El networking según Ferrazzi

He estado leyendo últimamente el libro «Never eat alone» de Keith Ferrazzi, del que podríamos decir que es un «gurú del networking«.
Soy un absoluto convencido de que el «networking», tu red de relaciones, es fundamental en el desarrollo de tu vida personal y profesional. Prácticamente para todo lo que quieras hacer necesitas la ayuda de otras personas, es infinitamente más probable que esa ayuda surga surja (qué cruz tengo con las g’s y las j’s) de relaciones de confianza previamente establecidas. De ahí que «cultivar las relaciones» sea, desde mi punto de vista, una de las habilidades clave a desarrollar por cualquiera.
Me ha gustado ver reflejado en el libro una filosofía del networking que encaja con lo que ya alguna vez he expresado yo por aquí; que no se trata de tener una visión «utilitarista» de los demás («a ver para qué me pueden servir, y sólo en base a eso me acerco a ellos; y cuando no me sirvan, paso de ellos»), sino que las relaciones deben enfocarse desde un interés genuino por el otro. Sólo así se crean relaciones sólidas que, paradójicamente, son las que después pueden sernos de provecho.
A partir de la lectura del libro, y de cara a resumirlo y aprehenderlo, he elaborado un mapa mental con las principales ideas. Ha sido un ejercicio interesante (que detallaré en otro post), ya que me ha ayudado a ordenar y filtrar el contenido del libro (que peca, en mi opinión, de ciertos desequilibrios; cierto desorden en las ideas, y cierta sensación de «relleno» en algunos pasajes).
Algunas ideas, conectadas al mapa mental, que he destacado del libro (traducción libre):

  • Hay mucha más probabilidad de que alguien esté dispuesto a ayudarte si ya te conoce y le gustas
  • La gente hace negocios con gente a la que conocen y que les cae bien
  • Cuanta más gente nueva conoces, más oportunidades se abren ante ti
  • La lealtad y la seguridad que antaño ofrecían las empresas ahora sólo nos la puede dar nuestra red de contactos
  • Son los éxitos de tu equipo, lo que consiguen gracias a ti, los que hacen de ti un líder
  • Debes tratar con igual respeto a la gente que está por encima de ti como a la que está debajo
  • Toda persona es superior a mí en algo; y en ese algo, procuro aprender.
  • La única forma de conseguir que alguien haga algo es reconociendo su valía y dándoles la importancia que merecen
  • Construir una red de amigos y colegas va de construir relaciones y amistades. Debería ser divertido.
  • Sólo te puedes ganar la confianza y el compromiso de alguien poco a poco, a lo largo del tiempo
  • El verdadero networking consiste en encontrar formas para ayudar a los demás a tener más éxito
  • Puedes conseguir más éxito en 2 meses interesándote por el éxito ajeno, que en 2 años intentando que otros se interesen por el tuyo.
  • Sé interesante; alguien con quien resulte interesante hablar, alguien de quien resulte interesante hablar

Empresas abiertas para una economía abierta

Hace casi año y medio surgió la oportunidad de participar en un libro colaborativo sobre la figura del «Community Manager». Confieso que el término me da cierto «repelús»; digamos que sobre la base de la lógica de negocio que pueda tener el concepto (que alguna tiene, creo yo), desde mi punto de vista se ha construído un «castillo de naipes», con mucha gente sobreexplotando el término, exagerando su importancia e impacto (y su mismo carácter presuntamente novedoso), y tratando de «pillar cacho» en base a esta estrategia. Incluso, por qué no decirlo, la misma idea de este libro se sube a este carro.
Y sin embargo… dije que sí. Me pedían un capítulo introductorio, de contextualización en la dinámica económica… un espacio en el que (independientemente de cómo resulte el resto del libro) me sentía cómodo, y desde el que me parecía que podía aportar algo de «sentido común». Y eso es lo que intenté con este «Empresas abiertas para una economía abierta» (que se puede descargar en .pdf). Una reflexión sobre cómo igual que las relaciones comerciales entre países devienen en una mejora de las condiciones para ellos, las relaciones cada vez más abiertas entre empresas también suponen algo muy positivo. Y cómo no son «las empresas» las que se relacionan, sino las personas quienes forman «redes» tanto internas como externas (la frontera de la empresa se difumina). Y cómo la gestión (que no control; son incontrolables) de esas conexiones, de esas «comunidades», es una labor a la que merece la pena poner foco; no tanto a través de una figura concreta (que puede existir como referencia, pero no como «único gestor»), sino a través de una cultura compartida.
Esta es mi aportación, que es de lo que puedo responder. Del libro en conjunto no respondo; ni tuve que ver en la selección de autores, ni en la configuración del índice, ni en el enfoque de los distintos temas, ni en la portada, ni en el título… en definitiva, más que un libro «colaborativo» es un libro «acumulativo» (por no tener, no tuve ni feedback respecto a mi aportación; aparece tal cual lo escribí…). Personalmente, el enfoque de título («Quiero ser community manager») y portada (una referencia a Supermán, abriéndose el traje y dejándo ver el CM que tiene debajo) no me gusta; transmite la sensación de inclinarse demasiado por el tono «vendemotos» que mencionaba al principio. Aun así, conociendo a unos cuantos de los autores, seguro que se pueden extraer de él ideas y conclusiones interesantes.

