¿Tienes un plan? A ver, enséñamelo

«Me encanta que los planes salgan bien», que decía «Hannibal» Smith en El Equipo A
A todos nos encanta que los planes salgan bien. La cuestión es… ¿de verdad tenemos un plan?. Tomemos cualquier objetivo/intención que tengamos en mente. Encontrar trabajo, perder peso, aprender a tocar la guitarra, mejorar nuestra situación financiera, prepararse un maratón, establecernos por nuestra cuenta… lo que sea. Elige tú, mientras lees esto, cualquiera de tus objetivos. Y ahora, justo ahora, localiza el sitio donde tienes escrito tu plan: los objetivos, las acciones, los plazos, los indicadores que te sirven para controlar la evolución, los hitos, los informes de seguimiento periódico, las medidas correctoras que hayas ido tomando…
Apuesto a que una gran mayoría no tiene nada de eso. A mí, desde luego, me pasa. Cada X tiempo me da un punto reflexivo, pienso en distintas cosas que quiero conseguir, «venga, coño, que no se diga». Puede que más o menos, en mi cabeza, formule algunas «vías de acción» nunca demasiado concretas. Incluso puede que durante algunos días, fruto del entusiasmo, vaya haciendo algo. Luego, llega el día a día y se te cruza en tu camino. Sí, en tu cabeza sigues teniendo esa sensación de «jo, yo quería hacer…», pero se pasan los días, las semanas, los meses… y te das cuenta de que has avanzado poco o nada en tus propósitos. Entonces vuelves a empezar, «venga, ahora sí, que no se diga». Un nuevo «subidón» que no tarda en desinflarse de nuevo.
Es curioso. Porque la «receta» para hacer las cosas mejor suele ser bastante sencilla. Hay una serie de métodos y herramientas, con base científica / estadística que te ayudarán; simplemente es cuestión de seguirlas. ¿Por qué, entonces, no lo hacemos? Yo no creo que sea «falta de motivación» (eso que dicen de «si de verdad quieres, puedes»). Probablemente sea una mezcla de exceso de confianza (nos fiamos demasiado de nuestra voluntad/motivación/intuición) y cierto «miedo a formalizar». Parece que esas cosas de «planificar», de «aplicar un método», de «definir objetivos, acciones, indicadores», establecer una rutina de «revisión, ajuste»… suena todo demasiado rígido, demasiado formal, demasiado… ajeno. Qué somos, ¿robots? Total, si no es tan difícil, para que me voy a andar liando, ya voy yo haciendo.
Pero la realidad es tozuda, y se empeña en demostrarnos que sin plan, nos perdemos. Cada vez que nos planteémos un propósito, si de verdad queremos verlo transformado en realidad, deberíamos acompañarlo con un plan que nos sirva de guía de actuación. No tiene por qué ser un complicadísimo diagrama de Gantt; cada proyecto, cada propósito, tiene sus características y debemos adaptar las herramientas de planificación a ellas. No tiene por qué ser complicado, no tiene por qué robarnos tiempo, no tiene por qué ser incómodo.
Cada día tengo más la certeza de que necesitamos planes, métodos, herramientas, rutinas. Ceñirnos a ellos, con todos sus elementos. Con todas sus servidumbres, llegado el caso, también. Porque nuestra naturaleza humana (desde luego la mía) es limitada y poco fiable, tiene tendencia a la dispersión, y a dejar que los buenos propósitos se queden en eso, en un mero propósito, en un «desideratum» que no llega nunca a concretarse.
Si queremos que «los planes salgan bien», más nos vale tenerlos.

