El rinconcito creativo

«Que será una mierda, pero es mi mierda». Eso me decía hoy un amiguete que me contaba, orgulloso, sus avances en un curso que estaba haciendo. Nada directamente relacionado con su trabajo, solo algo que se había puesto a hacer por puro placer, buscando tiempo de donde no lo hay (niñas pequeñas, exigencia profesional… lote completo) para dar algo de salida a la necesidad de hacer «algo estimulante».
Me sentí muy identificado. Yo también he estado, y estoy, ahí. Tienes tus responsabilidades profesionales. Tienes tus responsabilidades familiares y domésticas. Todo el día de acá para allá. ¿No hay nada más? También hay ocio, sí: ver una serie, o salir un día a alternar un poco, o hacer algo de actividad física. Pero, al menos yo, también agradezco alguna actividad… creativa. Algo en lo que tengas la sensación de avanzar, de aprender, de construir, de «hacer por el mero placer de hacer», sin presión.
Qué gusto da cuando encuentras una actividad así. En mi caso tuve una época de hacer fotos. Luego he pasado por épocas de dibujo/ilustración. Alguna vez he toqueteado algo de música. Algo de programación. Origami. ¿Y el resultado? Pues posiblemente será una mierda… pero oye, son mis mierdas, y me siento muy orgulloso de ellas. Y, sobre todo, disfruto del proceso, que es una sensación fantástica. Una experiencia de aprendizaje orgánico y fluido (algo que menciona Josh Waltzkin en su libro «El Arte de Aprender«, del que hablo en la newsletter de Skillopment). A otros les da por las manualidades, o por el bricolaje, o por la pintura, o por el scrapbooking, o por escribir relatos, o por cultivar un huerto, o por el cosplay, o por tejer, o por la costura, o por el diseño de joyas, o por hacer música, o animaciones stop-motion, o construir maquetas, o pintar muñequitos de plomo, o por grabar videos para youtube. Cada uno tiene sus cosas. Probablemente nunca llegues a nada en ese terreno, y seguramente tampoco es el objetivo. Pero que te quiten lo disfrutado.

El efecto retiro espiritual (no funciona)

Primera mitad de la década de los 90. Al grupo de catequesis de confirmación nos llevaron a pasar un par de noches a una casa de retiro en Cercedilla. Allí, mezcla de actividades de compadreo y de introspección. Mucha introspección. Reflexionar sobre muchas cosas, dar muchas vueltas a la cabeza, y en algún momento la sensación de «ver claro», de hallar una serie de respuestas o, cuanto menos, de dirección por la que seguir. Luego cogimos el tren de vuelta, volvimos a casa, al colegio, al día a día. Y aquella claridad se quedó allí, en la sierra madrileña.
Pero no hace falta que sea un «retiro espiritual». Puede ser la lectura de un libro, o una charla profunda con un amigo. Puede ser una situación de pérdida, o una enfermedad, o unos días de relax en un paraje alejado del mundanal ruido. O una charla de TED, o un curso de formación. El caso es que hay momentos en los que nos ponemos profundos y en los que, de alguna manera, alcanzamos algún tipo de epifanía, de revelación. Vemos con total claridad lo que queremos, quiénes somos, nuestras aspiraciones en la vida. Sentimos dentro de nosotros una fuerza transformadora, «ahora sí que sí».
Y entonces volvemos de nuestro retiro, real o metafórico. Volvemos a nuestros trabajos, a nuestras casas, a nuestras familias. Nuestras rutinas, nuestras obligaciones, nuestro entorno. La vida normal. Y sin apenas darnos cuenta esa claridad se pierde. Esa fuerza transformadora se diluye. Caemos atrapados en el marasmo del día a día, y todo aquello que dijimos que íbamos a cambiar sigue siendo lo mismo.
No, los retiros espirituales no funcionan. O mejor dicho, sí funcionan pero lo hacen como una cerilla, que prende con fuerza pero en unos segundos se apaga. Si no hacemos algo rápidamente con esa llama, enseguida volvemos a la oscuridad. Si queremos darle continuidad a esa fuerza transformadora, a esa «visión», debemos realizar cambios inmediatos en nuestra vida. No mañana, ni el mes que viene: ya. Porque la rutina, los hábitos, el contexto, el entorno, la fuerza de la costumbre… tienen un tremendo poder sobre nuestro comportamiento. Si no somos capaces de modificarlos, no cambiaremos nada.
Hace poco reflexionaba Amalio Rey sobre el limitado rol de la fuerza de voluntad, y decía que «centrar toda la atención en una lectura simplista de la “fuerza de voluntad” puede tener el efecto pernicioso de distraernos de otras estrategias más complejas y efectivas basadas en el rediseño de contextos (por ejemplo, socio-políticos) o formas personales de autocontrol más significativas y menos fustigadoras.» Algo parecido pasa con las epifanías, y más si éstas se producen en un entorno ajeno a nuestro día a día. Tendemos a creer que sí, que lo tenemos tan claro, que es tan poderosa esa sensación, que basta por sí misma para que cambiemos. Pero o le damos curso de inmediato, tomando decisiones y cambiando cosas concretas, o mañana todo aquello nos parecerá poco más que un lindo sueño.

He escrito un libro

Pues sí, he escrito un libro. Más información sobre él en la página de Skillopment, Aprendizaje y Desarrollo Eficaz de Habilidades, donde se puede descargar al suscribiros a la lista de correo que he creado al efecto.