España, ¿qué puedo hacer por ti?

Veo a España mal. Muy mal, en muchos sentidos. No pienso sólo en una determinada situación económica, que sin duda es mala ahora como lleva siendo mala ya varios años. Y sin visos de solución, porque los problemas son y han sido siempre estructurales y nadie se atreve a meterles mano, a definir un proyecto de país. Pero la situación económica es, en el fondo, un síntoma. Síntoma de un sistema que no funciona, de instituciones que han perdido la confianza de los ciudadanos. Políticos de uno y otro signo que demuestran, cada vez que tienen oportunidad, una indigencia moral e intelectual alucinante. Gobierno y oposición, sean del color que sean, provocan vergüenza ajena. Los medios de comunicación (o de manipulación) conchabados con el poder político y económico para adormecer a la gente. Una justicia lenta, cara, moldeable según los intereses. Unos sindicatos ridículos. Y así todos.
Pero el problema no sólo está en «ellos». También de un colectivo ciudadano, en una sociedad civil, que comparte al 100% de las responsabilidades y que es el sustrato de todo lo que sufrimos, aunque gustemos de mirar para otro lado (los malos siempre son «los otros», los especuladores son «los otros», los corruptos son «los otros»… ¿nosotros? Sin mácula, hombre, faltaba más). Veo muy poca autocrítica, muy poca reflexión… y a cambio mucha demagogia de todos los colores. Todo son derechos, obligaciones las justas. Y la sensación de que a los pocos (o muchos, da igual) que se toman la molestia de hacer análisis serios, reposados, ponderados… nadie (ni a nivel institucional, ni a nivel ciudadano) les hace ni puto caso.
Me entristece esta situación. Y no sé qué hacer. Yo también me sentí, hace un año, «indignado». Compartía la sensación con muchos otros de que «esto no funciona». Llegué a estar sentado en una plaza de mi pueblo, con gente variopinta, tratando de expresar ese hartazgo. Pero todo aquello se diluyó. Entre unos que quisieron aprovecharse del movimiento para capitalizarlo a su favor, otros que procuraron (y creo que lograron) desacreditarlo centrando los focos en los elementos más «llamativos» o pintorescos (los «violentos», los «hippies», los «radicales»…), la propia dificultad de encauzar ese sentimiento en algo más operativo… ¿qué queda del 15M? Personalmente, frustración. La sensación de que ahí había una energía por cambiar cosas que se ha perdido.
¿Qué hacer? ¿Qué puede hacer alguien como yo, y como tú? Las «protestas callejeras» tienen para mí un componente de «derecho al pataleo», pero nada más; si sólo se quedan ahí no sirven de nada, pero darles continuidad productiva es muy difícil, y yo al menos no sé cómo hacerlo. La explosión violenta de algunos desde luego no aporta nada positivo. Otros se lo toman con humor, mucha ocurrencia y mucho ingenio… como meras vías de escape, pero de nuevo sin ningún efecto.
¿E intentarlo desde dentro del propio sistema? Afiliarse a un partido implica por definición acatar todos los procedimientos del «aparato». El que se mueve no sale en la foto, así que la lógica consecuencia es que nada bueno puede salir de los propios partidos, que están diseñados para replicarse a sí mismos. ¿Hay espacio para movimientos ciudadanos «al margen de los partidos» (tipo agrupaciones vecinales que acaban constituyéndose en partidos locales, por ejemplo)? A veces pienso que sí, aunque soy tan crítico con la condición humana (y de los españoles especialmente) que tengo la sensación de que cualquier colectivo de este tipo tiende a «pudrirse» más pronto que tarde (no hay más que ver lo que nos cuesta ponernos de acuerdo en una comunidad de vecinos…)
La tentación es (y confieso que tiendo más a esto) «pasar de todo». Ir «a lo mío», preocuparme de mi actividad profesional, de mi familia y de «los míos», procurar que «lo común» me roce lo menos posible… y el día que la cosa se ponga muy fea, coger un avión y buscarme la vida donde haga falta. Que le den por culo a España.
Pero me resisto. Se tiene que poder hacer algo.
Pero me angustia no saber qué, me angustia saber que este es un problema que no es de hoy sino que se remonta décadas y siglos atrás, me angustia pensar que gente mucho mejor que yo ha tenido la cabeza puesta en esto y no consiguió nada.
España, ¿qué puedo hacer por ti?

