¿Y qué más da lo que estudies?

Esta mañana me metí en un intercambio de opiniones acerca de «la decisión sobre qué estudiar». Decía Daoiz Velarde en twitter que los chavales, en el momento de tomar esa decisión, no saben por dónde les da el viento. Y que «hoy más que nunca es crítico que estudien algo útil; útil para el mundo al que nos dirigimos, que será bastante distinto del actual en 20 años, y otro planeta profesionalmente que hace 20».
Algo útil. Ya. ¿Y qué es «útil», y más en ese entorno volátil en el que nos encontramos? Dicen que los trabajos del futuro probablemente aún ni estén inventados, dicen que cada persona tendrá varias carreras profesionales a lo largo de su vida… ¿cómo defino hoy qué tengo que estudiar para tener un trabajo que ni siquiera sé en qué va a consistir? Antes, cuando estudiaba poca gente y el mundo del trabajo era razonablemente estable, uno podía establecer un «plan de carrera»: si estudio esto, cuando salga podré colocarme «de lo mío», en quince años alcanzar no sé qué nivel, ganarme la vida y jubilarme sin contratiempos. Al menos entonces podía tener sentido tomar una decisión «racional», basada en un «retorno de la inversión» más o menos acotado, pero… ¿quién es capaz de hacer un razonamiento así a día de hoy?
«Al menos descartemos caminos que ya de partida sabemos que no tienen futuro», decía otro. ¿Ah, sí? ¿Somos capaces de saber que algo no tiene «futuro» porque sí? Estamos diciendo que vamos a un mundo en el que no sabemos cómo se van a configurar los trabajos, ¿y creemos que podemos descartar A o B?
En el fondo, lo que subyace en este tipo de razonamientos es una suerte de determinismo. Si estudias tal cosa, estás acotando tus opciones de futuro para toda tu vida. Y no hay vuelta atrás. Así que elige bien, porque si eliges mal estás condenado. Y si eliges bien enhorabuena, tienes el futuro asegurado. Y todo esto es algo con lo que estoy en profundo desacuerdo.
Creo que el futuro profesional no se articula en base a «qué has estudiado», si no más bien a «cómo has estudiado». El desarrollo de habilidades profesionales y personales por encima de los conocimientos adquiridos. Porque los conocimientos evolucionan y caducan cada vez con mayor velocidad, y es bastante absurdo pensar que «lo que aprenda en la Universidad es lo importante». No, cualquiera sabe que el aprendizaje de verdad se produce una vez que sales de la Universidad y te enfrentas al mundo real. Es ahí donde aprendes lo que realmente necesitas aplicar, acudiendo a múltiples fuentes de conocimiento, y así seguirá siendo durante el resto de tu vida. Nadie te asegura (y todavía hay tanta gente que vive en la inopia… ) que por el hecho de estudiar vayas a tener «premio seguro» (luego vienen los lloros tipo «yo hice una carrera, y dos masters, y… estoy limpiando váteres«). No sé si alguna vez fue así, desde luego ahora no. En ese sentido escribía hace tiempo que «la universidad no sirve para nada«, y lo sigo pensando. De hecho, lo pienso también de la educación formal para más pequeños.
Lo que es fundamental, por encima de qué estudies (o de si estudias) es desarrollar habilidades personales y profesionales. De análisis, de síntesis, de comunicación, de organización, de relación, de trabajo en equipo, de autogestión, de esfuerzo, de resiliencia, de liderazgo, de visión global, de negociación… Aprende idiomas, construye tu red de contactos, ten experiencias diversas, ve mundo. Todo esto son habilidades transversales, que te van a servir a lo largo de toda tu vida, una colección de recursos de la que podrás tirar sea como sea el futuro. Habilidades que, en realidad, se pueden desarrollar estudies lo que estudies. Incluso si no estudias. Ése debería ser el foco, y no «los conocimientos» o «las salidas». Porque los conocimientos los vas a tener que ir renovando permanentemente (dependiendo de cómo evoluciones tú, de cómo evolucione el mundo), y «las salidas» distan mucho de estar claras.
Llegados a este punto, ¿qué estudiar? Pues mira, antes que eso… ¿quieres estudiar? Porque no es lo relevante; lo que importa es que seas consciente de la importancia de tener habilidades y pongas el foco en desarrollarlas. Estudiar es un camino, pero no es necesario ni suficiente, y a veces tal y como está montado el sistema educativo es contraproducente. Y si te decides a estudiar… estudia lo que te apetezca, y cómo te apetezca. Lo que te haga sentir bien. Porque siempre será más fácil desarrollar tus competencias en un entorno apetecible que si estás haciendo algo que no te gusta «porque es lo que tiene salidas»; la probabilidad de que no te desarrolles una mierda, estés amargado y encima te encuentres con que al acabar las presuntas «salidas» que dabas por seguras estén tapiadas es elevada.
PD.- Juan Luis Hortelano escribía una interesante «carta a su hija», de 17 años, a raíz de la conversación de esta mañana. Me atrevería a decir que no hay que esperar a ese momento para trasmitir estas ideas; es una forma de ver el mundo que, cuanto antes, mejor.

Historias que contar en Snapchat

Han pasado unos días en los que he seguido explorando el maravilloso mundo de Snapchat, haciéndome un poco más a la idea de cómo funciona y para qué puede tener sentido.
Hace unos días Jeroen Sangers hacía una reflexión muy pertinente: «Veo gente explorando Snapchat, pero lo que veo es que, como yo, todavía no tenemos muy claro para qué usarlo… ¿y tú para qué usas Snapchat? ¿cuál es tu objetivo?» (hay que ver estos señores de la efectividad, siempre metiendo el dedo en la llaga :D).
Le respondí con una serie de snaps, que podéis ver a continuación. No os riáis, que hacer el ganso es parte de la diversión (no es un medio para vergonzosos)


Yo me reafirmo en lo que decía en una primera sensación: lo que más me atrae es la funcionalidad de «my story», la posibilidad de utilizar las posibilidades del «lenguaje snapchat» para contar historias. En problema es… ¿qué historias?
Hice un pequeño gráfico que, a mi entender, refleja el «sweet spot» de las historias que tiene sentido contar en Snapchat:
snapchat

  • Tiene que tener sentido para ti, servirte para algo. No creo en una visión 100% utilitarista del mundo, pero al final si dedicamos tiempo y esfuerzo a algo (y más si tiene que ser algo sostenido en el tiempo) más nos vale que nos refuerce de alguna manera. Como decía Covey, «empezar con un fin en mente».
  • Tiene que resultar interesante, entretenido, útil… para quienes lo vean. Que pueden ser muchos o pocos. Pero si la gente ve tus snaps y piensa «pfff…» difícilmente van a interesarse por seguir viéndolos. Y para predicar en el desierto pues mejor nos quedamos callados, ¿no?
  • Tiene que adaptarse al «lenguaje Snapchat». Cada medio tiene sus pros y sus contras, y Snapchat también. La vinculación con «el entorno inmediato», la imagen, lo «informal», la caducidad… son características que se pueden aprovechar, pero que también restringen.

