Abandonadito que tengo el blog. Y muchas otras cosas. En los últimos tiempos he dado en implicarme en un proyecto de consultoría bastante absorbente… y en esas ando. Y es que a mi edad (ya van para 12 años de vida profesional) estoy descubriendo un «nuevo» mundo para mí: la consultoría de trinchera.
Efectivamente, en mi primera etapa como consultor «de negocio», o «de organización», o «de estrategia», o de «recursos humanos» (dependiendo del momento), la inmensa mayoría de mis proyectos eran más de «consultoría de salón». Algunos con más trabajo de campo, otros con menos… pero en general todos acababan con un informe final, un bonito powerpoint al que perdías de vista. Rara vez llegabas a saber si tus conclusiones, tus propuestas, tus ideas… llegaban a implantarse, o si se iban directamente a una estantería a coger polvo. Durante un tiempo eso fue para mí una fuente de frustración; ¿para qué tanto esfuerzo, para qué tanto remar, para qué tanta paja mental… si al final no acababas de ver el impacto de lo que estabas haciendo?
Sin embargo, en esta ocasión me he metido (además, de una forma bastante poco ortodoxa; fui allí para echar una mano con un tema puntual y he acabado implicándome a un nivel tremendamente operativo… pero eso es otra historia) «de hoz y coz». Es decir, yendo mucho más allá de los powerpoints (que también los hay, de vez en cuando), y trabajando para una implantación real, incrustado entre las «tropas» del cliente, coordinando temas de sistemas, de administración, de operaciones… lidiando con resistencias organizativas, con conflictos políticos… en fin, que no me aburro.
¿Y qué me parece todo esto? Pues la verdad, depende del rato. Hay momentos en los que estás desbordado, en los que hay elementos que escapan de tu control, en que las cosas se tuercen… y piensas en lo bien que vivías cuando estabas tranquilo con tu powerpoint, y que quién te habrá mandado bajar al barro. Y hay otros momentos en los que, en el fragor de la batalla, consigues dominar los elementos y sientes que estás haciendo avanzar el barco en la dirección adecuada, que tu aportación está teniendo un impacto real en la organización más allá de haber juntado cuatro letras en un documento. Y eso es satisfactorio.
Esfuerzo gana a talento
Tenía pendiente de leer este post, «El efecto del esfuerzo«. Y leyéndolo, no he podido por menos que pensar en mi propia experiencia…
Viene a decir el artículo que «la gente tiene dos tipos de mentalidad: de crecimiento o fija. Las personas con mentalidad de crecimiento ven la vida como una serie de retos y oportunidades para mejorar. Las personas con una mentalidad fija creen que ellos ya están asentados de forma permanente como buenos o malos. El problema es que los buenos creen que no tienen que trabajar mucho porque ya son buenos, y los malos creen que el trabajar mucho no les va a cambiar nada puesto que son malos de forma fija.»
Yo siempre navegué con el viento a favor. Mi vida académica fue extremadamente cómoda. No digo que no trabajase (que algo sí), pero simplemente se me daba bien sin esfuerzo. Así fue siempre, y yo lo que pensaba al ver a otros compañeros que tenían dificultades (algunos en la educación primaria, otros en la secundaria, luego en la universidad…) era «qué bien, qué suerte tengo». Cuando empecé a trabajar, las cosas también me fueron bien. Imagino que algo haría yo para lograrlo, pero en ningún caso tengo la sensación que fuese una cuestión de «esfuerzo». ¿Idiomas? Bien de forma natural. ¿Manejo de ordenadores? Sin problema. ¿Hablar en público? Venga. En otros ámbitos de la vida tampoco pasé nunca dificultades. No es que en mi casa fuéramos ricachones, pero nunca faltó de nada. Tampoco me he enfrentado a graves problemas físicos que hayan requerido de mí una tenacidad a prueba de bombas.
