El metepatas de la semana

Errores

¿Cuando fue la última vez que metiste la pata? ¿Que te equivocaste? ¿Que la cagaste, Burt Lancaster? (lo siento, tengo una edad…).
A buen seguro que lo tienes fresco en la memoria. Y con casi total seguridad te has encargado de barrerlo discretamente bajo la alfombra, «espero que nadie se haya dado cuenta».
En general, convivimos mal con el error. Las equivocaciones no cuadran con esa imagen perfecta que nos gusta proyectar hacia afuera, ni con la imagen que tenemos de nosotros mismos. Nos hace quedar mal. Queremos que la gente vea la Cara A, lo brillante, lo exitoso, lo perfecto; y procuramos que nadie vea la Cara B.
Lo malo es que resulta que el error es normal. Es incluso deseable, subproducto lógico cuando uno está intentando desarrollarse, aprender cosas nuevas, innovar. Pruebas, te equivocas, aprendes. Si eliminamos el «te equivocas», trasladas una visión completamente irreal del «éxito». Generas (para los demás y para ti mismo) unas expectativas irreales. Inalcanzables. Cada vez que silenciamos nuestros errores, o que señalamos los ajenos, estamos fomentando una cultura de «vergüenza por el error». Si equivocarse está mal, si los buenos no se equivocan, entonces nadie querrá equivocarse. Nadie querrá atreverse a hacer nada diferente. Nadie intentará nada nuevo. Nadie se arriesgará a hacer nada por lo que puedan señalarle. Nos limitaremos a lo que ya hacemos bien. Inmovilismo. Parálisis. Decadencia.
Queremos lo contrario. Queremos (necesitamos) innovar, mejorar, desarrollarnos, aprender. Y eso es incompatible con la vergüenza por el error. Por lo tanto, tenemos que luchar activamente para normalizar el error. Para que nadie sienta miedo de equivocarse, para que lo veamos como parte normal y necesaria del proceso. Tenemos que compartir nuestros propios errores, tenemos que crear espacios donde, de forma sistemática, se pongan encima de la mesa nuestras equivocaciones. Donde podamos no señalarlos, si no utilizarlos para reflexionar y aprender.
Ya sé, ya sé. De forma racional todo el mundo entiende esto, y está de acuerdo. Pero hagamos examen de conciencia… ¿somos consecuentes? ¿Cuáles son nuestras reacciones cuando nos equivocamos? ¿Y cuando se equivocan otros?
Quizás deberíamos integrar todo esto en nuestros procesos, en nuestras rutinas. Un espacio en la newsletter corporativa para indicar un error (a ser posible de los altos directivos) y reflexionar sobre él. Un tiempo, al inicio de las reuniones de seguimiento, para exponer «cosas en las que nos hemos equivocado». Un repositorio de «lecciones aprendidas» al que demos tanta visibilidad como a esos «casos de éxito» que tanto nos gustan. No de forma anecdótica, si no sistemática. Incidiendo una y otra vez, hasta que asumamos (pero de verdad) que «errar es humano», que «el mejor escriba hace un borrón», que «pasa en las mejores familias».

Dibujar 100 días seguidos

Cayó en mis manos hace unas semanas este artículo, «10 things I learned by doodling for 100 days straight«. Una persona se propone (¡y consigue!) hacer un dibujito diario durante 100 días, y cuenta sus reflexiones a posteriori. Y además, enseña y comenta los 100 dibujos.
Estuve ojeando los dibujos. La inmensa mayoría me parecieron bastante «psé», no me decían nada. Un puñado, que se podrían contar con los dedos de una mano, me gustaron de una forma instintiva.
Tres conclusiones:

  • Parece que aplica la llamada «ley de Sturgeon«: el 90% de todo es basura. Incluyendo el trabajo de uno mismo, por cierto.
  • Para poder descartar ese 90% de basura… tienes que generarlo. Es el valor de la persistencia, del que ya hemos hablado en alguna ocasión. Hay que intentar, intentar, intentar… y así, con suerte, podremos entresacar unas cuantas bazas ganadoras
  • Solo alcanzaremos resultados brillantes acompañados de un montón de mediocridad, y así es como debe de ser. Tenemos que acostumbrarnos a convivir con esa sensación, no podemos medirnos con el patrón del «éxito» y en consecuencia sentirnos mal y frustrados cada una de las veces que no lo logramos. Porque van a ser muchas.

