Emprendedores para salir de la crisis

Este pasado fin de semana he estado en Sevilla, donde fui invitado para dar una charla en EventoBlogEspaña sobre el concepto de emprendedores online como soluciones a la crisis. A partir de esa base, elaboré una charla con varias ideas:

  • Emprender es una tarea noble, ilusionante… pero que entorno al «emprendedor» surge mucho ruido (cursos, concursos, subvenciones, eventos, libros, políticos) que distrae y despista de la realidad.
  • Emprender es, en realidad, nada más (y nada menos) que buscarse la vida. Y, como tal, está mucho más cerca de ser una «solución a la crisis» que quedarse en casa esperando a que la solución venga sola, o de manos de terceros (llámese Estado, llamesé «que me den trabajo»…).
  • Muchos fantaseamos con llegar a tener un negocio próspero. Pero el camino es largo y exigente, y la mayoría nos quedamos por el camino.
  • Un negocio (online u offline) tiene éxito cuando tiene beneficios sostenidos en el tiempo. Todo lo demás (premios, atención mediática, número de usuarios, eventos a los que te invitan, rondas de financiación…) son paparruchas.
  • Emprender online no es más fácil que offline. Lo que tiene de bueno (bajas barreras de entrada que permiten «probar» a cualquiera), lo tiene de malo (cualquiera te puede hacer la competencia).
  • La salida de la crisis pasa por tener negocios competitivos, rentables y sostenibles, que generen riqueza a sus propietarios, a quienes trabajen en él, y a toda la sociedad a través de los impuestos.
  • Emprender no es suficiente para salir de la crisis, ya que sólo los negocios que llegan a ese estadio de «éxito» contribuyen. Quedarse a medio camino, lamentablemente, no aporta nada.
  • Pero emprender es necesario, porque cualquiera que sea el negocio rentable que podamos imaginar, alguien tuvo que ponerlo en marcha.
  • Así pues, nuestra decisión es ver si queremos ser de los que lo intentan, o si queremos ser de los que nos quedamos esperando.

¿Reacciones? En directo pocas… vía twitter (en el momento) y comentarios (después) parece que, dentro de su caracter de «recordatorio básico», gustó (aunque no faltó gente a quien no). Pero bueno, lo mejor es verlo y opinar, ¿no?
Aquí el video de la charla

Aquí la presentación que utilicé como respaldo

Aquí una entrevista que me hicieron a posteriori, donde volví sobre los mismos temas

Los quesos que volaron

Leí el libro «¿Quién se ha llevado mi queso?» cuando salió (¿hará 10-12 años, quizás?). Por aquel entonces hizo furor. Yo recuerdo que en su momento me pareció un libro tontorrón. Y es que nunca me ha gustado ese estilo de «fábula» (al que pertenecen otros tipo «La Buena Suerte») que, para contarte una moraleja que cabría en un post de un blog, o incluso en un tuit de 140 caracteres, se inventan una metáfora esquemática y escrita (con perdón) para tontos. En este caso, dos ratones y dos liliputienses acostumbrados a comer queso en un sitio determinado, y cómo reacciona cada uno el día que el queso desaparece.
El caso es que, a pesar de todo, la moraleja en su día sí me gustó. Que las cosas cambian, y que ante el cambio tienes dos opciones: quedarte como un pasmarote, enfadarte, patalear… o buscarte la vida para salir adelante (¿Veis? Cabía en un tuit). Aun así, esta filosofía de vida por aquel entonces la entendí digamos de forma «racional», no «visceral». Como un aviso a navegantes, que sí, que vale, que las cosas cambian y tal… pero mirando alrededor tampoco parecía una cuestión de urgencia. No había muchos quesos desapareciendo.
Sin embargo, en los últimos tiempos me viene a la cabeza cada vez con más frecuencia la historieta del queso. Porque, ahora sí, veo alrededor que los quesos vuelan sin parar. Cada vez más sectores, más empresas, más individuos… se enfrentan al hecho de que sus quesos, los quesos que daban por supuestos, de los que se venían alimentando toda la vida y de los que esperaban vivir para los restos, desaparecen. Y veo muchas reacciones «al estilo liliputiense Hem»: que era el que se enfadaba, se enrocaba en que él quería su queso como siempre, y que de ahí no salía.
En definitiva, hace 10 años el libro tenía un carácter de aviso («ojito, que las cosas están cambiando, que no te pille desprevenido…»). Ahora tiene, desde mi punto de vista, el sabor amargo de la crónica de lo que está pasando. Ya el aviso («un día el queso desaparecerá») no procede. Porque los quesos, para muchos, ya han desaparecido.

