Pasando de los gastos en metálico

Hace ya tiempo confesaba lo poco que me gusta pagar en metálico. Me parece incómodo, y además pierdes en gran medida el control sobre «a dónde va tu dinero» (os invito a que reviséis cuánto habéis sacado del cajero en el último mes… y a ver si sabéis en qué os lo habéis gastado).
Durante mucho tiempo he tratado de llevar un control de mis gastos en metálico. Cada vez que hacíamos una compra en metálico, procuraba quedarme con el ticket. Los tickets se iban acumulando, y una vez cada x tiempo (un mes, dos meses…) dedicaba un buen rato a «picármelos» en el ordenador. Y a pesar de ello, siempre se me «perdía» una cantidad (digamos un 20%) en gastos sin justificante.
Pues bien; he decidido dejar de hacerlo. ¿La razón? El proceso en un coñazo (tanto el andar pendiente todo el día de los tickets, como el sacar fuerza de voluntad para dedicarse a una tarea tan aburrida como picarlos), y la realidad es que a lo largo del tiempo no me ha servido absolutamente de nada. Sí, tengo registrados los gastos en metálico de los últimos años… ¿y qué? ¿He hecho algo al respecto? ¿He modificado en alguna medida mis patrones de comportamiento en función de esos datos? La realidad es, simple y llanamente, que no. Y es normal que así sea, ya que por lo general no hacemos gastos «raros», simplemente los gastos corrientes que son los que son y sobre los que tampoco caben grandes decisiones.
Así que, poniendo en una balanza el coste de controlar los gastos en metálico, y los beneficios derivados de hacerlo… he tomado la decisión. Y estoy convencido de que no pasará nada. Me limitaré a tomar nota (vía extractos bancarios) del dinero que vamos sacando del cajero, y si acaso de algún gasto extraordinario que podamos tener. Pero eso de andar recopilando cada ticket de la frutería, se acabó. Que una cosa es tener cierto control sobre tus finanzas, y otra autoimponerse un «castigo» que no lleva a ningún sitio.
Foto: Luz Bratcher

El francotirador

Hace un tiempo, lancé una crítica en twitter (por cierto, soy @rahego para quien no me tenga ubicado). No recuerdo bien hasta qué punto sería una crítica más o menos velada (imagino más lo primero que lo segundo, teniendo en cuenta mi natural aversión al conflicto), pero sí la recuerdo como certera, de meter el dedo en la llaga. El caso es que al rato una persona, también a través de twitter, dijo algo así como «qué fácil es hacer de francotirador». No sé hasta qué punto lo dijo por mi comentario anterior, o fue pura casualidad. Pero el caso es que me hizo pensar.
Una crítica al estilo «francotirador» es como ver los toros desde la barrera. En ese sentido, es una crítica ventajista. Que además, en muchos casos, no tiene en cuenta el contexto sino que va directo a donde duele. Y al ignorar el contexto se arriesga a resultar injusta, ya que juzgar algo en términos absolutos suele serlo.
Sin embargo, creo que no por ello debe uno jugar al avestruz cuando recibe este tipo de críticas. Con su punto de ventajismo, o de injusticia, la crítica del francotirador (si está fundamentada) pone el foco en cosas que uno puede mejorar. Y por lo tanto, son un activo que tenemos que hacer jugar a nuestro favor.
Recibir una crítica (hacia uno mismo, hacia un proyecto en el que está involucrado, etc.) nunca es fácil. Por mucha «piel de elefante» que quieras tener, duele (desde luego, duele mucho más que las palmaditas en la espalda). Y más cuando uno se ha dejado los cuernos, ha luchado contra cientos de elementos en contra o se ha visto limitado por condicionantes externos… y llega el «listo» de turno a sacarnos faltas. Pero lo malo de estar expuesto a la opinión de terceros es que no puedes controlar esas críticas, y siempre van a existir. Así que las opciones son ponernos las anteojeras para no ver esas críticas, tomárnoslas como una afrenta personal, o tratar de valorarlas de la forma más aséptica posible, gestionando el factor emocional y extrayendo las lecciones que nos puedan ser útiles para el futuro.
Foto: Brian Bennett