Tamariz y lo que llevas dentro

Estuve viendo hace unos días una entrevista reciente al mago Juan Tamariz. Siento, como algunos ya sabéis, una gran debilidad por este hombre; por que es una pasada como artista, pero también porque me transmite una mezcla de sencillez, cercanía, sentido común… una forma de ver la vida muy reconfortante. Hace unos años pude verle en directo y salí fascinado.
El caso es que durante esta entrevista, le preguntan sobre «los nervios antes de salir al escenario». Y después de contar una anécdota de juventud, Tamariz hace la siguiente reflexión:

«Cuando actúas y quieres dar algo, quieres compartir con los demás… tú traes un regalo []. Si tú das algo no puedes tener miedo, si traes un regalo, ¿por qué vas a estar nervioso? Si lo que buscas es compartir lo que llevas dentro, ¿qué te va a pasar?»

Contaba esto el otro día durante una comida, y lo vinculaba a mi propia experiencia, en este caso con los blogs. Llevo escribiendo este blog desde 2004, y lo disfruto enormemente. No me cuesta ningún trabajo, ni me tengo que forzar a hacerlo, ni agarrarme a una rutina, ni pienso «si gustará o no gustará», ni tengo la sensación de «hacerlo bien o hacerlo mal» o de «estar o no a la altura». Me sale de dentro, escribo lo que quiero, cuando quiero y como quiero, disfruto «discutiendo» sus contenidos cuando hay comentarios o referencias en twitter… Estoy, en este blog, en ese estado que describe Tamariz de «compartir lo que llevo dentro». Y contrasta con las sensaciones que tuve en su día cuando escribía para blogs comerciales: «sensación de agotamiento, de no estar aportando nada interesante, de escribir más por obligación que por devoción». Llegó un momento en el que todo era pereza, forzarse a escribir, dudas sobre el valor de lo que hacía y sobre mi propia capacitación para hacerlo. La actividad (escribir posts) era la misma, pero el resultado muy diferente. Como no estaba convencido, como no era algo que «llevaba dentro», el proceso era tortuoso y nada satisfactorio. «Pero te pagaban». Sí, eso es verdad.
Me ha pasado más veces, en otras situaciones. Ese curso de formación que tienes que dar, y del que no te crees la mitad de lo que dices. Ese proyecto que tienes que hacer, y que estás convencido de que no servirá para nada. Ese producto/servicio que tienes que vender, y que no comprarías tú mismo. Esa charla que te invitan a dar, y que das a pesar de ser un tema que tampoco te interesa demasiado. En esas situaciones las dudas afloran, tienes la sensación permanente de que vas andando sobre un hielo que se puede romper en cualquier momento. Te falta seguridad, te falta ilusión, te falta convencimiento. No disfrutas, sino que más bien sufres.
En esta etapa de reflexión en la que estoy (¿crisis de los 40, anyone?) siento que oscilo entre la ilusión de creer que se puede montar una vida sobre esos cimientos de «lo que llevas dentro» (no todo el rato, hasta ahí llego; pero sí de forma significativa) y la dinámica del mundo que parece indicar que todo eso es vivir en los mundos de Yupi, que hay que caerse del guindo y ser realistas y prácticos y dejar tus pasiones para tu tiempo libre o para tu jubilación. Hay días en los que siento que estoy en el buen camino, que existe ese «sweet-spot» entre lo que te gusta, lo que se te da bien y lo que los demás compran, y que tengo el derecho y casi el deber de buscarlo, que ese «idealismo» es una fuerza vital y transformadora. Y hay otros días en los que me pregunto si no seré otro de esos locos que leyó demasiados libros de caballería.