Curiosamente el resultado no es tan positivo como podría parecer. Mi mujer me lo dice a veces: «como hay tantas cosas que se te dan/han dado bien sin esforzarte, en cuanto encuentras algo que te supone algo de esfuerzo… pasas». Es una afirmación un tanto difícil de digerir, pero me temo que tiene gran parte de razón. Nunca tuve habilidad para el deporte… y nunca me preocupé por desarrollarla. Algo parecido con las manualidades… como no se me daban bien, hacía lo justo para «cubrir el expediente» y a otra cosa. Nunca tomé ninguna de esas cosas que «no se me dan bien» y me propuse dominarlas aunque fuese a base de esfuerzo y dedicación a falta de «talento natural». ¿Para qué, si ya se me dan bien otras sin necesidad de currármelo? Zona de confort de grado superior.
Hace tiempo citaba a Drucker cuando decía que es mucho más rentable dedicar nuestros esfuerzos a perfeccionar aquello en la que yo somos buenos que a ser mediocres en aquello en lo que somos torpes. Un tema sobre el que Chema hacía alguna puntualización hace unas semanas. Y que a la vista de lo expuesto, admite una vuelta más: ¿y si esforzarse en mejorar algo que no se nos da bien de forma natural fuese importante, no tanto por los resultados concretos que vayamos a conseguir, sino por el hecho de forjar el hábito, de acostumbrarse a vencer a base de esfuerzo lo que no se puede vencer a base de condiciones naturales? Porque, por muy «talentosos» que seamos, en la vida nos vamos a encontrar muchas situaciones para las que no estamos naturalmente dotados. Y si no tenemos desarrollada la costumbre del esfuerzo… ¿qué hacemos? ¿Retirarnos? ¿»Pasar»? ¿Y si no podemos? Por supuesto, todo es mejor cuando «se te da bien»; pero si resulta que no, mejor tener preparado un «Plan B».
El «talento» te hace la vida más fácil, pero tiene un reverso tenebroso; te acomoda.
Enseñar vs. aprender – reflexiones de un profesor mejorable
Ayer estuve viendo este episodio de Redes (ya viejuno… se habla de Wikipedia como un «proyecto novedoso»…). El caso es que durante el debate surgía una cuestión interesante. «Que un profesor enseñe no implica automáticamente que un alumno aprenda«. Esa contraposición entre la enseñanza y el aprendizaje me hizo pensar.
Yo he tenido la suerte de estar en los dos lados de la ecuación. En el de «aprendiente», y en el de «enseñante». E incluso con esa doble experiencia, he de decir que resulta muy difícil cambiar el paradigma del «profesor». Cuando te toca «impartir» una materia (si es que el propio verbo suena unidireccional), es complicado evadirse de la tendencia a «contar tu rollo». Antes de empezar, preparas «lo que vas a dar en clase». Organizas los contenidos del curso de acuerdo a tus esquemas mentales. Tienes un «temario», te preocupa no tener tiempo para que «entre todo». En definitiva, tiendes a organizar todo el proceso desde la perspectiva de la enseñanza, centrada en ti mismo… en vez de desde la perspectiva del aprendizaje, centrada en el alumno.
Y es que el problema del aprendizaje es que hay uno por cada alumno. Cada uno tiene sus intereses, sus expectativas, sus conocimientos previos, su ritmo, su forma de aprender, sus circunstancias personales, sus capacidades innatas. Tratar de proporcionar una experiencia de aprendizaje individualizado dentro de una clase colectiva es complicado, y desde luego exige mucho más esfuerzo y es mucho más incómodo para el profesor.
La cuestión es que, si no se hace, nos quedamos en «enseñanza» pero no generamos «aprendizaje». Y entonces hemos hecho un pan con unas tortas, y para ese viaje no hacen falta alforjas. Es algo que tendré que mejorar de cara a futuro.
¿Son sostenibles los proyectos paralelos?