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La idea de escribir el libro surgió casi de forma natural hilada a la charla que estrené en Sevilla. Durante su preparación estuve dándole muchas vueltas a las ideas y al argumentario, que creo que al final terminó teniendo mucho sentido. El libro es, al final, una forma de poner negro sobre blanco esas ideas y ampliarlas con un tono más práctico, más enfocado en «cosas que puedes hacer tú para desarrollar tus habilidades de forma eficaz».
En este sentido, el proceso fue muy orgánico. En otras ocasiones me había planteado escribir un libro, pero ponía el carro delante de los bueyes: «quiero escribir un libro, a ver ahora de qué, y qué sentido le doy». No fluía, y me atascaba rápido. En esta ocasión el orden estaba invertido: las ideas ya estaban, el orden ya estaba. Solo quedaba ponerse delante del teclado y dejarlas fluir. Y es lo que he hecho, dejar que algo que ya existía tomase una nueva forma. Poco a poco, aplicando aquello de primero crear y luego editar, el libro fue tomando cuerpo.
El estilo os resultará muy reconocible a los que me leáis por aquí. Mi forma natural de escribir es la que es, la misma que tengo en el blog. Ideas concretas, cortito y al pie, sin muchos rodeos. Supongo que, si me pongo, podría forzarme a escribir en otro estilo, pero tampoco es lo que me pedía el cuerpo. He intentado que quede ameno y útil, que me resultase fluido de escribir y no recargarlo innecesariamente.
Porque otra cosa que tampoco me ha preocupado lo más mínimo es la longitud del libro. Hay algo que me enerva profundamente cuando leo libros de management, y es la sensación de que se estiran y se estiran las ideas con el único objetivo de llegar a un número de páginas. Conceptos que se pueden explicar en un párrafo se les da vueltas y vueltas hasta que llenan páginas y capítulos enteros. Yo no quería eso. El libro dura lo que tiene que durar para transmitir las ideas que quería transmitir. Y ya está, no hay por qué perder el tiempo ni hacérselo perder a los demás por puro postureo.
He afrontado el proceso de escritura y publicación con mentalidad «ágil». Esto quiere decir que mi objetivo era lanzar una primera versión razonablemente armada, pero sin volverme loco en detalles, revisiones y recontrarevisiones, formatos… Se trata de poner la bola en juego, ver si el concepto del libro gusta, si la temática interesa, si tiene un mínimo de tracción… recopilar feedback y, si procede, hacer posteriores versiones corregidas y aumentadas. Porque realmente no sé si la idea tiene sentido o no; quiero decir, en mi cabeza lo tiene, pero las cosas hay que llevarlas al terreno de lo real para que sirva como piedra de toque. Así que he buscado que el ratio esfuerzo/resultado estuviese equilibrado, sin volverme loco.
Lo curioso es que, mientras escribía el libro, iba rumiando una inquietud: «bueno, ¿y luego qué voy a hacer con él?». Claro, en tus fantasías siempre está la idea de ponerlo a la venta, y que se vuelva viral, y que ganes mucho dinero con él. Pero soy lo suficientemente mayor como para tener acotadas ese tipo de fantasías (pero oye, que si sucede estaré encantado). Sospechaba que ponerlo a la venta iba a suponer vender uno o ninguno. Y en realidad me interesaba más el libro como vehículo de visibilidad y de posicionamiento, una manera de atraer miradas hacia el concepto de «aprendizaje y desarrollo eficaz de habilidades» y que me abriese las puertas a dar más charlas, impartir talleres, quizás abordar algún proceso de asesoramiento individualizado (me sigue costando llamarlo «coaching», aunque supongo que es eso) o de asesoramiento corporativo. Cosas que creo que pueden tener sentido, y donde puedo aportar valor. Como consecuencia, lo que he hecho es poner el libro en descarga gratuita (de momento), con la idea de que llegue a tantos sitios como sea posible. Sí que lo he puesto detrás de una «suscripción a una lista de correo», que al final espero utilizar como canal para crear una «comunidad» alrededor de todas estas ideas (pero sin dar la tabarra, conste). Creo que a esto lo llaman «lead magnet»…
Una cosa que me ha gustado del proceso de hacer el libro es que me ha permitido (y curiosamente, ésta es una de las ideas que elaboro en él) aprender y poner en práctica algunas habilidades. Desde diseñar la portada o los banners, a montar una pequeña campaña de email marketing con Mailchimp o a hacer un pequeño anuncio con Facebook Ads, al proceso de conversión del documento en .pdf, .epub y .mobi. Solo por eso ya ha sido una experiencia enriquecedora.
Y ahora queda ver qué pasa. Confieso que me da un poco de apuro la parte de «promocionarlo». Primero porque no me gusta ser pesado (y hay gente que se pone muy plasta cuando hace cualquier cosa), pero también tengo la sensación de que hace falta serlo un poco si quieres que las cosas sucedan; así que ahí ando, intentando ver dónde está el equilibrio. Y también tengo que luchar contra cierto «síndrome del impostor», la duda de si realmente estoy diciendo cosas con sentido, si realmente el enfoque que le estoy dando es útil, si no estaré diciendo un montón de obviedades y perogrulladas. Pero, para variar, esta vez prefiero «salir al ruedo» y dejar que sea la realidad, y no mis rumiaciones, las que me den feedback.
Y ya está. Que estaré muy agradecido si leéis el libro y me dais vuestras opiniones, y si me ayudáis a darle visibilidad.
Keep learning!

¿Qué haría de hoy un gran día?

No hace mucho relataba mis «fracasos» llevando diarios a lo largo de la vida. El caso es que, en las últimas semanas, estoy sumergido en una nueva (y de momento ahí sigo), esta vez siguiendo la idea del «5 minute journal«. Se trata de un diario «en dos partes», puesto que se trata de responder a un par de preguntas por la mañana (¿por qué estoy agradecido? ¿qué haría de hoy un gran día?) y otras dos por la noche (¿qué cosas estupendas han pasado hoy? ¿en qué podrías mejorar?); de esta manera cumple la doble función de «marcar el tono» al principio del día y de «recopilación» al terminar.
Una de esas preguntas, de hecho, me está haciendo pensar bastante. «¿Qué haría de hoy un gran día?». ¿Qué tendría que pasar hoy para que, al llegar la noche, me sintiese satisfecho? Parece sencillo de responder, pero cuando te pones por la mañana (y otro día, y al siguiente…) tiene más miga de lo que parece.
¿En qué consiste «un buen día»? Hay una imagen de cinismoilustrado.com que me gusta. Son los 365 días del año, de los cuales un puñado están señalados como «días memorables» y otros poquitos como «días donde hiciste algo de tu vida». El resto, la gran mayoría, son «días total y absolutamente desperdiciados». No sé si es para tanto, pero estaremos de acuerdo en que muchas veces entre trabajos, obligaciones, prisas e inercias tenemos la sensación de que un día sigue a otro, sin solución de continuidad y sin nada que los distinga. Y joder, qué triste, ¿no?