3000 euros por 8 horas

El hermano de un amigo es pintor. Bueno, en realidad su día a día lo ocupa siendo profesor de instituto, pero «es pintor». Trabaja mucho el circuito de «Certámenes de pintura rápida»; durante prácticamente medio año dedica los fines de semana a ir de pueblo en pueblo, allí donde se organizan este tipo de concursos. Llegas, te sellan el lienzo, y a partir de ahí tienes 8 horas para crear un cuadro de principio a fin.
Es bueno. Gana con cierta frecuencia. Y los premios no son moco de pavo, algunos miles de euros para el vencedor.
«Jo, qué tío, ganarte 3.000 euros por 8 horas de trabajo», le dicen a veces.
«En realidad son 3.000 euros por 8 horas y 20 años», contesta él.
Porque esos cuadros no se crean en 8 horas. Técnicamente sí, hay un lienzo en blanco y 8 horas después hay un cuadro completado. Pero eso sólo es posible gracias a la infinidad de horas que ha dedicado a lo largo de los años a formarse, a practicar, a mejorar, a pulir su técnica y su estilo.
«Ocho horas, mis cojones».

Niño de campamento

Hace 30 años, un niño de 10 años subía en un autobús rumbo a Ribadeo, donde iba a pasar dos semanas de campamento organizado por los Escolapios. Allí se uniría a otras decenas de niños (y niñas. ¡Niñas!) procedentes de otros colegios de la orden. En el autobús desde Salamanca iban algunos compañeros de clase, pero no especialmente amigos; tampoco es que ese niño tuviese demasiados. Era la primera vez que se alejaba tanto, en distancia y en tiempo, de su casa, de su familia, del entorno que (mejor o peor) tenía «controlado». Conociéndole, supongo que lo afrontaba con una mezcla de expectación y de nervios, tratando de autoconvencerse de que «seguro que va a ser guay» y de espantar la sensación de «quién me manda a mí, con lo a gusto que estaría en casa».
A estas horas, otro niño de 10 años está subiendo en un autobús rumbo al campamento de verano donde pasará los próximos 10 días. Será la primera vez que se aleje tanto del entorno que conoce, la primera vez que pase tantas noches sin dormir en una cama conocida, sin familia alrededor. Tendrá que adaptarse a un escenario distinto, a la convivencia con un montón de gente, a un ritmo de actividades diferente al cotidiano. Habrá momentos de diversión, y otros momentos de agobio. Tratará de encajar, y a ratos lo conseguirá y a ratos no. Algún rato deseará no haber ido, y otros ratos deseará no tener que volver a casa. Afrontará situaciones nuevas a las que tendrá que enfrentarse lo mejor que sepa; algunas las resolverá bien y otras, inevitablemente, le saldrán mal. Y tendrá que llevarlo lo mejor que pueda.
Mientras tanto sus padres se quedan en casa, deseando que todo le vaya bien, aunque sabiendo que es imposible. Han intentado darle consejos, pero nunca se pueden cubrir todas las eventualidades (y, para ser sinceros, tampoco tienen todas las respuestas) y, en todo caso, no van a estar allí para tomar las decisiones; va a ser el niño quien lo haga. Quien acierte y quien se equivoque. Quien disfrute o sufra las consecuencias, y quien tenga que digerirlo, incorporarlo a su experiencia y seguir adelante. Saben los padres que cada vez va a ser así con más frecuencia, que cada vez les toca asumir un rol más secundario. Que esto no es más que un aperitivo, y que cada vez más la vida de su hijo va a convertirse en un campamento continuo en el que, incluso aunque durante algunos años sigan compartiendo techo, sus experiencias y sus decisiones serán cada vez más independientes. Saben también que está bien que así sea, que de eso se trata: de que su vida sea realmente SU vida, y no un apéndice de la de otros.
Y al final resulta que aquel niño de Ribadeo, en el fondo, sigue de campamento; enfrentándose a cosas nuevas, adaptándose a lo que viene, tomando decisiones lo mejor que sabe y aprendiendo a digerir las consecuencias.

