Ser productivo da vértigo

No digo que yo sea hiper-productivo. Pero sí que, en algún momento, me he acercado al precipicio de la productividad, y he mirado para abajo. Y da vértigo.

Hablo de la productividad bien entendida. Es decir, no de la productividad que consiste en «hacer muchas cosas como pollo sin cabeza», de tachar to-dos (o «quehaceres», como lo escuché no hace mucho) como si no hubiera mañana, si no de la productividad que viene después de reflexionar sobre «qué proyectos son importantes para mí» y sobre «qué tareas son realmente importantes para ese proyecto». De la productividad que se esconde tras el dicho «nada hay más improductivo que hacer de forma eficiente lo que no merece la pena ser hecho». De la productividad que David Allen sitúa «a 40.000-50.000 pies de altura» en su método GTD.

Y da vértigo porque, para empezar, mirar tu propia vida y tu actividad desde esa altura te obliga a plantearte preguntas muy serias, muy profundas. Preguntas que no estamos acostumbrados a hacernos, preguntas que desde luego no tienen una respuesta fácil. Preguntas que tienen, en definitiva, el potencial de hacernos cambiar de arriba abajo nuestra vida. Y eso da miedo, y como resultado muchas personas prefieren simplemente no hacerse esas preguntas y regresar a su nivel de seguridad, al de las listas de «to-dos» controlables, «tachables», en permanente crecimiento.

Pero incluso si desafiamos ese primer vértigo, después hay más. Porque cuando uno reflexiona sobre los proyectos y tareas importantes, aquellos proyectos que realmente merecen la pena y aquellas tareas que realmente hacen que esos proyectos avancen de forma significativa, se da cuenta de que normalmente son… difíciles. Y no tanto por complejidad «técnica», sino porque nos obligan a salir de nuestra zona de confort, a exponernos, a arriesgarnos… y por lo tanto son enormemente incómodas de acometer. Y entonces preferimos demorarlas en el tiempo, meter entre medias muchas tareas intrascendentes pero más cómodas de abordar, que nosotros mismos nos encargamos de racionalizar. Tenemos «mucho lío», y así no tenemos que enfrentarnos al vértigo de las tareas relevantes pero incómodas.

Y aun hay más. Porque si realmente definimos las Tareas Más Importantes que vamos a acometer cada día, y nos ponemos a ello con el foco adecuado, superando el miedo que nos provocan… comprobamos que somos capaces de resolverlas en poco tiempo. Lo cual nos enfrenta a otro vértigo: ¿qué hago con el resto del día? Todos decimos que «tenemos mucho que hacer», que «si tuviera más tiempo»… pero cuando luego te enfrentas a esa disponibilidad de tiempo (que se lo digan a muchos jubilados; o a cualquiera muchos domingos por la tarde) te bloqueas, te ves sobrepasado. Y ante esa visión, mucha gente prefiere no ser tan productivo; así, evitas la pregunta.

Hay veces que uno oye hablar de productividad como si fueran meras técnicas para «hacer cosas rápido». Y no es eso; al menos, no sólo eso. En el fondo la productividad bien entendida sirve, sobre todo, para enfrentarnos con nosotros mismos.
Seguramente son difíciles de hacer (y no tanto por complejidad «técnica», sino porque nos obligan a salir de nuestra zona de confort y por lo tanto son enormemente incómodas de acometer)

La importancia de la práctica deliberada

Moonwalking with Einstein

Hace unas semanas estuve leyendo un libro llamado «Moonwalking with Einstein«. Se trata de un relato, bastante entretenido, de cómo un periodista se acerca al mundo de la mnemotecnia (técnicas de memorización) y los concursos de memoria, y decide prepararse para competir en uno de ellos. A lo largo de su periplo va haciendo un repaso tanto de la historia de la disciplina, como de distintas técnicas. Y todo de una forma bastante desmitificadora, además.