A mí particularmente me está costando encontrar el punto. He ido alimentando «my story» estos días, y creo que «el lenguaje Snapchat» lo voy pillando. El problema es que no acabo de saber qué contar: he puesto cómo hacía una tortilla de patata, cómo me iba a cortar el pelo o cómo estaba un rato en el gimnasio. Dudo mucho que eso interese a nadie (aunque oye, cada uno con sus filias :D), y me cuesta ver de qué manera eso me va a aportar nada a mí.
La cuestión es que, viendo lo que publican otras personas a las que sigo, tampoco acabo de ver ejemplos que me inspiren. Uno lleva a cortar jamón, otro se va a hacer unas plantillas para los pies, otro pasea al perro… Todo muy costumbrista, muy cotidiano. También están los que encadenan snaps para hacer un monólogo a cámara fija… ¿no tenías youtube para eso?. Quizás Snapchat me recuerde a aquel twitter original, que con su pregunta «qué estás haciendo» invitaba a ser muy descriptivo. Luego el medio evolucionó. ¿Puede que con Snapchat pase igual? Quizás, pero una de sus características principales es la vinculación con lo que tienes alrededor, lo que puedes captar con el móvil… lo cual te lleva casi de forma inevitable a ceñirte al «mira lo que estoy haciendo justo ahora» que, la verdad, da para lo que da.
Quizás, si tienes una vida muy interesante y muy movida, dé para «retransmitirla». Mira, hoy he viajado aquí. Mira, hoy he comido allí. Mira, hoy he hecho no sé qué actividad. Pero si tu vida es más o menos normal (de la de levantarte, trabajar, pasar el rato en tu casa con tu familia, ver una serie) pues te quedas pronto sin «aventuras» que retransmitir. La variedad en mi vida está en el ámbito intelectual (lo que leo, lo que escribo, los trabajos que hago), no tanto en el ámbito físico. Y quizás por eso me sigue costando ver cómo hacerle hueco.
Pero bueno, seguimos explorando. Ah, por cierto, mi «snapcode» por si os apetece uniros. Por nombre de usuario, allí soy raulherngonz
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Historias de profesionales independientes: José Miguel Bolívar

(Esta entrevista pertenece a la serie de «Historias de profesionales independientes«, puedes ver más en este enlace)
José Miguel Bolívar se autodefine como «consultor artesano en efectividad centrada en las personas». Lleva 8 años publicando su blog Óptima Infinito y lo que empezó casi como un hobby acabó siendo el eje de su labor profesional en esta etapa como profesional independiente, donde es uno de los nodos de OPTIMA LAB, una «red productiva que ayuda a personas y organizaciones a ser más efectivas para lograr sus resultados por medio del aprendizaje basado en la experiencia y nuevas metodologías centradas en las personas». Pero además es frecuente leer a José Miguel reflexionando sobre los trabajadores del conocimiento, el futuro del trabajo… un meta-análisis cuyos resultados se aprecian sin duda en sus respuestas.
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José Miguel, gracias por compartir tu experiencia. Cuéntanos un poco tu trayectoria profesional, ¿cómo has evolucionado? ¿cómo llegaste a ser un “profesional independiente”?
Desde muy joven tenía bastante claro que trabajar por cuenta ajena en una empresa, preferiblemente en una gran empresa y además internacional, era una experiencia profesional muy valiosa. Del mismo modo, también desde muy joven, tenía claro que, a partir de cierta edad, seguir trabajando por cuenta ajena deja de aportar para convertirse tanto en una limitación como en un riesgo. Así que desde el primer día de mi carrera profesional por cuenta ajena tenía decidido que en algún momento entre los 40 y los 50 lo dejaría para «montármelo por mi cuenta». Esta claridad fue la que me incitó, por una parte, a intentar moverme todo lo posible entre las diversas áreas de la empresa. Gracias a ello, he aprendido sobre un montón de cosas que me están siendo muy útiles a día de hoy: ventas, marketing, pricing, procesos, compras, finanzas, desarrollo de negocio y de productos, etc. Esa misma claridad también me fue de gran ayuda a la hora de saber reconocer el momento oportuno para «dar el salto». Hace aproximadamente 7 años, cuando yo tenía 43, mi empresa de aquel entonces fue adquirida por otra. Yo trabajaba entonces en RRHH y era mi enésima fusión/adquisición, así que ya sabía de qué iba el tema. Las circunstancias me permitieron organizar mi salida con un amplio margen, aproximadamente de año y medio, lo que facilitó todo enormemente. Mi idea inicial era dedicarme a hacer consultoría innovadora en RRHH, ya que trabajar en el sector biotecnológico me había permitido estar a la última en estos temas, pero sin embargo comencé a recibir peticiones relacionadas con la efectividad personal y organizativa, algo que hasta entonces era más un hobby que otra cosa y que finalmente se ha convertido en una profesión.

A partir de cierta edad, seguir trabajando por cuenta ajena deja de aportar para convertirse tanto en una limitación como en un riesgo

