el anterior a este chico con quien había conseguido gran complicidad, prácticamente un doble suyo con el que compartía por completo la visión del negocio… Es verdad que ya no podría estar el 100% de su tiempo en el restaurante, pero bien podía repartirse entre los dos y estar suficientemente al día de todo, ¿no?
El segundo restaurante salió fenomenal. Más beneficios. ¿Por qué no un tercero? ¿Y un cuarto? Desde luego el tiempo no le daba ya para estar encima de todos los detalles. Pero tenía unos encargados en quienes confiaba, y que eran casi como si él mismo estuviese al pie del cañón. Casi.
Pepito decidió que, ya metido en faena, mejor seguir creciendo. Así podría obtener ventajas derivadas del crecimiento, las «economías de escala» a las que siempre había aspirado. A medida que iba creciendo, los costes de estructura se diluían más. Conseguía mejores condiciones respecto a los proveedores, que ya le daban un trato preferencial. Se lanzó a realizar campañas de marketing cuyo aprovechamiento era cada vez mayor. Su marca empezaba a ser conocida. Los beneficios totales aumentaban con cada nuevo restaurante; es verdad que no al mismo ritmo que con los primeros, pero seguía sumándose dinero a sus bolsillos.
Por supuesto, hacía tiempo que Pepito había perdido el pulso del día a día en sus restaurantes. Procuraba pasar en ellos el máximo tiempo posible una vez atendidas sus obligaciones «corporativas» (como le aburrían las reuniones, pero eran necesarias… la mayoría de ellas al menos), ¡siempre al pie del cañón!, pero la atención que podía prestar a cada restaurante individual era muy poca; visitas rápidas cada semana, que después tuvieron que espaciarse aun más. Desde luego conocía a todos los encargados, aunque para su gusto no todos eran «pura sangre» como él. De vista le sonaban todos los empleados… bueno, la mayoría; sobre todo los antiguos, porque los nuevos entraban y salían demasiado deprisa. En cierto modo añoraba los tiempos en los que él se encargaba personalmente la selección, y no contrataba a nadie que no tuviese aquella «chispa» en los ojos. Sí es verdad que su pequeño equipo de RRHH tenía hechos «perfiles» que en teoría les debían servir para hacer una criba, pero no parecían estar siendo tan exigentes como él lo era al principio. Pero bueno, había que contratar sí o sí, y él tampoco podía estar encima de esos detalles. Y los beneficios seguían entrando, así que…
Así, cada paso en el proceso de crecimiento, Pepito se alejaba más del día a día y de los detalles. Para compensar, fue creando una estructura a su alrededor (pequeña al principio, más grande al final) de equipos que se encargaban de llegar a donde él no llegaba. RRHH, control de gestión, operaciones… Su presencia se iba viendo sustituida poco a poco por «personas interpuestas», por procedimientos, políticas y sistemas que se encargaban de darle algo de coherencia y solidez al conjunto. Desde luego no era lo mismo: en su primer restaurante Pepito sabía de sobra dónde iba cada euro, quién era quién en el restaurante, quién merecía un ascenso y a quién había que despedir, qué había que hacer en cada momento de la semana para vender más y ser rentable, cómo tenía que estar organizado el servicio, cuándo las recetas estaban bien elaboradas y cuándo no, cuál era el stock que tenía que tener y cuál no. Si algo no funcionaba, se cambiaba enseguida (sin reuniones, ni comités, ni gaitas en vinagre). Y su presencia constante hacía que los que estaban a su alrededor se contagiasen de su energía, de sus conocimientos, de su particular forma de hacer las cosas que había sido la clave del éxito. Ahora todo eso estaba en forma de documentos y herramientas, sí, pero era difícil que un documento fuese capaz de recoger todos los matices necesarios; y aun encima, debían de ser interpretados y puestos en práctica por un conjunto de personas cada vez más heterogéneo.
Pepito levantó la vista de los informes que estaba ojeando en su tablet mientras comía algo rápido en uno de sus restaurantes. El negocio era suyo, y había sido un éxito indudable como atestiguaba la cuenta de resultados que tenía entre manos y los euros que se acumulaban en su cuenta. Pero al mirar alrededor sintió una punzada de nostalgia. Aquel sitio podía parecerse a aquel restaurante original en el que tantas horas había pasado; de hecho, a nivel formal, era mucho más bonito. Pero si se fijaba en los detalles… aquel plato había salido mal, el camarero de allá desganado, aquellas mesas del fondo sin recoger, la cola de clientes creciendo en la entrada sin que nadie se dignase a decirles nada, el encargado mirando no sé qué en su móvil. Echaba de menos los rostros llenos de energía, la sensación de implicación y «todos a una» que había en sus tiempos, la atención a los detalles. Recordaba aquellos momentos cuando, pese al agotamiento al terminar los servicios, todos se miraban compartiendo el orgullo de un trabajo bien hecho. Cuando peleaban cada euro como si el negocio fuera suyo, y no fuesen simples empleados que hoy estaban aquí y mañana estaban allá. Claro, que por aquel entonces el negocio era suyo y eso se notaba. Sintió ganas de quitarse la chaqueta y la corbata, arremangarse la camisa, y ponerse al frente. Como antes.
Pepito agitó la cabeza, ahuyentando esos pensamientos. Hacía mucho tiempo que ése no era su trabajo. Volvió a hundir la mirada en su tablet, fijándose en los números negros, números que pese a todo engrosarían su patrimonio. Al fin y al cabo, tener un negocio se trata de eso. ¿No?
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Llevaba tiempo con esta reflexión en la mente. El crecimiento, ese tótem de los negocios. Cuanto más grande seas, más beneficios tendrás. Las economías de escala como camino a la competitividad primero (es verdad que en algunos casos el crecimiento es un imperativo competitivo; si no creces eres incapaz de ser rentable… aunque…¿siempre, en todos los casos?) y a la riqueza después (eres competitivo, pero si puedes añadir rendimiento aunque sea marginalmente decreciente… ¡que sume, que sume!). Sí, es verdad que durante el crecimiento también hay «deseconomías de escala», elementos de cuando eres pequeño que se pierden a medida que te haces grande. Algunas más evidentes (costes de estructura, costes de coordinación, etc.) pero otras más intangibles. Y por eso probablemente menos consideradas en los análisis numéricos. ¿Cuanto cuesta la dilución de la cultura corporativa? ¿Cuánto cuesta la pérdida de la implicación, la desmotivación, la desaparición del orgullo de pertenencia? ¿Cuánto cuestan la burocracia, las reuniones, los comités, las luchas de poder? ¿Cuánto cuesta la falta de dinamismo, de flexibilidad, de capacidad de reacción? ¿Cuánto cuesta la heterogeneidad? ¿Pueden las políticas, procedimientos, herramientas… compensarlo?
A quién le importa…
Bonus: «La magia de pensar en pequeño«, de Alfonso Romay