Esto es lo que él cree que está pasando

«Esto es lo que él cree que está pasando… y esto es lo que realmente está pasando»
Este spot de televisión lo recordarán los más viejos del lugar (no en vano data ya de 1999). Corresponde a una campaña de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción. El video, en clave divertida, trataba de ilustrar la percepción distorsionada del mundo que se tiene cuando uno va bajo la influencia de las drogas.
El problema es que no hace falta drogarse para tener una percepción distorsionada del mundo. ¿Quién no conoce casos así? Expertos en «lo tengo todo bajo control», «yo he actuado correctamente», «a mí que me registren», «yo no he cambiado, sois vosotros», «mi hijo es el más guapo y el más listo», «el profesor me tiene manía», «no sé por qué engordo si yo como lo que cualquiera», «mis compañeros me hacen el vacío», «no entiendo por qué me echan la bronca», «no recuerdo haber dicho eso», «mi hijo no pega, es que le provocan», «tampoco es para tanto, ha sido un fallito de nada». Gente que, cuando dice estas cosas, provoca a su alrededor asombro, ojos en blanco, murmullos: «¿Pero de verdad no se da cuenta de la realidad?». Y normalmente la respuesta es que no, que no se dan cuenta. Incluso cuando les muestras evidencias incuestionables, siempre te dirán que «no es lo que parece» o, en su defecto, encontrarán mil y una justificaciones («bueno, sí, pero es que…»)
Unos más y otros menos, tenemos todos una capacidad asombrosa de autoengañarnos, de ignorar la evidencia, de justificarnos, de fabricar una realidad alternativa en la que nosotros lo hacemos todo bien, y si no lo hacemos bien es por culpa de otros.
¿Y cómo se lucha contra eso? Muy difícil. Muy difícil cuando se trata de hacer que otro «vea la realidad», porque no hay más ciego que el que no quiere ver; y cuando cuestionas algo tan íntimo como la visión del mundo que alguien tiene, es más probable que reaccione «dándote una cornada» que aceptando lo que le dices.
Y casi imposible cuando se trata de uno mismo. Según escribo esto (que lo escribo, obviamente, pensando en otros… «porque eso a mí no me pasa»), intento pensar en la cantidad de cosas que yo creo que son de una forma y que en realidad son de otra. Intento pensar las cosas que hago o digo y que provocan ojos en blanco, caras de asombro y murmullos a mis espaldas diciendo «¿De verdad no se da cuenta?». Trato de recordar las veces en las que alguien me ha intentado mostrar la realidad y lo he despreciado diciendo «bueno, no será para tanto», «menuda gilipollez» o «a qué viene este ataque».
Qué difícil es. Tanto hacer autoanálisis (que nos exige «salir de nosotros mismos» para vernos como nos vería alguien de afuera…), como aceptar las opiniones ajenas evitando nuestra tendencia natural a incorporar lo que nos gusta e ignorar lo que no.
Hay que trabajarlo mucho, pero probablemente sea una de las cosas más importantes para mejorar. Y supongo que darse cuenta es el primero de los pasos…

El turbo en tu cabeza

health_bar

El otro día, leyendo este artículo sobre cómo funciona nuestro cerebro, se me vino a la mente una imagen de videojuegos. En los juegos por ejemplo de fútbol, suele haber un botón de «sprint» que te permite correr más. Pero claro, no de forma gratuita: mientras estás corriendo más, hay una barra de energía que va disminuyendo rápidamente… y que una vez vacía del todo te impide seguir usando ese «sprint» (hasta que se vuelva a recargar, algo que hace poco a poco). Esta misma funcionalidad la hay en otro tipo de juegos (p.j. el turbo en los coches, etc.). Un «superpoder» que te permite ventajas durante un tiempo determinado, pero que consume energía rápidamente por lo que no puedes usarlo a lo loco.
El caso es que el artículo describe dos partes de nuestro cerebro, con funcionamientos bien distintos (y aquí que me perdonen los científicos… que yo voy a intentar poner lo que he entendido en mis propias palabras).

  • Por un lado tenemos nuestro cerebro más primitivo, «reptiliano», que más que pensar actúa. Es el instinto, la reacción rápida, la parte de nosotros que piensa en el presente, en lo inmediato, en la supervivencia. Esta parte de nuestro cerebro es la que nos hace comer cuando tenemos hambre, la que nos hace tener reacciones de «lucha o huye» cuando interpreta un peligro… un cerebro muy adaptado para la vida del animal que fuimos (y que, no olvidemos, seguimos siendo).
  • Y luego tenemos nuestro cerebro «moderno», el que nos hace humanos. El encargado de analizar, racionalizar, planificar, crear, controlar, contrarrestar nuestros instintos primarios… en definitiva, es nuestro «superpoder humano», el botón de «sprint» que nos permite hacer cosas que un animal no puede hacer.