¿Qué es lo que más valoras de ser un “profesional independiente”?
Inicialmente no podía creerme que fuera verdad haberme librado de horas y horas de reuniones inútiles cada semana. Era demasiado bonito para ser verdad. Me sobraba tiempo para todo 🙂 Ahora, lo que más valoro es que mi trabajo tiene sentido, ya que afortunadamente puedo permitirme decir no a los proyectos que no me aportan nada. Disfruto enormemente con lo que hago y mis colegas de trabajo son, ante todo, amigos, con los que aprendo y me divierto. Mis clientes valoran mi trabajo y yo me siento útil trabajando con ellos. Es más, con algunos tengo incluso una excelente relación personal. En fin, no quiero que suene idílico pero lo cierto es que cambiaría muy pocas cosas, por no decir nada, de mi trabajo actual como consultor artesano.
¿Cuáles son las mayores dificultades a las que te encuentras?
Las dificultades son sobre todo las derivadas de compaginar las enormes diferencias entre realidades aparentemente muy parecidas. Por ejemplo, la mayoría de mis clientes son modélicos o casi modélicos. Con modélicos quiero decir que son clientes que saben en qué mundo viven, qué necesitan y también cómo puedo ayudarles con sus necesidades. Por si fuera poco, leen lo que les envías (y lo entienden!), escuchan lo que les dices, confían en tus recomendaciones como experto y te suelen hacer caso. Esto suele coincidir bastante además con que sus procesos internos son eficientes y pagan en plazo. El resultado de todo lo anterior correlaciona generalmente con que las cosas suelen salir perfecto, es decir, ellos están encantados y yo también. Más del 80% de mi actividad es con clientes recurrentes. También tengo algún cliente, afortunadamente pocos, que aún no se ha enterado de en qué mundo vive, ni de qué necesita, ni lee ni escucha lo que le dices (o al menos no se entera o simplemente te ignora). Poco sorprendentemente, sus procesos siguen siendo del siglo pasado y encima pagan tarde o con errores. Y, para colmo, te tratan con condescendencia. Mi principal dificultad es seguir siendo 100% profesional mientras trabajo con ellos y seguir haciéndolo, porque el cuerpo me pide otra cosa (estoy seguro de que sabes cuál). Y luego está el tema de la Administración, claro. Vivir y trabajar en «Españistán» es lo que tiene. Para qué vamos a hacer algo que sirva para algo y que funcione cuando se puede hacer algo inútil y que no funciona. Ser un autónomo o un micro-empresario en este país es un calvario en todos sus aspectos y eso que yo me libro de mucho porque tengo externalizado todo lo externalizable.
¿Qué habilidades crees que son fundamentales en esta situación?
Creo que un «profesional independiente» tiene que ser un «perfil en T», es decir, un especialista consumado en su área de expertise, a la vez que un generalista suficientemente competente en múltiples aspectos. Aquí no vale lo de saber mucho de lo tuyo y ya. Aquí, para poder salir adelante es necesario tener un conocimiento suficientemente bueno de otras muchas cosas básicas, como marketing, ventas, tecnología, finanzas, etc. De lo contrario, te va a tocar pagar por esas carencias, bien literalmente , porque vas a tener que adquirirlas, bien figuradamente, porque tu proyecto fracasará antes o después. Creo que también es muy importante saber integrar los detalles con la visión general y, de forma análoga, el corto plazo con el medio y el largo plazo. Es como intentar mantener dos docenas de pelotitas moviéndose en el aire a la vez sin que se caiga ninguna al suelo…

Un «profesional independiente» tiene que ser un «perfil en T», es decir, un especialista consumado en su área de expertise, a la vez que un generalista suficientemente competente en múltiples aspectos

¿Qué herramientas utilizas para facilitarte el trabajo?
La mejor herramienta son los hábitos (perdona, pero tenía que decirlo). Bromas aparte, mi sistema de organización personal está basado en una herramienta de mapas mentales llamada MindManager. Para el correo electrónico uso GMail y también uso bastante Office 365. En el trabajo con mi red, usamos slack en lugar de email, y también usamos el ecosistema Google (Drive, hangouts, etc.). Otras herramientas que usamos bastante son Trello y DokuWiki y, más ocasionalmente, Coggle, para mapas mentales colaborativos. Yo uso Windows y Android, aunque la mayoría de mis colegas de red son más de Mac.
Recientemente has cumplido 8 años de blog, a lo que se añade la publicación de tu libro, el mantenimiento del perfil en twitter… mucho esfuerzo centrado en compartir e interactuar. ¿Qué te aportan todos estos esfuerzos? ¿Consideras que, como profesional independiente, son herramientas valiosas y extrapolables para otros en esta situación?
Como consultor artesano, una de mis prácticas es evitar el acercamiento invasivo a los clientes. Esto significa, entre otras cosas, que no realizo actividad de venta activa alguna, ni «spameo» a mis seguidores con publicidad ni tengo el blog lleno de banners o molestas ventanas emergentes. ¿Cómo llegar entonces a los clientes potenciales? Como decía antes, el 80% de nuestros clientes son recurrentes. El 20% restante es en su mayoría por referencias de clientes ya existentes y una pequeña parte por nuestra presencia en redes sociales. Como artesano, estoy comprometido con el open source, con compartir conocimiento de forma abierta. Esto es algo en lo que siempre he creído y, de hecho, mi actividad en el blog o en twitter tiene su origen cuando yo aún trabajaba en una empresa. Es más, tanto mi blog como mi libro están publicados bajo licencia Creative Commons. Por tanto, para mí, toda esta actividad en el blog, las redes sociales o el propio libro, lejos de suponer un esfuerzo, es solo un reflejo de ese compromiso con compartir lo que sé. Compartir, además, me ayuda a pensar y a aprender. En cuanto a tu pregunta concreta sobre herramientas, creo que desde el punto de vista comercial lo importante es que se sepa lo que sabes, lo que haces y con quien trabajas (colaboradores y clientes). En ese sentido, el medio me parece secundario. En mi caso, el blog sirve más para confirmar intenciones de venta que para generarlas y también sirve para dar a conocer lo que hacemos.