Los siete trucos (*) de Tamariz para hablar en público


El otro día tuve el enorme privilegio de asistir a una función de Juan Tamariz, considerado por muchos el mejor mago del mundo. Tengo el recuerdo de Tamariz desde que, en los años 80, participaba en el mítico programa de televisión 1, 2, 3. Y hace poco se me metió en la cabeza que estaría bien ver uno de sus shows en directo. Dio la casualidad de que, en el marco del Festival Internacional de Magia de Madrid, tocaba función en la capital… así que me agencié una entrada.
Qué gran acierto. Qué espectáculo tan extraordinario. Qué divertido, qué fascinante, qué… mágico. Salí entusiasmado, después de ver cómo un señor de casi 70 años entretenía durante más de dos horas a un público entregado. Pasé gran parte de la función con la boca abierta, y otra parte importante riendo a mandíbula batiente. El resto, aplaudiendo a rabiar, como un niño pequeño, como hacía muchos años que no aplaudía. Vi, con mis propios ojos, magia.
Todavía en éxtasis por lo que presencié, me puse en plan analítico. ¿Qué podemos aprender los demás de Juan Tamariz cuando nos subamos a un escenario a hablar en público?

  • Naturalidad: Tamariz en el escenario es absolutamente natural. No hay un gesto, un chiste, un chascarrillo… que resulte forzado. Donde a otros se les nota sobreactuados («ahora tengo que poner esta voz; ahora toca mover el brazo así; ahora tengo que levantar una ceja»), Tamariz hace que todo fluya, que todo parezca en su sitio. No me cabe duda de que el espectáculo está una y mil veces ensayado, que todo está definido de antemano; pero a la vez está (quizás por el propio efecto de haberlo ensayado tanto) tan perfectamente pulido que resulta natural.
  • Cercanía: hay quien, además de la barrera natural que supone muchas veces el escenario con respecto a la audiencia, se encarga de levantar una barrera adicional; «yo estoy aquí arriba, vosotros ahí abajo… yo estoy por encima de vosotros». Tamariz se encarga de romper cualquier barrera. Es, simplemente, uno de nosotros. En su lenguaje, en su actitud… no hay nada que te aleje de él, sino más bien al contrario.
  • Humor: el humor es un gran lubricante para la transmisión de ideas, para alcanzar la sintonía en la comunicación, para dejar huella. El humor relaja, entretiene. Y Tamariz es divertido, muy divertido.
  • Gestualidad: la capacidad de comunicación del lenguaje no verbal. Tamariz utiliza todo su cuerpo para comunicar. No duda en explotar su punto histriónico, sin vergüenza ninguna, para acompañar lo que dice. Sube, baja, corretea, grita, hace caras, mueve los brazos, tira el sombrero… se abre la camisa y muestra la pelambrera, enseña la calva… y por supuesto, toca el violín. Lo que haga falta.
  • Expectación: recuerdo uno de sus números, con un mazo de cartas. Una pequeña cámara enfocaba su mano mientras sujetaba las cartas, y una pantalla reproducía el momento. En ese momento miré a mi alrededor; más de mil personas tenían la mirada fija en la pantalla. Y lo que me resultó más impresionante: no se escuchaba a nadie ni respirar. Silencio absoluto, atención plenamente concentrada en lo que iba a pasar. Si eres capaz de crear un momento como ése… es que verdaderamente has conseguido impacto.
  • Involucración de la audiencia: el espectáculo de Tamariz no es del tipo «yo hablo, vosotros miráis». Está permanentemente haciendo participar al público. No sólo con el «necesito un ayudante», sino que interpela a personas por aquí y por allá, moviliza al público (recuerdo un momento en el que todos a la vez ejecutamos un «pase mágico»…). Pero, de nuevo, todo con naturalidad, alejado de esos momentos incómodos que a veces se producen cuando alguien insite en «ahora tienes que hablar tres minutos con el señor que tienes al lado». En su punto justo.
  • Pasión: uno podría pensar que, con casi 70 años y toda una vida en los escenarios, Tamariz debería estar cansado. Que podría adoptar una actitud funcionarial en sus espectáculos, «vengo, hago lo mío, cobro y me voy». Lo que yo vi en el escenario fue un niño absolutamente entusiasmado con lo que hacía. Me lo imaginaba en su casa, dando saltos y palmitas cada vez que ejecutara un número. Y esa pasión, ese entusiasmo, es la piedra angular que sirvió como catalizador de todo el espectáculo. Sin pasión, ¿cómo vas a emocionar, a conmover… a comunicar? Vale, no todas las materias del mundo son susceptibles de ser vividas con pasión (¿o sí?). Pero si no sientes pasión por lo que dices… ¿para qué te subes a un escenario? Es tiempo perdido, para ti y para quien te va a ver.