El otro día comentaba con un conocido la situación de su empresa. Tras años de prestar servicios a clientes a modo de consultoría, había decidido enfocarse a desarrollar un «producto propio». Había cambiado de arriba abajo la empresa para adecuarse a este nuevo enfoque. Y en ellas estaba. Confesaba que con cierta inquietud… porque pasar del modo «trabajo hecho para terceros, trabajo cobrado» al modo «trabajo hecho para uno mismo y ya se verá si fructifica» da miedo. Donde antes entraban ingresos de forma más o menos regular, ahora sólo hay gastos… y quién sabe por cuánto tiempo. Un salto de fe.
Le preguntaba yo si no se había planteado compatibilizar los dos modelos: que una parte de la empresa siguiera explotando el modelo consultoría, generando ingresos… y financiando así al «proyecto propio». Y él me comentaba que en realidad era algo que habían intentado… y que no había funcionado. Porque por mucho que quisieras destinar tiempo y recursos al proyecto propio, cuando aparecía un cliente resultaba difícil decirle que no. Con lo cual tus esfuerzos, tu atención… se dedican a ese cliente, y a ese «dinero cierto», y se desvían de tu incierto proyecto propio. Por lo que al final, la alternativa que había tomado era «quemar las naves» y apostar el 100% al proyecto propio.
En cierto sentido, me sentí identificado. Uno puede plantearse la idea de apostar por un proyecto propio, el que sea. De «tirarse a la piscina». Pero resulta que, mientras está en ello, surgen oportunidades. Hacer un proyecto que no tiene que ver con lo que quieres desarrollar, pero que te pagan bien. Y oye, tú tienes un alquiler, unos niños… te vienen bien los euros… total, puedo dedicarle un poco de tiempo sin desviarme de lo mío… lo haces. Sin darte cuenta, surge otro… y lo haces. Un compromiso con un antiguo compañero… venga, va. Pasan las semanas, los meses… y de repente te preguntas qué está pasando con «tu proyecto». No ha avanzado. ¿Cómo va a avanzar, si apenas le has dedicado tiempo? Y cuanto menos avanza, menos «tangible» lo ves, y más dudas te entran.
Lo mismo podría aplicarse a quienes quieren desarrollar un proyecto «a tiempo parcial» mientras mantienen su trabajo por cuenta ajena… «Yo le dedico las tardes, y los fines de semana, y lo que haga falta». Pero es poco tiempo. Y sobre todo, por mucha ilusión que tengas, es poca energía la que te queda. ¿Durante cuánto tiempo se puede sostener esa situación?
En definitiva… ¿pueden ser sostenibles los proyectos «paralelos»? ¿O es necesario centrarse, ponerse los «guiaburros» para no hacer nada que no tenga que ver con el proyecto, superar el vértigo del «los cien pájaros volando vs. el que está en la mano»… y que sea lo que dios quiera? Imagino que es una cuestión de confianza, de tolerancia al riesgo… no es una papeleta fácil.
Foto: Mykl Roventine
Rebaja las expectativas: impresionarás más

Este muchachote se llama Michael Collings, y es la última sensación que llega desde el programa de talentos «Britain’s got talent». Apareció ahí, con su marcado acento, su aspecto muy alejado de un cantante de éxito, su ropa «de mercadillo» y una guitarra pequeña para su cuerpo. Los comentarios y las caras del jurado, antes de empezar, reflejan lo que esperan: «otro perdedor que nos toca aguantar; no nos pagan lo suficiente». Luego el chico empieza a tocar y a cantar, todo el mundo se emociona, la incredulidad inicial da paso al aplauso, «pasas a la siguiente fase». Logro conseguido.
En realidad, se repite el patrón de Susan Boyle, o de Paul Potts (en anteriores ediciones del mismo programa). Gente que la primera impresión que provocan es floja, y que tras su actuación provocan la ovación del respetable. La cuestión es… ¿tan buenos son? Yo lo dudo. Por respetables y admirables que me resulten sus actuaciones (unas más que otras; éste último no me parece nada del otro jueves…), y especialmente viniendo de personas que no habrán tenido formación y oportunidades, creo que objetivamente sus rendimientos no son para tanto. Que hay gente con más talento y mejor preparación que ellos. Y sin embargo, como de entrada las expectativas sobre ellos eran tan bajas, un rendimiento digamos que de notable provoca una reacción mayor que una actuación «de sobresaliente» por parte de alguien de quien se espera mucho.