La cosa está (y de ahí la analogía) que, al igual que en los videojuegos, este «superpoder» que nos proporciona esta parte de nuestro cerebro gasta su «barra de energía» de forma rápida cuando lo usamos. Y cuando se acaba, perdemos la capacidad de usarlo (hasta que esa energía se repone… algo que no es automático). Y quedamos entonces a expensas de nuestro viejo cerebro animal, incapaces de pensar con claridad, reaccionando más con el instinto que con la cabeza.
¿No lo habéis notado? Ese momento en el que te quedas «plof», que no eres capaz de articular pensamientos, que te quedas en trance delante del televisor, que estás irascible (tu cerebro de reptil que interpreta cualquier palabra o acción como una amenaza a la que hay que reaccionar gruñendo), atracas la nevera aunque sepas que no debes (pero es tu cerebro de reptil ordenándote que repongas energías ahora, quieras o no). A mí, desde luego, me encaja.
Lo curioso es que ese «superpoder» se gasta lo usemos como lo usemos. No sabe distinguir si esa planificación que estamos haciendo es para un proyecto profesional de alto impacto, o para las vacaciones de verano. No sabe si el análisis que estamos realizando es relevante o no. Simplemente se está usando, y se gasta. Como en el juego de fútbol, da igual si pulsamos el botón de «sprint» para perseguir a un rival que se nos va directo a la portería, o si nos estamos dedicando a corretear en solitario por el centro del campo; si le damos al botón, la energía se gasta.
Este enfoque me parece muy interesante, en la medida en que permite (si somos conscientes de ello) usar mejor nuestra capacidad, siendo conscientes también de sus limitaciones. Algo que es especialmente importante cuando hablamos de «trabajadores del conocimiento», cuyo trabajo depende casi por completo de ella.

  • Sabiendo que nuestra «barra de energía» se gasta, podemos ajustar nuestras expectativas. No es razonable creer que vas a poder estar 8 o 10 horas «exprimiéndote el coco». No pasa nada, no eres un «inútil», simplemente es tu cuerpo que funciona así.
  • Del mismo modo, si somos conscientes de que nuestra barra de energía está agotada, de nada sirve empeñarnos en hacer tareas que requieran su uso. No te pongas a analizar un problema cuando estás así, ni a planificar un proyecto. Te costará mucho, seguramente lo hagas mal y tendrás que acabar repitiéndolo más adelante.
  • Habrá que insertar descansos a lo largo del día, alternar actividades «de las que gastan energía» con otras que «de las que permiten que la energía se recargue». No tiene por qué ser tumbarse a la bartola (que también), puede ser dar un paseo o hacer alguna actividad física, puede ser meditar, puede ser hacer alguna tarea rutinaria que no nos exija pensar…
  • Tendremos que elegir bien para qué queremos usar nuestro «superpoder», buscando maximizar el rendimiento de su uso. No lo malgastemos en cosas que no nos aportan. Tener una visión clara de cuáles son nuestras prioridades (que precisamente puede que sea uno de los usos más importantes de nuestra capacidad) nos permitirá cada día tener claro a qué debemos prestarle atención, en vez de dejarnos llevar por lo que va surgiendo y encontrarnos de que al final hemos gastado nuestra energía sin ton ni son.
  • Sería buena idea, también, plantear estrategias que nos permitan minimizar el gasto de «energía pensadora», trasladando pequeñas decisiones del día a día en rutinas que nos liberen de la obligación de pensar. Por ejemplo planificar un menú bisemanal y ceñirse a él (con lo cual te olvidas de tener que estar pensando cada día «qué como hoy», recordando «qué comí los últimos días», «qué tengo que comprar»), limitarse a ropa que combine facilmente aunque sea aburrida…
  • También podemos evitar un gasto excesivo de energía luchando contra la paradoja de la elección, haciendo un esfuerzo consciente en no meternos en una maraña de micro-análisis de múltiples alternativas que al final aportan poco valor. Limitar alternativas y factores de decisión, elegir rápido, y a otra cosa.
  • Del mismo modo, podemos ponernos en alerta ante pensamientos rumiativos: esas veces en las que empezamos a darle vueltas obsesivamente a un tema, sin avanzar («pues le voy a decir a mi jefe que…, pero si él me dice que… entonces yo le responderé… debería haberle dicho… pero es que mira que…»), agotando nuestra energía para nada.