En definitiva, sé que no todos podemos ser Tamariz. Pero si podemos acercarnos, aunque sea un poquito… conseguiremos comunicar mucho mejor.
(*) Qué juego de palabras, oigan 😀

Man on wire: el poder de la pasión

Anoche estuve viendo Man on Wire, una película documental de 2008 (ganadora de múltiples premios, incluyendo el Óscar) que llevaba tiempo pendiente. Narra la historia de cómo el funambulista francés Philippe Petit preparó y ejecutó en 1974 lo que para él fue «el golpe» («le coup»); tender sin que nadie se diera cuenta un cable de acero entre las dos recién construídas «Torres Gemelas» de Nueva York, y realizar su número de equilibrismo a 450 metros de altura.
Me acerqué a la peli con curiosidad; ¿cómo podía una película sobre un funambulista haber tenido tanta «chicha»?. Y sin embargo, la tiene. Mezclando entrevistas actuales con imágenes del pasado y reconstrucción dramática, la película nos sumerge en los planes de Petit, desde su concepción como un sueño antes incluso de que las torres estuviesen construídas a su ejecución con la ayuda de un variopinto grupo de colaboradores.
Lo que más me llamó la atención (*) fue, sin duda, el componente pasional de la aventura. Petit narra cómo desde el momento en que ve en una revista una noticia sobre el proyecto de las torres, la idea de cruzarla se convierte para él en un sueño, en una obsesión de nivel tal que no se le pone nada por delante hasta que consigue ejecutarla. Esa pasión, que podría interpretarse cercana a la locura, que le hace no ya realizar el número en sí mismo (como si caminar por un cable de acero a 450 metros de altura no fuera ya locura suficiente), sino dedicar meses y meses a una complicada planificación que incluía colarse una y otra vez en las Torres Gemelas para investigar, reclutar un grupo de colaboradores arrastrándolos a su locura y escenificar un plan «de película» para introducir y montar todo el material necesario sin que nadie se diera cuenta. Y lo más fascinante era comprobar cómo, 35 años después, los protagonistas de la aventura (y especialmente Petit) hablaban todavía con una increíble chispa en los ojos de todo aquello.
La pasión como combustible fundamental de la acción. Cuando a alguien se le mete en la cabeza algo a este nivel de profundidad, no hay nada que se le ponga por delante. O, como dice la sabiduría popular, quien de verdad quiere algo encuentra un camino; el que no, encuentra una excusa.
Y en realidad, uno ve la peli y envidia no tener ese punto de locura.