¿Y qué más da lo que estudies?

Esta mañana me metí en un intercambio de opiniones acerca de «la decisión sobre qué estudiar». Decía Daoiz Velarde en twitter que los chavales, en el momento de tomar esa decisión, no saben por dónde les da el viento. Y que «hoy más que nunca es crítico que estudien algo útil; útil para el mundo al que nos dirigimos, que será bastante distinto del actual en 20 años, y otro planeta profesionalmente que hace 20».
Algo útil. Ya. ¿Y qué es «útil», y más en ese entorno volátil en el que nos encontramos? Dicen que los trabajos del futuro probablemente aún ni estén inventados, dicen que cada persona tendrá varias carreras profesionales a lo largo de su vida… ¿cómo defino hoy qué tengo que estudiar para tener un trabajo que ni siquiera sé en qué va a consistir? Antes, cuando estudiaba poca gente y el mundo del trabajo era razonablemente estable, uno podía establecer un «plan de carrera»: si estudio esto, cuando salga podré colocarme «de lo mío», en quince años alcanzar no sé qué nivel, ganarme la vida y jubilarme sin contratiempos. Al menos entonces podía tener sentido tomar una decisión «racional», basada en un «retorno de la inversión» más o menos acotado, pero… ¿quién es capaz de hacer un razonamiento así a día de hoy?
«Al menos descartemos caminos que ya de partida sabemos que no tienen futuro», decía otro. ¿Ah, sí? ¿Somos capaces de saber que algo no tiene «futuro» porque sí? Estamos diciendo que vamos a un mundo en el que no sabemos cómo se van a configurar los trabajos, ¿y creemos que podemos descartar A o B?
En el fondo, lo que subyace en este tipo de razonamientos es una suerte de determinismo. Si estudias tal cosa, estás acotando tus opciones de futuro para toda tu vida. Y no hay vuelta atrás. Así que elige bien, porque si eliges mal estás condenado. Y si eliges bien enhorabuena, tienes el futuro asegurado. Y todo esto es algo con lo que estoy en profundo desacuerdo.
Creo que el futuro profesional no se articula en base a «qué has estudiado», si no más bien a «cómo has estudiado». El desarrollo de habilidades profesionales y personales por encima de los conocimientos adquiridos. Porque los conocimientos evolucionan y caducan cada vez con mayor velocidad, y es bastante absurdo pensar que «lo que aprenda en la Universidad es lo importante». No, cualquiera sabe que el aprendizaje de verdad se produce una vez que sales de la Universidad y te enfrentas al mundo real. Es ahí donde aprendes lo que realmente necesitas aplicar, acudiendo a múltiples fuentes de conocimiento, y así seguirá siendo durante el resto de tu vida. Nadie te asegura (y todavía hay tanta gente que vive en la inopia… ) que por el hecho de estudiar vayas a tener «premio seguro» (luego vienen los lloros tipo «yo hice una carrera, y dos masters, y… estoy limpiando váteres«). No sé si alguna vez fue así, desde luego ahora no. En ese sentido escribía hace tiempo que «la universidad no sirve para nada«, y lo sigo pensando. De hecho, lo pienso también de la educación formal para más pequeños.
Lo que es fundamental, por encima de qué estudies (o de si estudias) es desarrollar habilidades personales y profesionales. De análisis, de síntesis, de comunicación, de organización, de relación, de trabajo en equipo, de autogestión, de esfuerzo, de resiliencia, de liderazgo, de visión global, de negociación… Aprende idiomas, construye tu red de contactos, ten experiencias diversas, ve mundo. Todo esto son habilidades transversales, que te van a servir a lo largo de toda tu vida, una colección de recursos de la que podrás tirar sea como sea el futuro. Habilidades que, en realidad, se pueden desarrollar estudies lo que estudies. Incluso si no estudias. Ése debería ser el foco, y no «los conocimientos» o «las salidas». Porque los conocimientos los vas a tener que ir renovando permanentemente (dependiendo de cómo evoluciones tú, de cómo evolucione el mundo), y «las salidas» distan mucho de estar claras.
Llegados a este punto, ¿qué estudiar? Pues mira, antes que eso… ¿quieres estudiar? Porque no es lo relevante; lo que importa es que seas consciente de la importancia de tener habilidades y pongas el foco en desarrollarlas. Estudiar es un camino, pero no es necesario ni suficiente, y a veces tal y como está montado el sistema educativo es contraproducente. Y si te decides a estudiar… estudia lo que te apetezca, y cómo te apetezca. Lo que te haga sentir bien. Porque siempre será más fácil desarrollar tus competencias en un entorno apetecible que si estás haciendo algo que no te gusta «porque es lo que tiene salidas»; la probabilidad de que no te desarrolles una mierda, estés amargado y encima te encuentres con que al acabar las presuntas «salidas» que dabas por seguras estén tapiadas es elevada.
PD.- Juan Luis Hortelano escribía una interesante «carta a su hija», de 17 años, a raíz de la conversación de esta mañana. Me atrevería a decir que no hay que esperar a ese momento para trasmitir estas ideas; es una forma de ver el mundo que, cuanto antes, mejor.