Compartir me ayuda a pensar y a aprender

¿Qué reacciones sueles encontrar a tu alrededor (entorno familiar, amigos, conocidos, etc.) cuando conocen tu forma de trabajar?
Siempre he sido considerado un bicho raro en mi entorno familiar, así que en ese aspecto casi nada ha cambiado. Soy un introvertido que se pasa la vida hablando en público, así que siempre que tengo ocasión intento quedarme en mis círculos de confianza. Esto minimiza mucho la necesidad de dar explicaciones o aguantar críticas. La gente con la que comparto mi tiempo no facturable es mi familia y mis colegas, que son también mis amigos. Y ellos son tan raros y frikis como yo… o más. En mi casa mis hijas me felicitan el 4 de mayo, no te digo más ;-P
¿Qué reacciones sueles encontrar en el ámbito profesional (posibles clientes, etc.) cuando conocen tu forma de trabajar?
A la mayoría les llama mucho la atención (positivamente). Creo que alguno incluso se plantea hacer algo así en algún momento futuro. Nosotros tenemos a nuestro favor algo tremendamente poderoso y es que vivimos lo que decimos. Me refiero a que no hablamos de efectividad o de trabajo en red sino que trabajamos en red y estamos sanamente obsesionados por aprender constantemente sobre cómo mejorar la efectividad porque, en definitiva, es lo que te ayuda a vivir mejor y más feliz. Creo que este grado de coherencia y convicción es contagioso y resulta tremendamente atractivo. A muchos clientes les llama enormemente que trabajemos en red, que desarrollemos nuestros servicios de forma colaborativa o que compartamos lo que sabemos en nuestros blogs.
Has hablado de «trabajar en red». Quizás uno de los handicaps del profesional independiente sea esa cierta sensación de «soledad» y de falta de referencias inmediatas. ¿Cómo afrontas esa generación, mantenimiento y enriquecimiento de la red? ¿Cuáles crees que son las claves para que esa red funcione, qué cosas hay que hacer y cuáles hay que evitar? ¿Qué has aprendido de tu experiencia con Optima LAB?
Estoy convencido de que el trabajo en red será una de las formas habituales de trabajar en un futuro próximo. Yo llevo haciéndolo casi tres años y mi experiencia hasta ahora es enormemente positiva. Al poco de comenzar aventura en solitario me di cuenta de que solo no iba a llegar muy lejos, así que decidí explorar esta idea de red. Después de algún fracaso inicial con otras redes, OPTIMA LAB es una realidad de la que estoy muy satisfecho. Creo que la red como estrucutra organizativa ofrece muchas de las grandes ventajas de trabajar en una organización jerárquica pero también elimina muchos de sus problemas. Eso sí, también surgen otros nuevos. Una de las características de las redes productivas es que nacen del solapamiento fertil de intereses, es decir, que la gente que está en una red es porque comparte un interés común, más allá de ganar un sueldo a fin de mes, se entiende. Esto simplifica enormemente la relación, ya que no hace falta una misión o una visión colgadas en la pared para contar de verdad con un propósito compartido que impulse a la acción. Otra característica clave de la red es su dimensión humana, es decir, que la contención del tamaño importa, ya que permite un tipo de relación personal mucho más cercana. Esto es clave porque una red productiva es, ante todo, una red de confianza. El principal problema de las redes productivas es que la gente ha sido educada para trabajar en un entorno jerárquico y a hacerlo, además, como especialistas. Esto exigen un cambio inicial de mentalidad que cuesta bastante. En una red, todos los nodos deben ser proactivos, velar activamente por sus intereses y defender sus perspectivas. Nadie les va a decir lo que tienen que hacer ni se va a preocupar por ellos. Son entornos de trabajo adultos sin lugar para paternalismos. Por otra parte, es necesario ser autosuficiente en muchos aspectos, lo que implica ser mínimamente competente en muchas disciplinas, ya que, si no, en lugar de contribuir a la red te conviertes en una carga para ella y acabarás siendo excluído. Aprender a trabajar en red exige, en primer lugar, aprender a trabajar independientemente de forma efectiva. La gente está acostumbrada a que le digan lo que tiene que hacer y a ejecutar las órdenes sin pensar en ellas. Eso en una red no tiene ningún sentido. Por otra parte, la comunicación directa es clave. La mala comunicación es ineficiente y perjudica las relaciones personales. Hay que acostumbrarse a dar y a recibir feedback, aunque no guste. El ego sufre mucho al empezar a trabajar en red 😀 Otro elemento clave son los procesos de toma de decisiones. Nosotros aquí hemos avanzado también mucho gracias al trabajo de Paz Garde, sobre todo dejando al lado el consenso y trabajando en modelos basados en consentimiento. También llevamos tiempo explorando la distribución de roles, usando el modelo de Belbin, y los resultados son más que interesantes. La verdad es que las experiencias acumuladas hasta ahora en OPTIMA LAB son muchísimas y darían ellas solas para otro par de entrevistas 🙂

Una red productiva es, ante todo, una red de confianza

¿Cómo crees que evolucionará el mundo del trabajo? ¿Qué rol crees que jugarán los profesionales independientes en él?
El mundo del trabajo va a pegar un vuelco en las próximas décadas que va a ser brutal. Los robots van a llegar a casi todas partes y lo van a hacer muy rápido. Casi todo el trabajo manual va a ser sustituido por máquinas. Es lógica capitalista pura aplicada. Como sociólogo, lo que veo me fascina (¡Ojo! No digo que me guste). Lo de «ganarás el pan con el sudor de tu frente» es algo que va a pasar a la historia. Es solo cuestión de tiempo. Y eso nos plantea un montón de preguntas nada fáciles de contestar: ¿Cómo se va a distribuir la riqueza? ¿Qué va a pasar con el dinero? ¿Qué va a sustituir al trabajo como elemento que da sentido a nuestras vidas? Y decenas de ellas más. Evidentemente, todo esto es un proceso y llevará su tiempo. Los profesionales independientes son los que más tarde se van a ver afectados por los cambios, más tarde cuanto menos «robotizable» sea su trabajo. El principal activo va a ser el conocimiento difuso, tácito, lo relacionado con el sentido crítico, la resolución de problemas complejos, la creatividad radical. Los profesionales independientes que trabajen en esos campos vivirán un momento de gran auge en los próximos años y creo que, en un momento dado, jugarán un papel clave en la evolución del trabajo en sí.

El principal activo en el futuro va a ser el conocimiento difuso, tácito, lo relacionado con el sentido crítico, la resolución de problemas complejos, la creatividad radical

Historias de profesionales independientes

Quienes me sigáis desde hace más tiempo sabréis que uno de mis temas de reflexión recurrentes es el perfil del «profesional independiente». Yo mismo tomé hace años la decisión de aventurarme por ese camino, mucho menos definido que la tradicional «carrera en el mundo corporativo». «Profesional independiente», «Knowmad«, «freelance», «artesano»… al final hay muchas etiquetas, quizás con sus matices, para referirnos a esta realidad cada vez más presente.
El hecho es que uno de los aspectos que siempre me ha intrigado es conocer la experiencia de otras personas que comparten ese realidad. Porque claro, uno va andando su propio camino y sacando sus propias conclusiones, pero… ¿hasta qué punto son asimilables a las de los demás? ¿Qué matices, o incluso visiones diferenciales, pueden aportar sus historias? ¿Qué podemos aprender unos de otros?
Por eso he decidido embarcarme en un mini-proyecto: una serie de entrevistas a otros «profesionales independientes», para conocer de primera mano sus vivencias y sus reflexiones. En este artículo iré recopilando los enlaces a las entrevistas a medida que se vayan publicando.

El timo de los libros de texto

Me pregunto cuánto habrán avanzado las matemáticas en el último año como para justificar un cambio en los libros de texto de primaria. O qué nuevos descubrimientos nos habrán hecho replantearnos la Historia que se enseña a un niño de 10 años. Desde luego, el idioma español ha cambiado mucho en los últimos 365 días, los tiempos verbales ya no son lo que eran, y hay nuevas normas para saber si una palabra se escribe con g o con j. Y bueno, qué decir de las innovaciones pedagógicas, que los niños del 2017 no aprenden igual que los del 2016.
Llega el final del curso, y llega el papelito para informarnos de los libros de texto que hay que comprar el año que viene (disponibles cómodamente bajo petición en el colegio). Oh, sorpresa: los libros que valían el año pasado ya no valen este año. La editorial ha sacado una nueva edición con nuevos dibujitos, o cambiando el problema de sumar manzanas por otro de sumar peras, o el colegio ha decidido que los libros de la editorial B son muchísimo mejores que los de la editorial A. Sumas libros del niño, sumas libros de la niña… casi 500 euros.
En condiciones normales, podríamos guardar los libros del hermano mayor para que la pequeña los usase cuando llegue el turno. O podríamos establecer un mercado de préstamo, o de venta de segunda mano si quieres, para que los libros de un curso sean reaprovechados el año siguiente por otras familias. Pero no, no es posible: lo que hay que hacer es pasar por caja, y pagar este impuesto revolucionario que cobran las editoriales con el beneplácito (¿gratuito?) de las administraciones. A veces me cuestiono incluso hasta qué punto los colegios están pringados en la trama («si te cambias a mi editorial y obligas a tus alumnos a comprar mis libros te doy un porcentaje»).
El resultado es el mismo: un expolio a las familias, una subvención encubierta a todo un sector. ¿Y qué puedes hacer? Nada. Paga y calla, imbécil.
Firma la petición en Change.