Seguro que hay más formas de sacar partido a esta visión de nuestra capacidad cerebral como «superpoder que se gasta», como el «botón de turbo» del videojuego. Lo que ya sería estupendo sería tener una barra indicadora de verdad, que nos mostrase cómo andamos de energía, cómo de rápido se descarga y se recarga… me temo que eso tendrá que esperar 🙂

¿Te acuerdas de aquel consultor?

Hace unos días, mientras comía con los compañeros/equipo del cliente (ahora mismo, como diría Facebook, «es complicado» saber qué soy), la conversación derivó a recordar algunos proyectos de consultoría a los que se habían visto sometidos en los últimos años. Recordaban (en tono no muy elogioso) alguno de ellos. Obviamente, como yo no había estado allí, permanecí en silencio. Y me puse a pensar…
¿Qué pasará en esa misma mesa cuando, quién sabe en qué momento del futuro, yo ya no esté vinculado a ese proyecto? ¿Cómo hablarán de mí, y de mi trabajo? ¿Me recordarán, siquiera? ¿Lo harán con cierto aprecio, o sin rastro de él? ¿Valorarán algún impacto positivo en la empresa, o me verán como uno de esos «charlatanes» que consiguió engañar a alguien para que le pagase unas facturas? De hecho, tampoco hace falta esperar a no estar… ¿qué pensarán hoy?
En realidad, en los siguientes días le estuve dando vueltas a este mismo razonamiento, pero aplicado a los proyectos en los que he trabajado en el pasado. Miré hacia atrás, intentando imaginarme comidas y conversaciones similares en todos esos clientes. ¿Saldré en alguna de ellas, o por el contrario no quedó nada de mí en ellos? Y en el caso de que la respuesta sea sí… ¿saldré bien parado yo? ¿saldrá bien parado mi trabajo, mi actitud profesional, mi trato personal? Asusta pensar que, después de 14 años que van a cumplirse dando tumbos por ahí, nadie se acuerde de ti ni de tus proyectos… pero si así fuera, es que algo no hiciste bien.
Es cierto, uno no puede estar todo el rato en plan «intenso», dándole vueltas a estas cosas. Tienes que hacer las cosas lo mejor posible, de la forma más honesta que puedas. Al final, hay una parte de «lo que otros piensan de ti» que está fuera de tu control. Pero aun así, tener en mente el «impacto» o la «huella» que dejas, tanto a nivel profesional como personal, creo que puede ser una buena brújula para el comportamiento diario.
PD.- Hablo de «consultor» porque es lo que aplica a mi experiencia personal… pero en realidad el razonamiento puede ser 100% aplicable a cualquiera. Todos nos relacionamos a diario con gente, tanto dentro de nuestra empresa como fuera de ella, a nivel personal y a nivel profesional. Todos podemos dejar huella, positiva o negativa, más fuerte o más ligera.

To hone

Hay un verbo en inglés al que, vaya usted a saber por qué, le he cogido cariño. Se trata de «To hone«. Tiene varias acepciones, íntimamente relacionadas. Podemos traducirlo como «afilar«, y aplicarlo de forma estricta (afilar un cuchillo, una espada…), o en sentido figurado a una habilidad (en el sentido de perfeccionarla).
Ya solo con eso, sería una palabra bonita. Perfeccionar tus habilidades, tal y como mencionaba el otro día cuando hablaba de de luchar contra la inercia.
Y sin embargo, hay un matiz adicional que mi cerebro le ha añadido. Relaciono «hone» con «honor». No sé si etimológicamente tendrá alguna relación, sospecho que no. Pero sin embargo, en mi mente sí la tienen. Imagino al caballero medieval, o al samurai, sentado alrededor del fuego, con una piedra, afilando con esmero su espada, una y otra vez, hasta conseguir el filo perfecto. Mimándola. Dedicándole su tiempo y atención a tener sus «herramientas de trabajo» en perfecto estado de uso. Honrándolas. Reverenciándolas, conscientes de que su importancia.
Y si nos vamos a la segunda acepción, la que se relaciona con las habilidades (o, si nos ponemos bíblicos, con tus «talentos»)… «Hone your skills». Mejorarlas, perfeccionarlas. Pero también honrarlas, ser conscientes de su importancia, de lo afortunado que eres por tenerlas, dedicarles tiempo, cariño, respeto.
Honor.

