Dónde tienes la cabeza

El otro día, en la conferencia que referenciaba, aparecía esta imagen que he conseguido encontrar por otro sitio. Me gustó mucho, porque refleja una tendencia malsana que en mayor o menor medida todos tenemos: a tener la cabeza alejada del momento que vivimos. Y eso tiene poco o nada de positivo. Simplemente nos impide concentrarnos y disfrutar de lo que hacemos. Así que creo que un buen hábito a desarrollar es que, cuando estemos haciendo algo y notemos que nuestros pensamientos se van a otro sitio, nos forcemos a devolverlos a su cauce. No es ya una cuestión de productividad (que también) sino de higiene mental. Como dice el chiste, si estamos a perretxikos estamos a perretxikos.

La paradoja de la elección: cuantas más opciones, peor

Sigo revisando videos de las TedTalks (he descubierto que la combinación bici estática + smartphone es perfecta para ellas!). En esta ocasión es Barry Schwartz quien habla sobre la denominada «paradoja de la elección». Cómo, frente al «dogma oficial» de que la libertad es un bien supremo, y que por lo tanto cuantas más opciones tengamos para elegir mejor para nosotros individualmente, y para todos como colectivo, en realidad el exceso de opciones tiene un componente negativo. Una suerte de curva de Laffer aplicada a las posibilidades de elección; tener demasiado pocas es malo, pero hay un punto donde tener demasiadas también resulta contraproducente.
Schwartz plantea varios motivos para esa teoría. Por un lado, el exceso de opciones nos lleva a la parálisis y la inacción (algo relacionado contaba hace poco respecto a la elección de mi nuevo móvil). Pero además, cuando elegimos tendemos a la insatisfacción: hay más motivos para preguntarnos si habremos escogido la alternativa correcta (mientras que, cuando hay pocas opciones, es más fácil sentir que «has acertado» por comparación), nuestras expectativas son muy altas por lo que es más fácil decepcionarnos (al fin y al cabo, con tantas alternativas… el resultado tiene que ser «perfecto») y, en última instancia, asumimos la responsabilidad por no haber elegido bien (frente a un escenario de pocas alternativas, donde «la culpa es de las pocas alternativas»).
En fin, una teoría que puede resultar contraintuitiva, pero que si nos paramos a pensar en nuestra propia experiencia seguro que encontramos más de una y más de dos situaciones que la confirman. ¿Recuerdas la última vez que has tenido que elegir algo? ¿Quizás un coche? ¿Sitios para ir de vacaciones? ¿Qué trabajo elegir? ¿Qué ordenador comprar? ¿A qué colegio llevar a los niños?
Por lo tanto… ¿podemos hacer algo para, cuando tengamos que ofrecer alternativas a alguien (en el plano profesional, o en el plano personal) facilitarles la vida? ¿Podemos evitar caer en esa paradoja autolimitándonos el número de opciones, obviando «detalles» para centrarnos en lo esencial de las alternativas?

