Hace unos días me cruzaba con una referencia a esta noticia de 2010 donde se informaba del campeonato juvenil de petanca logrado por un joven local. La noticia la encabeza un titular, probablemente extraído a mala baba, y que compone la escena graciosa: «Volveré a estudiar; de la petanca no se puede vivir«. «Jajajá, qué pringao, pensaba que podía vivir de la petanca…» es la reflexión que convierte esta noticia en un «meme».
Y hombre, en parte lo es. ¡Qué ingenuo, el chaval, si llegó a pensar alguna vez que podría hacer de la petanca una forma de ganarse la vida!
Pero… cambiemos «la petanca» por otras frases. ¿Quién no ha oído a gente quejarse amargamente de que «de la música no se puede vivir»? ¿O de que «la industria del cine se muere, y eso son miles de familias»? O «yo soy artista, alguien tiene que crear en esta sociedad». O la de «yo he estudiado dos carreras y un master, y no me dan trabajo». O la de «yo estudié Historia del Arte y ahora tengo que trabajar en telemarketing». O…
Ya no es tan gracioso. Habrá muchos que piensen «claro, pero es que éstos tienen razón». ¿Ah, sí? ¿Por qué estos tienen razón, y el de la petanca no?
A veces parece que hay gente que cree que, por determinadas circunstancias (desde «ser artista» a «seguir mi vocación», pasando por «haber estudiado» o «tener años de experiencia»), la vida y la sociedad «les deben» un trabajo, unos ingresos, una forma de ganarse la vida. Que en cierto modo es «su derecho», y que protestan airadamente cuando se encuentran con que eso no se cumple. Y a mí, francamente, me hace gracia. Porque no es verdad. Nadie nos debe nada, no tenemos ningún derecho adquirido (*). Igual que los hombres de las cavernas tenían que mover el culo si querían comer, en nuestra sociedad tenemos que hacer lo mismo. Cada uno es muy libre de escoger el camino que quiera, de tener las aficiones que guste, pero no puede perder de vista que si quiere comer tendrá que realizar alguna actividad de valor añadido («valor añadido» entendido desde el punto de vista de «alguien está dispuesto a pagar por ello», no de lo que uno piense de sí mismo). Y así, mientras viva.
Así que la reflexión del chaval de la petanca tiene más miga de la que parece. La idea de «ganarse la vida» sigue siendo fundamental. Y uno no tiene la vida ganada porque sí, y tampoco tiene derecho a ganársela como él decida. Hay caminos que te lo permiten, y caminos que no. Y uno tendrá que elegir entre los primeros. Y el resto, sea jugar a la petanca o cualquier otra cosa… para tus ratos libres.
(*) y perdonadme que me ría por adelantado si alguien menciona algo parecido a que «la Constitución nos garantiza blah, blah». La Constitución es un papel que unos señores escribieron un día sentados en torno a una mesa. Pusieron lo que pusieron, o podrían haber garantizado «unicornios para todos»; y eso no lo haría más real ni más factible. Una bonita declaración de intenciones, un objetivo deseable… pero un brindis al sol al fin y al cabo.
dia-a-dia
Aprendiz de mucho, ¿maestro de nada?
Dice la sabiduría popular que «Aprendiz de mucho, maestro de nada«. Viene a poner de manifiesto la necesidad, si uno quiere adquirir un verdadero nivel de experto en una materia, de centrarse en ella y no andar distraído con otras. Y, mal que me pese (porque yo tiendo a ser disperso en mis intereses y me cuesta «centrarme» sólo en una cosa), creo que es verdad. En los últimos tiempos, Malcolm Gladwell ha hecho fortuna con su «regla de las 10.000 horas» que, en el fondo, viene a decir lo mismo.