Amar lo que haces, hacer lo que amas… ¿cuál es la buena?

Imagino que todo el mundo habrá escuchado/leído alguna versión de este «juego de palabras», la dicotomía entre «amar lo que haces» y «hacer lo que amas». Yo sí, y siempre me ha parecido que encierra un gran conocimiento… pero me pasa con ella como con el clásico «una de cal y una de arena». ¿Cuál es la buena? ¿La cal o la arena? ¿Qué es lo que debemos buscar? ¿Amar lo que hacemos, o hacer lo que amamos? Porque así a priori puedo encontrar argumentos válidos para las dos… pero al final, con el tiempo, he ido haciendo mía una interpretación que, en realidad, elimina en cierta medida la incompatibilidad entre ambas.
Hacer lo que amas. Sí, vale, de acuerdo, ¿cómo no va a resultar un buen consejo? Puestos a poder elegir, mejor hacer algo que te gusta que algo que no te gusta. Ahora bien, es un consejo que tiene no uno, sino varios trucos. En primer lugar, porque no es fácil identificar «lo que amas». A veces nos pueden venir ramalazos y pensar «podría pasarme la vida haciendo…», pero son pocas personas las que sienten en su interior una pasión tan intensa y sostenida en el tiempo; la mayoría mezclamos intereses que en distintas épocas se van sucediendo con distinta intensidad, y que no somos capaces de identificar con claridad.
Además, la mayoría del tiempo perseguimos algo que no existe, una versión idealizada de nuestra pasión que, si un día por casualidad logramos vivir, puede llegar a ser muy decepcionante. Porque desde fuera es fácil imaginar que tu vocación se desarrolla a la perfección, al dictado de tu imaginación. El que sueña con ser arquitecto se imagina diseñando grandes edificios significativos, no visando planos de aburridos pisos de extrarradio. El que sueña con ser periodista se imagina realizando investigaciones dignas de premios Pulitzer, y no cubriendo la enésima rueda de prensa del político de turno. El que sueña con ser fotógrafo se imagina recorriendo el mundo cámara en ristre, y no haciendo fotos de carnet por 5 euros o dedicando sus fines de semana a hacer bodas. El que sueña con ser pintor se imagina creando grandes obras de arte, y no pintando mil veces el mismo lienzo de venta en tiendas de decoración. El que sueña con ser programador se imagina creando un software alucinante, y no el enésimo parche de un software de contabilidad. Etc.
Y eso, asumiendo que existe una versión de «lo que amas» (incluso aunque resulte aburrida, decepcionante y alejada de nuestras ensoñaciones) que nos permita mantenernos económicamente. Porque no olvidemos que, al final, hay que ganarse la vida, que nadie nos debe nada. Que podemos desear con todas nuestras fuerzas vivir de la petanca, pero a lo mejor simplemente no es posible.
Así que sí, «haz lo que amas»… pero con cuidado, porque a lo mejor no es tan buen consejo y más nos vale tener un plan B. Que es, en realidad, «ama lo que haces».
¿En qué consiste lo de «amar lo que haces»? Yo lo interpreto desde una perspectiva que puede sonar un poco «zen»… Dado que en un momento determinado tienes que hacer lo que tienes que hacer, procura hacerlo lo mejor posible. Procura enfocarlo de la manera más positiva posible, procura aprovechar para aportar algo, procura extraer de esa experiencia el mayor aprendizaje que puedas. Concéntrate en lo bueno que tiene lo que haces, siempre hay algo. Pon curiosidad, pon interés, pon afán de superación. Tengo un amigo, al que respeto muchísimo, que siempre dice «Mira, Raúl, yo siempre procuro dar el máximo; y si me dicen que vaya a hacer un café, voy a procurar que sea el mejor café del mundo».
Por supuesto, no se trata de conformismo puro y duro, de darte igual lo que te pase. No dejamos de ser responsables de nuestra vida, y por lo tanto de dirigirla hacia donde queramos en la medida en que podamos. Pero ese «en la medida en que podamos» no es baladí. Porque a veces esa medida es pequeña, y es tontería estar permanentemente hundido en la frustración de no poder hacer lo que presuntamente amamos (que además en el 99% de los casos dista de ser ElDorado que imaginamos), en vez de aprovechar y disfrutar lo que tenemos… en definitiva, de amar lo que hacemos.