Ójala tuviera superpoderes

¿Quién no lo ha pensado alguna vez, leyendo un cómic o viendo una peli de superhéroes? «Ójala pudiera volar». «Ójala pudiera teletransportarme». «Ójala…»
Yo alguna vez lo he pensado. Despertarse una mañana, y descubrir que, oh maravilla, puedes hacer algo que ayer no hacías. El primer rato debe ser espectacular; seguro que pasas un buen rato divertido, descubriendo los límites de tu poder. Probablemente no puedas evitar, durante un tiempo, la tentación de presumir ante terceros. «Eh, mira lo que puedo hacer». Vale. Pero… ¿y qué pasa después? ¿qué pasa cuando, tras unos días, el superpoder deja de ser una novedad? Algunas cosas pueden haber cambiado en tus rutinas diarias. A lo mejor vas volando a comprar el pan, en vez de andando. A lo mejor te teletransportas a la oficina en vez de pasarte un rato metido en el atasco. Pero lo cierto es que, al final, sigues comprando el pan, o yendo a trabajar.
En realidad, si lo pensamos bien, todos tenemos ya superpoderes. Podemos caminar. Podemos comunicarnos. Podemos imaginar. Podemos crear. Y no hablemos ya de las posibilidades que nos brinda la tecnología. Simplemente, nos hemos acostumbrado a todo ello. Para nosotros es «lo normal». Y aquí estamos, con nuestros superpoderes cotidianos a nuestra disposición. ¿Y qué hacemos con ellos? ¿Alguna vez nos lo hemos planteado? ¿Cómo estamos haciendo uso de nuestros superpoderes? ¿Qué nos hace pensar que, si mañana nos despertásemos con un nuevo poder, las cosas serían diferentes? ¿Qué nos hace pensar que nos dedicaríamos a cosas a las que ahora no nos dedicamos, que encontraríamos motivaciones distintas a las que ahora tenemos?
Al final, toda esta paranoia es para decir que, más que añorar los superpoderes que no tenemos, creo que deberíamos centrarnos en dotar de un sentido a los que sí tenemos. Que son muchos y, vistos desde la perspectiva adecuada, extraordinarios.

Recomponiendo el puzzle organizativo

Estas semanas estoy haciendo un trabajo de consultoría de organización. Es decir, llegar a una empresa, y tratar de identificar qué cosas funcionan bien a nivel organizativo, y (sobre todo) qué cosas son susceptibles de mejorar, qué engranajes son los que chirrían.
La fase de diagnóstico es verdaderamente interesante. Normalmente, planteas entrevistas en profundidad con las «fuerzas vivas» de la empresa (empezando por los primeros directivos, y descendiendo a tantos niveles organizativos como sean necesarios). Te permite sumergirte en la realidad de una empresa (y muchas veces de un sector), aprendes muchísimo. Y llegas a adquirir en poco tiempo una visión bastante nítida de la empresa. Mejor, normalmente (y ahí radica el valor añadido, y eso es lo que te permite luego proponer soluciones) que las personas que están dentro de la misma.
Por un lado, tú llegas con la mente «limpia», libre de prejuicios, del peso de la cultura, de la historia, de las cargas emocionales, de las relaciones. Analizas la empresa de forma desapasionada, aséptica. Y eso, quieras que no, te da ventaja.
Pero es que además consigues ver la empresa desde muchísimos prismas distintos. La ves a través de los ojos del primer directivo, pero también a través del empleado «raso». La ves con los ojos de quien lleva décadas en ella, y con los de quien acaba de incorporarse. Con los de quienes han tenido una carrera próspera, y con los de quienes, por distintas razones, han tenido peor suerte. Con los de los servicios centrales, y con los de las delegaciones. Ves la globalidad, y ves el detalle. Y esa posibilidad que tiene el consultor de acumular y contrastar todas estas visiones hace que, en última instancia, consiga tener una idea de conjunto mucho más completa y precisa de la realidad de la empresa que cualquiera de los que la viven en el día a día.
Cuando empiezo la conversación con la gente a la que entrevisto, suelo referirme a la metáfora del puzzle. La visión de cada entrevistado es una pieza del mismo. Algunas piezas son más grandes, otras más pequeñas, unas te dan más pistas y otras menos. Pero nuestra misión como consultores es recopilar todas las piezas, porque sólo así podremos completar el puzzle.
PD.- He recordado una historieta que alguna vez me contaron sobre unos sabios y un elefante… Pues eso, que cada uno cuenta la feria según le ha ido en ella. Si escuchas un número suficiente de versiones, es muy posible que consigas hacerte una idea de la realidad que todas ellas, cada una a su manera, relatan.
Foto: Mykl Roventine