«To me it’s really so simple that life should be lived on the edge of life; you have to exercise rebellion. To refuse to take yourself to rules, to refuse your own success, to refuse to repeat yourself… to see every day, every year, every idea as a true challenge…. and then you are going to live your life on the tight rope»

(*) Dos cosas que también llaman la atención: es una peli difícil de ver para gente con vértigo (ufff). Y en cierto modo estremece ver las torres gemelas construyéndose… sabiendo todo lo que vino después.

Los ebooks no son para libros de consulta

Tengo un ebook, un Kindle DX para ser más exactos, desde hace casi dos años (je, recuerdo la reflexión que hice en su día sobre Kindle vs. iPad… y al final he acabado teniendo los dos, aunque en realidad sólo el Kindle es realmente mío, porque el iPad es comunal… ). En este tiempo, creo que le he dado buen uso… hasta donde he podido.
Me explico. Los ebooks son fantásticos, desde mi punto de vista, para la lectura lineal. Novelas, ensayos… cualquier libro que se lea «ordenadamente» tiene en estos aparatos un lugar natural. Yo, desde luego, no echo de menos (como alguna gente) eso del «olor a libro», ni tampoco el «pasar páginas». Es decir, la experiencia para mí es tan buena o incluso mejor que la que puedas tener con un libro en papel, y encima con las ventajas derivadas de la digitalización.
Sin embargo, hay otro tipo de libros para el que creo que los ebooks no están tan bien capacitados: los libros de consulta, libros técnicos, etc. En estos libros, para mí, es fundamental la capacidad de «hojear» (¿u «ojear»). De hacer una visión global del libro pasando sus páginas rápidamente para entender su estructura, de moverse alante y atrás buscando una información concreta (a veces sin más pistas que cierto recuerdo visual), de realizar anotaciones y utilizar ayudas visuales para desentrañar el contenido, etc… en definitiva, no son libros que no están pensados para leer «empezando por el principio y acabando por el final».
Tony Buzan, en su libro «Use your head», explica muy bien cuál es la aproximación correcta para trabajar con este tipo de libros de cara a un aprendizaje eficiente. Y los ebooks están, para mí, mucho peor adaptados a esa forma de abordar un libro que los volúmenes tradicionales en papel. Porque sí, hay herramientas que permiten hacer anotaciones, y si están bien editados los libros (con índices, etc… que desde luego dista de ser la norma) puede ser más fácil moverse entre sus páginas… pero sigo pensando que todavía no está bien resuelto.
Con lo cual, uno se encuentra en una disyuntiva. Porque el ebook es muy cómodo de llevar, y además el acceso a las versiones digitales de los libros es mucho más fácil (y, según y cómo, «económica»)… pero de cara a sacar partido a este tipo de libros, supone un handicap. Y me pregunto si la tecnología será capaz, en algún momento, de superarlo; yo, desde luego, todavía veo que queda bastante camino por recorrer.

No me mandes emails

Hace no mucho, en un proyecto en el que estaba trabajando, me crucé en el pasillo con una de las personas de referencia dentro del proyecto. «Oye, tengo pendiente de recibir tu respuesta a varios emails de la semana pasada».
«Ah… pues es posible. La verdad es que tengo tantos emails al cabo del día que, si te digo la verdad, la mitad de ellos ni los veo«.
Ah… «po fueno, po fale, po malegro«. Es decir, ¿qué le puedo decir? Si preparo un email y se lo mando a alguien… espero que se lo lea. Y espero que me responda. Porque normalmente, si escribo un email es porque necesito que lo lea y que lo responda. Pero no es ya lo que «yo necesito», sino lo que «el proyecto necesita»… y el proyecto es suyo, no mío.
Desde mi punto de vista, el email es una herramienta fundamental en la gestión de cualquier proyecto; no la única, pero sí muy importante.

  • Me permite prepararlo cuando yo tengo tiempo, y a la vez a la otra persona «digerirlo» cuando él tiene tiempo. Esta asincronía me parece fundamental, y es algo que ni el teléfono ni las reuniones presenciales te permiten.
  • Puedo añadir todo el contexto necesario, incluyendo en su caso documentación, etc. Esto en una reunión es posible (pero no siempre hay tiempo para todo; además, cada persona involucrada tiene unos conocimientos/intereses/involucración diferentes… que puede aplicar en su lectura individual, pero no tanto en una comunicación en persona); por teléfono es todavía mucho más difícil.
  • Todo está escrito: es mucho más fácil hacer un seguimiento de las preguntas, las respuestas… que a la vez sirve de referencia para el futuro. Sí, de reuniones y conversaciones se pueden hacer actas… ¿pero quién las hace realmente?