PD.- Como ves, he añadido un episodio del podcast Diarios de un knowmad dedicado a este tema. Si te gusta, puedes suscribirte en iVoox y en iTunes, comentar, recomendar, compartir…

Si yo fuera…

¿Cuántas veces no haremos este razonamiento a lo largo del día? «Si yo fuera el jefe de mi departamento, haría A, B, o C». «Si yo fuera el CEO, lo enfocaría de esta manera». «Si yo fuera el Presidente del Gobierno, lo que haría es…». «Si yo fuera el seleccionador nacional de fútbol, apostaría por…». «Si yo fuera el padre de ese hijo…»
Nos pasamos el día elucubrando (además, con una seguridad pasmosa) sobre lo que haríamos si fuéramos algo que no somos. El problema es que no somos esa otra persona, no tenemos esa otra responsabilidad, no tenemos todos los datos. Es muy fácil ver los toros desde la barrera.
Quien más y quien menos ha vivido la experiencia de criticar algo desde fuera, para luego vivir esa misma experiencia desde dentro. Por ejemplo, cuando eres «el hijo» piensas muchas cosas sobre cómo te comportarías tú siendo padre… y luego acabas siendo tú el padre y piensas «ah, coño, no era tan fácil». O cuando eres el becario y tienes muchas opiniones sobre «cómo se debería tratar a los becarios», y años más tarde eres el que se encarga precisamente de coordinarlos. O cuando eres el que se queja porque fulanito no te responde un mail, y luego eres tú el que tiene que gestionar decenas de ellos al día y alguno se te escapa. Etc. Resulta curioso, en estas situaciones, comparar «qué es lo que yo pensaba desde fuera» con «qué es lo que pienso una vez vivida la experiencia». Normalmente, si somos sinceros con nosotros mismos, nos tocaría comernos la mayor parte de nuestras palabras. Sí, a veces podemos hacer las cosas mejor, pero en muchas ocasiones hay factores que desde el desconocimiento no habíamos considerado, y acabamos incurriendo en comportamientos parecidos a los que criticábamos; y tenemos que concluir que a lo mejor ése a quien tan alegremente criticábamos no era tan incapaz, tan torpe, tan malintencionado. Como se suele decir, «al que juzgue mi camino, le presto mis zapatos».
Si cuando hemos vivido esas situaciones desde los dos lados sacamos esa conclusión, eso debería llevarnos a ser un poco más cautos cuando enjuiciemos la labor de otro. No hace falta vivir el proceso completo (critico desde fuera, experimento en primera persona, me vuelvo más comprensivo) para extrapolar el razonamiento. A cualquier crítica que nos venga a la cabeza deberíamos ponerle una cierta sordina, porque es muy probable que haya cuestiones que no hayamos ponderado adecuadamente, y habría que vernos a nosotros en esa misma situación. Empatía, dicen que se llama… aunque es más fácil decirlo que hacerlo; así de egocéntricos solemos ser.
Y curiosamente, mientras dedicamos tanto tiempo a pensar en «lo que yo haría si fuera…», reflexionamos muy poco sobre «lo que tenemos que hacer siendo quien somos», y con las responsabilidades que tenemos. ¿Lo hacemos realmente lo mejor que podemos? ¿Tenemos capacidad de autocrítica? ¿Sabríamos encajar los mismos juicios que nosotros hacemos alegremente sobre otros? ¿O tendemos a ver la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio?
No está mal la crítica constructiva; pero siempre desde la prudencia, no desde la soberbia del «yo lo haría mejor con los ojos cerrados». Y puestos a criticar, empecemos por nosotros mismos.