Y sin embargo…
Hace unos siglos (cuando existían los gremios y eran habituales los conceptos de «aprendiz» y «maestro»), este consejo tenía mucho valor. Convertirse en «maestro» en una disciplina implicaba alcanzar un status, lograr una forma de ganarse la vida y alimentar a tu familia; aunque fuese un camino duro, al final acababas obteniendo tus dividendos. Porque además el camino a la maestría era un camino incremental: lo que empezabas aprendiendo al inicio de tu carrera servía como base para futuros conocimientos, siempre podías ir a más, pero lo que llevaras aprendido siempre te serviría. Por lo tanto, se puede decir que poner todos tus esfuerzos en el camino que te llevaba a ser «maestro» era una apuesta segura.
Pero ahora las cosas, tengo la sensación, son distintas. Sea cual sea la disciplina en la que desées ser «maestro», a lo largo de tu vida ésta se va a ver sometida a tantos cambios que el camino a la «maestría» se torna mucho más difícil. Mientras que antes el número de innovaciones significativas que un campo podía experimentar a lo largo de una vida era muy limitado, si es que había alguna, ahora el ritmo de cambio es muy acelerado, y muy importante. Ahora, «ser maestro» en cualquier área implica un esfuerzo mucho mayor, más sostenido en el tiempo. Tienes que estar dando pedales constantemente no sólo para avanzar, si no simplemente para mantenerte. Y aun encima, ni siquiera puedes estar seguro de que tu campo de especialización llegue un momento en el que, simplemente, desaparezca. Y con él, todo el valor de tu maestría. Lo que antes era una apuesta razonablemente segura, ahora exige todavía más esfuerzo y tiene un retorno mucho más incierto.
Por eso, creo que el viejo adagio que despreciaba al «aprendiz de mucho» ha perdido fuerza. Sí, sigue siendo importante aprender, focalizarse en algún área, destacar… pero cada día es más importante complementarlo con una visión lateral que te permita ir «sembrando» en otros campos, a veces complementarios y a veces radicalmente distintos, como una especie de «seguro» para el futuro.
¿Fácil? No. Pero nadie dijo que lo fuera.
De criterio, decisiones y gorrazos
A veces, en la vida, te llevas una serie de «gorrazos». No es una sensación agradable, y hay que tener un gran nivel de madurez para encajarlos y digerirlos sin que te duelan. Especialmente cuando esos gorrazos llegan después de haber tomado una serie de decisiones basadas en tu propio criterio. Porque si el golpe te llega de forma aleatoria… pues bueno, es lo que hay. Pero si el gorrazo es una reacción directa a algo que tú has decidido… supone cuestionar esa decisión, y el criterio que subyacía detrás.
Hay una forma fantástica de evitar llevarse estos gorrazos; no tomar nunca ninguna decisión. Hay, en el mundo corporativo, verdaderos especialistas en esto. Gente que nunca se moja, que espera siempre a ver por dónde sopla el viento para ponerse a su favor, que se sube siempre al carro ganador. Lo de menos es la existencia de un criterio, o ser coherente, o aportar algo. Lo que importa de verdad es esquivar los potenciales problemas, no exponerse, salir bien en la foto, colgarse las medallas y desmarcarse de todo lo que huela a conflicto. Lamentablemente, en muchos entornos corporativos estos comportamientos tienen premio. El que sobrevive, el que medra, el que llega más lejos… es el que mejor evita meterse en líos.
Por eso, cuando te arrean un gorrazo, dudas. Dudas no sólo de tu criterio o de las decisiones que has tomado, sino del propio hecho de tener un criterio y de tomar decisiones. Quizás si te limitases a seguir la corriente, a dejarte llevar… estarías mejor.
Pero eso, a mí, no me gusta. No quiero ser así. Prefiero definir de forma honesta un criterio, y tomar decisiones coherentes con ese criterio. Aunque a veces me equivoque, que seguro lo hago. Y aunque a veces pise algún callo, que también. Porque estoy seguro de que, incluso asumiendo la posibilidad de error, es un comportamiento mucho más valioso para mis proyectos. E incluso asumiendo los ocasionales gorrazos, y aunque suponga tener que lamerse alguna herida, es un comportamiento que me permite dormir mejor por las noches.