El caso es que el autor cuenta cómo se empieza a preparar, comienza a utilizar técnicas mnemotécnicas… y empieza obteniendo resultados soprendentes, dando un salto cualitativo enorme en sus capacidades. Y así continúa, dedicándole horas, incrementando su nivel por encima de la media… hasta que llega un punto en el que, a pesar de la dedicación, se estanca. No consigue mejorar sus «marcas personales». Y entonces se frustra: «¿cómo es posible, con la de tiempo que le estoy dedicando, que no mejore?»

En ese punto interviene uno de sus mentores, que le da una serie de consejos, gracias a los cuales consigue salir de ese estancamiento y volver a coger la senda de la mejora.

El caso es que el autor, después de completar su aventura, remarca este punto como uno de los más importantes de todo el proceso. Y de hecho lo extrapola (y ahí es donde a mí me resulta aleccionador) a cualquier otra práctica. Porque yo mismo lo he vivido (en mi caso, por poner el ejemplo más reciente, con la guitarra), y sus reflexiones me pueden servir para «desbloquearme».

Estancamiento en el aprendizaje

En cualquier disciplina que emprendes, el inicio de la curva de aprendizaje es bastante rápido. A poquito que practicas, aunque sea sin ningún orden ni concierto, pasas de «la nada» al «algo», y el retorno de cada minuto de práctica es muy elevado. Sin embargo, a medida que avanzas, las cosas se complican. Cada nuevo paso cuesta más, mientras que el resultado no es tan aparente. Hasta que llega un punto en el que te estancas: por ti mismo no eres capaz de avanzar más, y eso aunque le dediques tiempo (que normalmente se centra en volver una y otra vez sobre lo ya conocido). No es extraño que aparezca la frustración (si tienes voluntad de seguir avanzando) o el acomodamiento (si piensas «bueno, con este nivel ya me vale»). De hecho, se suele denominar este punto el «OK Plateau»

Este fenómeno ha sido estudiado por la psicología. En el libro se mencionan los estudios de Fitts y Posner, en los años 60, en los que se describen tres etapas en la adquisición de una nueva habilidad: la fase cognitiva (en la que prestamos atención consciente, con una perspectiva analítica, al aprendizaje), la fase asociativa (en la que cada vez interiorizamos más la práctica)… hasta llegar a la fase autónoma, en la que nuestro cerebro «da por aprendida» la habilidad, y deja de prestar atención a la misma. Es ese punto en el que se produce el estancamiento, el tiempo dedicado a la práctica no se traduce en ninguna mejora porque nuestro cerebro simplemente está «ejecutando algo ya sabido», no aprendiendo nada nuevo.

La práctica deliberada

¿Es insuperable ese estancamiento? No. De nuevo el libro menciona a Anders Ericsson (experto en análisis de rendimiento), que se refiere a un conjunto de técnicas orientadas a sacar a nuestro cerebro de la «fase autónoma» y obligarle a devolverle a las etapas previas del proceso de adquisición de la habilidad. Rutinas muy focalizadas, muy concretas, a las que denomina «práctica deliberada«, y que se basan en las ideas de centrarse en la técnica, orientación a resultados y feedback constante e inmediato.

Estas reflexiones me hicieron pensar, y reflexionar sobre algunas de mis propias experiencias de aprendizaje. Por ejemplo, conducir. Cuando «aprendes a conducir» pasas la fase cognitiva («embrague, freno, acelerador», o aprenderte las señales o las prioridades en un cruce, o «cuando las revoluciones lleguen a 3000 cambia de marcha»). Durante las prácticas y primeros meses de conductor, pasar por la fase asociativa (interiorizas y automatizas esos conocimientos). Y luego… simplemente conduces. Tu cerebro «da por aprendida» la habilidad, alcanzas un nivel que consideras adecuado… y a otra cosa mariposa. Salvo que seas un profesional de la conducción, que entonces seguirás desarrollando técnicas específicas (p.j. conducción en mojado, habilidades acrobáticas, gestión de la electrónica, etc.).

O, como decía antes, aprender a tocar la guitarra: empiezas analizando el mástil, los trastes, las notas. Aprendes a leer diagramas para poner acordes. Todo fase cognitiva… que va dando paso a la fase asociativa (los acordes empiezas a automatizarlos, etc.). Hasta que llega un punto en el que eres capaz de tocar algunas cancioncillas… y entonces sientes que ya no estás aprendiendo, sino simplemente poniendo en práctica lo ya aprendido. Tocas, pero no mejoras.