Si eres un fichaje «del montón» que luego rinde con normalidad, vas a ser mucho más apreciado que un fichaje «de relumbrón» que rinda al mismo nivel.
Moraleja: siempre que se pueda, hay que poner las expectativas respecto al propio desempeño lo más bajas posibles. De esta forma, nuestro rendimiento posterior «sorprenderá» y generará una mejor impresión. Insisto en el «siempre que se pueda», porque hay veces en las que hay que generar una «expectativa mínima» para cualificar y tener siquiera una opción de demostrar nada. Pero una vez superado ese punto, incrementar las expectativas sólo juega en nuestra contra. Como en «El Precio Justo», tan malo es quedarse corto como pasarse.
Culturas corporativas fuertes: por qué son positivas
Ayer estuve un rato en la sesión sobre «Cultura Corporativa» que llevaban Ángel Medinilla y Alejandro Barrera en el marco de la Scrumweek. Hablaron (hablamos) durante un par de horas del concepto de cultura corporativa y de su importancia. Y en el curso de la charla hubo un sesgo que no me gustó (y así se lo hice saber) hacia «cómo molan las culturas tipo Zappos«, en confrontación con otras culturas «tipo ArthurAndersen». Es decir, las culturas «buenrollito» vs. las culturas «de los encorbatados».
Discrepé, y discrepo. Una cultura fuerte y reconocible siempre es positiva. Saber de antemano con qué te vas a encontrar, qué tipo de personas, cómo va a ser la dinámica de trabajo, qué comportamientos están valorados y cuáles no, todo ello a través de una serie de formas de actuar reconocibles y consistentes a lo largo del tiempo y el espacio… es algo muy valioso. Al igual que la marca (personal y de empresa), consigues vincular tu nombre, tus servicios, tu presencia… a un conjunto de valores. Y además es algo muy difícil de conseguir.
Otra cosa distinta es que haya una serie de valores con los que comulgues más, y otros con los que comulgues menos. Entonces es cuestión de que encuentres, como profesional, una cultura en la que te sientas cómodo, donde haya sintonía entre lo que tú crees y lo que el entorno refuerza. Pero hasta para eso es positiva la existencia de culturas fuertes: para saber si encajas o no. Yo quiero saber, de antemano, «de qué palo» va una determinada empresa, y saber si encajamos o no. Quiero tener toda la información posible encima de la mesa, saber toda la verdad antes de tomar decisiones, y evitar perder el tiempo. Y no pasa nada, hay «gente pa tó»; y al que le guste la cultura zappos no sobrevivirá en un entorno «arturito», y viceversa. Cada mochuelo a su olivo, cada uno en su casa y dios en la de todos.
Lo que es verdaderamente malo es la ausencia de una cultura fuerte, donde cada uno hace las cosas de una manera, donde no hay consistencia, donde hoy es blanco y mañana negro, donde en una misma empresa acabas dependiendo de «con quién te toque» para tener una experiencia u otra. Igual que es malo predicar una cosa, y luego hacer otra distinta. ¿Pero una cultura fuerte y coherente? Tiene un valor incalculable. Aunque luego, a nivel individual, a unos nos convenzan más unas u otras.
Así pues, si yo fuera una empresa, procuraría tener bien claro cuáles son los fundamentos de mi cultura corporativa (los que sean), y procuraría hacer todo lo posible para asegurar que todo el mundo se comporta de acuerdo a ellos. Porque así se refuerzan esos valores, y así se construye una cultura fuerte y reconocible.
Tiempo parcial no es contrato basura

Leía hoy en El País un artículo sobre los contratos a tiempo parcial, y sobre cómo en España es una figura que no acaba de cuajar porque ni tirios ni troyanos se la acaban de creer. Y francamente creo que es una lástima, porque es una figura que puede dar mucho juego en el mercado laboral… pero que está estigmatizada.