Dónde está el dinero que falta; yo tengo una parte
Mientras unos dicen que son galgos, y otros dicen que son podencos, lo cierto es que Europa ha accedido a prestarnos 100.000.000.000 de euros para «recapitalizar el sector bancario». Lo que viene siendo «tapar unos agujeritos», dinero que se ha evaporado.
Mira que yo «he estudiado», y se supone que debería entender algo todo este desbarajuste, pero he de confesar que hay cosas que se me escapan. Hasta donde yo entiendo, el origen del agujero patrimonial (fundamentalmente en las Cajas de Ahorros) vienen de un montón de préstamos que estas entidades dieron a particulares y empresas, garantizados con activos inmobiliarios. Cuando particulares y empresas se vieron desbordados por la ralentización de la economía, no pudieron hacer frente a sus deudas y en consecuencia las entidades ejecutaron las garantías. Ahora, en vez de los X millones en deudas no cobradas, tienen un montón de activos inmobiliarios… que resulta que gracias a la «burbuja», no valen tanto como en su día se dijo. El dinero desapareció.
¿Y dónde está? ¿Cómo puede ser que haya «desaparecido»? Efectivamente, no ha desaparecido. Simplemente se ha diluído. Y yo, he de confesar, tengo parte de ese dinero.
En noviembre de 2002, compramos un piso. Pequeñito, dos habitaciones justitas. Pagamos por él 216.000 euros, financiados íntegramente (de hecho, al 110%… «para los gastos») por una hipoteca a 30 años (+ doble aval) suscrita con una Caja de Ahorros. Por aquel entonces parecía una barbaridad (dos jóvenes profesionales con unos sueldos majetes, y ya tenías que hipotecarte a esos niveles por un piso más bien pequeño), pero visto lo que vino después…
Cuatro años y poco después, ya con un hijo, decidimos abandonar Madrid y poner el piso a la venta. Pasadas unas semanas, encontramos comprador. Un chavalito de Málaga, ayudado por sus padres. El precio, 312.500 euros. Es decir, en apenas 4 años, el piso se había «revalorizado» (pongo las comillas; porque se incrementó su precio, ¿pero su valor?) un 44,5%. Sonaba raro, ¿verdad? El mismo piso que cuatro años antes nos había supuesto un esfuerzo importante a una pareja… ¿ahora casi un 50% más caro, y sostenido por una única persona? Pero encontró una entidad financiera que aceptó el trato. Probablemente una hipoteca a 40 o a 50 años, yo qué sé.
Imagino que aquel chaval sigue pagando su hipoteca. O quizás tuvo que vender el piso, probablemente a un precio inferior al que nos lo compró. O quizás no pudo con la deuda y le entregó el piso a su entidad. El hecho es que nosotros nos llevamos un buen puñado de euros «de la nada» (¿qué aportación productiva habíamos hecho?), y lo que viniera detrás… ya no era asunto nuestro.
Aunque claro, ese «nosotros» es inexacto. Porque en ese botín «metieron mano» unos cuantos. Participó nuestra entidad financiera, que durante 4 años y pico llevó a sus cuentas de resultados los intereses que nos cobró. Participaron notarios y registradores, que se embolsaron sus tasas en cada operación. Participó el Ayuntamiento, cobrando las plusvalías municipales. Y la Hacienda Pública, llevándose su parte por el incremento de renta. Si hubiera habido agencia inmobiliaria de por medio (no fue el caso), también se hubiera llevado lo suyo.
Mi caso, unido al caso de muchos otros más, explica «dónde está el dinero». La burbuja inmobiliaria era un juego en el que parecía que todo el mundo ganaba, y que así iba a ser para siempre. Sin embargo, el tiempo demostró que no era así. Algunos tuvimos suerte, y salimos del casino con beneficio porque (aun sin intención ninguna de especular) compramos y vendimos en buenos momentos (sin duda hubo muchos que se llevaron mucho más; simplemente habiendo comprado 3 años antes). Otros hicieron de esta ruleta una forma de inversión plenamente consciente («compro un apartamento sobre plano en cualquier PAU, y en un año lo vendo y le saco…»; «montamos una pequeña promotora, hacemos una miniurbanización, y nos forramos…»). Y mientras tanto algunos «cómplices necesarios» ganaban en cada operación. El caso es que a algunos les salió bien, y eso me incluye. No hemos robado a nadie, no hemos estafado; simplemente la suerte nos sonrió mientras que a otros… no. Son esos los que ahora se ven con activos con un precio de mercado menor que el que tienen contabilizado («el agujero»), o con deudas que ni entregando el activo inmobiliario pueden subsanar.