¡Simplifica el gráfico!

Estaba dando una vuelta por LinkedIn cuando me he topado con un gráfico que alguien compartía. El típico gráfico de «consultor que se ha venido arriba». Una tabla con 6 elementos en un eje, y 13 en el otro. Cada casilla de cruce entre los dos ejes pintada de uno de 4 colores, con un significado que pone abajo en la leyenda. Y estas casillas unidas entre sí por flechas (algunas que van de derecha a izquierda y otras de izquierda a derecha, unas más largas y otras más cortas). Adicionalmente, dos o tres explicaciones con llamadas en determinadas intersecciones.
Me puedo imaginar al consultor que hizo el gráfico. Yo he estado ahí. Esa sensación de triunfo cuando consigues, después de darle muchas vueltas, reducir un montón de información a una sola hoja. «¡Toma, he conseguido meter 15 cosas en una sola diapositiva! ¡Soy la repolla! Joder, es que es brillante, ¡está todo aquí!»
Sí, amigo. Está todo ahí. PERO NO SE ENTIENDE. A ti, que llevas rumiando la información semanas, te puede parecer autoexplicativo. Pero para alguien que se enfrenta a la información por primera vez (como posiblemente sea el caso de quien se cruce con tu gráfico de las narices) es un auténtico jeroglífico difícilmente comprensible.
El objetivo de presentar una información de forma gráfica es facilitar su comprensión. Si un gráfico tienes que explicarlo, entonces es un mal gráfico. Ocurre como con los esquemas, o con los mapas mentales; muchas veces son un ejercicio de síntesis fantástico, pero solo sirven a quien los ha elaborado. Son el resultado de un proceso; pero lo valioso es el proceso, no el resultado.
Así que, si vas a hacer un gráfico para un tercero, piénsalo bien: ¿qué idea es la que quieres transmitir? ¿cómo puedes hacerlo de la forma más directa y simple? ¿se entiende de un primer vistazo? Si no, tendrás que trabajarlo más. Porque muchas veces cuesta más trabajo lo simple que lo complejo.

Pros y contras de vivir en un pueblo

Hace unas semanas consultaba en twitter «qué os atraería y qué os echaría para atrás de la idea de veniros a vivir a un sitio como Aranda». Aranda de Duero es un pueblo de la provincia de Burgos; con cerca de 35.000 habitantes sería el tercer municipio, después de la capital y de Miranda de Ebro. Está situado a unos 85 km. de Burgos, casi 100 de Valladolid y 165 de Madrid. Y es donde vivo con mi familia desde hace 9 años.
La historia es curiosa. Después de una temporada en Madrid llegamos a la conclusión de que «la gran ciudad» no era lo que queríamos para nuestra vida. Y buscamos dónde migrar siguiendo un criterio geográfico que a la gente le hace mucha gracia cuando lo cuento, pero es así. El caso es que en nuestra labor de «scouting» un día (9 de noviembre, festivo en Madrid; lo recuerdo a la perfección) vinimos a Aranda a conocerlo (porque no lo conocíamos de nada más que de pasar al lado por la autovía), nos comimos un cordero, nos dimos un paseo, nos pareció un sitio majo, y decidimos que no pasaba nada por probar. Y así fue como un par de meses más tarde organizábamos la mudanza.
Vivir en un pueblo tiene sus pros y sus contras. Deduzco, por el hecho de que seguimos aquí tras todo este tiempo, que para nosotros los pros ganan a las contras. Aun así, me apetecía diseccionar mi experiencia.
Pros

  • La calidad de vida. Es quizás la respuesta más generalizada que recibí cuando pregunté en twitter, y debo decir que es un hecho. Esa calidad de vida se traduce, para mí, en la comodidad del día a día. En el hecho de que todo esté máximo a 10-15 minutos andando, en que el coche no salga del garaje más que en ocasiones especiales, en que mis hijos llamen «atasco» a una fila de cuatro coches esperando un semáforo, en que puedas salir a pasear por el centro en cuatro minutos y en otros cuatro estar caminando entre viñedos o por la orilla del río, que el colegio de los críos esté a 5 minutos y que no tengan casi ni que cruzar una calle para ir, que si tienes que hacer un trámite lo haces en dos patadas. A veces se me olvida, pero luego lo comparo con mis atascos mañaneros de Madrid, o con los «paseos» entre ruidos, coches y humos, con la cantidad de tiempo perdido en desplazamientos, las aglomeraciones del transporte público, los miles de personas que van al mismo sitio que tú a la vez… y es verdaderamente otro mundo. Más tiempo y más calma.
  • El coste de la vida. No es TAN exagerada la diferencia como a lo mejor la gente puede pensar, pero lo cierto es que pago por vivir en un ático de 4 habitaciones en Aranda, estrenado por nosotros, más o menos lo mismo que pagaba en Madrid por un estudio interior regulero (en el barrio de Salamanca, sí, pero…). Y no usas el coche a diario. Y así dos de los grandes «agujeros» en las cuentas de cualquier familia son significativamente menores, lo cual te da bastante más comodidad a la hora de vivir y flexibilidad a la hora de tomar decisiones.
  • La conexión social. He de decir que esto no es algo que yo aproveche mucho (porque no me va mucho el «salseo»), pero es evidente que con 35.000 personas es más fácil «conocer a alguien que conoce a alguien» que con 5 millones, y por lo tanto puedes estar al día de lo que se cuece en la ciudad, e introducirte en un determinado círculo si te interesa.