Conozco el caso de una empresa en la que están trabajando en una política de tiempos parciales muy sólida. La premisa de la que parten es la siguiente: «Si tu ofreces un contrato de tiempo parcial para alguien que aspira a tener jornada completa, va a considerarlo un contrato basura. Pero hay una serie de colectivos para quienes los contratos de tiempo parcial son ideales.» Piensan por ejemplo en estudiantes (a quienes les viene muy bien tener unos ingresos compatibles con sus estudios), o en situaciones en las que hay que compatibilizar responsabilidades familiares con la necesidad de un cierto nivel de ingresos. En general, en gente que quiere trabajar pero que no puede o no quiere una jornada completa. Se trata, pues, de casar esa oferta y esa demanda. Y todo ello con una serie de políticas (de reclutamiento, de selección, de formación, de retribución…) acordes al carácter parcial de la jornada que implican una serie de matices importantes.
¿Son los tiempos parciales adecuados para todas las personas? No. Y tampoco para todas las empresas. Hace ya un tiempo me metí en un jardín al hablar de las jornadas reducidas en consultoría… y es que pensaba entonces, y sigo pensando ahora, que algunos trabajos no son «troceables», porque es difícil tener una «hora de entrada» y una «hora de salida». Pero muchos otros sí. Pienso en fábricas, en atención al cliente, en restauración… donde el «tiempo de dedicación» es una variable más segmentable. Y en algunos, además, la propia variabilidad de la actividad (p.j. estacionalidad a lo largo de la semana) hace que poder disponer de tiempos parciales con los que dimensionar una fuerza de trabajo que se ajuste a esa estacionalidad sea una fuente muy importante de rentabilidad.
En definitiva, que cuando se dan las circunstancias adecuadas tanto por parte de las necesidades de la empresa como del trabajador, el contrato a tiempo parcial es una opción muy a tener en cuenta. Obviamente, dejando fuera a los «piratas» que hacen contratos parciales y luego obligan a trabajar jornadas completas… que esa es otra historia.
Foto: pasukaru76
Artista… ¿de qué?

Ya he reconocido en alguna ocasión que yo, de «arte», lo justito. Y pasa el tiempo (cuatro años desde el post que enlazo) y sigo en las mismas. De hecho, desde entonces hasta ahora algo ha cambiado; podría pensarse que mi acercamiento al mundo de la fotografía, o mi acercamiento al mundo de la música (empecé el año pasado a estudiar guitarra clásica) podrían haberme hecho pensar de otra forma… pero sigo igual.
No sé qué es el arte. Uno puede hacer fotos. O tocar un instrumento. O escribir relatos, cuentos, novelas, poesías. O pintar cuadros. O moldear materiales. Eso son hechos tangibles, objetivos. Si lo hace con cierta recurrencia, podríamos incluso aceptar que se autodenominase «fotógrafo», «músico», «escritor», «poeta», «pintor», «escultor»… Pero el salto al «artista»… ¿qué hace un artista? ¿Arte? Insisto, yo no sé qué es el arte (más allá de «morirte de frío»). En un momento dado yo puedo, de acuerdo a mi criterio subjetivo, considerar que algo me gusta estéticamente. Incluso, algunas veces, puedo sentir que una obra «me dice» algo más allá de la estética, que me genera alguna sensación. Pero siempre subjetiva.
Y, la verdad, tiendo a pensar que todo aquel que se considera a sí mismo «artista» tiene un punto notable de petulante y pretencioso. Todo eso de que «soy un artista incomprendido», o «quiero compartir mi arte con el mundo»… pfff. Entiendo que uno quiera expresarse a través de cualquiera de las disciplinas que mencionaba antes. Incluso puedo entender que llegue a ser una «necesidad vital», aunque no es un sentimiento que comparta. Pero de ahí a que cualquier cosa que sale de tu boquita o de tus manos decidas tú mismo considerarlo «arte», y por extensión a ti mismo como un «artista»… me parece que es tenerse a uno mismo en demasiada consideración.
Pero qué se yo, no hacerme mucho caso. Que igual, no digo yo que no, es todo por ser yo un «adoquín» poco cultivado.