Así que, si una de las partes renuncia a los emails como herramienta fiable de trabajo (ni siquiera sabes si lo va a leer o no), ¿qué hacer? ¿Convocar reuniones cada día y el de enmedio, para tratar temas sin preparación previa, encima cuando la agenda de todo el mundo es normalmente impracticable? ¿Asaltar por teléfono al interlocutor, en una suerte de «aquí te pillo, aquí te mato» indocumentado del que no queda registro? ¿Comunicarse a base de encuentros casuales en la máquina del café o en el pasillo de los baños?
Sí, es verdad que el email puede convertirse en un monstruo. Comunicaciones discrecionales enviadas a diestro y siniestro, copias indiscriminadas, envíos automáticos… aun así, francamente, creo que no es admisible la «renuncia al email». Hay herramientas más que suficientes (filtros automáticos, etc.) que te permiten discriminar con bastante fiabilidad el correo entrante, separando «lo que tengo que atender seguro» de lo que «puedo dejar sin ver». Francamente, creo que atender el email es una responsabilidad irrenunciable. Y si no puedes atender tu email correctamente, igual es que estás intentando abarcar más de lo que realmente puedes asumir; sea por lo que sea, estás dejando de hacer parte de tu trabajo y entorpeciendo encima el trabajo de los demás.

Cuida a tus contactos… cuando no les necesites

A lo largo de la vida vas conociendo a mucha gente. Compañeros del colegio, de la universidad, grupos de amigos, compañeros de trabajo, clientes, proveedores, amigos de amigos… si te paras a pensar, igual hay cientos de personas con las que en algún momento has tenido una mínima relación.
¡Qué gran potencial! ¿Nunca has pensado en la cantidad de puertas te pueden abrir estas relaciones, ahora o en el futuro? Dejando al margen que uno sea de natural más o menos sociable, ¿qué sentido tiene desperdiciar esa red de contactos? Sí, desperdiciar. Porque esas relaciones no se mantienen solas, por arte de magia. Y no estoy hablando de relaciones cercanas, de ser «amigos del alma»; en este campo caben perfectamente las relaciones personales y profesionales que sean, en su origen, meramente «cordiales». Pero si esa cordialidad inicial no se cuida… se apaga. Si alguna vez hubo una cierta sintonía personal, ésta tiende a desaparecer con el tiempo. Si pasa incluso en las relaciones más cercanas…
Así que ese «feeling» mutuo hay que cultivarlo, para que la relación se mantenga lo suficientemente «templada» a lo largo del tiempo de forma que no resulte extraño o fuera de lugar una intensificación a posteriori. Y conste que no estoy hablando de una concepción «mercantilista» de las relaciones, de llevar una tablilla a ver si fulano me ha hecho favores (y por lo tanto yo «se los debo» y si no, nada). No se trata de acumular méritos, como quien gana puntos en una tarjeta de fidelización para ver si le llega a conseguir premios. Ni de «fingir que te llevas bien» con alguien a quien no soportas por el mero hecho del «puedo sacarle algo». Definitivamente tampoco se trata de ver todas tus relaciones desde un prisma de interés egoísta («voy a llevarme bien con fulanito, porque el día de mañana puede que le necesite»), sino que pueden cultivarse simplemente por afinidad, por cordialidad… sin ninguna pretensión, simplemente porque sí.
Porque es que además «cultivar relaciones» es tan sencillo… no significa irse a cenar cada quince días, ni hacerse regalitos, ni llamarse cada mes «a ver qué tal va todo». Mantener las relaciones activas cuesta muy poco, es tan sencillo como mandar un mensaje personalizado de guindas a brevas (p.j. aprovechando un cumpleaños, un cambio de trabajo del que te enteras, un «ayer estuve con mengano y nos estuvimos acordando de ti»…). O, si no te llega la iniciativa ni para eso, al menos que te alcance para responder aunque sea reactivamente a las iniciativas de los demás. Pero hay gente que ni eso.
El tiempo, nuestros quehaceres… no nos dan para mantener una relación estrechísima con mucha gente. Pero sí nos da para mantener «templadas» un número amplio de relaciones cordiales. No cuesta casi nada, y además de ser intrínsecamente satisfactorio, puede implicar una gran diferencia a la hora de conseguir ayuda si un día la necesitas, o de generar oportunidades inesperadas. Porque los contactos «templados» se reactivan con facilidad, pero los contactos «fríos» son más difíciles de reavivar.