¿Y de quién es la culpa? De todos y de nadie. Esta situación no se hubiera producido sin cientos de miles de personas tomando decisiones de comprar y vender, aceptando precios y condiciones. Yo no hubiera vendido si no hubiese encontrado un comprador. Ni me hubiera hipotecado si no hubiese encontrado una entidad financiera que aceptase el trato. Es verdad que las entidades financieras podían haber controlado mejor el riesgo que asumían, es fácil decirlo ahora… pero si una entidad financiera hubiese «restringido el crédito» se hubiese quedado fuera del mercado, porque los compradores querían hipotecas al 100%, y al 110%, y a 30, 40 o 50 años, aunque las cuotas supusiesen el 50% de los ingresos mensuales de la familia. Y si no se las dabas tú… a tres metros tenían otra entidad que sí, y que se llevaba la hipoteca, los seguros, las cuentas, las tarjetas, y los beneficios aparejados (también los riesgos, sí; pero entonces eso del riesgo parecía tan etéreo… tanto para las entidades como para los particulares). Seguramente «el regulador» debería haber actuado con más contundencia, poniendo límites en aras del bien común. Pero es que «el regulador» y sus jefes políticos (primero los unos, y luego los otros; aquí no se salva nadie) también estaban encantados con la situación: ¿qué Gobierno desprecia un montón de dinero entrando en sus arcas, tanto a nivel estatal como local? ¿quién renuncia a sacar pecho de una «economía en crecimiento», basada en la ilusión de riqueza que la burbuja proporcionaba a los ciudadanos? «Sí, la burbuja se tendrá que deshinchar algún día… pero confiemos en que sea un aterrizaje suave y a ser posible cuando haya terminado nuestra legislatura».
Entre todos la matamos, y ella sola se murió. Es verdad que en la pirámide de responsabilidades hay a quien cabría exigirles más que a otros. Pero lo cierto es que cada uno a nuestro nivel contribuímos a esta situación. Ni unos ni otros quisimos ver lo ilógico que era todo, y los riesgos que estábamos asumiendo. Y de esta estapa algunos han salido más escaldados que otros. Yo doy gracias de haber tenido la mezcla de suerte y sensatez (cuando vendí no me puse muy «especialito» con el precio; y después en vez de comprar decidí vivir de alquiler por si acaso…) que tuve.
Pero soy consciente de que mi suerte se debe al desarrollo de un círculo vicioso que, a nivel colectivo, se ha demostrado terrible. Lo cual, he de confesar, me genera una sensación un tanto incómoda.
PD.- De bonus, esta semblanza sobre «la burbuja de los tulipanes» que hice en El Blog Salmón hace «sólo» 7 años. Cambiemos tulipanes por inmuebles, Holanda por España… y listo.
Por qué no sabemos encontrar la felicidad
He estado leyendo últimamente un libro curioso. Se llama «Stumbling on Happiness«, de Dan Gilbert. Y en contra de lo que pueda parecer por su título, no se trata de un libro de «autoayuda», ni de una pastelada sobre la felicidad, los arcoiris y los unicornios. Gilbert es un psicólogo que analiza el fenómendo de la felicidad desde un punto de vista científico, haciendo alusiones constantes a innumerables estudios y experimentos realizados a lo largo de los años.
La tésis que más me ha impactado de todas las que defiende es el hecho de que en cierto modo es inútil buscar la felicidad. Es decir, que sirve de muy poco hacer hoy planes de futuro pensando que «si hago esto y lo otro, seré más feliz». Y las causas son dos.