Los límites de tu aguante

Police Line Do Not Cross

Hace no mucho he atravesado una situación un poco conflictiva. Me había vinculado a una asociación local, pero tras varios meses de pertenencia, y tras observar una serie de comportamientos y actitudes que no me convencían, decidí darme de baja. Eso de oir, ver y callar (y tragar) no va conmigo, y tampoco me apetecía hacer de «pepito grillo». Así que, sin más, un paso atrás y sanseacabó.
El caso es que, al comunicar mi baja, alguien me dijo algo que me hizo pensar: «Ya sabes, que en la asociación como en todo lo demás, no todo, funciona como a nosotros nos gustaría, pero poco a poco hay que seguir adelante.»
¿Sería posible que, quizás, yo fuese un exagerado y que tampoco la cosa fuera para tanto? ¿Que tenga poco aguante, y que a la mínima contrariedad decida desvincularme? Me hizo pensar en otras situaciones, más o menos similares, por las que he ido pasando en la vida. A nivel laboral, a nivel personal… y la verdad es que puedo llegar a concluir que es probable que yo tenga una especial facilidad para «desconectar» cuando una situación no me convence. He visto a gente aguantar carros y carretas en situaciones donde yo, simplemente, he cogido la puerta y me he ido.
¿Significa eso que soy un flojo? ¿Que no tengo la capacidad necesaria para persistir? Pues… creo que no es eso. Creo que tengo persistencia, y capacidad de aguante. Pero creo que necesito estar muy convencido de algo para que esa capacidad aflore. Si pensase que el trabajo de mi vida depende de ello, o la felicidad y el bienestar de mi familia, o mi supervivencia económica… entonces aguantaría lo que hiciera falta.
Pero «aguantar por aguantar», cuando el beneficio derivado de ello es escaso… no, mira, tengo otras cosas de las que preocuparme y en las que poner mis energías.
Al final, se trata de poner en una balanza lo que te aporta de positivo (ahora y en el futuro) una situación, y la incomodidad que te genera. Si lo segundo gana a lo primero, es tontería aguantar. Aunque claro, ambos lados de la balanza son completamente subjetivos, tanto lo positivo como lo negativo. Pero por eso mismo es necesario hacerle caso a las propias sensaciones para decidir, tener muy claro qué es lo que uno quiere en la vida y qué está dispuesto a sacrificar. Y, por lo tanto, saber cuando tiene que decir «por ahí no paso».
Foto: Jayneandd

La clave para la persistencia

La persistencia es uno de los elementos clave a la hora de conseguir cualquier objetivo. Lo normal es que las cosas no salgan a la primera, que nos encontremos el camino plagado de obstáculos. Y la capacidad para no rendirnos a las primeras de cambio, para volver a intentarlo, para buscar soluciones alternativas, es lo que muchas veces marca la diferencia entre «los que lo consiguen» y los que no.
Persistir es mantenerse firme o constante en algo. Y el otro día leí, en una entrevista que a priori no tenía nada que ver, una frase que me gustó mucho al respecto. Un fotógrafo contaba la historia de cómo consiguió, a base de insistir y de no aceptar un «no» por respuesta, su primer retrato importante (con Woody Allen, para más señas):

Creo que si realmente estás convencido de lo que haces, tendrás esa persistencia. Es realmente difícil ser persistente cuando estás haciendo algo que en realidad no quieres hacer.