El ejercicio de plantearse «qué haría de hoy un gran día» sirve para dos cosas. Por un lado, nos permite reflexionar sobre cómo son esos «días memorables» y plantearnos si podemos hacer algo hoy (no mañana, ni «algún día»: hoy) para acercarnos a esa categoría. Quizás sea emprender una tarea creativa, o tener una conversación significativa con alguien, o pasar un rato con unos amigos, o dedicar el rato a leer un libro interesante, o hacer una pequeña excursión, o… en general, escaparnos en la medida de lo posible de la inercia y «hacer algo» de forma voluntaria y consciente.
Y en segundo lugar, sirve para darnos cuenta de que muchas veces «lo memorable» no está en las grandes cosas, los grandes eventos y los acontecimientos extraordinarios, si no en los pequeños detalles de la vida cotidiana. Que todos los días podemos hacer cosas sencillas, tan sencillas como prestar atención y disfrutar de lo que ya tenemos alrededor, aquello de parar y oler las flores.
Y así, adquiriendo consciencia, quizás vivamos mejores días. Y al final, la forma en que vivimos los días es como vivimos la vida.

¿Teson y constancia? ¿Yo?

Ayer este blog cumplió 12 años. 1730 entradas (1731 con ésta).
Comentándolo en mis redes sociales, unos cuantos amigos amables me felicitaban. «Enhorabuena por el tesón y la constancia», me decían. ¿Cómo? ¿Tesón y constancia? ¿Yo?
Cuando pienso en cosas en las que debería «seguir el ejemplo de otros», una de las primeras que se me vienen a la cabeza es precisamente esa. La constancia. La disciplina. El coger una cosa y mantenerla, pim, pam, pim, pam, hasta terminarla. Me pasa con demasiada frecuencia que cojo un tema, juego con él durante unos días/semanas, pierdo el interés y ya estoy buscando algo nuevo. Esa es la historia, al menos, que yo me cuento.
Pero luego aparece, como contraejemplo, el blog. 1730 entradas en 12 años. ¿No decías que no eres constante? Pues ya me explicarás…
Lo curioso es que yo nunca he vivido la experiencia del blog como un «sacrificio» que requiriese de «constancia», de «disciplina». No lo fue al principio, «tengo que poner en marcha un blog, tengo que tener un plan editorial, decidir de qué hablar»… era más bien un juguete con el que estaba encantado y disfrutaba como un enano. Tampoco lo fue en esas etapas menos productivas, en plan «venga, a ver si me pongo con el blog que lo tengo abandonado». He escrito en él cuando me ha apetecido, lo he dejado cuando no me llamaba decir nada, y he vuelto cuando me ha salido de dentro. Y así, de esa forma tan natural y orgánica, es como he llegado hasta aquí.
Esto me ha hecho reflexionar sobre la motivación, sobre cómo hay cosas que acaban saliendo de forma natural y casi inevitableefortless doing«) mientras otras no hay forma de conseguirlas. Cómo hay cosas que se adaptan mejor a la forma de ser de uno, y hasta qué punto podemos actuar para que sea de otra manera o si tiene sentido «emperrarse» en algo que no fluye.
También sobre los pensamientos limitantes, esas «historias que nos contamos a nosotros mismos» para las que no dejamos de encontrar ejemplos («¿Lo ves? Lo que yo decía») mientras ignoramos todo aquello que desmonta nuestra creencia. Y cómo un proceso consciente de «indagación apreciativa» puede ayudarnos a resquebrajar esas creencias, abriendo las puertas a aceptar que las cosas, quizás, son de otra manera.
Y así, reflexionando reflexionando, son ya 1731.