A los músicos dedica el autor un párrafo: «Los músicos amateurs, por ejemplo, tienden más a dedicar su tiempo de práctica a tocar canciones; por el contrario, los profesionales tienden más a realizar tediosos ejercicios o a practicar las partes más difíciles de las piezas». Práctica deliberada.

Algo parecido he oído (esto no es experiencia de primera mano :D) sobre el deporte. Alguien empieza a correr, y simplemente con la práctica va mejorando sus tiempos. Hasta que llega un punto que el mero hecho de «salir a correr» no le mejora. Necesita empezar a desarrollar técnicas específicas (series, sprints, correr con resistencia) para mejorar. Y si nos vamos a nivel profesional, en el que ya analizan y practican la pisada, la zancada, el estiramiento de cada músculo…

En definitiva, y parafraseando de nuevo al libro: «Cuando quieres ser realmente bueno en algo, el cómo practicas es más importante que el cuánto practicas«. Hay que desafiarse continuamente a uno mismo, analizarse, fallar y aprender de los errores.

Y sólo por esta reflexión, leer el libro ya mereció la pena.

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Por qué no sabemos encontrar la felicidad

He estado leyendo últimamente un libro curioso. Se llama «Stumbling on Happiness«, de Dan Gilbert. Y en contra de lo que pueda parecer por su título, no se trata de un libro de «autoayuda», ni de una pastelada sobre la felicidad, los arcoiris y los unicornios. Gilbert es un psicólogo que analiza el fenómendo de la felicidad desde un punto de vista científico, haciendo alusiones constantes a innumerables estudios y experimentos realizados a lo largo de los años.
La tésis que más me ha impactado de todas las que defiende es el hecho de que en cierto modo es inútil buscar la felicidad. Es decir, que sirve de muy poco hacer hoy planes de futuro pensando que «si hago esto y lo otro, seré más feliz». Y las causas son dos.
La primera, que el futuro nunca es como creemos que va a ser. Nuestro cerebro está permanentemente imaginando el futuro, y nosotros tomamos decisiones en base a esas visiones. Pero en este proceso, el cerebro siempre aplica una cantidad de sesgos tales en su concepción que luego, cuando el futuro se convierte en presente, rara vez coincide con lo que habíamos imaginado. Si el cerebro «adorna» lo que recordamos, incluso lo que percibimos en el momento… ¿cómo no va a «adornar» lo que todavía no ha sucedido?
Y la segunda, que somos incapaces de predecir de forma fiable cómo los acontecimientos futuros nos van a hacer sentir. Es decir, que aunque fuésemos 100% precisos con nuestra visión de los distintos futuros alternativos (cosa que, como he dicho antes, no es cierta ni de lejos), no podríamos hacer una valoración fiable del impacto emocional (de la «felicidad» que obtendríamos) en cada uno de ellos.
Así pues, nos encontramos con que las decisiones que tomamos hoy sobre nuestro futuro, mediante las que intentamos proporcionarnos «la mayor felicidad posible», están afectadas por dos errores de cálculo garrafales. Es completamente normal, por lo tanto, que cuando reflexionamos sobre nuestra felicidad actual (o su ausencia), nos preguntemos: «¿Cómo es posible que las decisiones que tomé en el pasado no me hayan traído la felicidad que buscaba?»
Como dice el título del libro, a la felicidad no llegamos siguiendo un plan de acción. De hecho, los planes de acción «en busca de la felicidad» tienen todos los ingredientes para fallar. Con la felicidad nos tropezamos… y gracias.