No sé si la persistencia es una habilidad que se puede aprender (supongo que también). Pero, como dice el fotógrafo, yo también pienso que cuando uno está al 100% comprometido con lo que está haciendo, esa persistencia sale de forma natural.
Foto: uBookworm

Monólogo o conferencia

Hoy aterrizaba, gracias a un tuit de Ángel, en esta conferencia de Seth Godin. He estado viéndola durante sus 20 minutos, con una sensación extraña: ¿estaba viendo una conferencia, o un monólogo tipo «club de la comedia»? Lo cierto es que se parece más a lo segundo que a lo primero. ¿Es, por lo tanto, una pérdida de tiempo? ¿Es «poco profesional»? Lo dudo.
En primer lugar, con este formato ha conseguido algo fundamental: que la vea de principio a fin. Algo que otras conferencias, más clásicas, muchas veces no consiguen. Sí, puede que el contenido pueda ser interesante, pero sin un continente agradable, de fácil digestión… lo más probable es que me acabe aburriendo más pronto que tarde, y desconectando: dejando mi mente vagar (si no tengo más remedio que estar físicamente presente, como ocurría en muchas de las clases a las que asistí), levantándome y marchándome (si es una posibilidad), o haciendo click para cerrar la ventana.
«No, pero es que tienes que esforzarte». No, amigo. Como dice el propio Godin en la conferencia, si yo pienso que es aburrido… ES aburrido. Si tu objetivo es que yo me interese por lo que tienes que decir, y no me intereso… el que tiene un problema eres tú más que yo. Otra cosa es que simplemente quieras cumplir el expediente, pero ésa es otra historia.
«Claro, mucho jiji y jaja pero te quedas con pocas ideas». Discrepo. Más vale una conferencia divertida que atraiga mi interés y consiga que me quede con dos o tres ideas fundamentales, que una presentación llena de conceptos y detalles de los que no voy a retener nada. Creo que la misión de una conferencia no es «transmitir conocimientos»; para eso existen otros medios mucho más eficaces a los que, además, puedo recurrir a demanda. El breve tiempo de una conferencia debe, a mi modo de ver, usarse para para inocular cuatro ideas fundamentales en los oyentes y despertarles el interés por una determinada materia: por conocer más, por profundizar, por aplicar esas ideas a su propia realidad.
El problema es que es bastante más fácil preparar una conferencia en modo clásico, aunque aburra a las ovejas, que poner en marcha una representación (que al fin y al cabo eso son los monólogos) capaz de involucrar a la audiencia.

¿Cuánto pagarías por trabajar menos?

Recuerdo la escena. Estábamos tomando unas cañas después del trabajo, celebrando la despedida de alguien del grupo. La conversación derivó a los horarios de trabajo que teníamos, y una compañera dijo «Yo pagaría por trabajar menos». «Hazlo», le respondí. «¡No se puede!». «Mentira. Por supuesto que puedes. Otra cosa es que no quieras».
Por supuesto que podía trabajar menos. Si no dentro de la misma empresa, en otra. Si no en el mismo sector, en otro. Si esa era su prioridad, era cuestión de ponerse a buscar la fórmula. El problema es que ese «trabajar menos» tenía un precio. A buen seguro medido en términos económicos: menor retribución, menos poder adquisitivo… ergo renuncias a determinados elementos de su estilo de vida. Y posiblemente también medido en términos de proyección profesional, o incluso en satisfacción intrínseca con su trabajo. En definitiva, si no trabajaba menos es porque consideraba que el precio a pagar era demasiado alto para lo que iba a obtener a cambio.
Poco tiempo después, yo mismo tomé decisiones en ese sentido. Dejé mi posición (renunciando con ello a un jugoso sueldo, y a determinada carrera profesional), buscando otra forma de vida. Y en ello estoy. El caso es que llegó un momento en el que lo que podía conseguir con el cambio se volvió lo suficientemente valioso para mí como para pagar el precio que me pedían.
Por cierto, lo último que supe de esta chica es que se casó, dejó el trabajo y se dedicó a «sus labores» de esposa y madre. Está claro que podía trabajar menos, si quería. Sólo era cuestión de desearlo lo suficiente como para aceptar la contrapartida.
Foto: 1suisse .ch

¿Quién te enseña a emprender?