El individuo y el colectivo: en homenaje a Álex de la Iglesia

Estos días he seguido, con cierta atención, las «desventuras» de Álex de la Iglesia (director de cine y actual, aunque por poco tiempo, Presidente de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España) en su relación con la Ley Sinde.
Siempre me ha gustado Álex de la Iglesia. No tanto por su cine, sino por el tipo inteligente y cabal que siempre me ha parecido ser. Supongo que «ser de Bilbao» ayuda. Escucharle o leerle en una entrevista (como este reportaje, por ejemplo, bien reciente) era tranquilizador, frente a la cantidad de «panfletos comerciales en forma de entrevista» que uno se encuentra por doquier. Quizás como consecuencia de ese carácter, alguien que tiende a decir lo que piensa se ha visto en una situación difícil cuando ha tenido que «hablar como Presidente» de un colectivo. De hecho, él mismo lo decía en ese artículo que enlazaba antes:
«Primero surgen en mi cabeza, por defecto, mis propios textos, lo que yo opino realmente sobre el asunto a tratar: […] Mis opiniones son archivadas instantáneamente: provocarían una estampida en la conferencia, desmayos entre espíritus sensibles, llamadas de las radios y titulares obscenos en los periódicos del día siguiente. Pienso después (todo en décimas de segundo) en lo que debería decir para no tener problemas, algo políticamente correcto y suavemente picante que haga las delicias de niños y grandes. Esto lleva más tiempo porque, diga lo que diga, molestará a alguien. Paso directamente a una especie de mix entre lo que pienso, lo que no molesta y algo estúpido que surge en mi cabeza sin que yo lo controle, producto de una inspiración idiota súbita. Me oigo a mí mismo escupiendo las palabras, y advierto sorprendido que no estoy de acuerdo con lo que digo
Enfrentado al proceso de la Ley Sinde, creo que de forma honesta trató de tender puentes. Asumió, por su cuenta y riesgo, como lo haría cualquiera con dos dedos de frente, la labor que los políticos nunca han querido hacer: tratar de escuchar posiciones discrepantes, entender las razones de todas las partes, intentar buscar puntos de encuentro sin demonizar. Se arremangó. Se arriesgó. Luego vino el paripé de los políticos, que como siempre (y luego que no se quejen de la desafección de los votantes) hicieron de su capa un sayo e hicieron una ley a medida de sus intereses (y encima tratan de engañarnos diciéndonos que todo es por nuestro bien). Y al bueno de Álex de la Iglesia le dejaron con el culo al aire, imagino que profundamente decepcionado al ver cómo sus esfuerzos se quedaban en nada.
Ahora, Álex de la Iglesia dimite. Dice que «cometió un error» al tomar decisiones como individuo cuando, por ser el Presidente de la Academia, tenía que haber pensado en el colectivo al que representa.
Y yo digo que no. Que hizo bien, que no se equivocó, que no debería pedir perdón. Que «representar a un colectivo» no debería querer decir ser tibio, morderse la lengua, decir cosas con las que uno no está de acuerdo en conciencia, no moverse para «no molestar». Él hizo lo que cualquier persona honesta y con dos dedos de frente haría: pararse, escuchar, buscar acuerdos. ¿Desde cuándo hay que pedir perdón por eso?
Pero es que, además, su labor de representación de la Academia no fue «caída del cielo». Fueron sus compañeros en ese colectivo al que representa quienes le eligieron. Y si le eligieron es porque estarían de acuerdo con sus ideas, con su forma de ser. ¿Para qué elegir a Álex de la Iglesia si resulta que quieres que se comporte como su predecesora? No, eliges a Álex de la Iglesia con todas sus consecuencias. Y si en el transcurso de su labor ves cosas que no te gustan, si no te sientes representado por él, activas los canales que seguro que existen para pedirle su dimisión.
Yo no soy muy amigo de los colectivos. Me temo que acabaría siendo un «verso libre» en cualquier sitio donde se exigiera una «disciplina de grupo». Pero eso ya lo saben quienes me conocen. Así que si alguna vez alguien me elige como representante de algo, sabrá que actuaré con la mayor de las honestidades, pero también sin asumir ninguna «imposición», ninguna mordaza.
Ayer vi la entrevista de Álex de la Iglesia en el canal 24 horas. Le vi alicaído. Él dijo que era cansancio. Supongo que también, ójala sólo sea eso. Porque no debería estar triste, sino orgulloso de lo que ha hecho, orgulloso de ser un tipo honesto. Ha dado una lección a esas hordas de medianías que inundan cargos públicos y empresariales, fulanos y fulanas que someten (si es que tienen) su criterio, su honestidad, su sentido común… a las exigencias del guión, a la dictadura del grupo. No es él el que tiene que pedir perdón. Son ellos.

La visión y la ilusión

Hoy he estado viendo este video que tenía pendiente de hace tiempo. Se trata de una charla del músico y profesor Benjamin Zander que, aparte de ser un estupendo orador, hace una reflexión muy interesante sobre la visión, la ilusión y el liderazgo (con el hilo conductor de la música clásica… que acaba resultando una mera excusa para llegar al «meollo» de la cuestión).
Habla Zander de la importancia de la visión, de cómo cuando nos centramos más en la visión que en el proceso, las cosas fluyen y cobran más sentido. Lo ejemplifica con la interpretación de una pieza de Chopin: cuando uno deja de preocuparse por las notas y los compases, y se centra en la emoción y la intención de la música, el resultado es muy distinto.
También habla de la misión del líder. Él, como director de orquesta, en realidad no produce ningún sonido. Sin embargo, su labor es potenciar a los que sí producen el sonido para que den lo mejor de sí mismos. Y la mejor forma de hacerlo es transmitirles esa visión, conseguir que «sus ojos brillen». Algo que cualquiera puede plantearse en su entorno profesional o personal… ¿sómos capaces de generar en los demás esa ilusión, de encender ese brillo en los ojos?
En fin, una charla interesante, amena y «con recao».