Mis fracasos llevando diarios

Recuerdo la primera vez que intenté llevar un diario. Calculo que tendría… ¿13 años? Fue un cuadernito normal, de los cuadriculados del colegio. No recuerdo por qué lo empecé. Curiosamente, recuerdo al menos dos de los temas sobre los que escribí. Recuerdo dónde lo escondía, debajo de la cadena de música que tenía junto al cabecero de la cama. También recuerdo que no escribí mucho más, y me parece que pasados no muchos días arranqué lo que había escrito y lo tiré: demasiado personal como para estar por ahí rondando.
Supongo que ése fue uno de los factores de «rozamiento» que impidieron que el hábito se formase. Esa sensación de falta de privacidad, de tener un cuaderno por ahí suelto con pensamientos muy personales que pudiera caer en manos de mi hermana o de mis padres. Incluso el hecho de que me vieran escribiendo en un cuaderno, o guardándolo, y verme en la tesitura de explicar que estaba llevando un diario, ya me suponía una barrera. Quería que fuese algo de mí para mí, sin que su contenido ni su mera existencia fuese algo conocido.
A lo largo de los años me he sentido atraído varias veces por esa idea de «llevar un diario». De alguna manera, el blog (esta semana cumplirá 12 años. 12 años, manda huevos) o el twitter han cumplido parte de su función. Pero claro, no es lo mismo. Su naturaleza pública hace que en temáticas y en tono sean vehículos muy acotados. De vez en cuando se escapan algunas gotitas de sentimiento, de obsesiones… pero pasadas por el tamiz de la conciencia de que es algo que otros pueden ver. Así que hay todo un mundo de intimidad que se queda fuera.
Dicen que llevar un diario es beneficioso. Que poner por escrito lo que tienes en la cabeza ayuda a ser más consciente, a interrumpir las rumiaciones, a poner orden. Que el proceso reflexivo que se produce al escribir ayuda a tener más claridad, a descubrir nuevos enfoques. La revisión a pasado ayuda a recordar, a detectar patrones en tu pensamiento y en tu comportamiento, a poner en perspectiva las cosas.
Todo esto son cosas que, en mis (siempre breves) experiencias sí he sentido. Y sin embargo, hasta hoy no he sido capaz de sostener el hábito. Me da el punto, empiezo… pero a los pocos días el esfuerzo se va espaciando, y acaba por diluirse por completo. He probado a utilizar aplicaciones como Journey, he probado con el cuaderno tradicional, incluso con un formato gráfico (acompañando las palabras de dibujos). He leído sobre bullet journaling, sobre 5 minutes journaling, sobre morning pages. Me he enfrentado a la sensación de «bueno, y qué se escribe aquí»; pero cuando he intentado seguir formatos un poco más dirigidos tampoco me he sentido cómodo («esto es demasiado rígido, siento que me estoy repitiendo»). Cuando escribo mucho tengo la sensación de que «me enrollo demasiado»; formatos más breves me dan la sensación de que no capto todo, ni con toda la profundidad y matices. Cuadernos bonitos, cuadernos feos. Grandes y pequeños. En el fondo, da igual; tengo claro que el problema no es por no haber dado con «la herramienta/formato perfecto», si no por una falta de hábito. ¿Y por qué? Buena pregunta. Está claro que no he conseguido encontrar un hueco, un ritual que pueda utilizar de forma consistente para hacer esa reflexión diaria. Llega la noche (que es cuando siento que debo hacerlo por aquello de «recapitular el día», aunque hay quienes sugieren que hacerlo por la mañana también es útil), y ya me he desentendido del escritorio, y voy del sofá a la cama. No soy de escribir en la cama (algo que hay quienes sí hacen) así que ese rato se me escapa.
Pero seamos serios. «If there’s a will, there’s a way». El que realmente quiere algo busca la forma de hacerlo, y el que no quiere se busca una excusa. Hoy, repasando un puñado de hojas de uno de mis intentos (de 2014) me ha dado por pensar una cosa: he visto una serie de «pensamientos recurrentes». Cosas que me preocupaban en 2014, igual que recuerdo que me preocupaban años antes, igual que me preocupan ahora. He tenido la sensación de «no avanzar», y no me ha gustado. Esto me lleva a sospechar que llevar un diario me obliga a enfrentarme a cosas que no me gustan de mí mismo. Esa exigencia de reflexionar pone de manifiesto incoherencias, lados oscuros, limitaciones. Cosas que no son cómodas. Y como no me gusta verlo, lo más fácil es «matar al mensajero». Y luego racionalizarlo con una excusa a elegir.
Precisamente hoy leía en una de esas anotaciones una frase: «Si no te gusta lo que ves en el espejo, no le culpes a él». Vaya con el diario.

Los sueños de Jiro

Jiro hace sushi. Lleva haciéndolo 80 años. Tiene un pequeño restaurante (10 asientos) en Tokio. Y tres estrellas Michelin.
Jiro’s dreams of sushi cuenta su historia, y su filosofía de trabajo. Esa que le lleva a seguir trabajando a diario a sus 85 años (en el momento del documental), esa que le lleva a seguir pensando en mejorar, esa que le ha llevado a la excelencia.
Éstas son algunas de las cosas que me parecen destacables de la historia de Jiro:

  • El camino a la maestría: a través de su propia historia, y de la de quienes trabajan con él (incluyendo sus hijos), Jiro transmite la idea del «shokunin«. El conjunto de dedicación, de pasión, de exigencia, de constancia… que te impulsa siempre a mejorar. El aprendizaje es largo, nunca termina.
  • El valor de la experiencia: «veo cosas que otros no ven, porque llevo décadas haciéndolo»; «lleva años desarrollar esa intuición». El aprendizaje (el de verdad) deriva en esto, en que acabas desarrollando superpoderes. En que terminas haciendo de forma natural y «fácil» cosas que a otros les parecen imposibles.
  • Excelencia es exigencia: cuenta uno de sus cocineros cómo, durante su aprendizaje, tuvo que repetir decenas y decenas de veces un plato hasta que se lo aprobaron. Cuando van al mercado, descartan montones de piezas porque solo quieren lo mejor; y si eso implica volver sin ese producto, vuelven sin ese producto. El pulpo se masajea durante 50 minutos para que se haga tierno. Todos los platos se prueban y, si no están perfectos, se rehacen. Etc. Si quieres ser excelente, el listón debe estar alto y debes respetarlo.
  • El poder de la especialización: Jiro hace sushi. Y nada más que sushi. No hay aperitivos, no hay distracciones. Su restaurante es especializado, trabaja solo con proveedores especializados. Solo así, mediante el foco, consigue elevar su nivel de conocimientos y, a través de eso, incrementar su valor.
  • Lo pequeño es hermoso: Jiro tiene un restaurante pequeño. No ha sucumbido a la tentación de tener un restaurante más grande. O de franquiciar. De dedicar tiempo a otras cosas que no fuesen su oficio. Quizás hubiese ganado más dinero, pero quizás el dinero no es lo más importante.
  • La cultura de lo personal: Jiro está en su restaurante. Todos los días, mañana y noche. Atiende a los clientes, les despide. Sigue haciendo tareas en el día a día. Enseña y supervisa a su pequeño equipo. Está encima de los detalles. Quizás de forma obsesiva. Pero así es como consigue que las cosas sean exactamente como quiere que sean.

La pregunta es… ¿podemos ser tú o yo como Jiro? ¿Deberíamos seguir su ejemplo? ¿O es que Jiro ha acabado siendo así porque estaba en su naturaleza, y solo desde ahí se entiende su forma de ser y de actuar? ¿Es su camino al éxito el único camino posible?