Cambia de avatar, que también caduca

avatares

Desde que ando por estos mundos internéticos de dios (o más exactamente, desde que empecé a dar la cara en ellos) tengo por costumbre cambiar de avatar (esa foto que te identifica) más o menos cada año. No es que me aburra de verme siempre igual, aunque algo de eso también hay. No, la cuestión es que siempre he pensado que la gracia de esa foto es que la gente te identifique, que «te vean la cara»… y tu cara va cambiando con el tiempo. Claro, a ti no te lo parece porque te ves todos los días. Pero… ¿no os ha pasado alguna vez que te encuentras a alguien, ves su careto y lo comparas con el que pone en internet, y piensas «eh, que esa foto lleva unos añitos de retraso, majo»? Los avatares caducan, y si bien tampoco me gusta esa gente que cambia de avatar cada dos por tres (que te despistan, coño), lo que no puede uno es aferrarse a una imagen de un pasado tan lejano que «canta».
No sé si será pereza para escoger una nueva foto, una coquetería mal entendida o simple negación de la realidad… pero venga, que de vez en cuando toca actualizarse.

De vacaciones con un dumbphone (after)

Este año decidí salir de vacaciones dejando en casa el smarthpone. Pasaron esos días, sobreviví (sí, claro… ¡pero había quien lo dudaba!), y éstas son algunas de mis reflexiones.