Smartphones + notificaciones = la máquina del estrés

Una semana ya de uso de mi nuevo teléfono. Y primeras lecciones aprendidas. Que en realidad aprendí en los primeros cinco minutos de tenerlo activo: desactivar todas la notificaciones.
Nunca había tenido un «smartphone». Mi anterior teléfono podía conectarse a internet, me permitía una navegación «ortopédica», consultar el mail, o el twitter, o el facebook… pero todo de uno en uno y, sobre todo, cuando yo quería. Nada más encender el teléfono nuevo, empezaron a aparecer simbolitos en su parte superior: «tiene un nuevo mensaje en Gmail» «tiene dos nuevos mensajes en Yahoo» «tiene un mensaje directo en twitter», «fulanito ha dicho no se qué en Facebook»… y cada vez que había algún evento nuevo, nueva notificación. Con sonido, con vibración, y con lucecita insistente avisándome de que «eh, te estoy diciendo que tienes cosas, y no las has mirado». Debe ser eso que llaman las «notificaciones push» (o sea, que te las «empujan» a tu teléfono sin que tengas que ir tú a revisarlas).
No sé. Igual hay gente que de verdad necesita saber, al minuto, si tiene un correo nuevo (aunque me parece raro). Ya se me hace más raro pensar quién necesita saber, al minuto, si tiene un mensajito en twitter o en facebook. En todo caso, tengo claro que yo no soy uno de ellos. Ya reviso, sin que nadie me dé la brasa, todos mis «canales de entrada» dos-tres veces al día. Tiempo suficiente, creo yo, como para estar al loro. En todo caso, soy yo el que decide. No quiero que una luz, un icono, un zumbido me distraiga cada rato y el de enmedio, y me «obligue» (porque ¿quién es el listo que, viendo la lucecita, se resiste «a ver qué es»?) a despistarme de lo que estoy haciendo.
Así que, definitivamente, notificaciones fuera. Smartphone, tú serás muy listo, pero en mi atención mando yo.
Foto: zebble

¿De verdad necesitas el último grito?

Siguiendo con la historia de la elección mi nuevo móvil, hay una segunda derivada. Cuando te pones a mirar opciones, de forma casi incosciente tu atención se dirige a «lo más de lo más». Lo más nuevo, lo más potente. «El último grito, oiga». Que suele ser lo más caro, por supuesto. Parece como si dirigirte a una opción que esté un escalón por debajo fuese «renunciar» a algo.
Pero, al igual que sucede con las recomendaciones de los sibaritas, esta sensación es peligrosa. ¿Realmente merece la pena pagar el sobreprecio de «lo mejor de lo mejor»? ¿No estaremos tirando el dinero pagando un diferencial de características (reales o percibidas, que en el fondo es lo que importa) al que luego realmente no le sacaremos partido?
En mi caso, «lo más de lo más» podían ser un HTC Desire HD, o un Samsung Galaxy X, o un iPhone 4… modelos todos aparecidos en los últimos meses, vendidos como una «gran evolución» respecto a lo que había antes (HTC Desire, o iPhone 3GS)… que a su vez, en su día (apenas hace unos meses) fueron también «lo más de lo más», y fueron también vendidos como una «gran evolución» respecto a lo anterior. Sin embargo, ahora la llegada de los nuevos y «revolucionarios» modelos los ha dejado relegados a un segundo escalón.
Y digo yo, si esos modelos hace unos meses eran «lo más», y cubrían más que de sobra tus necesidades presentes y futuras… ¿han dejado de hacerlo ya? Y este «último grito» que ahora te promete el no va más… ¿qué pasará con él cuando, indefectiblemente, la industria saque dentro de otro trimestre su «nueva generación»? Ése es el juego de los fabricantes, el hacernos sentir permanentemente insatisfechos, el ponernos siempre nuevas zanahorias delante de nuestros hocicos para que compremos, compremos y compremos. ¿Pero nos interesa a nosotros seguirles ese juego? Yo creo que no.
Yo, al menos en esta ocasión, no he caído. He optado por el «segundo escalón», un modelo que hace unos meses era «el mejor» y que ahora ya no lo es… pero que seguro que a mí me sirve más que de sobra. Y son unos cuantos euros que me ahorro.
PD.- Alguien me podrá decir, no sin cierta razón, que ya puestos por qué no he optado por un «tercer escalón», o un «cuarto». O incluso, puesto a ser un «revolucionario anti-consumo», por qué no me quedo con mi actual móvil, que sigue siendo perfectamente funcional (o casi; algún achaque ya tiene) y cubre el 90% de mis necesidades reales (no da para hacer muchas «chuminadas», pero es que tampoco se puede decir que las «necesite»). Pues sí, también es verdad. Supongo que soy un «revolucionario» de andar por casa 🙂
Foto: Jon S Page