Sistemática-mente: la importancia de ceñirse al guión

Cuando el otro día extraía 13 ideas sobre Scrum que puedes aplicar en tu gestión, hubo una que se me quedó dando vueltas. En concreto, la de «Respeta los procesos y las herramientas, aunque parezca aburrido»
Podemos hablar de Scrum. O del método GTD. O de cómo gestionar una reunión. O de cómo hacer un brainstorming. O como gestionar tu información. O de un proceso de gestión comercial, o de calidad total. O de una rutina de entrenamiento. O de una dieta de adelgazamiento. O de una fórmula para ordenar tus armarios. Da lo mismo. Hay decenas de situaciones para las que se han definido «fórmulas» para guiar la acción y que, si se siguen adecuadamente, dan resultados.
«Si se siguen adecuadamente». Y ahí está el quid de la cuestión.
Muchas veces nos encelamos en buscar «la herramienta perfecta», o «el proceso perfecto». Aquella que sí, de una vez, nos permita obtener los resultados que queremos. Y lo que suele pasar es que las herramientas, las instrucciones, ya existen; quizás no perfectas, pero sin duda más que suficientes. Pero no seguimos las instrucciones, no nos ceñimos al guión. Quizás sí al principio, pero rápidamente nos desenganchamos: porque nos aburrimos, porque «lo damos por sabido», porque «bueno, esto no es tan importante y me lo puedo saltar», porque «esto lo voy a hacer a mi manera», porque «a mí me gusta ser más flexible». Pedimos herramientas pero, cuando las tenemos, no las usamos como debemos, nos dejamos ir. La cabra tira al monte, y pasados un tiempo volvemos a estar donde estábamos. Y entonces le echamos la culpa a la herramienta, «es que no funciona», y vuelta a empezar. Algo perfecto para los fabricantes de métodos y herramientas, que te venderán la enésima regurgitación de lo mismo («eh, pero ahora sí, éste sí que es el método definitivo y revolucionario»). Pero el problema no está ahí. La mayoría de los problemas, y de sus soluciones, tienen las letras gordas. Solo hay que seguir las instrucciones.
No sé hasta qué punto estoy proyectando aquí mi forma de ser (porque sí, éste es uno de mis talones de Aquiles), pero lo cierto es que cuando miro alrededor creo que es algo bastante generalizado.
Y me atrevería a decir que es un importante factor de éxito, que está al alcance de cualquiera. Cíñete al puñetero guión. Elige la metodología, el proceso, la herramienta… que te de la gana, y luego cíñete a lo que has elegido. Hazlo el tiempo suficiente, y con el rigor necesario, como para poder valorar si funciona o no. Consolida. Y luego, si tienes que refinar, refina. Si puedes adaptar, adapta. Pero para entonces seguro que ya estás varios pasos más cerca de lo que querías conseguir, y desde luego mucho más cerca que si vives a base de improvisación e impulsos.

Dos formas de discutir

Hace un tiempo estaba pasando un rato en Facebook, y me crucé con un contenido de un tipo (el típico «amigo de un amigo») que decía algo con lo que no estaba de acuerdo o que, cuanto menos, me parecía matizable. Y me dio por ponerle un comentario.
«Error de novato», diréis. Bueno, no sé. Es verdad que entrar en una conversación con un desconocido no sabes dónde te va a llevar, pero esa incertidumbre opera también en positivo: quién sabe, igual de ahí sale un intercambio interesante, un aprendizaje, una nueva relación. En fin, que de ese primer paso no me arrepiento.
El caso es que el tipo respondió con aspavientos, exageraciones y un par de falacias de libro. Me sorprendió la virulencia de la respuesta. Aun así (y aquí sí, error total) volví a contestar, intentando señalar sus falacias y volver a llevar la conversación al terreno del «intercambio de ideas». Por supuesto, en vano. El tipo volvió a sacar sus recursos de tahúr dialéctico. Ahí ya le señalé su evidente falta de voluntad, y di por perdida la conversación, a la que además se habían unido un par de palmeros de esos que solo buscan aprobación del líder de la manada. Aun así añadí un par de argumentos pero ya sin esperanza ninguna, simplemente por acabar de pasar el rato.
Aquel intercambio me dejó bastante pensativo. Al final te das cuenta de que en el mundo hay dos tipos de personas a la hora de discutir.
Hay unos que discuten de buena fe. Son los que plantean argumentos, los que escuchan al otro, los que están dispuestos a asumir que puede que estén equivocados y que el otro tenga razón, los que buscan entender razones ajenas, los que intentan explicarte las suyas con paciencia y buena voluntad. Son los que mantienen la conversación dentro de los límites del respeto y que tras terminar, se llegue a una conclusión conjunta o no, son capaces de apreciar el valor de esa conversación. Una discusión de este tipo es enriquecedora, es satisfactoria por sí misma. Te da la oportunidad de aprender, de poner a prueba tus convicciones y tus argumentos, de entender otros puntos de vista, de cambiar de opinión o de reafirmarte en la que ya tenías.
Y luego hay otros que no buscan nada de eso. Solo «ganar», a cualquier precio. Solo escuchan al otro para ver por dónde pueden manipular lo que dicen, prestos a señalar los errores ajenos pero incapaces de reconocer (y no digamos rectificar) los propios. Los que en cuanto pueden usan trucos sucios, falacias argumentales. Los que entienden cualquier concesión como una debilidad. Los que se victimizan, los que hacen aspavientos, los que buscan a otros para meter bulla. Y con esta gente no merece la pena discutir. Nada, cero. No tienes nada que ganar, no vas a convencerlos de nada, no vas a aprender nada. Como se suele decir, «no pelees con un cerdo; acabaréis los dos llenos de barro solo que el cerdo lo disfruta». Lo mejor que puedes hacer cuando detectas este tipo de personajes es hacer mutis por el foro, «pa ti la perra gorda» y santas pascuas. No llevarte ni medio sofoco.
Quiero creer que yo estoy en el primer grupo, al menos la mayor parte del tiempo (igual desde fuera se ve distinto). Ocurre que, a pesar de toda esta reflexión, me sigo viendo de vez en cuando en situación de discutir con el segundo tipo. Imagino que me puede la vehemencia, la seguridad de «tener razón» o la petulancia de demostrar que «te equivocas». O quizás sea la ilusión de creer que a lo mejor es de los primeros, de los que me va a dar una conversación satisfactoria. A lo mejor tardo demasiado en detectar las señales, y acabo dándome cuenta de que he perdido el tiempo y la energía en una discusión inane, y me siento bastante estúpido.
Hace tiempo me planteé que no tenía sentido «intentar convencer a nadie» de mis puntos de vista ni hacerles ver que están equivocados. Que no gano nada, que para qué perder el tiempo, que allá cada uno. Que debería guardar mis opiniones para mí, y dedicarme a lo mío. Me temo que no siempre lo consigo, como atestiguan 12 años de blog y más de 37.000 tuits :/ . Aun así, procuro evitar «temas polémicos» (de nuevo, no siempre lo consigo) o evitar discusiones del segundo tipo. Espero hacerlo cada vez mejor; viviremos todos más tranquilos.

