Está mal escrito

Hace unos meses, comentaba alguien por twitter (no recuerdo ya quién) que estaba leyendo planes de negocio. Y que en uno de ellos había detectado un número importante de faltas de ortografía… causándole una mala impresión y alterando de esta forma la percepción de todo el documento. Digamos que, desde ese momento, ya le había puesto una cruz.
Lo entiendo. Me pasa algo parecido. A mí me enseñaron que era importante escribir bien; tengo alguna lagunilla, de la que soy consciente, pero en general creo que escribo de una forma bastante correcta. Y me chirría enormemente cuando veo algo mal escrito. Llevo fatal el «lenguaje SMS» y similares. Y sobre todo llevo muy mal las personas que son incapaces de diferenciar cuándo están escribiendo un mensajito para sus colegas, y cuándo están en un entorno profesional.
Y sin embargo… ¿tenemos razón? ¿Hacemos bien en «quitar puntos» a alguien por el mero hecho de que no escriba con una ortografía perfecta? Si lo piensas bien, puede que esa persona, con sus faltas de ortografía, sea en realidad un profesional muy capaz, buena gente, con muchos conocimientos en su área de especialización, con grandes ideas y una actitud impecable. De hecho, incluso las faltas de ortografía no tienen ninguna implicación en la capacidad de comunicarse, de estructurar ideas y de trasladar mensajes a una audiencia, tanto por escrito como de forma verbal.
La cuestión es, ¿no estaremos dejando que un defecto formal, y en realidad superficial, nos nuble el juicio? ¿No estamos dando demasiada importancia a «escribir bien», por encima de otros factores más relevantes?
Yo tengo sentimientos encontrados. Porque racionalmente creo que sí, que no tiene por qué haber una correlación entre la forma de escribir y otros valores personales y profesionales. Y sin embargo, la reacción emocional ante algo mal escrito es de «repelús».

No es tan fiera la tarea como la pintan

Llevo tres días rumiando, malhumorado, por una tarea pendiente (una presentación que tengo que hacer para este lunes). «Tengo que ponerme con ella». «Qué pereza». «Lo dejaré para luego». «Que no se me olvide» «Por qué me tocará a mí» «Joder, si luego no valdrá para nada». Al final, tras tres días, me he puesto a hacerla… y en un rato la he ventilado. Ya está.
Una de las ideas clave que pone encima de la mesa la «literatura» relacionada con la productividad personal (tipo «Get things done» y similares) es la importancia de abordar las tareas una por una, y concentrarse en la tarea que estás haciendo, y en nada más. De esta forma (y siempre que previamente hayas realizado el esfuerzo de planificar, priorizar, etc, etc…), las tareas «se van haciendo».
Una implicación de esta filosofía es que a una tarea no hay que dedicarle ni tiempo ni atención si no estás haciendo nada para resolverla (*). Es decir, que todos esos pensamientos típicos («buf, menudo marrón… a ver por dónde le meto mano… verás tú… y encima ya verás como… joder qué pereza… y si luego lo que hago no funciona… y… y…») no valen para nada más que para agobiarnos, para agotarnos la energía, para crearnos ansiedad. La tarea no avanza nada; es más, muchas veces a base de rumiarla se hace mucho más temible (como un cuento de la lechera, pero al revés). Y a cambio consigues que te estropée muchos momentos (en los que en vez de estar con la cabeza en lo que estás haciendo estás «raca-raca con la matraca»).
Volviendo a mi tarea del principio, ¿de qué me han servido tres días de gruñir? De nada. No digo que debiera haberla hecho el primer día; pero una vez que decides «dejarla para después», lo que no sirve de nada es mantenerla en la cabeza como una nube negra. Es infinitamente mejor meterla en el «cajón de tareas pendientes» para que no moleste, y cuando llegue su turno, pones toda tu atención en ella, la resuelves, y a otra cosa. No es fácil, pero es una habilidad que merece la pena desarrollar.
(*) Sí, a muchas tareas les viene bien una fase de «trabajo previo»; para analizarlas, identificar problemas, planificarlas… Pero, en su caso, ese «trabajo previo» no debe ser etéreo y difuso, sino que se constituye en una tarea en sí misma. Tarea a la que habrá que darle su espacio, y ejecutarla cuando llegue su momento, sin dejar que «contamine» nuestra atención de forma permanente.