Cuadernos Rubio para el desarrollo profesional

RubioOperaciones2Son, quizás junto a las gomas de Milan de NATA, uno de los iconos que más recuerdo de los primeros años de colegio. Los cuadernos Rubio, aquellos con tapas amarillas que te enseñaban a hacer tus primeras sumas, y tus primeras letras.
Pasados treinta años vuelvo, ahora como padre, a la etapa de la educación primaria. Las gomas de Milan cayeron por el camino (siguen existiendo, pero ya sin su olor característico… una goma más), pero los cuadernos Rubio ahí siguen al pie del cañón.
Y no es de extrañar. La metodología que siguen estos cuadernos parece imbatible. Empiezas sumando «manzanas». Luego pasas a hacer sumas de 2 números de una cifra; primero los facilitos (1+2, 2+1, 3+1…), y luego los más difíciles. Repites una y otra vez operaciones en ese nivel, hasta que has interiorizado el concepto. Y entonces pasas a las sumas en las que incorporas dos cifras (10+2, 11+1…). Repites, y repites. Y luego pasas a sumar números de dos cifras, y repites, y repites. Y luego introduces el concepto de «llevadas» (19+2, 28+3…). Y vuelta a repetir. Hasta que, oh maravilla, has acabado automatizando (a base de repetir y repetir, y de incrementar paulatinamente el nivel de dificultad) la habilidad de sumar; y lo sabrás toda la vida.
Práctica deliberada en su máxima expresión. La misma metodología que se sigue con otras disciplinas: así te enseñan a escribir, a leer, algo de inglés, música… introduciendo conceptos poco a poco, en niveles crecientes de dificultad, y machacando mucho con ejercicios muy focalizados y repetitivos con el objetivo de interiorizar el conocimiento.
Sin embargo, ay, en algún momento esa forma de enseñar/aprender se deja de lado, y se pasa a un formato mucho más de consumo rápido: te explico un tema, con suerte te planteo cuatro o cinco ejercicios… y rápido, al tema siguiente que si no no nos da el curso. La introducción de conceptos deja de ser incremental y pasa a ser secuencial: hoy una cosa, mañana otra diferente. Se deja de dedicar tiempo a «machacar» los conceptos a base de ejercicios focalizados y repetitivos. No se refrescan los conocimientos (con suerte, un «control» al final del trimestre y a correr). En definitiva, renunciando a algunos de los métodos esenciales del aprendizaje. ¿El resultado? Conocimientos superficiales (cuando no directamente olvidados), abordados desde un prisma consciente y racional («a ver si consigo acordarme»), en vez de interiorización y aprendizaje real (susceptible de ser puesto en práctica, que es de lo que se trata). Podría argumentarse que hay materias que son más «conocimiento» que «habilidades», y que por lo tanto no son susceptibles de «interiorizarse»… pero yo tengo mis dudas de que, en ese caso, merezca la pena dedicarse a aprender cosas que no se interiorizan.
Todo esto viene a una reflexión que vengo haciendo en las últimas semanas. Creo que, en el mundo profesional, hay una serie de habilidades clave que tienen un gran impacto en tu desempeño sea cual sea el sector en el que te muevas. Habilidades que, más allá del componente técnico de tu profesión, te dan un plus fundamental para tu trabajo y para tu carrera profesional. Podemos debatir cuáles son esas habilidades (de hecho lancé una pregunta en twitter al respecto, con respuestas variadas), pero lo que me interesa hoy es otra cosa.