Historias de profesionales independientes: Julen Iturbe-Ormaetxe

(Esta entrevista pertenece a la serie de «Historias de profesionales independientes«, puedes ver más en este enlace)
Julen Iturbe-Ormaetxe puede que sea el «consultor artesano» por excelencia, dominio incluido. Es otro de los «clásicos», superviviente de aquella época del advenimiento de la «blogosfera» donde éramos cuatro gatos, y donde las conversaciones fluían quizás con más facilidad y más profundidad. Son muchos años leyendo y aprendiendo de sus reflexiones sobre la consultoría, sobre la empresa y sobre el mundo y la vida en general. Empresa abierta, wikis, aprendices, bicicletas… muchos son los conceptos que fluyen en su discurso, siempre desde una posición de lúcido escepticismo.

julen160321

Cuéntanos un poco tu trayectoria profesional, ¿cómo has evolucionado? ¿cómo llegaste a ser un “profesional independiente”?
Llevaba 12 años trabajando en la Corporación MONDRAGON, 6 en LKS, una empresa de consultoría y 6 en Maier, una empresa industrial que trabaja sobre todo para automoción. Creí que me hacía falta un cambio de ciclo y buscar una mayor independencia en la forma de hacer las cosas. No es que tuviera claro que el paso que daba fuera la mejor opción, pero sí sentí allá por 2003 que había llegando el momento de hacer otras cosas.
Cuando comencé a trabajar por mi cuenta la situación económica no era mala y como ya había colaborado con Mondragon Unibertsitatea, llegué a un acuerdo con ellos y comencé a impartir clases y colaborar también como consultor. Luego, al coger relevancia los temas de investigación, incorporé horas también para proyectos de investigación.
Como dice un buen amigo, Alberto Ortiz de Zárate, más que «independiente» somos profesionales «interdependientes». Tuve claro desde el principio que trabajar «por mi cuenta» era colaborar con otras personas. Al ser pequeño no queda sino hacer los proyectos en compañía. Y ahí fue como se fue fraguando la idea de Consultoría Artesana en Red.

Tuve claro desde el principio que trabajar «por mi cuenta» era colaborar con otras personas. Más que «independiente» somos profesionales «interdependientes»

Investigación, docencia, «trabajo facturable»… son tres actividades bastante diferentes. ¿Cómo se entrelazan para ti? ¿Hasta qué punto se complementan, o por el contrario entran en conflicto a la hora de asignar tiempo, foco…? ¿Cómo consigues cuadrar el círculo?
Ahora mismo estoy en una situación digamos que «anómala» porque tengo buena parte de mi tiempo ocupado con el doctorado. Mi previsión es defender la tesis en junio de 2018 y hasta entonces esto condiciona mi agenda. Pero en una situación «normal» las tres actividades son relativamente sencilla de encajar. La docencia suponen horarios fijos pero en mi caso no es excesiva esta carga. En la universidad duelo tutorizar proyectos fin de máster y fin de grado que me permite una asignación más flexible del tiempo. Por su parte, la investigación y la consultoría se llevan bien con el concepto de «proyecto». Así que por ahí no surgen demasiados problemas.
¿Qué es lo que más valoras de ser “profesional independiente”?
Creo que cada cual tiene que darse cuenta de cuál es la forma en que mejor trabaja. Yo necesito aire, autoorganizarme, coger la bici por la mañana si el día lo permite y hacerlo con la conciencia tranquila. El trabajo está ahí para que lo adaptamos cuanto podamos a cómo somos. Trabajando dentro de una organización perdemos, como es lógico, gran parte de esa libertad. Buscamos perfiles que se adapten a puestos y no puestos que se adapten a perfiles. No sé, quizá es un precio demasiado alto que no estoy dispuesto a pagar.

Cada cual tiene que darse cuenta de cuál es la forma en que mejor trabaja. El trabajo está ahí para que lo adaptamos cuanto podamos a cómo somos