Haciendo un mapa mental

Hace un tiempo que tomé contacto con el concepto de «mapa mental» (mind mapping), desarrollado por Tony Buzan. Lo vengo usando a nivel «conceptual» para gestionar proyectos, para elaborar contenidos (artículos, charlas)… y la verdad es me gusta como herramienta. Pero hasta hoy no había hecho un mapa mental «completo» (el que he usado para el post sobre networking).
Efectivamente, hasta hoy lo único que hacía era utilizar la idea básica del «mapa mental» (conceptos conectados de forma radial a partir de una idea principal). Pero lo hacía con boli y papel, únicamente con palabras y líneas. No había dado «el siguiente paso», que para Buzan es parte intrínseca de la herramienta, consistente en añadir un componente gráfico (colores, dibujos, formas…). Para Buzan, gran parte de la gracia de los mapas mentales está en el aspecto visual, que por un lado nos permite elaborar/relacionar/caracterizar más los conceptos (ya que mientras dibujamos entra en juego nuestro «lado derecho del cerebro») y por otro nos permite recordar mejor el conjunto del mapa (ya que lo vinculamos a imágenes, mucho más recordables para el cerebro). Es pura aplicación de visual thinking.
Francamente, es un reto dar ese paso. Requiere tiempo, imaginación, unas habilidades que normalmente no tenemos desarrolladas, varias idas y venidas hasta conseguir cierta coherencia… pero a la vez tiene un punto divertido, para qué nos vamos a engañar. Y el truco es que, mientras estás pinta que te pinta (Buzan recomienda papel y pinturas… yo me he ido directamente al ordenador) sigues en realidad dándole vueltas a los conceptos y relaciones que estás intentando plasmar.

¿Son eficaces los mapas mentales? Yo creo que sí. Pero no porque en sí mismo sean una «herramienta superior» (me desmarco aquí de Buzan, que viene a decir que los mapas mentales son la octava maravilla, que sirven para todo, que «reflejan la forma de pensar del cerebro»; aunque sin duda cosas interesantes tiene). Al final, elaborar un mapa mental exige para empezar una labor de filtrado, priorización y relación de ideas. Es decir, que en ese proceso vas haciendo tuyo el tema que estés tratando, interiorizándolo, dándole sentido y forma. Un proceso de lectura, análisis y síntesis que, en sí mismo, ya tiene un valor notable. Y la fase de «embellecimiento» lo que hace es consolidar todo eso; sobre una estructura conceptual ya fijada, te dedicas a repasar y a complementar el sentido de las palabras y las relaciones con elementos gráficos que ayudan a fijarlo.
Como ocurría con los resúmenes en la época de estudiante, creo que la mayor parte del valor del mapa mental no está en el resultado, sino en el proceso. Es ahí, mientras lo estás elaborando, cuando haces el trabajo. Observar un mapa mental ajeno, por lo tanto, tiene un valor limitado. Puede ser más o menos bonito/curioso, más o menos coherente… pero todo el conocimiento que se esconde detrás sólo está al alcance de quien lo elaboró.

Leer y aprehender

Leía hace unas semanas una entrevista a Iñaki Gabilondo en la, por otra parte muy recomendable, revista JotDown. Gabilondo es un tipo que en términos generales me cae muy bien; incluso con las diferencias que pudiese tener respecto a su línea de pensamiento (especialmente la política), me parece un tío normalmente sensato, ponderado… y una entrevista como ésta, donde se tratan muchos temas, pues fue muy agradable de leer.
El caso es que, de todo lo que dice, hubo algo que se me clavó. Hablan de su afición a la lectura, sobre cuánto lee, cuánto relee… y cuánto olvida. Y dice…
«Sí, se me olvida todo, pero hace ya mucho tiempo que no me importa. Hubo un momento, cuando era más joven, que además de aprender quería aprehender, y cuando me di cuenta de que se me iban olvidando títulos, autores… sufría, porque me daba la impresión de que no estaba convirtiendo en útil lo que estaba aprendiendo. Pero hace ya unos 30 años que eso no me importa absolutamente nada, porque lo que pretendo me satisface y disfruto es la impregnación. Igual que con la música, no la quiero para nada más, para ningún uso posterior, lo que me haya dejado me vale. «
Si la wikipedia anda bien, Gabilondo debe andar ya rozando los 70. Es decir, que sus «hace unos 30 años» a los que se refiere encajan más o menos con mi momento actual. Me hizo pensar su frase, porque yo estoy viviendo ahora con esa sensación de que «no convierto en útil lo que aprendo». Me interesan cosas, leo sobre ellas, muchos inputs entran en mi mente, intento que pasen a formar parte de lo que ya sé, hacer mapas mentales, tal y cual… pero tengo la percepción de que me dejo mucho en el camino. De que leo, y luego no hago nada con ello. De que aprehendo poco.
Quizás sea un signo de madurez llegar a lo que Gabilondo ha llegado. A que te dé igual, a que te baste con disfrutar del momento sin aspirar a más.