The story of Anvil: la pasión siempre queda

Ayer estuve viendo la peli-documental «The Story of Anvil«, que me dejó un regusto agradable.
Resumen: banda de heavy metal que a principios de los 80 se codean con Scorpions, Bon Jovi y otras del estilo. Reconocidos por sus contemporáneos como banda influyente. 30 años después, la banda sigue en activo. Sus dos componentes originales, amigos desde la adolescencia, llevan 35 años con la aventura. Nunca les sonrió la suerte en forma de megaéxito comercial, pero ellos han seguido sacando discos como podían, tocando cuando tienen la oportunidad, mientras se ganan la vida con otros trabajos «de gente normal».
Hay ratos de la película donde los protagonistas, pese al paso del tiempo, siguen siendo los adolescentes ilusionados que se endeudan para grabar un decimotercer disco y se patean compañías de discos esperando firmar, por fin, un gran contrato. En otros momentos son más conscientes de la realidad de que a sus 50 años ya difícilmente van a coger ningún tren con destino al estrellato, que tendrán que seguir sus vidas, con sus familias, sus trabajos, y simplemente disfrutar del rock como han hecho siempre, en su día a día.
Y en esa combinación de sensaciones se mueve la película: aceptación serena (y en gran medida satisfecha) de lo que tienen, sin olvidar la ilusión casi infantil por conseguir algo más. Lo que nunca, nunca aparece es el arrepentimiento: «no debí haber apostado por esto». Iniciaron un camino siguiendo su pasión, y aunque en algún momento puedan sentir frustración porque «pudieron tener algo más», cuando miran su historia, y su presente, «que les quiten lo bailao».
Porque la lotería del estrellato les toca a muy pocos y la inmensa mayoría no podemos vivir de lo que nos apasiona. Sin embargo, el éxito es relativo

Mapas mentales para niños

Hace un tiempo comentaba sobre la técnica del «mindmapping» o «mapas mentales». Una herramienta que definitivamente he incorporado a mi forma de trabajar, y que me ayuda mucho a estructurar y relacionar la información sobre un tema concreto.
Hoy he aprovechado para experimentar de nuevo con ellos. Y en este caso no sobre mí mismo, sino sobre mi hijo. Pablo tiene 6 años, ha empezado 1º de Primaria este año, y poco a poco irá notando el incremento de exigencia en el cole. Por ejemplo, estos días tiene que elaborar un trabajo sobre «los burros» (están leyendo «Platero y yo»), y cuando le empecé a preguntar «¿qué quieres poner sobre los burros?» y él me empezó a decir cosas inconexas (según le venían a la cabeza: «¡que tienen orejas grandes!» «estamos leyendo el cuento de Platero» «había un burro en Shreck»…), ví claramente la oportunidad de utilizar un mapa mental.
Así pues, cuando me dijo «¡que tiene orejas grandes!», traté de orientarle a «qué otros rasgos físicos tiene un burro» para poner todo ello bajo el ramal de «cómo son los burros». Cuando me hablaba de Platero, traté de orientarle a «otros burros famosos» para agruparlos. «Para qué sirven los burros», y de ahí tratar de sacar todas las utilidades. Y mientras tanto, yo iba dibujando el mapa. Lo curioso es que luego, sobre la base del mapa que yo había dibujado, él automáticamente empezó a seguir la «lógica de pensamiento», agrupando iguales con iguales. Seguía los ramales y, si le faltaba algún detalle, me decía «tenemos que buscar la respuesta a esto». Si se le ocurría una idea nueva (algo que surgía mientras buscábamos información en internet), él mismo se encargaba de buscar el ramal donde encajarlo (incluso directamente de escribirlo)

¿El resultado? Lo que eran al principio «ideas inconexas» se transforma en conceptos agrupados de forma lógica. De ahí a trasladarlo a un documento, ya sólo hay un paso. Mera ejecución (fotos, texto…) de un plan previamente trazado, coherente y completo.
Es curioso. Para mí, la forma de estructurar información de los mapas mentales me resulta muy natural. Y ya no sé si es por el mero hecho de ser «mayor», por que mi cerebro tiende a pensar de esa forma, o si las herramientas me han ayudado a encauzar esa forma de pensar. En todo caso, creo que es muy útil. Y en la medida en que pueda, trataré de transmitírsela a los niños. Eso que llevan ganado.
PD.- Tony Buzan tiene un «Mind maps for kids«, que no he leído… ¡lo revisaré!