El otro día me comentaba un conocido que iba a plantear, en el instituto de su hija, la posibilidad de hacer una sesión con «emprendedores». Están en esa edad en la que tienen que ir pensando «qué van a ser de mayores», y la inmensa mayoría tiene en mente (algo que me sorprendió; pensaba que a estas alturas habíamos avanzado algo) las opciones clásicas de «médico, abogado, ingeniero, etc.»; y le parecía que merecía la pena abrirles la mente a otras realidades, para que al menos las pudiesen valorar.
«Y demasiado tarde me parece», le dije. Efectivamente, creo que «emprender» es algo que hay que enseñar desde pequeños, desde la escuela, y también en casa. Ya escribí en su momento que creo que aquellos que han «mamado» en sus casas esa actitud emprendedora es más fácil que la desarrollen. Porque diría que «emprender» no es una serie de conceptos y conocimientos, sino más bien un conjunto de actitudes que, cuanto antes interiorices, mejor.
Lo comparaba con mi propia experiencia. Desde luego yo no vi en casa emprendimiento; no culpo a mis padres, simplemente fueron sus circunstancias. Ni en el colegio. Ni en el instituto. Más grave aún, tampoco en la universidad. Y eso que hice «Administración y Dirección de Empresas», donde se supone que más sentido tendría. Pero no. A mí me enseñaron muchas cosas para ser «administrador y director de empresas». En el área financiera, en el área de marketing, en el área de control de gestión… todo pensado para convertirnos en «hombres de empresa», posiblemente en el sector industrial o financiero. Recuerdo muchas charlas de directivos bancarios, y de directivos de grandes conglomerados industriales, pero ni una sola charla de un emprendedor, nadie que nos contase su experiencia. Desde luego, tampoco recuerdo ningún profesor así. Por supuesto que muchas de las enseñanzas que recibimos podían ser aprovechadas por un emprendedor (desde hacer un plan de marketing a entender el marco normativo, pasando por definir la contabilidad de costes o entender los ratios financieros), pero nadie se encargó de alentar ese espíritu emprendedor en nosotros.
Bueno, sí, en teoría la «memoria fin de carrera» consistía en elaborar un «plan de negocio» (podía ser de una empresa de nueva creación, o hacerlo como proyecto sobre empresa existente). Puro emprendizaje de salón, que consistía en elaborar un «tocho» bien gordo, y defenderlo ante un tribunal compuesto por profesores que no es que no fuesen emprendedores; es que creo que ninguno había trabajado nunca en ningún sitio que no fuese la universidad. Recuerdo que una de las objecciones que pusieron a nuestro proyecto fue que el desglose del coste unitario de un producto (que habíamos obtenido de la propia empresa que nos sirvió de base para el trabajo) «no se ajustaba a lo que nos habían enseñado en clase». Valiente gilipollez. En todo caso, una vez finiquitado el proyecto, palmadita en la espalda, y ahora vayan poniéndose en fila en los procesos de selección de grandes bancos, grandes consultoras, grandes auditoras.
Hablando de mí, ójala alguien me hubiese alentado en toda esa primera etapa de mi vida ese espíritu emprendedor. Ójala me hubiesen animado a experimentar, a no desanimarme cuando algo sale mal, a intentarlo tantas veces como sea necesario, a perder los miedos en un entorno controlado, a desarrollar habilidades y actitudes; tendría mucho camino recorrido.
Y a nivel de la sociedad general, ójala alguien alentase eso mismo en todos los jóvenes. Así no tendríamos generaciones enteras viviendo a la «sopaboba», esperando que alguien les solucione las papeletas, y quejándose porque con sus estudios, sus universidades, y sus másteres… nadie «les da trabajo», creyendo que el bienestar es un «derecho adquirido» en vez de una conquista diaria. Porque sí, la situación de dificultad económica puede ser un hecho objetivo; pero la actitud con la que nos enfrentamos a ella puede marcar una gran diferencia.
Foto: Katie Weilbacher