Los siete trucos (*) de Tamariz para hablar en público


El otro día tuve el enorme privilegio de asistir a una función de Juan Tamariz, considerado por muchos el mejor mago del mundo. Tengo el recuerdo de Tamariz desde que, en los años 80, participaba en el mítico programa de televisión 1, 2, 3. Y hace poco se me metió en la cabeza que estaría bien ver uno de sus shows en directo. Dio la casualidad de que, en el marco del Festival Internacional de Magia de Madrid, tocaba función en la capital… así que me agencié una entrada.
Qué gran acierto. Qué espectáculo tan extraordinario. Qué divertido, qué fascinante, qué… mágico. Salí entusiasmado, después de ver cómo un señor de casi 70 años entretenía durante más de dos horas a un público entregado. Pasé gran parte de la función con la boca abierta, y otra parte importante riendo a mandíbula batiente. El resto, aplaudiendo a rabiar, como un niño pequeño, como hacía muchos años que no aplaudía. Vi, con mis propios ojos, magia.
Todavía en éxtasis por lo que presencié, me puse en plan analítico. ¿Qué podemos aprender los demás de Juan Tamariz cuando nos subamos a un escenario a hablar en público?

  • Naturalidad: Tamariz en el escenario es absolutamente natural. No hay un gesto, un chiste, un chascarrillo… que resulte forzado. Donde a otros se les nota sobreactuados («ahora tengo que poner esta voz; ahora toca mover el brazo así; ahora tengo que levantar una ceja»), Tamariz hace que todo fluya, que todo parezca en su sitio. No me cabe duda de que el espectáculo está una y mil veces ensayado, que todo está definido de antemano; pero a la vez está (quizás por el propio efecto de haberlo ensayado tanto) tan perfectamente pulido que resulta natural.
  • Cercanía: hay quien, además de la barrera natural que supone muchas veces el escenario con respecto a la audiencia, se encarga de levantar una barrera adicional; «yo estoy aquí arriba, vosotros ahí abajo… yo estoy por encima de vosotros». Tamariz se encarga de romper cualquier barrera. Es, simplemente, uno de nosotros. En su lenguaje, en su actitud… no hay nada que te aleje de él, sino más bien al contrario.
  • Humor: el humor es un gran lubricante para la transmisión de ideas, para alcanzar la sintonía en la comunicación, para dejar huella. El humor relaja, entretiene. Y Tamariz es divertido, muy divertido.
  • Gestualidad: la capacidad de comunicación del lenguaje no verbal. Tamariz utiliza todo su cuerpo para comunicar. No duda en explotar su punto histriónico, sin vergüenza ninguna, para acompañar lo que dice. Sube, baja, corretea, grita, hace caras, mueve los brazos, tira el sombrero… se abre la camisa y muestra la pelambrera, enseña la calva… y por supuesto, toca el violín. Lo que haga falta.
  • Expectación: recuerdo uno de sus números, con un mazo de cartas. Una pequeña cámara enfocaba su mano mientras sujetaba las cartas, y una pantalla reproducía el momento. En ese momento miré a mi alrededor; más de mil personas tenían la mirada fija en la pantalla. Y lo que me resultó más impresionante: no se escuchaba a nadie ni respirar. Silencio absoluto, atención plenamente concentrada en lo que iba a pasar. Si eres capaz de crear un momento como ése… es que verdaderamente has conseguido impacto.
  • Involucración de la audiencia: el espectáculo de Tamariz no es del tipo «yo hablo, vosotros miráis». Está permanentemente haciendo participar al público. No sólo con el «necesito un ayudante», sino que interpela a personas por aquí y por allá, moviliza al público (recuerdo un momento en el que todos a la vez ejecutamos un «pase mágico»…). Pero, de nuevo, todo con naturalidad, alejado de esos momentos incómodos que a veces se producen cuando alguien insite en «ahora tienes que hablar tres minutos con el señor que tienes al lado». En su punto justo.
  • Pasión: uno podría pensar que, con casi 70 años y toda una vida en los escenarios, Tamariz debería estar cansado. Que podría adoptar una actitud funcionarial en sus espectáculos, «vengo, hago lo mío, cobro y me voy». Lo que yo vi en el escenario fue un niño absolutamente entusiasmado con lo que hacía. Me lo imaginaba en su casa, dando saltos y palmitas cada vez que ejecutara un número. Y esa pasión, ese entusiasmo, es la piedra angular que sirvió como catalizador de todo el espectáculo. Sin pasión, ¿cómo vas a emocionar, a conmover… a comunicar? Vale, no todas las materias del mundo son susceptibles de ser vividas con pasión (¿o sí?). Pero si no sientes pasión por lo que dices… ¿para qué te subes a un escenario? Es tiempo perdido, para ti y para quien te va a ver.