Dicen de mí…

Hace unos días me decidí a llevar a cabo un experimento al que llevaba un tiempo dándole vueltas: preguntar en twitter cómo me ven desde fuera.
¿Por qué? El origen de la idea venía de una reciente reflexión que me hacía sobre «qué poner en la bío de twitter» (el párrafo introductorio con el que se supone que te «defines a ti mismo»). Es un ejercicio que siempre me ha costado trabajo; ¿qué destacar de uno mismo? ¿Uno es como se percibe, o como le perciben los demás? Y teniendo en cuenta que esa «bio» sirve como banderín de enganche para los que llegan a uno por primera vez sepan qué se van a encontrar… ¿por qué no darles directamente la información de lo que otros como ellos ven?
Así que pregunté.
Ojo, soy plenamente consciente del sesgo que tiene esta encuesta. Para empezar, está respondida por los que me siguen en twitter, es decir, aquéllos que voluntariamente le dieron un día al botón de «seguir» y que, pasados los meses o los años, siguen ahí. Los que alguna vez llegaron a leerme y pensaron que era aburrido, irrelevante, cargante o directamente un imbécil (que seguro que los ha habido) no estaban ahí para dar esa opinión. De hecho, recibí unas 50 respuestas (¡gracias!), que viene a ser un 2% de mis followers… que probablemente serán los más afines, los que más cercanía sientan conmigo (al menos, yo es a quien me molestaría en responder una pregunta así). O sea, que las respuestas tienen, irremediablemente, cierto sesgo «amable». Aun así, es curiosa la sensación de ver qué rasgos de uno mismo llaman la atención de los demás, cómo te etiquetan, qué cosas destacan por encima de las demás.
A continuación, la lista de resultados:

  • sensato
  • Estratega
  • cercano
  • coherente
  • Anticorriente
  • vehemente
  • Mordaz
  • interesante
  • Es joven en inquietud pero viejo y cascarrabias en algunas actitudes. Interesante y desconcertante a la vez, un mix raruno pero buena persona. 😉
  • coherente
  • Depueblo
  • Sobrio
  • Buscando
  • Sentido común
  • Ecléctico
  • Formal
  • constante
  • suficiente
  • Multidisciplinar, directo y eficiente
  • prudente
  • prudente
  • buena persona, campechano y con sentido común
  • interesante
  • Instructivo
  • honesto
  • análisis
  • Cabal
  • Acido
  • Sincero
  • buscador de respuestas
  • Siempre con una segunda mirada. Una antítesis muchas veces, que siempre merece leer.
  • Franqueza.
  • Reposado.
  • sincero
  • Management humanista
  • Una persona de principios sólidos, y muy reflexiva
  • Profesional
  • ideas claras
  • analítico
  • No se corta.
  • Central
  • Brutalmente honesto
  • Tolerante
  • directo
  • responsable
  • confiable
  • Un hombre tranquilo
  • Intenta ser siempre objetivo
  • malabarista
  • Scrooge

La verdad es que me gusta el resultado. Me gusta que la persona que otros ven se parezca bastante a la persona que creo ser; que, a través de lo que digo (en este caso en twitter, pero también en el blog) soy capaz de «dejarme ver».
Y me gusta también haber sido capaz de dar el salto de «preguntar a otros»; incluso con la «red de seguridad» que supone el sesgo que antes mencionaba, hay un punto de «incomodidad» en dar el micrófono a otros para que te digan (anónimamante, como es el caso) cómo te ven, de «tensión» por saber qué piensan de ti, incluso de miedo a cómo les parecerá el mero hecho de preguntarles.
En definitiva, un ejercicio muy satisfactorio. Gracias de nuevo a los que habéis participado, de verdad.