Acortando plazos de decisión

Este año los Reyes (se ve que he sido bueno) me han regalado un móvil nuevo. Bueno, para ser más exactos (y como los Reyes me conocen bien y saben que estas cosas me gusta escogerlas a mí) me han regalado un «cómprate el móvil que quieras y nos pasas la factura». ¡Yupi!. Teniendo en cuenta que mi último móvil ya se acercaba al 4º aniversario (que ha venido siendo la duración habitual de mis dispositivos), y lo chulos que son los smartphones de un tiempo a esta parte, yo ya venía teniendo el «run-run» de cambio…
Pero, aun siendo algo que ya tenía en mente, todavía no tenía ni medio decidido un modelo. ¿iPhone o Android? Y dentro de los Android… ¿cuál de entre las docenas que hay? Precio, características, opiniones de usuarios… y todo dentro de un entorno que se renueva cada x meses, donde lo que ayer era «lo más de lo más» hoy se ve superado por un nuevo «lo más de lo más». Si te pones a darle vueltas, puedes acabar tarumba. Hay opiniones para todos los gustos, ¿de cuál te fías? Y como tardes un poco, enseguida aparecen nuevos modelos que te obligan a replanteártelo todo una vez más…
Así que, enfrentado al panorama de pasarme varios días/semanas dándole vueltas al asunto, tratando de encontrar una solución definitiva, tomé una decisión «radical». De entre los modelos que estaba considerando, elegí uno (HTC Desire), hice el pedido, y santaspascuas. En hora y poco había decidido y ejecutado. Muerto el perro, se acabó la rabia. Ya no tiene sentido elucubrar más. ¿Habré escogido «la mejor» opción? Francamente, no lo sé. Ni siquiera sé si hay una «mejor opción».
Lo que sé es que la decisión adoptada va a ser «suficientemente buena». Y que la inversión necesaria de tiempo, esfuerzo y elucubraciones para afinar la decisión iba a ser mucho más que proporcional para el resultado adicional que podría conseguir, y que por lo tanto no tenía mucho sentido realizarla. Tomas la decisión, y te olvidas del asunto.
Creo que, en muchos aspectos de la vida (tanto personal como profesional) nos enfrentamos a decisiones difíciles, ambiguas, en las que es difícil escoger una solución. Intentamos tener todos los datos en nuestra mano, para así asegurarnos que estamos llegando a la decisión óptima. Pero nos olvidamos de dos cosas: por un lado, la vida no es un problema matemático con una «solución correcta», sino que es más bien un sistema complejo en la que todo tiene sus pros y sus contras (subjetivos, además) donde es difícil que haya un «óptimo» objetivo. Y por otro lado, en muchas ocasiones conseguir toda la información, todos los datos, supondría invertir una considerable cantidad de tiempo y esfuerzo; ¿merece la pena dilatar los procesos de decisión, y que éstos consuman nuestra atención y nuestros recursos (la famosa «parálisis por el análisis»), sólo para conseguir una solución «ligeramente mejor» que la que escogeríamos en una decisión rápida?
Yo creo que no. Así que, en la medida de lo posible, enfrentado a una decisión procuro darle algunas vueltas rápidas que me permitan acotar un rango de decisiones «suficientemente buenas», escoger una de ellas y pasar a otra cosa. Quizás no escoja siempre «lo mejor», pero escojo, actúo, me muevo.
Foto: viZZZual.com