En definitiva, sé que no todos podemos ser Tamariz. Pero si podemos acercarnos, aunque sea un poquito… conseguiremos comunicar mucho mejor.
(*) Qué juego de palabras, oigan 😀

Man on wire: el poder de la pasión

Anoche estuve viendo Man on Wire, una película documental de 2008 (ganadora de múltiples premios, incluyendo el Óscar) que llevaba tiempo pendiente. Narra la historia de cómo el funambulista francés Philippe Petit preparó y ejecutó en 1974 lo que para él fue «el golpe» («le coup»); tender sin que nadie se diera cuenta un cable de acero entre las dos recién construídas «Torres Gemelas» de Nueva York, y realizar su número de equilibrismo a 450 metros de altura.
Me acerqué a la peli con curiosidad; ¿cómo podía una película sobre un funambulista haber tenido tanta «chicha»?. Y sin embargo, la tiene. Mezclando entrevistas actuales con imágenes del pasado y reconstrucción dramática, la película nos sumerge en los planes de Petit, desde su concepción como un sueño antes incluso de que las torres estuviesen construídas a su ejecución con la ayuda de un variopinto grupo de colaboradores.
Lo que más me llamó la atención (*) fue, sin duda, el componente pasional de la aventura. Petit narra cómo desde el momento en que ve en una revista una noticia sobre el proyecto de las torres, la idea de cruzarla se convierte para él en un sueño, en una obsesión de nivel tal que no se le pone nada por delante hasta que consigue ejecutarla. Esa pasión, que podría interpretarse cercana a la locura, que le hace no ya realizar el número en sí mismo (como si caminar por un cable de acero a 450 metros de altura no fuera ya locura suficiente), sino dedicar meses y meses a una complicada planificación que incluía colarse una y otra vez en las Torres Gemelas para investigar, reclutar un grupo de colaboradores arrastrándolos a su locura y escenificar un plan «de película» para introducir y montar todo el material necesario sin que nadie se diera cuenta. Y lo más fascinante era comprobar cómo, 35 años después, los protagonistas de la aventura (y especialmente Petit) hablaban todavía con una increíble chispa en los ojos de todo aquello.
La pasión como combustible fundamental de la acción. Cuando a alguien se le mete en la cabeza algo a este nivel de profundidad, no hay nada que se le ponga por delante. O, como dice la sabiduría popular, quien de verdad quiere algo encuentra un camino; el que no, encuentra una excusa.
Y en realidad, uno ve la peli y envidia no tener ese punto de locura.

«To me it’s really so simple that life should be lived on the edge of life; you have to exercise rebellion. To refuse to take yourself to rules, to refuse your own success, to refuse to repeat yourself… to see every day, every year, every idea as a true challenge…. and then you are going to live your life on the tight rope»

(*) Dos cosas que también llaman la atención: es una peli difícil de ver para gente con vértigo (ufff). Y en cierto modo estremece ver las torres gemelas construyéndose… sabiendo todo lo que vino después.