¿Quién y cómo enseña esas habilidades? Mi sensación, a estas alturas de la película, es que nadie se encarga de desarrollar de verdad esas habilidades. En la formación más académica se pone mucho énfasis en la adquisición de conocimientos «técnicos», y muy poco en estas habilidades «soft». Y en el mundo de la empresa tres cuartas partes de lo mismo: la formación que se da tiene más que ver con «lo directamente aplicable en el trabajo», más que con esa nebulosa de habilidades.
Y luego, ¿cómo es esa formación, cuando existe? El típico «curso de liderazgo», o el típico «curso de comunicación eficaz». Cuatro, ocho o dieciséis horas en aula. Conceptos en una pizarra (o en post its de colorines, que es lo que se lleva), puesta en común de ideas, un video simpático, una dinámica que permita la reflexión, un rolplay rapidito y un powerpoint encuadernado de recuerdo. Fin del curso, y si se tercia a ver si te acuerdas de poner algo en práctica la próxima vez que lo necesites. ¿Es así como se desarrolla una habilidad? Obviamente no; la próxima vez que te enfrentes a una situación de la vida real tu mente tira de automatismos; rara vez te vas a parar, en medio de un fregao, a ver si recuerdas cuáles eran los cinco pasos que aquel simpático consultor escribió en la pizarra, ni a sacar la ficha plastificada (que a saber dónde coño metiste; estará en una de esas carpetas que acumulan polvo en la estantería) que te dieron de recuerdo.
En la realidad, solo aplicas lo que has interiorizado. Y la forma de interiorizar es la de los cuadernos Rubio. La repetición, la focalización, la introducción creciente de dificultad.
¿Cuál es el problema? Que, desde el punto de vista del mundo adulto y profesional, esa es una forma de aprender casi implanteable. ¿Cómo que vamos a pasarnos tres meses haciendo ejercicios repetitivos? Venga ya, que ya somos mayorcitos, aquí se explican una vez las cosas y ya cada uno que se arregle; y si no ahí tienes el manual en la web corporativa. Y el individuo igual, «si estoy ya me lo han contado, así que ¿para qué voy a practicar y practicar? Como si no tuviera yo otra cosa que hacer, ¿acaso soy un crío pequeño?»
Y qué decir de la logística… se puede pagar por un consultor de formación que venga 4 horas y me encapsule la formación, ¿pero tener a una persona durante semanas o meses dando seguimiento a los avances de tortuga de los alumnos? ¿Estamos locos? Lo dicho, un cursito y gracias me deberías estar dando.
Y así llegamos al punto del absurdo habitual en el terreno de la formación: dinero, esfuerzo y tiempo empleados en algo que no vale para nada y que tiene un impacto limitadísimo en el mejor de los casos. Que sí, que es más barato que la otra opción en términos absolutos… pero si no funciona, ¿entonces para qué?
Creo que debe haber otra forma de hacer las cosas. Creo que hay un espacio para aplicar la filosofía de los cuadernos de Rubio al desarrollo de habilidades profesionales. Creo que el potencial de impacto es muy grande, tanto para las empresas (¿no se van a beneficiar de individuos que comuniquen mejor, que lideren mejor, que gestionen mejor su tiempo, etc, etc.?) como para los individuos; en estos tiempos que corren, invertir en tus habilidades es el mejor favor que puedes hacerte a ti mismo porque es de las pocas cosas a las que podrás agarrarte cuando mañana cambies de empresa, de sector o de orientación profesional.