Aprendiendo números de teléfono de memoria

Hace poco me leí (de un tirón) un pequeño libro llamado «Improving your memory«. En él, aparte de algunas consideraciones generales sobre la memoria, se plantean una serie de técnicas muy directas de cara a facilitar la memorización. Las técnicas están basadas en los conceptos de visualización (recordamos mejor imágenes que conceptos «abstractos») y de asociación (recordamos mejor las cosas si las vinculamos con algo que ya sabemos).
Me propuse poner en práctica alguna de las técnicas. Y elegí memorizar los móviles de mis padres. No sé si habrá mucha gente a la que le parezca raro, pero lo cierto es que no tengo, o mejor dicho, no tenía ni idea de cuáles son sus teléfonos. Desde el advenimiento de los móviles, son un número grabado en el teléfono y jamás me preocupé de prestar la más mínima atención a las cifras que los conformaban. «Papá móvil», «Mamá móvil». Punto. Pero un día puedes verte sin móvil, sin acceso a internet, y necesitar hacer una llamada. Así que manos a la obra.
Para este objetivo, el libro propone dos técnicas. Por un lado, la técnica de las imágenes que riman con los números. Se trata de asociar cada cifra a una palabra que rime con el número, como por ejemplo «siete» rima con «chupete» (hay otra alternativa que es asociar cada cifra a una imagen que recuerde su forma; un cuatro sería una silla, por ejemplo). Así, mis asociaciones (alguna la cambiaré, si no me acaba de convencer) son:

  • 1=tuno
  • 2=tos
  • 3=pies
  • 4=gato
  • 5=brinco
  • 6=beige
  • 7=chupete
  • 8=bizcocho
  • 9=nieve
  • 0=ropero

A partir de ahí, se trata de agrupar cifras y crear imágenes. Por ejemplo, un número de teléfono de 9 cifras se puede dividir en 3 grupos de 3 cifras. Imaginemos: 665012***. Pues bien, tenemos el 665, el 012 y las otras tres cifras. Ahora se trata de coger cada grupo, y crear una imagen visual (y si puede ser grotesca, divertida, en movimiento, tridimensional, etc… mejor; nos ayudará a recordarlo) que incluya las imágenes «rimadas» que hemos definido. Por ejemplo, el 665 lo podemos transformar en dos hombres vestidos con un traje beige (beige, beige… seis, seis…) que dan un brinco (cinco). El 012 lo podemos transformar en un ropero del que sale un tuno al que le da un ataque de tos (ropero, tuno, tos… cero, uno, dos). Y el tercer grupo de cifras, pues otra imagen.
El complemento perfecto a esta técnica es la del «viaje«. Se trata de situar esas imágenes en sitios que conozcamos (lo cual nos ayuda a recordarlos mejor), que tengan un orden (así nos permite no confundir qué grupo de cifras va en cada momento), y si además tienen una vinculación adicional con lo que quieras recordar, mejor.
Por ejemplo, en el caso de mi madre, situé sus tres imágenes en la que fue la casa de su infancia, la casa de mis abuelos. Así, los dos hombres de beige que pegan un brinco están en la habitación de la entrada (con lo cual ya no es una imagen situada en lo abstracto, sino que puedes visualizarla con la ventana en su sitio, con la puerta y los muebles que recuerdas, etc.). El ropero del que sale el tuno con tos lo puse en la sala de estar. Y la tercera imagen, en el cuarto del pasillo. De esta forma las imágenes están en orden, y además están directamente vinculadas con mi madre.
Y con mi padre, tres cuartos de lo mismo: utilicé la casa de la abuela. En la entrada, pintada de beige, visualizo a un pié gigante que da un salto desde la mesilla (beige, pies, brinco… 635). En la sala de estar, a la que se accede desde la entrada, hay un gato beige que camina entre la nieve (gato, beige, nieve… 469). Y en la terraza, donde mi abuela tenía sus geranios, visualizo la tercera imagen
Suena ridículo, ¿verdad? Eso piensa también mi mente «racional». Pero lo cierto es que ahora me sé, y sin posibilidad de equivocarme, dos números de teléfono que antes no me sabía. Y tengo la forma de recordarlos siempre que quiera, recurriendo a imágenes y asociación de ideas.
Qué curiosa es la mente humana… tanto como para pensar en explorar más de estas técnicas.