PD.- Me apuntan en comentarios que quizás yo esté siendo demasiado «tiquismiquis» con la definición de «arte». Que, volviendo a la RAE, puede ser cualquier «manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros.» No sé. Será que soy pudoroso.
Foto: cobalt123
¿Cómo se presentaba Leonardo?
¿Cómo se presentaría a sí mismo Leonardo da Vinci? (vaya, ya está Raúl con sus paranoias…). No, en serio. Pensadlo por un momento. Estamos hablando del prototipo de genio multidisciplinar, que ha quedado para la Historia como icono del hombre renacentista. Artista, científico, ingeniero, inventor, anatomista, escultor, arquitecto, urbanista, botánico, músico, poeta, filósofo y escritor… dice la wikipedia que eso es «polímata». La cuestión es… si en aquella época hubiesen existido las tarjetas de visita… ¿qué pondría debajo de «Leonardo da Vinci»?. Si en aquella época hubiese existido twitter… ¿cuál sería su «bio»? ¿De qué manera cabría acotar en una etiqueta o breve frase todo lo que Leonardo era, todo lo que Leonardo podía aportar, sin dejar fuera aspectos enormemente relevantes?
Lo digo porque, hoy igual que ayer, yo sigo con uno de mis temas recurrentes: cómo definirme, cómo acotarme, cómo proyectarme al exterior. Porque, aunque lejos de considerarme un «Leonardo», sí comparto con él una cierta tendencia a la multiplicidad de intereses. Algo que estoy convencido que, lejos de empobrecerme, me enriquece a nivel personal… y también a nivel profesional, porque creo que la multidisciplinariedad es un factor cada vez más importante en este mundo complejo y dinámico en el que vivimos, y te pone en disposición de aportar más valor a un proyecto (bien como empleado, bien como colaborador externo). Pero los mensajes que te llegan son que no, que si quieres llegar a «tu mercado» tienes que definir una «propuesta de valor» clara y especializada y ceñirte a ella, sin despistar con otras cuestiones…
Y yo me resisto, coñe. Lo que ya no sé es si me resisto por convicción, o por pura incapacidad. Estaría bonito poder hablar con Leonardo, a ver qué pensaba él de todas estas cosas.
O delegas, o no delegas
«Delegar» es una de las habilidades más difíciles de desarrollar para un directivo. Supone «perder el control», y en muchas ocasiones asumir que las cosas no se harán exactamente como uno las habría hecho. Y eso es algo que a muchos les (nos?) supera. Ya lo dice el refrán, «si quieres algo bien hecho, hazlo tú mismo». El problema es que «tú mismo» puedes hacer un número limitado de cosas con tu tiempo, con tu atención. Para un directivo-tipo, con múltiples proyectos a los que atender, es imposible supervisar todos los detalles, estar en todas las reuniones, leerse todos los correos…
Y sin embargo son muchos los que se empeñan en moverse en esa zona intermedia del «delego, pero quiero mantener el control» o bien «controlo, pero no puedo entrar en los detalles». Una zona nefasta para el éxito de los proyectos (que se ven abocados en muchas ocasiones al «cuello de botella» que supone el directivo sin tiempo), y también para el espíritu de los colaboradores. No hay nada más desmotivante (al menos para mí) que el hecho de que te encarguen un proyecto sin demasiadas instrucciones específicas, lo desarrolles según tu criterio y que luego te digan «no, así no era; hazlo otra vez… como yo lo haría». O que te digan «tira millas», y luego te digan «por qué tiraste millas sin mi autorización».
Me temo que no se puede «delegar a medias». O se delega (y entonces asumes tu rol; das instrucciones claras pero luego asumes la propia capacidad de tu equipo para tomar decisiones dentro de los criterios marcados y aceptas el resultado como propio aunque no sea exactamente lo que tú esperabas), o no se delega (y entonces se dedica el tiempo necesario a la supervisión, la gestión de los detalles, el control…). Las medias tintas, en este caso, no traen nada bueno.