Contras

  • Servicios. No es Aranda una ciudad mal dotada, con sus colegios, sus institutos, su hospital, su comercio… y sin embargo hay ocasiones donde no resulta suficiente. Por ejemplo, en tema médico, hay especialistas que te exigen desplazarte a Burgos. Medicina privada hay cuatro cosas contadas. Si tienes una enfermedad crónica, o necesitas una atención especializada en determinados campos… puede resultar incómodo. Pero al final depende del impacto que tenga en tu día a día (porque ir a Burgos dos veces al año es algo que puedes asumir sin grandes problemas).
  • Ocio. Muy relacionado con lo anterior. Hay una oferta limitada de ocio, restauración, comercio… no es que «no haya nada», pero desde luego nada comparable con lo que puede haber en una capital, y no digamos en un Madrid. Si eres de los que necesita probar un nuevo restaurante cada dos por tres, o ir de teatros, museos y exposiciones, o salir por sitios diferentes, o te pirran ir de compras… aquí estás jodido. A mí particularmente me influye bastante poco; nunca he sido de «salir por ahí», ni de «alternar», ni de «shopping», así que en mi día a día no lo echo de menos. Y si surge la necesidad, una o dos veces al año, tienes Valladolid o Burgos a una hora, y Madrid a hora y media; a mí me sobra.
  • Trabajo. Aquí hay lo que hay, y no hay más. Las opciones para trabajar por cuenta ajena son habas contadas, el potencial de clientes para tener una actividad profesional está limitado por el tamaño de la población, y una «carrera profesional» (con opciones de cambiar de trabajos, crecimiento profesional, etc.) es algo altamente improbable. En nuestro caso no le hemos dado muchas vueltas, yo siempre he estado más mirando a Madrid que aquí, pero está claro que es un handicap.
  • Lejanía del «meollo». Madrid no está lejos, en hora y tres cuartos me puedo plantar donde haga falta. Pero tienes que ir, lo cual supone una barrera (en tiempo y dinero) que dificulta la actividad. No tanto en la ejecución de un proyecto (que ahí te organizas la agenda y los viajes, y no hay mayor historia; aunque si te toca dormir muchas noches fuera de casa empiezas a resentirte), si no en toda la fase previa, ese «estar en el candelero» que te permite mantener el contacto con personas, estar atento a oportunidades, etc. Asistir a eventos, hacer visitas, quedar a comer o a tomar unas cañas… todo eso, estando en Madrid, es mucho más cómodo (puedes quedar «de hoy para mañana», no hay grandes problemas si se te «tuerce» un plan a última hora, dedicas una o dos horas a un tema y luego puedes seguir con tu día a día tan normal, terminas y te vas a la cama). Desde Aranda ya te tienes que plantear «organizar la agenda» con antelación, intentando cuadrar cosas para «aprovechar el viaje», si te llaman a última hora para decirte «que no pueden» te joden vivo y no puedes estar pendiente de «a lo largo del día te digo algo», no te puedes apuntar a cosas que surgen «para esta tarde», eres mucho más consciente del coste que supone, no te puedes alargar porque «me tengo que volver a casa»… y al final es algo que te va alejando de la dinámica «capitalina». Y eso hablando de Madrid; plantearse ir a cualquier otro sitio (un Barcelona, un Valencia, un Zaragoza, un Sevilla, un Londres, un…) ya te exige un esfuerzo doble (mientras que si estás en Madrid todo está a tiro de AVE o de avión).

En fin, ésta es mi visión después de más de 9 años. No es perfecto, porque no hay nada perfecto. Es un equilibrio entre cosas que disfrutas y cosas que se te ponen cuesta arriba. Cuestión de qué priorizas, y de hacerlo sostenible. Hay días que lo ves clarísimo, y hay días en que dudas. Pero, de momento, que nos quiten lo bailao.

Nuestro tiempo secuestrado por diseño

Hace unas semanas hablaba del control que muchas veces es posible realizar sobre las personas, de forma sutil e inconsciente, explotando algunas vulnerabilidades y automatismos de nuestra forma de procesar la información. El caso es que poco después he llegado a un artículo donde se ejemplifica cómo desde el mundo de la tecnología se utiliza el diseño precisamente para llevarnos, sin darnos cuenta, por donde a ellos les interesa.
¿Cómo?

  • Ofreciéndonos un abanico de opciones. A veces, con apariencia de ser muy variado, «aquí tienes todo lo que necesitas, fíjate todo lo que puedes hacer». Paradójicamente, el propio hecho de ofrecernos esa selección de opciones nos está condicionando para que elijamos una de ellas, y nos vuelve prácticamente ciegos a «otras opciones que no estén en el menú». Parece que te ofrecen la libertad de elegir a tu gusto, pero en realidad te están condicionando a que elijas entre las opciones que ellos te presentan… ¿que son las que más te interesan a ti, o las que más les interesan a ellos?
  • El efecto tragaperras; ofrecer una recompensa variable e intermitente ante una acción. Igual que cuando echas una moneda en la tragaperras a veces tienes premio y a veces no (y eso te genera la compulsión de volver a echar), la tecnología nos aplica la misma medicina. Abres el correo y «oh, ¡notificación de nuevo mensaje!». Abres Instagram y «oh, que suerte, dos likes y tres comentarios… a ver qué hay luego». Entras en Facebook «a ver qué novedades hay en el newsfeed». Etc. Como consecuencia, entras de forma compulsiva «a ver qué me encuentro», y ya que estás allí te quedas un rato.
  • El efecto «si parpadeas te lo pierdes». Explotar la sensación de que «en cualquier momento puede pasar algo interesante» (una noticia, una actualización de un amigo, una oferta alucinante, una oportunidad de interactuar con alguien, un artículo imprescindible) y que, si no estás atento, se te puede pasar. La aversión al riesgo es un poderoso enemigo, nos da miedo «perder la oportunidad» (Snapchat es un maestro en esto, con sus actualizaciones «que desaparecen»).
  • La aprobación social. La tiranía de los «likes», los comentarios, las páginas vistas. Sentirnos mejor cuando otros nos validan… ¿y cómo se explota esta vulnerabilidad? ¿Te has fijado lo fácil que te ponen comentar, darle al like, hacer un endorsement en Linkedin, etiquetar a alguien en una foto, agregar nuevas personas a una red social, felicitar un cumpleaños? A veces es más fácil hacerlo que no hacerlo. Y en el otro lado… ¿lo visible que resulta esa acción para quien lo recibe? «¡Enhorabuena, te han etiquetado!» «¡Qué bien, 12 personas le han dado a me gusta en tu foto!» «¡Un retuit!». Y nos sentimos encantados, felices de que los otros nos consideren. Y volvemos en busca de más.
  • La reciprocidad. Estamos programados para «devolver los favores», si alguien hace algo por nosotros nos sentimos impulsados a hacer algo por ellos. Si alguien nos hace un comentario o una mención, nos sentimos más favorables a hacer lo mismo, o algo equivalente. Unido al punto anterior (lo fácil que nos ponen «tomar la iniciativa» para interactuar, y con qué énfasis nos lo hacen saber) es fácil desencadenar una espiral de interacciones.
  • El saco sin fondo. Abres twitter, o Facebook, o Instagram, o… y ahí tienes el scroll infinito, donde apenas tienes que deslizar un dedo para tener una lista interminable de contenidos a tu disposición. Pones un video de Youtube, y al terminar ya tienes el siguiente vídeo en reproducción automática, además de un listado de «otros vídeos que te gustará ver». Acabas un episodio en Netflix, y ya tienes el siguiente preparado. Has entrado en la madriguera del conejo, y van a hacer que sea muy sencillo que te dejes llevar y te quedes allí. La fuerza de voluntad la tienes que hacer para salirte, no para quedarte.
  • El poder de la interrupción. Reaccionamos automáticamente ante las interrupciones, nos sentimos impelidos a actuar casi sin reflexionar. Y ellos lo saben, así que lo explotan tanto como pueden: las notificaciones, el numerito que te avisa de las nuevas interacciones, el mensaje de recordatorio. La chispa que desencadena tu reacción… y ya estás dentro otra vez. Distraído, interrumpido… pero «engaged».
  • Utilizar tus motivos para disfrazar los suyos. Facebook no te dirá que busca maximizar tu tiempo de presencia en sus redes (más oportunidades de mostrarte publicidad, de provocar que interactúes, de venderte como consumidor de contenidos), si no que «te ayuda a mantener el contacto». LinkedIn lo mismo, «te ayuda con tu carrera profesional», nada de engordar sus estadísticas y maximizar la posibilidad de venderte una cuenta premium. Etc. La utilización de tus motivaciones para endosarte su interés.
  • Hacer difíciles las opciones «inconvenientes». Por supuesto, siempre puedes desuscribirte, darte de baja… ahora, no te lo vamos a poner fácil. Estas opciones siempre suelen estar bien escondidas, en pequeñito, e incorporar dos o tres pasos («tienes que mandar un email», «¿estás seguro?», «te mantenemos el nombre de usuario durante unas semanas», «sabemos que te dimos de baja, pero… ¿quieres volver?». Quedarse es fácil, salirse no.
  • Facilitar la entrada. La técnica del pie en la puerta. Ofrecerte una primera interacción aparentemente sencilla e inofensiva («fulanito te etiquetó en una foto, ¿quieres verla?»… ¿cómo vas a decir que no?), y a partir de ahí engancharte con sucesivas interacciones. Ya que estás aquí…