La primera, que el futuro nunca es como creemos que va a ser. Nuestro cerebro está permanentemente imaginando el futuro, y nosotros tomamos decisiones en base a esas visiones. Pero en este proceso, el cerebro siempre aplica una cantidad de sesgos tales en su concepción que luego, cuando el futuro se convierte en presente, rara vez coincide con lo que habíamos imaginado. Si el cerebro «adorna» lo que recordamos, incluso lo que percibimos en el momento… ¿cómo no va a «adornar» lo que todavía no ha sucedido?
Y la segunda, que somos incapaces de predecir de forma fiable cómo los acontecimientos futuros nos van a hacer sentir. Es decir, que aunque fuésemos 100% precisos con nuestra visión de los distintos futuros alternativos (cosa que, como he dicho antes, no es cierta ni de lejos), no podríamos hacer una valoración fiable del impacto emocional (de la «felicidad» que obtendríamos) en cada uno de ellos.
Así pues, nos encontramos con que las decisiones que tomamos hoy sobre nuestro futuro, mediante las que intentamos proporcionarnos «la mayor felicidad posible», están afectadas por dos errores de cálculo garrafales. Es completamente normal, por lo tanto, que cuando reflexionamos sobre nuestra felicidad actual (o su ausencia), nos preguntemos: «¿Cómo es posible que las decisiones que tomé en el pasado no me hayan traído la felicidad que buscaba?»
Como dice el título del libro, a la felicidad no llegamos siguiendo un plan de acción. De hecho, los planes de acción «en busca de la felicidad» tienen todos los ingredientes para fallar. Con la felicidad nos tropezamos… y gracias.
Presentar bien, ¿cuestión (solo) de tablas?
El otro día hice una presentación, de la cual recibí comentarios bastante positivos. «Se nota quién tiene tablas en esto», me decían. Y hombre, sí, no cabe duda que la experiencia ayuda.
A mí nunca me había importado demasiado «exponer en clase». Cuando apenas llevaba 4 meses en mi primer trabajo, me «tocó» amenizar la cena de navidad de la empresa. Mi «soltura» (probablemente no elevada en términos absolutos; pero si lo comparamos con la media…) hizo que alguien se fijase en mí para trabajar en un área de formación; es decir, más «experiencia» a la hora de ponerse delante de un auditorio. Y, como una bola de nieve, cuanto más lo haces mejor se te da. No creo ser un presentador «de nivel mundial», ni mucho menos, pero creo que estoy bien por encima de la media del mundo corporativo. Y sin duda la experiencia es un grado.
Pero… ¿es todo cuestión de experiencia, de «tablas»? No lo creo.
Hacer una buena presentación tiene mucho de técnica, tanto a la hora de prepararla como a la hora de ejecutarla. Y como tal técnica, es susceptible de ser aprendida. Es cuestión de tomarse interés, de leer, aprender y practicar. Si uno simplemente espera convertirse en un buen «speaker» por el mero paso del tiempo… lo siento, eso no va a pasar. Y claro, también es cómodo esconderse tras un «es que yo no tengo experiencia» o «es que yo no tengo habilidades naturales» para no mejorar.
Teniendo en cuenta que «comunicar» es (al menos desde mi punto de vista) una habilidad fundamental en el mundo corporativo… creo que es algo a lo que merece la pena dedicarle tiempo y esfuerzo. Sí, las «tablas» ayudan, pero no creo que sea lo fundamental.
¿Funciona el spam cercano?
Todos tenemos claro, creo, qué es el spam. Mensajes que llegan a tu correo de forma indiscriminada, normalmente anunciándote cosas de lo más peregrinas (desde viagra online a premios en una ignota lotería, pasando por señores que han depositado para ti una enorme cantidad de dinero procedente de Nigeria). El remitente es desconocido, el asunto es ridículo… spam sin contemplaciones.