Emprendedores para salir de la crisis

Este pasado fin de semana he estado en Sevilla, donde fui invitado para dar una charla en EventoBlogEspaña sobre el concepto de emprendedores online como soluciones a la crisis. A partir de esa base, elaboré una charla con varias ideas:

  • Emprender es una tarea noble, ilusionante… pero que entorno al «emprendedor» surge mucho ruido (cursos, concursos, subvenciones, eventos, libros, políticos) que distrae y despista de la realidad.
  • Emprender es, en realidad, nada más (y nada menos) que buscarse la vida. Y, como tal, está mucho más cerca de ser una «solución a la crisis» que quedarse en casa esperando a que la solución venga sola, o de manos de terceros (llámese Estado, llamesé «que me den trabajo»…).
  • Muchos fantaseamos con llegar a tener un negocio próspero. Pero el camino es largo y exigente, y la mayoría nos quedamos por el camino.
  • Un negocio (online u offline) tiene éxito cuando tiene beneficios sostenidos en el tiempo. Todo lo demás (premios, atención mediática, número de usuarios, eventos a los que te invitan, rondas de financiación…) son paparruchas.
  • Emprender online no es más fácil que offline. Lo que tiene de bueno (bajas barreras de entrada que permiten «probar» a cualquiera), lo tiene de malo (cualquiera te puede hacer la competencia).
  • La salida de la crisis pasa por tener negocios competitivos, rentables y sostenibles, que generen riqueza a sus propietarios, a quienes trabajen en él, y a toda la sociedad a través de los impuestos.
  • Emprender no es suficiente para salir de la crisis, ya que sólo los negocios que llegan a ese estadio de «éxito» contribuyen. Quedarse a medio camino, lamentablemente, no aporta nada.
  • Pero emprender es necesario, porque cualquiera que sea el negocio rentable que podamos imaginar, alguien tuvo que ponerlo en marcha.
  • Así pues, nuestra decisión es ver si queremos ser de los que lo intentan, o si queremos ser de los que nos quedamos esperando.

¿Reacciones? En directo pocas… vía twitter (en el momento) y comentarios (después) parece que, dentro de su caracter de «recordatorio básico», gustó (aunque no faltó gente a quien no). Pero bueno, lo mejor es verlo y opinar, ¿no?
Aquí el video de la charla

Aquí la presentación que utilicé como respaldo

Aquí una entrevista que me hicieron a posteriori, donde volví sobre los mismos temas

Los quesos que volaron

Leí el libro «¿Quién se ha llevado mi queso?» cuando salió (¿hará 10-12 años, quizás?). Por aquel entonces hizo furor. Yo recuerdo que en su momento me pareció un libro tontorrón. Y es que nunca me ha gustado ese estilo de «fábula» (al que pertenecen otros tipo «La Buena Suerte») que, para contarte una moraleja que cabría en un post de un blog, o incluso en un tuit de 140 caracteres, se inventan una metáfora esquemática y escrita (con perdón) para tontos. En este caso, dos ratones y dos liliputienses acostumbrados a comer queso en un sitio determinado, y cómo reacciona cada uno el día que el queso desaparece.
El caso es que, a pesar de todo, la moraleja en su día sí me gustó. Que las cosas cambian, y que ante el cambio tienes dos opciones: quedarte como un pasmarote, enfadarte, patalear… o buscarte la vida para salir adelante (¿Veis? Cabía en un tuit). Aun así, esta filosofía de vida por aquel entonces la entendí digamos de forma «racional», no «visceral». Como un aviso a navegantes, que sí, que vale, que las cosas cambian y tal… pero mirando alrededor tampoco parecía una cuestión de urgencia. No había muchos quesos desapareciendo.
Sin embargo, en los últimos tiempos me viene a la cabeza cada vez con más frecuencia la historieta del queso. Porque, ahora sí, veo alrededor que los quesos vuelan sin parar. Cada vez más sectores, más empresas, más individuos… se enfrentan al hecho de que sus quesos, los quesos que daban por supuestos, de los que se venían alimentando toda la vida y de los que esperaban vivir para los restos, desaparecen. Y veo muchas reacciones «al estilo liliputiense Hem»: que era el que se enfadaba, se enrocaba en que él quería su queso como siempre, y que de ahí no salía.
En definitiva, hace 10 años el libro tenía un carácter de aviso («ojito, que las cosas están cambiando, que no te pille desprevenido…»). Ahora tiene, desde mi punto de vista, el sabor amargo de la crónica de lo que está pasando. Ya el aviso («un día el queso desaparecerá») no procede. Porque los quesos, para muchos, ya han desaparecido.