El punto que defiende el artículo es que debería existir una «ética del diseño», es decir, que las aplicaciones se diseñasen pensando más en el usuario, en lo que realmente necesita más que en el aprovechamiento de sus debilidades. Yo, personalmente, lo veo ligeramente utópico. Las aplicaciones son negocios, tienen sus intereses propios (ganar dinero) y van a estirar la cuerda todo lo que puedan para arrimar el ascua a su sardina. Si puede ser sin que te des cuenta, y sin que reacciones negativamente, mucho mejor.
Así que nos toca a nosotros, individuos, hacer la reflexión y tomar decisiones de «contradiseño». Deshabilitar notificaciones, desinstalar aplicaciones, cambiar configuraciones por defecto, etc. Esto supone en muchas ocasiones luchar contra la corriente de nuestros propios impulsos y de un montón de gente muy lista que busca explotarlos. Pero está en juego nuestra atención… y no es poca cosa.

Señores mayores que exploran Snapchat

Aun a riesgo de acabar siendo «otro caso de adulto que intenta entender Snapchat«, me dispuse hace unos días a explorar esta herramienta de comunicación móvil que lo está petando en los últimos meses, especialmente entre la chavalería, y en la que han puesto los ojos todos los «gurús digitales» (donde hay chavalería, hay negocio y hay que ver por dónde meterle mano).
snapchat
Yo, a diferencia de los que están en el sector, no tengo un interés crematístico en esta exploración. No tengo clientes a los que asesorar en el uso de Snapchat, ni marcas a las que «colar» en la fiesta a ver si pillan cacho. Exploro por explorar, como hacía antaño con los blogs, o con el twitter, o con los videoblogs… una sensación rara, porque hace tiempo que me he bajado del tren de «estar a la última» (y de hecho, pionero lo que se dice pionero tampoco soy, pero bueno).
Empecemos por el principio. ¿Qué es Snapchat?

  • Básicamente, una aplicación para mandarse mensajes uno a uno
  • Los mensajes pueden ser fotos, videos cortos…
  • Las fotos y los vídeos pueden ser «embellecidos» con texto, con «stickers», pintando sobre ellas… ah, y con filtros (ponerse cara de zombi, o de perrito, o de…)
  • Los mensajes «se destruyen automáticamente» una vez que el destinatario los lee
  • Aparte de las conversaciones individuales, se pueden publicar los mensajes en tu «story», una especie de tablón público donde cualquiera puede verlos… eso sí, solo durante 24 horas.
  • Y luego hay una sección «Discover», con una serie de canales ofrecidos por la propia herramienta, con contenidos «de marca» elaborados «al estilo Snapchat». Una forma de dar contenido a los chavales en su lenguaje y en su aplicación  que parece que está funcionando bien.

Visto esto… ¿dónde está la gracia? Francamente, no lo sé. No sé por qué esta aplicación ha cuajado y otras no. No veo ninguna funcionalidad que me parezca definitiva. Y sin embargo ahí está, los adolescentes y postadolescentes lo han adoptado casi como un standard de comunicación. Supongo que construye sobre la cultura del selfie, y viene al pelo en esa etapa de la vida en la que «la conexión con tus amigos» es lo más importante. Snapchat es la herramienta, pero la necesidad de autoafirmación y de conexión es el motivo que la alimenta, tan viejo como el mundo.
Sin esa motivación no es posible «entender» Snapchat. Yo hace ya muchos años que pasé esa etapa (y francamente, creo que ni siquiera entonces fui muy «adolescente»), por lo que la dinámica de Snapchat me resulta muy ajena. Entre mis «amigos de Snapchat» solo hay un puñado de cuarentones frikituiteros, y ya estamos mayores para relacionarnos con pegatinas y selfies. No soy adolescente, así que no voy a usar ninguna herramienta «como los adolescentes». Ellos ahora usan Snapchat, como los de hace unos años usaban el messenger, como los de antes se pasaban la tarde en un banco del parque.
Ahora bien, hay una funcionalidad que me está llamando la atención, y es la de «my story». La posibilidad de contar algo a base de snaps, pequeñas escenas con las que conformar una pequeña historia. Es como hacer un vídeo pero de forma muy ágil, mezclando escenas en movimiento con imágenes fija, rótulos para añadir información, detallitos graciosos en forma de stickers… tacatacataca, muy «picadito» como dicen en la tele. Lejos de la «solemnidad» de grabar un video para Youtube (donde o haces «plano secuencia» o ya te ves obligado a editar previamente el video), mucho más ágil que la retransmisión en streaming al estilo Periscope, mucho más rico que una mera sucesión de imágenes, con un punto desenfadado y por eso mismo cercano. He hecho un par de experimentos al respecto, y creo que es algo que podría tener posibilidades. Por ejemplo, esta chorradilla grabada al hilo del post que escribí el otro día sobre los robots y el futuro del trabajo.