Blog. Año VII

Ayer, 15 de diciembre, se cumplieron 6 años desde que este blog vio la luz por primera vez. Por lo tanto, este post entra ya en el año séptimo…
Lo cierto es que casi se me pasa el aniversario. Supongo que sucede lo mismo que con los cumpleaños propios, que a medida que se van acumulando van perdiendo ese aura que los hacía tan especiales y deseados en la infancia para transformarse en algo mucho más sereno.
Pero me acordé. Y lo celebré, mira tú, con un tuit. Significativo también. No en vano el blog (que en su nacimiento era mi único «canal») ha ido cediendo cada vez más espacio a otras vías (mucho twitter, y también un poco de Facebook) de expresión y de relación. No diría que ha quedado «relegado», no diría que es una «opción secundaria», pero sí es verdad que mucha de la actividad que antes se volcaba aquí ahora va por otros sitios. Herramientas complementarias, al fin y al cabo, pero que suponen un notable cambio respecto a los inicios.
Este sexto año ha sido el de la transformación del blog. O, mejor dicho, el de la adecuación externa del blog a la transformación que se había ido produciendo paulatinamente en él. Lo que nació como un espacio «temático» sobre la consultoría, escrito por un «consultor anónimo», fue adquiriendo un tono cada vez más personal, hasta que «se le saltaron las costuras». Y en abril cambió el nombre y cambió el diseño, pero por lo demás todo siguió (al menos desde mi perspectiva) su curso.
Este blog no es igual a como era en 2004. Es normal; tampoco el mundo es igual. Ni yo. Cambian los tiempos, cambian las circunstancias personales. Y, por lógica, si aceptamos que el blog acaba siendo un reflejo de todo ello, cambia él también. Evoluciona. Y así seguimos, haciendo camino. Año VII.

Juguetes para donar

Aprovechando los festivos, y la proximidad de las Navidades, hemos aprovechado para hacer algo que llevaba tiempo queriendo hacer: seleccionar juguetes para entregarlos (en este caso a Cruz Roja). Con el mayor a punto de cumplir 5 años, el número de juguetes acumulados en casa es ya notable. Y es que, por mucho que uno quiera «cortarse», a día de hoy es imposible limitar el número de juguetes de todo tipo y condición que entran en casa. Cumpleaños, Reyes, Papá Noel, regalito de una visita, recuerdo de un viaje… y juguetes que se acumulan por doquier.
La razón tiene argumentos muy claros para hacer una «limpia» de vez en cuando. Todos sabemos que los niños no juegan con todos sus juguetes. Ante la avalancha de regalos es imposible que puedan dedicar tiempo y cariño a todos ellos. Con suerte, les hacen un poquito de caso alguna vez y se quedan con dos o tres favoritos, mientras que el resto quedan relegados a alguna estantería, cajón, baúl… acumulando polvo sin volver a ver la luz del sol. ¿Qué sentido tiene guardarlos, ocupando espacio? La respuesta racional es clara: ninguno. La regla de decisión es: ¿de verdad va a volver a jugar alguna vez con este juguete?
Sin embargo, cuando uno se pone a hacer la selección, no puede impedir que la emoción entre en juego. Ves los juguetes con las que alguna vez jugaron tus hijos cuando eran más pequeños, y que ya no usan por el sencillo hecho de que han crecido. Otros son regalos que alguien, o tú mismo, les hizo. Ver esos juguetes hace que recuerdes momentos, situaciones, personas… que ya no volverán. Y coger esos juguetes y meterlos en una bolsa para darlos implica, en cierta manera, enfrentarse a esta realidad. Y supongo que nuestra tendencia a guardarlos («es que es muy bonito», «igual todavía quieren seguir jugando», «con lo que han jugado con éste», «éste se lo trajimos de aquel viaje»… ) es intentar aferrarse a esos momentos.
Pero bueno, así es la vida. Al menos, en el caso de los juguetes, uno tiene la ilusión de que vivan una segunda juventud en manos de otros niños. Por nuestra parte, nosotros estamos haciendo fotos de algunos de esos juguetes. Así, aunque se vayan a otro lugar, podremos mantener los recuerdos.
Foto: Rafakoy