  • Es sorprendente (y en cierto sentido humillante) la sensación física de que «te falta algo». Recién llegado al destino, nada más subir las maletas, me descubrí echando mano al bolsillo, y notando un punto de ansiedad al notar que el móvil «ni estaba ni se le esperaba». Nunca he fumado (y por lo tanto no lo he tenido que dejar), pero me recordé a un fumador con el mono. ¿Y todo por qué? Porque no podía cumplir con la rutina de «a ver qué ha pasado en estas tres horas». Absurdo, sí. Pero real.
  • Lo bueno es que esa sensación desapareció pronto. Estás en otras circunstancias, cambias las rutinas, cambia el entorno. Más momentos de «atención no diluida» (por ejemplo, tiradas de lectura mucho más largas de lo habitual), más momentos de «sentarse sin más» (sin esa autoexigencia de «tengo que ocupar mi tiempo en algo», aunque ese «algo» fuese tan vacuo como revisar el móvil arriba y abajo). Más serenidad, menos inputs accediendo a tu cerebro.
  • Aun así confieso que tuve momentos de debilidad. Llegué a configurar la cutre-conexión de mi dumbphone («solo para ver el correo»; no esperaba nada relevante, y nada relevante vino… pero era por recuperar la sensación de estar «conectado al mundo»). Joder, ¡llegué a usar el teletexto de la televisión! («solo para ver qué ha pasado en el mundo»). Las propias limitaciones de estos sistemas (aunque eh, el teletexto moló siempre) impidieron que me enganchase. Pero la cabra tiraba al monte…
  • Hubo momentos en los que reflexioné sobre las cosas útiles del smartphone que me estaba perdiendo. Poder haber usado un mapa, o una información sobre algún sitio que queríamos visitar, o apuntar alguna idea que se te ocurría al vuelo… No son cosas que «necesites», pero sí que te pueden «facilitar la vida». Al final, el smartphone tiene un potencial para el bien. Y también para el «mal» (la distracción indiscriminada). ¿Es posible tener lo bueno sin exponerse a lo malo?
  • También estuve pensando en esa parte «inútil». ¿Por qué siento el impulso de «estar al día» de lo que pasa en el mundo? ¿Por qué dedico tanto tiempo y atención a leer cosas irrelevantes que publica gente a la que apenas conozco? ¿Por qué siento la necesidad de hacer una foto y publicarla, de que se me venga algo a la cabeza y ponerlo en twitter, de dar mi opinión sobre cualquier cosa (sí, me descubrí varias veces pensando «¡esto merece un tuit!»). Mi yo «racional» sabe que no tiene ningún sentido. Que a (casi) nadie le importa lo que yo pueda opinar de casi nada. Que poco o nada de lo que yo lea por ahí va a tener ningún impacto en mi vida. Pero mis actos no son coherentes con mi razonamiento y he estado rascando en el «por qué», que supongo que no es muy distinto al de cualquier conducta de evasión. Porque es lo que haces: evadirte, huir a una realidad alternativa en la que tienes la falsa sensación de «estar haciendo algo» (aunque sea algo tan inane), la falsa sensación de «estar conectado» (con unas conexiones tan débiles que no soportarían un soplido), la falsa sensación de que lo que haces/piensas le importa a «la gente» (cuando en el mejor de los casos te otorgan la misma «lectura diagonal» que tú les otorgas a ellos). Y te evades ahí porque hacer cosas «de verdad» es mucho más difícil (para empezar, te obliga a pensar en qué es lo que quieres hacer, a buscar sentido a tus actos y a tomar las riendas de tu vida… con lo fácil que es dejarse llevar por la inercia…), porque tener conexiones «de verdad» es más exigente, porque asumir tu insignificancia es un golpe duro para el ego. Buf. Aquí hay tomate.

Y claro, después del experimento, toca el regreso. Y compruebas lo fácil que recaes en los viejos hábitos; porque somos animalitos de costumbres, y si quieres modificar un hábito tienes que hacer un esfuerzo consciente. Y tienes rondando en la cabeza las conclusiones que has sacado y lo que significan, pero es tan fácil sumergirse en la cómoda e inocua rutina, y tan incómodo enfrentarse a lo que estás tratando de esconder bajo la alfombra
Me gustaría decir que he vuelto transformado. No. Va a ser más difícil que una caída del caballo a lo San Pablo. Aquí hay mucha tela que cortar.

De vacaciones con un dumbphone (before)