En este sentido, algunas consideraciones:

  • La forma de crear las historias es añadiendo snaps de forma secuencial. Esto podría considerarse un handicap (no puedes «preparar las escenas», si no que tienes que ir grabando y añadiendo en el orden definitivo), pero también ayuda a darle frescura al resultado final. No se trata de hacer la gran película americana, solo de contar una historia rápida.
  • Lo de que las historias «caduquen» a las 24 horas nos suena raro, hasta agresivo. ¡Yo quiero mi archivo histórico! Y sin embargo, como ya he dicho en alguna ocasión, lo de los «archivos» es más una ilusión que otra cosa: en twitter, en los blogs… los contenidos tienen visibilidad en el momento de publicarse; después, por muy archivados que estén, nadie se molesta en verlos.
  • Tienes, claro, la limitación de «tu audiencia en Snapchat». Pero vamos, como en cualquier red anterior: los posts de tu blog solo los ven quienes te siguen, tus tuits por muy ingeniosos que sean no los ven más que tus followers, etc. Creo que se puede «compartir historia de otro usuario», pero no estoy del todo seguro.
  • Aun así, las historias se pueden exportar (y así compartirlas en otros lugares, por ejemplo). No es un proceso muy sencillo (básicamente porque las historias no están individualizadas: tu historia son todos los snaps de tus últimas 24 horas, da igual si tienen conexión entre sí o no) y te obliga a dar dos o tres pasos, pero poderse hacer se puede.
  • Eso sí, esto no es apto para señores con demasiado sentido del ridículo; aquí se viene un poco a hacer el ganso, a poner caras. A quitarse un poco el almidón de lo «impecable» y del «qué pensarán».

¿Seguiré usando Snapchat? Pues vaya usted a saber. Recuerdo cuando dije que twitter me parecía una gilipollez y mira, 7 años y 35.000 tuits allí sigo. Puede que sí, o puede que no, el tiempo lo dirá.
Si alguno quiere añadirme, allí soy raulherngonz

Ser del Atleti

«Papá, ¿por qué somos del Atleti?»
Yo no puedo contar una historia sentimental asociada a ir de la mano de mi padre o de mi abuelo por la ribera del Manzanares, ni a sufrir en familia en frente de un televisor en blanco y negro. Mi infancia de provincias tuvo poco de futbolera; y si hubo algún estadio fue el Helmántico de la extinta U.D. Salamanca. No, no soy del Atleti por herencia, ni por imitación.
Nací en 1976. En mis primeros meses de vida se proclamó campeón de liga el Atlético, hecho del que obviamente no tengo ni el más mínimo recuerdo y que por supuesto no tuvo el mínimo impacto en mi filiación. La siguiente vez sería 19 años después, y harían falta otros 18 más para repetir. Alguna Copa cayó entre medias, aunque la primera que yo recuerdo fue ya la del 91-92. No, desde luego no me hice del Atleti por ser «el equipo que gana»; en aquella época eso hubiera supuesto hacerse del Madrid, o del Barça. O hasta del Athletic de Bilbao o de la Real Sociedad, que ganaban más.
Por supuesto, del Madrid y del Barça eran la inmensa mayoría de niños de mi edad. Una suerte de bipartidismo balompédico en el que tenías que definirte de una tribu o de la contraria; de hecho, parecía que al unirte a uno de los bandos te tenías que enfrentar automáticamente al otro, incapaces (ayer como hoy) de disfrutar de sus éxitos sin tener un ojo puesto en el contrario. Una dinámica que, en el fútbol como en tantas otras cosas, tanto me ha repelido siempre.
Y yo, que nunca he sido nada tribal, supongo que me hice del Atleti precisamente por no ser ni de los unos ni de los otros. Por apostar por una tercera vía, por ser diferente, por apartarme del rebaño sub uno y del rebaño sub dos. Recuerdo que me miraban con incomprensión y un puntito de cachondeo, ¿pero por qué del Atleti? Y con cada pregunta así crecía mi determinación: precisamente por eso, porque no soy como vosotros.
Pasó el tiempo, y aquella filiación un poco naïve se fue consolidando. Encontré en el Atlético un equipo esforzado, consciente de sus limitaciones pero que, aun sabiéndose en un segundo o tercer escalón en el escalafón futbolístico del país, echaba toda la carne en el asador y peleaba con todos los recursos a su disposición. No era el Madrid de «la quinta del Buitre», no era el Barça del «dream team». Pero peleaba, como dice el himno, «derrochando coraje y corazón». Acabó resultando que, como dijo Sabina años después, «no me preguntes por qué los colores rojiblancos van con mi forma de ser»
La segunda mitad de los 90, en plena explosión juvenil, trajo lo mejor y lo peor. El éxtasis del doblete y la debacle del descenso apenas cuatro años después. El Atleti, una metáfora de la vida que un día te pone en lo más alto, y al día siguiente te da un golpe capaz de hundir al más pintado. ¿Y qué vas a hacer? ¿Borrarte? No, uno no se puede borrar ante las adversidades. Encajas el golpe lo mejor que puedes, te lames las heridas, y vuelves a empezar. «Qué manera de subir y bajar de las nubes», de nuevo Sabina.
Ser del Atleti es ser consciente de tus limitaciones, pero también de tus fortalezas. Ser del Atleti es darlo todo, incluso cuando sabes que hay otros mejores que tú. Ser del Atleti es ser constante, y buscar la satisfacción en hacer las cosas como crees que deben hacerse, sin depender de que al final ganes o pierdas porque eso, muchas veces, está fuera de tu control. Ser del Atleti es disfrutar con plenitud de los éxitos con la fascinación de la primera vez, porque tienes claro que no suceden todos los días, de lo mucho que cuesta llegar, y del tiempo que puede pasar hasta la siguiente. Ser del Atleti es encajar las derrotas con entereza, apretar los dientes y al día siguiente volver a darlo todo, orgulloso de ser quien eres.
Y entonces llega alguno de los de blanco y dice «pero nosotros tenemos 11 Copas de Europa y vosotros ninguna», o de los azulgrana diciendo «llevamos veintitantos títulos en los últimos 10 años». «El sábado perdisteis, y al final no habéis ganado nada este año». Y sí, es verdad. En el fútbol, como en la vida, hay decepciones. Pero que no pasa nada, porque «las decepciones también se desinflan […] en la vida te caes y te levantas: siempre es así.» Y hoy, como hace 30 años, les miro y sonrío para mis adentros, porque sé que en la vida hay cosas más importantes que ganar o perder.