Aprendiendo números de teléfono de memoria

Hace poco me leí (de un tirón) un pequeño libro llamado «Improving your memory«. En él, aparte de algunas consideraciones generales sobre la memoria, se plantean una serie de técnicas muy directas de cara a facilitar la memorización. Las técnicas están basadas en los conceptos de visualización (recordamos mejor imágenes que conceptos «abstractos») y de asociación (recordamos mejor las cosas si las vinculamos con algo que ya sabemos).
Me propuse poner en práctica alguna de las técnicas. Y elegí memorizar los móviles de mis padres. No sé si habrá mucha gente a la que le parezca raro, pero lo cierto es que no tengo, o mejor dicho, no tenía ni idea de cuáles son sus teléfonos. Desde el advenimiento de los móviles, son un número grabado en el teléfono y jamás me preocupé de prestar la más mínima atención a las cifras que los conformaban. «Papá móvil», «Mamá móvil». Punto. Pero un día puedes verte sin móvil, sin acceso a internet, y necesitar hacer una llamada. Así que manos a la obra.
Para este objetivo, el libro propone dos técnicas. Por un lado, la técnica de las imágenes que riman con los números. Se trata de asociar cada cifra a una palabra que rime con el número, como por ejemplo «siete» rima con «chupete» (hay otra alternativa que es asociar cada cifra a una imagen que recuerde su forma; un cuatro sería una silla, por ejemplo). Así, mis asociaciones (alguna la cambiaré, si no me acaba de convencer) son:

  • 1=tuno
  • 2=tos
  • 3=pies
  • 4=gato
  • 5=brinco
  • 6=beige
  • 7=chupete
  • 8=bizcocho
  • 9=nieve
  • 0=ropero

A partir de ahí, se trata de agrupar cifras y crear imágenes. Por ejemplo, un número de teléfono de 9 cifras se puede dividir en 3 grupos de 3 cifras. Imaginemos: 665012***. Pues bien, tenemos el 665, el 012 y las otras tres cifras. Ahora se trata de coger cada grupo, y crear una imagen visual (y si puede ser grotesca, divertida, en movimiento, tridimensional, etc… mejor; nos ayudará a recordarlo) que incluya las imágenes «rimadas» que hemos definido. Por ejemplo, el 665 lo podemos transformar en dos hombres vestidos con un traje beige (beige, beige… seis, seis…) que dan un brinco (cinco). El 012 lo podemos transformar en un ropero del que sale un tuno al que le da un ataque de tos (ropero, tuno, tos… cero, uno, dos). Y el tercer grupo de cifras, pues otra imagen.
El complemento perfecto a esta técnica es la del «viaje«. Se trata de situar esas imágenes en sitios que conozcamos (lo cual nos ayuda a recordarlos mejor), que tengan un orden (así nos permite no confundir qué grupo de cifras va en cada momento), y si además tienen una vinculación adicional con lo que quieras recordar, mejor.
Por ejemplo, en el caso de mi madre, situé sus tres imágenes en la que fue la casa de su infancia, la casa de mis abuelos. Así, los dos hombres de beige que pegan un brinco están en la habitación de la entrada (con lo cual ya no es una imagen situada en lo abstracto, sino que puedes visualizarla con la ventana en su sitio, con la puerta y los muebles que recuerdas, etc.). El ropero del que sale el tuno con tos lo puse en la sala de estar. Y la tercera imagen, en el cuarto del pasillo. De esta forma las imágenes están en orden, y además están directamente vinculadas con mi madre.
Y con mi padre, tres cuartos de lo mismo: utilicé la casa de la abuela. En la entrada, pintada de beige, visualizo a un pié gigante que da un salto desde la mesilla (beige, pies, brinco… 635). En la sala de estar, a la que se accede desde la entrada, hay un gato beige que camina entre la nieve (gato, beige, nieve… 469). Y en la terraza, donde mi abuela tenía sus geranios, visualizo la tercera imagen
Suena ridículo, ¿verdad? Eso piensa también mi mente «racional». Pero lo cierto es que ahora me sé, y sin posibilidad de equivocarme, dos números de teléfono que antes no me sabía. Y tengo la forma de recordarlos siempre que quiera, recurriendo a imágenes y asociación de ideas.
Qué curiosa es la mente humana… tanto como para pensar en explorar más de estas técnicas.