Éste es el mundo que nos espera; acostúmbrate

Me ha encantado este artículo de Seth Godin, llamado «La recesión permanente; y la próxima revolución«. Y me ha gustado porque representa muy bien mis sensaciones respecto a esta «crisis» que estamos viviendo. Él habla sobre los dos tipos de recesiones («desaceleraciones» que llaman algunos) que tenemos encima. Una la cíclica, la que viene y va. Y otra que ha venido para quedarse, la que tiene que ver con la desaparición de un mundo que ya no volverá.. Como dice Godin, «esto representa una discontinuidad significativa, una decepción vital para la gente trabajadora deseosa de una estabilidad que difícilmente van a tener».
Un cambio de perspectiva complejo, estresante, para el que nadie nos ha preparado y que muchos, lamentablemente, no serán capaces de abordar. Un cambio de escenario que nos obliga a «ponernos las pilas», y que nos lleva a un mundo distinto, donde también habrá oportunidades para quienes sepan adaptarse. Seguro que todos preferiríamos un mundo más estable, pero como eso no va a pasar, cuanto antes lo aceptemos, antes dejemos de lamentarnos y antes nos pongamos manos a la obra, mejor nos irá.

Fideliza… ¿que algo queda?

Hace unos días me llegaba a casa una carta de mi compañía de seguros (la cansina del «soy, soy, soy»). Me informaban de su «Club» y me enviaban una tarjeta con «descuentos y ventajas». A saber, veinte euros en una cadena de ópticas, un 7% en una cadena de electrodomésticos, 15% en clínica estética, 25% en unos trasteros… en fin, que apriori podrías pensar «vaya, qué interesante».
¿Cuál es el partido real que le voy a sacar? Podría afirmar, sin riesgo de equivocarme mucho, que entre CERO y NADA.
No es ya que mi cartera tenga un espacio reducido para tarjetas variadas, que lo tiene. Es que mi atención está mucho más limitada. Francamente, bastantes cosas tengo en la cabeza a diario como para acordarme, el día que tengo que comprarme unas gafas, de que en alguno de los programas de (presunta) fidelización que tengo por ahí podría obtener un 10% de descuento. El día que necesito unas gafas, voy a la óptica, las compro, y punto pelota. Mucha casualidad tiene que ser para que vea algo que quiero/necesito y tenga en mente la existencia por ahí de un cupón descuento.
Iba a decir que envidio a las personas que son capaces de ir por la vida a base de cupones y tarjetas descuento, con un inventario perfectamente actualizado de dónde pueden hacer uso de todas esas ventajas. Pero creo que no. Es posible que al cabo del tiempo puedan ahorrar unos euros más que yo con su estrategia, pero creo que el coste (oculto) de actuar así es también notable y se suele pasar por alto. Qué de tiempo, y qué de atención, dedicada a esto.
Y para las empresas… francamente, si me quieres fidelizar, dame un buen servicio a un precio ajustado. Y déjate de zarandajas.

Mercado, ¿yo?

No por esperadas menos sorprendentes algunas reacciones a mi post de ayer sobre la contribución de las decisiones individuales a la formación de «el mercado». «Demagogia», «Superliberal»… en fin, lo típico.
Pero me llaman la atención los argumentos del tipo «yo no he sido». «Cómo voy yo, con mi poco poder de compra, a tener ningún impacto… el que tiene impacto es el que mueve 1.000 millones». Pues hombre, sí, comparado uno con otro está claro que uno tiene más impacto que otro.
La cuestión es que no medimos lo que hago «yo». Medimos el impacto agregado de decenas, centenares, de miles de personas. Y entonces, amigo, la cosa cambia. ¿Te acuerdas de aquel videoclub que había en tu barrio y que cerró? Un día tu dejaste de ir porque preferías bajarte las pelis. «Bueno, pero no por mi culpa; total, ya ves tú el impacto que yo tenía en su cuenta de resultados, una o dos pelis al mes que sacaba». ¿Y de aquel ultramarinos donde el simpático tendero nos vendía cualquier cosa, y que hace tiempo echó el cierre? Es verdad que tú un día dejaste de ir porque en el hipermercado aparcabas mejor, tenías de todo, y de precio más barato. Pero hombre, no cerró por ti, total sólo ibas de vez en cuando. ¿Te acuerdas de aquel pujante sector zapatero que había en España? No, el hecho de que una vez al año tú compres unos zapatos, y prefieras unos más baratos (que vienen de algún país oriental) tampoco influye en su declive. No es culpa tuya.
Entre todos la mataron, y ella sola se murió.
Y así. «Yo no he sido». Po fale.
Y luego está otra cuestión. Y es que parece que hay gente a la que le cuesta entender que el comportamiento de «los mercados» (o sea, de esos malvados especuladores con miles de millones capaces de, con una decisión, tumbar a una empresa) es exactamente el mismo que el de cualquier individuo: buscar el máximo beneficio, la máxima utilidad obtenida a cambio de unos recursos. Si tú eres capaz de hacer malabares por ahorrarte unos euros en una compra online (y así obtener un mayor rendimiento por tu dinero), y te parece bueno, positivo, deseable… ¿por qué el hecho de que otros señores (con más dinero, sí) hagan lo mismo les califica de malvadísimos ogros, peligrosísimos especuladores, etc.? Ah, no, es que cuando lo haces tú no «tumbas» a nadie. Claro. Diluimos nuestra responsabilidad entre la de la masa informe («total, lo que yo hago no impacta») y así nos quedamos tan tranquilos. El especulador es el otro, nosotros sólo somos hábiles comprando.
Po fale otra vez.