También hay un segundo nivel de spam. Personas/empresas con las que interactuaste en algún momento del pasado, y que por su propia iniciativa deciden que está bien meterte en sus «listas de distribución», newsletters y demás. No hay ningún interés personal, eres nada más que una dirección de correo metida en un sistema automatizado que vomita mensajes periódicos. Y lo siento mucho, pero para mí esto es poco menos que lo anterior… y como tal lo trato. Botón de «spam» y si te he visto no me acuerdo (hubo un tiempo en el que me molestaba en escribir diciendo que «no me interesaba el contenido, por favor borradme», pero visto el caso omiso que se suele hacer… opté por lo más cómodo para mí).
Pero el «spam cercano» al que me refiero hoy es otro. Se trata de esos mensajes «con varios destinatarios» (a veces ocultos, otras explícitos) que un amigo/conocido te hace llegar, normalmente para anunciarte algo o (más frecuentemente) para pedirte un favor.
Reconozco que a mí no me gustan. Me condicionan de forma negativa. De alguna forma, mi razonamiento es «si tú no has sido capaz de dedicar medio minuto a enviarme un mensaje personalizado, y me has tratado como un ‘elemento de tu agenda de contactos’… no esperes que yo dedique mucho tiempo a preocuparme por lo que me envías». Sí, claro, ya sé que «es un rollo» tener que elaborar mensajes personalizados, cuando con simplemente darle a un botón puedes enviar el mismo mensaje a n destinatarios. Pero en el fondo, esta estrategia no es muy distinta que la del spam de la peor calaña. Y me pregunto si su tasa de respuesta será mucho más significativa.
¿Alternativa? Si quieres que alguien se tome un mínimo interés en ti, dedícale tiempo. Moléstate en escribir un par de líneas introductorias a cada mensaje, interesándote por la persona a la que te diriges, haciendo referencia a la relación que os une. A todos nos gusta que nos hagan sentir mínimamente especiales, y nos disgusta sentirnos «un elemento más» de una lista. Y además cada relación tiene un contexto distinto, no es el mismo acercamiento el que tienes con un «contacto de trabajo» que el de «un amigo de toda la vida», ni es lo mismo alguien con quien te ves a menudo que alguien a quien hace siglos que no ves (y no digamos si es alguien de quien llevas pasando olímpicamente todo ese tiempo). No todo el mundo sabe lo mismo de ti, por lo que cada destinatario necesita que le cuentes las cosas con matices distintos.
Por supuesto, esto implica dedicar tiempo. Y cariño. A lo mejor no podemos llegar al mismo número de destinatarios. Pero tengo la sensación de que, aunque lleguemos a menos gente, la respuesta será mucho mejor.
Delegar es…
Delegar es…
- dar autonomía al colaborador para que tome sus propias decisiones
- aceptar las decisiones que tome el colaborador, aunque no sean las que uno mismo hubiera tomado
- no desautorizar al colaborador en público; como mucho, en privado
- no intervenir, ni dar tu opinión, salvo petición expresa del colaborador o riesgo de catástrofe (que es casi nunca)
- no participar en reuniones relevantes acerca del proyecto sin la presencia del colaborador; de hecho, el que sobra eres tú
- dar acceso al colaborador a toda la información, recursos y contactos necesarios para que efectúe su labor
- dar una orientación al colaborador al principio de todo, y luego dejar que actúe según su propio criterio
- realizar un seguimiento periódico del encargo; no se trata de «aprobar» ni de «enmendar» la marcha del proyecto, sino simplemente de estar informado
- dar feedback al finalizar, siempre de forma constructiva
- atribuir los resultados del proyecto al colaborador
Y si no, lo siento mucho, no estás delegando, aunque digas que sí. Estarás microgestionando (sin llegar a todo, porque no hay tiempo suficiente como para atender a todo con el nivel de detalle necesario), castrando la iniciativa de los colaboradores y construyendo un equipo que no dará un paso sin que se lo ordenen/autoricen. Luego no te quejes de que «lo tengo que hacer yo todo».
Con la red de fondo

Esta imagen que acompaña al post es la que tengo puesta como fondo de escritorio en el ordenador de casa. Y en el portátil. Y también en el móvil. Una representación de una neurona…
Aparte de que estéticamente me gusta, y de que le da cierta continuidad a mi actividad en distintos dispositivos, el motivo por el que he hecho de esta imagen una especie de «fetiche» es porque me recuerda dos cosas que son para mí importantes y de las que dependo.