Éste es el mundo que nos espera; acostúmbrate

Me ha encantado este artículo de Seth Godin, llamado «La recesión permanente; y la próxima revolución«. Y me ha gustado porque representa muy bien mis sensaciones respecto a esta «crisis» que estamos viviendo. Él habla sobre los dos tipos de recesiones («desaceleraciones» que llaman algunos) que tenemos encima. Una la cíclica, la que viene y va. Y otra que ha venido para quedarse, la que tiene que ver con la desaparición de un mundo que ya no volverá.. Como dice Godin, «esto representa una discontinuidad significativa, una decepción vital para la gente trabajadora deseosa de una estabilidad que difícilmente van a tener».
Un cambio de perspectiva complejo, estresante, para el que nadie nos ha preparado y que muchos, lamentablemente, no serán capaces de abordar. Un cambio de escenario que nos obliga a «ponernos las pilas», y que nos lleva a un mundo distinto, donde también habrá oportunidades para quienes sepan adaptarse. Seguro que todos preferiríamos un mundo más estable, pero como eso no va a pasar, cuanto antes lo aceptemos, antes dejemos de lamentarnos y antes nos pongamos manos a la obra, mejor nos irá.

Fideliza… ¿que algo queda?

Hace unos días me llegaba a casa una carta de mi compañía de seguros (la cansina del «soy, soy, soy»). Me informaban de su «Club» y me enviaban una tarjeta con «descuentos y ventajas». A saber, veinte euros en una cadena de ópticas, un 7% en una cadena de electrodomésticos, 15% en clínica estética, 25% en unos trasteros… en fin, que apriori podrías pensar «vaya, qué interesante».
¿Cuál es el partido real que le voy a sacar? Podría afirmar, sin riesgo de equivocarme mucho, que entre CERO y NADA.
No es ya que mi cartera tenga un espacio reducido para tarjetas variadas, que lo tiene. Es que mi atención está mucho más limitada. Francamente, bastantes cosas tengo en la cabeza a diario como para acordarme, el día que tengo que comprarme unas gafas, de que en alguno de los programas de (presunta) fidelización que tengo por ahí podría obtener un 10% de descuento. El día que necesito unas gafas, voy a la óptica, las compro, y punto pelota. Mucha casualidad tiene que ser para que vea algo que quiero/necesito y tenga en mente la existencia por ahí de un cupón descuento.
Iba a decir que envidio a las personas que son capaces de ir por la vida a base de cupones y tarjetas descuento, con un inventario perfectamente actualizado de dónde pueden hacer uso de todas esas ventajas. Pero creo que no. Es posible que al cabo del tiempo puedan ahorrar unos euros más que yo con su estrategia, pero creo que el coste (oculto) de actuar así es también notable y se suele pasar por alto. Qué de tiempo, y qué de atención, dedicada a esto.
Y para las empresas… francamente, si me quieres fidelizar, dame un buen servicio a un precio ajustado. Y déjate de zarandajas.

Esto no es jolibú: control y jerarquía vs. dinamismo

Esta mañana he tenido la ocasión de tener una charla peculiar. A saber, un alemán que lleva 40 años en los Estados Unidos, jubilado tras una carrera en Sillicon Valley. Ocurre que vive en Roseburg, una ciudad del estado de Oregón hermanada con Aranda de Duero, y que han aprovechado un viaje a Europa para conocer el pueblo. Habíamos contactado a través de twitter, y hemos aprovechado su visita para conocernos en persona y compartir un café.
El caso es que, entre otras cosas, hemos hablado de empresas. Me contaba cómo el clima para los negocios en Estados Unidos es, en comparación con Alemania (¡con Alemania!), mucho más dinámico. Y no se refería sólo a una cuestión normativa, a la Administración, a la facilidad para crear empresas o a la legislación laboral. Se refería, sobre todo, a cultura. Contaba que en su carrera profesional, en un puesto intermedio de una empresa tecnológica (es decir, nada de «gran jefe»), había gestionado con frecuencia presupuestos de cientos de miles de dólares. Y «gestionado» significa eso, es decir, asumir la plena responsabilidad sobre un proyecto, sobre sus costes y sus beneficios, tomando decisiones. Mientras tanto, contaba, en Alemania cualquier movimiento necesita tres firmas de tres superiores jerárquicos distintos.
Otro rasgo diferencial que me comentaba es que mientras en Alemania la «obediencia» era un valor, en Estados Unidos la discrepancia, el libre pensamiento… son más apreciados. Que tú puedes ir a un jefe y decirle que no estás de acuerdo con algo por una serie de motivos y que, lejos de sentirse intimidado, reconoce el valor de la aportación y te felicita por ello. Mientras tanto, en Alemania da miedo discrepar porque en seguida te empiezan a señalar con el dedo como «el díscolo», o «el conflictivo».
Inisito, la comparación era con Alemania. Así que si comparamos con España…
Claro, luego oyes gente diciendo que «ójala estuviéramos como en Estados Unidos». Se refieren sobre todo a que tuviésemos leyes flexibles en lo laboral, o facilidades en el proceso de abrir una empresa. Pero lo cierto es que eso no sería suficiente. Mucho tiene que cambiar nuestra cultura (a todos los niveles: propietarios de negocios, gestores, mandos intermedios, trabajadores…) para tener una economía dinámica, negocios ágiles y productivos. Gente que asuma sus propias responsabilidades, y gestores que confíen en sus equipos y les dejen hacer. Vamos, igualito que aquí.