Elige el mal que quieres asumir

Ayer tenía un intercambio interesante con un viejo conocido en Facebook. Expresaba cierto agobio ante la gestión del correo electrónico; estaba recibiendo más correos de los que podía contestar, y le frustraba esa sensación de ir siempre con la lengua fuera y encima no llegar y quedar mal.
Le proponía yo que usase la técnica de Tim Ferriss para la gestión del email, que básicamente consiste en una respuesta automática donde indica:

  • que sólo lee el correo a determinadas horas o determinados días (para urgencias remite a otros canales) –> estableces la expectativa de que no esperes respuesta inmediata
  • que el volumen de correo que recibe es muy grande y no puede responder a todo –> también establece la expectativa de que puede ser que no te responda
  • para determinadas peticiones frecuentes incluye instrucciones. Por ejemplo «ya no hago reviews de libros, así que si me escribías por eso no esperes respuesta» o «si tienes preguntas sobre mi libro hay publicadas unas FAQ, un foro, etc, etc…» o «para temas relacionados con prensa, contacta con mi agente» –> automatiza una serie de respuestas tipo que cubrirán el 90% de la gente que estaba preguntando.

De esta forma, cuando revise (él o su asistente, en este caso) el correo electrónico no tiene que molestarse en contestar el 99% del correo; lo lees  y, salvo que sea algo que no entre en la respuesta-tipo y que además te interese (porque si no te interesa, lamentándolo mucho, lo dejas sin contestar; algo básico en una gestión productiva del tiempo es tener claro quién lleva el timón), pues lo borras y santas pascuas.
El caso es que me decía mi interlocutor que casi le parecía que quedabas peor con una táctica de este tipo que no contestando.
Quizás. No hay solución perfecta, para esto ni para nada. Estoy leyendo el libro Essentialism, y una de las cosas que plantea muy claramente es que con cada elección asumimos también una serie de «contras». Al final, lo que podemos elegir es con qué «contra» nos quedamos. En este caso, ¿prefieres quedar de prepotente por enviar una respuesta automática de este tipo, o prefieres ir como puta por rastrojo con la sensación de estar todo el día pringado con el correo y encima sin llegar? Tú eliges cuál de los dos males prefieres; porque las soluciones mágicas donde todo son ventajas no existen.

«You can have anything, but not everything»