¿Cuáles son las mayores dificultades que ves en el camino de un «independiente»?
En realidad no encuentro dificultades. Solo veo ventajas. Claro que a lo mejor juego con ventaja. Si quiero sentir que, de alguna manera, formo parte de una organización, solo tengo que irme a la facultad y trabajar desde allí. Lo digo porque mucha gente no llevará bien lo de trabajar desde su propio hogar. Yo no lo tuve claro hasta que lo probé. Cuando empecé a trabajar desde mi casa no sabía cómo iba a reaccionar. ¿Sería productivo? El tiempo me ha demostrado con creces que sí, que disfruto con esta forma de hacer las cosas. Hoy Internet nos ayuda a estar «junto a» si es que el problema es sentir el calor de otras personas trabajando a tu lado.
¿Qué habilidades crees que son fundamentales cuando uno está por su cuenta?
Es evidente que hay que tomar la delantera a los acontecimientos. Hay que planificar cómo son los días. Porque hace falta cierta disciplina y autocontrol, no nos vamos a engañar. Tampoco soy de los que me obsesiono por cuadricular la agenda e ir tarea a tarea hasta la victoria final. Mi cuaderno me dice lo que está pendiente y luego voy mucho por sensaciones. Muchas veces hay que hacer lo que hay que hacer porque los proyectos son plazos y hay que cumplir con los hitos temporales planificados pero otras veces podemos decidir lo que hacemos.
También me parece importante sentirse a gusto con las tecnologías porque hay mucho trabajo colaborativo que necesita una videoconferencia o compartir documentos en línea. Por otro lado, en la consultoría necesitas cierta visibilidad y no está de más mantener un blog que muestre al mundo lo que somos. Claro que de esto sabes tú tanto o más que yo, ¿no?
Me gusta mucho el concepto de «interdependientes», y me parece muy importante. ¿Cómo es para ti el proceso de generar esas relaciones, cuidarlas, seleccionarlas? ¿Cómo trabajas «tu red»?
Creo que hay dos variables evidentes y una actitud. Las variables son: complementariedad en competencias profesionales y química personal. La actitud es la de la humildad: hay gente que sabe más que tú de muchas cosas y con las que merece la pena colaborar porque nos enriquecen. Me explico algo más. Para mí lo natural cuando miras al lado artesano (yo y mis circunstancias ante un trabajo del que quiero estar orgulloso) es reconocer que alrededor de él hay gente que complementa lo que sé hacer bien. Lo lógico es que la red surja de reconocer nuestras carencias. No podemos saber de todo. Cuando captamos un proyecto: ¿sabemos todo lo necesario para afrontarlo con garantías?, ¿por qué no buscar alrededor con quién complementar competencias? Cuando inicias ese camino sucederá que hay gente con la que haces química y gente con la que no. La vida misma, ¿no? Pues eso, creo que no hay otra forma cuando eres «pequeño» 😉

Tejer tu red implica complementariedad en competencias profesionales, química personal y una actitud de humildad

Fuiste el primero al que escuché el concepto de «consultor artesano». ¿En qué consiste para ti esa artesanía, y cómo contrasta con otros enfoques de consultoría?
Yo trabajé seis años en una empresa de consultoría «mediana» y conocí de cerca la competencia de las grandes. Luego llegó el ciclo del trabajo «al otro lado», como gestor y no como consultor. Cuando decidí volver a la consultoría y hacerlo por mi cuenta, sabía lo que no quería. Y eran los modelos que había conocido. Prefería un vínculo más estrecho con el cliente y volcarme en hacer las cosas bien, hasta donde yo fuera posible. Con la suerte, debo decirlo, de que mucha gente me conocía y no había que lanzarse a vender. Por ahí empezó a fraguar lo de la consultoría artesana, pero siempre con el apellido «en red». Con el paso del tiempo, aparecieron profesionales, mujeres y hombres que compartían ese enfoque. Y así empezamos a interactuar en algunos talleres, la bola fue creciendo, lanzamos un manifiesto. Bueno, uno sabe cómo empiezan las cosas pero no cómo terminan. Mi idea de la consultoría artesana es muy simple: clientes de confianza, no muchos, profesionalidad, empatía, rigor.

Mi idea de la consultoría artesana es muy simple: clientes de confianza, no muchos, profesionalidad, empatía, rigor

¿Qué herramientas utilizas para facilitarte el trabajo?
Para mí es importante trabajar a gusto en el despacho. Soy de los que planifico… hasta cierto punto. Me gusta llevar el control de lo que hay que hacer. En ese sentido, aunque no practico un método GTD ortodoxo, sí compro algunas de sus ideas (en mi caso proceden más de mi actividad profesional vinculada a las 5S como herramienta para mejorar la productividad en el lugar de trabajo). Lo que hay que hacer tiene que estar escrito en algún sitio y cuando ya está realizado, ¡a tachar!
Siempre me he llevado bien con la tecnología aunque procuro mantener una distancia crítica. Creo que nos cuelan demasiados goles vinculados a la sociedad de consumo en que nos movemos. Pero trabajo a gusto con correo electrónico, con ofimática clásica o colaborativa, con wikis, blogs y buena parte del arsenal de lo que en su día llamamos web 2.0 y que hoy no sé muy bien qué es.
No uso ningún gestor de proyectos aunque mi sistema de trabajo de alguna forma lo lleva incorporado como concepto. Según clientes uso wikis para dar soporte a los proyectos o me apoyo en herramientas más tradicionales. No obstante, soy de los que piensa que un proyecto pide una wiki.
Has hablado estas semanas de «tus rutinas». ¿Qué valor tienen para ti esas rutinas? ¿Qué te aportan, en qué te limitan? Y por otro lado, ¿hasta qué punto crees que las rutinas son «moldeables», o por el contrario son un reflejo de la personalidad de cada uno? ¿Has creado tus rutinas, o son el resultado de ser quien eres?
Supongo que venimos de serie con cierta predisposición a ser de determinada forma. Yo no pegaría mucho por ser algo muy diferente de lo que mi equipamiento de serie aportaba. Eso sí, tengo que ver cómo aprovecho lo que los genes me han dado. Si estoy más despierto por la mañana, ¿no sería lógico aprovechar ese potencial? Si prefiero trabajar con cierto orden, ¿por qué no aplicarlo para ser más eficiente en lo profesional? Insisto, creo que hay que dejar fluir a la persona que somos. Hoy parece haber una corriente por ser maravilloso, aprovechar hasta el último segundo del tiempo y pensar en la supereficiencia. No sé, un poco más de relajación, ¿no? Cada cual que procure aprovechar lo que se le da bien.
¿Qué reacciones sueles encontrar a tu alrededor (entorno familiar, amigos, conocidos, etc.) cuando conocen tu forma de trabajar?
La mayor parte de las veces doy envidia. Aunque también hay quien dice que no podría trabajar así. Para gustos los colores, ¿no? En mi casa ya saben que soy el alma libre que dispone más o menos de su tiempo y que se puede organizar sin las rigideces de los horarios laborales. A mi alrededor en la familia tenemos a unas cuantas empleadas públicas que viven al ritmo de sus horarios laborales, aunque desde luego no diría que les va mal.
¿Y en el ámbito profesional? ¿Qué reacciones sueles encontrar de posibles clientes, etc. cuando conocen tu forma de trabajar?
Antes comentaba que vivo con una cierta bicefalia porque trabajo como profesional «interdependiente» pero también mantengo un lado «institucional» al ser profesor e investigador en Mondragon Unibertsitatea. Eso me permite jugar más con un perfil o con otro según convenga. Sí que cuando digo lo de «consultor artesano» enseguida la gente pregunta qué es eso. En este sentido que Sennett escribiera en su día El artesano fue como una especie de confirmación de que a idea original tenía sentido. Es como si Sennett nos hubiera escrito un libro de autojustificación de por qué la artesanía era un valor en pleno sigo XXI.
También sucede que cada vez hay más gente que trabaja por su cuenta. Yo en 2007 pasé de trabajar con una licencia fiscal a constituir una empresa que me sirve como «plataforma de facturación» y para dar cobijo a proyectos que requieran colaboraciones con otros profesionales. Los clientes con los que trabajo en general ya me conocen y creo que entienden que esta forma de trabajar es lógica en los tiempos actuales.
En tu «vida blogueril» dejas ver bastantes cosas de ti, desde tus hobbies ciclistas a reflexiones personales, estados de ánimo, muchas veces expones tus dudas, o tienes posicionamientos críticos… Todo esto contrasta con cierta corriente que dice que hay que «ceñirse a un tema» y limitar «lo personal». ¿Cómo ves esta (presunta) dicotomía?
Como tú sabes tan bien o mejor que yo, quienes empezamos a bloguear hace ya más de una década lo entendemos, creo de una manera que a lo mejor no es la vigente a día de hoy. Yo no puedo dejar de ser quien soy y el blog es mío. Digo allí lo que me apetece. Sin más. ¿Que me dedico a postear mis etapas en las rutas cicloturistas? Bien, he acabado colaborando con Orbea e incluso mi doctorado une pasión y profesión: bicicleta de montaña e innovación de usuario. Así de simple. Vida solo hay una aunque desplegada en múltiples facetas.