Me gusta el fútbol… pero no lo que le rodea

No es que yo sea muy futbolero. Nunca lo fui (aunque tuve mis momentos), y a medida que va pasando el tiempo lo soy incluso menos. Hace ya mucho que no dejo de hacer nada para ver un partido, y no digamos ya para seguir el «día a día» de la información futbolística (que, como leí por ahí el otro día, «es la prensa rosa para hombres»; poca diferencia hay entre Sálvame y Punto Pelota).
Sin embargo, el otro día aprovechando que estaba por Madrid, me dio un «penterre» y me dije «¿Y si me voy a ver el Madrid-Barça?». Por la experiencia, sobre todo. Había estado un par de veces antes en el Bernabeu, pero nada parecido a un «clásico» (con todas las comillas del mundo). Así que, sin muchas esperanzas para ser franco, me metí a ver si había forma de localizar una entrada… y vaya si la localicé, y de las «baratas». Así que allí que me fui, al tercer anfiteatro del fondo norte.
La verdad es que es una auténtico espectáculo. Ese momento en el que sales de la puerta del vomitorio, y ves la pendiente de las gradas (hasta un pelín de vértigo, da). Y ves el estadio lleno a reventar (pedazo de estadio el Bernabeu). Y cuando ponen «Nessun Dorma» de Pavarotti (que ya es una canción que me estremece cada vez que la oigo), o cuando ponen el himno de Plácido Domingo y todo el estadio ondeando banderitas… de verdad, es para verlo.
Y sin embargo, todo lo que tiene de grandioso el espectáculo, también lo tiene de miserable. Pero no por el espectáculo en sí, sino por la gente. O por parte de ella. Me gusta mucho cuando la gente anima con pasión a su equipo, cuando siguen con intensidad el partido. Los cánticos, los aplausos, etc. Pero lamentablemente, para muchos esto es imposible de hacer sin su «lado oscuro»: la falta de respeto al rival y a sus seguidores. Y así, animar a tu equipo lleva implícito despreciar a los del otro. Y ahí los tenías, a muchos (pequeños y grandes, hombres y mujeres de todo tipo y condición) completamente fuera de sí, desquiciados, llamando «hijos de puta» a «los otros», lanzando cortes de manga a la afición contraria, haciendo el sonido del mono al rival negro, llamando subnormal al otro…
En fin, no sé. Sé que así no son todos, ni mucho menos. Es más, sé que incluso para la mayoría de éstos, son momentos de «enajenación mental transitoria», una forma de liberar tensiones que no tienen mayor transcendencia. Pero no pude evitar tener la sensación de que alguno de ellos, en un momento determinado, al calor de la masa enfervorecida (no digamos si a ese estado le añadíamos un poco de alcohol u otros «condimentos») podría perder los papeles y arrearle una ostia, o algo peor, a otro por el mero hecho de ser de otro equipo (de hecho un par de veces tuvieron que intervenir los seguratas porque había dos repartiéndose). No sería la primera vez que ocurriese una desgracia vinculada al fútbol; seguramente protagonizada por personas que ya son violentas de por sí… pero que en el fútbol encuentran un ecosistema demasiado favorable a sus instintos.
Y ese clima de violencia apenas contenida está ahí. Y lo peor es que muchos lo viven como algo normal, inherente al espectáculo, «la sal del fútbol». Y es esa parte del fútbol la que, la verdad, me incomoda. Pasión sí. Sana rivalidad, también. Con un punto de cachondeíto, si se quiere. Pero cuando hay tantos que cruzan con tanta facilidad la línea que separa lo racional de lo irracional, cuando tienes la sensación de que están perdiendo el control… la cosa deja de ser divertida.