Un proyecto de 20 años

Vaya por delante: yo soy del Atleti. O sea, que los Barça-Madrid (como el disputado ayer) los vivo un poco desde fuera, como los vive alguien a quien le gusta el fútbol pero sin la pasión desmedida del fororo. Sin embargo, tengo que reconocer que en los últimos tiempos siento cada vez mayor simpatía por el F.C.Barcelona, en contraposición a una creciente antipatía por el Real Madrid. Y no se debe a un presunto «antimadridismo» propio de un colchonero (cualquiera que me conozca sabe que a mí eso de definirme como «anti» nada es algo que no me va; estar a favor de algo no tiene por qué ir vinculado a estar en contra de quien piense lo contrario). Simplemente: me gusta más su estilo, tanto dentro como fuera del campo. Destila eso que se llama «seny», una cualidad que me gusta.
Después del partido de ayer, que terminó con un rotundo 5-0 a favor de los blaugranas, estuve escuchando un rato de la conferencia de prensa de Guardiola. Hay gente que no le traga, que dice que es todo pose. Pero a mí me gusta lo que dice, y cómo lo dice. El fondo, y la forma.
El caso es que, entre todas las cosas que dijo, hubo una que me gustó especialmente. En un momento de triunfo, que otros no hubieran dudado en reclamar para sí mismos, Guardiola expuso con gran naturalidad el carácter colectivo del mismo. Haciendo énfasis, especialmente, en la dimensión temporal. El Barça de hoy es lo que es, porque hace 20 años alguien definió cómo quería que fuera el futuro, qué estilo (tanto dentro como fuera del terreno de juego) quería asociar al club. Y desde entonces todos (presidentes, directivos, entrenadores, técnicos, jugadores, ojeadores, cantera…) han trabajado sobre esa «hoja de ruta» de forma constante. Por supuesto, en 20 años ha habido altos y bajos. Pero la brújula siempre ha apuntado al mismo norte, y eso ha ayudado a tomar decisiones.
Así, el hoy entrenador fue un joven jugador que hace 20 años empezó a mamar esa idea de club. El hoy buque insignia del equipo, Xavi, hace 20 años era un chavalín que fue seleccionado, educado… en esa idea, y además teniendo como ejemplo a sus mayores con los que compartió vestuario. Los que hoy empiezan a llamar a las puertas del primer equipo hace 20 años no habían nacido. El único Barça que han conocido ha sido éste. Igual que Xavi, pero 10 años después, han sido seleccionados y criados bajo el mismo esquema, y con los mismos ejemplos. Dentro de 10 años seguramente Thiago o Messi afrontarán el ocaso de sus carreras, habrá otros (que ahora tendrán 10 años) tomando el relevo, y habrá otros (los que están naciendo ahora) que empezarán a alimentar la cantera.
Una idea, germinando durante 20 años.
No pude por menos, mientras escuchaba a Guardiola, que pensar en España como país. Inmersos en una crisis de caballo, respecto a la que ya dije hace tiempo (va para dos años) que era enormemente pesimista. Vemos como los políticos se dan por satisfechos (¡manda narices!) con aplicar parches cortoplacistas («a ver si hay suerte»), echar la culpa a los de afuera, cuando no directamente se lavan las manos. Eso los que gobiernan, mientras los otros se frotan las manos esperando a ver cómo caen los rivales como fruta madura para así subirse a la poltrona sin aportar nada valioso. Y, con este panorama, aún se quejan de que «no hay confianza en España». ¿Pero qué confianza va a haber? ¿Alguien ha dicho, se ha parado a pensar si quiera, qué idea de España quieren poner en marcha, qué proyecto de país queremos para dentro de 30 años, qué «hoja de ruta» vamos a seguir, a dónde va a apuntar nuestra brújula? Sin eso… ¿qué medidas se van a tomar? Pues las que estamos viendo: reformas superficiales, hechas deprisa y corriendo, un día en un sentido y al día siguiente en sentido contrario… de las que encima se esperan resultados milagrosos. Vamos dando palos de ciego. Así, ¿qué confianza vamos a generar?
Un proyecto de país. Una idea que poner a germinar. La conciencia de que el corto plazo probablemente no tiene arreglo, que los esfuerzos que hagamos ahora empezarán a dar sus frutos dentro de unos años. Pero si al menos somos capaces de transmitir, tanto al exterior como a nosotros mismos, que tenemos un plan, una estrategia, que sabemos a dónde vamos… empezaremos a dar pasos sensatos, coordinados, orientados. Y la confianza empezará a fluir.