Yo no puedo dejar de ser quien soy

¿Cómo crees que evolucionará el mundo del trabajo? ¿Qué rol crees que jugarán los profesionales independientes en él?
Yo mantengo una relación de cierta distancia con el concepto de freelance. Porque no es lo mismo que esa condición sea el resultado de una decisión donde había más opciones que lo que hoy en día se vende: inventa tu propio empleo. Esta obligación de «buscarse la vida» obliga a quien no tiene ni el interés ni las habilidades a lanzarse a una cierta prostitución de sus habilidades. En vez de que te mande un patrón (en términos clásicos) ahora te manda el capital. Hay que facturar y eso supone lanzarse a una piscina donde muchas veces apenas si hay agua.

Esta obligación de «buscarse la vida» obliga a quien no tiene ni el interés ni las habilidades a lanzarse a una cierta prostitución de sus habilidades

Las empresas buscan flexibilidad y ya no hay propuestas a medio o largo plazo. Nadie parece disponer de la perspectiva suficiente para asegurar un proyecto de vida y una carrera profesional. Todo vive preso de un cortoplacismo preocupante. Y ahí los ejércitos de freelances son una herramienta que el sistema necesita. Esta es la parte peligrosa. Inseguridad por todas partes y hay facturación mientras hay trabajo. Profesionales de usar y tirar. Sí, me preocupa este nuevo estatus.
Si miro la botella medio llena también es verdad que veo en este tipo de profesionales interdependientes una manera de tomar las riendas de su vida laboral y una responsabilización sobre su desarrollo. Claro que esto es positivo y que cuenta con perspectivas halagüeñas. La estadística dice que este tipo de empleo crecerá. Esperemos que sea para bien 🙂

Si miro la botella medio llena veo en este tipo de profesionales interdependientes una manera de tomar las riendas de su vida laboral y una responsabilización sobre su desarrollo

Entiendo tu planteamiento de que «cada uno debiera poder elegir», y que es una puñeta eso de verse «obligado a facturar». En el fondo estás pidiendo un sistema donde «alguien» dé la opción de estabilidad y perspectiva, seguridad al fin y al cabo… pero lo cierto es que ese alguien va a seguir teniendo la «obligación de facturar» (ese «hay facturación mientras hay trabajo» es tan válido para las empresas como para los individuos). ¿No es un poco injusto pedir a otros (el empresario) que asuma esa posición de riesgo, para que «otros puedan tener seguridad»?
La seguridad es un término relativo. Si eliges poner en marcha una empresa, creces y contratas personas para que trabajen contigo, yo intentaría proyectar hacia el futuro. Y habrá quien entre al juego y quien no. Hoy el corto plazo está sobrevalorado. El éxito es el de mañana por la mañana. Si no lo consigues, vas mal. Yo entiendo que hoy «seguridad» es una palabra en desuso, retrógrada y hasta casi como de perdedores. Pero muchas personas necesitan seguridad. De hecho todos la necesitamos en buena medida. ¿Dónde está? ¿En una gran empresa que cuenta a sus personas por números y no tanto por su nombre y apellidos? Esa es la realidad. La despersonalización cabalga de la mano del tamaño.
Creo también que la seguridad hoy es un reto a la inteligencia. Si trabajo por mi cuenta como consultor, cómo puedo trabajar la seguridad. Quizá pueda buscar proyectos de facturación recurrente (formación por ejemplo). De hecho yo mismo, soy «medio consultor» porque en realidad desde 2003 facturo a Mondragon Unibertsitatea por un conjunto de horas que pactamos para cada curso académico en función de las actividades a desarrollar. No sé, cada cual tiene que mirar cuánto de inseguridad es capaz de soportar. Sí, hay que gestionarla porque cada vez hace más frío ahí fuera. Sennett para estas cosas me parece un autor con una mirada muy clara.