Cuatro meses de vacaciones

Llevo unos meses metido «de hoz y coz» en un proyecto muy interesante. Y una de las cosas que lo hacen interesante es su carácter transversal. Es decir, estoy en contacto con muchas personas de muchas áreas de la empresa cliente. Eso incluye recursos humanos, administración, control de gestión, sistemas, y también operaciones, con muchos centros de trabajo distribuídos y con distintos niveles de supervisión.
Pero durante este verano, ese hecho se ha vuelto en mi contra. Y me explico.
En mi época de «consultor corporativo», todo el mundo se cogía vacaciones en agosto. Alguno las adelantaba una o dos semanas en julio, y alguno las dejaba para irse la primera quincena de septiembre… pero vamos, en general estaban muy concentradas. Se daba por hecho que los clientes (en general) se iban en agosto, por lo que era el mes que nosotros también aprovechábamos (o nos hacían aprovechar, ya me entendéis).
Sin embargo, en este proyecto todo se ha complicado. Para empezar, este cliente no cierra en agosto, ni mucho menos. Por lo tanto, ni en las operaciones ni en los servicios centrales hay ningún incentivo para concentrar las vacaciones en agosto. De hecho, se organizan para irse unos antes, otros después, solapándose más o menos para dejar cubiertas las responsabilidades (insisto en el «más o menos»; el que se queda «de guardia» puede apagar los fuegos de sus compañeros ausentes, pero siempre de forma reactiva… y eso en el mejor de los casos). Total, que algunos empezaron con las vacaciones en junio, y otros terminarán bien entrado octubre. Y alguno se guardará alguna semanita para más adelante.
El problema lo tengo yo, el del «proyecto transversal». Avanzar durante estas semanas ha sido complicado. No es ya que algunas cosas concretas se queden casi paradas durante las tres o cuatro semanas que su responsable se va. Es que cuando intentas coordinar asuntos que afectan a varios departamentos, resulta que cuando no falta uno falta el otro. Y cuando el uno se incorpora, es el otro el que «yo ya la semana que viene me voy». Y todo se enfanga, se ralentiza… y aquí seguimos.
Ah, si alguien se pregunta por mis vacaciones… se limitaron a una semana (que incluía un festivo; o sea, cuatro días en realidad). Pero con el patio como está, no es algo de lo que uno se pueda quejar.

¿Que la empresa vende menos? A mí plin

«A mí plin». Esta frasecilla que suena un poco añeja (y que todos los «viejunos» vinculamos a una publicidad de colchones, ¿a que sí?) podría traducirse a un lenguaje más actual como un «me la suda». Igual incluso hay una forma más moderna de decirlo, pero yo es que ya no estoy al día 🙂
Me contaban el otro día de una empresa que, como tantas, está pasando una época «achuchá». No tiene mucho misterio; básicamente, venden menos de lo que vendían antes. «Los clientes no entran tanto como entraban, ni se gastan tanto como se gastaban». Así de sencilla es la letra de la crisis, mucho más que debates interminables sobre «los mercados», el déficit, la bolsa o el Banco Central Europeo. El caso es que yo preguntaba «bueno, y la gente (por los empleados), ¿cómo lo lleva?». «Algunos preocupados, claro, pero luego hay otros… que te dicen que por ellos fenomenal, que como hay menos trabajo están más relajados».
Fascinante. O sea, la empresa para la que trabajas está atravesando dificultades, ¿y tu pensamiento es «qué bien, así vivo más tranquilo»?. Me resulta inconcebible semejante miopía, por no decir ceguera. ¿No se da cuenta esa gente que, si la empresa no tiene beneficios, deja de existir? ¿Y que si deja de existir desaparecen con ella los puestos de trabajo, incluyendo el suyo? ¿En qué mundo viven?
Hace poco vi en una empresa un pasillo donde colgaban algunos rótulos en grande con mensajes. Uno de ellos decía algo así como que «la rentabilidad es sinónimo de éxito presente y garantía de futuro para todos». Si no hay rentabilidad, no hay empresa. Ni beneficios para los «capitalistas», ni trabajo para los «obreros». Pero parece que hay quien no lo entiende…

Mercado, ¿yo?