Mercado eres tú

Me enervo. Cada vez que oigo eso de «los mercados acosan a España», «estamos sometidos a la dictadura de los mercados», «no vamos a pagar la crisis de los mercados»… me subo por las paredes. Se habla de «los mercados» como si fuese un ente ajeno, malvado, movido por oscuros intereses.

¿Pero qué es el mercado?
Mercado es cada vez que comparas los folletos del supermercado para comprar la leche más barata. Cada vez que sacas tu dinero de un banco para llevarlo a otro donde te dan una vajilla o un 0,1% más de rentabilidad. Cada vez que entras en un comparador de vuelos en internet. Cada vez que vas a «los chinos» a comprar lo que antes comprabas en la papelería o en la juguetería. Cada vez que buscas la gasolinera más barata de tu pueblo para ir a repostar. Cada vez que buscas un producto de electrónica en tiendas online, o lo compras directamente en dealextreme. Cada vez que compras un pescado en vez de otro «porque hoy está caro». Cada vez que te apuntas a una oferta de internet. Cada vez que vas a varios bancos buscando las mejores condiciones para una hipoteca. Cada vez que comparas las tarifas de empresas de móviles. Cada vez que cambias tu seguro a otra compañía porque es más barato. Cada vez que pillas la oferta «3×2», «la hora feliz», «los niños viajan gratis». Cada vez que buscas un trabajo en el que te paguen mejor. Cada vez que buscas en los anuncios de alquileres de piso y segmentas en el precio. Cada vez que no bajas el precio de tu vivienda en venta. Cada vez que…
Decenas de decisiones diarias en las que buscamos maximizar nuestra utilidad. Obtener el mayor valor a cambio de nuestro dinero. Si puedo comprar una barra de pan por 40 céntimos… ¿por qué voy a pagar 80 céntimos por la misma barra de pan? Mejor pagar 40, y los otros 40 los dedico a otra cosa. La suma de todas esas decisiones, las nuestras y las de todos los demás, es el mercado. No es nada ajeno a nosotros.
¿Qué es mercado?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es mercado? ¿Y tú me lo preguntas?
Mercado… eres tú.

Consultor de trinchera

Abandonadito que tengo el blog. Y muchas otras cosas. En los últimos tiempos he dado en implicarme en un proyecto de consultoría bastante absorbente… y en esas ando. Y es que a mi edad (ya van para 12 años de vida profesional) estoy descubriendo un «nuevo» mundo para mí: la consultoría de trinchera.
Efectivamente, en mi primera etapa como consultor «de negocio», o «de organización», o «de estrategia», o de «recursos humanos» (dependiendo del momento), la inmensa mayoría de mis proyectos eran más de «consultoría de salón». Algunos con más trabajo de campo, otros con menos… pero en general todos acababan con un informe final, un bonito powerpoint al que perdías de vista. Rara vez llegabas a saber si tus conclusiones, tus propuestas, tus ideas… llegaban a implantarse, o si se iban directamente a una estantería a coger polvo. Durante un tiempo eso fue para mí una fuente de frustración; ¿para qué tanto esfuerzo, para qué tanto remar, para qué tanta paja mental… si al final no acababas de ver el impacto de lo que estabas haciendo?
Sin embargo, en esta ocasión me he metido (además, de una forma bastante poco ortodoxa; fui allí para echar una mano con un tema puntual y he acabado implicándome a un nivel tremendamente operativo… pero eso es otra historia) «de hoz y coz». Es decir, yendo mucho más allá de los powerpoints (que también los hay, de vez en cuando), y trabajando para una implantación real, incrustado entre las «tropas» del cliente, coordinando temas de sistemas, de administración, de operaciones… lidiando con resistencias organizativas, con conflictos políticos… en fin, que no me aburro.
¿Y qué me parece todo esto? Pues la verdad, depende del rato. Hay momentos en los que estás desbordado, en los que hay elementos que escapan de tu control, en que las cosas se tuercen… y piensas en lo bien que vivías cuando estabas tranquilo con tu powerpoint, y que quién te habrá mandado bajar al barro. Y hay otros momentos en los que, en el fragor de la batalla, consigues dominar los elementos y sientes que estás haciendo avanzar el barco en la dirección adecuada, que tu aportación está teniendo un impacto real en la organización más allá de haber juntado cuatro letras en un documento. Y eso es satisfactorio.