Este año, para las vacaciones, he decidido que el smartphone se queda en casa.
Es curioso. Hace años, leía a gente decir que «me voy de vacaciones, tiempo de desconexión» y no lo entendía. Me parecía que esa visión de separar «vida conectada» de «vida desconectada» no tenía ningún sentido, que no pasaba nada por llevar un aparatito en el bolsillo que te permitía mantener el hilo con el mundo aunque tu entorno físico cambie. Que eres tú quien controla al aparato, y no al revés. Que tu «yo digital» es inseparable de tu «yo físico», y que está bien que así sea.
Pero en los últimos tiempos estoy teniendo una sensación extraña, de «pérdida de control». Lo comentaba hace días cuando hablaba de mi colección de pantallas. El móvil se ha convertido en un apéndice que creo que está empezando a interferir en mi día a día. He adquirido rutinas demasiado absorbentes con él. Me levanto y me pongo a ver el twitter, del twitter pasas al facebook, al instagram, echas un vistazo a los periódicos online, pasas al correo, el whatsapp, un repasito al Clash of Clans… y vuelta a empezar. Me he descubierto rellenando prácticamente cualquier momento de «inactividad» con el móvil (y lo que es peor, dejando que esos momentos se expandan más allá de la teórica «inactividad»); y en demasiadas ocasiones, prestando más atención a lo que pasa en la pantallita que a lo que pasa a mi alrededor. Lo cual es lamentable cuando «lo que pasa en la pantallita» es básicamente irrelevante y no aporta prácticamente nada a tu vida. Pero es bonito, siempre hay nueva actividad, tiene mecanismos de refuerzo psicológico… y es fácil dejarse llevar.
Así que aprovechando que voy a estar unos días fuera, he decidido separarme unos días de este apéndice. He recuperado un móvil antiguo, un «dumbphone», y voy a dejar el «smartphone» en casa. El teléfono elegido es menos «dumb» de lo que me gustaría, porque en realidad permite una conexión básica a la red de datos que en un momento dado podría servirme para «quitarme el mono»… pero creo que su carácter primitivo (ni táctil, ni apps, ni gaitas en vinagre) será suficiente como para romper las rutinas de las que antes hablaba. En realidad iba a escoger un modelo más antiguo (¡de 2003, nada menos!) pero los «amigos» de Vodafone pretendían cobrarme 9€ por liberarlo… y no me ha dado la gana.

¿Cómo van a ser estos días? Nada de twitter (¿qué hará el mundo sin mis agudas reflexiones?), nada de facebook, nada de «hago una foto y la subo a instagram», nada de «a ver qué ha cambiado en las portadas de los periódicos». A ver cuántos momentos al día me descubro echando mano al bolsillo con intención de usar un aparato que no está allí. A ver qué efectos tiene «el mono» sobre mí. A ver a qué se enfrenta mi cabeza sin ese confortable mecanismo de evasión.
PD.- Es curioso. Hace casi 7 años hice un repaso a «los móviles de mi vida»… lo llamativo es que ese aparato al que ahora llamo «dumbphone» y que califico de «primitivo», en aquel entonces era para mí «el móvil casi perfecto» que «cubría muy bien mis necesidades en movilidad». Lo que cambian los tiempos, Venancio, qué te parece…

Esta no es mi concepción del trabajo

El otro día (nota: este post ha pasado meses en borrador… así que ese «otro día» es de hace mucho tiempo) iba escuchando la radio en el coche. Tertulia mañanera, sacaron el tema de la globalización. Y oí una argumentación que me dejó «picueto«.
En concreto, hablaban de los chinos. Que si los chinos vienen a España. Que con esa «filosofía del trabajo» que tienen, que trabajan desde por la mañana hasta por la noche, que empiezan a trabajar muy jóvenes y sólo dejan de trabajar cuando están muy mayores y han conseguido dinero para retirarse… y que encima, con esa «historia que nos hemos inventado» de que hay que competir… que a ver qué iba a pasar, que esa no era nuestra concepción del trabajo, y que no podía ser; que tenían que respetar nuestra cultura (????).
De verdad, alucinante. De sus palabras, se venía a deducir que a los chinos una de dos, o se comprometían a trabajar «a nuestro ritmo», o que no vinieran a «competir» con nosotros.
Otro, ayer. Ganadero de ovejas. «Yo, si me dan un puesto en la Administración o algo, dejo las ovejas ahora mismo». Otra, en un programa tipo Callejeros: «a mí que me den un piso o algo, que yo así no puedo vivir».
¿Cuándo, como país, se nos ha ido tanto la pinza? ¿En qué momento surgió la idea generalizada, y se incrustó en nuestro ADN, de que teníamos derecho a tener la vida solucionada?
Comentando el tema en un grupo el otro día, decían «yo no sé, la verdad, hacia dónde va todo esto». Pues yo tengo una ligera idea: a que se acabó lo que se daba. A que la ficción en la que hemos estado viviendo tanto tiempo, la ficción del «yo tengo derecho a…», ha llegado a su fin. A que cada vez va a ser más evidente que cualquier cosa que queramos, como individuos y como sociedad, la vamos a tener que pelear por nuestros propios medios, porque no hay nadie capaz de garantizar que vayamos a conseguirlas «porque nos corresponde».
En fin, yo a estas alturas ya voy estando cansado de pelear estos asuntos. El que quiera entender, que entienda. Y el que no, que siga pensando que «esta no es su concepción del trabajo» y pidiéndole a «alguien» que haga «algo».