No por esperadas menos sorprendentes algunas reacciones a mi post de ayer sobre la contribución de las decisiones individuales a la formación de «el mercado». «Demagogia», «Superliberal»… en fin, lo típico.
Pero me llaman la atención los argumentos del tipo «yo no he sido». «Cómo voy yo, con mi poco poder de compra, a tener ningún impacto… el que tiene impacto es el que mueve 1.000 millones». Pues hombre, sí, comparado uno con otro está claro que uno tiene más impacto que otro.
La cuestión es que no medimos lo que hago «yo». Medimos el impacto agregado de decenas, centenares, de miles de personas. Y entonces, amigo, la cosa cambia. ¿Te acuerdas de aquel videoclub que había en tu barrio y que cerró? Un día tu dejaste de ir porque preferías bajarte las pelis. «Bueno, pero no por mi culpa; total, ya ves tú el impacto que yo tenía en su cuenta de resultados, una o dos pelis al mes que sacaba». ¿Y de aquel ultramarinos donde el simpático tendero nos vendía cualquier cosa, y que hace tiempo echó el cierre? Es verdad que tú un día dejaste de ir porque en el hipermercado aparcabas mejor, tenías de todo, y de precio más barato. Pero hombre, no cerró por ti, total sólo ibas de vez en cuando. ¿Te acuerdas de aquel pujante sector zapatero que había en España? No, el hecho de que una vez al año tú compres unos zapatos, y prefieras unos más baratos (que vienen de algún país oriental) tampoco influye en su declive. No es culpa tuya.
Entre todos la mataron, y ella sola se murió.
Y así. «Yo no he sido». Po fale.
Y luego está otra cuestión. Y es que parece que hay gente a la que le cuesta entender que el comportamiento de «los mercados» (o sea, de esos malvados especuladores con miles de millones capaces de, con una decisión, tumbar a una empresa) es exactamente el mismo que el de cualquier individuo: buscar el máximo beneficio, la máxima utilidad obtenida a cambio de unos recursos. Si tú eres capaz de hacer malabares por ahorrarte unos euros en una compra online (y así obtener un mayor rendimiento por tu dinero), y te parece bueno, positivo, deseable… ¿por qué el hecho de que otros señores (con más dinero, sí) hagan lo mismo les califica de malvadísimos ogros, peligrosísimos especuladores, etc.? Ah, no, es que cuando lo haces tú no «tumbas» a nadie. Claro. Diluimos nuestra responsabilidad entre la de la masa informe («total, lo que yo hago no impacta») y así nos quedamos tan tranquilos. El especulador es el otro, nosotros sólo somos hábiles comprando.
Po fale otra vez.

Mercado eres tú

Me enervo. Cada vez que oigo eso de «los mercados acosan a España», «estamos sometidos a la dictadura de los mercados», «no vamos a pagar la crisis de los mercados»… me subo por las paredes. Se habla de «los mercados» como si fuese un ente ajeno, malvado, movido por oscuros intereses.

¿Pero qué es el mercado?
Mercado es cada vez que comparas los folletos del supermercado para comprar la leche más barata. Cada vez que sacas tu dinero de un banco para llevarlo a otro donde te dan una vajilla o un 0,1% más de rentabilidad. Cada vez que entras en un comparador de vuelos en internet. Cada vez que vas a «los chinos» a comprar lo que antes comprabas en la papelería o en la juguetería. Cada vez que buscas la gasolinera más barata de tu pueblo para ir a repostar. Cada vez que buscas un producto de electrónica en tiendas online, o lo compras directamente en dealextreme. Cada vez que compras un pescado en vez de otro «porque hoy está caro». Cada vez que te apuntas a una oferta de internet. Cada vez que vas a varios bancos buscando las mejores condiciones para una hipoteca. Cada vez que comparas las tarifas de empresas de móviles. Cada vez que cambias tu seguro a otra compañía porque es más barato. Cada vez que pillas la oferta «3×2», «la hora feliz», «los niños viajan gratis». Cada vez que buscas un trabajo en el que te paguen mejor. Cada vez que buscas en los anuncios de alquileres de piso y segmentas en el precio. Cada vez que no bajas el precio de tu vivienda en venta. Cada vez que…
Decenas de decisiones diarias en las que buscamos maximizar nuestra utilidad. Obtener el mayor valor a cambio de nuestro dinero. Si puedo comprar una barra de pan por 40 céntimos… ¿por qué voy a pagar 80 céntimos por la misma barra de pan? Mejor pagar 40, y los otros 40 los dedico a otra cosa. La suma de todas esas decisiones, las nuestras y las de todos los demás, es el mercado. No es nada ajeno a nosotros.
¿Qué es mercado?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es mercado? ¿Y tú me lo preguntas?
Mercado… eres tú.