El valor del minimalismo

Llevo un tiempo revoloteando con curiosidad por el mundo del «minimalismo». Ya conté en su día mis peripecias intentando quitarme de encima chismes (en ello sigo, a impulsos), pero poco a poco he ido ampliando mi interés.
La sensación que tengo es que cada uno asocia minimalismo a diferentes cosas. Hay quien piensa en una determinada forma de decoración, o un estilo arquitectónico. Hay quien lo relaciona con vestir de blanco y negro. Hay quien lo vincula a vivir en una mini casa, o a tener tan pocas pertenencias que puedes llevarlas en una mochila, o a deshacerse de cosas, o a vivir barato. De hecho, con estos ejemplos, hay mucha gente que acaba por pensar que es «demasiado radical».
¿Y para mí, qué es el minimalismo? Pues me gusta mucho el enfoque que hacen en The Minimalists. El minimalismo no es un estilo de vida concreto; cada persona lo aplica a su propia vida, con un resultado diferente. Lo que importa del minimalismo no es la respuesta, si no la pregunta.
Se trata de cuestionarse permanentemente: ¿esto aporta valor a mi vida?. Si la respuesta es no, pues te deshaces de ello sin contemplaciones. Pero no hablamos solo de cosas, claro; también de con quién te relacionas, de a qué dedicas el tiempo, de en qué te gastas el dinero, de qué lees, etc. De esta forma, vas eliminando «lo que te sobra», y en consecuencia te vas quedando con lo que te resulta esencial (como titulan ellos en uno de sus libros: «todo lo que queda»).
Esa pregunta es la clave de bóveda de todo, y a partir de ahí empiezas a actuar. Como lo que me aporta valor a mí puede ser distinto de lo que te aporta valor a ti, las decisiones que tomemos y el estilo de vida resultante serán diferentes.
Y aquí llegamos a la madre del cordero. «Lo que me aporta valor». Una de esas preguntas que nos obligan a enfrentarnos a nosotros mismos, a pensar en «qué es lo que quiero en la vida», a romper la inercia, a enfrentarnos con la responsabilidad que tenemos para con nosotros mismos. Esa responsabilidad incómoda, que normalmente preferimos eludir porque, seamos francos, es más fácil dejarse llevar.
Por lo tanto, el valor del minimalismo está no en gastar menos dinero, o en vivir con más orden, o en tener una casa más pequeña. Está en hacernos cuestionar lo que nos sobra, lo que no nos aporta. Sea eso lo que sea.

El mapa del aprendizaje

El aprendizaje es un tesoro. Algo que, si conseguimos descubrir, nos enriquecerá. Pero tenemos que llegar a él. Afortunadamente, tenemos en nuestro poder un mapa que nos señala tres rutas.
mapaaprendizaje

La ruta exigente

La primera nos obliga a cruzar un caudaloso río, y a atravesar un macizo montañoso. Es un camino difícil y duro, que nos va a exigir mucha concentración y mucho esfuerzo consciente. Es el camino de la práctica deliberada. Nos llevará tiempo y esfuerzo pero es el camino más corto para llegar al aprendizaje.

La ruta ineficiente

Tenemos una segunda ruta, la ruta de la costa. Es un camino mucho más agradable que transcurre entre frescos bosques y respirando la brisa del mar. Se transita por él con mucha facilidad, y hay vistas fantásticas que nos invitan a descansar con frecuencia. Es el camino de la práctica desestructurada, esa que realizamos básicamente cuando nos apetece, sin ningún objetivo concreto. Nos parece que debemos estar avanzando, porque damos pasos. Pero no nos damos cuenta de que este camino nos lleva dando un gran rodeo, con muchas idas y venidas, con muchos momentos en los que tenemos la sensación de «¿no he pasado ya por aquí? ¿estoy avanzando en círculos?». Es un camino en el que, durante mucho tiempo caminamos (esfuerzo baldío) sin acercarnos a nuestro objetivo. Al que quizás lleguemos, después de mucho, mucho tiempo.

La ruta del falso aprendizaje

Y no hay que olvidar la tercera ruta, quizás la más peligrosa a pesar de su aparencia amable, la ruta de la práctica pasiva (o de la «no práctica»). Un camino muy cómodo, pero en el que damos pasos en una dirección equivocada, un camino que acaba por devolvernos al mismo punto de partida. Es el camino del que lee muchos libros, sigue muchos tutoriales, ve muchos videos… y nunca hace nada con ello. Un falso aprendizaje que en realidad nunca nos permitirá llegar al tesoro.

¿Qué ruta vas a escoger?

Tienes en tus manos el mapa. Quieres el tesoro. ¿Qué ruta vas a escoger?
Si quieres, te ofrezco mi curso gratis para aprender mejor. Te ayudará a tomar mejores decisiones…