La primera es el cerebro. Somos lo que somos por esa intrincada cadena de neuronas enlazadas. En mi caso, mi cerebro es mi herramienta de trabajo, y mi herramienta de ocio; y qué demonios, incluso en las personas con más actividad física, el cerebro juega un papel esencial. Cuidarlo, alimentarlo, ejercitarlo… son actividades clave que no se nos deben olvidar.
Y la segunda es la red. La metáfora de la neurona, como elemento individual pero a la vez conectado con otros, me parece muy descriptiva de nuestra realidad social y profesional. Somos individuos, sí, pero nos conectamos con otros. Esas conexiones se crean, a veces se fortalecen, a veces se debilitan, e incluso llegan a romperse. Ser consciente de esa red de relaciones, desarrollarla, mantenerla saludable… es otro elemento fundamental en el día a día. Te guste o no, tu red te define tanto como tu individualidad.
Haciendo un mapa mental
Hace un tiempo que tomé contacto con el concepto de «mapa mental» (mind mapping), desarrollado por Tony Buzan. Lo vengo usando a nivel «conceptual» para gestionar proyectos, para elaborar contenidos (artículos, charlas)… y la verdad es me gusta como herramienta. Pero hasta hoy no había hecho un mapa mental «completo» (el que he usado para el post sobre networking).
Efectivamente, hasta hoy lo único que hacía era utilizar la idea básica del «mapa mental» (conceptos conectados de forma radial a partir de una idea principal). Pero lo hacía con boli y papel, únicamente con palabras y líneas. No había dado «el siguiente paso», que para Buzan es parte intrínseca de la herramienta, consistente en añadir un componente gráfico (colores, dibujos, formas…). Para Buzan, gran parte de la gracia de los mapas mentales está en el aspecto visual, que por un lado nos permite elaborar/relacionar/caracterizar más los conceptos (ya que mientras dibujamos entra en juego nuestro «lado derecho del cerebro») y por otro nos permite recordar mejor el conjunto del mapa (ya que lo vinculamos a imágenes, mucho más recordables para el cerebro). Es pura aplicación de visual thinking.
Francamente, es un reto dar ese paso. Requiere tiempo, imaginación, unas habilidades que normalmente no tenemos desarrolladas, varias idas y venidas hasta conseguir cierta coherencia… pero a la vez tiene un punto divertido, para qué nos vamos a engañar. Y el truco es que, mientras estás pinta que te pinta (Buzan recomienda papel y pinturas… yo me he ido directamente al ordenador) sigues en realidad dándole vueltas a los conceptos y relaciones que estás intentando plasmar.
¿Son eficaces los mapas mentales? Yo creo que sí. Pero no porque en sí mismo sean una «herramienta superior» (me desmarco aquí de Buzan, que viene a decir que los mapas mentales son la octava maravilla, que sirven para todo, que «reflejan la forma de pensar del cerebro»; aunque sin duda cosas interesantes tiene). Al final, elaborar un mapa mental exige para empezar una labor de filtrado, priorización y relación de ideas. Es decir, que en ese proceso vas haciendo tuyo el tema que estés tratando, interiorizándolo, dándole sentido y forma. Un proceso de lectura, análisis y síntesis que, en sí mismo, ya tiene un valor notable. Y la fase de «embellecimiento» lo que hace es consolidar todo eso; sobre una estructura conceptual ya fijada, te dedicas a repasar y a complementar el sentido de las palabras y las relaciones con elementos gráficos que ayudan a fijarlo.
Como ocurría con los resúmenes en la época de estudiante, creo que la mayor parte del valor del mapa mental no está en el resultado, sino en el proceso. Es ahí, mientras lo estás elaborando, cuando haces el trabajo. Observar un mapa mental ajeno, por lo tanto, tiene un valor limitado. Puede ser más o menos bonito/curioso, más o menos coherente… pero todo el conocimiento que se esconde detrás sólo está al alcance de quien lo elaboró.