Esfuerzo gana a talento

Tenía pendiente de leer este post, «El efecto del esfuerzo«. Y leyéndolo, no he podido por menos que pensar en mi propia experiencia…
Viene a decir el artículo que «la gente tiene dos tipos de mentalidad: de crecimiento o fija. Las personas con mentalidad de crecimiento ven la vida como una serie de retos y oportunidades para mejorar. Las personas con una mentalidad fija creen que ellos ya están asentados de forma permanente como buenos o malos. El problema es que los buenos creen que no tienen que trabajar mucho porque ya son buenos, y los malos creen que el trabajar mucho no les va a cambiar nada puesto que son malos de forma fija.»
Yo siempre navegué con el viento a favor. Mi vida académica fue extremadamente cómoda. No digo que no trabajase (que algo sí), pero simplemente se me daba bien sin esfuerzo. Así fue siempre, y yo lo que pensaba al ver a otros compañeros que tenían dificultades (algunos en la educación primaria, otros en la secundaria, luego en la universidad…) era «qué bien, qué suerte tengo». Cuando empecé a trabajar, las cosas también me fueron bien. Imagino que algo haría yo para lograrlo, pero en ningún caso tengo la sensación que fuese una cuestión de «esfuerzo». ¿Idiomas? Bien de forma natural. ¿Manejo de ordenadores? Sin problema. ¿Hablar en público? Venga. En otros ámbitos de la vida tampoco pasé nunca dificultades. No es que en mi casa fuéramos ricachones, pero nunca faltó de nada. Tampoco me he enfrentado a graves problemas físicos que hayan requerido de mí una tenacidad a prueba de bombas.
Curiosamente el resultado no es tan positivo como podría parecer. Mi mujer me lo dice a veces: «como hay tantas cosas que se te dan/han dado bien sin esforzarte, en cuanto encuentras algo que te supone algo de esfuerzo… pasas». Es una afirmación un tanto difícil de digerir, pero me temo que tiene gran parte de razón. Nunca tuve habilidad para el deporte… y nunca me preocupé por desarrollarla. Algo parecido con las manualidades… como no se me daban bien, hacía lo justo para «cubrir el expediente» y a otra cosa. Nunca tomé ninguna de esas cosas que «no se me dan bien» y me propuse dominarlas aunque fuese a base de esfuerzo y dedicación a falta de «talento natural». ¿Para qué, si ya se me dan bien otras sin necesidad de currármelo? Zona de confort de grado superior.
Hace tiempo citaba a Drucker cuando decía que es mucho más rentable dedicar nuestros esfuerzos a perfeccionar aquello en la que yo somos buenos que a ser mediocres en aquello en lo que somos torpes. Un tema sobre el que Chema hacía alguna puntualización hace unas semanas. Y que a la vista de lo expuesto, admite una vuelta más: ¿y si esforzarse en mejorar algo que no se nos da bien de forma natural fuese importante, no tanto por los resultados concretos que vayamos a conseguir, sino por el hecho de forjar el hábito, de acostumbrarse a vencer a base de esfuerzo lo que no se puede vencer a base de condiciones naturales? Porque, por muy «talentosos» que seamos, en la vida nos vamos a encontrar muchas situaciones para las que no estamos naturalmente dotados. Y si no tenemos desarrollada la costumbre del esfuerzo… ¿qué hacemos? ¿Retirarnos? ¿»Pasar»? ¿Y si no podemos? Por supuesto, todo es mejor cuando «se te da bien»; pero si resulta que no, mejor tener preparado un «Plan B».
El «talento» te hace la vida más fácil, pero tiene un reverso tenebroso; te acomoda.