Funda casera para el Kindle

Creo que no lo dije por aquí, pero después de mis dudas sobre si comprar un Kindle o un iPad, al final me decidí por el Kindle. Mi experiencia hasta ahora es muy agradable; quizás lo mejor que se puede decir de este dispositivo es que, mientras lo usas, te olvidas de él. Simplemente, lees. Y eso es de lo que se trataba.
El caso es que con su uso me di cuenta enseguida de un «fallo» de Amazon: venderlo sin una funda. Es un dispositivo que, por su naturaleza, anda todo el día de acá para allá. Lo coges, lees un rato, lo dejas encima del sofá, necesitas metérlo en una bolsa para llevártelo por ahí, terminas de leer y lo dejas por cualquier sitio… expuesto al polvo, a la suciedad, a las rayaduras. Realmente, creo que debería venderse de serie con una funda, por cutre que fuese. Por supuesto, luego hay decenas de modelos a la venta… otro sacacuartos.
Así que fui madurando la idea de hacer una funda con mis propias manos. No es que yo sea precisamente «manitas», pero me parecía que no debía ser muy difícil. Estuve mirando algunas opciones, pero al final la que me llamó la atención fue ésta… así que me puse manos a la obra. Y aquí está el resultado: rápido de hacer, barato, y resultón (al menos eso creo, incluso siendo consciente de las mejoras que se le podrían introducir en un segundo intento), y permite usarlo de forma permanente (leer con la funda) o simplemente para guardarlo/transportarlo.

La idea es muy sencilla, y por supuesto es totalmente aplicable a cualquier lector de ebooks, o al propio iPad.

  • Buscar un libro viejo con tapas duras que tengamos en casa, y cuyas dimensiones (no sólo de alto/ancho de la cubierta, sino también el grosor) sean adecuadas para nuestro dispositivo.
  • Con un cutter, «deslomarlo»: es decir, quitarle las páginas para quedarnos únicamente con las tapas.
  • Forrarlo: esto es opcional (también nos podríamos quedar con las tapas tal cual), pero a efectos estéticos y prácticos merece la pena. Yo he usado una tela plastificada (que seguro que es resistente, y además fácil de limpiar si se necesita) con pegamento de contacto; pero igual se puede usar un papel que nos guste, añadir forro transparente autoadhesivo… en fin, cada uno lo que le apetezca.
  • Utilizar goma elástica (de la de las mercerías) para crear una sujección para cada una de las esquinas del dispositivo. Yo las pegué a la tapa directamente, pero luego pensé que hubiera sido mejor haberlas pegado a la la parte trasera de la goma EVA (ver siguiente punto), hacer unos agujeritos para que salieran a la superficie… y así se podía haber forrado el interior de una sola vez.
  • Utilizar goma EVA (tiendas de manualidades) para forrar el interior de las cubiertas. Con un triple objetivo: cubrir las «imperfecciones» (tanto los sobrantes del forro como los «pegotes» de la cinta elástica), servir como «relleno» para que el dispositivo vaya más ajustado dentro de las tapas, y además proporcionar una superficie suave para proteger al dispositivo.

Y ya está. Evidentemente, viendo el resultado de este primer intento se aprecian detalles mejorables, y seguro que podría tener mejor acabado (yo no soy especialmente paciente ni meticuloso)… pero oye, no creo que me haya costado 5 euros (algo más si se tiene en cuenta que tienes que comprar materiales que luego te sobran: tela, goma EVA, pegamento…), además de proporcionarme un rato de entretenimiento la mar de divertido.